lunes, octubre 21, 2013

Backstage de Con el alma de pie




















Conocí a Reynaldo Alcorta hace un año, en la presentación de Mi mundo increíble, el primer libro publicado por la vertiente editorial de Mentes con Alas, comunidad de adultos con parálisis cerebral. Poco antes, él me había buscado por medio de un correo electrónico en el que me proponía trabajar en la edición de su autobiografía. Recuerdo que su carta me tomó en una cresta laboral muy agitada y le pedí un poco de paciencia para decidir sobre el asunto. Unos meses después, ya más tranquilo, conversé con Ruth Berlanga y Brenda Moreno sobre la posibilidad de emprender la hechura de un segundo libro en Mentes con Alas, la autobiografía de José Reynaldo Alcorta Benavides, Nono, que hoy aquí presentamos.
En sus páginas hay una foto que hicimos al finalizar nuestra primera reunión de trabajo, celebrada en abril de este año. Desde el comienzo armamos un gran equipo configurado por Ruth y Brenda, quienes se encargarían de buscar patrocinios y comenzar a ver los presupuestos, además de organizar la agenda de reuniones. Nono y Verónica Gómez, su maravillosa compañera de vida, se encargarían de digitalizar el material gráfico y solicitar los testimonios escritos que forman el primer apéndice de Con el alma de pie. Yo asumí la labor propiamente editorial que comenzó con la lectura del texto y, poco a poco, con su formateo en las páginas luego de elegir el tamaño del libro, su tipografía y otros detalles que son responsabilidad del editor.
El proyecto fue desarrollado, pues, en un grupo armónico y compacto. Correos electrónicos fueron y vinieron entre abril y octubre de 2013, y además tuvimos varias reuniones celebradas muy temprano, de 8:30 a 10 de la mañana, en las oficinas de Mentes con Alas. A diferencia de lo que suele ocurrir cuando uno arma libros muy cerca del autor y de los auspiciadores, no recuerdo un solo ex abrupto, una sola discordia, un solo momento de fricción. Al contrario: dialogar en equipo en torno a la autobiografía de Nono fue lo más parecido a una charla de café, una conversación que sólo servía para brincar y brincar obstáculos, jamás para ponerlos. Al final, creo, aunque no soy el más indicado para afirmarlo, hicimos un objeto editorial muy estimable.
Describo en pocos renglones lo que ustedes hallarán en Con el alma de pie. Una presentación de Ruth Berlanga y un prólogo de Brenda Moreno. Luego, la autobiografía distribuida, por supuesto que cronológicamente, en catorce capítulos, toda aderezada con cerca de setenta documentos icónicos, la mayoría fotos. Al final, dos breves apéndices: uno con testimonios de familiares y amigos, y otro con una descripción técnica sobre la parálisis cerebral.
El plato fuerte de este libro está, claro, en el relato que el mismo autor hace de su paso por el mundo desde 1968 a la fecha. Gracias a él descubrimos el itinerario vital de un hombre que, sin quererlo, va construyendo una vida que ahora es ejemplo para muchos. Sin artificios literarios, de manera directa y sencilla, Nono nos narra todos los pliegues de una existencia consagrada en cuerpo y alma a luchar, a pelear por un sitio digno en esta vida. Su andanza, lo sabemos, no ha sido nada fácil, y eso queda más que evidente mientras deambulamos por las páginas de Con el alma de pie.
Capítulo tras capítulo, los lectores atestiguamos una proeza del espíritu humano. Vemos la enorme desventaja física de Nono frente a la realidad, el problema tremendo que representa vivir en su condición. Pero ocurre un milagro que no se da como suelen darse los milagros, es decir, fortuitamente. En el caso de Nono, el milagro es gradual, paulatino, avanza a vuelta de rueda, a veces se detiene un poco pero sigue, no claudica. Todos los días hay pequeños desalientos, caídas de la moral, pero también todos los días puede más la llama interior que lo mueve a buscar salidas y, asombrosamente, a encontrarlas. Se trata pues de un niño, de un joven, de un adulto que ha ido edificándose no ladrillo tras ladrillo, como nosotros, sino grano de arena tras grano de arena, durante todos los minutos de todos los 45 años que hoy tiene muy bien cumplidos.
Con el alma de pie es entonces un relato pormenorizado de los momentos más relevantes en la vida de Nono. Cuando lo leí por primera vez, lo que más me pasmó fue un detalle que espero no pase inadvertido por los lectores. La autobiografía es un género difícil, pues en él se corre el riesgo de mentir. Mentir por parquedad (decir menos de lo que se hizo), mentir por exceso (decir más de lo que se hizo), o mentir, digamos, por olvido, por miedo o por prudencia. Lejos de sospechar mentiras por cualquiera de estas razones, lo que hallé en la relatoría de Nono fue franqueza, honestidad, mucho dolor y también mucha alegría, una vida vivida intensamente, en suma.
Y encontré algo más sutil que explicaré mediante un leve rodeo. Las autobiografías contadas desde alguna limitación física pueden caer con cierta facilidad en el chantaje. No puedo expresarlo de otra manera. Las limitaciones físicas suelen ser narradas desde una perspectiva lacrimosa, y en cierto sentido pueden ser incómodas para un lector contemporáneo, un lector que no se deja chantajear muy fácilmente. Con el texto de Nono no sentimos eso. Vemos que sufre, que llora, que se desgarra por dentro, pero al mismo tiempo que no cede a la tentación de buscar nuestra lástima. Antes bien, se autocritica, es severo contra él mismo, señala sus errores y pone el pecho a la adversidad con una entereza que muchos ni siquiera imaginamos. También, y esto es maravilloso, tiene abundantes pinceladas de humor, y campean en todo su libro las palabras de agradecimiento. Increíble, absolutamente increíble lo que Nono expresa a la hora de agradecer, tanto que “gracias” es su palabra favorita, la clave de su vida y, sospecho, de su éxito.
Nono agradece a sus heroicos padres, a sus generosos hermanos, a su amada Verónica, a sus hermosas pequeñas, a sus amigos, a sus maestros, a sus terapeutas, a quienes le cerraron puertas porque le enseñaron a seguir luchando, a su iglesia, a dios, a todos. Nono agradece, y en ese gesto imprescindible veo su enorme estatura de ser humano, un ser humano que ha podido vivir, como pocos, Con el alma de pie, imbatible.
En un correo electrónico del miércoles pasado, Nono me escribió lo siguiente: “Jaime: Qué te puedo decir, a veces se me hace chico el diccionario para expresar todo lo que siento, como lo siento ahora contigo. Dios te pague por los seis meses de trabajo que dedicaste a mi historia para hacerla una obra literaria. Como bien dice Ruth, esto no había podido ser sin ti. Y Jaime, yo soy un hombre creyente, y créeme, Dios recompensa, tu trabajo no queda aquí, la bendición de Dios se hará presente en ti y en tus seres queridos. Muchas gracias”.
Lo que no sabe Nono es esto: que dios me dio la recompensa antes de haber trabajado con su libro. La recompensa fue conocerlo, topármelo en el camino y acceder a su testimonio, el testimonio que ahora, con el alma de pie, todos podemos compartir.
Comarca Lagunera, 19, octubre y 2013

Texto leído en la presentación de Con el alma de pie, José Reynaldo Alcorta Benavides, Mentes con Alas, Torreón, 127 pp., celebrada el 19 de octubre de 2013 en el Itesm Campus Laguna. Este libro está a la venta en la asociación civil Mentes con Alas, Ocampo 1797 Oriente, Colonia Centro, C.P. 27000, Torreón, Coahuila, México, Teléfonos (871) 718 00 68 y (871) 204 25 09, www.mentesconalas.org.mx

sábado, octubre 19, 2013

Vigencia de Jorge Méndez




















La plaquette cuya portada encabeza este post fue obsequiado al público al final del homenaje a Jorge Méndez celebrado el 17 de octubre de 2013 en el Centro Cultural José R. Mijares de Torreón. Las palabras liminares de la publicación son las siguientes:

