domingo, febrero 04, 2007

Flash gordo

Un flash sobre la obesidad, padecimiento en el que los coahuilenses destacamos con tragón orgullo: la web de Sergio Antonio Corona, cronista de Torreón (cronicadetorreon.blogspot.com) “posteó” recién un comentario muy interesante donde anota, con claridad y erudición, las razones de nuestra gordura colectiva (“Secuelas del comer”). Multiplico unos fragmentos:
“Según las estadísticas recientes, Coahuila es el estado de la federación que ocupa el primer lugar en casos de enfermedades asociadas positivamente a la obesidad. Es decir, que nuestro estado ocupa el primer lugar en problemas médicos de ‘gorditos’ y ‘gorditas’ de la República Mexicana. La verdad es que la obesidad se ha vuelto un verdadero problema en muchas de las regiones del planeta que cuentan con un poder adquisitivo relativamente mayor. Un caso claro es el de los Estados Unidos, donde el constante y significativo incremento del número de casos de obesidad tiene alarmados a los médicos. ¿Por qué hay un incremento considerable en el número de obesos? Sin duda alguna, los cambios en la relación entre la ingesta y consumo calóricos del género humano han generado, al menos en parte, estos resultados tan inconvenientes.
Los cambios han sido cuantitativos: la gente puede comer más. Esto es verdad, ya que los seres humanos de otras épocas comían sin llegar a la plena satisfacción. Faltaba comida y sobraba trabajo. En un mundo básicamente rural y agropecuario, los campesinos trabajaban siete días a la semana. Su eficiencia de producción de alimentos para el autoconsumo o la comercialización no era la nuestra, porque no contaban con variedades mejoradas como lo hacemos nosotros, ni con otros elementos de capital, fertilización, mercadotecnia, etc. Comían menos y trabajaban más.
Los cambios también han sido cualitativos: las zonas urbanas son más numerosas y mucho más grandes que antaño. El tipo de trabajo físico que demanda la vida en la ciudad no es comparable al que se realiza en el agro. La vida laboral del asalariado citadino se ha reglamentado, se ha domesticado con la semana de número reglamentario de horas de trabajo y con otras prestaciones que la han vuelto relativamente cómoda y bien remunerada. Hay tiempo para el ocio y dinero para disfrutarlo. En este contexto, comer es una diversión moderna, tan moderna como los torreonenses y su tradición de desayunar, comer o cenar fuera de casa, costumbre que les ha ganado la fama de manirrotos. (…)
Por último, podemos advertir que con los factores mencionados concurre un cambio de mentalidad (ideas socialmente compartidas) en torno al significado y al valor que se le atribuye al acto de comer y al impacto que este hecho tiene en la estética personal vigente. La gente delgada ha estado de moda desde los años sesenta, cuando surgió aquel inolvidable fenómeno mediático llamado ‘Twiggy’. Desde entonces, la humanidad occidental aceptó y adoptó la delgadez como propuesta estética. Desde entonces, quienes no encajan naturalmente en el paradigma de la esbeltez, se han torturado a base de dietas. Han padecido hambre y han comido lo que sea con tal de no ingerir ‘comida verdadera’, todo por no engordar. La gente ha trastocado sus viejos hábitos alimenticios y ha sometido a gran estrés su aparato digestivo y demás órganos. No es casualidad que en esta misma época se hayan incrementado como nunca los casos de bulimia y anorexia. En pocas palabras: de manera paradójica, la obesidad y sus secuelas irrumpen en nuestra vida cotidiana mientras más se le trata de evitar por medio de artificios diferentes al sano equilibrio de consumo y gasto de energía. La enfermedad parece ser el precio de la abundancia”.

Tomar la palabra por los cuernos

En mi ya larga y anónima carrera de reseñista bibliográfico me he impuesto la obligación de comentar todo tipo de libros. Locales y foráneos, buenos y malos, novelas y poesía, historia y política, cómic y biografía, todo lo que en su momento he creído digno de promoción. Otro tanto me ha ocurrido en las presentaciones públicas: como una labor social en la que me queda sólo el gusto de ayudar, he presentado libros de toda especie, en su mayoría escritos por autores de la localidad. Ese trabajo misceláneo lo he emprendido por la certeza que tengo de que en la región no abundan los reseñistas ni los presentadores, lo cual obliga a diversificarse en ocasiones más de la cuenta, a chambear como octópodo para despachar todo lo posible.
Entre los libros que alguna vez comenté, recuerdo, está El lenguaje de la pasión, del novelista peruano Mario Vargas Llosa. Se trata de un volumen editado por Aguilar cuyo interior ayunta una tanda numerosa de sus colaboraciones periodísticas, la columna quincenal Piedra de toque, al periódico El País, de España. Dije en aquel texto unas palabras que hoy me vuelven a servir: “El lenguaje... responde a ese género de títulos que desde hace muchos años, casi desde el surgimiento del periodismo como profesión, los editores arman sin dificultad alguna, y menos en esta época de escritura en Word y de fácil acumulación de documentos virtuales. Estos libros ordenan temática o cronológicamente los artículos que primero se distribuyeron en los kioscos, y convierten al desperdigado y efímero texto periodístico en un objeto menos perecedero. Por supuesto, lo que suele ser exhumado de esta forma es el producto de aquellos escribidores cuya capacidad de convocatoria garantiza un número gordo de lectores. Así podemos recordar varios libros de Gabo (Cuando era feliz e indocumentado, Textos costeños), de Manuel Buendía (La ultraderecha en México), de Elena Poniatowska (Todo México) o de José Joaquín Blanco (Función de medianoche), por no mencionar los incontables más que han sido organizados a partir del periodismo escrito, entre tantos otros, por Julio Scherer, Carlos Monsiváis, Salvador Novo, José Alvarado, Renato Leduc, Germán Dehesa y decenas más. Incluso intelectuales de calibre subido, como Umberto Eco, han condescendido a este tipo de libros (Diario mínimo I y II), acaso menos impulsados por su propia necesidad que por la voracidad de sus editores. El fenómeno, pues, no es nuevo: del periodismo, piénsese por caso en las novelas de folletón, han surgido incuantificables libros, y aunque es cierto que no son obras que transformaron ni transformarán al mundo, en muchos de ellos late la viveza característica del comentario a vuelapluma, el zarpazo veloz y espontáneo de quienes historian lo inmediato, como lo hace Vargas Llosa en su más reciente pieza bibliográfica”.
Si eso se permite en las alturas editoriales, entre los escritores y periodistas consagrados en el plano internacional, no veo la razón para no admitir, y en ciertos casos celebrar, que en el contexto regional se den emprendimientos similares, tal y como lo ha hecho el profesor Gabriel Castillo Domínguez en Tomar la palabra, obra que arracima muchas de sus colaboraciones periodísticas a medios como La Opinión y El Siglo de Torreón.
Con una prosa limpia y clara, Castillo Domínguez propone desde el subtítulo de Tomar la palabra los temas que vertebrarán su libro: política, sociedad, magisterio, educación y cultura. Tales son, es verdad, las preocupaciones que atraviesan todo el volumen, y lo hacen con las virtudes propias de la escritura periodística, esa escritura que examina la coyuntura acaso no con suma profundidad, pero sí con buen juicio y honestos pareceres. Se podrá estar en desacuerdo con algún artículo, pero es visible el deseo que todos muestran de examinar un tema con el mejor afán de externar una verdad personal ajena al dogmatismo, de tomar la palabra por los cuernos.
Castillo Domínguez parceló su libro en dos amplias secciones: la primera contiene sus opiniones sobre política y sociedad (45 textos), y, la segunda, las relacionadas con el magisterio, la educación y la cultura (39). Para darle mejor acomodo a las partes, tal vez hubiera sido mejor dividir en cinco partes el libro, de suerte que los bloques quedaran perfectamente delimitados de acuerdo al criterio establecido por las líneas trazadas en el subtítulo, pero eso es lo menos importante, pues Tomar la palabra posibilita, como muchos libros de su índole, ingresar un poco al azar en la página que más nos retenga, en aquel encabezado que por su sola enunciación nos enganche a la lectura del artículo.
Me ha pasado así. Al revisar un tanto distraídamente el índice casi he adivinando los momentos que de golpe, al primer vistazo, atraen mi curiosidad. No son escasos, debo decirlo. Uno de ellos me seduce de inmediato: “Don Heberto y la dignificación de la política”. Como conocí al ingeniero Castillo Martínez, como milité en el partido que él fundó, como estuve en la campaña política que luego cedería su apoyo a Cuauhtémoc en el 88, es casi imperativo que me instale en ese sitio de Tomar la palabra. ¿Y qué hallé? Sencillo: un espléndido retrato sobre aquel académico y luchador social veracruzano que en el arranque del sexenio pasado fue, para guiñarle el ojo a la izquierda, homenajeado por Fox. Pero viniera de donde viniera, Castillo Domínguez asegura, y tiene razón, que don Heberto merecía ese reconocimiento y todos los que se requieran, pues sin duda se trató de un mexicano ejemplar, acaso del político mexicano más recto en la segunda mitad del siglo XX. Traigo un parrafito donde se nota a las claras el agradecible aseo de la prosa y de la argumentación en Tomar la palabra:

