Caí preso por un fraude del
que no me excusaré. Tampoco negaré que odio el encierro, la reclusión en este
espacio gris, ajeno a cualquier mínima forma de la alegría y la misericordia.
Es una cárcel mexicana al fin, y las cárceles mexicanas no se parecen a las gringas.
En los documentales he visto que allá son también horribles, pero al menos
parecen limpias, ventiladas, casi como severos hospitales. Acá no. Acá son
opacas, pringosas, tienen el mobiliario siempre roto y huelen a sudor revuelto
con desesperanza. Son muy tristes, y casi todos los que aquí habitan llegan mal,
muy mal, y terminan peor, muy peor, a veces locos. Por eso, cuando vi que
debajo de la cama el piso estaba flojo, rasqué con una cuchara y asombrosamente
logré que se desmoronara la delgada plantilla de cemento. Tenía apenas un
centímetro de grosor y por allí pasaba un túnel. Fue fantástico. Estaba muy
oscuro, pero me la jugué. Logré colar mi cuerpo en el hoyo y de inmediato
recorrí a gatas la penumbra. Supongo que avancé como cien metros o poco más,
hasta que llegué a la salida, un hueco que resplandecía con violenta luz. Tuve
miedo, pensé que del otro lado podría estar, no sé, el patio de la cárcel o
algo así, quizá fusiles listos para acribillarme. Pero el horror al encierro
fue más grande y me atreví a salir. Extrañamente, asombrosamente, me vi en un
espacio abierto, fresco, pleno de árboles y flores. A lo lejos, un arroyo
emitía el ruido de agua golpeando sobre rocas. Olía a paz. Pensé que era un
sueño, y que pronto iba a despertar a la pesadilla de la cárcel, pero no: el
hecho de pensar que era un sueño me hacía comprender que no era un sueño, que
aquella fantasía era ahora la realidad. Sentí hambre y al lado apareció una
mesa bien servida con mis platillos favoritos. Sentí frío y en mi espalda
apareció un saco grueso, protector. Deduje que todo surgía nomás con pensarlo.
Tuve ganas de ya saben qué, y apareció Bárbara Mori. Le dije que me esperara,
que al menos permitiéramos el arribo de la noche. Se me ocurrió un plan:
aparecerme a mí mismo, hacerme una réplica y mandarla a la celda. Y apareció mi
otro yo, y lo mandé al túnel, a la cárcel. Mientras ese fantasma purgaría mi condena,
yo iba a disfrutar de este nuevo mundo y lo compartiría con Bárbara. Sonreí.
miércoles, octubre 26, 2016
sábado, octubre 22, 2016
Tijera
El
viernes a las cinco salí corriendo de la oficina, llegué a casa y en la maleta
arrojé todo lo que pude para sobrevivir el fin de semana en Guadalajara. La
inauguración de la nueva sucursal estaba programada para las nueve del sábado,
demasiado temprano. Corrí al aeropuerto con la maleta hecha a las prisas, es
verdad, pero procuré que el traje se conservara intacto en su estuche para no
dar arrugadas lástimas al día siguiente. Al aterrizar no fue necesario ir a la banda,
así que corrí a tomar el taxi que me llevaría al hotel. Hasta ese momento no
había pensado en mi pelo con serenidad. Me lo toqué: sentí la cabezota de león,
la greña de dos meses abultada sobre mi cráneo. La inauguración iba a ser cosa
elegante, con muchas edecanes y mucho niñote fresa sonriendo ante las cámaras.
Me iba a sentir mal, lo sabía, pues me desagrada hasta la depresión andar como
palmera. Siempre me asombraron esos tipos que pueden usar el pelo largo y les
sienta a modo, pero yo tengo de esas cabelleras y esas cabezas que sin poda no
están “de verse”, como dice mi padre. El caso es que eran como las diez de la
noche e iba en el taxi ya resignado a mi jodido look, cuando se dio una aparición maravillosa: vi abierta una
peluquería. Estaba en una especie de barrio, y le ordené al taxista que de
inmediato diera vuelta a la manzana. Bajé con mis maletas y entré: un joven con
filipina blanca leía un tabloide amarillista en el sillón de peluquero.
Pregunté que si había servicio y afirmó. Me senté y el joven comenzó a quitarse
la filipina. Luego salió un anciano de una puerta sólo cubierta con un trapo.
El viejo recibió un beso en la frente y el joven se marchó. Supuse que era su
hijo. El viejo me colocó el mandil, preguntó “cómo”, dije “cortito, escolar”, y
comenzó la operación. Noté con alarma que sus manos temblaban, que la tijera
atacaba como avión de combate al lado de mis sienes. Pensé en el papelón del
día siguiente: llegar trasquilado a la ceremonia. Quise huir, pero no supe cómo
hacerlo, así que me resigné al desastre. A tijeretazos temblorosos, sin decir
una sola palabra, el viejo terminó su labor. Cuando al fin estuve en el baño
del hotel, sonreí: quedé como me gusta, mejor que nunca.
miércoles, octubre 19, 2016
Celular
Un
hombre conduce con placer su coche del año. Deja que la tarde termine por
consumirse y comience la oscuridad. Viene de regreso, va ahora a su casa luego
de comprar un par de chácharas en la refaccionaria. En un semáforo ve que un
conocido levanta el cuello como en busca de taxi. Le lanza el claxonazo y su
conocido se aproxima. Dice que va para cierto rumbo y el hombre que conduce se
anima a ofrecerle un aventón. El tipo
acepta, tira un silbido y detrás de un poste sale una mujer. El hombre que
conduce no hace preguntas, deja que ambos suban y platica con su amigo. Por el
retrovisor echa una ojeada sin curiosidad a la mujer, una cuarentona sin
chiste, desmaquillada y con una liga en el pelo. Bajan como veinte cuadras
después y el hombre que conduce sigue su camino. Disfruta de su auto, enciende
el estéreo y busca la señal de su radiodifusora favorita. Está una canción que
le gusta, la canta a gritos, feliz, y con ella llega a casa. Baja, deja el
llavero en la mesita de la entrada y corre al baño. Allí, sentado, toca la
bolsa de su camisa: no está su celular. Termina y va al auto: sabe que en la
antebracera deja siempre su teléfono. Pero esta vez no aparece. Se asoma a los
tapetes, debajo de los asientos, y nada. Piensa en su amigo. Él fue. Lo busca,
lo encuentra y el tipo jura que al subir vio el celular en la antebracera, pero
no más. Fue entonces la mujer. Lamentablemente no tiene su dirección exacta.
