miércoles, diciembre 06, 2006

Fragua número 1

Me invitaron a colaborar en una nueva revista lagunera; se llama Fragua, y la dirige mi amigo el periodista Julio César Ramírez. El primer número circula ya, y esta fue mi primera entrega. Suerte a Julio y a su equipo:

Aunque no sé para qué

Jaime Muñoz Vargas

No puedo evitarlo: cuando entro a una librería de las bien surtidas o cuando repaso alguna biblioteca personal inteligente y numerosa, los demasiados libros valiosos que allí abundan me arrastran al pantano de la depresión. Tal vez exagero, pues mi ánimo nunca decae tanto como para derivar en el grito lacrimoso. Lo que sí ocurre es que me ronda la pregunta más triste que se ha hecho mi vocación: ¿para qué más? ¿Qué puedo agregar a todo esto? No tengo respuesta, o la tengo contradictoria: hoy quiero escribir, publicar, ser leído; mañana quiero callar, huir, no escribir más, ahorrar papel al ya de por sí masacrado medio ambiente.
Hace unos días, el 15 de agosto de 2006, comí en la ciudad de México con un grupo de jóvenes becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas. Fue en un restaurante de comida dizque uruguaya, aunque en su sazón asomaba de más la oreja del ingrediente azteca. Estaban allí mi anfitrión Vicente Rodríguez, narrador y periodista de Torreón; Luis Jorge Boone, poeta y narrador de Monclova; Eduardo Saravia, poeta del DF; Alfredo Hinojosa, dramaturgo de Tijuana y Antonio Ramos, cuentista de Monterrey. Todos podían presumir ya, al menos, un libro édito. Se notaban alegres, optimistas, cordiales, como se supone deberían ser todos los jóvenes. Cuando nos hundimos en el tema de las ediciones personales más cercanas, todos apuntaron lo propio con justificado orgullo; Boone dijo, por ejemplo, que no falta mucho para que el Fondo de Cultura Económica publique su primer libro de cuentos.
Al llegar mi turno, ya con una pechuguita de pollo asado a mi merced, dije que si me iba bien este año podía cerrar con tres libros publicados; si mal, sólo con uno, “aunque no sé para qué”, dije con voz que no podía ocultar un aire de insatisfacción, como si con esa breve frase pretendiera anunciar alguna muerte. Los jóvenes becarios de la FLM me miraron algo desconcertados, con un brillo en los ojos donde no es improbable que anidara la sensación de estar oyendo a un esnob.
Así lo sentí. Luego de decir “aunque no sé para qué” me dio la impresión de que era la típica ocurrencia del artista embusteramente demolido, escéptico ante todo, incluso ante lo que el mundo considera infalible boleto a La Inmortalidad (publicar libros). Ya más tranquilo, ya en Torreón, ya sin la náusea que de inmediato imprime en mi ánimo el DF, repensé la respuesta y encontré que, a fuerza de ser sincero, si yo mismo, para mi coleto, sin poses, respondiera aquella pregunta terminaría en el mismo “aunque no sé para qué”.
Leo libros sentado y de pie (como decía Vasconcelos) y tanto la calidad como la cantidad de esos papeles acaban por remachar en mi conciencia que apenas puedo añadir nada, menos que nada, a lo que de infinitas maneras ya se ha escrito y se seguirá escribiendo sin fin. Pero algo ocurre, algo que quizá sea vanidad, o testarudez, o vocación, o simplemente inercia, pero cuando ya han salido en periódicos, revistas y libros las palabras que uno titubeantemente ha organizado, la adicción a seguirlas publicando se impone a cualquier noción de sinsentido. Y uno, cada vez más escéptico, vuelve, reincide, y cuando el libro está otra vez allí, cínico, reinicia el horror ante la vacuidad de lo expresado y esa amargura sólo puede ser exorcizada, al menos en mi caso, con más palabras, con otras páginas que a su vez serán aborrecidas más adelante.
Poco después de mi regreso a La Laguna, con la frase todavía fresca en el zurrón, busqué entre mis libros todavía no consumidos algo para despachar en la semana. Tomé la novela Los días de la paciencia, del colombiano Óscar Collazos, editada por el antiguo sello de Joaquín Mortiz (1976) en su colección Nueva Narrativa Hispánica; lo compré hace algunos meses en una librería de viejo, y mi ejemplar se conserva espléndido, como recién despojado del celofán. Lo primero que hice fue repasar su cuarta, sus solapas; allí leí, como refuerzo de lo que vengo afirmando, la lista de autores y de obras amparadas por la colección en la que ahora figuraba Collazos. Hay en esa nómina, claro, autores todavía frecuentados: Yánez, Castellanos, Leñero, García Ponce, Fuentes, Goytisolo, pero son más frecuentes los infrecuentados, al menos en nuestro país: Pedro Juan Soto, Enrique Lafourcade, Manuel Echeverría, Juan Ventura Agudiez, Jesús López-Pacheco, Roberto Ruiz y otros tantos más. Recordé a Roberto Bolaño, quien en uno de los hermosos artículos de Entre paréntesis, observa que “La respuesta a este reflujo de escritores, sin embargo, es muy sencilla. Así como el amor se mueve con una mecánica similar a la del mar, como decía el poeta nicaragüense Martínez Rivas, así también se mueven los escritores, y un día aparecen y luego desaparecen y luego, quién sabe, vuelven a aparecer. Y si no vuelven a aparecer tampoco importa tanto porque ellos, de alguna manera secreta, ya son nosotros”.
Y si no reaparecen, pregunto, ¿qué es de esos autores? ¿Habrá valido la pena todo el esfuerzo creativo? No digo si sus libros son buenos o son malos (de seguro es lo primero), pues de la mayoría no tengo ni un renglón, pero me da pena saber que allí están sus títulos, sus nombres, y sin embargo estoy convencido de que en todo México apenas tendrán uno o dos despistados lectores a lo sumo, si bien les va. Por eso la respuesta nada falsa, nada esnob, que me brotó aquella tarde frente a los lúcidos muchachos de la FLM: sí, tal vez publique esto y esto otro, “aunque no sé para qué”.

