sábado, diciembre 31, 2011

El día viene



Hace como quince años recibí un casete grabado por mi ex alumna y amiga Gloria Murillo. Sabedora de mi gusto por el folclore argentino, me hizo conocer a Cafrune, a Jorge Cafrune, el famoso cantante jujeño que murió en Tigre, provincia de Buenos Aires, hacia 1978, durante la noche criminal que dejó miles de muertos en aquella querida y dolorosa patria. El casete reproducía varios de los poemas que Cafrune grabó a José Pedroni, poeta para mí hasta entonces, también, desconocido. Oí cada pieza con devota atención y fue tanto el placer obtenido que muchos versos quedaron fijos, atados a mi memoria.
Para celebrar el nacimiento de Aitana, mi segunda hija, en marzo de 2001 publiqué un pequeño poemario titulado Salutación de la luz; usé como epígrafe palabras que Pedroni cita en “Petróleo”, un hermoso y comprometido poema. Esas palabras me siguen pareciendo, y seguramente siempre me lo parecerán, inigualables para enunciar la fe en el futuro, el deseo de obligarnos, de obligarme, a mirar el porvenir con ojos si no optimistas, sí menos pesimistas: “el día viene, hermoso”, escribió Pedroni que dijo Gabriel Péri frente a los fusileros, es decir, frente a la certeza de su muerte.
Pasaron los años y en otro libro usé como epígrafe más versos de Padroni. Ese libro trata sobre futbol y creí que no podía hallar mejores palabras, todas las del poema “Fútbol”, para resumir el cariño que siento desde mi niñez por tal juego:

Yo conozco el artista del humor desapacible,
y el grave, que en un mundo de soledad se encierra,
y el cargado de gloria que nunca está visible.
A mí me gusta el fútbol. Hay de todo en la tierra.

Nunca pude entenderme con esta gente extraña
que para oír su canto del canto se destierra.
A mí me gusta el bosque, la calle que no engaña,
la multitud, el fútbol... Todo es grato en la tierra.


En 2011 tuve la suerte de trabar amistad con la escritora Giselle Aronson (nacida en Gálvez, provincia de Santa Fe, Argentina). Nuestro diálogo internético sobre literatura se vio felizmente ampliado en noviembre, durante las Jornadas sobre microficción celebradas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, en Mendoza, Argentina. Cuando ella vio que en mi libro futbolero lucía como epígrafe un poemita de Pedroni, me dijo, sorprendida, recuerdo que en el salón de conferencias donde se celebraban las Jornadas: “¿Sabés dónde nació Pedroni?”. Le respondí con dudas que en las provincias de Santa Fe o Entre Ríos, no lo sabía bien; de lo que yo estaba seguro es de que fue oriundo del interior. Entonces ella precisó: “¡Nació en Gálvez!”. O sea, Pedroni era su paisano galvense, lo que no dejó de sorprendernos pues Pedroni se convertía de golpe en otro eje de nuestra amistad, la amistad que tengo con ella y con Fernando Veríssimo, su pareja.
Hoy 31 de diciembre —cumpleaños de mi madre, por cierto—, Giselle me manda dos fotos tomadas durante su visita decembrina a Gálvez, donde pasa las fiestas con su madre. Las fotos son de la casa donde nació Pedroni, como podemos leer en la imagen que encabeza este post. He dicho aquí algo sobre el poeta, pero hay amplia información sobre él en esta excelente página web, donde podemos oír su voz y la de diferentes lectores y cantantes. Aquí está, de paso, el enlace para saber un poco más acerca de Jorge Cafrune. Recomiendo cuatro de mis poemas favoritos: “Gaucho” (el que más me gusta de toda su producción), “Petróleo”, “Maternidad” y “Palabras al hijo por nacer”. Espero que se note la difícil y profunda sencillez de su palabra, la delicada sabiduría que nos pone, como pan, sobre la mesa. También espero que se advierta la extraña facilidad de Pedroni para la rima exacta y casi natural.
Agradezco a Giselle el envío de estas imágenes y aprovecho para desearle a ella y a todos mis amigos un espléndido 2012.
A los mexicanos se nos dibuja un año harto difícil, tan duro que casi nos compromete a sumar cualquier forma de lucha para terminar el periodo de terror que seguimos padeciendo. Hay que ser, pese a todo, optimistas. Hay que pensar, como dijo Pedroni que dijo Gabriel Péri frente a los fusileros, que “el día viene, hermoso”. Ojalá, ojalá.

Elena y los recovecos de la vidita literaria



Creo que no hay tema que me apasione más que el de la vida literaria. Saber qué hacen, qué piensan, que odian y qué aman los escritores, dicho esto con mil peripecias, me parece de suyo divertido. La razón por la que me fascinan esos personajes es simple: siempre que leo relatos cuyos personajes son escritores siento que el mecanismo de sus vidas se parece al mío. Hay, pues, una suerte de identificación con sus andanzas, una especie de química natural entre esos seres de palabras dedicados a las palabras y este servidor, dedicado a lo mismo aunque defectuosamente hecho de carne y huesos.
También, esa identificación me lleva a sentir como propias las vidas, por ejemplo, de Peter Coyote en Luna amarga, la hermosa película de Polanski. Sólo uno sabe bien a bien qué significa ser escritor, o al menos lo intuye, así que no nos son extraños los demonios que acosan al tejedor de ficciones. Como el escritor de Luna amarga, uno sabe permanentemente que la vida es corta por más larga que parezca; sabe que la obra, la gran obra, siempre estará esperando cocción y que las distracciones son fatales. Por eso los escritores suelen rehuir la vida convencional de los hombres, es decir, esquivan el bulto a los trabajos que atan, al amor duradero y estable, a las distracciones huecas. Un escritor es conciente, demasiado conciente entonces de su finitud, la ve con claridad y piensa siempre que el tiempo perdido es irrecuperable en términos de escritura, por eso a todo lo que aleje del teclado le saca la vuelta, lo margina hasta quedar solo con su conciencia y la cuartilla/monitor en blanco.
La segunda novela de Alejandro Rodríguez Santibáñez, Elena, nos enfrenta a ese asunto con malicia y ágil prosa. El protagonista, otra vez el buen Agapo Buendía, es un joven escritor de provincia que recibe una oportunidad de oro: cierto incauto editor le financia la escritura de un libro con la esperanza de recuperar la plata cuando la obra se convierta en hit. No es miel sobre cheereos, sin embargo, ya que nuestro escritor es fácil presa de su indolencia, de su inseguridad y, sobre todo, de la facilidad con la que cae en las redes del enamoriscamiento y sus miles y miles de vericuetos.
La presencia del humor es ya un rasgo que podemos destacar en las ficciones de Alejandro Rodríguez Santibáñez. Como en El vendedor de futbol, Elena es un muestrario amplio de recursos mediante los cuales nos acercamos a la caricatura de la vida cotidiana que se despliega en la mesa del personaje. No hay párrafo de descanso; el tono general de la historia nos lleva a pensar en esas comedias en las que no estalla la carcajada, pero que nos mantienen todo el viaje con una sonrisa media bien pintada en el rostro.
Dividida en dos partes, Elena es un antecedente, quienes las lean sabrán por qué, de El vendedor de futbol. No sé cuál de las dos historias quebró primero el cascarón, pero a mi juicio esta segunda salida es más afortunada que la primera. No sé, la siento más compacta, más cuajada en la dimensión novelística a diferencia de la otra que, lo recuerdo, divagaba un tanto por la necesidad del viaje descrito en la narración.
Las caídas y los ascensos del ánimo, la reflexión permanente sobre la lectura y la escritura, el atrayente imán de la sensualidad encarnado en Elena, la inmersión en las profundidades a veces congelantes de la vida en pareja y el gradual deterioro del impacto amoroso inicial, todo eso cuenta, con prosa festiva, vivaz, jocosa, Elena, la segunda novela del lagunero Alejandro Rodríguez. Este es mejor libro que el primero. Y qué bueno. Hay ascenso.

Elena, Alejandro Rodríguez Santibáñez, MVS, México, 2011, 143 pp.

viernes, diciembre 30, 2011

Balas y proezas contadas



Texto leído en las IV Jornadas Nacionales de Minificción "Horizontes de la brevedad en el mundo iberoamericano: homenaje a David Lagmanovich (1927-2010)", celebradas del 2 al 4 de noviembre en la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.

Balas y proezas contadas: afán micronarrativo del corrido mexicano

Jaime Muñoz Vargas

1. Corrido clásico: lo revolucionario con Adelitas y Valentinas
La micronarrativa es más antigua de lo que suponemos. De hecho, creo que acompaña al hombre desde que a gruñidos comenzó a contar historias, a codificar en pequeños relatos su experiencia diaria, desde la caza del bisonte hasta la compra vía internet del nuevo Ipad. Más allá de que hoy la llamemos así (micronarrativa, microficción, microrrelato, microtexto, microloquesea), la historia armada en poco espacio y cuyo propósito es divertir, edificar, informar, adoctrinar y demás ya estaba allí, como el dinosaurio. La micronarrativa, pues, es ubicua, se cuela por todos los poros de la realidad y no le pertenece sólo a los micronarradores. Es tal vez, por ello, el más democrático de los géneros, pues basta compartir un café para que nazcan, con o sin intención estética, pequeñas historias que harán de nuestras vidas un amplio repositorio de microhistorias.
El microrrelato entonces es antiguo y acusa decenas de fisonomías. Hoy mismo, por ejemplo, cunde el brevísimo de una o dos líneas gracias a las nuevas tecnologías, sobre todo a la plataforma de Twitter que fuerza la hechura de los llamados tuits en 140 caracteres o menos. Nunca como ahora hubo relatos, nunca como ahora proliferaron las microhistorias que son ya la forma predominante del arte narrativo, de suerte que los estudiosos del género deban estar atentos sobre todo para destilar y obtener lo mejor en el inagotable menú que tiene hoy sobre la mesa.
Parte del trabajo que es posible perfilar en este inabarcable universo consiste, lo sabemos, en delimitar, describir, historiar aquellos productos que sin ser micronarrativa en estado químicamente puro bordean, rozan, atraviesan este territorio y confirman que contar en un palmo de papel es una de las prácticas incisivas del ser humano. Finalmente, reitero, la micronarrativa y las formas aledañas del relato no son patrimonio de los micronarradores, ni siquiera de los escritores en general, sino de todo aquel que desee contar algo y observe un mínimo propósito estético, así sea fallido, así sea rupestre.
En el enorme campo de la microficción involuntaria (por llamarle de algún modo) está el corrido mexicano. Heredero del romance español, como muchos de sus hijos en América Latina ha servido y sirve para contar hechos, verídicos o no, en versos por lo general octasilábicos, rimados vacilante y ripiosamente, y con una estructura narrativa simple y rígida: introducción, desarrollo y, desde su peculiar axiología, remate o coda en varios casos moralista. Su sentido narrativo es evidente, más allá de que la vestimenta sea poética. El corrido arraigó en el imaginario mexicano durante la Revolución, es decir, en el movimiento armado que encabezó Francisco I. Madero en 1910, revuelta que fue a la postre el hito fundacional del llamado “Estado moderno mexicano”. En aquel momento, se sabe, los rebeldes que se levantaron en armas contra la dictadura treintañera de Porfirio Díaz andaban a salto de mata, atacaban y retrocedían, tomaban ciudades, se desplazaban por el vasto y árido norte de México, escenario principal de las batallas. Pancho Villa, acaso nuestro más famoso revolucionario, combatió del lado de Madero y gracias a un olfato militar totalmente intuitivo devino leyenda, icono de la lucha contra toda forma de despotismo. Emiliano Zapata fue, dicho esto a grandes zancadas, su equivalente en el sur, de manera que Villa y Zapata son hasta la fecha los Revolucionarios mexicanos, esto con mayúscula.
En los campamentos rebeldes, en un mundo ágrafo y basado por ello en la oralidad, los rebeldes, en su mayoría provenientes del ámbito rural, tuvieron tiempo para matar el tiempo con el precario arte que les cupo en suerte. No faltó quién supiera rasguñar una guitarra y, al calor del tequila o el sotol, compusiera como dios le daba a entender algún romance sobre lo que estaba ocurriendo. Esa forma mexicana de la composición literario/musical pasaría a ser denominada “corrido”, y como observé hace algunos párrafos, su base es la narración de hechos reales o ficticios sobre la vida de un personaje o un grupo. Muchos corridos nacieron al calor de las balas villistas y zapatistas. Entre todos, el más famoso es sin duda “La Adelita”, homenaje a la lealtad e imprescindibilidad que los guerrilleros veían en la mujer que los acompañaba de batalla en batalla no sólo para ayudarlos con el fusil, sino con otras necesidades: los frijoles, las tortillas, el café y el petate donde se tiraban a dormir y demás menesteres horizontales.