Era una conocida que esperaba taxi hacia el mismo rumbo, y sólo sabe que se llama
Esther. Dos días después da con ella. Le exige su celular, la amenaza con una
denuncia. “Usted no conoce los contactos que tengo con la policía”. Ella acepta
que robó el celular y dice que ya lo vendió. Se engalla. Él pregunta cuánto le
pagaron. “Setecientos”, dice ella. “Recupérelo y le doy mil”. La mujer acepta.
Se aleja hacia un laberinto de su barrio y vuelve diez minutos después. “Aquí
está, suelte mi dinero”. Él duda: “Déjeme revisarlo”. Lo revisa, falta la
memoria, lo más importante. “Le quitaron la tarjeta”, alcanza a decir. “Los mil
o de aquí no sale el carro. Tuve que deshacer una venta, usted me metió en un
problema”, amenaza la mujer. Él saca los mil pesos y se va antes de que todo
termine en la tercera guerra mundial.
sábado, octubre 15, 2016
Tortillas
Éramos
una horda de niños, siete de mi madre y el resto puros vecinos. Tocaron. Aquella
tarde mi madre abrió la puerta y eran dos mormones, uno rubio, a todas luces
gringo, y otro moreno, a todas luces de la raza de bronce, de los nuestros. Los
dos jóvenes pidieron permiso para dar una plática y mi madre no halló motivo
para negarse. Eran otros tiempos, no se le tenía miedo al extraño ni aunque
fuera gringo. La visita nos pareció extraordinaria, tanto que de inmediato
corrimos a pasar la voz entre los amigos de la cuadra. Sin saber cómo pasó, al
rato ya estábamos quince niños en el patio, listos para escuchar a los encorbatados.
Recuerdo que mi madre se ocultó en la cocina mientras el patio era un hervidero
de expectación infantil. Todos queríamos oír al güero, saber cómo hablaba.
Pasado un rato, luego de que el mexicano introdujo sin despertar nuestra
sorpresa, el gringo dijo unas palabras y todos reímos: hablaba como Tiro Loco
el de las caricaturas, el amigo del burrito Pepe Trueno. Con su cara de
marinero perfecto, nos indicó que organizaría varios juegos. El único que
recuerdo fue el de “Simón dice”. Consistía en hacer todo lo que indicaba el
gringo, quien iba eliminando competidores si daba una orden y era ejecutada sin
que antes de la orden dijera “Simón dice”. Los juegos siguieron y llegó la
noche. Mi madre nos llamó luego a cenar, pero se refería a todos, incluidos los
mormones. Jamás olvidaré los titubeos de nuestros visitantes, la sensación de
que eran imprudentes al aceptar la cena. Mi madre los convenció, dijo que era
algo sencillo, un bocadito preparado así nomás, a las carreras ante la repentina
fiesta. No había sillas para tantos en la mesa de la cocina, así que cenamos de
pie. Todos veíamos al gringo, era el único distinto entre los comensales.
Cuando comenzamos a estirar la mano hacia el mantelito donde mi madre arrojaba,
una tras otra, las suculentas tortillas de harina, el gringo tomó una, la dobló en taco,
le dio una mordida y a partir de allí ya no pudo parar. Creo que se comió
veinte y un vaso con leche, y en ningún momento dejó de elogiar el milagro que
había hecho mi madre. Lo que el gringo nunca supo es que mi madre hizo ese
milagro todos los días al menos durante treinta años. Así era. Tenía las manos
infinitas.
miércoles, octubre 12, 2016
Drama
De
alguna manera pensé con anticipación en esa posibilidad. Todo partió de una
anécdota, cuando un actor me contó su “método”, por llamarlo de algún modo.
Cuenta que le llamaban del banco para acosarlo por las deudas y que una vez,
espontáneamente, se le ocurrió hablar como niño: “Bueno… mi papá no está…
olvidó su celular…”. Lo hacía tan bien que desconcertaba a los agresivos
mastines telefónicos, quienes a regañadientes terminaban cortando la llamada
cuando el supuesto niño los envolvía con falsos titubeos. “Quiero seguir ese
ejemplo”, me dije, pero no con voz de mocoso, que no me sale. Inventé entonces
mi performance y esperé gozoso la oportunidad. Recibí la llamada de la compañía
telefónica y aproveché, para entrenarme bien, que se trataba de algo más
relajado: una oferta. “Le hablamos para informarle que tenemos un nuevo plan
tarifario para usted…”. Impedí que añadiera más datos y comencé mi intervención:
“Señorita, gracias por llamar. Usted será la última persona con la que hablaré:
he decidido quitarme la vida…”. Yo sabía que ella iba a balbucear ante esta
primera afirmación, pero que no cortaría porque estaba en riesgo su trabajo si
dejaba solo a un cliente en la orilla del suicidio: “Señor, no, espere…”.
Seguí: “Está decidido, señorita. Ya no puedo más… años y años cargando esta
horrible sensación de fracaso, todo es irremediable…”. Silencio del otro lado,
y continué: “¿Sabe cuántas veces he intentado salir adelante, sabe cuánto he
luchado para librarme de este sentimiento? No, no lo sabe usted ni lo sabe
nadie, señorita. Por eso ya, se acabó, basta. Nunca más volverán a echarme de
un trabajo, las mujeres nunca más volverán a humillarme…”. Y ella habló: “No,
señor, espere, espere…”. La interrumpí nuevamente: “Mire, señorita, ya no puedo
esperar más. He llegado a un punto sin retorno [esta frase la oí en una
película], a la decisión definitiva. Ya no hay poder humano que pueda detenerme
y no siento ningún temor. Sé que sólo así terminará todo el maldito agobio que
me tiene hundido desde hace tantos años. No hay remedio, hice lo que pude…”.
Tenía preparada una palomita de pirotecnia y la encendí. Tronó. Del otro lado
escuché el “Bueno, bueno, bueno…” que ahora disfruté, sonriente.
sábado, octubre 08, 2016
Minuto
“Bien
hecho, Pepetón”, dijo Toño mientras caminábamos hacia el jardín. Él deseaba
tomar un poco de aire fresco, respirar un momento ahora que su hermana compartía
la cena con el rector, segura ya ante la acechanza de los tiburones. Se llamaba
Olivia y era asquerosamente bella. Traía una banda de miss sobre un vestido rosa que se le pegaba al cuerpo. Había
obtenido un segundo lugar en el concurso estatal y yo no daba crédito: si
Olivia era eso, cómo estaría la que ganó. Todos, por supuesto, la habíamos
visto en fotos, pues triunfó en la zona regional antes de participar en
la finalísima donde quedó a un pelo del primer lugar. Las fotos no son lo
mismo, como pude comprobarlo cuando llegó al salón de fiestas. Yo recogía
boletitos parado en la puerta como uno más de los organizadores. Era el baile
de coronación en la universidad y Olivia había sido invitada. Su hermano Toño,
mi amigo, logró sin batallar que el rector y la sociedad de alumnos aceptáramos
la presencia de la “miss profesional”.