Presentación. Vigencia de Jorge Méndez

Como lo ha destacado Salomón Atiyhe, desde hace algunos meses él y yo rumiamos la posibilidad de homenajear a nuestro común amigo Jorge Méndez Garza, el director de teatro universitario y barrial con la trayectoria de mayor duración en la historia de la comarca lagunera. Por razones que describe el mismo Salomón, el homenaje demoró hasta que por fin, el 17 de octubre de 2013, logró cuajar en este racimo de sentidas manifestaciones: una mesa redonda en torno a Jorge, varias obras de teatro, una velada musical con las canciones que le gustaban, el bautizo del «Teatro de Cámara Jorge Méndez Garza» en el Centro Cultural José R. Mijares, de Torreón, y un pequeño tributo de papel, la Vigencia de Jorge Méndez que usted tiene en sus manos.
Las páginas que vienen fueron acaparadas de botepronto, sin pensarlas demasiado. Luis Enciso y Salomón escribieron, cada uno por su lado, sendos comentarios, los dos todavía con olor a estreno. Enciso, quien durante muchos años fue amigo cercanísimo de Jorge, nos aproximó el poema de Miguel Morales y la evocación estroboscópica de nuestro paisano Raúl Adalid. Saúl Rosales nos obsequió una reseña (el texto de mayor edad en este conjunto) sobre Acto cultural, obra montada por Jorge a principios de los ochenta. Yo apoquiné con todo lo que escribí sobre Jorge, que lamentablemente es menos de lo que ahora desearía: una entrevista primeriza (de 1987, insólitamente localizada por Enciso entre los papeles que dejó el homenajeado); una reseñita sobre La daga, obra puesta por Jorge en 2009; y una «carta» póstuma publicada un día después de la muerte de Jorge. Se trata, en resumen, de un opúsculo preparado al calor de la emoción, el respeto y el reconocimiento, sentimientos que se mantienen intactos pese a que ya pasaron más de tres años desde que el querido amigo se nos fue.
El agradecimiento por este libro es múltiple, e incluye a los autores de los textos, por supuesto; además, a Arturo Rangel Aguirre y Juan Noé Fernández, por su apoyo solidario para la edición; a Lupita Estrada, por la captura mecanográfica de parte del material, y a todos los que de una manera cálida siguen recordando a Jorge en conversaciones espontáneas, plenas de afecto y respeto a su memoria.
Jaime Muñoz Vargas
Torreón, 1, octubre y 2013

Vigencia de Jorge Méndez, Raúl Adalid, Salomón Atihye, Luis Enciso, Miguel Morales Aguilar, Jaime Muñoz Vargas y Saúl Rosales, Iberia Editorial, Torreón, 2013, 42 pp.

jueves, septiembre 12, 2013

Admirable Lemebel




















En 2005 publiqué, y no estaba integrada al blog Ruta Norte Laguna, esta reseña sobre la primera novela del chileno Pedro Lemebel. Creo que readquiere algo de vigencia en el 40 aniversario del golpe de 1973.

Admirable Lemebel

Nada, ningún libro de Pedro Lemebel puede ser hallado en La Laguna. Tuve que esperar un año para que algún amigo cercano viajara a Chile y me trajera un libro más de aquel autor insólito en las letras latinoamericanas. El amigo cercano fue mi alumno Diego Iván Pérez, quien a finales de noviembre estuvo en Santiago y allí detectó el encargo que le hice: Tengo miedo torero, la primera novela del cronista Lemebel.
Supe de este autor gracias a Juan Pablo Neyret, quien no sólo me lo mencionó insistentes veces en nuestras conversaciones argentinas, sino que una y otra vez dejaba caer el apellido “Lemebel” en nuestra charla emílica. Tanta y tan profunda es la admiración de Neyret por el chileno que hasta a propuesta mía le publicamos un ensayo sobre el tema en Acequias, revista de la UIA Laguna. Neyret, lo cito abreviadamente, dice allí de este escritor gay que es “uno de los mejores prosistas contemporáneos de la lengua castellana. Lengua que él le saca al idioma, lengua que retuerce y que menea obsceno desde su condición de roto, marica, izquierdista, antipinochetista...”. Todo eso, las charlas y el ensayo, me obligaron a encender la linterna para buscar lo que fuera de Lemebel. En mayo encontré Loco afán. Crónicas de sidario, volumen publicado por Anagrama. No pensaba que los elogios fueran para tanto, pero mi primera reacción resultó similar a la que puede tener un adolescente cuando le compran la motocicleta de sus sueños: me invadió la alegría de recorrer las pistas de la literatura en un par de llantas nuevas, en una prosa que fluía barroca, desenfadada y al alimón comprometida, hiriente y tierna a la vez, cínica y grave en todo renglón. Entendí así, de golpe, el merecido éxito de Lemebel, su gran cauda de lectores, el nervio electrizante de su palabra.
Cierto: leí sus crónicas y me dejaron hundido en la fascinación, pero yo esperaba la novela. Así, varios meses luego, Tengo miedo torero me cayó en las palmas y la insumí de tres fumadas, casi ajeno al respiro y al alimento. ¿Y qué hechiza de Lemebel en Tengo miedo torero? La respuesta es tan simple como vaga: todo, hasta sus muy humanas imperfecciones. El chileno encontró en este relato el tono perfecto para narrar la emotiva historia de la Loca del Frente, un joto que, como dice la contratapa, “sin saber sabiendo” ayuda en 1986 a una escuadra de guerrilleros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Fue tal el impacto que me causó el ingreso al libro que durante las primeras cuarenta páginas no reparé en tomar una sola nota ni en hacer un solo subrayado. Nada. La narración se dejó venir como avalancha hacia mis ojos y entré en la vida de esa loca con una facilidad sólo comparable a la del polluelo que ingresa feliz a la jaula.
Básicamente, la novela de Lemebel presenta cuatro personajes: la Loca del Frente, Carlos —el joven universitario que milita con ese seudónimo en el FPMR—, el tirano chileno por antonomasia y su incallable y estólida esposa. Con esos protagonistas, y con el Chile de la monstruosidad pinochetista, el autor de Tengo miedo torero arma un fresco que va más allá, infinitamente más allá, de la mera anécdota: el país narrado es un país preso por el dolor que le inflige diariamente, desde el 11 de septiembre de 1973, esa bestia irrefrenable apellidada Pinochet Ugarte. A través de la loca enamorada de un Carlos frentista que sólo le corresponde con miraditas y fugaces abrazos, entramos en la preparación del atentado que en septiembre del 86 organizó el FPMR contra el déspota. El resultado ya lo sabemos: Pinochet salvó el cochino pellejo pero en el mundo, y sobre todo en Chile, quedó la marca del odio que la libertad y la justicia le profesaban, le profesan, a ese extraordinario criminal, a ese record man de la muerte.
No era para menos. Desde el golpe contra Allende el tirano y sus secuaces inundaron de cadáveres el suelo chileno e incluso cometieron atrocidades fuera del país, como el asesinato, perpetrado hacia 1976, de Orlando Letelier en Washington. Chile fue durante esos años de tiniebla un gran campo de concentración, un imperio de pánico que tuvo su mayor emblema en la horrendamente célebre Villa Grimaldi, fábrica de tortura que las 24 del día no dejaba de producir brutalidad. Allí, los esbirros del gorila aplicaban toda suerte de vejámenes: abusos sexuales, amedrentamiento a familiares, apaleos, aplicación de alcohol y corrientes eléctricas a las heridas producidas por la tortura,  aplicación de electricidad con picana en diversas partes del cuerpo, arrancamiento de uñas, cejas, pelo y otras partes del cuerpo, arrojamiento de excrementos e inmundicias y un etcétera aterrador y kilométrico.
En esa porquería de régimen vive la Loca del Frente, quien sin hacer preguntas asila en su pintoresco hogar a los jóvenes del FPMR para que allí, en voz baja durante toda la novela, organicen el ataque contra el generalote. Mientras eso ocurre, el marica sigue ensimismado en su mundo de boleros radiofónicos (muchos de ellos mexicanos, por cierto), en sus bordados de sábanas para vender, en su enculamiento platónico de Carlos. La historia no se derrumba en el chantaje de crear una heroicidad apócrifa para la Loca. Su heroicidad radica precisamente en no ser heroica, en ser una mariposa ordinaria y enamorada, sin estudios ni deseos de luchar más allá de lo que garantice su supervivencia. He ahí parte de la genialidad en este relato: si un ser convencional, adrede marcado por un pasado cuasilumpen, cursi y apolítico es capaz de sentir rabia ante la barbarie de los milicos, en qué condiciones podemos imaginar que estaba Chile. La Loca entonces es solidaria aunque no lo apetezca, es sensible ante el horror padecido por su pueblo y jamás usa su condición de gay para decirnos que “hasta él” es capaz de aborrecer al régimen, lo que le da a Tengo miedo torero un aroma profundo de autenticidad.
Aunque a veces no se note, el aire irrespirable e invasivo del ultraje cubre todos los espacios de la novela. Esa opresión es contada por medio de una prosa que al mismo tiempo nos hechiza y nos golpea con su candente novedad. Cuando parece que el español ha dado todo su jugo a punta de exprimidas y exprimidas, Lemebel le extrae resonancias inéditas, ritmos que son como piruetas barrocas inencontrables en otras páginas. Hay en Lemebel, como escribió el también chileno Bolaño sobre Horacio Castellanos Moya, una “voluntad de estilo” insólita, o una preocupación por crear un extraño y deslumbrante “sistema de metáforas”, como dijo Paz sobre Lezama.
Neyret apunta con tino que el de Lemebel “Es un barroco de acá, del Sur, barroco de barro arrastrado por el río Mapocho. Se trata, en principio, de la emergencia (en el doble sentido del término) de la escritura homosexual, siempre bord(e)ando el kitsch pero, y eso es lo que lo diferencia de aquella oscilación entre el ‘talento’ y la ‘vulgaridad’, con conciencia del artificio. Lo que parece fluir como la conversación de una pajarraca parlanchina (para usar comparaciones lemebelianas) es en realidad un apretado trabajo de redacción y, más aún, de corrección, que no deja palabra ni puntuación libradas al azar. La alternancia entre el género femenino y masculino al momento de referirse a la Loca del Frente, la interminable cadena de sinónimos que se utilizan para nombrarla, dan cuenta de un estilo envidiablemente encabalgado entre la espontaneidad y la elaboración, ya conocido en las crónicas, pero al que quien lee debe habituarse a lo largo de páginas y páginas, y cuando se vence el recelo inicial —que lo hay—, la prosa se desliza, Cortázar dixit, ‘como un río de serpientes’”. Yo agregaría que en términos formales, y alguna vez trataré de comentarlo más a fondo, el adjetivo lemebeliano es la joya de su barroquismo.
Ahora que el genocida hijo de perra sigue en la tormenta de la expectativa para que pague con algo la prolongada noche de su crimen, haber leído Tengo miedo torero es uno de los ejercicios más estimulantes que pude tener al cierre de 2005. Es un orgullo haber convivido con estas páginas del admirable Lemebel.

