miércoles, octubre 26, 2016

Dimensiones




















Caí preso por un fraude del que no me excusaré. Tampoco negaré que odio el encierro, la reclusión en este espacio gris, ajeno a cualquier mínima forma de la alegría y la misericordia. Es una cárcel mexicana al fin, y las cárceles mexicanas no se parecen a las gringas. En los documentales he visto que allá son también horribles, pero al menos parecen limpias, ventiladas, casi como severos hospitales. Acá no. Acá son opacas, pringosas, tienen el mobiliario siempre roto y huelen a sudor revuelto con desesperanza. Son muy tristes, y casi todos los que aquí habitan llegan mal, muy mal, y terminan peor, muy peor, a veces locos. Por eso, cuando vi que debajo de la cama el piso estaba flojo, rasqué con una cuchara y asombrosamente logré que se desmoronara la delgada plantilla de cemento. Tenía apenas un centímetro de grosor y por allí pasaba un túnel. Fue fantástico. Estaba muy oscuro, pero me la jugué. Logré colar mi cuerpo en el hoyo y de inmediato recorrí a gatas la penumbra. Supongo que avancé como cien metros o poco más, hasta que llegué a la salida, un hueco que resplandecía con violenta luz. Tuve miedo, pensé que del otro lado podría estar, no sé, el patio de la cárcel o algo así, quizá fusiles listos para acribillarme. Pero el horror al encierro fue más grande y me atreví a salir. Extrañamente, asombrosamente, me vi en un espacio abierto, fresco, pleno de árboles y flores. A lo lejos, un arroyo emitía el ruido de agua golpeando sobre rocas. Olía a paz. Pensé que era un sueño, y que pronto iba a despertar a la pesadilla de la cárcel, pero no: el hecho de pensar que era un sueño me hacía comprender que no era un sueño, que aquella fantasía era ahora la realidad. Sentí hambre y al lado apareció una mesa bien servida con mis platillos favoritos. Sentí frío y en mi espalda apareció un saco grueso, protector. Deduje que todo surgía nomás con pensarlo. Tuve ganas de ya saben qué, y apareció Bárbara Mori. Le dije que me esperara, que al menos permitiéramos el arribo de la noche. Se me ocurrió un plan: aparecerme a mí mismo, hacerme una réplica y mandarla a la celda. Y apareció mi otro yo, y lo mandé al túnel, a la cárcel. Mientras ese fantasma purgaría mi condena, yo iba a disfrutar de este nuevo mundo y lo compartiría con Bárbara. Sonreí.

sábado, octubre 22, 2016

Tijera
















El viernes a las cinco salí corriendo de la oficina, llegué a casa y en la maleta arrojé todo lo que pude para sobrevivir el fin de semana en Guadalajara. La inauguración de la nueva sucursal estaba programada para las nueve del sábado, demasiado temprano. Corrí al aeropuerto con la maleta hecha a las prisas, es verdad, pero procuré que el traje se conservara intacto en su estuche para no dar arrugadas lástimas al día siguiente. Al aterrizar no fue necesario ir a la banda, así que corrí a tomar el taxi que me llevaría al hotel. Hasta ese momento no había pensado en mi pelo con serenidad. Me lo toqué: sentí la cabezota de león, la greña de dos meses abultada sobre mi cráneo. La inauguración iba a ser cosa elegante, con muchas edecanes y mucho niñote fresa sonriendo ante las cámaras. Me iba a sentir mal, lo sabía, pues me desagrada hasta la depresión andar como palmera. Siempre me asombraron esos tipos que pueden usar el pelo largo y les sienta a modo, pero yo tengo de esas cabelleras y esas cabezas que sin poda no están “de verse”, como dice mi padre. El caso es que eran como las diez de la noche e iba en el taxi ya resignado a mi jodido look, cuando se dio una aparición maravillosa: vi abierta una peluquería. Estaba en una especie de barrio, y le ordené al taxista que de inmediato diera vuelta a la manzana. Bajé con mis maletas y entré: un joven con filipina blanca leía un tabloide amarillista en el sillón de peluquero. Pregunté que si había servicio y afirmó. Me senté y el joven comenzó a quitarse la filipina. Luego salió un anciano de una puerta sólo cubierta con un trapo. El viejo recibió un beso en la frente y el joven se marchó. Supuse que era su hijo. El viejo me colocó el mandil, preguntó “cómo”, dije “cortito, escolar”, y comenzó la operación. Noté con alarma que sus manos temblaban, que la tijera atacaba como avión de combate al lado de mis sienes. Pensé en el papelón del día siguiente: llegar trasquilado a la ceremonia. Quise huir, pero no supe cómo hacerlo, así que me resigné al desastre. A tijeretazos temblorosos, sin decir una sola palabra, el viejo terminó su labor. Cuando al fin estuve en el baño del hotel, sonreí: quedé como me gusta, mejor que nunca.

miércoles, octubre 19, 2016

Celular














Un hombre conduce con placer su coche del año. Deja que la tarde termine por consumirse y comience la oscuridad. Viene de regreso, va ahora a su casa luego de comprar un par de chácharas en la refaccionaria. En un semáforo ve que un conocido levanta el cuello como en busca de taxi. Le lanza el claxonazo y su conocido se aproxima. Dice que va para cierto rumbo y el hombre que conduce se anima a ofrecerle un aventón.  El tipo acepta, tira un silbido y detrás de un poste sale una mujer. El hombre que conduce no hace preguntas, deja que ambos suban y platica con su amigo. Por el retrovisor echa una ojeada sin curiosidad a la mujer, una cuarentona sin chiste, desmaquillada y con una liga en el pelo. Bajan como veinte cuadras después y el hombre que conduce sigue su camino. Disfruta de su auto, enciende el estéreo y busca la señal de su radiodifusora favorita. Está una canción que le gusta, la canta a gritos, feliz, y con ella llega a casa. Baja, deja el llavero en la mesita de la entrada y corre al baño. Allí, sentado, toca la bolsa de su camisa: no está su celular. Termina y va al auto: sabe que en la antebracera deja siempre su teléfono. Pero esta vez no aparece. Se asoma a los tapetes, debajo de los asientos, y nada. Piensa en su amigo. Él fue. Lo busca, lo encuentra y el tipo jura que al subir vio el celular en la antebracera, pero no más. Fue entonces la mujer. Lamentablemente no tiene su dirección exacta. Era una conocida que esperaba taxi hacia el mismo rumbo, y sólo sabe que se llama Esther. Dos días después da con ella. Le exige su celular, la amenaza con una denuncia. “Usted no conoce los contactos que tengo con la policía”. Ella acepta que robó el celular y dice que ya lo vendió. Se engalla. Él pregunta cuánto le pagaron. “Setecientos”, dice ella. “Recupérelo y le doy mil”. La mujer acepta. Se aleja hacia un laberinto de su barrio y vuelve diez minutos después. “Aquí está, suelte mi dinero”. Él duda: “Déjeme revisarlo”. Lo revisa, falta la memoria, lo más importante. “Le quitaron la tarjeta”, alcanza a decir. “Los mil o de aquí no sale el carro. Tuve que deshacer una venta, usted me metió en un problema”, amenaza la mujer. Él saca los mil pesos y se va antes de que todo termine en la tercera guerra mundial.

