jueves, mayo 31, 2012

Lo eludible, lo ineludible



Dispensen la obviedad
pero podemos eludir
al patrón
al cobrador
al Estado
al calor
al perro
al frío
otra vez al cobrador
al policía
al ladrón
al cáncer
al motociclista
al catarro
a la suegra
al pesimista
al optimista
a la esposa
al tedio
al esposo
al otro cobrador
a la mosca
al reguetón
al libro
al demagogo
al trabajo
al enemigo
al siquiatra
a doña Petrita
a dios
al diablo
nuevamente al cobrador
a todo
salvo
(de nuevo dispensen la obviedad)
salvo la hora de nuestra muerte
amén

Nota: tomé la foto que ilustra este post en el cementerio de Sierra Mojada, Coahuila, el 26 de mayo pasado. Me impresionó la contundencia del cemento, el peso de lo concreto sobre la abstracción de la muerte.

miércoles, mayo 30, 2012

Medio siglo de cronopios y de famas



Muchos años hace que la crítica y ciertos escritores y lectores han asumido como deporte o mero entretenimiento matar al boom. Lo han matado muchas veces, pero el boom no sólo ha sobrevivido a esos flechazos, sino a otros acaso peores, como las malas aunque bien intencionadas imitaciones, o la producción ulterior de quienes protagonizaron aquel amorfo o muy bien pensado movimiento literario que estalló a principios de los sesenta y dejó obras cuya vigencia nos permite visitarlas o revisitarlas sin el trauma de que perdemos nuestro tiempo.
Cierto que el boom fue un rótulo sobreexplotado por el comercio y la crítica, pero eso no es culpa de los autores allí afiliados y, menos, de sus obras. Hoy nos puede caer muy pesado García Márquez, o ideológicamente repugnante Vargas Llosa, o desigual el recién ido Carlos Fuentes, o ya muy lejano el lejano e inextricable Carpentier, pero es un hecho todavía incuestionable, creo, que su irrupción artística fue un hito y sus obras, sus mejores obras, desafiaron lo que hasta ese momento habían propuesto las letras latinoamericanas no solo a nuestra América, sino al mundo entero.
Fuera del macanazo propinado por Darío a finales-principios del XIX-XX, la literatura latinoamericana había sido hasta mediados del siglo anterior una especie de eco siempre tardío de las realizaciones europeas. Esto se explica no sólo por el papel tutelar, económica y espiritualmente colonialista, de Europa sobre América, sino también por la lentitud de las comunicaciones. Mientras el Romanticismo hacía furor en el alma de los artistas europeos, las colonias de ultramar comenzaban apenas a desperezarse de su amplia dependencia virreinal. Cuando aparecieron los primeros románticos americanos ya en Europa jugaban con otras cartas, y así hasta bien entrado el siglo XX, pues incluso las vanguardias latinoamericanas no fueron otra cosa que meras y divertidas emulaciones, a veces verdaderas calcas, de lo que hacían los artistas en el viejo continente.
Aunque heredero de tradiciones foráneas, el boom fue más que una repercusión. Es verdad que retomó técnicas que poco antes habían invadido la narrativa norteamericana y europea, pero también es cierto que por primera vez algunos escritores latinoamericanos comenzaron a trabajar sin complejos de inferioridad e innovaron y se adentraron en experimentaciones que antes sólo parecían permitidas a los artistas de mayor edad, a los europeos, sobre todo. Lo asombroso no fue tanto el nacimiento de una obra deslumbrante pero aislada. Lo que fascinó tanto al lector como a la crítica fue, creo, la simultaneidad, el hecho impresionante de que al mismo tiempo, sin un aparente caldo de cultivo, casi como quien da una patada a la puerta de la gran literatura, un grupo más o menos numeroso de escritores comenzó a notarse en todos lados. El mercado, es indiscutible, los favoreció y se favoreció con sus obras, pero más allá de los pesos y los centavos de ganancia nos quedaron obras que, sumadas y valoradas hoy por su contenido, no tienen equivalente en otra etapa de la historia literaria de América Latina. Fueron, sobre todo, novelas, pero también, con ese poderoso remolque, jalaron cuentos, ensayos literarios y políticos, e incluso hasta poesía, pues de golpe los ojos de la crítica no latinoamericana puso más atención en las letras de nuestro continente espiritual.
La lista de autores, más amplia de lo que suponemos, forma un conjunto de obras que apabulla. Un solo miembro de los imprescindiblemente mencionados como navegantes del boom (Cortázar, por ejemplo) es en sí una literatura. El cómputo de sus obras equivale a miles de páginas en las que un hombre, ese argentino nacido en Bélgica y naturalizado francés, construyó un mundo que hasta la fecha, si nos despojamos de aniñadas rijosidades, es todavía un rico universo de tramas y personajes, de apuestas por el juego y desafíos a la lógica. Por eso digo: a esos autores no es posible matarlos con berrinches, con exabruptos de renovador deslumbrante, sino con obras que sean definitivamente mayores o, mejor, no hay que matarlos, sino asimilarlos como parte de nuestro patrimonio, un patrimonio al que le podemos sumar lo que queramos luego de que el boom dejó de ser el pan de cada día en la literatura latinoamericana.
Adrede mencioné a Cortázar porque es indiscutible que él fue, junto a tres o cuatro más, pináculo del Boom, pináculo de ventas y pináculo en todos los demás sentidos que queramos darle a esa metáfora orográfica. Han pasado sesenta, cincuenta, cuarenta años desde que aparecieron sus libros y muchos de ellos mantienen no nada más vigencia, sino clientela, que es a final de cuentas lo que le importa al frío mercado. Sabemos por ejemplo que, pasado el furor sesentero-setentero, Rayuela sigue siendo reeditada. Lo mismo pasa con Bestiario, con Final del juego, con Las armas secretas, con Deshoras o, en suma, con todos los libros de cuentos compilados en dos (o tres, según el sello editorial) gruesos volúmenes de su cuentística total. Uno de los libros ya entrados en años, cincuentón para más señas, es Historias de cronopios y de famas, publicado originalmente por la editorial Minotauro, de Buenos Aires, el 30 de mayo de 1962, hoy hace exactamente cincuenta años. No se trata de un libro caduco, olvidado, puesto ya en el museo de los triques al que suele ser condenada la mayor parte de los libros. Historias…, al contrario, es uno de los títulos más concurridos del argentino, y no está de más afirmar que el mote con el que identificamos a su autor proviene precisamente de esa obra: Cortázar es el “cronopio” porque tal fue el neologismo que más pegó, la palabrita que ahora, cincuenta años luego, identificamos con el totémico autor de Rayuela.
Historias… es un libro peculiar no sólo en el contexto de la obra cortazareana. Pocas creaturas había de su tipo en el momento de su aparición, y puedo asegurar que sigue siendo un objeto literario de suyo raro, tanto que así, de golpe, no se me ocurre otro para compararlo. Tal vez, no sé, alguno de Arreola, o de Monterroso, o uno de Filisberto Hernández o de Macedonio Fernández. Pero Historias… es uno de esos libros que son una prueba de permanente renovación. Aún hoy, leído de cabo a rabo, uno sale de allí con la sensación de desconcierto, de gozoso desconcierto. Está en la fantasía, en el desenfadado surrealismo que propone. Es disparatado, pero al mismo tiempo internamente lógico. Su prosa es poética, pero también transpira un coloquialismo que nos aproxima a la voz callejera.
Sabemos que Historias… está dividido en cuatro estancias: “Manual de instrucciones”, “Ocupaciones raras”, “Material plástico” e “Historias de cronopios y de famas” ¿Qué quiso decir Cortázar con estos textos? ¿Hay algún propósito simbólico en ellos o es sólo un desafío a las leyes de la lógica, un clavado en las más profundas aguas del ludismo? Creo que una clave para entender Historias…, y en general a casi todo Cortázar, está en su noción de lo fantástico, como lo declaró alguna vez en una conferencia: “Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico (…) ese extrañamiento está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de viento interior…”.
Historias…, pues, es la zambullida más honda en esa concepción de lo fantástico, pues aquí el argentino camina con libertad por las calles de Buenos Aires y al mismo tiempo convive con un mundo completamente ajeno, interior, rico en insinuaciones y espeso de imágenes desconcertantes y maravillosas, arraigadas en el mundo del subconsciente.
Su vigencia está allí, precisamente: este libro prueba que junto a una obra atornillada a la realidad, al drama humano (el cuento “Reunión”), puede convivir una obra libérrima, jubilosa en la exploración de lo fantástico, risueña y digna de sobrevivir cincuenta, sesenta, muchos años, los que quiera tardar para convertirse en clásica.