Para quienes conocimos, aunque sea un poco, a Don Heberto Castillo, consideramos más que merecido el homenaje. Hombre de enorme congruencia entre pensamiento, palabra y acción, con un gran amor por México, expresado en su lucha por la defensa de los recursos naturales de nuestra Nación, especialmente del petróleo. ¿Quién no recuerda sus extraordinarios escritos y brillantes alegatos contra la política petrolera del presidente José López Portillo?

El pensamiento del profesor Castillo Domínguez permea cada renglón de su libro. Si se me exigiera colocarlo en algún sitio del espectro político, lo reconocería con una etiqueta ya en desuso, pero válida todavía para catalogar a quienes creen en la educación, el progreso, el estado laico y el nacionalismo: librepensador. Su identificación con la izquierda mexicana actual, su rechazo ostensible a los valores del oscurantismo que hoy predominan, me traen a la mente, mutatis mutandis, a los liberales de nuestro siglo XIX, al Nigomante, a Zarco. Sé que los figurones que menciono son demasiado grandes para compararlos con cualquier intelectual mexicano contemporáneo, pero los cito porque sé que son conocidos y con eso logro perfilar mejor los contornos de la reflexión enderezada por el autor de Tomar la palabra.
Editado por la Universidad Juárez del Estado de Durango, Tomar la palabra comprueba que el texto periodístico también puede encontrar en Laguna un destino último de libro. El mérito está en escribir para la coyuntura con la convicción de que, pasados los años, esos textos sean fiel testimonio de un momento y de una óptica precisos. Si a eso se le añade la honestidad intelectual que evidencia el profesor Castillo Domínguez, la lectura de páginas como éstas no será vana, sí enriquecedora, digna de permanencia.

Hervor de Zócalo

El actual poder económico y político es detentado en México por los empresarios. Si la económica y la política antes eran dos esferas distintas de la vida pública, desde hace algunos años fueron conciliadas por una casta que inspirada en la divinidad del dinero operó en busca de un doble propósito: acceder al poder y, ya allí, acabar con todo vestigio de estatización socializante. No es gratuito, por ello, que un empresario guanajuatense, mocho e ignorante, en 2000 haya devenido presidente luego de que su estructura tomó por asalto al panismo tradicional.
Si bien De la Madrid y Salinas sentaron las bases del pensamiento tecnocrático afectísimo a las privatizaciones, fue con la llegada de Fox a la presidencia cuando se consumó el triunfo de los empresarios dentro de la política. Lograrlo les costó décadas de organización, lucha dentro del clero católico, control en cámaras industriales, infiltración en el PAN, pleito sin cuartel contra la izquierda atea. El resultado de esos apetitos fue el asentamiento de un modelo obsesionado por la utilidad, por el éxito macroeconómico, muy católico, sí, pero (así lo exige el mercado) ajeno por completo a cualquier sentimentalismo social.
Pasado el tiempo, la insensibilidad de los empresarios casados a ultranza con su amado paraíso neoliberal provocó que hiciera agua y perdiera las elecciones de 2006. Tan difícil fue sacar adelante el “triunfo” que apenas arañaron medio punto mañoso y conservaron la batuta durante un sexenio más. Pero las expresiones de descontento social no se detienen luego de unas elecciones o por decreto, dado que la lucha de clases no es una categoría abstracta, manejable con discursos emitidos desde la televisión.
En la vida concreta de los ciudadanos, los 25 años de neoliberalismo contumaz han dado como resultado no sólo un deterioro gradual y sostenido de la calidad de vida de la clase media, sino un incremento despiadado de la pobreza extrema, un desastre sin precedentes en el campo, un rezago educativo peligroso y una permanente agresión a las luchas políticas que contradicen, aunque sea en poco, a las omnímodas leyes del mercado.
Por ello, concentraciones como la de ayer en el Zócalo reiteran el fracaso de un modelo hecho sólo a la medida de las naciones ya poderosas y de sus personeros ubicados en países como el nuestro. En otros lugares se han dado cambios que apuntan no a la abolición del neoliberalismo, pero sí a la moderación de su salvajismo extremo; contra esa corriente, la casta ultraconservadora mexicana se ha negado a perder privilegios y ha preferido acuchillar a la gente antes de ver en peligro sus intereses. Y así seguirán.

Circo subterráneo

No ha pasado ni un par de meses luego del cambio de estafeta y ya el presidente de facto está sintiendo en la espalda, como si fueran toros de pamplonada, a los archiultraderechistas que nunca lo desearon como candidato. Si en un momento lo apoyaron, es decir, si a regañadientes le pusieron de modo la catapulta electoral para que “ganara” las elecciones por una nariz, fue sólo porque el “populista” de tabasco era peor opción para ellos. Ahora, amachinada ya la presidencia, los grupos que se mueven en lo oscurito reacomodan piezas en el tablero para maniatar al michoacano antes de que se asiente en el poder.
Aunque Manuel Espino lo haya negado una y otra vez, una lectura elemental de sus haceres en las semanas recientes permite advertir que el ala radical de la Falange mexicana ha comenzado a operar con toda fuerza para que Calderón no se pase de lanza; dar a Derbez y a Abascal carteras importantes en el partido, acelerar la grotesca reaparición de Fox en plan de conferencista internacional, hacer declaraciones contra Rodríguez Zapatero en la víspera del viaje calderonista a España, todo eso indica que los duros de Ramón Muñoz Gutiérrez preparan el torpedo que, tarde o temprano, dé en la línea de flotación de la trajinera tripulada por el actual gobierno.
A nadie le ha convenido más, por ello, la debilidad con la que Calderón llegó a su cuestionada presidencia. Espino y quienes lo mueven saben que en los primeros meses del mandato felipista deben reacomodarse en sus trincheras para buscar, primero, no perder las elecciones federales intermedias y, dentro de seis años, otra vez la grande sin la intromisión el hijo desabridiente.
En tal contexto, esta muy lejos de ser una ocurrencia la declaración de Espino contra la política antiterrorista del mandatario español. Quienes acosan a Calderón sabían las consecuencias, la piedra en el zapato que le echarían al michoacano, quien quedó atrapado entre la aceptación de las palabras de Espino y su diplomático rechazo: “En materia de terrorismo quiero subrayar que mi gobierno reconoce y respalda al gobierno del presidente Rodríguez Zapatero en su lucha contra este flagelo y las acciones que su gobierno ha emprendido para combatirlo”, dijo, y añadió que “De manera tal que, sin entrar en particularidades, lamento el señalamiento en un diferente sentido (el de Espino). Respeto, desde luego, las opiniones de todos, pero clara y contundentemente reconozco y respaldo la lucha y la responsabilidad del gobierno español en este caso”.
En fin. Estamos viendo lo que se esperaba: una presidencia con tan poca legitimidad que hasta sus cercanos la acotan y le levantan la mano.