En lo alto de una abrupta serranía,
acampado se encontraba un regimiento,
y una joven que valiente lo seguía
locamente enamorada del sargento.

Popular entre la tropa era Adelita,
la mujer que el sargento idolatraba,
porque a más de ser valiente era bonita,
que hasta el mismo coronel la respetaba.

Y se oía que decía
a aquel que tanto la quería:
“Y si Adelita se fuera con otro,
la seguiría por tierra y por mar;
si por mar, en un buque de guerra;
si por tierra, en un tren militar…”.

Como en este corrido revolucionario, en todos los otros vemos más o menos lo mismo, sus recurrentes: un estro algo ingenuo (como corresponde a la composición popular), pinceladas descriptivas del entorno semidesértico, exaltación de la valentía no sólo masculina y un campo semático atestado de referencias bélicas. Pasados los años, cuando, como decía Renato Leduc, “la Revolución degeneró en gobierno”, el corrido mexicano echó raíz profunda en el alma mexicana, pasó a narrar (a micronarrar con versos de modesta factura) todo lo narrable y terminó por convertirse, tras la difusión de la radiofonía (década de los veinte), en un subgénero de la música folclórica mexicana mejor conocida como “ranchera” que tanto y tan bien caminó gracias al cine.

2. Corrido posclásico: caballos, pistoleros y altercados (des)amorosos
La temática revolucionaria cedió paso entonces a cualquier otra. Así, nacieron corridos que simplemente cuentan delitos del fuero común, ya muy al margen de la lucha política. Es importante subrayar que el corrido quedó encuadrado en el ámbito de lo violento y se convirtió en una especie de nota roja lírica, de involuntario juglarismo sobre hechos de sangre. Asesinatos, fiestas que terminan en matanzas, hazañas de bandoleros casi anónimos, encontronazos entre rivales que se matan por viejas o nuevas rencillas, todo lo que podía teñir de rojo el canto tuvo cabida en el corrido. Así la famosa microhistoria narrada en “Rosita Alvírez”:

Año de 1900
presente lo tengo yo
que en un barrio de Saltillo
Rosita Alvírez murió.

Su mamá se lo decía:
“Rosa, esta noche no sales”.
“Mamá, no tengo la culpa
que a mí me gusten los bailes”.

Hipólito llego al baile
y a Rosa se dirigió
como era la más bonita
Rosita lo desairó.

“Rosita no me desaires,
la gente lo va a notar”.
“Pues que digan lo que quieran
contigo no he de bailar”.

Echó mano a la cintura
y una pistola sacó,
a la pobre de Rosita
nomás tres tiros le dio.

Algo similar ocurre en “El Perro Negro”, corrido de José Alfredo Jiménez, quien es, todo mundo lo sabe, el más grande compositor mexicano de rancheras; cito íntegra aquella pieza:

Al otro lado del punte
de La Piedad, Michoacán,
vivía Gilberto el valiente
nacido en Apatzingán,
siempre con un perro negro
que era su noble guardián.

Quería vivir con la Lupe
la novia de don Julián,
hombre de mucho dinero
y acostumbrado a mandar,
él ya sabía de Gilberto
y lo pensaba matar.

Un día que no estaba el perro
llegó buscando al rival
Gilberto estaba dormido
ya no volvió a despertar,
en eso se oyó un aullido
cuentan de un perro del mal
era el negro embravecido
que dio muerte a don Julián.

Allí quedaron los cuerpos
Lupita no fue a llorar,
cortó las flores más lindas
como pa’hacer un altar
y las llevó a una tumba
del panteón municipal.
Allí estaba echado un perro
sin comer y sin dormir
quería mirar a su dueño
no le importaba vivir.
Así murió el perro negro
aquel enorme guardián
que quiso mucho a Gilberto
y dio muerte a don Julián.

Hasta aquí hay un rasgo característico del corrido clásico y posclásico: su ambiente es rural. Las escenas ocurren en el campo, en cantinas de mala muerte, en bailongos polvorientos, entre aperos de labranza y tragos de alcohol pendenciero (el adjetivo es de Borges). Esto cambia un tanto a mediados de los setenta: el corrido se desplaza a las urbes y comienza a ser poblado, además de sombreros charros y caballos prietos azabaches, por automóviles y cabarets, por policías y hampones de mediano pelo. Un rasgo característico de este corrido es la exaltación del antihéroe en tanto sujeto al margen de la ley, pero con códigos de honor y, como en el caso de los orilleros antiguos que tanto sedujeron al ciego del Aleph, valentía, coraje, agallas para no amilanarse ante los desafíos del peligro. Un ejemplo del simpático matón de urbe, tranquilo y duro, eliminado por la espalda porque de frente era imposible hacerlo, está en el “Corrido de Gerardo González”:

Ya todos sabían que era pistolero
ya todos sabían que era muy valiente
por eso las leyes ni tiempo le dieron
el día que a mansalva y cobardemente
le dieron la muerte.

En Brownsville estuvo un tiempo prisionero,
y al ser sentenciado de ahí se fugó
se vino a Reynosa, su pueblo querido
Gerardo González en forma cobarde
la muerte encontró.

Era decidido, miedo le tenían
sus enemigos y la policía
a punta de bala lo hicieron pedazos
no pudo salvarse tenia en el cuerpo 14 balazos.

Vuela palomita a llevar el mensaje
te vas de Reynosa a lado americano
le cuentas a todos que le han dado muerte
a un compañero y fiel pistolero
de Chito Cano.

¿Qué vemos aquí? No sentimos ya el olor a campo, las acciones de desarrollan en Reynosa, una ciudad ubicada casi en la frontera mexicana con Brownsville, Texas. Vemos también que el héroe está del otro lado de la ley, pero tiene los cojones muy bien colgados, es leal a su patrón y se ha ganado una reputación que pocos pueden alcanzar en esos trotes: sus enemigos y la policía lo temen, de ahí que lo anulen a la mala, por la espalda. Hay, debemos decirlo ya, un poco de robinhoodismo en todos esos personajes que atentan contra la ley, dado que la autoridad, y ello está bien asumido en la cultura mexicana, es peor por corrupta e hipócrita.
De aquí a los primeros corridos con menciones explícitas al narcotráfico ya no había gran distancia. Las canciones y las versiones fílmicas homónimas pulularon en todo México y en buena parte de los Estados Unidos. Aparecen entonces, en los setenta, los primeros corridos con temática visiblemente narca, narraciones donde el tráfico de estupefacientes se da en escala casi artesanal (la “mota” que puede caber en las llantas de un coche), como en el célebre tema de “Camelia la Texana”, un corrido amoroso-delictivo:

Salieron de San Isidro
procedentes de Tijuana
traían las llantas del carro
repletas de yerba mala
eran Emilio Varela
y Camelia la Texana.

Pasaron por San Clemente
los paró la inmigración
les pidió sus documentos
les dijo: “¿De dónde son?”
Ella era de San Antonio
una hembra de corazón.

Una hembra así quiere un hombre
por el puede dar la vida
pero hay que tener cuidado
si esa hembra se siente herida
la traición y el contrabando
son cosas incompartidas.

A Los Ángeles llegaron
en Hollywood se pasaron
en un callejón oscuro
las cuatro llantas cambiaron
ahí entregaron la yerba
y ahí también les pagaron.

Emilio dice a Camelia:
“Hoy te das por despedida,
con la parte que te toca
tú puedes rehacer tu vida,
yo me voy pa’San Francisco
con la dueña de mi vida”.

Sonaron siete balazos
Camelia a Emilio mataba
la policía sólo halló
una pistola tirada.
Del dinero y de Camelia
nunca más se supo nada.

Otra pregunta: ¿cuánto dinero se puede ganar por una carga de mariguana que cabe en cuatro neumáticos? Sabemos ya que esas historias de narcotráfico son microhistorias de Heidi comparadas con las que leemos y escuchamos hoy en toda la prensa mexicana. Sin embargo, tales corridos fueron el surco feraz para plantar la mata de lo que viene a continuación: microhistorias de terror no gótico sino, lamentablemente, social, político y me atrevo a decir que antropológico, pues en muchas zonas de México se han convertido en clave para entender la tosca mentalidad de sus habitantes. Veamos.

3. Corrido actual: narcocorrido, elogio de la hiperviolencia
Durante los noventa el corrido escaló en su temática sanguinosa. Junto al crecimiento de los cárteles y a la emergencia de capos que riñen al tú por tú no sólo contra sus rivales en el negocio, sino contra el Estado mismo, armados hasta la mollera con los artefactos más destructivos, el corrido se apersonó para testimoniar cómo iba la cosa. Los primeros “narcocorridos” (en México, todo lo tocado por el narco lleva este prefijo: narcomanta, narcomensaje, narcoejecución, narcopolítica, narcolimosna…) abordaron a los nuevos y poderosos antihéroes para resaltar no sus bondades, sino sus maldades, su inteligencia y su, aunque no lo creamos, generosidad. Un ejemplo es el tema sobre el Chapo Guzmán (Joaquín Guzmán Loera), quien es quizá y sin quizá el más temido de todos los capos del narcotráfico mexicano ("El tío"):

De los pies a la cabeza
es bajito de estatura,
de la cabeza hasta el cielo
yo le calculo su altura,
porque es grande entre los grandes
a ver quien tiene una duda.