Comarca Lagunera, 25, mayo y 2012

martes, mayo 29, 2012

Conferencia sobre Garibay

Cocteles de Emiliano



Los tuits son, como decíamos en los tiempos del cólera, "maquinazos", textos que salen del teclado y se van al ciberespacio sin mayor revisión. Tienen algo, por ello, de la "escritura automática" que practicaron los surrealistas para que emergiera el subconciente en estado puro o al menos sin el estorbo adulterante de la razón, de la conciencia.
No quiero decir que este tipo de textos sirva para hacer radiografías acabadas, pero deja ver hebras de personalidad, rasgos del talante. Quien escribe un tuit deja en ese palmo de terreno algo, pequeño quizá, de su ser interior, de su índole. Tiene tan poca importancia un tuit ocasional que, sin advertirlo, porque no es peligroso, dejamos allí algunas huellas digitales de nuestra alma.
Pienso lo anterior debido a un par de tuits escrito por Emiliano Salinas Occelli, hijo del ex presidente Salinas de Gortari. No sigo su cuenta, no me interesa ni siquiera por morbo, pero a propósito de su reciente exposición mediática alguien retuiteó un mensaje suyo y me asomé a ver algunos tuits de @salinasemiliano. Uno de ellos, fechado el 13 de mayo de 2012 a las 20:42 horas, opina desde un Blackberry lo siguiente: “@salinasemiliano: La terminal 2 del Aeropuerto Benito Juarez huele sucesivamente a pies, a basurero, a vómito, y a caño. Qué coctelito de bienvenida!”
En ese puñado de caracteres hay mucha información, más de la que podemos imaginar a simple vista. Primero, lo habitual: que Emiliano no tiene cuidado formal al escribir un tuit, lo que a estas alturas importa poco. Dice, por ejemplo, “sucesivamente”, pero quizá quiso decir “simultáneamente”, pues un coctel es simultáneo, no sucesivo. La tilde faltante de “Juarez”, la coma de más al final de la enumeración y el huérfano signo admirativo de cierre son los otros tres gazapos. Pero en fin, escribir con desenfado es lo común en las redes sociales. Eso no importa, o al menos no importa a la abrumadora mayoría, así que mejor olvidarlo.
El sentido del tuit es lo llamativo. Sabemos que Emiliano Salinas anda en pose de activista, indicando a la sociedad cuál es el camino para salir del túnel, orientando a muchos seres extraviados en la oscuridad, conferenciando aquí y allá, siempre en foros concurridos, lo útil que es seguir los Importantes Consejos que él disemina con extraordinaria y buena onda actitud. El apellido que le dio su todopoderoso padre nos hace presuponer que tiene puertas abiertas por doquier; si ocurre lo contrario, no es ilógico pensar que con dinero queda salvado casi cualquier obstáculo. Se supone pues que el plan en el que hoy opera Emiliano, siempre ante públicos ad hoc, es frontalmente redentorista, solidario con toda la perrada que no tuvo la suerte de poseer su claridad de pensamiento, esas herramientas cognitivas forjadas en las mejores universidades del mundo o a la sombra del sagaz Innombrable.
Pues bien, el solidario y buenísima onda Nuevo Redentor Político y Social dijo que “La terminal 2 del Aeropuerto Benito Juarez huele sucesivamente a pies, a basurero, a vómito, y a caño. Qué coctelito de bienvenida!”. Nótese que conoce el país, que el aeropuerto, un lugar pulcro y de privilegio, un sitio de lujo para la mayoría, a Emiliano le parece una zahúrda. ¿Imaginará siquiera lo que es el olor a patas, a basurero, a vómito, a caño cuando de veras huele a todo eso en los miles de sitios carcomidos por la miseria en este país y en muchos más de todo el mundo? ¿Sabrá el delicado Emiliano lo que es la pestilencia generada por la pobreza? ¿Cree en serio que el aeropuerto, un lugar suntuoso al que jamás accederán millones de mexicanos, es un sitio insalubre? ¿Habrá caminado, por ejemplo, un mercado popular donde la gente sobrevive a diario, sin escapatoria, entre pedos, mierdas, alimañas, malos drenajes, gargajos, inmundicias, calor y pésima ventilación? Sospecho que no, que el joven mesías cree que el aeropuerto es lo máximo en materia de incomodidad, lo máximo o al menos un lugar que no merece ningún asombro ni agradecimiento por los lujos que ofrece a quien puede pagarlos.
Un cálculo más o menos arbitrario me permite imaginar que Emiliano tiene dinero para pagarse 400 o 500 años, si los viviera, metido sin hacer nada en un yate perfecto, con la mejor comida y bebida y con cien modelos de Playboy para que le rasquen el ombligo y todo lo que él quiera. Poco o nada puede saber entonces de malos olores, de cocteles repugnantes, de incomodidades ni nada de eso. En el tuit se creyó crítico de un mal servicio, pero sólo le afloró el descomunal fresota que lleva dentro (y es por fuera).
En un tuit ulterior, luego de que le brotó el subconciente como brotan las aguas negras en los mercados del populacho jediondo, Emiliano dijo esto (17 de abril de 2012, 20:21 horas): "QUIEN MANDA EN UN PAIS, EL PRESIDENTE Y CONGRESO O LEYES DE LOS CAPOS?"/ Ninguno, los ciudadanos son quienes mandan." Nótese que aquí se las da de demócrata, que aquí quiere demostrar que Él Está Con El Pueblo. Fallido crítico social, fallido redentor, fallido impulsor de un cambio de mentalidad. Al oírlo, al leer sus tuits, no sé por qué recuerdo aquel bolero interpretado por Bienvenido Granda ("El Bigote que Canta"): “Todo es falso, pero tú eres mucho más”.

viernes, mayo 25, 2012

Conferencia cronopia, hoy



Desde la Coordinación Editorial de Dirección Municipal de Cultura de Torreón presentamos las primeras tres conferencias del Ciclo Primeras Ediciones. A 50 años de su publicación.
Este Ciclo de conferencias inicia en el mes de mayo y continuará los siguientes meses del 2012, alternado con otros eventos que conmemorarán autores y libros clásicos de literatura.
El viernes 25 de mayo, el escritor Jaime Muñoz dará una charla sobre el libro Historias de cronopios y de famas, del argentino Julio Cortázar. Asimismo, el miércoles 30 de mayo la conferencia tratará sobre Beber un cáliz, del autor Ricardo Garibay, y será presentada por Daniel Lomas.
Los libros Historias de cronopios y de famas, y Beber un cáliz se publicaron por primera vez en 1962, es decir, están cumpliendo 50 años. Para celebrar este aniversario editorial, en las conferencias se conversará de cómo fueron recibidas en el momento de su publicación y qué es lo que ha sucedido con ellas después de varias décadas. También se abordarán a sus autores y se tratará su vigencia en las letras latinoamericanas.
Las charlas se llevarán a cabo en la Biblioteca José García de Letona, ubicada en la Alameda Zaragoza en la ciudad de Torreón, a las 19:00 horas.

jueves, mayo 24, 2012

Del tuiter @rutanortelaguna

Sin pensarla mucho, también como viene el balón, en el aire y de volea, he habilitado en mi tuiter cierta cantidad de trabajo icónico. Es el lado gráfico que me fue vedado en la mano y que ahora, con la compu, puedo desarrollar sin mayor ambición, sólo la de jugar y de paso ejercer algo de crítica. Hoy colgué la siguiente imagen con el texto "¡Amiguito!, halla las diferencias en el juego 'Siempre la misma mierda' ¡y retuitéalo a tus cuates!". Poco a poco iré subiendo a este blog y a Facebook lo que trepo a la cuenta @rutanortelaguna

miércoles, mayo 23, 2012

Futuro que fui



Veo a mi hija de dos años
y pienso en su futuro
en su inasible futuro

Vive en el presente
en la eternidad de este momento
en sus muñecas de plástico y pelos enmarañados
y en sus balbuceos de color blanco

La veo y pienso en su futuro y la imagino grande
y alta y hermosa
lúcida y sonriente
pese al horrible mundo que hoy es el mundo

¿Alguien pensó en mi futuro
cuando yo, entre canicas y luchadores, vivía en la eternidad?
¿Lo he defraudado?

Comarca Lagunera, abril, 2002

martes, mayo 22, 2012

Fiesta en pausa



Adriana Vargas y Julián Parra, editores de la revista Metrópolis, me convidaron a funguir como "editor invitado" para su número de tercer aniversario. Entre otros materiales preparé el siguiente texto como "presentación". La parte que "edité" trata sobre el bajón de la fiesta lagunera, el silenciamiento de la vida nocturna en esta región otrora efervescente de convivencia callejera.

Este número celebrante de Metrópolis ofrece en su primera parte un puñado de textos sobre la actual realidad de la fiesta lagunera. No es, por supuesto, un trabajo concluyente, sino una reflexión a vista de pájaro sobre el fenómeno de la violencia y sus consecuencias más inmediatas y evidentes. Digamos que se trata entonces de un reflector puesto sobre el hecho incontestable de que algo pasó, de que en menos de una década —y sobre todo durante el sexenio sangriento que todavía no hace su fúnebre corte de caja— los laguneros asistimos al horrible espectáculo de un vandalismo que arrasó con buena parte de nuestra convivencia, sobre todo de la nocturna.
Así como era imposible pronosticar una devastación como la que padecemos, es ahora imposible saber si podemos abrigar la esperanza de la recuperación. Los pesimistas dicen que no, que ya nada volverá a ser lo mismo; los optimistas aseguran lo contrario y piensan que la jauja parrandera volverá por sus fueros, que los malos tiempos se irán y regresaremos al estadio de tranquilidad que hizo de La Laguna uno de los sitios espiritualmente más acogedores del país.
Tres textos desarrollan el asunto. El primero, un recorrido de Reginaldo Díaz por la circunstancia de la noche en este momento, un diálogo de reportero con la realidad que hoy vemos sobre todo en el primer cuadro de la ciudad de Torreón, nuestro querido centro histórico ahora en penurias.
El segundo es un artículo del escritor Vicente Alfonso, lagunero radicado desde hace cerca de diez años en el Distrito Federal. El joven escritor apunta, con la excelente prosa que lo caracteriza, la paradoja con la que se encontró luego de cambiar su residencia, una paradoja que ahora lo señala allá, en el DF, como nativo de tierra bárbara.
Un fragmento de mi novela Parábola del moribundo es el tercer y último apartado de esta sección. Conlleva un apunte previo, así que no me extiendo más en esta presentación.
Sólo agrego mi agradecimiento al colectivo de Mertópólis por su amable invitación. Espero que el tercer aniversario de la revista coincida con el renacimiento esperado de nuestra querida comarca y su abundante y deseable fiesta.

lunes, mayo 21, 2012

Cien días de chamba



Vicente Alfonso, escritor y periodista lagunero, me entrevistó para nutrir hoy su columna "El Síndrome de Esquilo" publicada en El Siglo de Torreón. He aquí sus preguntas y mis respuestas. El plano que complementa este post ilustra lo que digo un poco más abajo: el centro histórico de la ciudad tiene por suerte muchos centros culturales; el Oriente, hacia donde ha crecido Torreón, como lo marco en el polígono rojo, no tiene infraestructura cultural. Las marcas verdes corresponden a espacios universitarios privados importantes (la UIA y el Itesm) y el cuadro anaranjado a la UAdeC. El triángulo amarillo grande es el lugar en el que yo propondría establecer, por su equidistancia de muchas colonias populares, el primer centro de iniciación de las artes del Oriente de Torreón.