Cuando vi que ella caminaba hacia la entrada supe que estaba viendo algo
inolvidable. Y lo era, si no cómo explicar que más de treinta años después yo
recuerde aquel momento como si lo estuviera viendo: Olivia tomada del antebrazo
por su hermano, altísima en unos zapatos de aguja y el pelo exuberante y algo
rizado y azabache cayendo sobre unos hombros perfectos. Luego, cerca, los ojos
gigantescos y alegres y la sonrisa enmarcada en labios escarlata bajo su
naricita de pellizco. Pasó la puerta, Toño me la presentó y no supe si recogí o
no los boletos. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida y la admiré
como correspondía: desde abajo, desde la más rotunda imposibilidad de
alcanzarla. Poco después de que Olivia pasó, recordé mis preparativos. Yo había
buscado un traje para la fiesta y con los pocos pesos que pude juntar sólo me
alcanzó para uno verde-musgo de Milano. Mal cortado, tenía el tiro tan abajo que
sentía caminar como si trajera el pantalón de Cantinflas, a medio culo, siempre
a punto de caer. Poco después ocurrió un milagro. Toño, no sé por qué, llegó
apuradamente y me llevó a un extremo de la pista, colocó mi brazo a modo para
que Olivia me usara como chambelán improvisado. Un instante después, recorrí la
pista junto a ella con la marcha triunfal de Aída. Fue lo más cerca que estuve jamás
de la belleza total. Duró un minuto y sé que aquello ocurrió porque yo no
representaba ningún peligro para Olivia.
miércoles, octubre 05, 2016
Gallina
Lo que
cuento es real. Andaba en Nueva York con mi amigo Fabián Vique, argentino,
cuando vimos una gallina por la quinta avenida, muy cerca del hotel donde
paramos para asistir a VI Encuentro Internacional de Literatura Surrealista
organizado por la Universidad de Miami Campus Minnesota. El caso es que caía la
tarde, íbamos de regreso al hotel y vimos la gallina. La seguimos, intrigados
por su paso seguro y la certeza de que sería apachurrada por algún brutal
neumático. La gallina, sin embargo, hacía alto en las esquinas, esperaba el
rojo, avanzaba como si conociera todo el mecanismo de la vida en esa urbe.
Vimos que entró a un bar, que con inglés perfecto pidió una cerveza y que bebió
en paz, como burócrata cansado frente a la barra. Nosotros aprovechamos para
pedir un par de Heinekens hasta que, por fin, la gallina pegó un salto desde el
asiento alto y sin respaldo, y salió entera, campante. Fabián y yo no lo
creíamos. Fuimos con el cantinero y le dijimos que aquello era insólito. El
bárman, un joven de evidente origen puertorriqueño, respondió: “Jajaja, es lo
ma nolmal, en Nueva Yolk ya nada nos asombla. Jajaja”. Poco después seguimos
bebiendo y no sé si fue el asombro o fue el cansancio lo que nos mantuvo en
silencio. Al bar entraban personajes de todas las calañas, como se ve en las
películas. No faltó el tipo solitario, la mujer con facha de resbalosa, el
grupito de amigos que chocan tarros porque seguramente les ha ido bien en un
negocio. Cuando todo parecía haber regresado a la normalidad, la gallina volvió
alpub, caminó entre algunas mesas y alcanzó el baño. Tardó un rato en salir,
pero daba la impresión de que nadie la había visto, de que nadie se asombraba
ante esa realidad que sólo por encima parecía graciosa y era lo contrario. Tras
un rato de expectativa, la gallina salió oronda del baño y volvió a tomar la
calle sin perturbar a nadie en el bar y sin que nadie la perturbara. Fabián, al
margen de toda exaltación, con su habitual serenidad, resumió la escena en
forma de microrrelato clásico: “No sé si somos nosotros soñando una gallina en
Nueva York o una gallina en Nueva York soñando con nosotros”.
sábado, octubre 01, 2016
Vuelos
La mañana de su salida era fresca, muy soleada, andaluza
al fin. No parecía entonces el marco ideal para su pesadumbre. Tres días antes
había recibido la noticia. Es la última oportunidad, Marco, trata de venir. Su
hermana menor tenía la voz imperiosa y resignada de quien regaña sin miedo
porque no siente tener autoridad. Ven a verla, trata de viajar, por favor.
Marco se sentía culpable, por supuesto, pero ya en otras ocasiones había
recibido esa misma o casi esa misma llamada de su hermana y no pasaba nada, su
madre seguía asombrosamente viva. Pero ahora era distinto, y Marco lo sabía. Su
madre tenía noventa años, estaba ya en la orilla de la vida, o quizá más allá.
Cómo volver, se preguntaba Marco. Cómo volver después de treinta años en
cualquier parte —Bulgaria, Italia, España, daba lo mismo— y lejos de mamá.
Recordó que a los cinco años de no haber regresado comenzó a sentir vergüenza:
qué podía decir cuando la viera nuevamente. Un poco ciertas y un poco falsas,
comenzó a inventarse excusas. El viaje es muy caro y no me ha ido bien. Apenas
acabo de acomodarme en un nuevo empleo y no es prudente pedir permiso. Tres
llamadas al año, esa era la cuota: dos para los cumpleaños y una para la
navidad. Así, asombrosamente, sin piedad y como suele evaporase el tiempo,
pasaron veinte, treinta años sin volver. Tuvo incluso que inventarse una
identidad falsa cuando llegaron las redes sociales, pues le daba pena que lo
vieran bien adaptado al extranjero. No supo cómo, pero tomó la decisión:
viajaría. Sacrificó unos ahorros guardados para viajar a Rusia y tomó el tren a
Madrid. Luego, en otra mañana soleada, el avión a México. Llegó de noche y le
asombró el caos. En los ochenta el DF todavía no estaba así. Temprano, tomó el
vuelo a La Laguna y al final lo recibió el brutal calor seco de junio. Su
hermana lo esperaba con un abrazo. Subieron al Volkswagen, Marco vio fugazmente
otra ciudad, aunque todavía polvosa y fea. En unos minutos llegaron a casa.