Ruido sin nueces

El viernes pasado presenté en el Salón Azul, de Lerdo, el libro Tomar la palabra, colección de artículos del profesor Gabriel Castillo. Al terminar el acto regresé a Torreón con mi cuate Raymundo Tuda. Ninguno de los dos imaginaba que al llegar a la altura de La Pulga nos íbamos a encontrar con una enorme cola de automóviles que buscaba pasar de Gómez a Torreón. Lenta, desesperantemente, la ristra de vehículos avanzaba cinco metros y se detenía, cinco metros más y otro alto, y así hasta llegar frente a los oficiales que, con patrullas, torretas y uniformes, detenían coches de manera aleatoria.
A nosotros nos tocó báscula, dada nuestra innegable facha de rufianes. Nos orillamos, bajamos del coche. Tranquilos, educados, tres agentes de la preventiva torreonense husmearon todos los rincones del auto. Fue una labor difícil, pues en su mueble Tuda carga lo inimaginable. Anotador compulsivo de papelitos y libretas (allí asienta, además de apuntes de trabajo, poemas y aforismos), mi amigo vio cómo un policía se tomó incluso la libertad de hojear y leer, a vuelaojo, papeles ajenos.
Al no hallar, obvio, nada que nos comprometiera, los oficiales dieron con amabilidad las gracias y nos otorgaron el paso. No fue la gran pérdida de tiempo, por supuesto, pero irrita el solo hecho de pensar que esa inversión de recursos y esa molestia al ciudadano dejará diminutos resultados. La razón es elemental: al narco sólo se le puede combatir con éxito mediante la inteligencia y el factor sorpresa, y eso en espacios como narcotúneles, casas de seguridad, pistas clandestinas, brechas en el monte. En la ciudad, a la vista de cualquiera, los únicos que operan, en todo caso, son los dealers de baja estofa, los puchadores que en general se las arreglan con la autoridad para distribuir su mercancía en la calle, a domicilio o en madrigueras para el baile y la bebida. Eso significa que un retén, a lo mucho, tomará por sorpresa a un mocoso que se inaugura en el mundo de las grapas, nunca a los verdaderos tigres, ni siquiera a un narcomenudista de barriada.
Todo vehículo enfilado de Gómez a Torreón el viernes a las nueve de la noche tuvo no una, sino diez oportunidades de evitar el retén. Si alguno llevaba ladrillos de mota o bolsas de soda, con la tranquilidad de un ajedrecista pudo salir del camino, reingresar a Gómez, guardar la mercancía y pasar de nuevo con un rostro más inocente que el de doña Sara García. El resultado, entonces, de los operativos, es éste: la ciudadanía ya sabe que el gobierno de facto tiene-de-su-lado a los cuerpos de seguridad; los narcos, mientras tanto, ríen a carcajadas.

lunes, enero 29, 2007

Sobre el papel en Nomádica

Va la colaboración al número anterior de la revista Nomádica:

Papel del papel

La invención de la escritura trajo consigo la necesidad de perpetuarla. Los primeros escritores, por llamar de una manera cómoda a quienes escribieron en el borroso pasado, se vieron de inmediato ante ese problema: ¿qué hacer para que los signos permanezcan en la materia, qué hacer para que no se evaporen con el paso del tiempo que todo lo carcome? Cualquier libro o enciclopedia que nos hable de la historia de la escritura consigna las variadas respuestas que muchas civilizaciones dieron a esa necesidad: tablas de arcilla, trozos de madera, pequeños bloques de roca, algún metal blando, cuero de animal, papiro, diversos fueron los recipientes físicos de la palabra escrita. Ninguno, sin embargo, lo suficientemente fuerte y duradero y accesible y maleable como esa pasta que desde China cubrió al mundo: el papel.
No era, no es el papel la materia más sólida ni la más resistente al tiempo y a los elementos, pero a diferencia de otras superficies susceptibles de ser usadas para escribir, tiene atributos que la hacen, o la hacían, inmejorable: porosidad exacta para asimilar el contacto de la tinta, delgadez perfecta, peso ínfimo, resistencia muy decorosa y precio bajo; todas esas condiciones garantizaban la perdurabilidad de la escritura, dado que el deterioro de una obra podía subsanarse con una copia, o varias copias, del contenido. Desde su invención, el papel fue sin duda el soporte favorito de quienes querían dejar un testimonio escrito, cualquiera que fuese. Así, ya durante la Edad Media había una poderosa cantidad de bibliotecas en los monasterios y un ejército de “impresores”, que es el nombre que hoy les podemos dar un poco en broma a los copistas (o copiadores) de libros. Esos hombres, como bien lo quiere retratar El nombre de la rosa (la novela o el film), pasaban sus días transcribiendo uno por uno los libros importantes para salvaguardar al conocimiento de la humedad y la polilla, los mejores aliados del tiempo, feroz deteriorador del papel.
El esfuerzo de los copistas rindió el fruto deseado: los libros que tal o cual persona u orden religiosa consideraba fundamentales, eran multiplicados a mano, lo que garantizaba la vida del volumen, la vida de su contenido, una vida que estaba más allá de la finitud humana. La escritura, así, gracias a esa materia prima delicada, económica y resistente, tuvo al fin la certeza de comunicar el saber de manera transgeneracional, ágil y eficaz. Pero, pese a los notables afanes del copismo manual, cada librote tardaba en tener un gemelo tanto como demorara cada copista en transcribirlo. Aunque seamos concientes de que nuestro concepto del tiempo y la tardanza es muy distinto al medieval, no deja de ser legítimo calificar de “lento” al proceso mediante el cual los libros se multiplicaban. De ahí el valor de cada ejemplar, pues todo era hecho a mano, letra por letra, palabra por palabra, hoja por hoja.
A esta “lentitud” le puso brutal remedio la imprenta de tipos móviles. Un molde con una o dos columnas de texto, unas cuantas decenas de caracteres de metal, una prensa, tinta y papel, fueron los instrumentos que acabaron por hacer obsoleto el oficio de copista. A la calca a mano le sucedió la reproducción mecánica; eso fue un pequeño paso para Gutenberg, pero un salto de Bob Beamon para la humanidad: al fin la escritura tenía un recipiente perfecto, el envase ideal para vaciar allí palabras. Cada página era compuesta por el número de caracteres que demandara, y esa forma fija quedaba físicamente multiplicada, como un grabado, tantas veces como fuera necesario. El libro no sólo bajó de precio en ese buen ejemplo de producción en serie, sino que permitió una distribución más rica de los ejemplares y una vertiginosa democratización del conocimiento.
La galaxia de Gutenberg, es decir, la Era del conocimiento codificado con tinta sobre papel, llega hasta nuestros días, sigue entre nosotros como si nada, como si no viviéramos ya, de una manera repentina, en la galaxia de Gates. Pese a la digitalización de nuestras vidas, el papel sigue allí, en millones de documentos, en libros, periódicos, folletos, carteles, facturas, boletos, cuadernos, diplomas, cheques, billetes, postales, estados de cuenta, convenios, herencias, códigos, actas, recibos de honorarios, notas de remisión, cómics y en revistas como ésta en la que aquí me comunico.
Recién estuve en la edición veinte de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Si bien ya son vendidos muchos discos compactos con nutrida información, el protagonista de la fiesta sigue siendo el libro gutenberiano. ¿Cuál será el destino del papel? ¿Qué tanto bien o qué tanto daño provocará al ambiente si lo sustituimos por el plástico de las computadoras y los discos? Son preguntas muy grandes como para responderlas con mi débil intuición. Lo único que sé es que el papel del papel ha sido determinante como dinamo del conocimiento humano y por eso siempre trato de respetarlo. Tan grave como tirar el agua es tirar el papel, creo. De hecho, en el fondo son la misma cosa.

Un Garfias recobrado

Traigo íntegra una “grata”, como les decían endenantes a las cartas, de mi amigo Paco Valdés, el ambientalista cuya aportación periodística aparece aquí al ladito, a mi izquierda [en el periódico La Opinión Milenio]: “Como bien sabes, el gran poeta salmantino Pedro Garfias vivió brevemente en Torreón a finales de los 50s. Yo tengo una vaga memoria de él como un señor que se reía muy fuerte y, como niño de 5, 6 años me parecía muy chistoso y me contagiaba la risa. Quizá se fijó en mi memoria por la cercanía de su apellido con ‘Capitán Garfio’. Muchas mañanas y tardes de mi infancia las pasé en las tertulias de los refugiados españoles en el Apolo Palacio. Me llevaba ahí Maria Luisa Celorio, republicana exiliada, maestra y directora de la Alianza Francesa y mi madrina de bautizo, mayormente conocida como ‘Madame’”.
Luego de esa entrada, Paco añade: “Encontré en algunos papeles viejos de mi padre el siguiente poema, impreso en una tarjeta que en la portada simplemente dice ‘Adiós y gracias’”. Lo que viene a continuación es una maravilla. Ignoro si este poema de Pedro Garfias es conocido o no, si alcanzó a recogerlo en sus obras completas. Es lo de menos. Lo de más es que entre Paco e Isabel, su hermana, lo hallaron entre los papeles de don Bulmaro y aquí está, para deleite del lector actual. Busqué en la cómoda Wikipedia algunos datos sobre Garfias; dice allí que nació en Salamanca, España, el 27 de mayo de 1901, y que murió en Monterrey, México, el 9 de agosto de 1967, o sea que este año se cumple su cuarenta luctuoso. De la enciclopedia internética traigo este anómalo comento, donde el trago y el periodismo parecen dos vicios útiles para la evasión: “Cantor de Stalin como su prologuista Juan Rejano y demás demócratas defensores de la Cultura, acabó refugiándose en el periodismo y en el alcohol”. He aquí el poema de Garfias que me mandaron Paco e Isabel:

“Señora de Siller, Madame y Salvador...
—pongan aquí su nombre mis amigos—
Sería imperdonable, enumerándolos
caer en un olvido.