¿Cómo evaluarías, en tres líneas, estos primeros cien días de trabajo como Director de Cultura de Torreón?
Ha sido una experiencia dura y enriquecedora al mismo tiempo. Al llegar a la DMC noté que había una gran inquietud por conversar de parte de la comunidad cultural local. Muchos querían plantear proyectos y solicitar apoyos, y algunos cuantos, también, compartir su trabajo de manera solidaria. Me di poco más de un mes para recibirlos, para no dejar a nadie fuera del diálogo (creo que en la oficina platiqué con más de cien personas durante ese primer mes). A la par configuré mi proyecto, vi que en general, como siempre, el presupuesto es limitado en relación con el tamaño de la ciudad y con las solicitudes de la comunidad artística, pero también vi que se podía hacer algo importante y novedoso: seguir con los llamados “eventos”, las presentaciones, las exposiciones, todo eso, pero al mismo tiempo comenzar, apenas comenzar, con lo que considero la idea clave de mi paso por la DMC: jalar hacia el Oriente. Forzado por su geografía, dado que no puede crecer hacia la sierra de las Noas ni hacia el lado de Durango, nuestra ciudad ha crecido espectacularmente hacia el nor, centro y suroriente. Allá está ahora, mayoritariamente, la vivienda, la industria y el comercio de la ciudad, pero a esto no se le ha aparejado infraestructura cultural. Mi idea es ésta: poner en la agenda de las políticas públicas culturales de Torreón la urgencia de llevar cultura hacia el Oriente, de considerar que en diez o más años debe haber, sin falta, centros culturales equivalente, o más grandes si es posible, a los que ya tenemos por suerte en el centro histórico. Por lo pronto, apelé a la inquietud de varios maestros que ya están dando clases de arte en espacios prestados del Oriente. Es un primer paso y ojalá las administraciones culturales vendieras puedan darle seguimiento.

¿Ha cambiado tu visión de la ciudad?
El cargo en la DMC me obligó a pensar de otra manera. Cuando uno está fuera piensa que todo es más sencillo. Al llegar aquí noté que la ciudad es muy grande, que sus problemas son muchos y que mientras construimos algo debemos luchar para abatir inercias. Una de ellas, por ejemplo, es la que establece que la cultura siempre debe operar con tajadas muy pequeñas del pastel presupuestal. Y sí, de la noche a la mañana la ciudad creció en mi interior.

¿Ha cambiado tu visión del círculo de creadores de Torreón?
No tanto. Hay mucha inquietud y mucho talento, pero eso ya lo conocía, y conocía también a los creadores, promotores e intérpretes de la ciudad. Hay detalles, sin embargo, que me parecen peculiares, dignos de ser tomados en cuenta si elaboramos un estudio sobre el comportamiento cultural en la ciudad. De hecho, a lo largo de mi función en la DMC he ido tomando notas sobre la cultura local, pues sobre tal tema pienso escribir un ensayo amplio cuando termine mi responsabilidad en este espacio. Tenemos muchísimos talentos, insisto, pero también hay lastres, inercias, entendimientos tácitos muy extraños.

¿Cómo crees que influye tu labor como creador en tu labor como Director de Cultura?
No las mezclo. En todo caso, saberme escritor y haberlo demostrado aunque sea con malos libros es útil para saber que con o sin instituciones, con o sin apoyos, con o sin lo que sea, la vocación artística, cuando es genuina y poderosa, aflora. El arte es misterioso, tanto que puede nacer hasta en el desierto.

¿Cuál es el papel de la cultura en la vida de Torreón en 2012?
Si comparamos el papel actual al que tenía hace treinta años, creo que hemos avanzado. La retórica política ya desgastada dice siempre esto: “Falta mucho por hacer”. Es una obviedad. Mientras haya injusticia, mientras haya inequidad, mientras haya dolor, faltará mucho por hacer. Y bueno, no hay que repetir tanto esa frase: hay que materializarla en actos aunque sea modestos, pero actos al fin. Hay que hablar menos y hacer más.

domingo, mayo 20, 2012

Tierras del Santos



De botepronto escribí hoy, temprano, esta crónica versificada. Es una breve descripción, sencilla e íntima a la vez, sobre la región en la que juega nuestro equipo. Aunque quizá puede cuadrarle a todos o casi todos los paisanos de esta tierra, al escribirla pensé en tres destinatarios: en los niños, en los jóvenes y principalmente en todos aquellos laguneros que están fuera de la comarca por la razón que sea. Mi deseo es que los dos primeros aprendan a querer más el lugar en el que viven, y los segundos a extrañarlo con permanente apetito de volver. Tiene, pues, una aspiración más emotiva que esteticista, y para hilarla apelé a lo que bien sabemos gracias a los estudios históricos de larga duración ya disponibles, afortunadamente: que La Laguna no sólo es Torreón-Gómez-Lerdo, sino una amplia comarca donde convergen, por decir lo menos, alrededor de diez ciudades de Coahuila y Durango. Las palabras que vienen intentan deambular esos espacios, los espacios hoy vestidos de anhelante verdiblanco. La foto que complementa este post fue tomada con permiso de la web Crónica de Torreón.

Tierras del Santos
Jaime Muñoz Vargas

para los laguneros en el exterior;
de ellos también son nuestros símbolos


Por el futbol
porque los ojos del país nos miran ahora con una
oooooooooooooooooooooooo[pizca de atención
quizá sin mucho énfasis, de lejos
y porque afuera a veces lo preguntan
digo:
cómo explicar la cosa a los fuereños
cómo darles una idea de La Laguna
sin extraviarlos en un reborujo de rutas y lugares.

Piensen primero en un paraje con mucho polvo y mucho sol
—todo el polvo y todo el sol que quepan en su mente—
y a eso añádanle calor, mucho calor
una tonelada de calor sobre los lomos
un calor de lumbre
seco y hostil
un calor que le dé calor al mismísimo calor.

Piensen en eso
pero aunque piensen
este calor es inimaginable
es un calor que vive más allá del calor
un calor que quema y educa
que arruga al más curtido.

El polvo y el calor son pues nuestras sombras
y sin acostumbrarnos
hemos aprendido, renegando
a vivir aquí desde hace tres o cuatro siglos
desde que Parras de la Fuente, nuestra abuela
nació e hizo de la nada
de la absoluta Nada
un vergel hermoso hasta la fecha.

Luego fueron naciendo
junto al Nazas y el Aguanaval
—nuestros fluviales espinazos—
pueblos chicos y heroicos
desconocidos por muchos
queridos por nosotros como hermanos:
Viesca salina
Matamoros aguerrido
San Pedro revolucionario
Torreón sólido
Madero activo
Lerdo jardín
Gómez Palacio industrioso
Mapimí pétreo
Tlauhualilo de sandías y buen beisbol
Sierra Mojada mineral
y Cuencamé, el otro abuelo.

Este racimo de ciudades
son La Laguna
—Rodas con un pie en Coahuila y otro en Durango—
región que por múltiple siempre ha buscado
enceguecida por el sol
un poco a tientas, encandilada
algunos rasgos más o menos comunes en su rostro.

El esfuerzo es uno de ellos
la lucha diaria para sacarle algo a la tierra
y el gusto por la fiesta que es el premio al trabajo
un pragmatismo que no repara mucho en reflexiones
una forma de ser que camina y ara
que ara y camina
sudorosa.

Otra marca afín en el rostro lagunero
nació gracias a los antiguos frutos:
somos pueblos nutridos por la uva y el algodón
dos queridos símbolos
existan o ya no en el presente cada vez más distante del pasado.

Un lagunero
—hablo ahora de la gente—
suele ser alegre, compartido
amable con el forastero
tolerante casi siempre
y a veces un tanto presuntuoso.

Ese lagunero se hizo poco a poco de sus símbolos
recogió del suelo, del polvo
su identidad, su índole, los rasgos de su cara
y a todo lo que ya tenía le fue sumando
desde hace treinta años
la gritona querencia del futbol
y de un equipo
que sin querer
misteriosamente
como se da todo en la vida
es ahora un santo y seña de lo nuestro
un rasgo más
un modesto rasgo más
—para que no suene absurdo ni banal—
en el rostro de estas ciudades
vestidas hoy de verde y blanco
alegres
muy alegres y festivas
y hermanas
y optimistas
y deseosas de retomar las calles
pese a todo.

Comarca Lagunera, 20, mayo y 2012

miércoles, marzo 21, 2012

Imagina



Coopero con esta bicoca a la celebración del día de la poesía. Escribí estas líneas (no me atrevo a llamarlas “versos”) en 2003, cuando aún no nos alcanzaba el horror y podíamos deambular sobre el lomo de la madrugada con desenfado casi cínico. El Imagina y todo lo que se le parece (parecía) ya cerró, lo que ha traído un desempleo atroz a La Laguna. Aquel establecimiento era abominable, sí, pero tenía su encanto, un encanto tosco y magnético. En dos de mis relatos los personajes se meten a esa covacha inmunda: me refiero a un cuento de Leyenda Morgan y a un pasaje de la novela Parábola del moribundo. Hoy añado, sobre el Imagina que nada tuvo que ver con John Lennon, este conato de poema escrito, supongo, al calor de unas copas en aquel pinchurriento bodegón otrora sito en el ombligo de la zona industrial de Gómez Palacio.

Imagina

De vez en cuando la alegría, cierta alegría, se posa en el infierno.

El Imagina es un bodegón de mugre
donde hombres elementales beben y bailan
con mujeres también elementales que también beben y bailan
a diez pesos la canción y a veinte la cerveza.

Estar allí es habitar por un momento
—perdón por la insolencia—
un cuadro del Bosco.

Las risas estallan y viajan por el humo
mientras el grupo Tex Mex Galaxia truena con notas perdularias
de matones y desengaños y amores muy mal avenidos.

Detrás de tantas alegrías se oculta la tragedia inocultable
de seres que son chácharas olvidadas
de mujeres que le sacan a su risa algunos pesos
y hombres que le sacan a sus pesos una risa.