Tengo miedo torero, Pedro Lemebel, Seix Barral, Santiago de Chile, 2004, 217 pp.

sábado, septiembre 07, 2013

Más allá del sueño y de la piel




















El amor, quién no lo sabe, es inagotable como tema literario. De hecho, si me apuran a opinar, es el tema que más páginas ha suscitado y seguirá suscitando, pues no hay pasión que se le pueda comparar en poderío como motor de combustión interna. A estas alturas, por ello, parece una osadía arrimarse a ese bocado, pues se corre el riesgo de repetir y repetir lo mil veces repetido en todas las literaturas.
Pero es inevitable: el amor detiene los sentidos del artista y no tiene más remedio que aceptarlo, y escribe (o pinta, o filma, o canta) sobre el tema infinitamente escudriñado. Es aquí, creo, cuando se hace necesaria una condición: que el creador, para que no suene hueco, sea movido por una pasión profunda y genuina, tan fuerte como sea posible. De lo contrario, creo, su exhibición del amor será poco atractiva y por tanto prescindible. El amor, pues, es el único tema que exige incluso hasta cierta irracionalidad, la misma que, si nos fijamos bien, ponemos en práctica cuando practicamos el amor no sobre la cuartilla, sino sobre algún lecho más o menos cómodo, aunque también pueda ser desahogado en el asiento trasero de un Volkswagen.
Los poemas de Miguel Amaranto, arracimados en el título Más allá del sueño, me confirman esta hipótesis. Podrá uno reclamarles lo que sea, menos intensidad, fervor, entrega. A cada tranco, este poeta peruano cuya radicación lagunera ya va para una década, nos pincela una instantánea de su emoción íntima. Verso a verso vemos que la llama doble (que a decir de Paz es el encuentro amoroso) se mantiene  anudada y arde como constancia de una realización más allá de la hoja.
Amaranto se vuelca en imágenes que celebran la incandescencia de la carne. Sabe que el amor humano pasa necesariamente por la piel, pero también que la carnalidad es apenas un pasaje hacia el misterio. Hay algo más allá del cuerpo, entonces, algo que se cubre de misterio y es inefable. Por eso expresa:

Mirar tu desnudez no sólo
satisface todas estas emociones:
me invita a descubrir
que la naturaleza halla una madre en ti:
que Dios tiene cuerpo de mujer.

Ese poder del magnetismo físico de la carne es lo que lleva al poeta a la estupefacción. La carne tiene tal gravitación en la consciencia que trasciende su puro ser material y se convierte, dentro del amor, en un motivo para el éxtasis, en un espacio con características de santuario, de espacio en el que habrá algo de sacrílego cuando llegamos al contacto:

Quisiera saberte desnuda en el vacío,
que nada te roce,
ni siquiera mis ojos te roben luz.

Esa mirada que se rinde a la mujer deriva, claro, en la veneración. El amante se admite, así, esclavo de su pasión, como en el poema que da título al libro:

Quiero tomarte de la mano y llevarte a tientas sin saber a dónde
caminar sin medir el temor de hallarnos perdidos en luces ajenas a nuestra sombra.
Y desnudar, al fin, tu voz en el rincón del mundo que nos acoja.

Saberte poderosa frente a todo lo que obstruya el flujo de tu fuerza
y sumisa ante aquello que nos tienda en el deseo.
Entonces consagrarte diosa de mi reino y ofrecerme esclavo a tus anhelos.

Con gusto he leído estos poemas. Su desnudez es sincera y nos invita a celebrar dos ritos: el de leer y emocionarnos, y el de amar y percibir el aroma de la eternidad en ese trance.

