sábado, mayo 17, 2014

El múltiple Ramón










Cuesta nada y vale oro. Me refiero al tabique Crónicas literarias (Océano-Gandhi, México, 2011, 397 pp.), de Ramón López Velarde. La selección y el prólogo son obra de Juan Domingo Argüelles (Chetumal, 1958), poeta y ensayista que viene armando desde hace varios años una producción notable como escritor, como organizador de antologías (o selecciones) y como promotor de la lectura. Aquí ha organizado el valioso material prosístico que el jerezano dejó disperso en revistas y periódicos, y le adosó un prólogo que no podemos eludir.
Argüelles recuerda las apreciaciones que, en general, ha recibido el López Velarde prosista. Las que ha motivado su poesía son de sobra conocidas, tanto que sus versos, lo sabemos, entran en automático a cualquier antología de poesía mexicana de cualquier época (no sé si sueno muy insolente al decir que me parece el poeta mexicano más interesante, por no decir el mejor, del siglo XX). Su prosa, en cambio, ha tenido que avanzar un poco a la sombra, casi oculta debido a la gravitación de su poesía y a que ninguna de las compilaciones prosísticas hasta hoy publicadas apareció mientras su autor estuvo vivo. El minutero, libro que RLV preparó, vio la luz dos años luego de su muerte, en 1923. Los otros, preparados en distintos momentos por distintos compiladores y estudiosos, fueron apareciendo con el correr del siglo hasta llegar a Crónicas literarias.
Lo primero que destaca Argüelles es lo primero que sedujo a los lectores del RLV prosista: el estilo. Menciona, por ejemplo, a Villaurrutia y Paz, quienes subrayaron la indefectible intencionalidad poética de los textos lopezvelardeanos escritos más allá del verso. En efecto, uno lo comprueba de inmediato casi en cualquier párrafo del zacatecano: la suya fue una prosa sólo periodística porque quedó albergada en medios hemerográficos, pues su timbre siempre tuvo una inclinación marcadamente estética.
Se podría pensar, por ello, en engolamientos o vicios parecidos, es decir, en el sacrificio del fondo y la exaltación de la pura forma. No fue tampoco el caso: “hay que añadir otras múltiples virtudes, entre ellas, jamás perder sus caracteres expositivo, crítico, analítico, polémico e incluso informativo (…) y que le da su identidad de crónicas, es decir, de composiciones de época, en la más noble tradición de los escritores que han utilizado el medio periodístico no para complacer a lectores superficiales, sino más bien para educar y sensibilizar espíritus receptivos de algo más que la noticia intrascendente, la anécdota trivial y la inmediatez del chisme sin consecuencias”, observa Argüelles. Los textos, por todo, son una suma de aciertos estilísticos y agudas observaciones, casi como si RLV hubiera trasladado, con los matices que son del caso, su poesía a los registros de la prosa.
He batallado en estos párrafos para referirme a los textos que componen Crónicas literarias. Los he llamado “textos” así como en el título son llamados “crónicas”. La verdad es que se trata de prosas inclasificables, o tan variadas que llamarlas de una sola forma es, en cuanto al género, atinar con unas y errar con otras, de manera que mejor ubicarlas de manera ambigua: textos, textos en prosa que hoy nos abren otros accesos a la siempre alta figura del joven abuelo Ramón López Velarde.


miércoles, mayo 14, 2014

Un monstruo sin orillas














Recuerdo que hace como siete u ocho años recibí una carta electrónica con un link que conducía hacia Wikipedia. La carta advertía que el contenido del enlace era “impactante”, algo así como “la información biográfica jamás vista”. Como el remitente era un conocido temí que luego me preguntara por su mail, así que acepté la molestia de abrir el vínculo. Apenas pude leer un párrafo, pues el artículo (“artículo”) era en realidad una especie de screen shot de Wikipedia con información adulterada sobre un político. El personaje era impresentable, ciertamente, pero en la enciclopedia virtual alguien le había cargado la mano con una saña pedestre, de sicario verbal.
Lo que hice entonces fue lo que hubiera hecho cualquiera. Le escribí a mi amigo para pedirle que no me enviara más esos enlaces troglodíticos. Aproveché el viaje para comentarle (en aquel momento aún no era tan popular como ahora) que Wikipedia es un espacio editado libremente por la comunidad de internautas, y que la regulación de su contenido dependía del deseo de contar con información confiable, un deseo que tenemos quienes andamos en todo trote periodístico o académico de nivel medio. Claro, le dije, que por unas horas alguien puede “subir” aberraciones, pero eso pronto suele desaparecer porque otros usuarios modificarán o reportarán la información basura.
Gracias a esto Wikipedia, y todas sus variantes enciclopédicas de internet, han hecho polvo en menos de diez años el concepto de enciclopedia que se tenía desde la Enciclopedia hasta el nacimiento de los almacenes gnoseológicos en soporte digital. Muchos que hoy peinamos canas o nos alisamos la pelona crecimos con alguna o algunas enciclopedias a merced. Recuerdo, dicho esto en primera persona del familiar, la Bruguera roja y elegantísima que mamá compró por tomos semanales en la Soriana, o la Británica y la Grolier que le vendieron a domicilio con el regalo de unos clásicos verdes con los que luego me quedé. En esas tres enciclopedias creí ver, con la ingenuidad de aquellos años, todo el conocimiento habido y por haber, tanto que mis trabajos escolares fueron notablemente enriquecidos por transcripciones no exentas de cierta veneración.
Hace poco vi en una librería de viejo el triste destino que tuvieron esos libros. La gente, que antes compraba enciclopedias al menos para adornar algunos metros de librero, hoy ha optado por ahorrar espacio o cederlo a la cerámica y los portarretratos, así que los tomos antes imprescindibles y hasta motivo de cierto orgullo intelectual ahora son los objetos que agonizan con mayor penuria en las librerías de segunda.
Es un hecho que las enciclopedias internéticas ya ganaron y seguirán su marcha apabullante. Su desventaja, claro, está en los márgenes de error, pero eso no es nada frente a la ventaja de la actualización continua y unas dimensiones ajenas al concepto de tamaño determinado. Ya no serán, como la Enciclopedia Espasa, 122 tomos en español, sino miles y miles de artículos desplegados en decenas (hoy son 236) de idiomas y dialectos.
En 2004, Eco escribió “Sobre lo políticamente correcto”, y dijo: “Si leemos el artículo que Wikipedia (una enciclopedia on line) dedica a lo PC (así se designa ahora, mientras no produzca confusiones con los ordenadores o con el Partido Comunista) encontraremos también la historia del término”. Hace diez años Eco debía aclarar qué era Wikipedia, “una enciclopedia on line”. Hoy todos sabemos que es un monstruo, un monstruo sin orillas, el monstruo que devoró nuestras enciclopedias de papel.