Mamá estaba en su cuarto y él avanzó solo, temblando. Al verlo, su madre —tendida
en la cama como una vara seca—, extendió el brazo casi sin levantarlo y con voz
apenas audible dijo tres palabras: hijito, pequeño, ven. Marco no pudo decir
nada. Se acercó llorando.
miércoles, septiembre 28, 2016
Confidente
Me
dijo que aquel chaparro le dijo sí, amigo, lo felicito por su esposa, es una
dama inteligente y guapa, muy distinguida, y me dijo que al tipo se le veía a
leguas una necesidad de remarcar eso porque se sintió descubierto. Me dijo que
el gracioso había llegado recientemente a trabajar en la misma oficina, que se
puso tenso al elogiar, o sea, que le gustaba su mujer, la mujer de mi amigo,
quiero decir, y que por eso escogió uno de los dos caminos que se tienen cuando
un tipo es descubierto merodeando a una mujer ajena. Sí, tomó el camino del
elogio abierto, porque el otro es el del silencio culpable. Así que por eso
dijo tu mujer es una gran compañera, y agregó que responsable y cordial, no
cabe duda de que te sacaste la lotería, pocos hombres tan afortunados como tú.
El tipo tenía apenas dos meses en la oficina, era un empleado menor, pero de
todos modos tuvo arrestos para animarse a platicar con la secretaria ejecutiva
e intentar algo, lo que fuera con tal de verla. Ella es abierta, platicadora,
un pan, y le dio entrada sólo por urbanidad, lo sé, pero el tipo se emocionó y
quizá alcanzó a imaginarse un futuro en el que podía tener algo que ver con
ella. Pobre. Tras recibir su primer pago le regaló un libro de superación
personal, de esos firmados por un tal Coelho que no valen ni el papel en el
que están impresos. Hasta ahí no pasó nada, pero luego le obsequió un disco con
los hits de Roberto Carlos. Como que le gustaba regalar brasileños, pero una
cosa es obsequiar un libro chafa y otra muy distinta los hitazos de Roberto Carlos.
El tipo quería avanzar. A la tercera quincena cometió un error. Un libro y un
disco pueden ser disimulados en el bolso de mano, pero no un ramo de flores. Lo
que el chaparro no sabía es que ese viernes mi amigo pasaría por su mujer, y
que al enterarse iba a pedir que le presentaran al generoso pretendiente. Fue
allí cuando el tipo quedó desarmado y dijo lo que dijo: te sacaste la lotería y
blablablá. Todo eso dijo mi amigo mientras yo pensaba en su mujer, en el
viernes de la semana pasada, en aquel hotelito donde ella no perdió tiempo
pensando en su marido, mucho menos en el estúpido compañero de oficina que la
asediaba sin una miserable posibilidad de éxito.
miércoles, septiembre 21, 2016
Erudición
Faltaban
diez minutos para la salida del camión y saqué el libro, una novela que a la
mitad ya amenazaba con hartarme. No era temporada alta, así que la sala de
espera, hedionda como siempre a una mezcla de cloro con orines, lucía casi
despoblada. Leí un par de páginas y la novela no mejoró. Casi decidí cerrarla
cuando a mi lado apareció un tipo andrajoso. Tuvo la prudencia de dejar un
asiento libre entre los dos. Poco después torció la cabeza para tratar de leer
la portada de mi libro. Lo hizo descaradamente, como si yo no estuviera allí.
Para que no se aproximara más, adrede giré un poco el libro y logré que leyera
bien. Noté que era débil visual, tenía los ojos acuosos y cansados, azules
tirando a grises. No quise preguntarle nada por temor a que permaneciera allí,
pero él fue quien habló. “Yo también leo”, dijo. “Bueno, ya casi no, ayer
mataron a un perro pero en el mercado venden fruta”. Dijo lo del perro y se
quedó pensando. No era necesario que añadiera algo más para saber que estaba
loco. Tuve el deseo de que se largara o de moverme de lugar, pero otra vez
habló: “Dante escribió la Divina Comedia que está dividida en tres partes. Lo
que más me gusta es que Agamenón sale allí en su caballo Rocinante y viaja
hasta la Patagonia con Jean Valjan. Sin embargo, Cristóbal Colón navegó veinte
mil leguas de viaje submarino para llegar a Canadá, pero luego se casó con Sor
Juana Inés de la Cruz y todo se fue al carajo. Por eso Lorca no lo perdonó y le
dio muerte en Venecia para después quedarse con el efebo”. Yo no decía nada, lo
dejé conferenciar con una mezcla de asco y fascinación. “¿Usted está de acuerdo
en que a Tolstoi le den una beca estatal? No, señor, Coahuila no está para eso.
En dicho caso que escriba más, la segunda parte de Madame Bovary pero esta vez
que la ubique en Viesca. Los que ya estamos cansados de Nabocov no lo queremos
como alcalde. Aquí tenemos muchos problemas, señor, y si ese tipo no pudo
mejorar la vida de Macondo, es imposible que logre hacer algo bueno por el
atletismo”. Me salvaron las bocinas, la salida de mi autobús. No dije nada,
sólo le extendí el libro y él lo tomó. “Ayer mataron a un perro…”, rumió y creo
agregó lo de la fruta.