Texto leído en la presentación de la plaqueta Más allá del sueño que se celebró en centro cultural El Xamán el 3 de julio de 2013. Participamos Gerardo Monroy, el autor y yo.

miércoles, septiembre 04, 2013

Entrevista de hace diez años




















Mi hermano Luis Rogelio me hace ver que El Siglo de Torreón publicó esta entrevista hace diez años, el 4 de septiembre de 2003, cuando el Santos Laguna cumplió veinte. Ahora que la releo noto que contiene algunas afirmaciones todavía válidas y otras ya rebasadas por la realidad, como el declive del boxeo (que repuntó tras decaer el "pago por evento") o mi trabajo en la UIA Laguna. Sea como sea, aquí está:

Jaime Muñoz Vargas explica el contexto
en el que nacieron los “Guerreros”, hace 20 años

Ni en sus mejores años la Morelos estuvo tan repleta de niños, jóvenes y adultos que gritaban al unísono “Santos, Santos, Santos”. Eran los tiempos en que “el equipo de todos” ganaba los partidos, aunque tuviera un marcador en contra. Llegó a la final ante Tecos, la perdió, pero para los laguneros fue el mayor de los triunfos.
Por 90 minutos reinaba la calma. Uno que otro coche se atrevía a cruzar las calles, porque seguramente se le había hecho tarde para la transmisión del partido. De vez en cuando, el silencio era interrumpido por un prolongado ¡gooooool! Y a los minutos siguientes venía la angustia por las amonestaciones, expulsiones y anotaciones en contra.
Santos Laguna cumple hoy 20 años de vida en el futbol profesional de México, y hasta el momento no ha habido otra campaña tan gloriosa para la afición, como la inolvidable 1993-94.
Pero, ¿qué llevó a los laguneros a dormir desde una noche antes en el Estadio Corona para conseguir un boleto? ¿O a saciar la codicia de los revendedores, comprando contraseñas y boletos a elevadísimos precios? ¿A faltar al trabajo, salirse de clases y dejar cualquier otra actividad para sentarse frente al televisor cuando jugaban los “Guerreros”?
Sin lugar a dudas, a partir de esas muchas victorias y también derrotas, el Santos Laguna se convirtió en todo un fenómeno sociocultural, símbolo de identidad entre los laguneros como en su momento lo fueron el algodón y la uva, el puente que une las ciudades hermanas o el Puente de Ojuela.
Jaime Muñoz Vargas reunió en su libro La ruta de los Guerreros. Vida, pasión y suerte del Santos Laguna, aspectos trascendentes en la historia del equipo de casa.
El escritor lagunero y catedrático de la Universidad Iberoamericana (UIA) Torreón habló sobre el papel que “juega” el Santos en la vida social y cultural de Torreón, Gómez Palacio, Ciudad Lerdo, San Pedro, Matamoros y demás municipios que integran la Comarca Lagunera de Coahuila y de Durango.

¿Cuál era el contexto que enfrentaba la Comarca Lagunera cuando el Santos Laguna llegó a su primera final, en la campaña 1993-94 que le llevó al subcampeonato?
El Santos Laguna es un equipo nacido en plena crisis. 1983 —año en el que jugó su primer partido en aquel momento auspiciado por el IMSS— es apenas el segundo año del sexenio de Miguel de la Madrid y para entonces la palabra “crisis” era la más socorrida en el vocabulario de los mexicanos.
Las devaluaciones nos golpeaban cada mes y, como es obvio, La Laguna no pudo estar al margen de aquella coyuntura. Con las uñas, las primeras autoridades del Santos armaron un equipo que desde el principio fue bien recibido por la afición. Puede decirse incluso que el Santos Laguna nació con carisma y eso ayudó a que, pese a la terrible situación económica del país, la gente no abandonara su posición en la tribuna.
Con tropiezos, con descalabros de todos los colores, el equipo se mantuvo en pie y logró incluso sobrevivir al criminal sexenio de Salinas, lo cual ya es mucho decir. Así llegó aquel subcampeonato contra los Tecos y con ello la primera irrupción de fervor social en torno al club. Atrevo una hipótesis para tratar de explicar aquel fenómeno: La Laguna fue muy golpeada por Salinas, nuestra región padeció años terribles con aquel presidente, nuestra economía se estancó dolorosamente y los laguneros encontraron en el Santos subcampeón una especie de válvula a la asfixia provocada por el torniquete salinista a La Laguna. Tal vez eso ocurrió.

De alguna manera, ¿esta situación influyó para que el equipo se convirtiera en todo un fenómeno?
A partir de 1993-94 comienza el despegue real del Santos Laguna, es cierto, pero debemos recordar que la primera etapa, aunque traumática, sirvió para definir, para afianzar la mentalidad del aficionado. Todos recordamos al Santos del Choque Galindo, del Puma Rodríguez, de Dolmo, de Armendáriz, de Juan Flores, esos sí fueron años heroicos para el club.
El equipo logró sobrevivir pese a su modestia y lo más importante: creó afición. Luego, con los nuevos dueños, las condiciones evolucionaron. Con la inyección de recursos, el Santos pasó al protagonismo y desde entonces el fenómeno pasó de la efervescencia a la estabilidad, al éxito sostenido. Si siguen así las cosas, difícilmente volverá a darse la santosmanía de 1993-94.
En mi libro afirmo que a La Laguna le hacía falta un icono que lo identificara en todo el país, y el Santos, junto con el poder de los medios de comunicación, pasó a ser una especie de representante de la región en todo México. Quizá exagero, pero a La Laguna la ubican hoy de Sonora a Yucatán gracias a que aquí juega el Santos. La tele llega a todas partes.

¿Por qué antes no se había desatado tanta euforia?
Los más viejos que yo saben que antes de la santosmanía aquí hubo conatos de euforia deportiva con el fut y con el beis. La celebración no fue muy aparatosa, nunca se desbordó en las calles, pero sí se dio algún ruido. Supongo que este fenómeno tiene mucho de mediático.
El desarrollo de los medios nacionales y de los locales provocó que el futbol fuera convertido en una prioridad social y, por ese hecho, tras los triunfos, se desató la efervescencia, la catarsis. Antes eso no ocurría porque no había tanta cobertura mediática ni un equipo que dejara suficientes números negros sobre la libreta.

¿Consideras que el equipo ha crecido junto con los laguneros, es decir, con el desarrollo de esta región?
Sí, La Laguna no cesa de crecer y ya estamos arrimándonos peligrosamente a la condición de urbe ingobernable, caótica e inequitativa. La Laguna se ha desarrollado, pero debemos preguntarnos si las oportunidades son parejas para todos. He allí la clave del verdadero desarrollo. ¿Por qué hay tanta afición del Santos en Ciudad Juárez, en Tijuana? Por la pobreza, nuestros ranchos se han vaciado de mano de obra barata para la maquila fronteriza y hasta allá se van esos desheredados de la comarca. Se van y lo único que se llevan es su identificación con el Santos. Supongo que los triunfos del equipo son sus pequeños triunfos allá, donde a ellos los exprimen.

¿Cuál es el papel que han jugado los medios de comunicación?
Como tantos otros en la actualidad, el fenómeno de la querencia por el Santos tiene mucho que ver con los medios. El futbol es un gran negocio mundial. Si el producto es ubicuo (el futbol), el consumo es también omnipresente, y La Laguna no está al margen de esa situación.

Y actualmente, ¿cómo es la relación del equipo con su entorno?, ¿hasta dónde ha llegado?
La imagen del Santos ha permeado a todas las clases sociales por igual. Si a la presencia mediática sumamos el hecho de que el fut sigue y seguirá siendo el deporte más popular — “la venganza del pie contra la mano”, como dice el poeta—, el más barato y el más sencillo de entender, es de suponer que la feligresía santista seguirá creciendo en La Laguna como lo ha hecho desde hace veinte años.

¿Habrá nuevos fenómenos con los Vaqueros Laguna o con los Algodoneros de la Comarca?
Lamento mucho lo que ocurre con el beis y con el basquet. Son deportes espléndidos y deberían penetrar más en el gusto de la gente, pero no tienen ni por asomo la difusión mediática de la que goza el futbol. Durante un tiempo el box tuvo mucho arrastre popular, pero lo perdió debido sobre todo al pago por evento inventado en Estados Unidos por el gangsterismo de Don King. Eso mató al pugilismo como deporte de arrastre masivo.
Mientras se esperan nuevas glorias, con la ilusión de llegar una vez más a la liguilla y conseguir el máximo trofeo del futbol nacional, el Club Santos Laguna soplará hoy las 20 velas del pastel de aniversario.