martes, mayo 13, 2014

El inquisidor y su hamaca: respuesta a Gerardo Monroy
























Gerardo Monroy urdió en un mes y nueve días (del 3 de abril al 12 de mayo de 2014) las “precisiones” que según él lo salvan y me vuelven a poner en mi lugar. Pobre. Tanto tiempo para terminar reculando de los dos argumentos “pesados” que demuestran mi incuestionable calidad de “represor” y “mafioso”, a saber, las entrevistas secretas que mantuve con personeros de El Siglo y de otro medio (todavía ignoro cuál). Ya desde allí comenzó mal, tan mal que ni siquiera leyó con cuidado mi respuesta y ahora vuelve exactamente sobre lo mismo, sólo que sin los argumentos “incontestables”. ¿Y qué más podía hacer? Pues nada. Seguir parloteando sin pruebas contra mí.
Dado lo anterior, voy a tratar de demostrar en este texto que ni su primera “carta abierta” (o “artículo”, pues le llamó de esas dos formas) ni sus “precisiones” obedecen a nada que no tenga que ver con su tirria y su ociosidad.
Procedo con una vuelta a su primera “carta abierta” o “artículo”, a ver si ahora sí me lee con atención.

El “redentor” no quiere que yo escriba
Entre otras muchas afirmaciones —según tú inteligentes— de la primera “carta abierta” o “artículo” está una que casi se oculta en el albañal que redactaste: dices que soy un defensor “no solicitado” en el debate, una especie de espontáneo —para decirlo en el argot taurino— que se lanza al ruedo sin estar en el programa. Mira nomás qué ingenioso. El tipo que se la pasa echadote en su casa y exhibe nula presencia en la vida cultural de la comunidad quiere decidir quién participa y quién no participa en los temas que le vengan en gana.
Sonaría jactancioso hacerte una lista de las actividades culturales y académicas en las que he participado desde 2006 a la fecha, incluidas las publicaciones en revistas, periódicos, libros y páginas web, muchísimas de carácter honorario, para que se note claramente quién es el que chambea, así sea modestamente, por la cultura lagunera, y quién es el oportunista que quiere hacerle al mesías exprés de la pobrecita comarca. Para no darle muchas vueltas y para que cualquier persona con internet tenga a la vista una evidencia sobre tu recién estrenado redentorismo, vamos a indagar en nuestros blogs, si te parece. Tal vez en la soledad de tu torre de marfil estás preparando una edición crítica de Pessoa o sin que lo sepamos ofreces conferencias en Lovaina, eso no puedo saberlo, como tú no puedes saber todo lo que yo hago en mi vida personal. Por eso te invito, e invito a la comunidad que nos sigue, a que hagamos juntos un recorrido por esos espacios no pagados, personales, de acceso libre, en los que se puede ver más o menos claramente quién es quién en lo que hace. Ambos, tú y yo, somos escritores, se supone. Perfecto. Ambos, tú y yo, nos interesamos por igual, se supone, en la comunidad con la que convivimos, sobre todo la vinculada al quehacer cultural. Y ambos, tú y yo, sentimos permanentemente la necesidad, dado que gozamos el privilegio de haber accedido a la “cultura”, de formar, de orientar, de educar así sea en un sentido lato, latísimo, a quien sea posible. ¿Ya sabes a dónde voy, verdad? Pues sí, Gerardo, a tu esmirriado blog y a la cantidad de posts que contiene desde 2006 a la fecha. Admiremos esta imagen:



















Como se puede apreciar, tienes una notable, por ridícula, actividad blogera desde 2009 (sin que antes, por cierto, haya sido particularmente ardua). En 2010, 2011, 2012 y 2013 preferiste guardar silencio, no hacer ningún “aporte” a la cultura, quizá dedicarte a leer y procesar, en el exigente alambique de tu espíritu, la delicada esencia de una obra poética que en el futuro transformará a la humanidad. Pero no podías seguir en esa tarea de convivencia secreta con las musas y en 2014 decidiste volver con ahínco al cultivo de textos en el blog. Te sacudiste la modorra del año nuevo hasta bien entrado el mes de marzo, y subiste un texto. No fue un post tuyo, curiosamente, sino uno titulado “La cumbia del yo no fui, fue Teté”, de un tal Jaime Muñoz Vargas. Unos días después, para demostrar que tu amor a la cultura lagunera es profundo y nunca regatearás esfuerzos para rescatarla del atraso y la barbarie, publicaste una “carta abierta” o “artículo” (3 de abril) contra mis intromisiones en el mundillo cultural. O sea, tu blog de escritor, de intelectual, de fervoroso militante de la cultura lagunera pasó tres años nueve meses en el limbo y salió de allí, corazón valiente, para luchar contra el espontáneo que saltó al ruedo para mancillar la castidad de nuestra cultura. Quiero suponer que La Laguna en pleno te aplaudirá este gesto de valor civil, el espadazo de un caballero que viene a desfacer entuertos. Excelente, van unas palmadas, paladín.
Por otro lado, tu servidor, un tipo que entre otras muchísimas actividades, incluida la de ser padre de tres hijas, alimenta un blog gratuito desde 2006, un blog que no restringe el acceso a nadie y busca sin alarde compartir algunas ideas sobre todo literarias, tiene esta numeralia de 2006 a la fecha:



