Comarca Lagunera, 24, agosto y 2006

Con las patas

Con las patas, así comenzó el gobierno del FCH. A cuatro días de su solemnemente humorística toma de posesión, ha hecho suya una de las banderas lopezobradoristas, la de la austeridad, sin que por ello sus vocingleros defensores se hayan apresurado a recordar todo lo que se pitorrearon de la medianía juarista que se supone era credo del tabasqueño fastidioso. El recorte de salarios y la necesidad de apretar el cinturón a la nómina federal son pues risibles y populistas cuando los enarbola el enemigo, pero atinados y modernos cuando el ex secretario de energía los pone en práctica. Aunque parezca pequeña, esa es una de las deformaciones a las que son adictos los extremistas de la derecha: las buenas ideas de los opositores serán buenas siempre y cuando ya hayan pasado las elecciones. Antes no: antes son vulgar populismo, palabra hueca, deseo de engañar al ciudadano.
Pero ese micro-quinazo que “garantiza” frente al pueblo un ahorro presupuestal palidece como disparate frente a la manera de acabar con el problema de Oaxaca. Acabar entre comillas, por supuesto, ya que la detención de Flavio Sosa y de casi toda su familia lo único que dizque logra es podar la copa del árbol, pero no atacar el fondo del problema, que es, que ha sido y será la permanencia criminal de Ulises Ruiz en el gobierno de aquella entidad.
Pero no, el gobierno federal ha emitido desde hace algunos días mensajes claros de endurecimiento, y tras la llegada de FCH la realidad parece empeorar, como si se tratara de un desquite contra todo aquel que haya osado desafiar las leyes todavía no escritas pero ya muy adivinables del nuevo mandarín: prebendas, canonjías, protección, huesos para todo aliado (Yunes en el Issste es uno de los tantos premios a la pútrida señora Gordillo, Luis Téllez es el regalo con moño rosa para Televisa…) y palo para quienes sistemáticamente se hayan opuesto y sigan oponiéndose al recién encaramado en el poder Ejecutivo y su depredadora cohorte.
Es muy delicado el apresamiento de Sosa y sus familiares por dos razones simples: porque eso no soluciona ningún malestar (antes lo exacerba) y porque exhibe el verdadero rostro de una derecha que no está dispuesta a mellar los intereses de la casta dominante: si Fox no tocó al siniestro Ulises Ruiz para no perder el apoyo priísta en la Cámara, FCH parece que menos lo hará y ha optado por la vía del choque contra el movimiento social antiulilsista. El linchamiento mediático a Flavio Sosa y sus cercanos detenidos no es más que la expresión de un mismo nauseabundo plan: acabar con la protesta popular, tenga o no razón, antes que pisar callos al poder envilecido.