Los que lean estas líneas
saben a quienes me dirijo.
Aquí la voz que alimentó mis sábados,
aquí la casa abierta, el trigo limpio,
la mano franca y generosa, el gesto,
la paciencia de Dios y el buen estilo.

Todo para un poeta viejo y triste,
alcoholizado y mísero y maldito,
con un doble dolor sobre los hombros:
el reconocimiento y el despido.

Despedirse,
arrancarse la piel, casi es lo mismo.

Pobre de mi voz última,
tartamudeo, olvido.
Mi voz futura ha de quemarse
solapara cantaros y para sentiros.
—Los que lean estas líneas
saben a quienes me dirijo—

Os debo un homenaje.
Aceptad mi palabra.
No he de morirme, sin rendíroslo.

Pedro Garfias / Torreón, 1959”.

As del desempleo

Insistamos en las falacias de la campaña ruin con la que apuntalaron el agandalle de la presidencia de la república. Además del terrorismo mediático (que comenté otra vez ayer) contra el supuesto populismo tenebroso que ahora practican con un cinismo digno de Diógenes, los persignados en el nombre de dios y del dinero articularon dos mensajes que no se olvidan por más que otras escorias cundan por la patria: el Felipe candidato propaló la divertida especie de que tenía las manos limpias y de que era, o iba a ser, el presidente del empleo. Sobre el primer mensaje, no pasaba de ser una metáfora cuya hipocresía se ubicó muy cerca del golpe de pecho fariseo al que son adictos los próceres del Fobaproa. En cuanto al segundo estribillo, se llegó a decir que fue el bazucazo propagandístico que hizo la diferencia, pues mientras otro candidato garantizaba falta de oportunidades y miseria casi haitiana, además de violencia y dictadura macuarra, el michoacano aseguraba un reino de chances para que a todo mexicano ya no lo jodiese nunca más el fantasma del desempleo. Dos meses después de haber entrado a blanquillo en Los Pinos, en el breve reinado del presidente del empleo se les ha puesto en su máuser a 256 mil empleos. Las cifras asustan más que Transilvania de noche; según datos del IMSS difundidos ayer, los primeros 45 días del calderonato han servido para que “entre el primero de diciembre de 2006 y el 15 de enero de 2007, unas 5 mil 567 personas, que se encontraban empleadas en el sector formal de la economía mexicana, quedaron sin ocupación hasta reducir en 1.8 por ciento el número de trabajadores inscritos en el Seguro Social hasta antes de que se diera el cambio de gobierno”.
Seamos, sin embargo, sensatos: el nuevo mandatario tiene poco tiempo en la usurpación del cargo y no se le pueden cargar todas las pulgas de este prematuro fracaso, pues hay inercias que atraviesan sexenios. Pese a eso, no deja de ser irónico que un eje de la campaña panista haya sido el del empleo y los primeros resultados en el rubro le sean tan adversos, tanto que en un lapso cortísimo el número de trabajadores registrados en el Seguro Social disminuyó de 14 millones 145 mil 371, a 13 millones 889 mil 292. Sólo en la primera quincena de enero, agregan los datos del IMSS destinados al INEGI, “fueron despedidas 76 mil 266 personas que tenían empleo formal. De ellas, 70 mil 765, es decir, casi 93 por ciento del total, eran trabajadores contratados como permanentes; mientras 5 mil 501 eran eventuales”.
Yo ya puse mis barbas a remojar. Por si las moscas, también, ya compré mi canastita para vender semillas, chicles y garapiñados.

viernes, enero 26, 2007

Populismo bueno

Uno de los asustados argumentos de los demócratas contra el potencial Hugo Chávez de México fue que, por su recalcitrante populismo, era un peligro para México. En su propaganda negra a los locutores se les llenaba la tremendista boca cuando afirmaban que votar por el hijo de su peje madre era apostar por un futuro de país sembrado de penurias, de violencia, de caos, de populismo. Elegirlo a él será, insinuaban los anuncios de aquella campaña miserable, entrar al Apocalipsis sin Mel Gibson para filmarlo.
Eso ocurrió hace apenas seis meses, pero parece que ha pasado un siglo, pues en el tráfago informativo en el que vivimos la mente tiende a olvidar lo que apenas fue enunciado ayer. Las exageraciones, las mentiras, las ocurrencias del CCC, de Fox, del PAN y del yunquismo que los abraza a todos dieron como resultado un misterioso y por tanto siempre cuestionable triunfo al actual titular del poder Ejecutivo.
No ha transcurrido, sin embargo, un par de meses desde que calzó la banda presidencial y ya se convirtió en el novato del año en materia de populismo. Junto a las medidas puestas en marcha por el presidente, muchas de Hugo Chávez palidecen sin remedio, de donde se puede inferir que hay un populismo malo y un populismo bueno. El populismo malo consiste en ayudar a los desvalidos, en bajar los sueldos de los funcionarios públicos, en crear programas de asistencia social; en contraste, el populismo bueno impulsado por la derecha mexicana consiste en ayudar a los desvalidos, en bajar los sueldos de los funcionarios públicos, en crear programas de asistencia social.
En pocas palabras, es la misma vaina pero manejada por diferentes fulanos. Lo extraño es que su repercusión mediática no es pareja: la tv, por ejemplo, da a conocer los nuevos programas de gobierno pero jamás recuerda que son “populistas”. Aunque lo sea, el señor presidente no puede ser populista. No lo es cuando regala atención médica a los bebés que durante su sexenio nazcan en plena indefensión; no lo es tampoco cuando él se baja tres pesos de sueldo; no lo es cuando propone que se establezcan claramente las jerarquías y ningún funcionario gane más, por caso, que el presidente de la república. No fue populista la semana pasada, al establecer un precio tope para la tortilla, o no lo fue ayer, al anunciar que incrementará tres mil millones de pesos al populistísimo programa Oportunidades, ello como apoyo adicional para que cinco millones de familias que viven con una mano adelante y otra atrás (y que por tanto no las tienen limpias) se puedan dar una ayudadita energética.
Líbranos pues, señor, de populistas malos.

jueves, enero 25, 2007

Algunas efemérides del 07

Una apunte casi de socialitos: en 2007 celebraremos aniversarios (natalicio o muerte) de varios iconos contemporáneos. Más adelante les dedicaré un texto a cada uno; hoy apenas los menciono a las carreras.
Frida Kahlo nació el 6 de julio de 1907. Se cumple pues, exacto, el aniversario cien de su llegada al mundo. De vida literalmente accidentada, sufrió poliomielitis en su infancia y años después un percance de tránsito que acabó de lastimarla. Su pintura es hoy, lo sabemos, motivo de orgullo nacional y tema fílmico, lo cual a veces torna insoportable las poses de sus muchos admiradores esnobs.
Diego Rivera murió el 25 de noviembre de 1957, hace medio siglo. Pilar del movimiento muralista mexicano, Diego es uno de los creadores más polémicos del siglo XX. Su obra es la manifestación artística de las ideas políticas que abrazó casi toda su vida, un pensamiento que a su vez inspiraba a buena parte de la comunidad artística internacional que se identificó, en el amanecer de la Guerra Fría, con el socialismo.
Enojón, sarcástico, uno de los más exquisitos escritores del siglo pasado, Vladimir Nabocov murió hace treinta años, el 2 de julio de 1977. Eso ocurrió en Montreux, Suiza. Célebre por la autoría de Lolita, su obra cumbre, este ex aristócrata ruso que escribía en tres idiomas armó una larga saga de novelas que hoy goza de numerosos incondicionales: El hechicero, La defensa, Pálido fuego
Gabriel García Márquez cumple ochenta cerrados de vida. Nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, Colombia, y dado lo anterior era imposible anticipar que con los años se convertiría en la celebridad literaria más destacada de cuántos escriben en castellano. Periodista, guionista, experto narrador, a los cuarenta años, en 1967, daría a la estampa la hoy cuarentona Cien años de soledad. Por ese libro y por otros, en 1982, hace 25 años, le dieron el Nobel y gracias a eso, como pleonásticamente observa cierto corrido mexicano, “su fama cada día asciende a más”.
Un aniversario poco conocido en México y que recordaré con mucho afecto es el del periodista y escritor Rodolfo Walsh, argentino que nació en 1927 y que murió asesinado por los militares de su país hace treinta años, en el 77. Valiente, ingenioso, comprometido hasta el tuétano con su pueblo, Walsh se anticipó varios años, con Operación masacre (1957), a la popularización de la novela de “no ficción”. También trabajó con fortuna el género policial.
Por último, el 15 de abril llegaremos al cincuenta aniversario de la muerte de Pedro Infante (nació en 1917). ¿Habrá algo que no sepamos sobre él? Fue un grande; lástima que la tv haya abusado de su encanto.