Ya conoció la pobreza,
ya conoció la riqueza,
si los respetan, respeta,
si lo ofenden, se acelera
y del infierno se escapa,
y se persigna en la iglesia.

A veces en residencia,
a veces casa e’campaña,
los radios y las metrallas
durmiendo en piso o en cama,
de techo a veces las cuevas
Joaquín, El Chapo, le llaman.

Acostumbrado a mandar
también te sabe escuchar,
sobresalió entre los grandes
chequen su historia nomás,
hecho raíz en el amor
hay muchos hijos por ahi

Por medio de este corrido
voy a mandar saludar,
a aquellos viejos amigos
que no he podido olvidar,
soy El Tío pa’mis sobrinos
para otros, Chapo Guzmán.

Hasta aquí, pese a que al cártel de Sinaloa, jefaturado por el Chapo, se le atribuyen miles de muertos, el panegírico no parece destemplado y el personaje hasta puede caernos bien. Lo malo, lo pésimo, llegó un poco después, ya en el presente siglo, cuando al relato del corrido más o menos convencional se añadió cierta información que desborda todas las cotas de la lógica civilizatoria y se instala más allá de la barbarie, en una especie de hiperbarbarie incorregible y aumentada. Ya no, en esta vertiente, la metáfora o cierta visión amable del sujeto, por despiadado que fuera, sino el reto abierto al discurso no sólo del Estado mexicano, sino contra todo lo que parezca ceñido al contrato social tal y como lo conocemos en Occidente. La que sigue es una canción-emblema (“Cárteles unidos”, es su título) de una tendencia “musical” denominada sin ambages “Movimiento Alterado” cuyo mecanismo de producción es muy profesional y cuya distribución no desdeña el uso de las nuevas tecnologías, como el YouTube:

Que siga y que siga, la guerra está abierta
todos a sus puestos pónganse pecheras
suban las granadas, pa’trozar con fuerza
armen sus equipos, la matanza empieza.

Carteles unidos es la nueva empresa
el Mayo comanda, pues tiene cabeza
el Chapo lo apoya, juntos hacen fuerza
cárteles unidos pelean por sus tierra.

El virus contagia y a todos enferma
armas y blindajes pa’mentes expertas
siguen avanzando con inteligencia
5.7 y el Chino revienta.

Ahí les va el apoyo pa’tumbar cabezas
el Macho va al frente con todo y pechera,
bazooka en la mano ya tiene experiencia
granadas al pecho la muerte va en ellas.

Lo he visto peleando
también torturando, cortando cabezas
Con cuchillo en mano
su rostro senil no parece humano
el odio en sus venas lo había dominado.

(…)

Sus ojos destellan empuñan sus armas
ráfagas y sangre se mezclan en una
estos pistoleros matan y torturan
desmembrando cuerpos
avanzan y luchan.

Este no es, contra lo que podamos pensar, uno de los peores, pero ilustra bien lo que es el narcocorrido, la etapa superior (o inferior, si se quiere) del corrido, la hiperviolencia en masa, sin tapujos y oronda de llegar a lo peor. Por eso en México se ha dado un largo debate para prohibir su difusión, aunque ahora poco se logra, pues entre la piratería y el internet los narcocorridos tienen asegurada una clientela bárbara en los dos sentidos que convoca, aquí, el adjetivo.
El corrido no es un tipo de microrrelato inocuo, inocente. Es, estoy seguro, parte de la educación sentimental del pueblo mexicano y no dudo en afirmar que es uno de los soportes de lo que nos ocurre actualmente: aleccionados por tales “hazañas”, muchos jóvenes apuntalan su cosmovisión en esos productos que me atrevo a considerar los microrrelatos más influyentes en, como decía el poeta Efraín Huerta, “mi país, oh, mi país”.

Mendoza, Argentina, 4, noviembre y 2011

Minificción en el norte de México



Texto leído en las Primeras Jornadas Internacionales de Microrrelato celebradas entre el 11 y 13 de agosto de 2011 en la Universidad Nacional de Santiago del Estero, en Santiago del Estero, Argentina.

Minificción en el norte de México: experiencia de la revista coahuilense Historias de entretén y miento


Jaime Muñoz Vargas

México tiene seis estados (o provincias o departamentos para muchos de ustedes) colindantes con los Estados Unidos: Baja California Norte, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Se trata de entidades federativas económicamente poderosas, territorialmente grandes y donde millones de mexicanos viven a diario un intercambio cultural intenso con el poderoso país vecino. Uno de esos estados, Coahuila —topónimo que tiene su origen en una tribu llamada coahuilteca— fue oficialmente fundada a fines del siglo XVI con la llegada de los primeros españoles y varios indígenas tlaxcaltecas aliados a la Corona que acá construía la Nueva España. Ese estado fue particularmente importante durante la Revolución, pues allí nacieron dos de sus más conocidos protagonistas: Francisco I. Madero y Venustiano Carranza, además de que otro personaje no menos famoso, Pancho Villa, tuvo éxitos militares decisivos en plazas coahuilenses como la de Torreón, ciudad de la que provengo.
Coahuila de Zaragoza, su nombre oficial, es pues una de las 32 entidades federativas de México y una de las seis que perfilan nuestro norte. Su población total es de casi tres millones de habitantes (de los poco más de cien que tiene México) y es una de las menos densamente pobladas, la número 27 de 32, con apenas 16 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra nada cercana a la de casi seis mil habitantes por kilómetro cuadrado que tiene el Distrito Federal. La capital de Coahuila es Saltillo, ciudad ubicada al sureste del territorio.
Es de un producto creado en Coahuila, y específicamente en Saltillo, de lo que tratarán estas cuartillas. Me refiero a la revista Historias de entretén y miento que desde hace poco más de veinte años publica el Gobierno del Estado de Coahuila en sus propias prensas. Si nos atenemos al carácter cultural, y más precisamente literario de la publicación, advertiremos que no es poco decir “veinte años” de supervivencia. Lo digo porque en nuestros contextos, bien lo sabemos, es frecuente que las aventuras hemerográficas culturales sean a veces tan efímeras que envejecen y mueren al segundo o tercer números. No ha sido este el caso de Historias de entretén y miento, espacio que ya va (en agosto de 2011) por su número ciento setenta y tantos y que no ha sucumbido a los cambios de administración estatal. Esto que parece menor es muy significativo: México es un país cuyos gobiernos municipales, estatales y no se diga federales suelen arrasar con todo lo que hicieron las administraciones predecesoras. En México es casi imposible que no sean borrados una política pública, un plan, un proyecto, una publicación en el momento en que cambian las administraciones públicas, esto a la más pura usanza del dictum “muerto el rey, viva el rey”. Por ello, y dicho esto como primer asombro, es casi milagroso que Historias de entretén y miento haya atravesado al menos cuatro gobiernos sexenales sin recibir el habitual tiro en la sien.
La publicación fue fundada en 1988. El gobernador de Coahuila era entonces Eliseo Mendoza Berrueto, y en el directorio de la revista quedó asentado que sus dos principales promotores fueron Gabriel Pereyra, encargado de la Dirección General de Difusión Cultural y Política del Gobierno del Estado, y el escritor Jesús de León, coordinador de la revista. Los dos fundadores dejaron de trabajar en este espacio en marzo de 1992 (número 16) fecha en la que entró a editarla el escritor Jaime Torres Mendoza. El aspecto inicial de Historias… es muy similar al actual: tamaño carta, impreso a dos o tres tintas en papel bond ahuesado o “cultural”. La única modificación que su aspecto físico ha experimentado en el camino tiene que ver con sus tapas y en algunos casos con el encuadernado: en el número 36 (marzo de 1994) comenzó a llevar portada en un papel distinto al de los interiores y no son escasas las ediciones de los años recientes que en vez de grapas tienen un esbelto lomo, de revista-libro.
Hay algo de accidentado en su periodicidad, que nunca ha sido estable, obediente a un ritmo regular. Por momentos era trimestral, a veces mensual y con el paso de los años ya no acató una frecuencia estable de salida. Su distribución siempre ha sido gratuita y su tiraje asciende en promedio a dos mil ejemplares por número. En cuanto a las firmas, la revista ha amalgamado a escritores con renombre (Carlos Monsiváis, Julio Torri, Carlos Montemayor, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco…) y muchísimos escritores de la región, todos con menor cartel.
Ubicadas estas generalidades, es momento de ver su contenido. En su origen, Historias… tuvo un propósito abarcador, genéricamente misceláneo. En sus primeros números apareció el tipo de textos que ordinariamente acoge toda revista literaria. Por su extensión y por su tema, hay poemas, cuentos, ensayos (literarios, históricos y hasta sociológicos), fragmentos de obras teatrales, reseñas bibliográficas y demás. Entre ese variopinto material abundan los microtextos: prosa poética, aforismo, poemínimo, ensayo breve o poemático (como le llama José Luis Martínez) y fragmentos cortos de obras mayores. En esa fauna de brevedades se mueven también muchos, abundantes microrrelatos.
Ni siquiera es necesario recordar que no todo texto breve escrito en prosa es un microrrelato, una micronarración o una microficción (o mini en vez de micro, según queramos). En Historias de entretén y miento, revista que por su título parece que auspiciará sólo aquello que tiene un explícito carácter narrativo, cupieron y caben todavía, pues no ha muerto, textos breves del más diverso pelaje entre los que desde su arranque se colaron, casi por accidente, microrrelatos.
Digo “casi por accidente” apoyado en un gesto editorial: a ningún texto le es asignada una etiqueta genérica, es decir, los editores no advertían a los lectores, como lo hacen ciertas publicaciones, con marcas claras en las cornisas o en algún otro sitio visible, que tal o cual colaboración era “poesía”, “cuento”, “ensayo”, etcétera. Esta ausencia de rotulación genérica es pareja en Historias…, así que los microrrelatos, cuando aparecen, no apuntan al lector que lo son, de suerte que por su aspecto externo podían pasar por prosa poética, aforismo o algo parecido.
La forma narrativa más recurrente en Historias… es el cuento propiamente dicho, de una extensión que va de las tres cuartillas a seis o siete. El microrrelato aparece entre cuentos, pero siempre da la impresión de que lo hace un tanto por azar, sólo porque cabe cómodamente en espacios pequeños. Desde ya vale advertir que nunca, si nos atenemos al examen más puntilloso de cada uno de los ejemplares de la publicación, aparece no digamos una teoría, una historia o una mínima reflexión sobre el microrrelato, sino una sola mención de esa palabra. Las micronarraciones que allí aparecen se agrupan pues, en su totalidad e implícitamente, al género cuento, sin usar jamás los prefijos diferenciadores micro o mini.
La primera presencia fuerte del microrrelato en Historias… se dio en junio de 1989. Para conmemorar el centenario de Julio Torri —saltillense, amigo cercano de Alfonso Reyes y asombrosamente uno de los “fundadores” del microrrelato en América Latina—, la revista armó una especie de número monográfico cuya nota preliminar no señala explícitamente el culto de Torri por las brevedades. Recuerda otros detalles de su biografía, no lo que a la postre servirá para situar a Torri en el contexto de la narrativa latinoamericana: que ya en 1940 había publicado De fusilamientos, uno de los libros emblemáticos del género que aquí nos ocupa.
Historias… publicó algunas piezas de Torri. Entre ellas, “La humildad premiada”, famosa porque tiene mucho de autobiográfica:

En una Universidad poco renombrada había un profesor pequeño de cuerpo, rubicundo, tartamudo, que como carecía por completo de ideas propias era muy estimado en sociedad y tenía ante sí brillante porvenir en la crítica literaria.
Lo que leía en los libros lo ofrecía trasnochado a sus discípulos la mañana siguiente. Tan inaudita facultad de repetir con exactitud constituía la desesperación de los más consumados constructores de máquinas parlantes.
Y así transcurrieron largos años hasta que un día, en fuerza de repetir ideas ajenas, nuestro profesor tuvo una propia, una pequeña idea propia luciente y bella como pececito rojo tras el irisado cristal de una pecera.