El primer partido
El domingo cuatro de septiembre de 1983 La Laguna amanece con la buena nueva del cartel publicitario que pregona el acontecimiento: “Futbol-Futbol/ Hoy domingo/ Renace el futbol profesional para la afición lagunera”, decía el anuncio, y agregaba: “Inauguración de la Temporada/ 1983-1984/ 15:30 de la tarde/ Santos-IMSS Laguna/ Vs./ Bachilleres de la U. de G./ Numerados $250.00/ Sol $100.00/ Sombra Gral. $200.00/ Niños Sombra $50.00/ Niños Sol $20.00/ ¡Asiste y apoya a tu nuevo equipo de La Laguna!”
Aquella tarde canicular el Sol pegaba como suele pegar en el desierto irritila, pero no impidió que una buena cuota de aficionados asistiera a la apertura del torneo y al bautizo del club local. Acaso para simbolizar que el nuevo equipo no representaba a un solo municipio, sino a toda una región, el acto inaugural fue concelebrado por los alcaldes de las ciudades-ombligo laguneras: Braulio Fernández Aguirre, de Torreón; Manuel Gamboa Cano, de Gómez Palacio y Vicente García Ramírez, de Lerdo; en la ceremonia también participó Salvador Franco Morones, delegado del IMSS en Durango.
Eran las 15:45 horas cuando los equipos entraron a la cancha; Santos Laguna, uniformado todo de blanco, pisaba por primera vez, oficialmente, la gramilla de su estadio. Se oyó el Himno Nacional; después, el presidente de Torreón pronunció las palabras inaugurales y de inmediato varios niños desfilaron con los nombres de los equipos que integraban la Segunda División “B”. Para hacer un énfasis de profundo cariz simbólico, los tres alcaldes patearon un saque inicial. Eran ya las cuatro de la tarde, la hora de la hora.
Este pequeño fragmento de la crónica del libro de Jaime Muñoz Vargas, ilustra cómo inició la tradición santista, que hoy es todo un fenómeno.

Sobre el libro
Jaime Muñoz Vargas publicó hace cuatro años el texto con la historia del equipo local.
La ruta de los Guerreros. Vida, pasión y suerte del Santos Laguna se publicó a finales de 1999, cuando el equipo cumplió 17 años.
—Es un texto de más de 300 páginas, producto de una investigación de cinco meses en periódicos.
—Durante este tiempo el autor escribió con el fin de retribuirle algo al único deporte que pudo practicar en su niñez, dado que el lugar donde nació, en Gómez Palacio, no dejaba otra alternativa: o jugaba fut o no jugaba nada.
—El libro fue publicado gracias al apoyo del impresor lagunero Alfonso Amador Salazar.
—Aunque agotado, pudiera existir la posibilidad de reeditarlo en una versión más sintética y con el apéndice de los últimos tres años de historia santista.

miércoles, junio 19, 2013

Desventaja














Somos más los buenos que los malos, pero carecemos de armas para liquidarlos.

Frase de a tostón

















Si alguien afirma "no hay que confundir la libertad con el libertinaje", quiere decir que no ha leído ni a Yordi Rosado.

domingo, junio 16, 2013

Homenaje en San Pedro




















Hace casi un mes leí estas palabras en el homenaje a los escritores Concha Luna y Alfredo Hernández. Eso ocurrió en el auditorio de la Casa de la Cultura de San Pedro de las Colonias, edificio donde vivió Francisco I. Madero y en el que escribió La sucesión presidencial en 1910. El homenaje fue organizado por el ingeniero Isidro Pérez, responsable del departamento de difusión cultual de la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro Unidad Laguna en coordinación con el Instituto Sampetrino de Cultura que encabeza el maestro Cornelio Cepeda.

Concha y Alfredo: la cultura como eje de vida

Jaime Muñoz Vargas

I
No puedo disimular distancia, frialdad o sequedad en un apunte sobre Cocha Luna y Alfredo Hernández. Pese a que los he tratado poco, desde hace más de veinte años les guardo un respeto y una admiración no exentos de cariño. Sé desde entonces que son lo que ustedes ya saben que son: dos excelentes escritores y dos incansables abejas de la promotoría cultural en La Laguna, particularmente en San Pedro de las Colonias. Eso, para mí, es suficiente base para apoyar el aprecio que les tengo.
Debo decir de paso que el lugar donde Concha y Alfredo más han sembrado es un espacio que estimo profunda y desinteresadamente. Por muchas razones, todas ellas inmateriales, quiero a San Pedro. La primera, porque aquí estudió mi abuelo, Eduardo Vargas Rodríguez (por él, mi segundo nombre es “Eduardo” y mi segundo apellido es “Vargas”), a principios del siglo XX; aquí vivió y escribió mi prócer favorito, Madero, también a principios del siglo XX; aquí nació el general Francisco L. Urquizo; de aquí fue, asimismo, el mejor pintor lagunero de la historia: Xavier Guerrero; aquí nació uno de mis mejores amigos: Raymundo Tuda Rivas; y de aquí son, claro, Concha y Alfredo. Todas esas razones me llevaron a fechar en San Pedro, aunque fuera en términos ficticios, una novela disfrazada de memoria, esto para enraizar en mí la idea de que pertenezco en algo, aunque sólo sea en el plano de la fabulación, al espacio sampetrino.
Así pues, no dudé ni tantitito en decir sí cuando Isidro Pérez, responsable del área cultural en la benemérita Antonio Narro Unidad Laguna, me convidó al homenaje para Concha y Alfredo. ¿Cómo no sumarme, pensé, al reconocimiento de dos personajes que armados de silencio, talento y humildad han mantenido viva la flama de la buena literatura en un municipio tan querido de mi ya de por sí querida comarca lagunera. Voy, pensé, porque será grato estar con Concha y Alfredo, porque será un honor decirles sus verdades frente a frente, como lo hago ahora mismo.

II
Comienzo con Conchita. Ella nació en San Pedro, ha sido maestra, promotora cultural y poeta. Las primeras publicaciones de sus trabajos vieron la luz en la capital del país. Más adelante aparecen sus poemas en revistas como Parva, órgano literario de la OPIC, edición que se difunde por varios países de Latinoamérica. Ha sido invitada a leer su obra en varios lugares de la república, entre los que destacan el ex Convento de Santo Domingo, en Oaxaca, y el canal 11 de Televisión del Politécnico Nacional, esto dentro de la serie “Poetas de México”. Recibió homenajes del gobierno del Estado de Coahuila y de la Universidad Autónoma de Coahuila, y la revista Casa de Coahuila la incluyó en sus páginas. En 1969, la Universidad Autónoma de Coahuila le publicó Poemas y el ayuntamiento de Torreón, en 1983, Poemas en el agua. Su presencia es constante en los diarios y revistas de Coahuila. Perteneció al patronato fundador de la primera biblioteca de San Pedro. En 1976 fue cofundadora, junto con Alfredo Hernández, del Centro Cívico Cultural “Francisco I. Madero”, que generó la Casa de la Cultura de San Pedro, donde fue directora honoraria hasta 1995. Tiene presencia constante en encuentros culturales y colaboró con el gobierno del estado durante varios años en la selección de becarios en artes. La asociación de sampetrinos radicados en el DF le otorgó la medalla al mérito, y la asociación de periodistas de San Pedro, el reconocimiento por el impulso que ha dado a la cultura popular. El Sindicato Nacional del SNTE, en Coahuila, le entregó un reconocimiento por su trayectoria. El ayuntamiento de su ciudad natal, por conducto del Instituto Sampetrino de Cultura, le entregó la presea “Mitote” con que distingue a los ciudadanos que hacen una aportación valiosa a la comunidad. El mismo ayuntamiento la declaró ciudadana distinguida en ceremonia popular en septiembre de 2011.
Esta ficha biográfica apenas insinúa parte de los múltiples haceres culturales de Concha Luna. Destaca en la enumeración, por supuesto, su flanco literario. Ahora que he releí parte de la poesía  de nuestra homenajeada arribo a una conclusión que, creo, tardé en redondear: Concha Luna no es la mejor poeta sampetrina actual, sino una de las dos o tres mejores de Coahuila, y cuando digo “la mejor” no necesariamente estoy pensando en términos genéricos, sólo en las mujeres. Me atrevo a señalar esto porque en sus poemas hay hondura, sobre todo ese toque de sutil asombro ante los enigmas de la vida que, dichos con música verbal, son una poesía que cala hasta los huesos.
El asombro, pues, camina por los versos de Cochita. Sus temas son variados, como debe ser en todo poeta abierto a la diversidad de la vida humana. Por eso conviven, por ejemplo, los poemas paisajísticos con lo filosóficos, los familiares con los que atesoran un tenue ímpetu social.
En “Tierra mía, periférico sol”, la autora dibuja nuestro entorno con fuerza telúrica y entrañable. No está aquí el verso chovinista, la exaltación gritona de la belleza ambiental que nos cupo en mala o buena suerte, sino la descripción azorada ante el vigor de nuestro espacio:

Ríos subterráneos
alimentaron esta vastedad
que se tiende a los aires
como espiga o flor
o fruto abierto. (…)
Aún en ella palpitan otras eras.
      