miércoles, enero 24, 2007

Cierren las puertas

Nunca he sido afecto a los juegos de azar. A lo más que he llegado es a jugar lotería “de a peso” en mi infancia y a ingresar dos o tres veces, todas sin éxito, todas con aburrido humor, a dos de los nuevos casinos instalados en La Laguna. Tal vez por eso nunca he apetecido con ansia conocer Las Vegas, meca de las apuestas en este lado del mundo. Vista entonces desde lejos, la Ley de Juegos y Sorteos convalidada en su totalidad por la SCJN debería no importarme, pues cada quien sus ludopatías y cada quien sus negocios.
Pero el asunto es de enorme interés público, dado que les abre una enorme cancha a muchos grandes tracaleros del país que ya tienen los colmillos perfectamente listos para sacar toda la raja posible a tan jugosa ley. Creo que, en general, restringir ese tipo de negocios le viene bien, por varias razones, a un país atacado hasta los huesos por la corrupción. Aunque ninguna nación permisiva de juegos y sorteos se salva de abusos y malversaciones, tales actividades funcionan con un poco más de aseo en aquellos lugares en donde la vigilancia es extrema y la autoridad es, en general, severa ante la triquiñuela.
México, paraíso de la corrupción, permitirá a los grandes inversionistas de las apuestas cosechar no sólo la ganancia estándar que la casa siempre gana, sino todo lo que se pueda obtener con base en chanchullos y sobornos. El agravante, que lo habrá, a tales prácticas ya de por sí inmorales es la posibilidad nada abstracta de que copioso dinero ilícito salga de las sombras y sea lavado “legalmente” en los establecimientos del ramo.
Nuestro país, entonces, no está preparado para abrirse así a los juegos de azar. Tiene ya demasiados problemas de delincuencia y corrupción como para añadirle la posibilidad de que, amparado por la ley, el reino del hampa diversifique sus actividades y ponga en riesgo la salud económica y psicológica de más mexicanos. Tal vez, insisto, eso funcione de maravilla en Las Vegas y en Montecarlo, pero aquí no dejará de convertirse, a la larga o a la corta, en un problema de primer orden.
Cabe agregar que desde su mismo arranque hubo movimientos oscuros, lo cual sólo anticipa tiempos turbios. Recordemos la decisión de Creel de otorgar 200 permisos antes de ir por la precandidatura presidencial del PAN: “Esa decisión fue seriamente cuestionada (…) debido a que la empresa Apuestas Internacionales, filial de Televisa, había sido favorecida con 130 de esos permisos, lo cual generó sospechas sobre el apoyo que habría conseguido el blanquiazul de la televisora con miras a la elección presidencial de julio pasado” (La Jornada). Lo dicho: juegos y corrupción no hacen buen coctel.

lunes, enero 22, 2007

Letras a contracorriente

Hace algunos meses comenté el proyecto de los Centros Interactivos Imago que encabeza con tenaz vocación altruista Renata Chapa, “la dueña de mis cada vez más flacas quincenas”. Al margen de mi relación personal con ella, dije que me resultaba relativamente fácil entender su preocupación por dar un paso hacia esas desconocidas formas de la solidaridad, pues “La he escuchado desde hace años y sé que uno de sus principales orgullos es el de saberse parte de esa delgada franja de mexicanos que han tenido la oportunidad, el privilegio, de estudiar una carrera profesional, luego una maestría y durante ya década y media de dar clases en diferentes universidades de Chihuahua y La Laguna. ¿Y después de eso, qué?, se ha preguntado Renata. La respuesta ha sido un proyecto de carácter estrictamente educativo en el que ha volcado sus entusiasmos para dar algo de lo mucho que ha, que hemos, recibido”.
De los cuatro centros que ella ha buscado poner en marcha (siempre en medio de las dificultades propias de una mujer que ya de por sí es trabajadora, madre y esposa) el ubicado en el Cereso de Torreón es, quizá, el más adelantado, pues varios maestros ya donamos nuestro tiempo e impartimos clases de lo que sabemos. Así, por ejemplo, el ingeniero Javier Villaseñor, el comunicador Édgar Salinas y el maestro Joel de Santiago imparten, respectivamente, cátedras sobre mecánica automotriz, periodismo y música, los tres con una generosidad y un gusto meritorios, todos con una constancia que sin duda merece franco elogio.
Obviamente, mi cercanía a la creadora y encargada de los Centros Imago ha sido un acicate para dar también algo de lo mucho que he recibido en este país por lo común tacaño con sus hijos. Bien o mal, a jalones, de manera autodidáctica, me he hecho de un cierto conocimiento literario y eso es lo que he ofrecido. Dicha experiencia, puedo decirlo ahora, es una de las más estimables que he tenido en mi carrera de maestro. Empezamos con el taller de narrativa, recuerdo, a mediados del semestre pasado. Tengo una población flotante de ocho o diez talleristas, pero han sido cuatro los más tenaces asistentes a cada sesión. Cuando iniciamos vi que estaba cerca la convocatoria al concurso de cuento navideño organizado por la Casa de la Cultura de Gómez Palacio y la Coca Cola, y propuse a mis alumnos/amigos trabajar con disciplina para ver cuántos podían armar un cuento capaz de participar en el certamen. Orienté, escuché, sugerí, y al fin tres internos alcanzaron el propósito: entraron al concurso, sus obras salieron del penal para probar suerte en una justa literaria. Eso era ya un logro y quedamos satisfechos; lo demás, si se daba, era un extra sobre lo cual ya no podíamos influir.
Pasaron algunas semanas y los resultados fueron difundidos: Eliseo Carrillo, Gerardo Furlong y Martín Arreola consiguieron menciones honoríficas y eso fue, más para mí que para ellos, un triunfo equivalente al mejor que he podido obtener como maestro de taller. Ver cómo nacieron esos relatos, escucharlos, comentarlos, sentir en sus autores la necesidad de atar palabras en medio de la adversidad y las privaciones, fue para mí, insisto, una experiencia docente excepcional.
Ayer sábado fueron entregados los premios en la Casa de la Cultura gomezpalatina. Mis amigos galardonados, claro, no pudieron estar allí, pero sus obras permiten ver que, como en “El aromo”, esa hermosa canción de Yupanqui, ellos han hecho “flores de sus penas”. Los felicito. A ellos y a Renata. Es un esfuerzo educativo que los enaltece.