En la página 16 del mismo número, Javier Villareal Lozano traza una estampa de Torri. Como que quiere decir lo que deseamos escuchar, pero apenas lo insinúa: “Escritor para escritores, estilista, burilador, cuentagotas”. Es de notar que quienes en ese momento ponderan la especificidad de Torri tienen conciencia de su parquedad artesanal, pero sin asignarle la etiqueta de microrrelatista o algo similar. En los otros dos acercamientos al saltillense ocurre lo mismo; Sergio Cordero afirma: “Tres libros (1964) (…) reúne las breves, concentradas, corrosivas prosas que integran su escasísima creación literaria”; Beatriz Espejo, por su lado, añade sobre Torri: “… sus pequeños y maravillosos textos siguen resultando un deleite exquisito para quienes se acercan a ellos con ánimos de emprender una lectura cuidadosa”. El número monográfico en tributo a Torri es acompañado por otros textos, entre ellos algunos microrrelatos que buscan seguir los pasos del homenajeado, como este de Armando Alanís (“Fábula”, que tiene mucho, en tres renglones, del “Viaje a la semilla” carpenteriano):

En aquel planeta el tiempo caminaba para atrás. Los hombres, desde la eternidad, se iban precipitando hacia el útero materno. Un feto era un agonizante.

Ese ejemplar marca, a mi parecer, el arranque del microrrelato en Historias… y acaso en el norte de México o al menos en Coahuila. A partir de allí irán apareciendo muchos textos que podemos clasificar, sin mayor problema, en ese género, aunque no deja de asombrar que jamás haya un deslinde teórico o una aproximación con carácter más o menos exploratorio. Nada, ni siquiera andan por allí los prefijos “micro” o “mini”, aunque tampoco se trata de un mar de microrrelatos sin definición lo que aparece en Historias… El género más socorrido es la poesía, luego el cuento y al final el ensayo literario. Entre los microtextos, abunda la prosa poética y es allí, no sé si por casualidad o deliberadamente, donde se cuelan las pequeñas historias que nos entretienen y nos mienten. Es frecuente, también, la publicación de microrrelatos “recortados”, es decir, de historias que gozan de cierta autonomía aunque hayan sido tomadas de obras amplias, como ocurrió en el número 21 donde son tomados ciertos pasajes narrativos de Homero y Virgilio, ambos con redondura microrrelatística.
Poco a poco, número tras número Historias… irá acumulando, en suma, micronarraciones sin delimitación genérica. Traigo algunos pocos ejemplos:

—Caite con la lana.
—Pero es que...
—Nada. Dámela o te doy un balazo.
Entonces el borrego se desnudó. (César Eduardo Alejandro, “El asalto”, HEM, 53, agosto del 95).

Soñó que le daban un balazo y despertó bañado en sangre. Vino el médico y le recomendó volver a dormir. Soñó de nuevo que lo balaceaban y ya no quiso despertar. Reprochó a su agresor "Ya basta. No me dejas descansar". El otro protestó: "Deja de quejarte. Este es el sueño que me gusta". (Eligio Coronado, “La realidad rota”, HEM 57, diciembre del 95).

La oruga creyó ver, en el tractor que venía por la brecha, a Dios y se prosternó para reverenciarlo. Murió aplastada al paso de la estrepitosa máquina. (Abraham Nuncio, “Cuatro fábulas”, fábula 1, HEM 92, noviembre del 98).

“Somos modelo de democracia”, comentaron entre sí los ascensores, mientras uno bajaba y el otro subía. (Abraham Nuncio, “Cuatro fábulas”, fábula 3, HEM 92, noviembre del 98).

Yo mismo señalé, en una conferencia leída hacia 2007 en las Jornadas de Microficción organizadas en Tucumán, que entre

… julio y agosto del 91 publiqué casi a oscuras un largo artículo dividido en dos partes. Su título fue “El cuento de pronto acabar”, y apareció en la revista Brecha, de Torreón, lo cual le garantizó un tiraje corto y una pobre circulación. Ese texto era más bien una miniantología comentada, y si algún valor histórico puede tener es el de haber planteado por primera vez, en su parte introductoria, la eficacia de las formas breves. En aquel momento yo ya era conciente de que existían formas literarias más vertiginosas que las aceptadas por el lector y por nuestra crítica, pero el mito de lo mayúsculo se me imponía tanto como a toda mi generación. De ahí que, entre elogios a la brevedad, no dejé de deslizar burlas a la pereza que presuponía, por prejuicio, en los autores como Torri o Arreola y sus seguidores. Como no tenía una denominación precisa a la mano, me atreví a llamarlo (nótese el tinte minusvalorativo) “cuentito”. Repito aquí una parte de ese primer acercamiento que tenía, claro es, un afán promocional del texto breve:

En literatura no hay géneros buenos ni malos, ni moldes útiles ni inútiles. Todos sirven. A veces, la función de un texto puede ser valiosa si se le juzga a partir de sus aspiraciones formales y temáticas. Es lógico que un poemínimo o un cuento breve nunca, ni de broma, deben catarse con la vara para medir Muerte sin fin o Palinuro de México. No, claro. Aunque existen excepciones, la calidad y el largo aliento son dos virtudes literarias que, juntas, hacen del creador un ser único, digno de la admiración y de respeto públicos, eso es indiscutible. Hay, por otro rumbo, trabajos con intenciones mucho más modestas. Por tal casillero encontramos, en poesía, al haikú, al epigrama, al poemínimo y, en narrativa, al cuento breve, al brevísimo, como el promovido por Edmundo Valdés en las páginas de El Cuento. Podemos creer que el objetivo de estas miniobras es estimular, con una chispa, la sensibilidad del lector: sacarle una sonrisa, meterle una interrogación, obsequiarle algunos miligramos de estupor, no más. Si el epigrama y el poemínimo se erigen como posibilidades de creación poética al alcance de todos, algo similar pretende el cuentito. En verso, los trabajos del gomezpalatino Campos Díaz y Sánchez y el invento de Efraín Huerta son rica muestra de concisión y perspicacia concentrados, textos a medio camino entre “la-obra-seria” y la ocurrencia fortuita que se queda en la charla de café, o como dedujo el mismo Huerta luego de una encuesta informal a su hija y a Octavio Paz: los poemínimos son aportaciones líricas que andan muy cerca del chiste. Para la prosa es lo mismo, o casi. Por la compra de pocas palabras al lector adquiere, como en ganga, todo un microcosmos al que suele no faltarle la pimienta del humor.

Por esa idea del microrrelato transité en 1991, y conste que en ese mismo momento transcribí cerca de treinta ejemplos de microrrelatos escritos por Arreola, Borges, Anderson Imbert, Samperio, Papini, Avilés Fabila y otros varios, todos espléndidos, como “Sadismo y masoquismo”:

Escena en el infierno.
Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
—No.

Tuve incluso el imberbe atrevimiento de proponer una novedad, como se puede advertir en estas palabras:

Es lícito, en ocasiones, truquear la consecución de un cuentito, tal como lo hizo Valadés en El libro de la imaginación. Podemos extraer, de un texto largo, algún pasaje que cumpla con la pequeña esfericidad que reclama este molde narrativo. Como ejemplos traigamos dos ejemplos subsumidos en trabajos de Alfonso Reyes y de Diógenes Laercio, respectivamente:
… Tisias, luego de aprender la retórica del maestro Córax, se niega a pagarle sus enseñanzas. Argumento de Tisias: “Si de veras me has enseñado a persuadir, podré persuadirte que no me cobres, y en tal caso nada te pago. Si no logro persuadirte, tus enseñanzas han sido vanas, y en tal caso nada te debo”. Respuesta de Córax: “Si no logras persuadirme, tendrás que ceder a mi demanda. Y si me persuades, también, pues habrás probado con ello la utilidad de mis lecciones”.

La falta de información que yo tenía en los albores de los noventa es la misma que evidencia, por esas fechas, Historias de entretén y miento. Poco a poco, gracias sobre todo a mi contacto con historiadores, teóricos y cultores del género como David Lagmanovich y Raúl Brasca, he tratado de incorporar alguna información en artículos y columnas, esto para visibilizar con mayor claridad el trabajo de los microficcionistas que no saben que lo son. Sé que lo importante no sólo son las creaturas literarias, sino su mayor inteligencia a partir de la conciencia que tomemos sobre su peculiaridad y su belleza, sobre su independencia y su valor sugestivo. En Historias de entretén y miento han aparecido muchas microficciones pero jamás esa palabra o una parecida. Quizá ya es hora de que coincidan los afanes del creador con los propósitos del historiador y el crítico. Este acercamiento es parte de esa modesta pero importante lucha por abrir los espacios de la microficción como creatura autónoma y autosuficiente de la literatura, de nuestra literatura.

lunes, octubre 24, 2011

Para José Cruz



Hace meses, precisamente en febrero de este año, Abigail Salazar me invitó a escribir unas palabras en tributo a Jose Cruz, el mandón de Real de Catorce. Como sabemos, a Cruz le fue ofrecido un reconocimiento en el Teatro Nazas de Torreón. El concierto sirvió como tributo a su trayectoria y como espacio para recaudar fondos para atender la enfermedad que lo aqueja. Fui, por supuesto, al concierto, que estuvo muy bien, con performances teatrales y lectura de poesía, además, claro, de los blues. Al comienzo presentaron un video donde leyeron mis palabras. Sugerí al final que lo subieran a You Tube, pues sentí que había quedado bien, con cierto aire de documental. Ignoro si lo hicieron, pero sea como sea aquí están las palabras que escribí para aquella ceremonia (la imagen que encabeza este post es un detalle del póster que circuló en aquel momento):