sábado, octubre 15, 2016

Tortillas













Éramos una horda de niños, siete de mi madre y el resto puros vecinos. Tocaron. Aquella tarde mi madre abrió la puerta y eran dos mormones, uno rubio, a todas luces gringo, y otro moreno, a todas luces de la raza de bronce, de los nuestros. Los dos jóvenes pidieron permiso para dar una plática y mi madre no halló motivo para negarse. Eran otros tiempos, no se le tenía miedo al extraño ni aunque fuera gringo. La visita nos pareció extraordinaria, tanto que de inmediato corrimos a pasar la voz entre los amigos de la cuadra. Sin saber cómo pasó, al rato ya estábamos quince niños en el patio, listos para escuchar a los encorbatados. Recuerdo que mi madre se ocultó en la cocina mientras el patio era un hervidero de expectación infantil. Todos queríamos oír al güero, saber cómo hablaba. Pasado un rato, luego de que el mexicano introdujo sin despertar nuestra sorpresa, el gringo dijo unas palabras y todos reímos: hablaba como Tiro Loco el de las caricaturas, el amigo del burrito Pepe Trueno. Con su cara de marinero perfecto, nos indicó que organizaría varios juegos. El único que recuerdo fue el de “Simón dice”. Consistía en hacer todo lo que indicaba el gringo, quien iba eliminando competidores si daba una orden y era ejecutada sin que antes de la orden dijera “Simón dice”. Los juegos siguieron y llegó la noche. Mi madre nos llamó luego a cenar, pero se refería a todos, incluidos los mormones. Jamás olvidaré los titubeos de nuestros visitantes, la sensación de que eran imprudentes al aceptar la cena. Mi madre los convenció, dijo que era algo sencillo, un bocadito preparado así nomás, a las carreras ante la repentina fiesta. No había sillas para tantos en la mesa de la cocina, así que cenamos de pie. Todos veíamos al gringo, era el único distinto entre los comensales. Cuando comenzamos a estirar la mano hacia el mantelito donde mi madre arrojaba, una tras otra, las suculentas tortillas de harina, el gringo tomó una, la dobló en taco, le dio una mordida y a partir de allí ya no pudo parar. Creo que se comió veinte y un vaso con leche, y en ningún momento dejó de elogiar el milagro que había hecho mi madre. Lo que el gringo nunca supo es que mi madre hizo ese milagro todos los días al menos durante treinta años. Así era. Tenía las manos infinitas.

miércoles, octubre 12, 2016

Drama













De alguna manera pensé con anticipación en esa posibilidad. Todo partió de una anécdota, cuando un actor me contó su “método”, por llamarlo de algún modo. Cuenta que le llamaban del banco para acosarlo por las deudas y que una vez, espontáneamente, se le ocurrió hablar como niño: “Bueno… mi papá no está… olvidó su celular…”. Lo hacía tan bien que desconcertaba a los agresivos mastines telefónicos, quienes a regañadientes terminaban cortando la llamada cuando el supuesto niño los envolvía con falsos titubeos. “Quiero seguir ese ejemplo”, me dije, pero no con voz de mocoso, que no me sale. Inventé entonces mi performance y esperé gozoso la oportunidad. Recibí la llamada de la compañía telefónica y aproveché, para entrenarme bien, que se trataba de algo más relajado: una oferta. “Le hablamos para informarle que tenemos un nuevo plan tarifario para usted…”. Impedí que añadiera más datos y comencé mi intervención: “Señorita, gracias por llamar. Usted será la última persona con la que hablaré: he decidido quitarme la vida…”. Yo sabía que ella iba a balbucear ante esta primera afirmación, pero que no cortaría porque estaba en riesgo su trabajo si dejaba solo a un cliente en la orilla del suicidio: “Señor, no, espere…”. Seguí: “Está decidido, señorita. Ya no puedo más… años y años cargando esta horrible sensación de fracaso, todo es irremediable…”. Silencio del otro lado, y continué: “¿Sabe cuántas veces he intentado salir adelante, sabe cuánto he luchado para librarme de este sentimiento? No, no lo sabe usted ni lo sabe nadie, señorita. Por eso ya, se acabó, basta. Nunca más volverán a echarme de un trabajo, las mujeres nunca más volverán a humillarme…”. Y ella habló: “No, señor, espere, espere…”. La interrumpí nuevamente: “Mire, señorita, ya no puedo esperar más. He llegado a un punto sin retorno [esta frase la oí en una película], a la decisión definitiva. Ya no hay poder humano que pueda detenerme y no siento ningún temor. Sé que sólo así terminará todo el maldito agobio que me tiene hundido desde hace tantos años. No hay remedio, hice lo que pude…”. Tenía preparada una palomita de pirotecnia y la encendí. Tronó. Del otro lado escuché el “Bueno, bueno, bueno…” que ahora disfruté, sonriente.