Julio en enero

No lo parece, pero creo que es el gran acontecimiento periodístico del mes en nuestra ciudad. La conferencia que hoy sábado dará Julio Hernández López (JHL) en Torreón es, a mi juicio, la mejor oportunidad que tendremos los laguneros de acercarnos al ejemplo más acabado que hay en México de lo que me he atrevido a denominar (sólo yo lo califico así y hoy lo comparto) periodismo lúdico. Nacido en Torreón hace casi cincuenta años, JHL es autor de la columna Astillero del periódico La Jornada y director de ese diario en su edición potosina.
JHL fue colaborador en “la mesa de los periodistas” del programa El cristal con que se mira que hasta hace poco tenía al aire el comediante Víctor Trujillo; allí compartía espacio con Raymundo Rivapalacio, de El Universal, y con Marcela Gómez Zalce, del Grupo Milenio. Si bien JHL mostró en dicho espacio habilidad para el debate en corto y la improvisación, es en su columna cuasidiaria donde ha dado muestras de una capacidad crítica con filo de bisturí y un humor tan inteligente como barroco, rico siempre en estrategias verbales que atraviesan, lo digo sin vacilación, todas las maravillosas herramientas de la retórica.
Eso es, exactamente, lo que a mi juicio ha convertido a JHL en el columnista insólito que es, en un periodista cuya atipicidad es tan notoria que cada una de sus entregas no sólo es una pieza maestra nutrida de todo lo bueno que puede tener el periodismo de opinión, sino de valores formales en donde siempre triunfa la estocada de la sátira más ingeniosa. Además de lo que se le exige en automático a un columnista nacional de ese fuste (información, capacidad de análisis, probidad y una pizca de virtudes proféticas), JHL ha sumado un ludismo fuera de clichés en su escritura, de tal manera que párrafo tras párrafo siempre nos propone una sorpresa cercana a las estrategias que son caras al jugueteo literario.
Retruécanos, calembures, metáforas, metonimias, sufijación creativa, ironías, empleo de campos semánticos, todo lo que ha servido para imprimirle lujo a la expresión es usado por JHL con pasmosa habilidad, pues apenas se puede creer que de un día para otro pueda enjoyar tanto sus textos. La forma, curiosamente, en su caso nunca riñe con el fondo, y es un placer leerla, como cuando de Fox dijo, por su relación con Martita la de “(ro)Vamos México”, que era un “Supermán (Dilon de apellido)”, o ayer mismo, cuando escribió con etimológico guiño sobre el “rotundo” secretario Carstens. Dan para una tesis los recursos estilísticos de JHL. Es un privilegio tenerlo por acá, en su tierra. Hoy, pues, lo/nos vemos en el sindicato de telefonistas a las 6 pm, Comonfort 419 sur.

Ciudad tomada














El cuento más famoso de Julio Cortázar es “Casa tomada”. Publicado en Bestiario, uno de sus primeros libros, aquel relato narra la historia de dos hermanos adultos y solterones que plácidamente ocupan una casona vieja y atestada de tranquilidad. Ella, la hermana, pasa sus horas en el silencioso tejido; él, con igual sosiego, devora libros de literatura francesa y apenas cruza palabras con su querida hermana. Es la paz, la ordenada perfección de la vida en ese microcosmos fraterno. Así pasan los días hasta que acontece un hecho perturbador: cierta parte de la casa “ha sido tomada” y por ese motivo ya no les será posible acceder a dicha sección. Pasa un tiempo y otra pieza es tomada. Poco a poco, los hermanos ven cómo inexorablemente su casa va siendo sitiada hasta que no les queda más remedio que largarse de allí, pues esa fuerza extraña que invade, que “toma” la casa no parece tener límite y avanza sin contemplaciones.
Influido por el canon kafkiano, Cortázar narra “Casa tomada” sin describir jamás la naturaleza del ente invasivo. Como lectores, vemos la marcha de una sombra, el asedio de fuerzas extrañas y desconocidas, la impotente resignación de los hermanos que sin dudarlo abandonan el lugar antes de que “eso” que avanza se los trague a ellos también.
“Casa tomada” tiene, como toda obra literaria de valor, tantas lecturas como queramos. Una de ellas, acaso la más rala, plantea la presencia de la incertidumbre en el mundo moderno: los hombres son perseguidos, gobernados, intimidados, ultrajados por fuerzas que nunca ven de frente y que por ello desconocen. Esto nos diferencia de lo que ocurría en las sociedades antiguas; allí el mando era visible, tenía rostro, así fuera el del rey. Ahora, la angustia del hombre moderno proviene en gran medida de lo borroso que son el poder oficial y el otro poder, el que usa la violencia como arma y por ello es prácticamente inencontrable y, por sanguinario, indenunciable.
Mario Gálvez (quien en sus tiempos de barba cerrada se parecía un tanto a Cortázar) preguntaba ayer por qué las autoridades no sacan el pecho luego de monstruosidades como la masacre perpetrada el domingo en Gómez Palacio. No tengo respuesta para ello, y ciertamente es una pifia enorme del gobernador Hernández Deras no darse una vuelta de rutina y pésame. El fin de semana vino a Ciudad Juárez para saludar a Poniatowska, lo cual se agradece, pero era mucho más necesario que se apersonara esta semana, dado el avance del terror en estos lares.
Como en Kafka, como en Cortázar, lo terrible quizá no es tanto lo que ocurre, sino ignorar qué mueve todo eso y no tener de las autoridades, a la hora buena, ni una mísera palabra de consuelo.

Caza de hormigas

En dos o tres entregas de Ruta Norte he comentado la absoluta intrascendencia de los operativos militares contra el narco. Ni siquiera, añado hoy, servirán para lo que inicialmente fueron planeados, es decir, para darle imagen de fuerte, de implacable, al presidente que llegó al poder convertido en reloj de Salvador Dalí. Habida cuenta de que su propósito no es otro que mostrar baterías militares a la sociedad civil y no a los grandes comerciantes de polvo blanco, el tema de los operativos ya comenzó a descender la curva del efecto mediático. De hecho, la gran cacería de hormigas fue desplazada en la agenda de los medios por los aumentos de precios (el de la tortilla en primer lugar) y por las heladas.
De nada o de poco sirve pues que los militares anden ahora en Guerrero o donde quieran, pues los televidentes ya hicieron zapping y ahora se entretienen con otras noticias de mejor empaque. Michoacán, Tijuana o Guerrero tendrían interés periodístico si en cada uno de esos lugares el gobierno hubiera cazado a un tigre del crimen organizado, a un espécimen mayor. Pero la caza, reitero, ha sido menos que menor: dos o tres mariguaneros que bien pueden ser chivos expiatorios para la mera exhibición en tv, y cúchila para su milpa.
Ante tan austeros resultados, alguien pensará que el dividendo es frustrante para el gobierno mexicano. Lo es, pero no porque los operativos no hayan dado con la preciada piel de un Chapo Guzmán o de alguna otra presa de ese valor cinegético, sino porque ya vienen a pique y no se logró el propósito central de fortalecer la imagen del presidente espurio. En la percepción popular, entre la gente de salario anoréxico, el golpe de los aumentos tiene un significado tan simple como pesado: el gobierno es débil y permite que aumente el precio de lo elemental, nos quiere matar de hambre. No hay, pues, operativo antinarco que valga frente a un estado de ánimo inquieto por el precio de la comida básica. Por eso las noticias compensatorias, como la reducción a la leche Liconsa, un paliativo en medio de la turbulencia.
Sin embargo, luego de las medidas escenográficas de la lucha contra el crimen, algo se deberá hacer para combatirlo en realidad, pues México está en graves problemas y no es prudente simular operativos espectacularizados sólo con el fin de apantallar a la perrada. Si antes se procedió sin sigilo, con anuncios para avisar a los malandros, gritando por doquier que el Ejército estaba por llegar, ahora se impone la verdad: una policía antinarcos eficiente, no permeada por el delito, que no dé pitazos y que en verdad emprenda la cacería mayor. Suena a fantasía. No suena a fantasía: es fantasía.