lunes, diciembre 04, 2006

Cierre de FIL

Finalmente, el salvajismo político visto con la imposición tiene que ceder su sitio a temas no sólo amables, sino enaltecedores. Estar otra vez en la FIL y no poder escribir sobre ella es como ir a Ciudad Lerdo y no aventarse una nieve de Chepo. Llegué el jueves en la mañana y desde muy temprano comencé el recorrido de los pabellones con el afán de ubicar los libros comprables no sólo por su interés, sino también por su precio. Otra vez, en esta edición veinte de la Feria, abundan las oportunidades para todos: desde los libros más ramplones de esoterismo, ufología y autoayuda, hasta las joyas académicas de universidades mexicanas y extranjeras. Un verdadero bufet de papel, una orgía de letras para todos los apetitos de lectura.
No sé sí me equivoco, pero de una manera esquemática se puede decir que la FIL está dividida en cuatro grandes vertientes: la exhibición y venta de publicaciones (libros, revistas, cds, suscripciones de diarios); la presentación de conferencias, mesas redondas y presentaciones de obras; los talleres para niños, jóvenes y profesionales de la edición y, por último, el ofrecimiento de espectáculos artísticos.
La FIL de Guadalajara es, para quien no la haya visto y quiera imaginarla, un monstruo. Esta es la cuarta vez que la visito y, como nunca, me da la impresión de que la concurrencia ha rebasado todas las expectativas demográficas. Es impresionante ver los ríos de visitantes que pueblan los pasillos, las conferencias y los espectáculos, como si de verdad existiera un México preocupado por el conocimiento y el arte, un México sin la bancarrota educativa de la que tanto habla, con razón, el premiado Monsiváis.
Ignoro si los índices de venta y lectura son elevados, si la gente no nomás mira y pasa de largo, pero tengo la impresión de que me equivocaría si pienso eso. Contra lo que vemos a diario en La Laguna, comparadas con las tres o cuatro librerías desoladas de nuestra pujante comarca, los pabellones de venta en la FIL lucen atestados y es siempre admirable que en las cajas de pago haya filas, sí, filas de gente formada para liquidar sus selecciones.
El menú de conferencias se cuece al margen. Todo el día, durante una semana, son incesantes las oportunidades de ver y oír a escritores de todo el mundo (incluidos a varios premios Nobel, como ocurrió esta vez con García Márquez y Saramago) y también pasma que se les tenga respeto, que no se les trate allí con las patas o con indiferencia, precisamente como tratamos en La Laguna a quien trabaja algún arte.
Vi ayer viernes, doy un ejemplo significativo para mí, al maestro argentino Roberto Fontanarrosa, dibujante y escritor que en México alcanzó notoriedad con la historieta de Boogie el Aceitoso publicada durante algunos años en la última página de la revista Proceso. Igual que sus monos, igual que su literatura, Fontanarrosa al hablar es la sutil combinación, la perfecta armonía, entre inteligencia, humor y desenfado. Verlo y oírlo fue un lujo, la oportunidad de estar con alguien que con su plumín y con su pluma ha caricaturizado al poder.
Salgo de la FIL convencido otra vez de que el libro y la palabra son un refugio, la casa donde uno puede vivir con libertad.

La asquerosidad

La embestida mediática de ayer no tuvo vergüenza. Diane Pérez y Sergio Vike, locutores del duopolio televisivo, cubrían la sonriente versión oficial que en tres minutos exhibió con una toma estratégicamente cerrada la consumación del ultraje a la democracia. Por si alguien todavía tenía dudas sobre el impune manejo de la información, la protesta “republicana” del presidente espúreo demostró ayer que la verdad se construye a partir de la ficción electrónica y no a partir de la limpieza moral o el genuino triunfo.
Con un Fox desencajado, con un Calderón empequeñecido y con los panistas de Torreón (Zermeño, De León y Gutiérrez) como takles haciendo burbuja, tres minutos bastaron pues para que a las carreras se cerrara otro capítulo de horror, acaso uno de los más lamentables, en la ya larga tradición autoritaria de nuestro país. Si con Salinas se cayó el sistema y luego se quemaron las boletas, en 2006 se perdieron todos los recatos y a la reacción no le quedó más remedio que maquinar una larga y monstruosa pantomima consistente en permitir todos los escenarios, menos uno: perder la presidencia de la república, corazón de donde fluye aun la sangre que mantiene vivos en México los privilegios de una casta.
Lo dijo Diego Petersen ayer a las 11 de la mañana en una mesa sobre periodismo responsable en la FIL: vimos la toma de protesta, pero no vimos las protestas en la Cámara y menos la concentración en el Zócalo, lo cual demuestra el control monopólico de la información. La estulta Adela Micha, cínica como muchos colegas suyos, decía al final de la transmisión, ya instalada en el Auditorio Nacional, que allí había sólo gritos de apoyo para el michoacano y no protestas como las vistas (y suprimidas) en San Lázaro. Olvidó que el acto del Auditorio Nacional había sido, como todo lo que viene para el flamante mandamás de la patria, organizado para lograr el lucimiento del tlatoani usurpador.
¿Qué queda luego de ver la asquerosidad de esta toma de protesta? Queda la certeza de que México ha sido arrebatado por las fuerzas más siniestras de la reacción, de que la lucha se prolongará por mucho tiempo y de que el camino de la resignación y del quietismo no son los más recomendables en estos tiempos de emergencia para México.
Pese a la farsa creo que quedó en evidencia lo contrario a lo que se quería lograr. Fueron tan burdas la transmisión de poderes y la transmisión televisiva que el primero de diciembre amanecimos con un México bien definido, un México en el que la impostura luchará todos los días por borrar el pecado original de su concepción, su mentira esencial.