Si nos fijamos, desde 2009 hasta el 3 de abril de 2014 tú sumas 19 posts (uno de ellos de Jaime Muñoz Vargas) y yo 908. Nomás por estos fríos números, y nomás por todo lo que no traigo a debate, ¿quién es el opinador “no solicitado”, Gerardo? ¿El tipo que en casi cinco años aporta una vengadora cagarruta de chiva en su blog de escritor o aquél que, bien o mal, entre cien actividades, tiene además la voluntad de mantener un espacio de expresión y propuesta escritas? ¿Quieres que te dé las estadísticas de Blogger en relación con los visitantes de mi blog o mejor así le dejamos para no seguir exhibiendo tu zanganería?
Esta sumatoria me lleva de la mano a una conclusión de suyo paradójica. Nomás porque se te hincharon las pelotas, nomás porque interpretaste de manera "equivocada" otro chisme, me dijiste “represor de la libertad de expresión”. Te pregunto: ¿quién en este momento ya no puede, por mi culpa, escribir donde escribía? ¿Dame el nombre de un reprimido por “órdenes” mías y el medio del que fue excluido? Sé la respuesta a estas preguntas: cero personas, cero medios. En cambio, quien me acusa de “represor” señala: “sacrificas tu dignidad y asumes el grotesco y humillante papel de vocero no solicitado”, frase en la que veo el deseo de callarme, de impedirme que opine. ¿A quién debo solicitar, Gerardo, que me permita opinar sobre lo que yo quiera? ¿A la Secretaría de Gobernación? ¿Al Mayo Zambada? ¿A Hillary Clinton? ¿A Santiago Creel? ¿A Manlio Fabio Beltrones? ¿A Fidel Castro? ¿A Renata Chapa? ¿A ti? ¿Acaso no leíste lo que dije en el primer párrafo (sí, el primer párrafo) del texto que alborotó tus justicieros ímpetus? Me cito, para ver si releyendo entiendes cuál fue mi propósito: “De antemano rechazo toda acusación simplista, y más que nada absurda, en el sentido de que me interesa callar la voz del socorrido ‘feis’. Lo único que me interesa es mostrar cómo se maneja en ciertos casos, no más”. ¿Lo reitero así o más claramente?

¿Y la semblanza de don Fer?
Disculpa que resalte tu espléndida pereza, pero no me dejas opción. Me importa un reverendo sorbete si escribes o no, si prefieres tenderte en la hamaca en vez de salir a buscar un trabajo, pues como hombre mayor de edad eres libre de optar por el ocio si tal es tu vocación. Pero si deseas, con tus precarios antecedentes, opinar sobre el esfuerzo de los demás, en particular del mío, no me quedaré callado.
Voy a exponer, por ello, otro ejemplo inmejorable de la supergüeva que te cargas. En febrero de 2012 inicié mi chamba como director de cultura en Torreón. Sin que tú, sin que muchos lo supieran, vi de golpe que obtener buenos resultados con tan pocos recursos iba a demandar una labor titánica, un trajín de, al menos, dieciséis horas diarias de entusiasmo. Entre otros muchos proyectos diseñados por mí, pensé en una colección de pequeños libros con semblanzas de maestros del arte lagunero. La idea era que escritores y periodistas laguneros, algunos muy jóvenes, entrevistaran a los maestros elegidos, redactaran cerca de quince cuartillas y listo, recibirían un pago del ayuntamiento y también, por supuesto, ejemplares de su libro cuando estuviera impreso. Dada tu inclinación por la poesía, quise que escribieras la semblanza de don Fernando Martínez, poeta, sobre todo poeta. La quebrantada salud de don Fer me hacía pensar que en cualquier momento nos abandonaría, por eso la urgencia de entrevistarlo e incluirlo en una colección como la que proyecté. ¿Y qué pasó? Pues que no moviste un dedo ni por el pago ni por consideración a la frágil salud de don Fer. Tu opción preferencial por la güeva provocó que no hubiera semblanza de un escritor que pronto podía morir, lo que finalmente ocurrió el 10 de enero de 2014.
Por fortuna, la joven poeta Ivonne Gómez Ledesma y yo hicimos un esfuerzo por rescatar algo, lo que fuera, de la entrevista que no hiciste. Acordamos con Cristian Martínez Galiano, hijo de don Fernando, una visita a su casa, y la hicimos Ivonne y yo, como consta en mails que conservo. Fernando estaba, nadie lo ignoraba entre nosotros, ya muy enfermo, tanto que era atendido por una enfermera volante y una asistente fija. Lo entrevistamos y aproveché para tomar muchísimas fotos de él, de su casa, de sus libreros, de las fotos de su casa. Ese esfuerzo desesperado nos dejó a Ivonne y a mí la tranquilidad de saber que tenemos material para hacer algo, lo que sea, en homenaje al trabajo de don Fer. Esperamos armar algo este año, y ojalá nos sea posible. ¿Y tú? ¿Qué hicieste por don Fer y qué has hecho por los demás, por la comunidad cultural que hoy heroicamente defiendes de mis tropelías? Eso sí, cuando don Fer murió le dedicaste un magnánimo tuit, éste:




















En resumen, puedo en este momento ver de frente a Fernando, Gerardo, Mireya y Cristián, hijos del don Fer. ¿Podrías hacer lo mismo ahora que saben que fuiste tú quien no quiso dar ni un teclazo a la semblanza sobre su padre? ¿No que muy chambeador y preocupado?
Y amplío: durante mi periodo como director de cultura (de los "mejores en la historia reciente de Torreón", según palabras de Gerardo Monroy) jamás recibí un proyecto tuyo y en el actual periodo tampoco has llevado algo escrito, propositivo, lo que sea, a nadie. ¿O me equivoco? ¿Tienes acuses de recibo? Lo único que aceptaste fue un taller literario que adrede propuse (yo lo propuse, no tú) a tres cuadras de tu casa, esto para ayudar, entre otros propósitos, a que tuvieras un ingreso. Eso sí lo aceptaste, claro, pues era hablar de literatura a tres cuadras de tu casa y el ingreso no era malo. Sólo así accediste a salir de la ratonera.