Blues para José Cruz

Jaime Muñoz Vargas

Las notas comienzan a sonar en el escenario. El blues raja la oscuridad con su belleza melancólica y los gritos del público anticipan el éxtasis que viene. Las guitarras emiten un quejido rítmico que dialoga con la estridencia de la batería. La atmósfera se llena de tensas vibraciones y el corazón late a la expectativa. Luego irrumpe una voz que arrastra sílabas, palabras, versos. Es la voz de José Cruz y la música de Real de Catorce la que estalla en la noche del escenario, es la palabra del mejor blues mexicano haciéndose presente en el árbol de la belleza: allí está el fruto de José Cruz, su aporte a la naturaleza de la música, el verso que atraviesa el alma y la armónica que inunda el interior del ser humano.
José Cruz, nuestro homenajeado, nació en la ciudad de México hacia 1955. Su magisterio destaca en tres vertientes: el canto, el magisterio de la armónica y, sobre todo, la hondura lírica de sus composiciones siempre acodadas en el balcón del blues. Sus logros como artista son notables: haber conseguido que el poderoso espíritu de un género pasara al español con toda fuerza, con toda pasión, con toda autenticidad. Parece que el destino también jugó con las palabras e hizo que Cruz rime con blues y hasta parezcan una misma palabra, Cruz-blues, blues-Cruz, es decir, el cruce del blues con José Cruz.
La lección de vida de José Cruz está presente en su obra: la belleza de su arte radica en el sincero poder de una expresión que en letra y música comunica siempre una vivencia honda. El blues en José Cruz materializa el aroma del recuerdo, vivifica la nostalgia y construye un santuario para los solos, para los tristes, para los que desean un trago de belleza con el cual apurar con menos dolencia el peso de la desdicha.
Cruz, el Cruz más Cruz que hay en José, es un poeta: su visión de la vida pasa siempre por la poesía cuya sustancia es el sonido: el sonido de la música y la sonoridad de la palabra, formas de la belleza que se amalgaman en el blues. En su libro de los textos del alcohol, José Cruz nos ha enseñado que la palabra también es música, que la palabra también se hunde en la conciencia del hombre como se encaja un blues en el espíritu. La palabra en Cruz no es artificio, sino esencia de la cual parte el rasgueo de la guitarra o el fluido desgarrador de la armónica que suena a noche y a luna, que suena a llanto, a dolor, a puro blues.
Como sabemos, José Cruz arrancó su brillante carrera artística en los ochenta. México ya padecía en el vendaval de las crisis y la bancarrota, y el arte era una opción ineludible para una generación de mexicanos que empezaba a quedar al margen de todo bienestar. Cruz formó parte de dos grupos: Arrieros somos, con Jaime López y Jorge Luis Gaytán, y Banco de ruido, con Carlos Tovar y Armando Montiel. Poco después, hacia mediados de aquella década configura la agrupación que en adelante se convertirá en referente fundamental del blues en México: Real de Catorce. En este grupo, Cruz hace emerger a plenitud su personalidad creativa, el filo de sus poemas, la garra de su canto y el lujo de sus instrumentos. Decenas de presentaciones y piezas grabadas dan fe de un quehacer que hace de José Cruz un icono de la cultura musical en México, un nombre y un apellido que ya no se pueden separar de nuestra historia artística.
Por su personalidad, poderosa y genuina, es sin duda uno de los pocos artistas considerados “de culto” entre el público mexicano. Abierta y secretamente, la fama sobre la calidad de José Cruz ha caminado y prueba de ello es la permanente manifestación de afecto que él ha recibido ahora, en la adversidad, cuando más hacen falta los tributos nobles.
Nada, pues, como regalar a José Cruz un blues de cariño, un blues de verdadera admiración, un blues reverencial para este gran amigo, para este gran artista: el blusero mayor de nuestro país.

En la revista Ibero



El número 16 de la revista Ibero, correspondiente a los meses de octubre-noviembre de 2011, contiene un artículo mío. El tema eje de la publicación es "Libertad de expresión y derecho a la información", y suma colaboraciones de Miguel Carbonell, Mario Campos, Carmen Aristegui y Érick Fernández, entre otros. Puede ser leída en línea aquí, pero de todos modos les acerco en este blog el texto de mi cosecha. Nota: la foto que encabeza este post fue tomada por mi hija Renata en el lecho seco del río Nazas, sitio que en los años recientes se ha convertido en tiradero no sólo de basura. Agradezco la invitación que me hizo el maestro Juan Domingo Argüelles, director editorial.

Lo que el plomo se llevó: La Laguna en tiempos de espanto
Jaime Muñoz Vargas

Como en casi cualquier otra región del país, el trabajo periodístico fue durante muchos años una actividad que en La Laguna implicaba riesgos mínimos. En general, los periodistas gozaban del ambiguo reconocimiento que la sociedad les atribuye a los oficios “raros”: un periodista entonces era aquí cierto husmeador de asuntos políticos, sociales, culturales, deportivos, un tipo que ganaba medio mal, o muy mal, pero sabía arreglárselas para conseguir el “extrita” gracias a su “poder”. No faltaba pues que, pese a la mala imagen ganada por concepto de corrupción, por compra-venta de “la pluma”, el trabajador de la información fuera respetado y a veces, por qué no decirlo, temido.
El esquema cambió en los años recientes, esto con la irrupción de la violencia sin coto en la región del Nazas, que es la misma operante, como sabemos, en gran parte de México. Aunque la amenaza real, tangible, contundente y efectiva comenzó a pender sobre todos —ricos y pobres, jóvenes y adultos, hombres y mujeres, cultos e ignorantes—, el gremio periodístico se vio particularmente amagado por las borrosas fuerzas del hampa que disputan la plaza lagunera.
Nadie muy visible y por lo tanto tampoco accesible, que yo sepa, puede describir con perfección y credibilidad el viscoso cuadro de grupos violentos que desde 2006 amedrenta a La Laguna. Se afirma, grosso modo, esquemáticamente, que Torreón pertenece a un cártel y Gómez Palacio (en Durango, segunda ciudad más importante de la región lagunera), a otro, de ahí que la feroz pugna tenga como Franja de Gaza el lecho seco del río que divide ambos municipios. Todo es, para la población, un mar de conjeturas y rumores, de especulaciones y verdades harto vacilantes. El caso es que la violencia comenzó a crecer tras la declaración formal de combate al narcotráfico planteada en 2006 por el actual gobierno de la República.
Poco a poco, o ni tanto, las huellas de la violencia fueron apareciendo en casi todos los rumbos de la comarca. No quiere decir esto, por supuesto, que antes no hubiera signos de violencia. Los había, claro, pero en la dimensión estándar de cualquier ciudad en la que, pese a los hechos de sangre, se puede transitar a cualquier hora, incluso durante las madrugadas. Eso cambió, como digo, en los primeros meses de 2006. De la noticia sanguinolenta y esporádica pasamos a la nota diaria, a veces con previa narcomanta, sobre ejecutados, encajuelados, secuestrados, torturados, encostalados y, ya hoy, desmembrados y degollados, es decir, en La Laguna escalamos vertiginosamente al súmmum de la barbarie no aislada, sino diaria y cada vez más numerosa.
En tal escenario, la reacción de la sociedad civil ha sido el enconchamiento, la búsqueda de refugio en las casas de cada cual. Los grupos empresariales y de comerciantes, por su parte, han ofrecido una respuesta tibia e intermitente, sólo con alguno que otro “pico” de exigencia muy parecido, aunque en el plano local, al que se dio tras el crimen perpetrado contra el hijo del empresario Alejandro Martí. De los grupos religiosos se puede decir lo mismo: alusiones vagas y esperanzadas en los sermones, y no más. Por su parte, los intelectuales, los artistas han alzado su voz y en los años cercanos organizaron en Torreón dos festivales artísticos por la paz que si bien no calaron hondo, al menos tuvieron un valor testimonial digno de atención. Las autoridades municipales, estatales y federales, por su parte, convergen en el mismo discurso que oímos a diario en todas partes: es lamentable lo que pasa, pero la lucha continúa y todo el peso de la ley caerá sobre los culpables de cualquier ilícito.
Salvo en el caso de las autoridades, no veo ilógica la primera reacción de la sociedad, los empresarios, los religiosos y demás. Fue tan sorpresivo el huracán de la violencia que de golpe lo primero que hemos hecho casi todos ha sido cerrar puertas y ventanas (no exagero: un altísimo número de casas perdieron sus fachadas por la situación, ya que sus dueños decidieron arropar las viviendas con bardas que restan estética pero añaden algo de seguridad). Visto que las autoridades no han podido con el problema y sólo suministran discursos de consolación y compromiso huero, todos los grupos sociales, organizados o no, han mantenido a raya su molestia y han optado por un silencio que es fruto directo del pavor y la impotencia. El razonamiento es simple: si el Estado, con armamento y legitimidad para usarlo no ha podido con el paquete, ¿qué puede hacer el ciudadano de a pie por más que crea tener poder e indignación? Ante la inseguridad extrema, la impotencia extrema y su derivación irremediable: el silencio extremo.
Insisto: los llamados “malos” no están jugando en La Laguna. Las muertes cunden y es hora que siguen apareciendo, con cualquier método de aniquilamiento, por todos los recovecos de la región. El colmo, la sima de este boquete a nuestra habitual tranquilidad, se dio en 2010, año en el que se sucedieron al menos cuatro masacres con tintes terroristas. En bares, “quintas” y otros espacios de reunión conocidos como “antros”, además de un centro de rehabilitación para jóvenes drogadictos, el hampa asentada en el terruño mostró que la cosa iba más en serio de lo que creíamos. Sin mayor aviso, una noche cualquiera de principios del 2010, un bar cercano al mercado de abastos torreonense fue atacado por un comando que empleó armas de alto poder para tumbar a todos los que atravesaron en el camino de las balas. Luego pasó algo similar en otro establecimiento del mismo giro. Después, uno más en una quinta campestre. Y, por si fuera poco, otro en el mencionado centro de rehabilitación. En todos los casos la friolera de caídos fue mayor de diez personas.
Eso sembró no el miedo, sino el terror, un terror que luego se tradujo en la pérdida casi entera de la vida nocturna regional. Decenas de bares y restaurantes han cerrado por falta de clientela o miedo obvio de los dueños, esto con el consecuente menoscabo de la economía movilizada por el esparcimiento nocturno: taxistas, meseros, cantineros, cocineros, acompañantes, prostitutas, vendedores de flores, músicos, dueños de salones de fiestas, comerciantes de alimentos, corredores de bienes raíces y un largo etcétera fueron atrozmente golpeados en sus bolsillos por la violencia, al grado de que hoy se da en La Laguna un tácito toque de queda más o menos a partir de las nueve de la noche. Todo el dinero que fluía en la “fiesta lagunera”, una fiesta real, pues es de muchos sabido que la gente de esta región es pachanguera, dispendiosa y compartida, fue puesta en la lona por las balaceras frecuentes y sorpresivas.
En este escenario, la voz crítica del periodismo local, que de por sí no era muy aguda en tiempos de paz, quiso al principio maniobrar para que la información fluyera como si viviéramos todavía en los terrenos de la normalidad. Poco tiempo pasó para que los diarios, las televisoras y las radiodifusoras cambiaran parte de sus prácticas. Lo primero que desapareció fue la firma de los reporteros. En vez de que las notas fueran signadas por fulano de tal, los periódicos optaron, para bien, por protegerlos y comenzaron a firmar “Por la Redacción”. Luego, en el difuso trajín de los grupos violentos, algunos medios y periodistas recibieron amenazas. Un grupo u otro, daba lo mismo, ordenaban que tal o cual nota no saliera o lo contrario, que apareciera con todas sus letras. Como los informadores quedaron en medio de la siniestra rebatinga por el poder, algunos medios decidieron no acceder a las presiones y continuaron defendiendo su independencia. Después, casi de inmediato, no hubo medio que de alguna manera no fuera atacado, o al menos rozado, por la agresión directa. El Siglo de Torreón recibió granadazos en su puerta principal; Noticias de El Sol de La Laguna (de OEM), fue víctima de rafagueo con metralletas; y La Opinión Milenio (hoy Milenio Laguna) perdió arteramente a Eliseo Barrón, reportero de policiales. La consecuencia de estos atentados fue la previsible: mientras los gobiernos municipal, estatal y federal no garanticen seguridad, las notas sobre violencia de calibre subido dejarán de aparecer o aparecerán tratadas como si no fueran terribles, como con desenfado, lo que torna urgente la cobertura que puedan hacer los medios fuereños, sobre todo los de la capital del país en sus espacios editoriales. Una prueba de censura o autocensura, no se sabe, fue lo que pasó recientemente (escribo esto a mediados de septiembre de 2011) en el municipio de Matamoros, Coahuila, también perteneciente a la región lagunera. Transcurría la tarde del domingo 11 de septiembre cuando la pequeña ciudad oyó el estallido de una balacera descomunal, de varios minutos y de consecuencias imprevisibles. Todo quedó paralizado, los vendedores de la plaza principal recogieron sus puestos y el comercio bajó sin demora sus cortinas metálicas. El pueblo se afantasmó como Luvina, el ranchito de Rulfo. La noticia corrió por las redes sociales, sobre todo por Twitter, y nadie ignoró lo ocurrido, pero al día siguiente los medios no dijeron nada por razones que otra vez quedaron en el misterio. Reptó entonces el rumor sobre el número de muertos y demás, consecuencia directa de la desinformación.
El panorama entonces es confuso, podríamos decir que hasta inextricable. Quizá las autoridades militares o los propios delincuentes sepan bien a bien qué pasa en realidad. Pero la población en general y los medios de comunicación, como podemos suponer, sólo conjeturamos y tratamos de vivir al día, con la vida como en préstamo y esperando que la monstruosidad de este momento tenga pronta conclusión. Lo malo es que, como dice el ranchero de por acá, a esto no se le ven trazas de mejorar.