sábado, septiembre 17, 2016
Grupos
Con
sólo ver su cara supe que Bruno me contaría algo malo. Pedimos dos Indios y
comenzó su relato. Me narró que en su trabajo hicieron un grupo de Whatsapp
para facilitar ciertos trámites, y que eso los mantenía ahora esclavizados a la
vigilancia del patrón. Por supuesto que seguían teniendo sus contactos
independientes, pero que el grupo se había convertido poco a poco en casi la
única vía de comunicación con todos los compañeros de la empresa. Ya no había
pues para dónde escapar. Ni en fines de semana ni en vacaciones podían huir de
las peticiones, las consultas, los encargos, y el patrón lo leía todo y se
había convertido en un carcelario de “panóptico”. No faltó entonces que
comenzaran las bromas, las directas y las indirectas contra el patrón. No en el
grupo del trabajo, claro, sino en otro abierto por un tal Baldemar. Allí, en el
grupo de ese tipo, fueron apareciendo mensajes cada vez menos sutiles de rechazo
a la figura del patrón y a sus excesos persecutorios. En total eran seis los
que participaban del juego. Bruno me dijo que él fue el último “agregado” a la
conversación, y cuando lo incluyeron se tomó el cuidado de leer lo que
previamente habían escrito los demás. Se mofaban sobre todo de la calvicie del
viejo, de su voz aflautada y de sus pantalones “sin nalgas”. Mi amigo Bruno
tuvo el cuidado de no sumarse de inmediato, de medir con un poco más de cautela
hasta dónde llegaban los compañeros. Una semana después decidió añadir un
comentario ni más ni menos cargado que los demás. Todos escribieron un
“jajajaja” solidario y entonces Bruno agarró confianza, tanta que en lo
sucesivo fue uno de los animadores más entusiastas del pitorreo. Me informó que
pasaban dos o tres días en silencio, sin actividad, y que sólo bastaba un
comentario para que todos comenzaran una breve granizada de bromas que de
alguna manera desahogaba la presión impuesta por el jefe. Todo anduvo bien
hasta esta mañana. En el semáforo, apurado por llegar al trabajo, Bruno se sumó
a una tanda de bromas. Apagó el celular. Luego, en otro semáforo, añadió una
más, pero al llegar a la oficina vio que se había equivocado de grupo. El jefe
andaba de viaje, pero le escribió directamente: “El lunes platicamos, Bruno”.
jueves, septiembre 15, 2016
Sobre Parábola del moribundo
El año pasado me entrevistó vía mail Elba Maceda Díaz. El tema fue mi novela Parábola del moribundo (México, 2009). No supe si el diálogo apareció en alguna parte o no. Aquí la reproduzco sólo para que no se quede en el archivo:
Desde su punto de vista como creador, ¿es
posible decir que en su novela Parábola del moribundo hay dos personajes
principales?
Sí,
es una dupla como tantas que ponen en relación personajes disímbolos. Se trata
de una vieja tradición, y su caso más célebre es, claro, el del Quijote y
Sancho. El cine mexicano explotó ese tipo de parejas, un sujeto supuestamente
serio y otro explícitamente risible como Tintán y Marcelo, Viruta y Capulina,
Manolín y Shilinsky.
En el caso de mi novela, obviamente el contraste se da en todos los sentidos:
edad, aspecto, profesión, visión del mundo, etcétera. Santiago es el serio y
Vicente el risible, así que ponerlos en acción al mismo tiempo es una anomalía.
Aunque los dos tienen parecida importancia, creo que el protagonista eje es
realmente el poeta, pues él es quien narra la historia.
¿De qué manera fueron tomando forma cada
uno de ellos?
Escribí
esa novela entre 1998 y el 2000. Creo recordar que Parábola… nació como un cuento en el que imaginé a un poeta de
provincia metido en la supervivencia. Por allí apareció Vicente y cuando los
puse a conversar noté que la historia de ese extraño encuentro daba para más.
Casi de inmediato supe que iban a ser muy contrastantes, y que era más fácil
que el poeta avanzara hacia la vacuidad del anciano que el anciano, por más que
lo intentara, se asentara en los intereses del poeta. En ese coctel se basa el
tono picaresco del libro.
Por decirlo de algún modo, ¿se peleó con
ellos para concebirlos, para llevarlos por el camino que usted quería?
Creo
que no reñí con los personajes sino que los dejé fluir. A más de quince años de
haber escrito las andanzas del dúo Santiago-Vicente, tengo el vago recuerdo de
que me divertí, de que no fue un libro de confección traumática.
¿Qué fue lo más difícil a la hora de darles
a Vicente Caballero Medina y a Santiago Macías sus respectivas personalidades?
No
calqué a nadie de la vida real, jamás lo hago. Lo que sí ocurre es que para
armar un personaje tomo rasgos, modos, actitudes de sujetos reales, empezando
por mí. Siempre pienso qué tipo de personaje necesito y poco a poco le voy
poniendo rostro, facha, actitud, todo. Eso pasó con Santiago y Vicente. Desde
el primer capítulo supe cómo iban a ser y lo que hice fue seguir la lógica de
sus personalidades.
¿Es usted Santiago Macías?
No,
ya lo dije. Ninguno de mis personajes soy yo. Ahora bien, algunos de sus rasgos
sí los tomo de mi manera de ser. Siempre tomo algo prestado de mí mismo para
armar a mis personajes, pero jamás me he copiado fotostáticamente.
El lector se asoma a la región de La Laguna
en sus letras. ¿Cuáles son sus motivaciones para hacerlo? Es decir, más allá de
lo obvio de saber que usted nació en aquella región y vive en ella.
El
noventa por ciento de las ficciones que he escrito se ubican en La Laguna. Lo
hago por comodidad descriptiva y porque
en el fondo no importa tanto el sitio donde se instalan las historias, sino el
ingrediente humano que contengan, su capacidad para insinuar asuntos universales.
Ahora bien, en un rapto de chovinismo puedo decir que me gusta que La Laguna
aparezca en mis libros, aquí nací, aquí vivo y con esta región tengo una
relación de amor-odio en la que por supuesto siempre prevalece el amor. Pese a
todo, quiero, amo a La Laguna.
Algún lector le comenta sobre manual o
libro de retórica que parece haber inserto en la novela (por supuesto es broma), ¿pero es –dígame usted- un juego que tiene con su lector?
Esta
novela es una novela que Santiago está escribiendo para ver si con ella gana
algunos pesos. También se trata de un viejo recurso narrativo. Lo que hice fue
un énfasis en la relación realidad-literatura: dentro de mi novela realista el
personaje reflexiona cómo entra la realidad a su libro. Es un tema que siempre
me ha interesado. Sé que muchos escritores y lectores están en contra del
realismo fotográfico, realismo que para mí es imposible, pues la realidad es
infinita y simultánea, y la literatura es finita y diacrónica. En la
literatura, por más realista que sea, siempre hay un componente subjetivo que
tijeretea, que altera, que deforma la realidad. O sea, no existe literatura
realista aunque la apellidemos así.
El Grudelp y los textos vueltos a recordar
o a insertar en la novela, son también parte de una intención de estilo, pero
¿han sido notados por los lectores?
En
Parábola... hay algunas alusiones a
textos reseñísticos, poéticos, e incluso sobre la novela misma. Su personaje
eje es un escritor, así que me pareció prudente que entre sus andanzas
aparecieran opiniones sobre la literatura y el mundillo literario/periodístico
en el que se desenvuelve.