sábado, octubre 08, 2016

Minuto




















“Bien hecho, Pepetón”, dijo Toño mientras caminábamos hacia el jardín. Él deseaba tomar un poco de aire fresco, respirar un momento ahora que su hermana compartía la cena con el rector, segura ya ante la acechanza de los tiburones. Se llamaba Olivia y era asquerosamente bella. Traía una banda de miss sobre un vestido rosa que se le pegaba al cuerpo. Había obtenido un segundo lugar en el concurso estatal y yo no daba crédito: si Olivia era eso, cómo estaría la que ganó. Todos, por supuesto, la habíamos visto en fotos, pues triunfó en la zona regional antes de participar en la finalísima donde quedó a un pelo del primer lugar. Las fotos no son lo mismo, como pude comprobarlo cuando llegó al salón de fiestas. Yo recogía boletitos parado en la puerta como uno más de los organizadores. Era el baile de coronación en la universidad y Olivia había sido invitada. Su hermano Toño, mi amigo, logró sin batallar que el rector y la sociedad de alumnos aceptáramos la presencia de la “miss profesional”. Cuando vi que ella caminaba hacia la entrada supe que estaba viendo algo inolvidable. Y lo era, si no cómo explicar que más de treinta años después yo recuerde aquel momento como si lo estuviera viendo: Olivia tomada del antebrazo por su hermano, altísima en unos zapatos de aguja y el pelo exuberante y algo rizado y azabache cayendo sobre unos hombros perfectos. Luego, cerca, los ojos gigantescos y alegres y la sonrisa enmarcada en labios escarlata bajo su naricita de pellizco. Pasó la puerta, Toño me la presentó y no supe si recogí o no los boletos. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida y la admiré como correspondía: desde abajo, desde la más rotunda imposibilidad de alcanzarla. Poco después de que Olivia pasó, recordé mis preparativos. Yo había buscado un traje para la fiesta y con los pocos pesos que pude juntar sólo me alcanzó para uno verde-musgo de Milano. Mal cortado, tenía el tiro tan abajo que sentía caminar como si trajera el pantalón de Cantinflas, a medio culo, siempre a punto de caer. Poco después ocurrió un milagro. Toño, no sé por qué, llegó apuradamente y me llevó a un extremo de la pista, colocó mi brazo a modo para que Olivia me usara como chambelán improvisado. Un instante después, recorrí la pista junto a ella con la marcha triunfal de Aída. Fue lo más cerca que estuve jamás de la belleza total. Duró un minuto y sé que aquello ocurrió porque yo no representaba ningún peligro para Olivia.

miércoles, octubre 05, 2016

Gallina












Lo que cuento es real. Andaba en Nueva York con mi amigo Fabián Vique, argentino, cuando vimos una gallina por la quinta avenida, muy cerca del hotel donde paramos para asistir a VI Encuentro Internacional de Literatura Surrealista organizado por la Universidad de Miami Campus Minnesota. El caso es que caía la tarde, íbamos de regreso al hotel y vimos la gallina. La seguimos, intrigados por su paso seguro y la certeza de que sería apachurrada por algún brutal neumático. La gallina, sin embargo, hacía alto en las esquinas, esperaba el rojo, avanzaba como si conociera todo el mecanismo de la vida en esa urbe. Vimos que entró a un bar, que con inglés perfecto pidió una cerveza y que bebió en paz, como burócrata cansado frente a la barra. Nosotros aprovechamos para pedir un par de Heinekens hasta que, por fin, la gallina pegó un salto desde el asiento alto y sin respaldo, y salió entera, campante. Fabián y yo no lo creíamos. Fuimos con el cantinero y le dijimos que aquello era insólito. El bárman, un joven de evidente origen puertorriqueño, respondió: “Jajaja, es lo ma nolmal, en Nueva Yolk ya nada nos asombla. Jajaja”. Poco después seguimos bebiendo y no sé si fue el asombro o fue el cansancio lo que nos mantuvo en silencio. Al bar entraban personajes de todas las calañas, como se ve en las películas. No faltó el tipo solitario, la mujer con facha de resbalosa, el grupito de amigos que chocan tarros porque seguramente les ha ido bien en un negocio. Cuando todo parecía haber regresado a la normalidad, la gallina volvió alpub, caminó entre algunas mesas y alcanzó el baño. Tardó un rato en salir, pero daba la impresión de que nadie la había visto, de que nadie se asombraba ante esa realidad que sólo por encima parecía graciosa y era lo contrario. Tras un rato de expectativa, la gallina salió oronda del baño y volvió a tomar la calle sin perturbar a nadie en el bar y sin que nadie la perturbara. Fabián, al margen de toda exaltación, con su habitual serenidad, resumió la escena en forma de microrrelato clásico: “No sé si somos nosotros soñando una gallina en Nueva York o una gallina en Nueva York soñando con nosotros”.

sábado, octubre 01, 2016

Vuelos
















La mañana de su salida era fresca, muy soleada, andaluza al fin. No parecía entonces el marco ideal para su pesadumbre. Tres días antes había recibido la noticia. Es la última oportunidad, Marco, trata de venir. Su hermana menor tenía la voz imperiosa y resignada de quien regaña sin miedo porque no siente tener autoridad. Ven a verla, trata de viajar, por favor. Marco se sentía culpable, por supuesto, pero ya en otras ocasiones había recibido esa misma o casi esa misma llamada de su hermana y no pasaba nada, su madre seguía asombrosamente viva. Pero ahora era distinto, y Marco lo sabía. Su madre tenía noventa años, estaba ya en la orilla de la vida, o quizá más allá. Cómo volver, se preguntaba Marco. Cómo volver después de treinta años en cualquier parte —Bulgaria, Italia, España, daba lo mismo— y lejos de mamá. Recordó que a los cinco años de no haber regresado comenzó a sentir vergüenza: qué podía decir cuando la viera nuevamente. Un poco ciertas y un poco falsas, comenzó a inventarse excusas. El viaje es muy caro y no me ha ido bien. Apenas acabo de acomodarme en un nuevo empleo y no es prudente pedir permiso. Tres llamadas al año, esa era la cuota: dos para los cumpleaños y una para la navidad. Así, asombrosamente, sin piedad y como suele evaporase el tiempo, pasaron veinte, treinta años sin volver. Tuvo incluso que inventarse una identidad falsa cuando llegaron las redes sociales, pues le daba pena que lo vieran bien adaptado al extranjero. No supo cómo, pero tomó la decisión: viajaría. Sacrificó unos ahorros guardados para viajar a Rusia y tomó el tren a Madrid. Luego, en otra mañana soleada, el avión a México. Llegó de noche y le asombró el caos. En los ochenta el DF todavía no estaba así. Temprano, tomó el vuelo a La Laguna y al final lo recibió el brutal calor seco de junio. Su hermana lo esperaba con un abrazo. Subieron al Volkswagen, Marco vio fugazmente otra ciudad, aunque todavía polvosa y fea. En unos minutos llegaron a casa. Mamá estaba en su cuarto y él avanzó solo, temblando. Al verlo, su madre —tendida en la cama como una vara seca—, extendió el brazo casi sin levantarlo y con voz apenas audible dijo tres palabras: hijito, pequeño, ven. Marco no pudo decir nada. Se acercó llorando.