Comarca Lagunera, 15, septiembre y 2011

jueves, octubre 13, 2011

Nosotros no somos todos



Comparto un texto de mi amiga Giselle Aronson. Creo que expresa muy bien lo que encierra, para uno como privilegiado más o menos conciente, el proyecto político y social que muchos alentamos en nuestro país.

Vos, yo y esos otros

Giselle Aronson

Yo tuve suerte. La gran suerte de haber nacido en una familia en la que no hacía falta nada. Un hogar con casa propia, alimento suficiente, ropa adecuada, la posibilidad de educación que yo deseara, acceso a entretenimientos, manifestaciones culturales, arte. Mi papá tenía una profesión, mi mamá tuvo la suya de adulta. Mis hermanos y yo elegimos y nos formamos en lo que quisimos. Vacaciones, club, paseos, juguetes. Y tiempo para que cada miembro de la familia pudiera disfrutar del amor mutuo.
Yo seguí teniendo suerte porque, no solamente pude educarme y desarrollarme sino que también, toda esa educación me permitió el acceso a oportunidades. Oportunidades de buscar recursos, lugares, personas, contactos, referencias para conseguir trabajo. Y, una vez trabajando, oportunidades para seguir desarrollándome, creciendo y madurando profesionalmente. Oportunidades para crecer, también económicamente (por más mínimo que sea ese crecimiento), también gracias a las posibilidades que la educación me brindó, para saber dónde, cómo, cuándo. Discernimiento y claridad.
Vos también tuviste suerte. Porque también naciste en una familia que te dio esas posibilidades, quizás en mayor o menor medida, pero las tuviste. Si ahora estás leyendo esto en una computadora es porque tuviste la oportunidad de ser educado en un hogar con las necesidades básicas satisfechas.
Vos y yo, hoy, tenemos una casa. Supongamos que propia. Esa casa donde vivimos la tenemos porque alguno de nuestros abuelos o padres o suegros o tíos nos la cedieron, o nos ayudaron a pagarla, o nos ayudaron a arreglarla o la heredamos. La mayoría de nosotros tuvo acceso a una vivienda por estas posibilidades. Creo que la generación de nuestros padres fue la última que pudo pagar una casa como resultado de su propio trabajo, sin ayuda de la familia. Y no sé, no sé si no fue la de nuestros abuelos, la última generación en eso.
Supongamos que no es tu casa y alquilás. Entonces, trabajás. Volvemos a lo mismo, tuviste la posibilidad de educación que permitió que te formaras en lo que sea que te formaste y adquirieras las herramientas que te permitan acceder a una oportunidad laboral. La que sea.
Vos y yo tuvimos la suerte de nacer en esas familias. Porque fue suerte. Porque no hicimos nada para merecer nacer en esa familia y no en otra. Porque el azar podría haber hecho que vos y yo naciéramos en el seno de otro hogar.
Vos y yo, por ejemplo, por pura casualidad, podríamos haber nacido en una familia en un barrio carenciado. Sin comida, sin gas, sin agua, sin luz, sin ninguna posibilidad de ir a una escuela. Sin ingresos suficientes o sin ingresos. Sin trabajo. Sin abuelos, padres, suegros, tíos que nos hereden, cedan, ayuden a pagar o construir o arreglar una casa. Supongamos que en esa realidad crecimos y ya grandes, adolescentes, adultos, no supimos cómo se hace, dónde se va, cuándo corresponde buscar las posibilidades. No supimos discernir, no tuvimos claridad para buscar y encontrar una buena, básica, mínima posibilidad de un trabajo que nos ayude a crecer, laboral y económicamente, por más mínimo que sea ese crecimiento.
Ahora que hiciste ese ejercicio de imaginación pensá que no solamente por azar naciste en el hogar donde naciste sino que nada, NADA impide que, por una vuelta del destino, mañana vos, yo, podamos estar cerca de ese lugar. Porque nadie tiene comprada la buenaventura.
Vos y yo no hicimos nada para nacer en una familia con posibilidades, no tuvimos eso por merecerlo, lo tuvimos por puro azar.
Si hubiéramos formado parte de la otra realidad, la de las carencias, seguramente habríamos querido una mano de alguien, sobre todo si ese alguien es el estado que, mientras resuelve las dificultades de trabajo, salud, vivienda, educación, etc., te tira una ayuda mínima, un ínfimo respiro para paliar algo mientras ves cómo hacés para salir de pobre. Para que no sea TODO lo que te falte, sino que al menos puedas tener ALGO, que nunca va a ser todo, pero va a ser algo.
Si vos creés que por romperte el alma trabajando te merecés más, está bien. Si vos creés que se fomenta la vagancia a través de los subsidios que da el estado y te sentís en inferioridad de condiciones por eso, dejá tu trabajo, cobrá tus subsidios correspondientes y fijate si te sirve.
Vos y yo somos lo que somos y estamos donde estamos por la posibilidad que tuvimos.
Vos y yo no somos todos. Al lado tuyo, en la vida, hay muchos que no tuvieron posibilidad.
Vos y yo pudimos ser esos otros. Vos y yo podemos serlo, mañana.

viernes, octubre 07, 2011

Entrevista para la Internacional Microcuentística



Hace unas semanas contesté algunas preguntas de la Internacional Microcuentística. Me las envió el escritor Martín Gardella, quien coordina ese espacio disponible en internet. He aquí el resultado.

1) ¿Qué denominación prefieres para el género brevísimo y por qué?
Uso tres casi indistintamente: microrrelato, micronarración y microficción (también con el prefijo mini). Si me forzaran a usar uno, optaría por micronarración, pero en las tres denominaciones veo insinuados los rasgos del texto cortísimo narrativo. Todo lo que sea corto y no necesariamente narrativo (el aforismo, la prosa poética…) queda englobado, de una manera más abarcadora y sin dejos minusvalorativos, como microtexto. Por narrativo entiendo al texto en prosa que, así sea en un palmo de papel, cuenta una “historia”, pone en funcionamiento un dispositivo verbal en el que el o los personajes desean algo, así sea muy tenuemente, y avanzan hacia su objetivo hasta obtenerlo o no obtenerlo.

2) Has publicado libros de diversos géneros. ¿Cuándo y donde surgió tu interés por el microrrelato?
Tengo contacto con el microrrelato (sin llamarle así hasta 1999) desde que comencé a leer con la idea de escribir mis propios textos, lo que ocurrió allá por mis 17 o 18 años, es decir, en 1982 u 83. Creo que los libros de Arreola fueron los que me hicieron ver que en una página o menos podía ser contada, eficazmente, una “historia”. Luego supe de Cortázar, de Monterroso (gracias a Saúl Rosales tengo la primera edición, de 1959, de Obras completas y otros cuentos, donde aparece “El dinosaurio”), de Torri. Más adelante, casi al llegar a los treinta años, leí a Papini y a Schwob; tanto el Gog como Vidas imaginarias me reiteraron la posibilidad de relatar con brevedad y malicia. De hecho, entre julio y agosto de 1991 publiqué en dos partes (conservo esas revistas) una aproximación que denominé “El cuento de pronto acabar”, donde además de reflexionar sobre la narración breve armé una especie de muestra con microrrelatos. Por mi falta de información en aquel momento no les llamé así (microrrelatos o microficciones o micronarraciones), pero es claro que me refería a eso y los ejemplos que di fueron muchos y contundentes, como “Sadismo y masoquismo”, de Enrique Anderson Imbert:

Escena en el infierno.
Sacher-Masoch se acerca al Marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
—¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!
El Marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:
—No.

Entre los autores que cité estaban Arreola, Borges, Monterroso, Papini, Cortázar, Samperio, Valadés, Avilés Fabila y muchos más, de manera que para esas fechas ya tenía buen contacto con lo micronarrativo aunque no usara tal prefijo en esa palabra.