¿Qué dijeron los miembros del jurado del
premio como el Rafael Ramírez Heredia (Eugenio Aguirre, Óscar de la Borbolla y
Hernán Lara Zavala)?
Resaltaron
sobre todo el humor y la fluidez de la narración. Me dio gusto leer ese
dictamen, pues es algo que traté de imprimir en el relato.
¿Cuáles fueron los argumentos para
otorgarle ese premio?
Esos,
precisamente. Creo que les agradó el ritmo de la novela y el sustrato entre
tristón e irónico que traté de convocar.
¿Cuál es su percepción de los índices de
lectura en Torreón, en su región?
No
son diferentes a los de otras regiones del país, es decir, son bajos. Creo que
ahora se lee más gracias a las redes sociales. Lo malo es que se trata de
esfuerzos de lectura muy ligeros y dispersos. Los mexicanos en general seguimos
algo lejos del libro.
miércoles, septiembre 14, 2016
Cena
Sentí
el filo nervioso en mi yugular y al mismo tiempo escuché las palabras
supuestamente imperativas, firmes: “¡El dinero o lo mato!”, dijo. No le creí,
el tipo temblaba, era un principiante. Había poca luz en esa calle, otro de los
agujeros negros que adornan con su peligro las madrugadas de mi ciudad. Yo
caminaba porque el coche me dejó tirado y pensé que andar veinte, treinta
cuadras podía convertirse en una especie de ejercicio forzado a mi
sedentarismo. De pronto, las dos manos en mi cuello, el cuchillo y la frase
rompieron el paseo. “Tranquilo, tranquilo”, dije. “¡El dinero o lo mato!”,
repitió. Le expliqué rápido que permitiera mi movimiento, que aflojara un poco su
mano y su cuchillo para sacar mi billetera. “Tranquilo, amigo, no haré nada, tranquilo”,
insistí. Yo estaba seguro de que era un principiante, y en tal corazonada fundé
mi temor. Un profesional no mata al asaltar en la calle, mientras que un
principiante puede matar en cualquier situación, ante cualquier mínima amenaza.
En eso ocurrió algo sorprendente. Era mi día, o mi noche, de suerte, y yo que
pensaba en lo contrario cuando el Tsuru ya ni siquiera dio marcha. El tipo
aflojó la mano izquierda que me atenazaba el cogote, retiró el cuchillo y
cuando pude voltear ya estaba semihincado, gimiendo como mocoso. Escuché unos
estertores y luego otras palabras: “Perdón, señor, váyase, yo no sirvo para
robar”, dijo y soltó un gimoteo más fuerte. Quise caminar, pero me detuvo la
curiosidad, el deseo de ver su rostro. “¿Puedo ayudarte en algo?”, le pregunté.
“No, sólo tengo mucha hambre”. Me compadecí: “Mira, ten, cien pesos”. Por fin
levantó la cara. Era flaco, tenía los ojos hundidos, la edad indescifrable de
los apabullados y la ropa muy sucia. “No, señor”. Tras rechazar mi dinero, le
ofrecí otra opción: “Vamos a la plaza, allí siempre está el carrito de los hotdogs,
te disparo los que quieras”. Afirmó con la cabeza, dejó de gimotear y
comenzamos la caminata de tres cuadras hacia la plaza. Un rato después, el tipo
engulló, en silencio y casi sin respirar, nueve hotdogs con todo. Al
despedirnos pensé en lo obvio: es increíble que no me haya matado con esa
hambre y esa incapacidad de principiante.
sábado, septiembre 10, 2016
Diario
Trabajar
en bienes raíces tiene siempre algunas desventajas: 1) se negocia con clientes
de dinero y por ello caprichosos; 2) se depende de los vaivenes del mercado
inmobiliario; 3) hay que mostrar casas y locales a las horas más inoportunas, y
4) se gana bien sólo después de mucho tiempo acreditando el nombre o la marca
del corredor. También tiene, es innegable, algunas ventajas: 1) pueden cerrarse
buenas ventas simultáneas; 2) ya con prestigio obtenido es posible contratar empleados
y sólo recibir las comisiones, y 3) como uno conoce el negocio, con el tiempo
es posible comprar, vender o rentar lo propio. No me quejo, pues, pese a que he
tenido malas rachas. Entre los beneficios de este giro profesional está uno más
pequeño, pero beneficio al fin. Parte de los bienes que tengo en casa son un
plus de los bienes raíces. Por ejemplo mi cama de caoba. Cualquiera que la vea
pensará que me costó un dineral, y no, la obtuve gratis. Estaba en la alcoba de
una casa que vendí, y era del abuelo del joven dueño, quien la heredó; al
momento de cerrar su trato pregunté qué hacíamos con esa inmensa cama, y el
muchacho me dijo sin mayor conflicto: “Yo me voy a Nueva York, haga lo que
quiera con ella, tírela o quédesela”. Y me la quedé. Y así ha pasado con otros
objetos de valor: un mesón, dos libreros, dos candiles, muchos libros, un
hermoso biombo y hasta una tina de baño de estilo porfirista, todo gratis
porque sus dueños estaban urgidos de vender la propiedad, no los vejestorios
que había dentro. Pero no todo es buena presa. Hoy acabo de vender una
propiedad y en ella quedó un buró desvencijado, polvoso y lleno de papeles.
Según la dueña, era de su hermana fallecida seis meses atrás. Había un diario y
comencé a hojearlo. Me asombró. Con letra arrebatada pero legible, la mujer había
diseñado un plan tan macabro como descabellado: aniquilar a toda la humanidad.
Sí, así como se oye: aniquilar a toda la humanidad. El título no mentía, y el
contenido menos. Por supuesto, a medida que volví las hojas noté que era un
apretado racimo de sandeces que hoy conservo solo como curiosidad. No es común
hallar proyectos de este inmenso calibre. Todo por los bienes raíces.
jueves, septiembre 08, 2016
Ojos en la sombra con Nazul
Nazul Aramayo, joven escritor lagunero, me entrevistó hace un año para la revista digital Suplemento de libros. El tema fue Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). Refriteo aquí el diálogo con agradecimiento retroactivo a Nazul y al Suplemento...
—Desde que recuerdo, en las
sesiones del taller literario, hacías énfasis en narrar de lo que sabemos y
desde donde estamos. Noto en los libros Las
manos del tahúr, Parábola del moribundo y Ojos en la sombra que también los nutre eso que nos decías. ¿Se ha
vuelto una especie de consigna para ti o por qué el énfasis en contar historias
fuera de cualquier relumbrón cultural?