Imagina, el Imagina
brasa ardiente en el corazón de la penumbra.

domingo, febrero 26, 2012

Canción de tumba o el arte de ver morir



En la literatura mexicana no es frecuente la bildungsroman o novela de aprendizaje, aquella narración cuya abuela más lejana quizá sea El Lazarillo de Tormes y se caracteriza por mostrarnos la o las etapas de crecimiento, de formación, de un personaje generalmente niño o adolescente. Sospecho que en nuestro país la más famosa y la que entronca mejor con este tipo de relato es De perfil, de José Agustín. Otras podrán tener fama parecida, pienso por casos en Las buenas conciencias y en Uno soñaba que era rey, de Carlos Fuentes y Enrique Serna, respectivamente, pero sin duda el más logrado ejemplo de historia donde un joven nos muestra el proceso de su buena o mala (generalmente mala) educación sentimental lo hallamos en la precozmente revolucionaria novela del ondero acapulqueño.
Pues bien, una casualidad ha querido que otro acapulqueño avecindado fuera de Acapulco, el saltillense Julián Herbert, haya escrito una novela de construcción y con ella haya alcanzado hasta el momento, creo, su máxima medida como escritor. El libro al que me refiero es Canción de tumba, obra con la que Herbert se agenció por mayoría, en 2011, el premio Jaén de novela que determinaron, entre otros jurados, los escritores Rodrigo Fresán y Marcos Giralt Torrente.
Julián Herbert, bien conocido en La Laguna sobre todo por las huestes literarias, es autor, entre otros, de los poemarios El nombre de esta cosa, La resistencia, Kubla Khan y Pastilla camaleón; de la novela Un mundo infiel y del libro de cuentos Cocaína (Manual de usuario); ha publicado además un buen número de libros compilatorios y antológicos, ha coordinado colecciones y ha ganado los premios nacionales Gilberto Owen, los premios nacionales de cuento Juan José Arreola y Agustín Yáñez. Parte de su obra ha sido traducida al francés, al inglés, al alemán, al portugués y al árabe. También ha sido becario en varias ocasiones, como cuando lo fue para ser miembro del Sistema Nacional de Creadores.
Un desafío enorme se impuso Herbert al encarar el proyecto de Canción de tumba. El libro dice por allí, dentro y fuera del relato, que fue escrito con el apoyo de una beca. Pues con ella o sin ella, puedo decir, es un relato espinosamente difícil, pues en todo momento, sin excepción de página, sentimos el peso que representa contar una vida repleta de flecos autobiográficos trepados, no sabemos con qué secretas porciones de verdad y ficción, sobre la circunstancia vertebral del relato: la agonía de una madre en una cama de hospital y el amor/odio de un escritor que mientras ve el ocaso de su progenitora reconstruye su pasado trashumante debido a las andanzas putañeras de quien le dio la vida.
Borges declaró alguna vez que le gustaban los relatos salpicados con detalles “circunstanciales”. Por supuesto que decir circunstanciales es mentiroso, pues las vicisitudes de un relato no ocurren por sí solas, sino que son gobernadas por el autor, se supone, conscientemente. Lo que quiso decir el argentino es que la calidad de un relato aumenta en interés cuando discurre como si nada, como marcha la vida, apiñando alrededor de nosotros millones de circunstancias menudas más o menos insignificantes. Un escritor, pues, cuando tiene verdadero olfato narrativo, elige las circunstancias y logra que, pese a que muchas pueden parecer insustanciales, vayan configurando ora la atmósfera, ora el perfil psicológico de algún personaje, ora la orientación de la trama. Herbert le metió colmillo a este asunto y nos colocó ante una circunstancia eje de suyo atractiva y tan cercana a la inverosimilitud que en todo párrafo nos mantiene atentos al qué dirá el personaje narrador que es juez y parte en esta historia: estamos ante la metaliteraria presencia de una novela multigenérica que sabe que es una novela que a su vez se está escribiendo delante de una mujer agónica cuyo pasado no es, precisamente, el más intachable desde la perspectiva de una axiología convencional. El hijo que narra sin pelos en la pluma sabe que su madre, la madre que allí está, vieja y llena de mangueritas de hospital y olor a medicamento, ejerció de puta y sin saberlo edificó (en el sentido menos moralista que este verbo pueda tener) no sólo la vida del personaje narrador, sino la novela que el personaje narrador está escribiendo dentro de la misma novela.
Sobre esto traigo un párrafo esclarecedor; aparece en la página 39, y declara con desgarradora belleza lo que creo es una condensación en diez renglones de toda Canción de tumba, de su sentido y hasta de su método: “Escribo para transformar lo perceptible. Escribo para entonar el sufrimiento. Pero también escribo para hacer menos incómodo y grosero este sillón de hospital. Para ser un hombre habitable (aunque sea por fantasmas) y, por ende, transitable: alguien útil a mamá. Mientras no esté abatido podré salir, negociar amistades, pedir que me hablen claro, comprar en la farmacia y contar bien el vuelto. Mientras pueda teclear podré darle forma a lo que desconozco y, así, ser más hombre. Porque escribo para volver al cuerpo de ella: escribo para volver a un idioma del que nací (…) Quiero aprender a mirarla morir. No aquí: en un reflejo de tinta negra…”.
En ese trance, el trance de quien ve morir a la persona más importante de su vida para bien y para mal, nuestro narrador engarza mil y una peripecias que poco a poco, de exabrupto en exabrupto, de mierda en mierda, de heroicidad en heroicidad, configuran un relato que si no fuera porque la posmodernidad ha desacreditado esta palabra, me atrevería a llamar conmovedor, humano, profundamente humano pese a su cáscara en apariencia cruel, inmoral, despiadada. Pero es lo contrario: Canción de tumba es una canción a la vida, a la formación en la vida, pese a que ella sea por lo regular, casi sin excepción, pus y dolor.

Comarca Lagunera, 23, febrero y 2012

Canción de tumba, Julián Herbert, Mondadori, México, 2012, 206 pp. Texto leído en la presentación de Canción de tumba organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila y el Teatro Isauro Martínez, cuya Galería fue sede de esta actividad. La presentación fue celebrada el 23 de febrero de 2012 y en ella participé junto al autor.

domingo, febrero 19, 2012

Recuerdo a Carlos Martín Valencia



El 17 de febrero pasado publiqué un puñadito de tuits para recordar a mi amigo Carlos Martín Valencia. Quiero tenerlos a la mano, por eso los traigo al blog:
Hoy hace diez años murió Carlos Martín, hermano de mi hermano Adrián Valencia. Hombre generosísimo, Martín tenía mi edad. Nunca lo olvido.
Martín fue un deportista notable. Jugó americano (era corredor) y practicó artes marciales con excelencia. Estudió leyes en la UAdeC.
El querido Martín, cuya memoria evoco hoy, a diez de su partida física, tenía un defecto que nos hermanaba en la polémica: le iba al América.
A Carlos Martín le dediqué mi cuento "Diez años de ingenuidad", escrito por esos años y recién reeditado en Las manos del tahúr.
Al recordar a mi amigo, pienso en todo lo que ha pasado desde 2002 a 2012. Tenía 37. A pocos he conocido con su desprendimiento.
Martín: diez años después te sigo recordando con afecto, agradecido siempre contigo y tu familia, que me quiere tanto. Sigues estando, amigo.

Antologías de literatura coahuilense



La Universidad Autónoma de Coahuila sigue publicando literatura desde Saltillo. Además de la cuarta serie de escritores coahuilenses, en 2011 organizó una minicolección de cuatro títulos con la reedición de Antologías de literatura coahuila. Se trata de una caja bellamente armada con cuatro libros que en su momento fueron selecciones, muestras o antologías de la producción literaria en nuestra entidad. Los libros lucen un acabado harto profesional, diríase que hasta lujoso. En ningún caso se trata de ediciones facsimilares, sino de reediciones completas.
Once poetas de Nueva Extremadura, organizado por Federico Berrueto Ramón y Jesús Flores Aguirre, es el tomo 1. Fue publicado originalmente en 1927 y reunió poemas y prosemas de Margarita Arizpe Rodríguez, Federico Berrueto Ramón, Jesús Flores Aguirre, Otilio González, Ponciano Guerrero G., Luis Laxoux Madariaga, Raúl Neira Hernández, Felipe Sánchez Jr., María Suárez, Rosalinda Valdés (Dina Rosalimo) y Sergio R. Viesca.
El tomo 2 es Todos juntos, organizado por Armando Javier Guerra y Abraham Nuncio; fue publicado en 1971, y reunió textos narrativos breves de Javier Ortiz de Montellano, Armando Fuentes Aguirre, Jesús Oranday Cárdenas, Armando Javier Guerra, Ildefonso Villarello, Gustavo Solís Campos, Abraham Nuncio, Roberto Orozco Melo, Óscar Rodríguez Flores, Eduardo Montenegro Morones, Javier Villarreal Lozano, Mario Dávila, Óscar Nuncio y Melchor de los Santos.
Once de Coahuila, narrativa/ poesía/ teatro, es el tercero de la serie. Su primera edición apareció en 1987 y arracimó escritores de casi toda la entidad como Jesús de León, Francisco José Amparán, José Carlos Mireles Charles, Alfredo García Valdez, José Domingo Ortiz, Alberto Madero, Martha Tamez, Marco Antonio Jiménez, Jorge Valdés Díaz-Vélez, Héctor Cabello y Armando Alanís.
El último es Botella al Mar, crestomatía narrativa, publicado en 1990. Contiene relatos de Saúl Rosales Carrillo, Gilberto Prado Galán, Enrique Lomas, Pablo Arredondo y el autor de este blog.
Cada uno de los cuatro tomos alberga además una presentación que describe las características del contingente literario allí reunido. Esas presentaciones fueron preparadas por Julián Herbert, Miguel Gaona, Luis Jorge Boone y el autor de este blog. La coordinación del proyecto, el diseño y la corrección fueron obra, respectivamente, de Julián Herbert, Ignacio Valdez y Miguel Gaona. 4 Antologías de literatura coahuilense fueron publicadas por la Coordinación General de Difusión Cultural y Extensión Universitaria de la UAdeC a cargo en 2011 de Alfonso Vázquez Sotelo.
Con permiso del coordinador del proyecto, publico aquí la presentación del cuarto tomo, la que escribí para Botella al mar, crestomatía narrativa.