miércoles, septiembre 28, 2016

Confidente




















Me dijo que aquel chaparro le dijo sí, amigo, lo felicito por su esposa, es una dama inteligente y guapa, muy distinguida, y me dijo que al tipo se le veía a leguas una necesidad de remarcar eso porque se sintió descubierto. Me dijo que el gracioso había llegado recientemente a trabajar en la misma oficina, que se puso tenso al elogiar, o sea, que le gustaba su mujer, la mujer de mi amigo, quiero decir, y que por eso escogió uno de los dos caminos que se tienen cuando un tipo es descubierto merodeando a una mujer ajena. Sí, tomó el camino del elogio abierto, porque el otro es el del silencio culpable. Así que por eso dijo tu mujer es una gran compañera, y agregó que responsable y cordial, no cabe duda de que te sacaste la lotería, pocos hombres tan afortunados como tú. El tipo tenía apenas dos meses en la oficina, era un empleado menor, pero de todos modos tuvo arrestos para animarse a platicar con la secretaria ejecutiva e intentar algo, lo que fuera con tal de verla. Ella es abierta, platicadora, un pan, y le dio entrada sólo por urbanidad, lo sé, pero el tipo se emocionó y quizá alcanzó a imaginarse un futuro en el que podía tener algo que ver con ella. Pobre. Tras recibir su primer pago le regaló un libro de superación personal, de esos firmados por un tal Coelho que no valen ni el papel en el que están impresos. Hasta ahí no pasó nada, pero luego le obsequió un disco con los hits de Roberto Carlos. Como que le gustaba regalar brasileños, pero una cosa es obsequiar un libro chafa y otra muy distinta los hitazos de Roberto Carlos. El tipo quería avanzar. A la tercera quincena cometió un error. Un libro y un disco pueden ser disimulados en el bolso de mano, pero no un ramo de flores. Lo que el chaparro no sabía es que ese viernes mi amigo pasaría por su mujer, y que al enterarse iba a pedir que le presentaran al generoso pretendiente. Fue allí cuando el tipo quedó desarmado y dijo lo que dijo: te sacaste la lotería y blablablá. Todo eso dijo mi amigo mientras yo pensaba en su mujer, en el viernes de la semana pasada, en aquel hotelito donde ella no perdió tiempo pensando en su marido, mucho menos en el estúpido compañero de oficina que la asediaba sin una miserable posibilidad de éxito.

miércoles, septiembre 21, 2016

Erudición














Faltaban diez minutos para la salida del camión y saqué el libro, una novela que a la mitad ya amenazaba con hartarme. No era temporada alta, así que la sala de espera, hedionda como siempre a una mezcla de cloro con orines, lucía casi despoblada. Leí un par de páginas y la novela no mejoró. Casi decidí cerrarla cuando a mi lado apareció un tipo andrajoso. Tuvo la prudencia de dejar un asiento libre entre los dos. Poco después torció la cabeza para tratar de leer la portada de mi libro. Lo hizo descaradamente, como si yo no estuviera allí. Para que no se aproximara más, adrede giré un poco el libro y logré que leyera bien. Noté que era débil visual, tenía los ojos acuosos y cansados, azules tirando a grises. No quise preguntarle nada por temor a que permaneciera allí, pero él fue quien habló. “Yo también leo”, dijo. “Bueno, ya casi no, ayer mataron a un perro pero en el mercado venden fruta”. Dijo lo del perro y se quedó pensando. No era necesario que añadiera algo más para saber que estaba loco. Tuve el deseo de que se largara o de moverme de lugar, pero otra vez habló: “Dante escribió la Divina Comedia que está dividida en tres partes. Lo que más me gusta es que Agamenón sale allí en su caballo Rocinante y viaja hasta la Patagonia con Jean Valjan. Sin embargo, Cristóbal Colón navegó veinte mil leguas de viaje submarino para llegar a Canadá, pero luego se casó con Sor Juana Inés de la Cruz y todo se fue al carajo. Por eso Lorca no lo perdonó y le dio muerte en Venecia para después quedarse con el efebo”. Yo no decía nada, lo dejé conferenciar con una mezcla de asco y fascinación. “¿Usted está de acuerdo en que a Tolstoi le den una beca estatal? No, señor, Coahuila no está para eso. En dicho caso que escriba más, la segunda parte de Madame Bovary pero esta vez que la ubique en Viesca. Los que ya estamos cansados de Nabocov no lo queremos como alcalde. Aquí tenemos muchos problemas, señor, y si ese tipo no pudo mejorar la vida de Macondo, es imposible que logre hacer algo bueno por el atletismo”. Me salvaron las bocinas, la salida de mi autobús. No dije nada, sólo le extendí el libro y él lo tomó. “Ayer mataron a un perro…”, rumió y creo agregó lo de la fruta.