miércoles, enero 17, 2007

Domingo en Gómez

No sé si sirva todavía esta croniquita con tres días de nacida y ya por ello anciana. El domingo 14 de enero a las cuatro de la tarde mi cuate Édgar Salinas se ofreció para darme un aventón a Gómez Palacio. Íbamos los dos a ser testigos de la nueva visita que haría López Obrador a La Laguna, y confieso que en mis expectativas no contaba con encontrar un tumulto de significativa magnitud. Pese a estar muerto, como dicen, pese a no ser más que un ánima política en pena por el país, como sostienen, no deja de ser interesante el jalón popular que tuvo el anuncio de que AMLO estaría en “la ciudad de los grandes asesinatos” (así la llaman hoy a mi pobre Gomecito del alma, quién sabe por qué).
Andaban allí, en un salón de bodas muy mal elegido para ese acto, algunas personalidades además de mi camarada Édgar, quien portaba una elegante sudadera roja y un adecuado pin pejista. Llegamos diez minutos antes de las cuatro y el local de la avenida Hidalgo estaba, como dicen muchos cronistas que han extraviado el uso de la imaginación, “a reventar”. Hice un cálculo de la asistencia: dos grandes bloques de sillas, ambos de treinta hileras hasta el fondo, ambos con 18 sillas por hilera, me dejaron computar que había, sentadas, poco más de mil personas, y de pie como 300 o 400 más amontonadas en cada rincón del local.
Digo que no faltaron las presencias conocidas: Julio César Ramírez, director de la revista Fragua; Eduardo Holguín, columnista de este diario; Juan Carlos Nava, director de la carrera de Comunicación de la UA de C; Javier Garza Ramos, periodista y directivo de El Siglo de Torreón; Raymundo Tuda, productor de tv y comentarista de radio en OIR-Laguna; Armando Navarro, reportero que, para mi sorpresa, buscaba agitar a la masa en su insólito papel de maestro de ceremonias. Ellos, y cientos más, esperaban pacientes el arribo del ex candidato perredista.
Pero no hubo tal, ya lo sabemos. Como a las 4:25, Navarro anunció a la concurrencia la llegada de un notable. Creí que había arribado AMLO, pero al ritmo del grupo Intocable entró (nada más ni nada menos) Pancho León rodeado de una poderosa comitiva que incluso contenía lujosos guaruras esculpidos en gimnasio. El ingreso de Pancho León fue un momento mágico, un punto donde la política se confundió un tanto con el estilacho de la farándula palenquera. El ex candidato a senador despertó las pasiones de sus seguidores y cuando tomó el micrófono describió sin exaltarse un grave problema: la muerte de un familiar cercano al Peje motivó la abrupta suspensión de su gira por nuestra comarca. Hubo desilusión, claro, pero nunca gritos que mostraran inconformidad. Luego, Pancho León disparó un breve discurso incendiario como para madrugar en la candidatura a la alcaldía gomezpalatina. Un rato después, por medio de un video exprés, AMLO se disculpaba por no estar allí y, sin verlos, agradecía a los presentes su asistencia.
La tarde perdió entonces, de golpe, todo interés, salvo el anecdótico. Ricardo Mejía Berdeja habló al final ya sin mucho brío y cuando el acto concluyó muchos se fueron encima del idolazo Pancho León. El abogado Fernando Rangel alcanzó a colarse en el tumulto y lo abrazó (foto foto foto). Pancho León, cercado por escoltas y asistentes, subió a su Hummer y en los estribos treparon osados achichincles. Detrás, una troca nueva y una salida con algo de sabor fílmico, de película almadesca.
En resumen: un día más en Gómez Palacio. Cuatro horas después, ese domingo perdió su letargo habitual con una horrible balacera.

lunes, enero 15, 2007

Merolico de libros

No sé cuántas veces he dejado escritas aquí y allá, en varios papeles, algunas veloces opiniones sobre el arte de presentar libros. Sé que un escritor debe tener entre otras mínimas destrezas la de hablar en público sobre libros recién éditos, aunque esta habilidad sea poco o nada reconocida entre quienes lo invitan a tal actividad. Por supuesto que no hablo del reconocimiento en términos de respeto social por esa chamba, sino de la conciencia de que se trata de un quehacer especializado y, por ello, digno, dignísimo de gratificación económica.
En mi frecuente papel de escritor-presentador, son ya numerosas las ocasiones en las que he aceptado invitaciones, lo sé de antemano, donde asumo el oficio como una labor humanitaria. Amigos escritores, editores y promotores culturales me convidan a presentar libros y como estoy casi seguro de que no tienen recursos, muchas veces (por no decir todas) he aceptado sin pedir nada a cambio, a veces ni el libro sobre el que me solicitan opinión.
Esto lo digo a propósito del comentario que recibí ayer al final de la presentación en Gómez Palacio de El tren pasa primero, novela de Elena Poniatowska. Cierto asistente, lejano conocido mío, me susurró al oído una afirmación, un deseo o una burla, no sé: “Te harás rico luego de tanta presentación”. No supe qué responder, y sólo se dibujó en mi cara, creo, una sonrisa de desconcierto infantil, como de niño burro que no entiende bien la explicación de un problema aritmético.
No hay mucha literatura escrita sobre el arte de la presentación. Aunque no sea un género perseguido por las multitudes, es justo considerar que la presentación de un libro no es enchilar gorditas; si no es precisamente sabia, al menos exige a quien la ejerce un compromiso de trabajo que se hará visible el día del acto. Soy de los que no improvisan, de los que siempre llevan cuartillas a la mesa, de los que tratan de respetar al autor del libro, de los que, en suma, se toman la molestia de invertir algunas horas antes de comentar el libro frente al público. Como digo, nada o muy poco he recibido por esas copiosas horas-nalga dedicadas a dicho trajín, pero me queda la certeza de que no ha sido tiempo perdido, pues con esa labor despliego lo que quizá me place más del oficio que elegí: promover el afecto por los libros.
Hallé en el blog de la escritora Cristina Rivera Garza un parecer que le plagio sin escrúpulo. Creo que en tres parrafitos resume el esfuerzo colocado detrás de la presentación de un libro y el poco aprecio económico que hasta hoy se le tiene (“Un mundo sin presentadores”). Aunque ya preveo que seguiré en las mismas, me uno a su demanda:
“Basta de eufemismos: mi corta carrera como presentadora no ha sido ‘mal pagada’ sino total y literalmente sin honorario alguno. Entiendo que las pequeñas editoriales independientes no estén en condiciones de pagar a sus presentadores invitados, pero asumo que para las grandes trasnacionales este gasto debe ser mínimo y, además, debe estar contemplado en su nómina.
Bajo amenaza de dejar al mundo literario sin presentadores en una huelga inédita y por demás salvaje, propongo que los presentadores pidamos un honorario que cubra los gastos de: horas de lectura (50 páginas por hora con notas en los márgenes), horas de redacción (3 páginas por hora) del documento presentador, y horas de preocupación sobre qué decir en la presentación (1 hora por evento).
Así, un libro de 250 páginas implicaría el pago de cinco horas de lectura, una de redacción y una de preocupación. Si contemplamos un sueldo promedio de 500 pesos por hora, tendríamos entonces un honorario de $3,500.00 pesos en este hipotético caso.
¡Presentadores del mundo, uníos!”.

Poniatowska a todo tren

Hace tres meses tuve la fortuna de presentar en La Laguna el titánico emprendimiento biográfico de Paco Taibo II sobre Pancho Villa (Planeta, 2006). En aquella ocasión dije que tal libro no sólo le hacía un amplio favor a la historia de la Revolución Mexicana y a una de sus figuras emblemáticas, sino al presente, a la coyuntura que vivimos, dado el ejemplo de rebeldía que mostró el guerrillero de Durango frente al poder despótico. Si bien la realidad hoy es otra y otras las armas que se tienen al alcance para combatir, señalé, nunca ha dejado de ser necesario que los mexicanos tengamos acceso a la información (histórica, literaria, periodística) que nos dé testimonio de las luchas sociales pasadas para que ellas sirvan en el presente como estímulo.
Lo mismo que expresé sobre la biografía de Taibo II puedo enfatizarlo ahora también con el libro que esta mañana nos convoca. El tren pasa primero, más que una novela sobre el pasado del sindicalismo mexicano, es una valiosa oportunidad para repensar, gracias a la literatura, la actual condición de nuestros trabajadores, la hora que vive el sindicalismo de nuestro país en este preciso momento, luego de cuatro sexenios consagrados por el poder y el capital a la demolición de las organizaciones de trabajadores y/o al sostenido pisoteo de su derechos.
El tren pasa primero fue publicada en 2005, a veinte años de la muerte de Demetrio Vallejo Martínez, uno de los líderes ferrocarrileros que en 1959 encabezaron la huelga del sistema ferroviario mexicano. Como ha ocurrido en todas o casi todas las obras de Elena Poniatowska, esta novela mezcla su gran sensibilidad estética con su pasión por la justicia. En este sentido, El tren pasa primero tiene una enorme actualidad, pues las luchas populares (obreras, campesinas, estudiantiles) siguen siendo necesarias en México y tal vez más ahora, en esta época de disgragación y desaliento. Mientras los trabajadores no reciban en nuestro país lo que en justicia merecen, mientras el salario mínimo y las prestaciones sociales sigan siendo una ridiculez, la literatura podrá servir como foro idóneo para evidenciar, si no las causas científicas del problema, sí, al menos, la indignación. Obviamente, las letras no resuelven los problemas sociales, sólo los exhiben a través de la angustia de los personajes, y tal es el mérito de Poniatowska: su compromiso con la realidad de los que padecen, de los que luchan pese a su condición enconadamente adversa.
Como en sus obras anteriores, Poniatowska muestra en El tren pasa primero un gran aliento narrativo y las dos mayores destrezas de su pluma: la agilidad del periodismo y la belleza de la literatura. Quienes hayan leído Hasta no verte, Jesús mío o Tinísima, por citar sólo dos casos entre los muchos de la exuberante obra eleniana, encontrarán en general sus mismas virtudes, esta vez relacionadas con un tema al que en México le faltaba narrador: el combativo movimiento ferrocarrilero que sentó las bases de la lucha obrero-estudiantil en la década de los sesenta. La novela tienen un año en circulación, la editó Alfaguara, y estoy convencido de que su lectura es indispensable para quienes crean que, precisamente, la literatura es algo más que literatura.
No podía ser de otra manera en el caso de Elena Poniatowska, su autora. Invitada a La Laguna por la Normal Superior Cursos Intensivos y por la Casa de la Cultura José Revueltas de Ciudad Juárez, Durango, nuestra más grande narradora siempre ha ceñido, como bien sabemos y a gran tren, su trabajo periodístico y literario (o periodístico-literario) a un hacer que no emboza sus preocupaciones sociales y políticas. Al contrario: en cada uno de sus libros palpitan problemas humanos, demasiado humanos, conflictos en los que la gente lucha por desviar su severo destino de injusticia a cauces donde pueda campear, algún día, la dignidad de todos y para todos (fragmento del comentario que leeré este sábado 13 de enero a las 11 am en el Teatro Alberto M. Alvarado de Gómez Palacio. Presentaremos El tren pasa primero Elena Poniatowska y yo. Si pueden, allí nos vemos).