Andadura del Botella al Mar

Jaime Muñoz Vargas

La causa remota del grupo literario Botella al Mar se encuentra en el regreso de Saúl Rosales Carrillo a la Comarca Lagunera. Luego de veinte años de radicación en el Distrito Federal, Rosales Carrillo volvió a Torreón en 1981 y de inmediato comenzó, quizá sin darse cuenta, a configurar un movimiento literario cuyo valor sigue vigente, produciendo. En aquel momento, el autor de Iniciación en el relámpago consiguió un empleo modesto en La Opinión y, casi simultáneamente, cursos de literatura y periodismo en el Instituto Superior de Ciencia y Tecnología, A.C. (Iscytac, hoy La Salle, en Gómez Palacio, Durango). El azar, a veces no tan mezquino, permitió que en el periódico le encomendaran la coordinación del suplemento cultural dominical, un tabloide de ocho páginas.
Ya allí, Rosales Carrillo hizo de las suyas, habilitó lo aprendido como editor, escritor, periodista y maestro en la capital del país. Dado que la producción local era escasa y/o de poco valor, las páginas de la Opinión Cultural fueron generosamente habitadas por textos de autores que en tales tiempos preinternéticos no deambulaban habitualmente en los diarios de La Laguna. Dueño de una biblioteca personal bien nutrida y armada con exigente gusto en la capital del país, el joven editor —tenía entonces cuarenta años— puso a merced del lector lagunero, del lector de a pie, los nombres de Carpentier, Cortázar, Vallejo, Vargas Llosa, Lezama, Borges, Faulkner, Hemingway y muchos más, de quienes publicó fragmentos de obras famosas o aproximaciones críticas que servían para medir el tamaño de sus importancias como artistas de calibre subido.
Junto a los tótems, no faltó la presencia de escritores laguneros, algunos de ellos jóvenes a los que en poco tiempo se les abrieron páginas frecuentes donde pudieron publicar sus poemas, cuentos y ensayos. Rosales Carrillo operó pues en dos ámbitos bien combinados: el periodismo cultural y la docencia. Gracias a sus clases universitarias de literatura y periodismo trabó contacto con alumnos que a veces escribían algo lo suficientemente decoroso como para ser publicado, y gracias a su trabajo como editor del suplemento consiguió desahogar un considerable número de textos que de otra manera hubieran terminado en una simple calificación escolar. Fui, y perdón que me ponga de caso, uno de los beneficiarios de aquella dinámica: recibía clases formales de Saúl Rosales y como sabía que además coordinaba el suplemento cultural de La Opinión, un día cualquiera lo abordé con unas temblorosas cuartillas. Eran tres o cuatro poemas, por llamarlos así, de mi primeriza hechura. Mi maestro las tomó, sin duda vio que no servían pero tal vez quiso, apiadado, estimular al joven aprendiz de escritor. Así, un septembrino domingo del 84 vi y sentí lo que muchos contemporáneos y coterráneos míos de aquella época: mis poemas aparecieron en una página del tabloide y, tras esa felicidad inaugural, no he dejado de publicar en todos los medios al alcance de los dedos que aquí teclean esto.
Lo que cuento no me ocurrió sólo a mí. Sé, porque la vi y la leí y conservo gran parte de aquella hemerografía, que varios tundemáquinas en cierne procedieron igual con Saúl Rosales: lo sabían editor de un suplemento, percibían su generosidad y aprovechaban la coyuntura para arrimar textos que en la mayor parte de los casos aparecían poco después en alguna de las ansiadas páginas.
Fue por esos días cuando se dio una feliz coincidencia: en momentos distintos, cada cual por su lado, algunos escritores recién publicados en la Opinión Cultural le pedimos a Saúl que nos reuniéramos para formar una especie de grupo literario, acaso un taller. Recuerdo que Enrique Lomas y yo, estudiantes de comunicación de tercero y quinto semestres en el Iscytac, respectivamente, además del psicólogo Gilberto Prado Galán y el ingeniero Héctor Matuk, propusimos a Saúl idéntico plan: la creación de un grupo literario. Lo hicimos sin ponernos de acuerdo, casi como si fuera una necesidad que el mismo maestro y editor nos inspiraba. Fue así como a mediados de los ochenta, creo que en agosto del 84, para ser preciso, nos reunimos por primera vez en casa de Enrique Lomas. Esa casa estaba en la calle Galeana, entre Juárez e Hidalgo, al lado de una peluquería de las de antes, con caramelo rojiazul y toda la cosa. Asistimos Saúl, Gilberto, Enrique, Héctor y yo. Aquello se dio de maravilla y a partir de allí no dejamos pasar un sábado sin la reunión ordinaria que con el tiempo ya ni convocatoria requirió. Todos sabíamos que los sábados de cinco de la tarde a doce o una de la mañana, los integrantes de aquel grupo literario debíamos apersonarnos en determinado sitio para, con el pretexto de tallerear, dedicarnos a beber, reír y chismorrear sobre temáticas misceláneas, además de literatura y muchas veces, con énfasis muy zurdo, de política.
Aunque siempre supimos aceptar nuevos integrantes, pues el Botella al Mar jamás se manejó formalmente como grupo ni gozó de apoyo oficial ni privado de ninguna índole, los nuevos asistentes solían ir unos cuantos sábados y luego, sin decir más, desaparecían. Recuerdo especialmente a dos de los participantes fugaces en el grupo: María Elena Niño, una buena poeta lerdense, y Rodrigo Marrero, un jovencito que muy pronto optó por la música. Poco después de fundado, eso sí, pasó que Héctor Matuk, uno de los originadores del Botella al Mar, dejó de asistir y se integró Pablo Arredondo Rodríguez. Así, entre la entrada y la salida de interesados que luego identificaríamos como “población flotante”, el grupo literario Botella al Mar trabajó cerca de seis o siete años con una base de cinco miembros tercos: Saúl: poeta, narrador y ensayista; Gilberto: poeta y ensayista; Enrique: poeta y narrador; Pablo: poeta; y yo: narrador. Años después, ya en el ocaso del taller, llegaron tres amigos a los que tal vez les tocó vivir el fin definitivo: los escritores Gerardo García Muñoz, Fernando Fabio Sánchez y Édgar Valencia.
Cada sábado era entonces, como insinué, nuestro día más esperado, pues durante sus tardes-noches podíamos convivir en torno a la literatura, el trago y las carcajadas que nunca escasearon dada la gracia y la inteligencia de, sobre todo, Gilberto y Enrique. Mentiría si dijera que todo el tiempo hablábamos solemnemente sobre cuentos o poemas, sobre autores o estilos. Más bien ocurría lo contrario: nada, ningún tema propiciaba que nos pusiéramos graves. Si alguien leía, por ejemplo, un poema, comentábamos sus virtudes y sus defectos, sí, pero siempre con un tono que estaba cerca de la risa y a veces, cuando el texto era indefendible, de la franca y amistosa burla, si se puede decir así. Lo extraño es que entre nosotros no nos enojábamos. Sé que la “población flotante” se desconcertaba, en efecto, con los análisis zumbones, pero nosotros nos acostumbramos pronto a tolerar cualquier puyazo siempre y cuando proviniera de alguno de los nuestros. El fuego amigo, en suma, nunca nos lastimó.
En cuanto a las personalidades y los talentos que yo percibía entonces, es claro que la voz más autorizada y casi incontestable la ostentaba Saúl, eso con absoluto derecho. Él no se imponía, sin embargo; antes bien nos dejaba hablar, nos dejaba reír hasta que al final de cada análisis remataba con comentarios centrados y no pocas veces severos, demoledores. Por su formación y su edad, era obvio que sus referencias fueran mayores y mejores. Por eso no faltaba que Saúl, ante tal o cual texto ingenuo de alguno de nosotros, recordara a tal o cual autor casi para recomendarnos/enjaretarnos su obligada lectura (fue así como hice mi lista personal de autores desconocidos y por conocer). Saúl bebía poco (sobre todo ginebra), nunca fumó, casi se sentaba recostado en los sofás y siempre disfrutó mucho, se le notaba en el gesto, la conversación de los otros, los amigos/alumnos que estaban bajo su discreta tutela.
Gilberto Prado Galán, lo he dicho y escrito desde que lo conozco, fue siempre el más adelantado, un genio vivaz y memorioso, un dechado de humor inteligente y una sensibilidad poderosamente dotada para el manejo de la palabra más profunda y bien escrita. Retengo con toda claridad la primera impresión que me provocó y las sucesivas impresiones que siguió y sigue provocándome: a los 24 años parecía haberlo leído todo y, más que eso, parecía que todo lo almacenaba incluso textualmente en el portento de disco duro con el que fue equipado. Citaba poemas completos de los autores más diversos, recordaba pasajes completos de filósofos, teólogos, psicólogos, lingüistas, escritores, y todo eso lo aderezaba con un registro pormenorizado de canciones populares, calambures y datos jocosos de la farándula y el deporte. Jamás le leí una cuartilla hueca o contrahecha, y alguna vez aseguré que el Botella al Mar estaba cabalmente justificado con la pura presencia de Gilberto. Creo, casi treinta años después, que no me equivoqué. El Gilberto geniecillo que conocí en 1984 es ahora un escritor maduro, respetado y atestado de justo reconocimiento. Tenía otra virtud: era dispendioso y no lo arredraba ningún trago.
A Enrique Lomas Urista lo conocí en agosto de 1983, cuando ingresó a la misma escuela en la que yo simulaba estudiar la carrera de comunicación, el Iscytac. No sé quién nos presentó, pero el caso es que juntos pedimos a Saúl Rosales el armado, así fuera con las uñas, de un taller literario. Lomas —siempre le dijimos así: “Lomas” a secas— era un jovencito de buena facha, con voz grave aparentemente solemne y hecha para decir poesía y prosa terriblista, dolorida, existencial. Lo extraño de Lomas, lo paradójico de Lomas, es que su visión penumbrosa de la vida no abortó nunca su humor, su humor denso y negro, siempre cuajado en metáforas que en su agrio surrealismo conllevaban gestos rayanos en la hilaridad. Cada cuento, cada poema leído por él y juzgado por nosotros era un festín: a veces era tan solemne y cargado de tintes fatalistas que no podíamos pasar de las primeras líneas sin reír a cántaros; y no era tanto el texto, sino el seco dramatismo que el autor imprimía en la lectura lo que nos movía a disfrutar como niños sus participaciones. Lomas jamás pareció ofendido, pues a cada miembro se le aplicaba una quebradora similar: leía y todo motivaba no pocas bromas, un examen de taller que jamás condescendió al almidonamiento.
Ya comenté que Pablo Arredondo llegó al grupo un poco después. No sé quién lo invitó, pero desde el principio se mostró como lo que es: un tremendo poeta, un hombre esencialmente discreto, silencioso, hasta tímido. Era sin duda el integrante del Botella al Mar con menos inclinación humorística. Cierto que sabía sonreír con las bromas, que jamás se quejó del clima zumbón que reinaba en las reuniones, pero en sus poemas campeó siempre una fuerza literaria capaz de penetrar cualquier escondrijo del dolor humano. Siempre me impresionó de Pablo, y me impresiona aún, que detrás de su modesta apariencia, de su bajo perfil, de su sosegada manera de ser, se esconde un ser que grita con los versos, un poeta que sabe expresar con imágenes hermosas la deshumanización del hombre y su envés: la generosidad, el amor, la honradez, que también eso es el ser humano aunque más escasamente.
En cuanto a mí, sólo anoto que crucé de lado a lado los años del Botella al Mar. Fui para todos un narrador de ambos costados, y aunque de vez en vez intenté hacer versos, la verdad es que en poesía jamás pude tomarme muy en serio. Al formar el grupo mis lecturas eran harto pobres y apenas había escrito algunos cuentos, o desahogos, de autoconsumo. Como ninguno, eso sí, creo que fui conciente de que algo importante o presuntamente valioso estábamos haciendo, o al menos deseaba creer en eso, así que guardé papeles, configuré una especie de archivo con varias de las publicaciones que fuimos haciendo en aquellos años de calistenia. Y no me engaño: para mí el Botella al Mar no fue lo poco que escribí y aproximé al rudo dictamen de los amigos, sino lo que oí: los comentarios de todos, y más los de Saúl, llevaban implícito el nombre de escritores y de libros, así que me di a la obligación de comprar y leer lo que era citado como valioso e imprescindible. El taller fue entonces, para mí, una verdadera escuela de literatura, la desenfadada carrera de Letras que jamás hemos tenido en La Laguna pero que yo hallé entre mis amigos del Botella al Mar.
Presentados los coequiperos, ¿qué pasó para que llegáramos a la primera publicación colectiva? Antes de que perpetráramos dicho libro todos habíamos publicado algunos de nuestros ejercicios en las páginas de revistas y periódicos. No muchas, no muchos, pues La Laguna no se caracterizaba en los ochenta, ni ahora, por contar con un gran número de publicaciones accesibles a lo literario. Entre el 86 y el 89, con el taller en su apogeo, ganamos algunos concursos locales (el Magdalena Mondragón, los juegos florales —¡juegos florales, qué cursilería!— del Iscytac) y dos premios nacionales del INBA: el de ensayo para crítica de arte que ganó Gilberto en Monterrey y el de narrativa joven que me agencié yo en Aguascalientes. Para entonces, lo único que teníamos publicado o por publicar en esas mismas fechas eran tres opúsculos de Saúl (uno de poesía y dos de ensayo histórico) y un libro de cuentos; Gilberto uno de poesía y yo uno de cuento. Era poco, así que no nos desagradó la invitación de Rogelio Villarreal Huerta para publicar en la recién abierta editorial Enorme.
Villarreal Huerta, editor que trabajó añales en el DF, volvió a principios de los ochenta a su tierra, Torreón, y allí continuó con la confección de libros. Lanzó un primer lote y el libro Botella al Mar, crestomatía narrativa, llevó el número 1. De todos, creo recordar con vaguedad que Pablo fue el que más sufrió, pues su producción era básicamente poética y de golpe debió habilitarse como cuentista. Saúl juntó el material, lo organizó y fue él quien nos pidió escribir una especie de autopresentación burlona como puerta a cada una de las estancias del libro. Hoy me sonroja la mía, sobre todo esa primera afirmación en la que se nota que me obligaba burocráticamente a ser desdichado, que me autoflagelaba con la idea romanticoide de que la desolación es requisito sine qua non para trabajar en el arte. En fin, nada se puede hacer ahora para remediar mis juveniles estropicios.
No comento en esta presentación ruborizada y quizá irremediablemente nostálgica los contenidos del libro que no fue, obvio, una antología, sino una simple muestra, pues ya Gilberto Prado se extendió en el brillante prólogo de la edición original (febrero del 90). Sólo añado que Botella al Mar testimonia la amistad vivida en el grupo homónimo que trabajó e hizo una fiesta de la literatura durante cerca de siete años, poco más o poco menos. Tras el cese gradual, impensado, nebuloso de las reuniones, los integrantes seguimos adelante casi en lo mismo o en actividades afines: formamos talleres, publicamos, ganamos concursos, dimos clases, presentamos libros, editamos revistas, editamos libros, publicamos libros, alimentamos columnas, obtuvimos grados académicos, conferenciamos, nos casamos, tuvimos hijos, viajamos y padecimos/gozamos los altibajos que cualquiera padece/goza. Venturosamente, no hemos concluido, pues creo que seguimos en la práctica de lo mismo ya con más colmillo; y bueno, algún día sacaremos las cuentas definitivas de lo que fue y logró hacer, unido o disperso, el grupo literario Botella al Mar, esa extraña conjunción de “náufragos terrestres”, como nos rotuló uno de los nuestros.