La falacia implacable
Como podrás notar, tu primera “carta abierta” o “artículo” es una mina casi inagotable de dislates, tanto que debería avergonzarte y no salir ahora con “precisiones” para enderezar la tuba de Goyo Trejo. Te crees muy listo, pensaste que en tu calidad de fantasma que no se arriesga a nada, que no propone nada, que no hace nada, ibas a pasar invicto y hasta ganarías aplausos del respetable público. Qué bárbaro, qué manera de salir desnudo a la palestra. Tan mal andas que ni siquiera, como te lo he restregado, sabes distinguir entre una “carta abierta” y un “artículo”. Esa confusión de géneros, te lo comento de paso, es visible también en una de tus alegres argumentaciones, que de alguna forma reiteras en las "precisiones". Te cito: “Supongamos que un grupo de usuarios de Twitter o Facebook ‘re-tuiteara’ o ‘re-feisbuqueara’ (promoviera mediante hipervínculos) una nota donde se dijera que las islas Fidji sufrieron el golpe de un terremoto. Supongamos que a determinado individuo, por equis razón, no le pareciera creíble la noticia. Imaginemos a nuestro escéptico dirigirse a 5 ó 10 de los ‘tuiteros’ o ‘feisbuqueros’ para demandarles un ‘documento que visibilice incontrovertiblemente’ el temblor de las Fidji. Absurdo, ¿verdad? Y sin embargo eso, ni más ni menos, fue lo que hiciste”. Hace mucho no leía una  tontería de esta envergadura. Perdona que te lo reitere así: es una tontería. Ahora permite que la desmonte.
Vamos a hacer un pequeño ejercicio de sentido común, para ver si así entiendes. 

1. Opción Monroy
Imaginemos que Pepito, Juanito, Chonita, Petrita, Chabelita y treinta usuarios más de Facebook linkean esto:

http://www.latercera.com/contenido/680_229632_9.shtml

Luego yo, escéptico de que ese enlace da a conocer una "nota" o "noticia" verdadera, me lanzo a la yugular de los linkeadores, los "acoso" y les exijo una prueba "incontrovertible" de que la "nota" o "noticia" es cierta. Aterrorizados por el “acosador”, ellos viajan (todos, en un vuelo chárter) a Chile, reportean en Iquique, toman fotos, entrevistan a los damnificados y me traen, de regreso a Torreón, la prueba contundente, incuestionable, del terremoto chileno. O mejor: no viajan, pues es "absurdo" hacer un recorrido tan largo sólo porque un tipo (o sea, yo) está “acosando” a la comunidad feisbuquera y pide una prueba "incontrovertible" del terremoto. En pocas palabras, se quedan callados ante el “acoso” bobo de tu servidor. Perfecto, hasta aquí sigo tu lúcido (o más bien lucido, sin tilde)  razonamiento. Qué vivo eres. Lo que pedí es "absurdo", una necedad imposible de complacer. Me trago todas mis palabras.

2. Opción Muñoz
Imaginemos que Pepito, Juanito, Chonita, Petrita, Chabelita y treinta usuarios más de Facebook linkean esto:

http://www.latercera.com/contenido/680_229632_9.shtml

Luego yo, escéptico de que ese enlace da a conocer una "nota" o "noticia" verdadera, me lanzo a la yugular de los linkeadores, los "acoso" y les exijo una prueba "incontrovertible" de que la "nota" o "noticia" es cierta. Aterrorizados por el “acosador”, los linkeadores me propinan una paliza: me mandan 300 links de periódicos prestigiados del mundo donde informan con fotos, palabras y videos que hubo un terremoto en Chile. De esa manera los linkeadores hacen pomada mi bobo escepticismo.
También puede ocurrir que yo, escéptico de que ese enlace da a conocer una "nota" o "noticia" verdadera, en la comodidad de mi hogar y computadora en mano (con el Infinitum de Carlos Slim) escriba en Google lo siguiente: "Terremoto en Chile 2014", lo que me arroja estos enlaces comprobatorios:













¿Te gustan doce sites de medios prestigiados o quieres más? ¿Te busco cuarenta, ochenta, cien más en quince minutos? ¿Cuántas webs te parecen adecuadas para comprobar que el terremoto chileno sí ocurrió? Como podrás ver, tu argumento es una falacia, la simulación de un razonamiento, un choro cuyo único objetivo es joder, meter ruido al ruido, quitar tiempo a las personas que sí trabajan, un embuste que se derrumba con un soplido de Google. En otras palabras, tuviste tiempo para indagar hasta mi vida privada en páginas web y no se te ocurre que una noticia como el terremoto en las islas Fidji puede tener cuatro mil notas simultáneas en la red mundial.
Esa es la razón por la que resulta necesario alfabetizar en todos los sentidos. Hay que enseñar a la gente, aunque duela, a leer, a comprender, a usar su escepticismo ahí donde se requiera, no fomentar la mala leche o aplaudir el chismorreo como si fuera una virtud social. Hay que enseñarla a delimitar los géneros periodísticos y literarios. Esto significa que en vez de tumbar las puertas de El Siglo y preguntar por algún reportero de cultura, es mejor, más útil y duradero, el método de la enseñanza, en este caso, para leer periódicos (o libros o revistas o páginas web). Allí donde se difunda, te lo repito por enésima, "dicen las malas lenguas", "nuestros reporteros encubiertos" y demás fórmulas propicias para el rumor, lo primero que yo haría es enseñar a no creer, o a creer parcialmente, si gustas, y sólo linkear si uno acepta que el rumor es lo más constructivo que hay en el mundo periodístico. También, claro, es posible buscar otras fuentes, cruzar la información, establecer algunas mínimas pautas de certidumbre antes de lamentar en garañón y con matraca la mala nueva de que, “como dicen las malas lenguas”, un liceo público se convertirá en burdel y por lo tanto hay que linchar, sin juicio ni nada, al director de cultura.
Ya no digo más sobre tu confusión de géneros. Sólo te recomiendo que distingas, que delimites los territorios de la información, de la opinión y del rumor. Todos se manejan distinto, no los guises en la misma cazuela.