domingo, enero 14, 2007

Caos con el pipirín

De mi cuate Paco Valdés (apareció hoy en La Opinión Milenio):

El planeta y el hambre

Francisco Valés Perezgasga

En mi colaboración anterior, escribí sobre el problema del calentamiento global. Un problema que requiere la más urgente atención de todos los involucrados, es decir, de todos. Autoridades, empresarios y ciudadanos, todos tenemos la responsabilidad de reducir las emisiones de gases de invernadero que, como especie, estamos virtiendo a la atmósfera provocando esta fiebre planetaria.
Dedíquele un momento de reflexión y estoy seguro que le abrumará darse cuenta que los humanos estamos provocando cambios a escala planetaria. Desgraciadamente, el asunto del calentamiento global no es la única manera en que nuestras actividades y conductas están afectando al planeta entero. El fraccionamiento de los ecosistemas por la urbanización y el mal llamado desarrollo está provocando que, para todo efecto práctico, la evolución haya ya cesado para numerosas especies. Ciertamente los grandes carnívoros, que requieren de grandes extensiones de terreno, se encuentran arrinconados, esperando solamente la llegada de su extinción inevitable.
En igual predicamento se encuentran los grandes ungulados que requieren de vastos campos para realizar sus migraciones anuales.En demasiadas ocasiones se blande el argumento del tributo inevitable que la naturaleza ha de pagarle al progreso. Del imperativo ético de dar de comer a las masas hambrientas que nos lleva al desmonte de grandes bosques, selvas y desiertos. Pero en estos argumentos hay una falacia pues el mundo produce hoy muchísimo más alimento del que necesita. El problema del hambre no es un problema de producción sino de distribución y, por lo tanto, un problema de equidad y de justicia.
Los grandes desarrollos agropecuarios de Brasil, Argentina y Uruguay, que tanto daño están causando a la Amazonia, al Pantanal y a la Patagonia son para producir mayoritariamente soya, un alimento para las vacas que alimentarán a la minoría consumidora de filetes y hamburguesas. Producir alimentos en la forma de carne —o en forma de leche o de huevos— es una manera increíblemente ineficiente de producir alimento. Caloría por caloría y proteína por proteína, es más eficiente —en término de insumos y energía— producir alimentos vegetales que animales. Al producir alimento en forma de carne la inversión en términos de agua, de energía y de superficie cultivable es un lujo que como planeta no podemos seguirnos dando.
Encima, los métodos modernos de producción de carne —el corral de engorda y el gallinero— generan emergencia sanitaria tras emergencia sanitaria que nos arrastran una crisis sin salida. La enfermedad de las vacas locas, el arsénico en el agua de La Laguna, la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos, la fiebre aftosa y la gripe aviar son pestes que se han generado en su virulento estado actual por culpa de los métodos inhumanamente crueles con que producimos carne —y leche y huevos— a escala industrial.

fvaldes@nazasvivo.com

viernes, enero 12, 2007

Relación sadomazorquista

Curiosamente, el blindaje de la economía, el manto de acero que nos iba a proteger de turbulencias económicas comenzó a mostrar goteras en este enero, mes en el que de hecho ha empezado a operar el gobierno espurio dado que diciembre apenas le sirvió para montar un teatro guiñol en Michoacán, para cobrar el primer aguinaldo y para recibir en navideña paz de hogar el jojojo de Papá Noel.
El cubetazo de agua helada se da en enero, en el sufrido enero, porque antes los gobiernos del cambio y de la imposición necesitaban un clima de simpatías a su favor. Con Fox no se podía dar el hachazo, por ejemplo, del precio a la tortilla ni mucho menos la escalada de aumentos que amaga ya con asfixiar, por enésima, al pueblo mexicano. Mentira tras mentira, el gobierno de y para los poderosos logró hacerse nebulosamente de la presidencia en una supuesta realidad de equilibro económico y armonía casi disneyana, y no se agitaron las aguas con el alza de precios para no calentar más el ring ya de por sí bronco de la sucesión.
Pero los dos gobiernos, tanto el que se fue como el que ahora reside sabrosamente en Los Pinos, perdieron sus respectivas batallas. Tuvieron que echar mano de una diluvial cantidad de paparruchas para, supuestamente, hacerse del triunfo. Millones de mexicanos no creyeron y no creen todavía que eso haya sido legal, y la continuidad del panismo en la presidencia, con el mismo modelo salinista ya casi tetrasexenal, obedeció al resquebrajamiento atroz de un sistema electoral movido cuidadosamente para que le diera un milagroso medio punto de ventaja al perdedor. A menos que se piense en una relación sadomazorquista (en este momento casi todo tiene que ver con el maíz), los mexicanos le dieron la espalda al proyecto de saqueo y por eso los saqueadores sólo hicieron la finta de que ganaban por exiguo margen.
Sea lo que sea, ese tiempo pasado no dejará de ser un presente petrificado mientras veamos que las políticas del gobierno, lejos de paliar el deterioro de la economía doméstica, aumenta más cargas al Pípila de la pobreza. El aumento al precio de la tortilla es sólo uno entre los muchos que se ven levantando polvo en el horizonte y avanzan como estampida, de frente, a golpear el debilitado bolsillo de las familias mexicanas.
¿Quién con su sal en la mollera puede votar por un gobierno que promete bienestar y da lo contrario? ¿No había perdido Fox toda credibilidad mucho antes de terminar su mandato? Las explicaciones de aquella derrota real las tenemos también hoy servidas a la mesa: según la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos, mediante resolución publicada en el Diario Oficial de la Federación del 29 de diciembre de 2006, los salarios mínimos vigentes a partir del 1 de enero de 2007 son, para el área geográfica “A”, $50.57; para la “B”, $49.00 y para la “C” (donde están Coahuila y Durango), $47.60. Con ese dineral, millones de mexicanos tendrán que pagar canasta básica, transporte, educación, vivienda, vestido, salud y esparcimiento. Si algún varo sobra, se lo dan al viejo de la casa para que se eche su alipuz viendo el fut en el Sky.
La degradación de los niveles de vida mayoritarios bajo modelos de economía primermundistas en países como el nuestro, dependientes tecnológicos, subeducados, electoralmente fallidos y con altos índices de corrupción, obligó a nuestros gobiernos antipopulares a crear programas asistencialistas, diques del malestar social. Ahora ya ni eso. El nuevo gobierno militarizado se la juega: los jodidos que no estén de acuerdo con el nuevo precio de la tortilla, que arrojen el primer olote.