—Uno puede escribir sobre lo que sea, esa es decisión de cada quien y es
imposible coartar algo que parte del gusto, es decir, de la subjetividad más
profunda. Lo que sugiero en los talleres literarios —en la idea de que son eso,
talleres literarios, es decir,
espacios para el aprendizaje de la escritura sobre todo de jóvenes— es que al
menos en los primeros intentos los concurrentes no busquen temas exóticos,
lejanos en el tiempo y en el espacio a su experiencia personal. Se supone que
en esa etapa no sólo se está afinando la escritura en sí, es decir, el oficio
sutil de entretejer palabras con malicia e intención digamos estética, sino que
también se está escapando del huevo, se está madurando. El joven, al llegar a
un taller, carece no sólo de las herramientas técnicas de la escritura,
desconoce lo que puede hacer con las palabras si las organiza de un modo o de
otro; también, como joven, es muy probable que no haya sido atropellado por
nada y esté lejos de la angustia laboral, de los fracasos amorosos, de la
resignación matrimonial o del divorcio, de los tropiezos filiales, de los achaques,
del desaliento político, de la cercanía de la muerte propia y la certeza de la
ajena, del tedio, de la desesperanza. Lo que le queda por contar, entonces, es
lo que tiene más a tiro de piedra, los conflictos de la escuela, la amistad, la
relación con sus padres, hermanos y amigos. Eso es lo más práctico, lo que
suelta más rápidamente la mano del aspirante a escritor al menos para los
propósitos siempre un tanto apresurados del taller. Esto no significa, por
supuesto, que haya impedimento alguno para que un joven tallerista escriba en
primera persona el relato del alienígena intergaláctico o el del viejito
abandonado por todo mundo cuando le pega cáncer de próstata. El joven escritor
tiene derecho a tratar el tema que guste, pero no sé si los resultados van a
ser los mismos si escribe sobre algo que le atañe o sobre algo que le queda a
miles de años luz o a cuatro o cinco décadas de distancia vivencial.
—Aunque el tono es humorístico
hay algo de nostalgia. Las historias suceden en gran medida en los 80, hay una
sensibilidad, en algunos, más propia de los 70. Se lee una ciudad que en
algunos aspectos ya no existe pero en otros parece que se detuvo en el tiempo y
repite lo de décadas pasadas. ¿Cómo fue tu relación ciudad-recuerdo para crear
los cuentos que ahora leemos?
—Cuando un escritor maneja el humor no puede reconocerlo campechanamente,
pues corre el riesgo de parecer pedante. Por eso es común que escritores como
Ibargüengoitia hayan rehuido a la etiqueta de “humoristas”, dado además el
prestigio intelectual que tiene la seriedad, la sobriedad, la gravedad,
asociados más comúnmente con la inteligencia. En mi caso no rehúyo la etiqueta,
pero me incomoda que me obliguen a hablar sobre el “humor” de mis relatos, si
es que lo hay (esto es en sí un tanto humorístico, pero no puedo evitarlo).
Ahora bien, dados mis intereses de lector, siempre he encontrado placer en
autores que saben trabajar con el humor en sordina, no desparpajado, sino
sutil, expresado en mil detalles ocultos en su prosa, en las peripecias que
diseñan, en el tono general de sus libros. El Quijote sería el primer gran
ejemplo del humor que me complace. Ese mismo humor, o parecido, lo leo en
escritores que he tenido cerca como Carpentier, como Rulfo en muchos cuentos de
El llano…, como Borges, quien llevó
la ironía al más alto sitio al que se puede llegar en ese rubro, hasta la
fecha, en América Latina. En mi caso aplico un recurso que aquí, para
abreviarlo, llamaré “pendular”: procuro que mis textos se muevan, oscilen,
entre eso que denominan humor y el otro lado: la tristeza, la desdicha, la
“nostalgia” que mencionas. A veces salen más cargados a un lado que a otro,
pero eso no depende de mí sino del tema o del estado de ánimo que tuve al
momento de escribir. No sé. Por otra parte, y en respuesta a la segunda vertiente
de tu pregunta, escribí esos cuentos en los años previos a mi onomástico
cuarenta. No fue deliberado, pero ahora que me lo planteo retrospectivamente puede
ser que estuve saldando cuentas con mi pasado, con mi juventud y mis primeras
caídas de adulto. Provengo de una etapa poco dada al desenfado ideológico del
nuevo milenio, todavía milito políticamente, tengo un lado “serio” y
sesentero-setentero que pesa bastante, y supongo que eso se nota en varias de
mis historias. Hoy a muchos escritores les apenan las etiquetas, que les digan
“de izquierda” y todo eso. A mí no; podré ser escéptico, podré sentir
desaliento, pero me queda claro que las ideas de mi juventud no fueron sembradas
en broma y siguen siendo útiles para contrapesar, al menos en mí, el alud de
inhumanidad que nos rodea y al que por cierto le sienta de maravilla la
indiferencia que no comparto. En cuanto al entorno lagunero dominante en mis
relatos, lo mismo: mis personajes se mueven más a gusto en La Laguna
simplemente porque aquí le tocó vivir a quien los creó.
—Como escritor ¿qué tanto nutren
o estorban los trabajos periféricos, como los que realizan los personajes, en
tu creación literaria?
—Ya que no puedo vivir de la literatura, siempre he tratado de trabajar
en espacios que no me coloquen demasiado lejos de ella, es decir, en
universidades, revistas, centros culturales y en casa, de freelance, como redactor, corrector, editor... Eliminadas dos
módicas becas estatales, cada una de un año, jamás he tenido patrocinios para
escribir, así que en realidad he vivido toda mi vida laboral con dos chambas:
la alimenticia y la literaria; soy pues el mecenas de mi propio destino de
escritor. Esto de las dos profesiones no ocurre en otras: el plomero es
plomero, y vive de eso, así como lo hacen el médico, el contador, la dentista,
el ingeniero, la modista, el comerciante. Dado el estatuto un tanto nebuloso de
la profesión de escritor (al menos donde vivo), uno sufre la condena de la
invisibilidad laboral, por eso pasa con frecuencia que me pidan algo así: “Mi
sobrino de quince años escribió una novela sobre dinosaurios y me gustaría que
la leyeras para que le digas si es buena o no; sólo son como 200 páginas”. Es
muy difícil explicar en estos casos que uno no desea leer eso, que si uno
tuviera tiempo libre leería a Víctor Hugo o a Emerson, y que si lee algo que
está al margen de sus intereses debe ser por trabajo, con un pago de perdida
simbólico. Pues bien, cuando uno, titubeante, trata de explicar esto, parece un
mezquino, un verdadero miserable, como no parece mezquino ni miserable el
médico cuando vamos a una consulta y nos cobra honorarios. Todo este circo de
la supervivencia ha entrado a mis relatos porque está en mi experiencia y
porque tiene también algo de tragicómico, de picaresco en el sentido quevediano
de la palabra.