Aún corre el ígneo rumor
que ondula sus entrañas.
Tierra, llanura, valle,
ola en el mar de arenas. (…)

La muerte es el ayer,
el tiempo roto.
La vida aquí amanece, flor abierta
en el cristal del cielo,
los árboles asoman su ropaje
y en el bajo relieve de los campos
el universo a la semilla canta
como canta el azul en el paisaje. (…)

Deseo convertirme en tu sol,
calcinarme en tu arena.
Pueblo sereno y limpio
acomódame en tu mano.

En “La noche”, nuestra poeta deambula por su interior, explora su alma y en ella podemos vislumbrar la nuestra cuando la oscuridad nos arropa:

Aparece la noche
rigurosa,
ajena a los cumpleaños
eterna y lúcida.
Sus calles sobreviven
a mis calles.
Vienen entonces,
como una fiesta,
sueños
presentidas palabras,
sueltos gritos.
Mi voz de pobre
amarrada a mi historia.

O éste titulado “Niño de la calle”, donde el grito de denuncia se eleva frente a la llaga con unos versos que nos toman de la mirada y nos hacen ver de otra manera lo omnipresente y doloroso:

Sueños perdidos,
infancia subterránea,
 juegos adormecidos con dolor,
con hambre larga.

La cajita de dulces, gran tesoro.
Mientras dormita cotidiana
la indiferencia
en nuestros ojos.

A su tristeza se acostumbra el viento.


III
Paso ahora hacia Alfredo Hernández. No sé si he contado que a él lo conocí en 1984, hace casi treinta años. Fue en la calle 12 casi esquina con la avenida Juárez, en Torreón, lugar donde estaba ubicada la oficina del Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Allí recibió Alfredo el primer lugar del premio Magdalena Mondragón en el género de cuento, y en la ceremonia estaba el jurado, Rafael Ramírez Heredia. Asistí porque aparte de los tres primeros lugares, el jurado otorgó dos menciones honoríficas, una de las cuales me tocó. Fue la primera vez que concursé en algo y no recuerdo un momento de mayor alegría literaria. Conservo el recorte de La Opinión con la nota sobre aquella ceremonia. Tiene foto de Alfredo Hernández y allí, perdido en algún párrafo, aparece mi nombre.
Pasaron muchos años, décadas incluso, y de Alfredo me llegaban vagas noticias. Su nombre, asociado siempre al de mi admirada Conchita, era y sigue siendo, para mí, sinónimo de cultura en San Pedro. Amigos comunes de Torreón lo mencionaban de vez en cuando, siempre con afecto y respeto, pues Alfredo ha sabido ganarse, sin aspavientos, la amistad de muchos que tal vez él ni siquiera imagina que lo admiran o admiramos.
Ahora que me invitaron a presentar una partecita de sus prosas me ha contentado mucho. Leerlo ha sido confirmar que es un narrador agudo, ágil, malicioso para el articulado de relatos en los que brillan el ingenio y la prosa poética. Confieso que me sorprendió, no exagero, su colmillo de microrrelatista. Ignoro si es conciente de su destreza como artífice de piezas que no le piden nada a las microficciones de los microficcionistas consumados. Junto a los apellidos totémicos de Torri, Arreola, Monterroso, Denevi, Shua, Valenzuela, Goloboff, Brasca, Epple y Lagmanovich el de Hernández no desluciría en lo absoluto. Y creo, lo cual es apenas una corazonada, que microrrelata a partir de la intuición, del olfato, no tanto de un acercamiento a las teorías, hoy de moda, sobre el texto súbito, el fragmento o como queramos llamar a las piezas narrativas brevísimas.
Hay en Alfredo Hernández una suerte de atrayente desenfado. Me gusta, por ejemplo, que en su “Pequeña biografía” no se tome nada en serio y cuente todo como si todo hubiera sido, acaso porque en esencia todo lo es, producto del, a veces, dadivoso azar. La ficha de vida, digamos, seria, describe que Alfredo Hernández, de profunda raíz sampetrina, publicó por primera vez en México, DF, en 1965. Estudió teatro en el Instituto Cultural Hispano Mexicano y en el Foro Isabelino de la UNAM. Colaboró en la revista femenina Mujer de Hoy y en el Diorama de la Cultura de Excélsior. En julio de 1970 y en mayo de1973 intervino como dramaturgo y director en los festivales de primavera del Instituto Nacional de Bellas Artes. En 1974 colaboró en el suplemento Meridiano del diario La Opinión. Participó un tiempo Noticias, y en ambos periódicos, fuera de los suplementos, publicó comentarios acerca de la actividad cultural lagunera, particularmente de Torreón. En 1974, dentro del primer Concurso Regional de Cuento auspiciado por la Casa de la Cultura de Torreón y el Comité Organizador de la Feria del algodón, obtuvo el primer lugar. En 1985 conquistó el primer lugar en el primer concurso de cuento “Magdalena Mondragón, organizado por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su texto apareció en la antología de “Escritores Coahuilenses”, de la propia Universidad, luego en la revista “Cultura Norte”, del Programa Cultural de las Fronteras, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Ha escrito y dirigido varias obras de teatro escritas por él. Una de ellas, para niños, viajó en las presentaciones del “Teatrailer”, del patronato del Teatro Isauro Martínez, y llegó a más de cien representaciones en varias ciudades del estado de Coahuila, incluida la capital del estado y el Festival Nacional de Teatro en Monterrey. Ha presentado sus obras en el teatro Mayrán, en el Martínez de Torreón, en el Auditorio Municipal y en la Casa de la Cultura de San Pedro. También en colonias, plazas públicas, el Bosque Venustiano Carranza y varios espacios de Torreón. Llevó sus trabajos al Teatro de la Ciudad, en la capital del estado. En México dirigió una obra en la “Sala Chopin”. Actualmente colabora en la revista Qué Onda, San Pedro, que dirige su hija Jimena Hernández Luna.
Esta descripción fría, curricular, puede ser contrapunteada por el relato que de sí mismo ha trazado en la “Pequeña biografía”, un relato salpimentado con pasajes que a la postre nos perfilan el contexto en el que nuestro homenajeado se movió:

Por mi barrio pasaba el tren, allá en Torreón, donde ocurrió casi toda mi infancia. A las doce del día venía el tren de Durango, por eso el barrio se llama “La Durangueña”. Por las noches eran dos o tres los que arrullaban mi sueño, de modo tal que aprendí a dormir con el traca traca y el cimbrar de rieles y durmientes. Les comento que aplasté redondas monedas de cobre de cinco centavos en las vías. Y muchas veces llegué a pensar que mis amigos y yo, al colocar esas monedas, de seguro habíamos provocado algún descarrilamiento. Pero la policía nunca fue por nosotros, así que a lo mejor los trenes se descarrilaban por otras causas. De cuando en cuando sigo escuchando un largo silbido a medianoche.

