No resistí la tentación de
decir a mi hija lo que le dije. Veníamos en el Ómnibus de México hace rato, de
Durango a Torreón, y en la plática adormecida por el ronroneo del bus, hice un
breve silencio y me salió esta frase: “No puedo creer que tengas quince años”.
Ella me miró, sonrió con una chispa de orgullo, como si crecer fuera bello o
meritorio, y me preguntó lo obvio: “¿Por qué no lo crees?”. La explicación que
le di también fue elemental, algo parecido a esto: pues porque sigo teniendo
fresca su cara de bebé, su cabeza sin pelo de recién
nacida, sus pasos inseguros, su risa y su llanto, las frases con las que inauguró su comunicación hablada,
todo su pasado, el pasado que en aquel momento cerraba el siglo XX. Te miro,
pues, le dije, y a veces quedo absorto, incrédulo, desconcertado ante la
rapidez con la que se han ido quince años, los quince que han pasado desde que
la tengo como hija mayor.
El diálogo allí quedó e hicimos silencio mientras el Ómnibus seguía su ruta hacia La Laguna; mi mente
se atoró entonces en algunos pasajes compartidos con ella durante su primera niñez. Pensé en la anécdota del
robot, en aquel trabajo escolar con el que la ayudé en segundo o tercer grados de
primaria. Ese fue, creo, mi máximo trabajo como padre de familia que ayuda en las
tareas escolares. Cuento la historia.
Espero a mi primera hija de
pie en la puerta de la escuela. Es hasta ese momento la única de mis hijas que ha llegado a
la primaria. Está en segundo o tercero, no recuerdo, incluso puede ser que en
cuarto. Le pido su mochila, la tomo de la mano y avanzamos hacia el coche. En
el camino a casa me comparte sus pendientes: “Papá —dice—, tenemos que hacer el
proyecto de un robot elaborado con cajas. El mejor del salón recibirá un premio”.
La vi tan ilusionada con la
palabra “premio” que desde ese momento me salieron, no sé de dónde, unas ganas
horrendas de construir un robot que apantallara hasta a George Lucas. Y se lo
dije a mi pequeña: “Haremos un gran robot, no te preocupes”. Supongo que era
jueves, algo así, y el robot debía estar listo para el lunes, por lo que nos
favorecería el fin de semana. El viernes pensé en el diseño, lo imaginé. No
exagero si digo, como exageramos los laguneros, que me la bañé, que en mi mente
apareció el mejor robot jamás imaginado para un trabajo de primaria.
El sábado por la mañana
amanecí con un fervor creativo desbordado. Fui a una papelería, fui a una farmacia
y fui a una tienda de electrónica. A la papelería por papel plateado, a la
farmacia por cuatro pastas de dientes y a la electrónica por unos foquitos,
unos alambres y un pila. En la casa había hallado una caja de zapatos adecuada,
y el aditamento estrella yo ya lo tenía: un señalador de rayo láser de los que
usaba a veces en mis clases de la universidad. Ya con todo reunido, comencé la
construcción del inusitado robot, no sin antes pedir a la pequeña que me
ayudara como la enfermera que asiste al cirujano en el quirófano.
Lo primero fue forrar de
papel plata la caja de zapatos. No era una monstruosa caja de botas sino de calzado
infantil. Eso sería el tórax del robot. Luego hice lo mismo con las cajas de
pasta dental, pues servirían para armar todas las extremidades; recuerdo que a
las piernas les puse una base más amplia, para que el mono pudiera mantenerse
en pie sin mayor problema. Siguió la cabeza, hecha con una cajita cuadrada, como la que puede contener un tarro mediano de crema o ungüento. Ya
con todas esas piezas a la vista, lo que siguió fue unirlas con pegamento y colocar
los foquitos, de esos que denominan leds. Instalé, con maña y silicón, los
ojos, la nariz y la boca. Con cables internos como tripas conecté las luces hacia una pila
cuadrada que ingeniosamente ubiqué, invisible, en la espalda del robot. Ya con los leds puestos
el mono era un fenómeno, pero no estuve conforme, pues como vengo diciendo, yo
estaba endiosado por un espíritu científico que jamás ha vuelto a visitarme.
Coloqué los brazos en
distinta posición: uno caído, otro, el derecho, apuntando al frente, fijo.
Dentro de la caja que era el brazo derecho instalé con maestría mi rayo láser,
lo fijé bien, y permití que fuera encendido mediante un dispositivo oculto,
cercano a la zona del codo. Cuando todo estuvo listo, luego de varias horas de
trabajo enfebrecido, probamos el robot en un lugar oscuro, para percibir bien
la vistosidad de las luces. Aquello fue hermoso. El maldito robot echaba unas luces vivas, intensas e infalibles, y el láser, como solemos decir, dejaba
chiva de tan eficaz.
Tras ver eso, mi hija y yo
estuvimos seguros del triunfo. Llegó el lunes y entró al salón, supongo que
orgullosa con su robot lumínico. No vi, claro, la competencia, nada, sólo supe
el resultado cuando me lo comunicó mi hija a mediodía. Su explicación, jamás la
olvidaré, fue ésta: todos los niños querían mi robot, encender sus luces, principalmente
el rayo láser. Se peleaban por jugar con él. Fue el que más gustó. La maestra,
sin embargo, dijo que el primer lugar era para un robot que tenía el tamaño de
un niño, un robot grande. Ese ganó.
Le pregunté, cómo no iba a
hacerlo, si además del tamaño aquel robot tenía algo más. No sé, luces, sonido,
algo. Mi hija añadió: “No, papá, nada. Sólo era un robot más grande”. Tampoco
olvido mi conclusión: “Bueno, la maestra hubiera aclarado que hiciéramos una piñata
con aspecto de robot”. Pero mi hija estaba contenta, pese a todo. Su robot
había sido, insistió, el que gustó más. El dictamen de la maestra no había destruido
pues el aprecio de mi hija por aquel robot que cautivó mi vida.