3) Como escritor, ¿qué elementos consideras que debe tener un microrrelato para ser eficaz?
Debe contar algo, plantear la presencia de un personaje (o dos o tres), no sé, al que le ocurre algo, lo que sea, que se resuelve con una frase paradójica, humorística, enigmática. Cuando digo “historia” o “personaje” lo hago consciente de que enuncio esto en un sentido peculiar, pues todo puede estar apenas insinuado: en “El dinosaurio” es claro que el protagonista, alguien que estaba dormido, está implícito en el verbo “despertó”. ¿Qué “objetivo” tiene? Seguramente que se borre lo que recién ha soñado. ¿Y cuál es el “desenlace”? Malo, pues el sueño no se desvanece cuando el “personaje” termina de dormir. Pues bien, todo esto ha sido expresado (o mejor: insinuado) en siete eficaces palabras, por tanto creo que en el microrrelato deben estar presentes un quién y un qué capaces de emitir insinuaciones que resuelven, con una ágil gambeta, la “historia” o la jugada, para seguir con la metáfora futbolera, en un pedacito de cancha. Pese a lo dicho, hay micros que parecen fugarse de este conato de descripción y son eficaces por su intertextualidad, por un calambur, por una sola palabra incluso. Como ocurre en los otros géneros, cualquier definición de micorrelato corre el riesgo de ser insuficiente y quedar anulada ante la realidad de la escritura.


4) Desde la perspectiva teórica, ¿cómo ves al microrrelato frente a otros géneros en términos estilísticos y comerciales? ¿Crees que haya un futuro editorial para el microrrelato?

En sentido estricto, no hay géneros buenos ni malos, sino, en todo caso, tratamientos afortunados y desafortunados. ¿La novela es mejor que el microrrelato aunque sea un best seller infumable? No podemos afirmar eso. Todo género tiene su encanto y desafía de manera distinta a quien lo trabaja y a quien lo decodifica. Ahora bien, en el mercado editorial es un hecho que excepto la novela, nada se salva, nada tiene esperanza de éxito comercial. Los poemas, los cuentos, el teatro no venden y por tanto no tienen plataformas de despegue “comercial”. El ensayo tiene espacio en el mercado siempre y cuanto no sea literario, es decir, se vende bien cuando aborda hechos de coyuntura, problemas políticos, historias tan cercanas como truculentas, asuntos de moda. En ese contexto, la narrativa en micro debe encontrar (como la poesía, como el cuento clásico) sus canchas y sus lectores. Sus catapultas no serán las grandes editoriales, por supuesto, sino las instancias culturales oficiales o las universidades, y también las editoriales independientes que hipotéticamente nacen para captar y promover lo que el mercado desprecia o al menos no acoge. Como a la poesía, como a todo, a la narrativa en micro le ha venido a favorecer el tiempo que vivimos: un tiempo acelerado, entrecortado, de flashazos, y también, obvio, las nuevas tecnologías, el internet que en su infinitud abre espacio para todos.

5) Como lector, ¿cuáles dirías que son los libros o autores infaltables en una biblioteca de un escritor que se quiere dedicar a la microliteratura?
Monterroso, Arreola, Schwob y sus Vidas imaginarias, el Papini del Gog y del Libro negro, el Cortázar de los cronopios…, Ana María Shua (de quién es, a mi ver, el mejor micro que jamás he leído, el cuento número 117 de La sueñera: “¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio”), mucho de lo que hizo Edmundo Valadés en la revista El cuento y los trabajos críticos, antológicos y creativos de David Lagmanovich.

6) Administras un blog, tienes Facebook. ¿De qué manera crees que influyen hoy las nuevas tecnologías en la microficción?
Tengo un blog: rutanortelaguna.blogspot.com, pero no publico allí mis micros aunque sí he reseñado libros o comentado asuntos relacionados con el tema. También tengo Facebook, donde aparezco con mi nombre, y este espacio sólo lo uso como aparador chismográfico. Otra plataforma, ideal para el microtexto, por cierto, es Twitter, donde me entreno en la síntesis forzada por el corsé de 140 caracteres. Creo que en Twitter (el mío es @rutanortelaguna) han aparecido, y aparecen a diario, excelentes microrrelatistas aunque no tengan conciencia de que lo son. Eso de que no sepan que son microrrelatistas casi consumados es lo de menos: lo que importa allí es la creatividad, el minirrelato chispeante y eficaz, ficticio o real, no la conciencia del género practicado.

7) ¿Cuáles son tus futuros proyectos en relación a la microficción?
Tengo un libro inédito titulado Arte de miniaturía, pero al parecer no me ha convencido y por eso seguirá siendo inédito. No escribo micros de manera “profesional”, es decir, no me los planteo deliberadamente. Los voy escribiendo de a poco, conforme van naciendo y sin quererlo, siempre a la vera de otras actividades de escritura. Eso sí, leo mucha micronarrativa y participo en encuentros sobre el género. Quizá este asunto me interesa más como lector que como hacedor, lo que por cierto no me hace sentir mal.

8) Además de la literatura, ¿qué otras cosas te apasionan?
El futbol, la lucha libre, el boxeo, el periodismo, cierta música, editar libros, trabajar en talleres literarios, la fotografía y el arte gráfico en general, el español y sus recovecos, la política, la gastronomía callejera, el cine, caminar, el whisky, el café y la Coca-Cola, dormir, despertar, conversar y navegar/boludear en muchos espacios propicios de internet.

Para poder conocerte desde otro lado, por favor completa los siguientes interrogantes:
Un cuento... “La intrusa”.
Una película... Los olvidados.
Una canción… “Coplas del payador perseguido” de Yupanqui.
Una comida… Los tacos.
Una ciudad... Buenos Aires.
Una frase... “Un amigo es uno mesmo en otro pellejo”.
Un equipo de fútbol… Dos: Cruz Azul y Santos Laguna, mexicanos.
Tu mayor logro como escritor: Tener la sospecha de que, pese a todo, sigo siéndolo.
Por favor, indícanos y transcribe aquí un microrrelato de tu autoría que te guste mucho, para publicarlo junto a la entrevista.

Microrrelato total
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?

Sexenio rojo en La Laguna



Publicado bajo pedido, este miniartículo mío, una cuartilla justa, fue publicado el sábado 1 de octubre de 2011 en el suplemento Laberinto del periódico Milenio del DF. En esa misma edición abordaron el mismo tema los escritores laguneros Vicente Alfonso, Julio César Félix Lerma, Daniel Maldonado y Francisco Zamora.

La vida de los laguneros cambió casi radicalmente en menos de cuatro años. Antes del sexenio que corre, la violencia que padecíamos alcanzaba, digamos, cotas convencionales, la cantidad de delincuencia y crimen que genera toda sociedad más o menos desarrollada y al mismo tiempo es capaz de mantener a raya mediante, sobre todo, sus estructuras judiciales y a veces, por qué no, con oportunidades de bienestar para los ciudadanos.
El caso es que eso terminó y de un mes a otro los laguneros comenzamos a padecer el estrago de la violencia sin orillas. Empezamos, como en muchos otros lugares del país, con un muertito aquí, otro allá, dos más acullá. Luego, la cantidad de muertos y desaguisados sufrió un incremento industrial. Poco a poco, como reptiles que se arrastran en el lodo, las noticias sobre muertos y más muertos cundieron por la región. Operó entonces una especie de cambio en la conversación lagunera de todos los días: si antes hablábamos del Santos Laguna, del clima, de política local y demás, el nuevo tema se nos impuso sin remedio: ahora charlábamos a diario sobre muertos, sobre balazos en la madrugada, sobre brutales llamadas telefónicas a un tío, a un hermano, a un compañero de trabajo.
Pero eso no era lo peor. Lo peor llegó a su tope en 2010, el año de las masacres en la Comarca Lagunera. Entiendo por masacre el acribillamiento de personas en un centro de reunión, sin discrimen, a todo lo que se mueva y grite. El promedio de las cuatro o cinco masacres que se dieron aquel año fue de trece muertos. Pese a ello, la prensa nacional no puso a La Laguna entre las zonas que merecían cobertura prioritaria. Nos falta, supongo, el antiglamour de las grandes ciudades violentas para que algún día nuestras desgracias obtengan la atención debida de los medios de comunicación nacionales. Mientras tanto, acá seguimos, sobreviviendo no sé cómo. O sí: encerrados luego de las 8 o 9 de la noche, luego de doce horas de tranquilidad mediocre.

Esquirlas de Julio Estefan



Prólogo al libro La señal inválida, de Julio Estéfan, La aguja de Buffon Ediciones, Tucumán, 2011, 79 pp.

La señal inválida, tercer libro de microrrelatos organizado por Julio Ricardo Estefan (1963, Monte Buey, Marcos Juárez, provincia de Córdoba, Argentina), reitera la exigencia que el autor se impuso en los dos anteriores (La excepción a la regla y Juegos de superhéroes), a saber, el deseo de que sus esquirlas narrativas fueran lo suficientemente punzantes como para atravesar la sensibilidad del lector que hoy es, para bien, menos amable que escéptico e inquisitivo. En efecto, Estefan ha logrado en sus dos anteriores libros que el microrrelato lance múltiples puyazos y permanezca en la memoria de quien lo recorre como algo grato, como algo que mueve a contento y reflexión.
Nunca es fácil conseguir que un libro quede armado con una cuota suficiente de méritos; más común es lo contrario: publicar casi con impotente resignación para, como decía Reyes, no pasarnos la vida corrigiendo. En este sentido, más complicado tienen el panorama, creo, los escritores que deben articular libros cuyo contenido necesariamente fuerza una lectura intercortada, viable a trancos más o menos cortos. Quizá allí está una de las razones que explica el éxito de la novela frente a otros productos literarios. En el relato de largo aliento, el lector siente un flujo que acumula y al mismo tiempo comprime el efecto que estallará, lo suponemos, siempre lo suponemos aunque no se dé, en las páginas finales. El sosegado paso marcado para llegar al estallido climático es al mismo tiempo una especie de comodidad: aunque interrumpan la lectura y usen el separador y vayan a dormir y luego a trabajar, los lectores saben que la historia continúa, y que de alguna forma ellos siguen allí, co-creándola hasta el cierre definitivo del relato.
Los libros de poesía y de cuento, en cambio, deben ganar por nocaut en cada round, es decir, deben ganar con un martillazo en cada poema y en cada relato o microrrelato, porque de lo contrario su sentido, su orientación, su tono, quedará difuso o tristemente pálido, al final, en la porosa memoria del lector. Tal vez un grupo de poemas o de cuentos no sea, uno por uno, gancho al hígado, golpe de nocaut, pero debe aspirar a serlo no sólo para acatar la famosa metáfora de Cortázar, sino para que al aterrizar en la última página los lectores puedan sentir la gravitación del libro como un todo, un cierto efecto unitario que confiera densidad en el recuerdo a la experiencia receptora.
No por otra razón he sostenido que, dicho esto de manera harto simplista, una novela suele ser un proyecto de escritura más desafiante que un cuento o un poema, pero también que el libro de cuentos o de poemas, si aspira a ser algo más que dos o tres piezas memorables y hermosamente esporádicas, debe ser más exigente que cualquier novela e imprimir todo el punch posible en cada pieza.
Tal es, precisamente, el vigor que noto en cada página de La señal inválida. Estefan entiende, y entiende demasiado bien, que uno o dos o tres logrados microrrelatos aleteando entre las ochenta y tantas páginas de su libro no harían verano, de ahí que proceda como deben proceder los escritores de este tipo de obras: organizar el conjunto de acuerdo a un sutil plan vertebrador y trabajar cada pieza como si fuera a ser la única inquilina del recinto. En esos dos criterios se ha basado el autor para cuajar un libro que aspira a ser estimable, éste.
El recurso reiterado y visible aquí es el juego con dos perspectivas del narrador, ambas explícitas en el título de las estancias. ¿En cuál de las dos se cosecha mejor fruto? ¿Es importante reparar en este detalle al momento de escribir y de leer microrrelatos o podemos tramar cualquier historia, indistintamente, en tercera o en primera? Por mi inclinación a la narrativa de corte confesional, siento más cercanas y por ello más filosas las escritas “En primera”, sin demérito, claro, de las ubicadas en el tramo inicial. El lector hallará sin mayor indicación las piezas destinadas a su aprecio, aunque es necesario advertir, desde ya, que la mayoría, salvo cuatro o cinco, cierra su sprint de palabras con pinceladas de humor sustentadas en referencias cultas o populares, en resemantización de lugares comunes o retorcimientos lingüísticos que ya comienzan a ser clásicos en la confección de brevedades.
La señal inválida de Julio Ricardo Estefan es, en suma, una señal válida, rotunda, de la belleza y el vigor alcanzados por el microrrelato en la Argentina, género que entre Estefan y muchísimos otros notables cultores de su país han ayudado a propagar en el enorme universo de la literatura hispánica.