Observé hace algunos párrafos que me ha sorprendido la destreza con la que Hernández se mueve en los territorios de la minificción, sobre todo por la calidad de su prosa y por la eficacia en el bruñido de cada idea. “El pez”, por ejemplo, es un portento de relato onírico, y si no fuera porque me detiene la mesura, yo lo colocaría sin vacilar al lado de los mejores apuntes arreolanos, aquellos del Bestiario:

Amada: el pez viene a ser un ente prodigioso que se desliza en silencio por el agua y por los sueños. Su inventor es el mismo que diseñó la naranja, la espada, el huevo y la bicicleta.
Lo mismo que la naranja, es el más remoto símbolo de la caducidad de los imperios, la veleidad y belleza de los adolescentes y la eternidad de las querellas entre los amantes.
Su vestidura ha sido creada a partir de una aleación alquímica entre la plata, el diamante y las lágrimas. Su ojo redondo representa al anillo de Saturno y por eso entre algunos disidentes coptos suele llamársele sábado.
El pez original, el padre de todos los peces, viaja invisible por las constelaciones. Le conocen en los nueve planetas y en todos es objeto de la misma veneración. El paso de los diluvios ha ido modificando la forma de su cuerpo y se dice que hoy es ya sólo una minúscula esfera transparente.
Debo decirlo todo: En el año del pez también te amo.

Ignoro si Alfredo tiene organizadas sus brevedades en algún engargolado. Si no es así, no sé qué espera para hacerlo y luego para buscar pronto su edición. Más de uno se llevará la misma sorpresa que me llevé yo al contemplar microficciones como “El adivino” o textos que están más cerca de la prosa poética, pero igualmente notables, como “La cebolla”. De la tanda que me compartieron, mi brevedad favorita es “De fantasmas”, puñado de palabras que no puede envidiarle nada a Torri:

La vieja casona que parecía encontrarse a punto de caer tiene ahora manos hábiles encargándose de su restauración. Hay un movimiento inusual de trabajadores durante el día y buena parte de la noche. Se reponen vidrios de ventanas, se repintan muros, techos…
Dos inquilinos, quienes aparentemente realizan una inspección rutinaria en el edificio, de pronto detienen sus pasos.
Pálido el rostro, temblorosa la voz, el más joven se vuelve a su compañero y expresa, de manera casi inaudible: ¿Oíste? ¿Escuchaste ese ruido como de cadenas arrastrándose?
—Escuché, claro, pero más que ruido de cadenas debe ser alguien arrastrando varillas de metal para construcción o quizá de aluminio.
—Son cadenas, insisto ¿Y ese ruido de puertas que se cierran de golpe? ¿Notaste un aire helado que cala hasta los huesos?
—Si…Alguna puerta que alguien olvidó cerrar; recuerda que es invierno.
—Alguien gime…
—Es el viento.
—¿Y ese grito?
—No, no, es alguien que canta.
—¿Viste?
—Nada…
—Qué miedo —murmura—.Tengo los nervios casi destrozados. Esta interacción entre vivos y difuntos me molesta. Odio que se me aparezcan los vivos en estos caserones aparentemente abandonados.

Por todo lo anterior, y por todo lo que se queda en el tintero, Alfredo Hernández es, junto con Concha Luna, referente de la literatura lagunera. Y miren qué maravilla: Alfredo y Concha son pareja, y más maravilloso para mí es que sé que me tienen por amigo. En literatura nunca es tarde para reconocer el valor de una obra. Lo reconozco ahora.

Comarca Lagunera, 24, mayo y 2013

sábado, junio 15, 2013

Geometría del cuento


Urdí estas rápidas notas para usarlas como guía en una conferencia celebrada en la biblioteca municipal José García de Letona, en Torreón. La ofrecí el 30 de enero de 2013 y nunca tuve ni me di tiempo para aplicarles una mano de gato que viabilizara su publicación al menos en el único lugar que me permite hacerlo sin cortapisas: este blog. Hice hoy la revisión y aquí está el resultado. Advierto que apenas retoqué, así que estas palabras debemos imaginarlas complementadas —aderezadas— con explicaciones en estilo oral. En las conferencias no me gusta leer tal cual, pero tampoco dejar todo en manos de la espontaneidad. El texto que viene da una idea de los apuntes que suelo sancochar como “acordeón” de conferenciante. Ojalá sirvan de algo ya rebarnizadas y puestas en un formato cercano al artículo.

Geometría del cuento: apuntes en moto sobre un género movedizo

Jaime Muñoz Vargas

He pasado mi vida de cuentista creyendo y desconfiando de todo lo que sé sobre el cuento, género con el que comencé a escribir y género con el cual todavía no firmo mi divorcio. Me sé, pues, esencialmente cuentista, malo o regular, ya que no puedo decir bueno, pero cuentista al fin. He pasado por todos los demás moldes literarios y periodísticos, pero siempre, así deje de escribirlos, me consideraré creador de esas ficciones breves denominadas cuentos.
En el camino he escrito muchos, claro, y también he leído algo de teoría e incluso mi “decálogo” quiroguesco, pero lo que más me ha enseñado a valorarlo, a entenderlo, a gozarlo como género (porque el goce estético es a fin de cuentas lo más noble que tiene todo arte), es la lectura de muchos, de ya innumerables cuentos. Voy a espigar aquí, pues, algunas opiniones sobre lo que creo ha sido el cuento, sobre algunos de sus más importantes cultores y principalmente sobre las dos, digamos, brechas por las que suele caminar la mayoría de los cuentos, todo eso en diez apresurados trancos. Al final ofreceré mi lista para una antología tentativa, si alguna vez me la encargaran y no tuviera yo cómo eludir esa solicitud.

El protocuento
El cuento entendido como forma de relato breve es tan viejo como los cerros y la palabra articulada. Allí donde un grupo humano comenzó a colocar palabra tras palabra, a transformar la realidad en discurso, fue el cuento lo primero que afloró, lo primero que pudieron crear aquellos primeros y peludos hermanos nuestros. La primera explicación para todos los fenómenos, lo sabemos, fue mítica, y esto significa que si los homínidos primigenios querían entender el rayo, el sol, la lluvia y demás, apelaron al relato, crearon dioses adecuados, seres todopoderosos que de la nada eran capaces de provocar tormentas o iluminar el firmamento. Todavía hoy, claro, hay incontables vestigios de esa explicación mítica de todo lo visible y lo invisible, explicación enunciada en pequeños relatos, en protocuentos, por llamarlos de algún modo.

Los mil y un cuentos
Porque estos apuntes buscan una inteligencia rápida de la criatura llamada cuento y no permiten detenernos demasiado, demos un salto de miles de años. Siglos más, siglos menos, los griegos y los romanos afinaron muy bien su gusto por los relatos. Cuántas historias cortas y aleccionadoras hay en ambas literaturas, cuántos escritores no practicaron el arte de inventar personajes y destinos. Lo hacían, sin embargo, sin una conciencia clara de la independencia que podía tener el relato breve en relación con otras formas de escritura, con el drama. Ese gusto de las dos antigüedades clásicas llega hasta finales de la Edad Media y produce, por ejemplo, series como Los cuentos de Canterbury, de Chaucer, y por esas mismas fechas, el Decamerón, de Boccaccio. Poco antes, en el siglo IX y por rumbos no europeos, alguien compuso Las mil y una noches, obra que ocho siglos después tuvo extraordinaria recepción en la Europa del siglo XIX.