No todo es tianguis
Te quejas de malas caras o trato despótico en el IMCE, de que sus puertas están cerradas a piedra y lodo. Ofrece, como siempre, pruebas. También aquí fracasarás, campeón. Antes de explicarte por qué, deja que te cuente una linda anécdota de mis tiempos de director. Seguro te encantará.
Fui a promocionar actividades, como muchas otras veces, a la cabina de radio de Grem. Me entrevistó Marcela Pámanes y todo fluyó en orden, muy bien. Llegamos al final del diálogo y Marcela dijo lo siguiente: “Jaime, déjame leer por último este mensaje del público, lo manda fulano de tal [aquí omito el nombre del personaje, pues en realidad él deseaba permanecer anónimo], y dice: ‘Cómo cambian las personas cuando llegan a un cargo público. Sé de innumerables artistas que han planteado proyectos y se quejan de no haber sido apoyados por la DMC’. ¿Qué opinas sobre esto?, Jaime”. Respondí de botepronto lo siguiente: “Marcela, quiero recordarle a mi amigo fulano que me dedico a escribir y por lo tanto me gusta usar las palabras con precisión. Él señala que son ‘innumerables’ los artistas que han llevado proyectos y no han recibido apoyo en la DMC. Bueno, innumerables me suena a 54 mil, así que fulano está en un aprieto: debe buscar ‘innumerables’ proyectos con acuse de recibo de la DMC y con eso demostrar, primero, que los he recibido y, segundo, que no los he atendido. Platicamos cuando los reúna”.
Si te fijas, lo más fácil del mundo es agarrar el teléfono, el chat, el WhatsApp, el mail y tirar palabras a matar. La idea es aparentar una preocupación, hacerse el estremecido, el consternado, el triste por la situación de ineptitud y atraso que padece la cultura, pero no probar nada, solo hablar, soltar un torpedo, chismorrear, bulear al que se deje. ¿Sabes qué pasó luego de que pedí las “innumerables” pruebas sobre mi cerrazón? Pues lo obvio: no me llegó un solo proyecto con acuse de recibo y no atendido. Ni uno. Cero, y, en lugar de disculparse por su errabundo desplante de amor a la cultura, quien inventó el cuento de los “innumerables” artistas no atendidos miró para otro rumbo y silbó “La barca de oro”.
Yo ocupé dos años la dirección de cultura. La anécdota ocurrió cuando ya había pasado año y medio de mi periodo. Vi entonces que había sido una excelente idea la de llevar una bitácora rigurosa de todas las citas en la oficina, de todas, pues una sola persona no atendida con cita y registro era capaz de envenenar el agua en cualquier medio: “Voy a la DMC y nunca atienden a nadie, ese Jaime es un culero”. A quienes pidieron una cita, se les dio, y de eso quedó registro. Y lo mismo ocurre ahora en el IMCE, ni lo dudes.
Ahora tú dices que la nueva administración es cerrada, que no atiende. ¿Cuántas veces has ido a pedir una cita para llevar algún proyecto? Ni una. ¿Cuántas han ido amigos tuyos con el mismo esquema: pedir una cita y llevar algún proyecto? La idea de que las oficinas públicas deben manejarse como tianguis al aire libre sólo habita tu cabeza. Las oficinas públicas, y más las privadas, no son parques. Si quieres pruebas, ve a las oficinas de la CFE, a las de Pemex, a las de la Secretaría de Salud, a las del IMSS, a las de Gobernación, a las de cualquier Cámara, a las del Conaculta, a las del INBA, a las de la Secretaría de Cultura, a las de la PGR, y así, a cualquier oficina federal, estatal y municipal, y verás que alguien, un guardia o una recepcionista, te pedirá identificación y preguntará por el motivo de tu visita. Si procede, te asignarán un turno y serás recibido por el personal indicado, no por quien tú elijas. Si llevas una carta, un proyecto, lo que sea, se te acusará recibo con sello, firma y fecha, para que puedas probar luego que estuviste allí, que te recibieron, y en su caso reclamar por alguna desatención. Ahora bien, si no llevas identificación y no solicitas ningún trámite, es muy probable que el guardia no te deje cruzar ni el umbral. Si lo dudas, intenta pasear ociosamente a las oficinas del SAT, a ver qué te dicen.
Pero parece que no entiendes eso. Quieres llegar en plan buenísima onda, preguntar por el funcionario y entrar como si aquello estuviera al aire libre, en el monte. Si tal fuera el caso, imagina esta situación. Haces una cita formal para ver al coordinador de artes visuales del municipio, llegas el día y la hora señalados, y mientras aguardas en la sala de espera, aparecen diez ciudadanos que entran sin cita con la coordinadora de artes visuales. Luego, se acaba la jornada de trabajo y mandan tu cita para el día siguiente. ¿Qué pensarías en ese caso? Tanto la recepcionista como el coordinador de artes visuales no procedieron de mala fe, simplemente son, como tú, buenísima onda y reciben a todo el que llega así nomás. Al final saldrías gritando que son unos desorganizados, que esos desgraciados no respetan ningún orden, que aquello es un tianguis.
Moraleja: si quieres ver a un funcionario, envía un mail, llama por teléfono, codifica un mensaje y acuerda una cita. Luego preséntate, pide un acuse de recibo a tu proyecto y dialoga con quien te asignen para ver en qué momento recibirás una respuesta. Si después de eso se te cierran las puertas o no eres atendido como se debe, podrás acusar con pruebas.