sábado, septiembre 17, 2016

Grupos













Con sólo ver su cara supe que Bruno me contaría algo malo. Pedimos dos Indios y comenzó su relato. Me narró que en su trabajo hicieron un grupo de Whatsapp para facilitar ciertos trámites, y que eso los mantenía ahora esclavizados a la vigilancia del patrón. Por supuesto que seguían teniendo sus contactos independientes, pero que el grupo se había convertido poco a poco en casi la única vía de comunicación con todos los compañeros de la empresa. Ya no había pues para dónde escapar. Ni en fines de semana ni en vacaciones podían huir de las peticiones, las consultas, los encargos, y el patrón lo leía todo y se había convertido en un carcelario de “panóptico”. No faltó entonces que comenzaran las bromas, las directas y las indirectas contra el patrón. No en el grupo del trabajo, claro, sino en otro abierto por un tal Baldemar. Allí, en el grupo de ese tipo, fueron apareciendo mensajes cada vez menos sutiles de rechazo a la figura del patrón y a sus excesos persecutorios. En total eran seis los que participaban del juego. Bruno me dijo que él fue el último “agregado” a la conversación, y cuando lo incluyeron se tomó el cuidado de leer lo que previamente habían escrito los demás. Se mofaban sobre todo de la calvicie del viejo, de su voz aflautada y de sus pantalones “sin nalgas”. Mi amigo Bruno tuvo el cuidado de no sumarse de inmediato, de medir con un poco más de cautela hasta dónde llegaban los compañeros. Una semana después decidió añadir un comentario ni más ni menos cargado que los demás. Todos escribieron un “jajajaja” solidario y entonces Bruno agarró confianza, tanta que en lo sucesivo fue uno de los animadores más entusiastas del pitorreo. Me informó que pasaban dos o tres días en silencio, sin actividad, y que sólo bastaba un comentario para que todos comenzaran una breve granizada de bromas que de alguna manera desahogaba la presión impuesta por el jefe. Todo anduvo bien hasta esta mañana. En el semáforo, apurado por llegar al trabajo, Bruno se sumó a una tanda de bromas. Apagó el celular. Luego, en otro semáforo, añadió una más, pero al llegar a la oficina vio que se había equivocado de grupo. El jefe andaba de viaje, pero le escribió directamente: “El lunes platicamos, Bruno”.

jueves, septiembre 15, 2016

Sobre Parábola del moribundo













El año pasado me entrevistó vía mail Elba Maceda Díaz. El tema fue mi novela Parábola del moribundo (México, 2009). No supe si el diálogo apareció en alguna parte o no. Aquí la reproduzco sólo para que no se quede en el archivo:


Desde su punto de vista como creador, ¿es posible decir que en su novela Parábola del moribundo hay dos personajes principales?
Sí, es una dupla como tantas que ponen en relación personajes disímbolos. Se trata de una vieja tradición, y su caso más célebre es, claro, el del Quijote y Sancho. El cine mexicano explotó ese tipo de parejas, un sujeto supuestamente serio y otro explícitamente risible como Tintán y Marcelo, Viruta y Capulina, Manolín y Shilinsky. En el caso de mi novela, obviamente el contraste se da en todos los sentidos: edad, aspecto, profesión, visión del mundo, etcétera. Santiago es el serio y Vicente el risible, así que ponerlos en acción al mismo tiempo es una anomalía. Aunque los dos tienen parecida importancia, creo que el protagonista eje es realmente el poeta, pues él es quien narra la historia.

¿De qué manera fueron tomando forma cada uno de ellos?
Escribí esa novela entre 1998 y el 2000. Creo recordar que Parábola… nació como un cuento en el que imaginé a un poeta de provincia metido en la supervivencia. Por allí apareció Vicente y cuando los puse a conversar noté que la historia de ese extraño encuentro daba para más. Casi de inmediato supe que iban a ser muy contrastantes, y que era más fácil que el poeta avanzara hacia la vacuidad del anciano que el anciano, por más que lo intentara, se asentara en los intereses del poeta. En ese coctel se basa el tono picaresco del libro.

Por decirlo de algún modo, ¿se peleó con ellos para concebirlos, para llevarlos por el camino que usted quería?
Creo que no reñí con los personajes sino que los dejé fluir. A más de quince años de haber escrito las andanzas del dúo Santiago-Vicente, tengo el vago recuerdo de que me divertí, de que no fue un libro de confección traumática.

¿Qué fue lo más difícil a la hora de darles a Vicente Caballero Medina y a Santiago Macías sus respectivas personalidades?
No calqué a nadie de la vida real, jamás lo hago. Lo que sí ocurre es que para armar un personaje tomo rasgos, modos, actitudes de sujetos reales, empezando por mí. Siempre pienso qué tipo de personaje necesito y poco a poco le voy poniendo rostro, facha, actitud, todo. Eso pasó con Santiago y Vicente. Desde el primer capítulo supe cómo iban a ser y lo que hice fue seguir la lógica de sus personalidades.

¿Es usted Santiago Macías?
No, ya lo dije. Ninguno de mis personajes soy yo. Ahora bien, algunos de sus rasgos sí los tomo de mi manera de ser. Siempre tomo algo prestado de mí mismo para armar a mis personajes, pero jamás me he copiado fotostáticamente.

El lector se asoma a la región de La Laguna en sus letras. ¿Cuáles son sus motivaciones para hacerlo? Es decir, más allá de lo obvio de saber que usted nació en aquella región y vive en ella.
El noventa por ciento de las ficciones que he escrito se ubican en La Laguna. Lo hago por comodidad  descriptiva y porque en el fondo no importa tanto el sitio donde se instalan las historias, sino el ingrediente humano que contengan, su capacidad para insinuar asuntos universales. Ahora bien, en un rapto de chovinismo puedo decir que me gusta que La Laguna aparezca en mis libros, aquí nací, aquí vivo y con esta región tengo una relación de amor-odio en la que por supuesto siempre prevalece el amor. Pese a todo, quiero, amo a La Laguna.

Algún lector le comenta sobre manual o libro de retórica que parece haber inserto en la novela (por supuesto es broma), ¿pero es –dígame usted- un juego que tiene con su lector?
Esta novela es una novela que Santiago está escribiendo para ver si con ella gana algunos pesos. También se trata de un viejo recurso narrativo. Lo que hice fue un énfasis en la relación realidad-literatura: dentro de mi novela realista el personaje reflexiona cómo entra la realidad a su libro. Es un tema que siempre me ha interesado. Sé que muchos escritores y lectores están en contra del realismo fotográfico, realismo que para mí es imposible, pues la realidad es infinita y simultánea, y la literatura es finita y diacrónica. En la literatura, por más realista que sea, siempre hay un componente subjetivo que tijeretea, que altera, que deforma la realidad. O sea, no existe literatura realista aunque la apellidemos así.

El Grudelp y los textos vueltos a recordar o a insertar en la novela, son también parte de una intención de estilo, pero ¿han sido notados por los lectores?
En Parábola... hay algunas alusiones a textos reseñísticos, poéticos, e incluso sobre la novela misma. Su personaje eje es un escritor, así que me pareció prudente que entre sus andanzas aparecieran opiniones sobre la literatura y el mundillo literario/periodístico en el que se desenvuelve.