—¿Por qué escribir sobre el
escritor si, como en “Papá Matías” se afirma que “La literatura no sirve para
nada por acá, sólo para ocasionar problemas?
—Esto tiene relación con la respuesta anterior, pero antes debo instalar
una nota al pie de página: mis personajes opinan por su cuenta, sus pareceres
no necesariamente son los míos. El personaje de ese relato es un pesimista, un
tipo que de antemano se sabe condenado a la mediocridad, al fracaso, y que por
una misteriosa razón (todas las razones que nos mueven a hacer algo son
misteriosas) sigue intentando escribir. Lo único que hice fue llevar al
extremo, en ese personaje, un sentimiento que yo tengo sobre los beneficios que
deja la literatura en un páramo como el lagunero: dos o tres apapachos de los
amigos, cierto orgullo familiar, algún pequeño espacio laboral, unos cuantos
pesos y fin. Todo lo demás son problemas, inadaptaciones por ejemplo a lo
fiscal, rezagos, broncas sobre todo cuando, como en La Laguna, no hay un flujo
intenso de energía cultural y por ello no se ha alcanzado un estatus de
profesionalización siquiera decoroso para actividades como la mía de escritor e
incluso de editor, corrector, maestro. A esta hora, luego de 35 años dedicados
a la literatura, con cientos, miles de cuartillas comprobadamente publicadas en
libros, revistas, periódicos e internet, mis números materiales son apenas
grises, no negros, pero por razones otra vez misteriosas creo que he hecho lo
correcto, que el precio de seguir escribiendo ha sido rodearme de problemas que
otros a mi edad, como dice el personaje del cuento que mencionas, ya tienen
resueltos.
—A propósito de “Puentes”, la
última sección del libro: ¿por qué trazar vasos comunicantes entre las
tragedias latinoamericanas como la de Argentina y Chile con la cotidianidad que
vive un lagunero?
—Desde hace muchos años, casi podría decir que desde que leo, he sentido
una gran identificación con la realidad y los problemas de los países
latinoamericanos. No soy indiferente a sus historias, al desgarramiento de sus
territorios, de sus economías, de sus hombres y mujeres. De joven me interesé
mucho por la crónica de Indias, me enteré cómo nacimos, cómo desde entonces
hemos sido saqueados casi hasta el exterminio, cómo desde la conquista somos un
estorbo paradójicamente funcional para las grandes potencias. Eso no es
demagogia. Nuestros razagos, visibles cuando apenas damos un paso en la calle o
nos internamos en cualquier barrio o ejido, obedecen a miles y miles de pequeños
actos de violencia perpetrados por naciones foráneas y por sus esbirros
autóctonos. No otra cosa es para mí, hoy, Estados Unidos y el gobierno
mexicano, por citar sólo el ejemplo que tengo más al alcance de mi asco. Pues
bien, dos de los países cuya historia mejor conozco son Argentina y Chile, y a
estos añadiría Cuba. Con el primero de estos países he mantenido una relación
muy intensa en los años recientes, como de 2000 a la fecha. He leído mucho
sobre su, espero, última dictadura, sobre los problemas que vinieron luego de
que cayó y del momento para mí alentador que los sorprendió con la llegada, en
2003, del kirchnerismo. ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno que condenó
por fin a los militares genocidas? ¿Cómo no estar de acuerdo con un gobierno
que, como pocos, ha dado la pelea contra un grupo mediático como Clarín? Toda
proporción guardada, es como si los gobernantes en México por fin decidieran
poner un alto a las porquerías de Televisa, cosa que estamos lejos de ver. Así
pues, un poco azarosamente me salieron tres o cuatro cuentos que tenían, como
dices, vasos comunicantes entre las realidades argentina, chilena y méxico-lagunera.
Puede parecer un atrevimiento o una ingenuidad, pero para mí nuestras
realidades acusan muchas simetrías y pueden ser tratadas literariamente sin
desbarrar.
—En tu “Palabra final” mencionas
“no deseo trazar historias deshuesadas, ‘prosa poética’, ocurrencias pasadas de
contrabando como cuentos”, ¿consideras que ya no se escribe cuento clásico o
que ya no se buscan los mecanismos lingüísticos para soportar una estructura?,
¿por qué consideras necesario acatar las reglas del cuento clásico?
—Creo que traté de dejar claro en esa “Palabra final” que en mi libro
procuré (ojo, en mi libro) ceñirme a
la idea —no mía— de escribir cuentos de una manera no suelta, relajada, desenfadada,
sino de acatar las nociones que han caracterizado al género de unas décadas a
la fecha. Y no estoy en contra de ningún formato, de ningún molde ni de ninguna
cruza experimental. En lo que discrepo es en pasar de contrabando (usé tal
palabra: contrabando) un formato cuando en realidad es otro. Sé que sueno
rígido en esto, pero sería la misma rigidez decir que a un perro le digamos
perro y no rinoceronte, o decir que a un libro le digamos libro y no
refrigerador. Ni el libro ni el refrigerador son buenos ni malos en sí, no se
contradicen, son sólo objetos distintos, y es lo mismo que pienso sobre el
cuento-cuento y la prosa poética. Está bien romper las reglas, desbaratar, pero
siempre debemos mantener alguna mínima certeza. El dadaísmo sólo funcionó una
vez.
—¿Por qué el título Ojos en la sombra? ¿A qué se refiere?
—A mí me gustan casi todas las palabras, pero unas más que otras, como a
cualquiera. Entre las que me gustan mucho está “sombra”. Tiene la misma
sonoridad que “lumbre”, palabra que coloqué en el título de mi primer libro,
publicado en 1990. Usé “sombra” aquí, en primer lugar, porque me gusta su
sonido, y en segundo, porque pensé en una especie de metáfora: el escritor es
un sujeto que mira desde el margen, que observa a veces sin ser visto, que da
testimonio desde la oscuridad. Sus ojos son pues unos ojos no observados, unos
ojos en la sombra.
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