El segundo berrinche
Del segundo berrinche, Gerardo, me intrigan las primeras cinco líneas, fundamentales en este debate, pues reconoces explícitamente que operas como chivo en cristalería: “En mi carta abierta ‘El Instituto de Cultura contra la cultura’ cometí dos errores graves, señalados justamente por Jaime Muñoz Vargas. Les ofrezco a los lectores de kioSco una disculpa, ya que interpreté de forma equivocada información proveída por fuentes que consideré y sigo considerando confiables”. Caray, la disculpa es nomás para los lectores de kioSko. Qué ejemplo de honorabilidad. ¿Y a mí? Tan mezquino eres que tras reconocer esto, tus “dos errores graves”, en vez de corregirlos, más adelante recurres al argumento kalimanesco de que reprimo telepáticamente. En suma, y como dicen los amantes del exitismo, lo tuyo es “ganar-ganar”, con o sin pruebas.
Gerardo: en tus “precisiones” has vuelto sobre lo mismo y has añadido dos o tres paparruchas. Deja nomás remato una grave como viene, de volea, otra vez con abundantes pruebas para ver si así ocurre el milagro de que entiendas. Dices: “En la misma medida que la población entera de nuestras ciudades, los artistas y trabajadores de la cultura fueron y son víctimas de la violencia, la inseguridad y demás lacras heredadas a nuestra región por los recientes gobiernos, corruptos e incompetentes, de Torreón y Gómez Palacio. Pero para las víctimas que no son de su familia Jaime no tiene memoria”.
Ah, muchacho. Vayamos de nuevo al blog, espacio que básicamente contiene mis publicaciones, de 2006 a la fecha, en periódicos y revistas. Te pediría que me mostraras los tuyos sobre este tema, los textos que has escrito sobre “las víctimas” que sean o no sean de tu familia, para ver cómo andas en materia de “memoria” y “compromiso”. Yo, entre muchos otros, tengo estos sobre violencia, narcoguerra, víctimas y demás, todos escritos cuando aquí teníamos balaceras cada media hora:

















Por último, en 2009 pensé, redacté y edité esto, sin darme el crédito que ahora sí me doy sólo porque es necesario refrescar tu trasquiladora memoria:


Tal vez, de todos modos, te parezca poco. No importa. Todo eso y mucho más está almacenado en mi blog, así que a ver quién te cree que no tengo “memoria” más allá de lo familiar.

Y ya, Gerardo. Sigue especulando lo que quieras desde tu putrefacta holgazanería, sigue poniendo apodos clasistas que mucho te enaltecen como hombre de izquierda, que yo seguiré en lo mío, trabajando aunque sea modestamente, con pruebas tangibles, por mi familia (te recuerdo que tengo tres hijas) y por mi comunidad, en este orden.

domingo, mayo 11, 2014

Una mirada para Atardecer bursátil




















Un viaje a Nueva York de mi amigo Salvador Perales trajo para mí, a Torreón, el tercer libro de poesía escrito por el poeta méxico-norteamericano Ricardo Slim (Camden, NY, 1981). Se trata de Atardecer bursátil, obra en la que de inmediato se deja reconocer la voz lírica del autor que antes ha publicado Himnos a mi American Express y Gold. El drama del hombre visto desde el pináculo del poder material es lo que define —dicho lo anterior de manera muy esquemática— el quehacer artístico de este poeta que está dando voz a un sector marginal, harto minoritario, de la sociedad contemporánea: el de los hombres que han tenido la extraña suerte de habitar las páginas de Forbes.
“He escrito Atardecer bursátil desde la desolación, desde la más abrumadora tristeza metafísica que a veces produce el poder”, declara Slim en las breves líneas prologales. Y añade: “En junio de 2009 se dio una caída significativa en el valor de mis acciones en la bolsa de Nueva York y sentí en mi alma una especie de arponazo: no fue miedo, no fue desilusión, no fue desesperanza; fue algo peor, un vacío existencial que me orilló hasta los precipicios de la desolación. Decidí entonces refugiarme unos meses en mi castillo de Château de Glérolles, consagrar muchas horas a la purificación del pensamiento y caminar por tierra helvética hasta reencontrar el Absoluto de la poesía”.
Los poemas que componen Atardecer bursátil son, entonces, el resultado de una mirada introspectiva y feroz, despiadada, hacia los sótanos espirituales del poeta azotado por una turbulencia. Cierto es que Slim señala, también en el prólogo, “que la caída en el precio de las acciones apenas le quitó un pelo a la melena de león que es mi fortuna”, y que pronto, apenas unos días después, el ascenso material continuó su marcha imparable. “Pero lo fundamental no fue eso, la pérdida de algunos millones de dólares, sino la sensación de impecable soledad que sobrevino por aquellos días”. Y concluye: “Sólo el aislamiento, la humildad y la templanza podían curarme, así que me aparté del mundo entero en el castillo, sólo armado de pluma y papel, y decidí que en aquel claustro sólo me acompañarían quince de mis servidores más cercanos”.
Tal sacrificio rindió frutos, pues en cuatro meses de sosiego y reflexión amonedó el primer borrador de Atardecer bursátil. En entrevista para la televisión norteamericana (disponible en YouTube), Slim dijo que diez meses después volvió a sus actividades financieras y en ese trajín fue puliendo los versos del poemario hasta que la casa editorial Diamond se lo arrancó “prácticamente” de las manos. “Hubiera querido trabajar más el libro, limar hasta la perfección cada poema, pero los editores de la casa Diamond, propiedad de mi padre, señalaron que la obra debía ingresar al mercado sin más demora, ya que estaban seguros de que se trataba de un material significativamente valioso”.
Tras su lanzamiento, Atardecer bursátil no ha logrado, sin embargo, el éxito de Gold, segundo poemario de Slim. Fuentes cercanas al poeta han declarado que eso no le importa al autor, quien suele burlarse en secreto de los editores con frases como ésta: “Para ellos la prioridad es el dinero, el éxito de ventas, pues siempre están preocupados por rendir buenas cuentas a mi padre; para mí, lo fundamental es la poesía. Si no fuera así, yo mismo mandaría comprar todos los libros, ordenaría hacer reimpresiones por miles de ejemplares y haría estallar las listas de best sellers. ¿Pero qué caso tiene engañarse de esa forma? La poesía no merece tal impostura”.
Slim, el único poeta genuinamente neoliberal del que se tenga noticia en los mundillos literarios, ha estructurado Atardecer bursátil en cuatro partes tituladas “Encadenado a la grandeza”, “Versos de sangre azul”, “Artista soy” y “Amor financiero”. La primera nos plantea la certeza del poeta sobre su peculiar destino: él sabe que siempre estará lejos del fracaso, ajeno a las desgracias habituales del hombre moderno; por lo mismo se sentirá obligado a no ceder ante lo bajo. Esto lo vemos, por ejemplo, en la segunda estrofa del poema “Ni modo”:

Es así, ni modo
mi mundo es la cima
o más bien
la cima de la cima de la cima:
mi grandeza está obligada
                   (cadena jamás rota)
a ser ejemplo de humildad
desde la cumbre

“Versos de sangre azul” constituye un vistazo al pasado; los diez poemas de la sección tienden un puente a la infancia del poeta. En “Asombro inaugural”, poema corto, Slim declara:

Abrí los ojos
y lo que vi
con el candor inicial de mi niñez
fue la certeza de tenerlo todo
absolutamente todo
incluso asombro

Por la misma tesitura deambulan las piezas de “Artista soy”, sección en la que el autor se aventura a indagar en los instantes que determinaron su inclinación literaria, o sea, al “fuego de la poesía / hermanado a la recia llama del poder”. El siguiente tramo del libro, “Amor financiero”, es el más autocrítico de la obra. Aquí el poeta se autoinflige severos cuestionamientos existenciales. El poema “Preguntas al espejo” permite ver con claridad hasta dónde llega su sondeo:

¿A qué vine?
¿Por qué soy?
¿Qué me pertenece?
Nada, no soy nada
sólo un hombre que vaga silencioso
cabizbajo
hundido en su interior
mientras las bolsas de valores
engrandecen mi imperio.

Atardecer bursátil confirma en suma que Ricardo Slim, el poeta neoliberal, ha seguido su camino: el de acuñar versos con un temple basado sobre todo en el registro del dos emociones encontradas: las que se mueven en los negocios de alto perfil y las que nacen en el “invernadero de la soledad”.

Atardecer bursátil, Ricardo Slim, Diamond, Nueva York, 2013, 87 pp. Traducción al español de Alejandro Ramos H.

sábado, mayo 10, 2014

“Adiós, muchachos” con Carlos & Louis



Las frases hechas son sólo frases hechas, clichés retóricos que con el tiempo terminan por no expresar nada y siguen siendo usados por comodidad, para evitar la molestia de pensar. No sirve pues de mucho decir, por ejemplo, “nunca segundas partes fueron buenas” o “las comparaciones son odiosas”, ya que hay muchas excelentes segundas partes y comparar no sólo no es aborrecible, sino que es frecuentemente placentero. Procuraré demostrar, con un caso, mi contradicción a las dos frases hechas que he puesto como modelos de facilismo a la hora de juzgar.
Carlos Gardel, símbolo de toda tanguería, estaba en la cúspide de la fama hacia 1927. De esa cúspide no ha bajado, hay que añadir, pero es verdad que pudo llegar quién sabe hasta dónde si el avionazo en Medellín, Colombia, no interrumpe su vida en 1935. Entre los muchos éxitos que grabó en aquellos años está, nadie lo ignora, “Adiós, muchachos” (no es “Adiós muchachos”, sino “Adiós+coma+muchachos”), uno de los diez o veinte temas que son clásicos entre los clásicos gracias a su voz y, por qué no aceptarlo, debido también a la guitarra de Barbieri cuya sonoridad parece ahora el acompañamiento indefectible de la voz Gardel.
“Adiós, muchachos”, compuesto por César Vedani y musicado por Julio César Sanders, narra lo que casi todo tango narra: una desdicha. Un tipo se despide de su “barra” (de su palomilla) debido a que ha perdido las condiciones de salud que impiden más trote nocturno, seguramente el trago fuerte y las condignas desveladas. Casi como digresión aprovecha el viaje de la despedida para recordar edípicamente (hay un montón de tangos, boleros y baladas edípicos) a la jefecita chula y, de paso, a la novia adorada, amores ambos que le fueron cruelmente arrebatados por el destino, por un Dios promotor de leyes que, observa, ha aprendido a respetar:

Es Dios el juez supremo.
No hay quien se le resista.
Ya estoy acostumbrado
su ley a respetar,
pues mi vida deshizo
con sus mandatos
llevándome a mi madre
y a mi novia también.


Sale de la digresión y vuelve al motivo de su visita: despedirse de la barra, adiós que expresa con llanto y echando una bendición muy próxima, increíblemente, a lo maternal:

Dos lágrimas sinceras
derramo en mi partida
por la barra querida
que nunca me olvidó
y al darle a mis amigos,
el adiós postrero,
les doy con toda mi alma
mi bendición...


Hay tres tipos de afecto en esta historia: el amistoso, el filial y el amoroso. El personaje narrador atraviesa entonces, ya con mera nostalgia, por todo aquello que alguna vez colmó su corazón. El Morocho canta esto como cantó todo lo que cantó: perfectamente. Como siempre, avanza con plena seguridad por los versos y va dejando en cada uno su impronta inconfundible. En el cierre, en el último verso, por ejemplo, hay un garigoleo que es como una firma de latigazo, la forma definitiva de terminar con una agudo que realza lo ya de por sí inmejorable.
Quizá no para otros, pero para mí sí es una sorpresa hallar una versión de “Adiós, muchachos” que no por distinta es menor. Se trata, según el video de YouTube, de una interpretación trabajada por el inmenso Louis Armstrong en 1959. Armado con su trompeta y su implacable pistoneo, poniendo en el aire las amarillas notas que eran su marca de fábrica, el viejo y hermoso Armstrong la canta en inglés y en moroso tempo, con su estilo de dientes apretados y voz gargarosa. Todo queda tan bien puesto, independientemente de la traducción, que la repetimos dos o tres o cuatro o muchas veces y le seguimos hallando instantes, matices, como la risa divertida luego de la primera tirada de versos. El gran trompetista de Nueva Orleans logra que “Adiós, muchachos” sea “Adiós, muchachos” y al mismo tiempo otra canción.
En resumen, hay segundas partes que son geniales y hay comparaciones bienvenidas. Las frases hechas no pasan muchas veces de ser rémoras del discurso, palabras vacías, embustes.