¿Qué dijeron los miembros del jurado del premio como el Rafael Ramírez Heredia (Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y Hernán Lara Zavala)?
Resaltaron sobre todo el humor y la fluidez de la narración. Me dio gusto leer ese dictamen, pues es algo que traté de imprimir en el relato.

¿Cuáles fueron los argumentos para otorgarle ese premio?
Esos, precisamente. Creo que les agradó el ritmo de la novela y el sustrato entre tristón e irónico que traté de convocar.

¿Cuál es su percepción de los índices de lectura en Torreón, en su región?
No son diferentes a los de otras regiones del país, es decir, son bajos. Creo que ahora se lee más gracias a las redes sociales. Lo malo es que se trata de esfuerzos de lectura muy ligeros y dispersos. Los mexicanos en general seguimos algo lejos del libro.

miércoles, septiembre 14, 2016

Cena












Sentí el filo nervioso en mi yugular y al mismo tiempo escuché las palabras supuestamente imperativas, firmes: “¡El dinero o lo mato!”, dijo. No le creí, el tipo temblaba, era un principiante. Había poca luz en esa calle, otro de los agujeros negros que adornan con su peligro las madrugadas de mi ciudad. Yo caminaba porque el coche me dejó tirado y pensé que andar veinte, treinta cuadras podía convertirse en una especie de ejercicio forzado a mi sedentarismo. De pronto, las dos manos en mi cuello, el cuchillo y la frase rompieron el paseo. “Tranquilo, tranquilo”, dije. “¡El dinero o lo mato!”, repitió. Le expliqué rápido que permitiera mi movimiento, que aflojara un poco su mano y su cuchillo para sacar mi billetera. “Tranquilo, amigo, no haré nada, tranquilo”, insistí. Yo estaba seguro de que era un principiante, y en tal corazonada fundé mi temor. Un profesional no mata al asaltar en la calle, mientras que un principiante puede matar en cualquier situación, ante cualquier mínima amenaza. En eso ocurrió algo sorprendente. Era mi día, o mi noche, de suerte, y yo que pensaba en lo contrario cuando el Tsuru ya ni siquiera dio marcha. El tipo aflojó la mano izquierda que me atenazaba el cogote, retiró el cuchillo y cuando pude voltear ya estaba semihincado, gimiendo como mocoso. Escuché unos estertores y luego otras palabras: “Perdón, señor, váyase, yo no sirvo para robar”, dijo y soltó un gimoteo más fuerte. Quise caminar, pero me detuvo la curiosidad, el deseo de ver su rostro. “¿Puedo ayudarte en algo?”, le pregunté. “No, sólo tengo mucha hambre”. Me compadecí: “Mira, ten, cien pesos”. Por fin levantó la cara. Era flaco, tenía los ojos hundidos, la edad indescifrable de los apabullados y la ropa muy sucia. “No, señor”. Tras rechazar mi dinero, le ofrecí otra opción: “Vamos a la plaza, allí siempre está el carrito de los hotdogs, te disparo los que quieras”. Afirmó con la cabeza, dejó de gimotear y comenzamos la caminata de tres cuadras hacia la plaza. Un rato después, el tipo engulló, en silencio y casi sin respirar, nueve hotdogs con todo. Al despedirnos pensé en lo obvio: es increíble que no me haya matado con esa hambre y esa incapacidad de principiante. 

sábado, septiembre 10, 2016

Diario













Trabajar en bienes raíces tiene siempre algunas desventajas: 1) se negocia con clientes de dinero y por ello caprichosos; 2) se depende de los vaivenes del mercado inmobiliario; 3) hay que mostrar casas y locales a las horas más inoportunas, y 4) se gana bien sólo después de mucho tiempo acreditando el nombre o la marca del corredor. También tiene, es innegable, algunas ventajas: 1) pueden cerrarse buenas ventas simultáneas; 2) ya con prestigio obtenido es posible contratar empleados y sólo recibir las comisiones, y 3) como uno conoce el negocio, con el tiempo es posible comprar, vender o rentar lo propio. No me quejo, pues, pese a que he tenido malas rachas. Entre los beneficios de este giro profesional está uno más pequeño, pero beneficio al fin. Parte de los bienes que tengo en casa son un plus de los bienes raíces. Por ejemplo mi cama de caoba. Cualquiera que la vea pensará que me costó un dineral, y no, la obtuve gratis. Estaba en la alcoba de una casa que vendí, y era del abuelo del joven dueño, quien la heredó; al momento de cerrar su trato pregunté qué hacíamos con esa inmensa cama, y el muchacho me dijo sin mayor conflicto: “Yo me voy a Nueva York, haga lo que quiera con ella, tírela o quédesela”. Y me la quedé. Y así ha pasado con otros objetos de valor: un mesón, dos libreros, dos candiles, muchos libros, un hermoso biombo y hasta una tina de baño de estilo porfirista, todo gratis porque sus dueños estaban urgidos de vender la propiedad, no los vejestorios que había dentro. Pero no todo es buena presa. Hoy acabo de vender una propiedad y en ella quedó un buró desvencijado, polvoso y lleno de papeles. Según la dueña, era de su hermana fallecida seis meses atrás. Había un diario y comencé a hojearlo. Me asombró. Con letra arrebatada pero legible, la mujer había diseñado un plan tan macabro como descabellado: aniquilar a toda la humanidad. Sí, así como se oye: aniquilar a toda la humanidad. El título no mentía, y el contenido menos. Por supuesto, a medida que volví las hojas noté que era un apretado racimo de sandeces que hoy conservo solo como curiosidad. No es común hallar proyectos de este inmenso calibre. Todo por los bienes raíces.

jueves, septiembre 08, 2016

Ojos en la sombra con Nazul




















Nazul Aramayo, joven escritor lagunero, me entrevistó hace un año para la revista digital Suplemento de libros. El tema fue Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). Refriteo aquí el diálogo con agradecimiento retroactivo a Nazul y al Suplemento...