El ABC de Poe
Los manuales de cuento citan de cajón a Edgar Allan Poe como el creador del cuento moderno. A diferencia de otros, el norteamericano visibilizó una noción que hasta la fecha es importante en toda forma breve, como el cuento: “La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión, debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias dos sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente”. En su famoso Método de composición, Poe describe las características que debe tener en cuenta quien encare un texto cuyo propósito sea lograr esa “unidad de impresión”. En todo ese ensayo examina los rasgos que no sólo hicieron posible “El Cuervo”, sino también el primer cuento moderno de la historia, “Los crímenes de la calle Morgue”, que a su vez fue el primer relato policial que creó un clima de suspenso, de incertidumbre, con pistas, detectives y todo lo que ya sabemos, eso que luego sería ingrediente fundamental para los textos policiales y para todos los relatos con estructura cuentística moderna. Por eso mismo se puede afirmar que el cuento es quizá el único género con lugar y fecha precisos de nacimiento: su cuna fue la Graham's Magazine, de Filadelfia, en su edición de abril de 1841.

Boom del cuento
Gracias a Poe y “Los crímenes de la calle Morgue” el cuento alcanzó su independencia genérica. Por fin se había convertido en un espécimen autónomo, con reglas precisas, capaz de seducir a muchos escritores que, atraídos por la novedosa forma, se vieron desafiados y compusieron relatos que aspiraban a la “unidad de impresión” que el bostoniano había propuesto tanto en la teoría y como en la práctica.

La sombra de la novela
El cuento legislado, el cuento en el que los escritores se imponen la tarea de trabajar una estructura cerrada, nació pues en el llamado “siglo de la novela”. Frente a muchas obras gigantescas, frente a genios descomunales como los de Víctor Hugo, Flaubert, Dickens, Dumas, Stevenson, Verne, Tolstoi, Destoyevski, Zolá y tantos otros, el cuento se abrió paso a codazos y logró convertirse en un género importante. Sin embargo, la sombra de la novela fue tan pesada que hasta la fecha predomina, colma el mundo editorial e impide que el cuento se haga de un público mayor.

Consolidación en América Latina
La suerte del cuento quedó marcada en el siglo de la novela, el XIX. Chejov, Conan Doyle y Maupassant fueron sus principales impulsores, y el eco de estos tres europeos, junto con el de Poe, llegó a Latinoamérica. Aquí lo acogió, sobre todo, el uruguayo Horacio Quiroga, con una producción numerosa y terrible, muy en la línea poesca. También lo asimiló Darío, siempre con su estilo lleno de suntuosidades, y Leopoldo Lugones, quien a mi juicio es el primer gran cuentista de nuestro continente espiritual; basta leer, para probarlo, Las fuerzas extrañas, libro de cuentos publicado en 1906.

Grandes presencias en AL
Ya bien aclimatado el cuento entre nosotros, a mediados del siglo XX aparecen los nombres que podemos identificar con mayor facilidad, puesto que siguen muy al alcance de la mano en cualquier biblioteca o librería. Cortázar, Borges, Bombal, Arlt, Arreola, Monterroso, Rulfo, Valadés, García Márquez, Onetti, Filisberto, Carpentier, Fuentes, Walsh, Benedetti, Anderson Imbert, Ribeyro y muchos más, lograron lo que quizá parezca inverosímil, pero que a mi juicio es verdad: que América Latina reuniera en unas cuantas décadas, dos o tres apenas, a los mejores cuentistas del mundo. Sin embargo, la novela, el género del Boom, continuó la rectoría de la narración mayor sobre la breve, al menos desde el punto de vista editorial.

Continuadores
El peso de escritores como Rulfo y García Márquez, incluso de Vargas Llosa, quien sólo ha escrito un libro de cuentos, dio como resultado que el cuento terminara por convertirse en una presencia habitual y con muy estimables continuadores todavía vivos. Me refiero a escritores como Piglia, José Agustín, Abelardo Castillo, Luisa Valenzuela, Guillermo Saccomanno, Soriano, Eduardo Antonio Parra, entre otros muchos. En todos ellos todavía puedo notar una línea de trabajo que arranca desde Poe y sigue, sin solución de continuidad, hasta casi finalizado el siglo XX. Es decir, creo notar que, unos más, otros menos, todos tienen presente que el cuento debe aspirar a lo que Poe quería, la famosa “unidad de impresión” que determina gran parte del oficio. En esto pensó también Borges cuando en el ensayo “El arte narrativo y la magia” observa que “Todo episodio, en un cuidadoso relato, es de proyección ulterior”, un proceso de escritura que denomina “mágico”, pues en él “profetizan los pormenores”. Esta noción se corresponde con la expresada por Piglia en su “Tesis sobre el cuento”: “un cuento siempre cuenta dos historias (…) El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. [es decir] Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”.

Adiós a los candados
El otro proceso destacado por Borges es el “natural”, “que es el resultado de incontrolables e infinitas operaciones”; a él se ciñeron muchos escritores abrazados, por decirlo de manera esquemática, a la estética de la posmodernidad, aquella que suele renunciar a los grandes discursos no sólo en política, sino en todo lo que tenga tufo de cartabón academicista, esteticista. Esos escritores producen cuentos en cierto modo bukowskianos, historias breves que parecen estampas de vida, instantáneas, recortes de la realidad cruda y descreída que les tocó en suerte. Pedro Juan Gutiérrez (El insaciable hombre araña), Guillermo Fadanelli (Más alemán que Hitler) y Roberto Bolaño (Putas asesinas) son tres ejemplos de esa cuentística ya despreocupada del corsé a lo Poe. Los cuentos de estos escritores no se ciñen entonces a una estructura predeterminada, no piensan en las peripecias con “proyección ulterior”, y más bien buscan que el humor negro, la frescura insolente de la prosa, la pavorosa gravitación de la rutina, el sinsentido de la existencia y todo eso sea lo que sostenga cada relato.

El mismo problema
El cuento moderno, pese a sus casi dos siglos de vida, sigue frenado, sofocado por la novela. Esto articula una paradoja interesante: suponemos que ahora no hay mucho tiempo para leer, pero las editoriales y el lector siguen prefiriendo la novela. Y voy más lejos: salvo algunos esfuerzos editoriales, las grandes corporaciones ya no reciben nuevos cuentos ni siquiera para dictaminarlos negativamente. O sea, los descartan de antemano, tras enterarse de que son cuentos. Pese a eso, el género sigue allí, haciendo su vida de salmón desde que nació con la forma de una historia policial ocurrida en la famosa calle Morgue.

Veinte cuentos que siempre releeré
Toda selección es discriminatoria. Ofrezco esta lista de veinte cuentos sólo para no terminar recomendando cincuenta o más. De cada autor me gustaría citar varios, pero opté por escoger uno de cada uno para tratar de que cupiera exactamente la veintena.

“La carta robada”, Edgar Allan Poe
 “El Sur”, Jorge Luis Borges
“¡Diles que no me maten!”, Juan Rulfo
“Yzur”, Leopoldo Lugones
“Deshoras”, Julio Cortázar
“Los gallinazos sin plumas”, Julio Ramón Ribeyro
“Escenas en la vida de un monstruo doble”, Vladimir Nabocov
“Enoch Soames”, Max Beerbohm
“El cuervero”, Juan José Arreola
“Tu rastro de sangre en la nieve”, Gabriel García Márquez
“La clave literaria”, María Elvira Bermúdez
“La aventura de las pruebas de imprenta”, Rodolfo Walsh
“La fiesta brava”, José Emilio Pacheco
“El candelabro de plata”, Abelardo Castillo
“La loca y el relato del crimen”, Ricardo Piglia
“La muerte tiene permiso”, Edmundo Valadés
“El crimen de San Alberto”, Fernando Sorrentino
“La muerte”, Mario Benedetti
“El caso de los crímenes sin firma”, Adolfo Pérez Zelaschi
“19 de diciembre de 1971”, Roberto Fontanarrosa

domingo, junio 09, 2013

El magnate














1. Naces. 2. Te heredan una fortuna. 3. Ganas un torneo. 4. Celebras peor que mi tío el borracho. 5. Eres TT nacional. 6. Sigues en Forbes.