Comarca Lagunera, 17, septiembre y 2011

domingo, enero 29, 2012

La tranquilidad y el fuego



En tiempos de bruma, en etapas de oscuridad casi cerrada, los amigos suelen ser más amigos que de costumbre. Varios se han acercado ahora, cordiales como siempre, pero más en este momento. Quizá intuyen que el apretón de manos sirve de otra forma en ciertas coyunturas, quizá entienden que no es lo mismo el viento a favor que el viento en la borrasca.
No sé, pero sentí hace rato, en esta lánguida y ahora sorpresivamente lluviosa tarde de domingo en La Laguna, que no me hubieran venido mal unos párrafos de David Lagmanovich. Lo escucho, oigo su generosa claridad, sus palabras siempre altas y solidarias, su manera leal y lúdida de decir, de escribir. Pero David no está ya, pues murió en octubre de 2010 y me dejó semihuérfano de consejos. Me quedan Saúl, Sergio, Gil, Gerardo, Fer, Fabián, Heri, Giselle, Juan Pablo, Édgar, Carlos, Toño, Ise y otros amigos y amigas que alientan, que orientan. Pero no sé, tal vez extraño al que ya no está, al que ya no puede opinar sobre lo que uno va requiriendo para guiarse en la penumbra.
Por eso, urgido de escuchar las palabras escritas alguna vez por David, entré a la numerosa, a la numerosísima correspondencia que cruzamos durante diez años. Al azar, sin más, abrí el mail del sábado 19 de septiembre de 2009 (casi un año antes de su muerte) y encontré su claridad a propósito de cualquier tema. Algo debo hacer con esas cartas, con esas muchas cartas, pues creo que son ejemplo de lo que debe ser el género epistolar tratado desde la perspectiva de un escritor.
En la carta que releí, David sabe que el fin está cerca, que el apagamiento de su vida es, a sus 82, un hecho ya demasiado próximo. ¿Cuánto? No lo sabe, por supuesto, pero sí que no le queda mucho tiempo. Lo impresionante es la tranquilidad con la que asume el anochecer, la tranquilidad y el fuego que todavía lo impulsa a trabajar, a organizar sus obras.
He aquí, sin decir más, una parte de aquella carta dirigida al mismo tiempo a Juan Pablo Neyret y a quien esto escribe. La primera parte responde algo sobre Mercedes Sosa, quien fue su amiga; luego viene lo que ya comenté: el ánimo de trabajar en lo suyo ante la inminencia del fin:
“Queridos hermanos:
Gracias, Juan Pablo, por los ‘links’ relativos a interpretaciones de Mercedes Sosa. No tengo tiempo para escucharlos ahora, pero los guardo para un momento en que esté más desahogado. Ya que mencionas la ‘Zamba para no morir’, te cuento que el autor de la música, Norberto Ambrós, fue un querido amigo que nos hizo mucha compañía durante los años de residencia en Washington. Él, yo y otro amigo que era funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo fuimos los que organizamos la primera visita de Mercedes a Estados Unidos... y probablemente su primera salida del país. Lo tengo contado en una nota publicada por entonces en La Gaceta, con el poco original título de ‘Mercedes Sosa en Washington’. Era alrededor de 1969. En cuanto a Norberto, hasta llegamos a hacer un par de sesiones públicas sobre música argentina, él ante el piano y yo leyendo mis textos desde un atril. Cosas que uno ha hecho y que, por cierto, no llegan a figurar en el curriculum vitae...
Estoy sin novedades sobre el propuesto minicurso en la Facultad, porque la colega con quien tenía que verme el viernes último se tuvo que ir a Santiago del Estero (es de allá) por razones urgentes, y quedamos entonces en postergar la reunión para el martes. Ya había comenzado a preparar algo para esas clases, pero ahora lo dejé porque cada vez me parece más inviable el proyecto. Dentro de una semana nos vamos a Buenos Aires, a mi regreso ya estaremos en octubre, el mes viene bastante complicado, y noviembre está prácticamente encima. No me considero responsable si tenemos que cancelar eso (…)
Al dejar eso, al menos por ahora, pude volver hoy al trabajo en un libro proyectado para 2010, que me importa más. Éstos son los últimos libros que escribo (y, si Dios quiere, publico) en mi vida, y me gustaría dejar concluida esa tarea antes de la partida inevitable. Por eso me fastidian los que creen que pueden disponer de mi tiempo ‘a piacere’, como si no tuviera nada importante que hacer.
En fin, queridos Jaime y Juan Pablo, así ha comenzado el fin de semana. Espero que el de ustedes sea agradable y satisfactorio. Hasta cualquier momento, grandes abrazos para los dos, con todo mi afecto, David”.