Desde que recuerdo, en las sesiones del taller literario, hacías énfasis en narrar de lo que sabemos y desde donde estamos. Noto en los libros Las manos del tahúr, Parábola del moribundo y Ojos en la sombra que también los nutre eso que nos decías. ¿Se ha vuelto una especie de consigna para ti o por qué el énfasis en contar historias fuera de cualquier relumbrón cultural?
—Uno puede escribir sobre lo que sea, esa es decisión de cada quien y es imposible coartar algo que parte del gusto, es decir, de la subjetividad más profunda. Lo que sugiero en los talleres literarios —en la idea de que son eso, talleres literarios, es decir, espacios para el aprendizaje de la escritura sobre todo de jóvenes— es que al menos en los primeros intentos los concurrentes no busquen temas exóticos, lejanos en el tiempo y en el espacio a su experiencia personal. Se supone que en esa etapa no sólo se está afinando la escritura en sí, es decir, el oficio sutil de entretejer palabras con malicia e intención digamos estética, sino que también se está escapando del huevo, se está madurando. El joven, al llegar a un taller, carece no sólo de las herramientas técnicas de la escritura, desconoce lo que puede hacer con las palabras si las organiza de un modo o de otro; también, como joven, es muy probable que no haya sido atropellado por nada y esté lejos de la angustia laboral, de los fracasos amorosos, de la resignación matrimonial o del divorcio, de los tropiezos filiales, de los achaques, del desaliento político, de la cercanía de la muerte propia y la certeza de la ajena, del tedio, de la desesperanza. Lo que le queda por contar, entonces, es lo que tiene más a tiro de piedra, los conflictos de la escuela, la amistad, la relación con sus padres, hermanos y amigos. Eso es lo más práctico, lo que suelta más rápidamente la mano del aspirante a escritor al menos para los propósitos siempre un tanto apresurados del taller. Esto no significa, por supuesto, que haya impedimento alguno para que un joven tallerista escriba en primera persona el relato del alienígena intergaláctico o el del viejito abandonado por todo mundo cuando le pega cáncer de próstata. El joven escritor tiene derecho a tratar el tema que guste, pero no sé si los resultados van a ser los mismos si escribe sobre algo que le atañe o sobre algo que le queda a miles de años luz o a cuatro o cinco décadas de distancia vivencial.

Aunque el tono es humorístico hay algo de nostalgia. Las historias suceden en gran medida en los 80, hay una sensibilidad, en algunos, más propia de los 70. Se lee una ciudad que en algunos aspectos ya no existe pero en otros parece que se detuvo en el tiempo y repite lo de décadas pasadas. ¿Cómo fue tu relación ciudad-recuerdo para crear los cuentos que ahora leemos?
—Cuando un escritor maneja el humor no puede reconocerlo campechanamente, pues corre el riesgo de parecer pedante. Por eso es común que escritores como Ibargüengoitia hayan rehuido a la etiqueta de “humoristas”, dado además el prestigio intelectual que tiene la seriedad, la sobriedad, la gravedad, asociados más comúnmente con la inteligencia. En mi caso no rehúyo la etiqueta, pero me incomoda que me obliguen a hablar sobre el “humor” de mis relatos, si es que lo hay (esto es en sí un tanto humorístico, pero no puedo evitarlo). Ahora bien, dados mis intereses de lector, siempre he encontrado placer en autores que saben trabajar con el humor en sordina, no desparpajado, sino sutil, expresado en mil detalles ocultos en su prosa, en las peripecias que diseñan, en el tono general de sus libros. El Quijote sería el primer gran ejemplo del humor que me complace. Ese mismo humor, o parecido, lo leo en escritores que he tenido cerca como Carpentier, como Rulfo en muchos cuentos de El llano…, como Borges, quien llevó la ironía al más alto sitio al que se puede llegar en ese rubro, hasta la fecha, en América Latina. En mi caso aplico un recurso que aquí, para abreviarlo, llamaré “pendular”: procuro que mis textos se muevan, oscilen, entre eso que denominan humor y el otro lado: la tristeza, la desdicha, la “nostalgia” que mencionas. A veces salen más cargados a un lado que a otro, pero eso no depende de mí sino del tema o del estado de ánimo que tuve al momento de escribir. No sé. Por otra parte, y en respuesta a la segunda vertiente de tu pregunta, escribí esos cuentos en los años previos a mi onomástico cuarenta. No fue deliberado, pero ahora que me lo planteo retrospectivamente puede ser que estuve saldando cuentas con mi pasado, con mi juventud y mis primeras caídas de adulto. Provengo de una etapa poco dada al desenfado ideológico del nuevo milenio, todavía milito políticamente, tengo un lado “serio” y sesentero-setentero que pesa bastante, y supongo que eso se nota en varias de mis historias. Hoy a muchos escritores les apenan las etiquetas, que les digan “de izquierda” y todo eso. A mí no; podré ser escéptico, podré sentir desaliento, pero me queda claro que las ideas de mi juventud no fueron sembradas en broma y siguen siendo útiles para contrapesar, al menos en mí, el alud de inhumanidad que nos rodea y al que por cierto le sienta de maravilla la indiferencia que no comparto. En cuanto al entorno lagunero dominante en mis relatos, lo mismo: mis personajes se mueven más a gusto en La Laguna simplemente porque aquí le tocó vivir a quien los creó.

Como escritor ¿qué tanto nutren o estorban los trabajos periféricos, como los que realizan los personajes, en tu creación literaria?
—Ya que no puedo vivir de la literatura, siempre he tratado de trabajar en espacios que no me coloquen demasiado lejos de ella, es decir, en universidades, revistas, centros culturales y en casa, de freelance, como redactor, corrector, editor... Eliminadas dos módicas becas estatales, cada una de un año, jamás he tenido patrocinios para escribir, así que en realidad he vivido toda mi vida laboral con dos chambas: la alimenticia y la literaria; soy pues el mecenas de mi propio destino de escritor. Esto de las dos profesiones no ocurre en otras: el plomero es plomero, y vive de eso, así como lo hacen el médico, el contador, la dentista, el ingeniero, la modista, el comerciante. Dado el estatuto un tanto nebuloso de la profesión de escritor (al menos donde vivo), uno sufre la condena de la invisibilidad laboral, por eso pasa con frecuencia que me pidan algo así: “Mi sobrino de quince años escribió una novela sobre dinosaurios y me gustaría que la leyeras para que le digas si es buena o no; sólo son como 200 páginas”. Es muy difícil explicar en estos casos que uno no desea leer eso, que si uno tuviera tiempo libre leería a Víctor Hugo o a Emerson, y que si lee algo que está al margen de sus intereses debe ser por trabajo, con un pago de perdida simbólico. Pues bien, cuando uno, titubeante, trata de explicar esto, parece un mezquino, un verdadero miserable, como no parece mezquino ni miserable el médico cuando vamos a una consulta y nos cobra honorarios. Todo este circo de la supervivencia ha entrado a mis relatos porque está en mi experiencia y porque tiene también algo de tragicómico, de picaresco en el sentido quevediano de la palabra.