Torreón, Coahuila, México, marzo y 2011

martes, octubre 04, 2011

Cuentos para no matar y recordar



Los libros primerizos suelen ser ingenuos. Con mucha frecuencia, no dicen nada o lo poco que dicen lo enuncian tan mal que al lector no le queda otra reacción más que la obvia: recular a medio camino, rajarse, como decimos los mexicanos, o zafar, como dicen los argentinos. Son contados los casos, por otra parte, en los que el libro inaugural de un escritor insinúa más fortalezas que debilidades. Un cuento, un poema, ciertos rasgos de estilo, alguna malicia en la focalización de la realidad humana, algo nos sugiere el hacedor de un primer libro que nos lleva a pensar en su futuro, un futuro cargado de mejores frutos. Más escasos y sorprendentes son los primeros libros que así, de golpe, sin avisar, como si fuera fácil, nos muestran un trabajo que deja la desconcertante impresión de obra bien peinada, lista para merecer opiniones favorables.
Un ejemplo del último caso es Cuentos para no matar y otros más inofensivos, primer libro de Giselle Aronson, conjunto de relatos que poco a poco, página tras página, va aprobando los ítems que podemos establecer para juzgarlo estimable. Oriunda de Gálvez, provincia de Santa Fe, Aronson vivió en Rosario y actualmente reside en Haedo, provincia de Buenos Aires. Es fonoaudióloga y terapeuta del lenguaje. Forma parte del colectivo Heliconia y participó en el taller literario Domingo Faustino Sarmiento del municipio de Morón. Ha publicado en revistas tanto virtuales como físicas, y algunos de sus cuentos han sido incluidos en antologías. Muchos de sus trabajos están disponibles en el blog nocheluz.blogspot.com, que ella administra.
El primer libro édito de Giselle Aronson está dividido en tres estancias: “Cuentos para no matar”, “Excepcionalmente cotidiano” y “Perplejismos”. En total suman 46 piezas de extensión variada: las más amplias, de cuatro páginas; las más cortas, de un renglón. En todas late un rasgo que, por visible, no puede ser omitido: su noción del cuento como recinto cerrado y autosuficiente. Lo primero que destaca pues es el riguroso concepto de cuento que Aronson maneja. En una época en la que reina el gusto por el relato de estructura desenfadada, ese cuento que basa su eficiencia en el puro brillo de la prosa o en cierto enfoque de la anécdota, la escritora santafecina sujeta sus historias a una idea del género harto compacta, escrupulosa con los detalles que van configurando estructuras sólidas, redondas a la manera cortazareana.
Todos los textos de este libro —no exagero y, si exagero, puedo decir “la mayoría”—, tienen la vista puesta en los finales, pues ya se sabe que, dígase lo que se diga, los grandes cuentos son siempre aquellos que han sido escritos para desembocar en un punto cuya luz ilumina retrospectivamente el cuerpo del relato. El truco es el mismo, y con ese truco deben operar los cuentistas de la mejor escuela: los cuentos caminan con la mirada al frente, sí, pero también con ojos en la nuca; a medida que el relato avanza el autor distribuye pistas, esas pequeñas marcas que tanto celebramos en los grandes arquitectos de cuentos, huellas con “proyección ulterior” como las llamó, inmejorablemente, Borges. Tales detalles, siempre colocados con malicia, son los puntos emergentes de la famosa historia B trepada a la historia A, según la propuesta de Piglia. Los lectores asistimos en estos cuentos a un espectáculo de prestidigitación: creemos caminar por una historia determinada, visible, evidente (la historia A), pero en realidad nos es contada una más (la historia B) que discurre secreta, oculta, evasiva, tenuemente. Cuando esas dos historias siamesas, la explícita y la soterrada, nos son contadas con un velo de incertidumbre, sin que recibamos información a carretadas, con el esquema de iceberg que deseaba Hemingway, el cuento deviene pieza de orfebrería capaz de deslumbrar si no por su perfección, sí por un apetito de perfección que en arte es, per se, mucho.
Este propósito, el de articular ficciones breves con sabor a cuento clásico y no mero desahogo, no es flaco mérito en un primero libro. Aronson ha gobernado cada una de sus historias con rigor y elegancia, y además con otra virtud sutil: los cuentos no se sienten fríos, mecánicos, sino trabajados con garra, con pasión, con ánimo de escudriñar la complicada condición humana en diferentes estados de crisis. Los aciertos del libro se manifiestan desde la entrada. El cuento “Imperceptible”, el primero, por ejemplo, narra una escena de vida muy común, la de la esposa que poco a poco ve alejarse, casi sin meter las manos, el amor de su pareja. Digo adrede “casi sin meter las manos” porque todo el cuento está organizado para que en su cierre comprobemos que el énfasis en la pasividad era un amague, una finta con “proyección ulterior”.
Lo mismo pasa con el que sigue, titulado “Otra”, contado secamente desde la perspectiva de una amante que no ve la hora en la que, por fin, su hombre la saque de esa condición percibida socialmente como ominosa. De nuevo, Aronson no desea que el conflicto (siempre hay, como en todo cuento bien nacido, un conflicto en estas historias) sea lo único destacable: le preocupa la estructura, le preocupa mucho, esto al grado de cuadrar todo el andamiaje narrativo para que se justifique con precisión quirúrgica una sola palabra en el relato: la última.
Con gusto un llega pues al tercero, al cuarto, al quinto relatos, comprobando pieza tras pieza que cada historia es un microcosmos cerrado y al mismo tiempo comparte rasgos con los demás para lograr un conjunto armónico, un-li-bro-de-cuen-tos armado, no un apiñamiento arbitrario de narraciones cortas.
La violencia intrafamiliar, la rutina de la vida cotidiana, el tedio en el que derivan muchas relaciones de pareja, el asco de convivir con monstruos alguna vez quizá queridos, todo eso y más es encarado por Aronson con ojo agudo para escoger los rasgos salientes y al mismo tiempo ordinarios de la ruindad humana, ésa que todos ejercemos a diario y tal vez sin darnos cuenta en el entorno más cercano. Algo de David Lynch o de los hermanos Cohen anda entonces en relatos como “Cambio de menú”, donde asistimos a la violencia extrema sin necesidad de guerras mundiales o barrios neoyorkinos o laberintos en mercados turcos. En “Escenas veraniegas de la vida familiar”, por caso, es evidente la ironía desde el título: el eje de esa “vida familiar”, narrado con una especie de “cámara subjetiva” que se desplaza por la playa, es la sofocante rutina de un macho proveedor, una hembra sumisa y unos hijos que seguramente están mamando el modelo para repetirlo cuando sean adultos.
Hay muchos cuentos con el tema de la venganza en este primer libro de Giselle Aronson (“After office”, “Final”…), y uno de ellos es perfecto, el texto más acabado, a mi parecer, de todos los Cuentos para no matar… Me refiero a “La misión”, obra que resume con claridad las virtudes de los demás: es un relato con rostro político en el que una trama densa es compactada en la acción de una mujer cuya tarea parece parte de un movimiento colectivo, pero en realidad es un emprendimiento personal, una venganza dictada por el respeto a la memoria de sus antepasados. En este cuento es casi trasparente, dicho sea de paso, el afán de la autora por crear textos esféricos, y eso se logra a veces con hábiles reiteraciones de lo enunciado al principio en el final.
La segunda parte del libro, “Excepcionalmente cotidiano”, contiene textos más cortos y menos cargados de violencia, "más inofensivos". Aquí Aronson maneja un tono más relajado, trenza ficción con realidad (“Ellos y nosotros”), juega con equívocos (“Terror en la puerta”), expone paradojas irónicas (“Impertérrita”) o traza gratas fantasías (“Sólo Andrea”, “Absentia”).
La estancia final, “Perplejismos”, acoge sólo microrrelatos, textos que en ningún caso rebalsan una página. Concentradas, las microficciones de Aronson conservan el punch de los cuentos colocados en las secciones precedentes. Todas son punzantes, algunas tienen aire de aforismo o de prosa poética, y sólo en uno o dos casos son francamente algo distinto a la microficción (“Pregunta técnica”). El editor, Fabián Vique, acertó al ornar la contratapa con uno de los brevísimos, un texto para antologar (“Pedido”):

—Sólo te pido una cosa —susurró ella cuando descubrió que él se había propuesto quitarle la ropa.
—Lo que quieras.
—Que parezca amor.


La fuerza de latigazo que tiene la frase final de “Pedido” es la misma que, en racimo, propinan en la conciencia del lector estos Cuentos para no matar… Giselle Aronson (o la mona del cuento final, no sabemos) ha dado, en suma, un primer paso firme hacia la configuración de una obra que merece, con justicia y desde ya, la atención del lector.

Ciudad de México, 2, octubre y 2011


Cuentos para no matar y otros más inofensivos, Giselle Aronson, Macedonia, Buenos Aires, 2011, 87 pp.