miércoles, mayo 07, 2014

El tino de Arreola














Publicado en el libro Vuelo sobre las profundidades (Lumen, México, 2010), José Agustín recuerda su relación con Juan José Arreola. Lo conoció en el DF, cuando el autor de La feria fundó el taller literario Mester en el que participaron Federico Campbell, Gustavo Sáinz, René Avilés Fabila, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Tita Valencia, José Carlos Becerra y Hugo Hiriart, entre muchos otros. Como se ve, Arreola vio pasar en su taller de enderezado y pintura a muchos jóvenes que luego se convertirían en escritores más que reconocidos y reconocibles en nuestra República de las Letras.Pese a formar un grupo compacto en torno a Arreola, impresiona que ninguno se parezca significativamente a él, que todos puedan ser percibidos hoy, más bien, distantes de la estética seguida por su preceptor de aquellos días. La clave de esta diferenciación se encuentra, según puedo ver, en un párrafo de José Agustín: “A fines de 1963 escribí un cuentito, en primera persona y franco lenguaje coloquial, sobre un repugnante porro universitario que hacía funciones mercenarias de rompehuelgas. Tenía el horrendo título de ‘El Nicolás’ y para mí era importante porque me había abierto toda una temática, personajes y un nuevo uso del lenguaje. Arreola dijo que el texto se redondeaba bien y que el lenguaje se manejaba adecuadamente, se trataba de un buen cuento, pero como él detestaba a ese tipo de jóvenes abusivos mi lectura lo había disgustado. Yo no me sentí mal; en el fondo me impresionó que reconociera el valor del cuento a pesar de que le disgustaba”.
La importancia del testimonio trasciende lo anecdótico, pues muestra a un maestro de escritura literaria que orienta y acepta más allá de sus ya bien afincados gustos. En efecto, “El Nicolás” es un sujeto abyecto, un cabrón pintado con desparpajada prosa por José Agustín. El relato se ubica pues en las antípodas de lo que produjo Arreola, pero algo vio el maestro de Jalisco que le sirvió para palomearlo pese a la irritación que le provocaban esos bichos y, tal vez, esa prosa.
Lo que vio es, en ese instante, la frescura de una prosa nada academicista, nada tiesa, sino abiertamente cercana a la oralidad callejera de aquel jipioso momento. Arreola escuchó en José Agustín el latido de una generación renovadora, y lejos de frenarla o torcer su rumbo, la entendió y la impulsó como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie, creo, lo hizo después.
Si algo le debe México, pues, a don Juan José, no es sólo su obra publicada, sino su capacidad para ver y oír a los jóvenes que pusieron textos frente a sus ojos. Arreola supo qué hacer con ellos, y la prueba está en que todos nos han dejado libros importantes como De perfil y Pretexta y Galaor y muchísimos más.

sábado, mayo 03, 2014

Sedimento de fantasmas




















Cada dos o tres meses recibo desde Buenos Aires un mail del escritor Fernando Sorrentino (Buenos Aires, 1942). El contenido de esa carta electrónica es generalmente un ensayo literario agudo, siempre con algún notable descubrimiento. Pues bien, el que recibí este primero de mayo me dejó más que pasmado. Sorrentino aborda en nueve cuartillas el tema de las dos posibles influencias de “El Aleph”, el cuento más famoso de Borges. Una es la influencia confesa, la que el mismo Borges aceptó: “En ‘El Zahir’ y ‘El Aleph’ creo notar algún influjo del cuento ‘The Crystal Egg’ (1899) de Wells”; la otra, no declarada por Borges, es la del cuento “El ramito de romero”, de Eduarda Mansilla de García (Buenos Aires, 1834-1892), quien fue hermana de Lucio Victorio, el autor de Una excursión a los indios ranqueles.
Sorprendido por el hallazgo de una similitud más que evidente entre el pasaje clave de “El Aleph” (cuando el protagonista del relato ve, precisamente, la esfera luminosa) y otro de “El ramito de romero”, Sorrentino llega a algunas conjeturas y luego admite, con toda honestidad intelectual, que luego de investigar un poco más halló que María Gabriela Mizraje había derivado poco antes en aquel descubrimiento. El caso es que cada cual por su lado, Mizraje y Sorrentino encuentran un nexo evidente, porque lo tienen, entre el pasaje de Mansilla y el de Borges.
La pregunta que se impone es obvia: ¿por qué Borges no mencionó el relato de Mansilla y sí el de Wells? ¿En verdad pudo haberlo leído? Nadie, jamás, ni de broma, atribuiría saqueos a Borges, ni siquiera los sospecharía, pues en su deslumbrante producción quedó claro que se bastaba, vaya que se bastaba, con su propio apabullante talento. Por eso Mizraje, y con ella Sorrentino, cree en la hipótesis de que “El ramito de romero” está de alguna forma en “El Aleph” y piensa en el olvido como forma lateral de la influencia. Probablemente Borges leyó el cuento de una autora a la que no le puso mucha atención, pero que había dado con una idea grata al fantaseo con lo infinito y la había expuesto con una enumeración caótica, figura siempre querida por el autor de Ficciones.
Eso pudo ser, o fue, el embrión de “El Aleph”, y esto me lleva a pensar en la lectura asombrada que hacemos en la juventud y de la cual, sin querer, pasados muchos años, queda un pesado sedimento en el fondo del subconsciente. Esos fantasmas sedimentados son los que tal vez se agitaron en Borges cuando hacia mil novecientos cuarenta y tantos encaró la escritora de su prodigio.
En el libro La isla en llamas (Instituto Sinaloense de Cultura, Culiacán, 2012), el escritor Juan José Rodríguez comenta lo que sigue: “Pessoa recomendaba no apuntar todo lo que nos sucede. Hay que dejar varias cosas sin escribirlas, para que el olvido las cubra y luego emerjan al momento preciso. El escritor no debe ser solo un notario de lo acontecido. Un pararrayos capaz de funcionar en el cielo despejado de la normalidad cotidiana”.
Cierto pues que entre “El ramito de romero” y “El Aleph” hay una liga innegable, pero no son pocos los casos (cada escritor sabrá reconocer los suyos) en los que un texto es el resultado de experiencias tanto vividas como leídas que el escritor supone muertas, o simplemente ni supone y, sin que él sepa cómo, afloran (“emergen”) al momento de escribir. Eso es independiente del genio. A quien sea puede ocurrirle cuando escribe.