martes, enero 24, 2012

Gracias por sus enhorabuenas



Ayer lunes recibí de Eduardo Olmos, alcalde de Torreón, la invitación para trabajar en la Dirección Municipal de Cultura de nuestra ciudad. Acepté. Mañana se dará la presentación oficial. Agradezco de antemano sus enhorabuenas, saludos y deseos favorables. Y como siempre, aquí, en el tuiter y en Facebook trataré de compartir ideas y realizaciones con todos ustedes.

domingo, enero 22, 2012

De la Antología de hermosos monstruos



El 20 de diciembre de 2009 publiqué en mi columna periodística y en este blog el texto que podemos leer aquí. El proyecto quedó terminado con veinte cuadros, pero lo agrandé, ahí la llevo y espero tenerlo listo antes de que decline el 2012. No describo más el asunto, pues ya quedó suficientemente explicado en la susodicha entrega de Ruta Norte. Hoy traigo una estampita más del mismo conjunto, la de una holandesa que hizo añicos a toda una generación, la de mi adolescencia y primera adultez.

Sylvia Kristel

La inocencia es uno de los productos que mejor vende. Y más en la actualidad. Las jóvenes no atraen tanto por jóvenes, sino porque irradian una imagen de ingenuidad que es comercializada como afrodisíaco icónico. Ese producto fue el que vendió Sylvia Kristel (Utrecht, 1952) en cantidades casi monopólicas a partir de 1974, cuando filmó Emmanuelle. Era, como sabemos, una holandesa previsiblemente láctea, pelirroja y larguirucha, de busto pequeño y voz de perpetua quinceañera. No se trataba, entonces, de una beldad voluptuosa y llena de formas, sino de una simple muchachita flaca y blancuzca. ¿Qué fue entonces lo que detonó la admiración de tantísimos machos en torno a la Kristel? La ingenuidad que irradiaba, ese encanto cuasiadolescente que en Emmanuelle la llevaba a tener revolcones a la menor provocación. Fue un hit del cine erótico setentero-ochentero, y las hemerotecas no pueden mentir. Si nos asomamos a los periódicos de aquel momento, podemos atestiguar que duró en cartelera durante años. Fue exhibida sin parar en funciones “de media noche”. En Torreón, el ya extinto Cine Buñuel, que era parte de una cadena de salas perteneciente a Gustavo Alatriste, vio muchísimas noches una fila enorme de hombres ansiosos por entrar. Todo por una holandesa flaca y medio puberta, el símbolo más poderoso de la ingenuidad erotizada que muchos jamás olvidarán.

sábado, enero 21, 2012

Soneto de Quevedo



Publiqué el relato “Soneto de Quevedo” en algún número de Estepa del Nazas, revista literaria del Teatro Isauro Martínez. Poco antes o poco después, creo que también salió en la tolvanera, suplemento cultural de la revista brecha de Torreón. Sospecho que tiene cerca de quince años y jamás he vuelto a publicarlo. Lo escribí, recuerdo, después de una conversación con Gerardo García Muñoz, quien aproximadamente desde 1988 es mi amigo y compinche literario. El tema de aquel diálogo fue, obvio, la posibilidad y la imposibilidad de la traducción. Decidí escribir el relato para reflexionar sobre un asunto, la traducción, que desde hace varios años, o desde siempre, ha desvelado a los teóricos de la literatura. Sólo expongo, por supuesto, algunas generalidades, nada que no pueda inferir quien reflexione un poco en los entresijos del oficio de traductor. Otro detalle: en 1991 o 92 asistí como gustoso oyente a una sesión de taller literario guiada por el poeta, editor y traductor chihuahuense Enrique Servín. Nunca olvidé que en su dinámica de trabajo leía breves y hermosos poemas en italiano y los comentaba a sus alumnos, por lo que debía, claro, traducir de botepronto. Luego de platicar con García Muñoz, me vino a la cabeza el trabajo de Servín, y allí, en aquellas dos experiencias y alguito más —mi imaginación—, se basa el relato que aquí traigo. Su prosa es mi prosa de 1995, aunque levemente maquillada para no fomentar tantas lástimas. Con esto prosigo el plan de rescatar textos de un servidor que quedaron albergados (encarcelados) en revistas y periódicos cuyo destino fue, como suele suceder con muchos materiales hemerográficos, el total olvido. Ponerlos en el blog es una especie de rescate, nada de valor, un mero ejercicio personal, aunque compartido, de reacomodo y redifusión. Gracias como siempre a quienes, por cualquier medio y con cualquier grado de generosidad, le hagan eco a este post.

Soneto de Quevedo

El taller es una miscelánea y hay de todo: jóvenes impetuosos que para mañana quieren agenciarse el premio nacional, señores que descubrieron su vocación a los cuarenta, muchachas que andan en esto mientras un novio no les arrebate y les rompa las cuartillas, y uno que otro chico entusiasta y de talento. Nos vemos los sábados a las diez. La población es inestable y lo mismo asisten seis o quince. Confieso que esas mañanas me agradan: beber café, oír de un principiante la lectura de sus indecisas historias o de sus versitos empachados con esdrújulas, explicar al detalle lo que dignifica una estrofa, recomendar la lectura de cierto autor, tolerar necedades y cobrar un sueldo en esta ínsula de la universidad. Tal es la dinámica de nuestro taller literario. En el mesón ocupo la cebecera norte y los participantes saben que soy a veces duro pero siempre franco. Me gusta explicar, leer en voz alta y a buen ritmo, por ejemplo, una página de Reyes o una fábula de Arreola. Me agrada dejar en claro esto: la carrera literaria necesita es-cri-to-res, no charlatanes. Eso es lo bueno de las sesiones. Uno siente el ejercicio de un socrático magisterio y las tres horas del sábado se van de prisa y llevadas por el embrujo de las palabras, las escapadizas palabras que los talleristas empiezan a domesticar.
De todo, lo más delicioso para mí es el ejercicio de la lectura que a veces hago en inglés frente a los alumnos. A ellos también les seduce escuchar algún pasaje de Shakespeare y traducirlo idea tras idea. Claro, en el traslado los participantes se dan cuenta de lo difícil que es la traducción. Con una fotostática en la mano de cada tallerista, leo a Whitman en su lengua original y todos sienten, aunque algunos no lo entiendan, el ancho tono del maestro de Long Island. Luego vamos a mi traducción y, por supuesto, ya no es lo mismo. De hecho, cuando leemos a Whitman en su lengua original me llevo la versión de Borges y la otra de Francisco Alexander, ambas lejanísimas del aliento que el maestro de la “turbia barba” (el adjetivo es ajeno) le inyectó a sus salmos.
Ciertos sábados, las sesiones de traducción las preparaba por si los participantes no producían nada en la semana, lo que ocurría con frecuencia. A veces sólo un poemita de fulana, una ocurrencia de zutano, y eso era todo, lo que nos dejaba hasta dos horas para gastarlas en la literatura que nos apeteciera. Entonces leíamos algún clásico español o ejercitábamos nuestra lectura en inglés y hacíamos su respectivo traslado al castellano. No faltó, por supuesto, que alguno de los muchachos llevara letras de rock para entrenarnos en el doblaje de esos bocaditos. Uno de los chicos —su nombre es Roberto Sepúlveda y es el poseedor de mayor talento inquisitivo— recordó que muchos escritores ya habían criticado la validez de cualquier traducción literaria. Hasta ese momento omití toda disquisición en torno al tema no por negligencia, sino para no enredarlos con densas explicaciones que los hubieran hecho desconfiar de cualquier palabra proveniente de otra lengua. Además, los muchachos parecían contentos con una creencia: cuando leíamos Hojas de hierba traducido a nuestro idioma leíamos en verdad a Whitman, y nunca quise desengañarlos. Pero Sepúlveda, que era tremendamente inquieto, propuso lo contrario: ¿y si en vez de traer a Whitman rumbo al español nos llevamos, por ejemplo, a Quevedo hacia el inglés? Tuve entonces que intervenir, pues el joven estaba casi en las fronteras de una reflexión que desde hace tiempo escarbaba en los cimientos del arte trasladatorio. Expliqué lo evidente: toda traducción es, en esencia, un texto lateral, un escolio, una variación del modelo primigenio. Si leemos la Divina o el Fausto en español, leemos en realidad, muchachos, a los traductores de esas obras, y si leemos El Quijote, entonces sí accedemos al código armado por Cervantes. Claro que si nos vamos más lejos, comenté, toda lectura es un acto de traducción, incluso la que hacemos en el idioma propio. Como somos individuos, cada usuario de, por ejemplo, Al filo del agua asume esta novela de manera distinta, es decir, la traslada a su código afectivo y racional, a su condición subjetiva. Vi las caras de los chicos y decidí dejar allí el embrollo; ellos no tenían la culpa de tanta maroma ante la verdad o la mentira de las traducciones y preferí no aterrizar en la tragedia inevitable. Pero Sepúlveda no cejó: profe, ¿qué hay de mi propuesta, por qué no ensayamos mi petición, traducir del español al inglés? Le contesté que sí, que claro, que escogiera un texto. Rápido sacó de su morralito una edición azul-verde y lujosa: Antología poética de Quevedo, RBA Editores, reconocí el libro porque yo también lo tenía en mi biblioteca; todos esperábamos con inquietud mientras el joven buscaba, dijo, la página 44 que contenía “Desde la Torre”, el magnífico soneto del español. Cuando lo halló, me extendió el libro y solicitó que leyera y explicara íntegro el poema. Así lo hice: eran catorce lindos versos, sobre todo los primeros cuatro, verdaderamente deslumbrantes. A petición de los oyentes, lo repetimos otras dos veces:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos, libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.