¿Por qué escribir sobre el escritor si, como en “Papá Matías” se afirma que “La literatura no sirve para nada por acá, sólo para ocasionar problemas?
—Esto tiene relación con la respuesta anterior, pero antes debo instalar una nota al pie de página: mis personajes opinan por su cuenta, sus pareceres no necesariamente son los míos. El personaje de ese relato es un pesimista, un tipo que de antemano se sabe condenado a la mediocridad, al fracaso, y que por una misteriosa razón (todas las razones que nos mueven a hacer algo son misteriosas) sigue intentando escribir. Lo único que hice fue llevar al extremo, en ese personaje, un sentimiento que yo tengo sobre los beneficios que deja la literatura en un páramo como el lagunero: dos o tres apapachos de los amigos, cierto orgullo familiar, algún pequeño espacio laboral, unos cuantos pesos y fin. Todo lo demás son problemas, inadaptaciones por ejemplo a lo fiscal, rezagos, broncas sobre todo cuando, como en La Laguna, no hay un flujo intenso de energía cultural y por ello no se ha alcanzado un estatus de profesionalización siquiera decoroso para actividades como la mía de escritor e incluso de editor, corrector, maestro. A esta hora, luego de 35 años dedicados a la literatura, con cientos, miles de cuartillas comprobadamente publicadas en libros, revistas, periódicos e internet, mis números materiales son apenas grises, no negros, pero por razones otra vez misteriosas creo que he hecho lo correcto, que el precio de seguir escribiendo ha sido rodearme de problemas que otros a mi edad, como dice el personaje del cuento que mencionas, ya tienen resueltos.

A propósito de “Puentes”, la última sección del libro: ¿por qué trazar vasos comunicantes entre las tragedias latinoamericanas como la de Argentina y Chile con la cotidianidad que vive un lagunero?
—Desde hace muchos años, casi podría decir que desde que leo, he sentido una gran identificación con la realidad y los problemas de los países latinoamericanos. No soy indiferente a sus historias, al desgarramiento de sus territorios, de sus economías, de sus hombres y mujeres. De joven me interesé mucho por la crónica de Indias, me enteré cómo nacimos, cómo desde entonces hemos sido saqueados casi hasta el exterminio, cómo desde la conquista somos un estorbo paradójicamente funcional para las grandes potencias. Eso no es demagogia. Nuestros razagos, visibles cuando apenas damos un paso en la calle o nos internamos en cualquier barrio o ejido, obedecen a miles y miles de pequeños actos de violencia perpetrados por naciones foráneas y por sus esbirros autóctonos. No otra cosa es para mí, hoy, Estados Unidos y el gobierno mexicano, por citar sólo el ejemplo que tengo más al alcance de mi asco. Pues bien, dos de los países cuya historia mejor conozco son Argentina y Chile, y a estos añadiría Cuba. Con el primero de estos países he mantenido una relación muy intensa en los años recientes, como de 2000 a la fecha. He leído mucho sobre su, espero, última dictadura, sobre los problemas que vinieron luego de que cayó y del momento para mí alentador que los sorprendió con la llegada, en 2003, del kirchnerismo. ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que condenó por fin a los militares genocidas? ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que, como pocos, ha dado la pelea contra un grupo mediático como Clarín? Toda proporción guardada, es como si los gobernantes en México por fin decidieran poner un alto a las porquerías de Televisa, cosa que estamos lejos de ver. Así pues, un poco azarosamente me salieron tres o cuatro cuentos que tenían, como dices, vasos comunicantes entre las realidades argentina, chilena y méxico-lagunera. Puede parecer un atrevimiento o una ingenuidad, pero para mí nuestras realidades acusan muchas simetrías y pueden ser tratadas literariamente sin desbarrar.

En tu “Palabra final” mencionas “no deseo trazar historias deshuesadas, ‘prosa poética’, ocurrencias pasadas de contrabando como cuentos”, ¿consideras que ya no se escribe cuento clásico o que ya no se buscan los mecanismos lingüísticos para soportar una estructura?, ¿por qué consideras necesario acatar las reglas del cuento clásico?
—Creo que traté de dejar claro en esa “Palabra final” que en mi libro procuré (ojo, en mi libro) ceñirme a la idea —no mía— de escribir cuentos de una manera no suelta, relajada, desenfadada, sino de acatar las nociones que han caracterizado al género de unas décadas a la fecha. Y no estoy en contra de ningún formato, de ningún molde ni de ninguna cruza experimental. En lo que discrepo es en pasar de contrabando (usé tal palabra: contrabando) un formato cuando en realidad es otro. Sé que sueno rígido en esto, pero sería la misma rigidez decir que a un perro le digamos perro y no rinoceronte, o decir que a un libro le digamos libro y no refrigerador. Ni el libro ni el refrigerador son buenos ni malos en sí, no se contradicen, son sólo objetos distintos, y es lo mismo que pienso sobre el cuento-cuento y la prosa poética. Está bien romper las reglas, desbaratar, pero siempre debemos mantener alguna mínima certeza. El dadaísmo sólo funcionó una vez.

¿Por qué el título Ojos en la sombra? ¿A qué se refiere?
—A mí me gustan casi todas las palabras, pero unas más que otras, como a cualquiera. Entre las que me gustan mucho está “sombra”. Tiene la misma sonoridad que “lumbre”, palabra que coloqué en el título de mi primer libro, publicado en 1990. Usé “sombra” aquí, en primer lugar, porque me gusta su sonido, y en segundo, porque pensé en una especie de metáfora: el escritor es un sujeto que mira desde el margen, que observa a veces sin ser visto, que da testimonio desde la oscuridad. Sus ojos son pues unos ojos no observados, unos ojos en la sombra.