Éste es nuestro texto base, acoté. Luego leí el asterisco y las tres notas que, preparadas por José Mª Pozuelo, Catedrático de la Universidad de Murcia, adoban el pie de esa página 44: “*Dice González de Salas: ‘Algunos años antes de su prisión última me envió este excelente soneto desde la Torre’. La Torre de Juan Abad era residencia de descanso de Quevedo, hacienda suya en la provincia de Ciudad Real. 2. ‘Alude con donaire a que los tuvo repartidos en diferentes partes’ (GS) 7. ‘Entiende que también los poetas’ (GS) 13. Cálculo: ‘la piedra pequeña, por la cual los antiguos romanos ajustaban los números’ (vid J. O. Crosby: En torno a la poesía de Quevedo. Madrid, 1967, p. 41). (Nota de J. M. Blecua, 1972.)” Cuando decidimos iniciar la traducción reparamos en una ausencia notable: Carlos Jiménez, el tallerista más ducho con el inglés, no asistió ese sábado. Luego de un análisis no muy meticuloso de cada verso, el primer resultado, según nuestro modesto inglés, fue el siguiente:

Completamente solo en estos páramos
con algunos libros llenos de sabiduría
existo en diálogo con los muertos
y oigo con mis pupilas a los que ya se han ido.

Están siempre dispuestos aunque a veces no les comprenda
mis tópicos contradicen o estimulan
y con silenciosa melodía entreverada
conversan en vigilia a la existencia fabulosa.

Ya perdidos los magnánimos espíritus
del ofensivo tiempo, vindicante,
por la sabia prensa son salvados, ¡ea magno José!

Inevitable se va todo momento
la piedrecilla, sin embargo, suma ganancia
si nos eleva con reflexiones y con piensos.


¡Qué horror!, dije al final del apresurado trasiego. ¡Eso estaba lejísimos de ser Quevedo! Más bien, la versión era una apresurada caricatura de Quevedo, un esperpento que mancillaba el buen nombre del satírico madrileño. Somos pésimos traductores, dije para mí pero en voz alta. Sin embargo, y eso lo discutimos todos, el poema de Quevedo, para trasladarlo sin que perdiera ninguna de sus prendas, ninguna de sus rimas, ninguno de sus ritmos, debía quedar exactamente así:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos, libros juntos
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos...


Eso es imposible, comenté. Toda traducción tiene que ser, necesariamente, otro texto, y al ser otro ya no es el mismo. Perogrullo deambulaba por allí. Todavía no salíamos de la primera impresión cuando Sepúlveda propuso algo más: trasladar al español nuestro poema en inglés. Para evitar una previsible trampa, comentó, era fundamental la participación de un traductor que no conociera la versión original. Pensó que el personaje ideal podría ser Fabián Jiménez. Todos estuvimos de acuerdo y decidimos esperar una semana.
Un sábado más tarde, los talleristas y yo volvimos a vernos. Fabián estaba, ahora sí, entre nosotros. Desde el principio, le pedimos la traducción al español de un poema que sólo teníamos en inglés. Fanático de las letras de U2 y de AC/DC, la empresa le agradó para lucir sus dotes con el idioma que depuró con el método Inglés sin barreras. Mientras todos los demás empezamos a leer unas líneas de Monterroso sobre la traducción, Fabián se aplicó a la tarea recién encomendada. Al concluir, en diez minutos apenas, pidió la atención del respetable y leyó esto con lúdica solemnidad:

En este desierto estoy alejado
tengo algunos cuantos libros pero todos buenos
vivo charlando con los difuntos
y los escucho con mis ojos...


Por allí siguió, y todos presentimos lo obvio: la versión podría multiplicarse al infinito junto con su caricatura. Oscilar del español al inglés al español al inglés al español... en cada fluctuación el poema se iría demacrando hasta no ser nada semejante al original. Ya no aguanté más y dije: un soneto puede ser, por la labor de traducción, miles de sonetos en otro u otros idiomas. Un soneto en español puede ser otro soneto en español si lo traemos de una de sus infinitas traducciones. Un soneto puede ser, gracias a la infinita combinación de los signos, miles de sonetos si del español lo llevamos al inglés, del inglés al francés, del francés al alemán, del alemán al chino, del chino al náhuatl, del náhuatl al griego moderno, del griego moderno al papiamento y del papiamento a la nada. Un soneto puede ser el mismo soneto sólo si leemos ese soneto. Entonces arribamos a la tragedia, al sentimiento que provoca toda imposibilidad y toda desmesura. La traducción perfecta es imposible. Lo posible es, a lo mucho, una traducción tan imperfectamente bella como infinita. Si no poseemos inglés, italiano, francés, alemán, ruso, no leeremos jamás Otelo, la Divina, Gargantúa, Fausto, Crimen y castigo... Eso es demasiado para cualquiera, mucho más para unos chicos que apenas entran a la amargura y a la felicidad de la vida literaria. Nosotros tenemos a Cervantes, a Góngora, a Quevedo, o a Neruda y a García Márquez y a Paz, los ingleses tienen a Shakespeare y a Whitman, los italianos a Dante y a Papini, así como cierta tribu de Australia tiene la leyenda —intraducible para nosotros— de un ser pernicioso llamado Molonga, o así como los aborígenes encontrados por Pigafetta y Magallanes en Brasil se bastaban con doce remotos vocablos para enunciar todo un universo que nosotros nunca entenderemos cabalmente porque sus palabras, además de ser diferentes en un idioma y en otro, transportan en sí mismas un mundo diferente, una cosmovisión diferente.
Volví a La palabra mágica, el libro de Monterroso que a propósito llevé para esa sesión porque contenía un ensayito sobre el tema; leí: "Hay errores de traducción que enriquecen momentáneamente una obra mala. Es casi imposible encontrar los que pueden empobrecer una de genio. Ni el más torpe traductor logrará entorpecer del todo una página de Cervantes, de Dante o de Montaigne. Por otra parte, si determinado texto es incapaz de resistir erratas o errores de traducción, ese texto no vale gran cosa. Los ripios con que el argentino Bartolomé Mitre se ayudó no enriquecen la Divina comedia, pero tampoco la echan a perder. No se puede.
“En todo caso, es mejor leer a un autor importante mal traducido que no leerlo en absoluto. ¿Qué le va a suceder a Shakespeare si su traductor se salta una palabra difícil? Pero existen los que no lo leen porque alguien les dijo que estaba mal traducido. Y los que esperan leer bien el francés para leer a Rabelais. Ridículo. Da igual leerlo en español. No se vale despreciar las traducciones de Chaucer cuando uno apenas puede con el Arcipreste de Hita. Por principio, toda traducción es buena”. Allí me detuve a respirar y cerré con algo que quiso parecer un colofón de burlas veras:
—Resígnense, muchachos. Por lo menos existe esta certeza: Hallábame a la mitad de la carrera de nuestra vida es uno de nuestros múltiples Alighieris. Lo difícil es saber si algún día tendremos Finnegans Wake en español o si Cheleule en realidad es un demonio de los antiguos patagones, como entendió el cavaliere Pigafetta.

viernes, enero 20, 2012

Afición que arropa



El estado de expectativa que se crea poco antes de que arranque una temporada es uno de los momentos más extraños de la pasión futbolera. Cunden las preguntas: ¿funcionarán los refuerzos? ¿Será una buena temporada? ¿Llegaremos a la liguilla? ¿Podemos anhelar el campeonato? ¿Fracasaremos? El aficionado, por supuesto, alimenta su esperanza y en él reverdecen los deseos de éxito. Es, pues, un momento grato de ansiedad, un previo saborear los triunfos inminentes del equipo.
Tengo una idea de la fidelidad futbolera que está más allá de los resultados. Si bien anhelo triunfos, goleadas, trofeos para los equipos de mi querencia, creo en mis colores como creo en mis parientes y en mis amigos. No importa si no les va bien, no importa si algunas veces tropiezan o de plano caen en bancarrotas materiales o morales: trato de estar cerca, de mostrar que el altibajo es parte de la vida como es parte del deporte.
De hecho, nunca es más valiosa la solidaridad como cuando se manifiesta en el infortunio. Cerrar filas con el invencible es fácil; lo difícil es abrazar al que, como en la vida de la mayoría, a veces gana y a veces pierde. En este sentido, recuerdo siempre los primeros años del santismo lagunero. Aquellos aficionados del amanecer albiverde se forjaron en la dificultad, en la permanente amenaza del descenso, en las goleadas en contra, pero siguieron firmes y muchos de ellos viven para contarnos que no siempre tuvimos un equipo exitoso.
Es lógico y legítimo que apetezcamos victorias, que reanudemos el deseo de otra final y de otro campeonato, pero un buen aficionado debe estar más allá del éxito coyuntural. Sólo así el jugador, el equipo todo, se sentirá arropado por una afición no caprichosa sino firme en su convicción de apoyar como apoyamos al pariente y al buen amigo: en las buenas y en las malas, siempre.

jueves, enero 19, 2012

Un viejo en el café



Aquel viejo mira al vacío en el café.

No tiene un libro, un periódico,
sólo una taza y las manos anudadas
óseas, quietas por el cansancio o la serenidad.

Nada lo perturba
y así, inmóvil como piedra de montaña,
ve el flujo del tiempo desde sus ojos sin brillo.

Nada se mueve
la taza asciende cada cinco minutos
a una boca que no habla.

El viejo parece ya no estar
y ser apenas el débil recuerdo de un viejo en el café
hasta que ocurre un pequeño milagro:
la mesera vuelve con la jarrita
el viejo acepta y en sus ojos nace algo
sus labios dicen sí
sonríen apenas
y el viejo deja de ser piedra de montaña
y a sus ojos
—fijos en las caderas de la joven que se aleja
sin esperanza, fascinados—
retorna un brillo.