Fin del desastre

Estoy ya en Guadalajara y es un placer sin fisuras navegar por todos los pabellones de la FIL. Hoy veré de nuevo a Taibo II, a Villoro, conoceré a Millás. Por allí ya conversé un poco con Braulio Peralta (columnista semanal de Milenio) y no cesarán las actividades hasta el domingo. Es la edición veinte de la Feria y luce concurrida hasta el tope. Sin embargo, no puedo escribir sobre ella porque hoy, para no cambiar de tesitura, me distraen asuntos vinculados con nuestra desgracia política.
Si el presidente triunfador en 2000 hubiera sido un político avezado y no la mala broma del grandulón con botas que, carismático él, no tenía y no tuvo nunca habilidad más que para mentir y defraudar, otro resumen se podría hacer de su lamentable sexenio. Un recuento de la gestión, por más generosos que seamos, no debe pasar por alto la tremenda cuota de disparates emitidos por ese ejecutivo cuya instrucción y pericia apenas si empatan con las de un alcalde pueblerino.
Pero el lado frívolo del sexenio (el Borgues, los trabajos que ni siquiera aceptan los negros), por más que importe para la comidilla chismográfica, no alcanza a prevalecer sobre lo otro, sobre lo verdaderamente toral. En el sexenio de Fox, más que ruptura y cambio, los mexicanos asistimos al gran teatro del continuismo, a la consolidación del desastre neoliberal que balbuceó con De la Madrid, que prosperó con Salinas, que se estabilizó con Zedillo y que tronó hasta quedar hecho añicos con Fox.
El empobrecimiento extremo de millones de mexicanos contrastó con la inverosímil circunstancia en la que se ven hoy las más grandes fortunas del país. Los unos, miseria hasta vomitar; los otros, acumulación insultante y algunos, como Televisa, con garantía de monopolización que los afiance en el auténtico poder económico y político del país.
Si la pobreza, el desempleo y la migración alcanzaron cotas tan terribles como inocultables, no es menos grave la posición de México en materia de delincuencia. Si bien algunas zonas son calificadas como sumamente peligrosas, lo cierto es que no hubo un solo avance en la lucha contra el crimen organizado y, lejos de eso, el ubicuo narco se enseñorea por doquier en las mismísimas narices de la ley, al grado de hacer ver como caricaturales a las instituciones encargadas de combatir el delito.
Dejo al final el caso de la política. Es, sin duda, el peor saldo del sexenio. Fox hizo polvo las elecciones pasadas, impuso a su sucesor y eso desplomó lo poco que ya habíamos edificado. Por todo, puedo decir que se necesitaba al menos un siete de calificación para augurar mejores tiempos. Fox sacó un cuatro; su país quedó herido de muerte.

Árbol del fraude

El caldeadísimo proceso electoral de 2006 tendrá su cereza de pastel mañana viernes. La microscópica diferencia que le dio el “triunfo” al llamado presidente electo era, vistos los antecedentes, tan difusa que forzosamente se debió pasar a un recuento total de los votos, a un procedimiento que tornara in-cues-tio-na-ble el triunfo de quien hubiera en verdad ganado. No fue así. Fox y su maquinaria echaron montón y lo enmarranaron todo, desde el desafuero hasta el fallo en el Trife, pasando por la pillería hildebranda, los chabacanos espots y las triquiñuelas en el conteo rápido y en el distrital. Las consecuencias las estamos viendo. Tras la duda sobre su victoria, pecado original del presidente entrante, ya no habrá quinazo posible que le dé legitimidad y lo haga presidente inmaculado para todos.
La legitimidad no se obtiene, como creen algunos, con un excelente gobierno. La razón es simple: el excelente gobierno, si se diera, ocurriría después de latrocinio electoral. De qué sirve saber que el michoacano jamás se ensuciará las manos durante su gobierno si ya las lleva sucias, manchadas con la sospecha de fraude en tiempos en los que, se suponía, ya habíamos rebasado esa era del hielo electoral.
Uno de los dislates más frecuentes contra los opositores al usurpadorismo es que el Frente ha perdido en las encuestas un porcentaje importante de apoyo debido a los conflictos poselectorales. Es obvio, de ahí que la afirmación sea una burrada. Si votaron quince millones a favor de la Coalición, un número importante de esos sufragios no eran “duros”, así que, dado el choque obligado de la izquierda contra el Estado defraudador, y dada la contracorriente mediática en la que ha nadado el aspirante birlado, era lógico que muchos ciudadanos no muy convencidos terminaran por repudiar la “barbarie” amarilla.
Pero lo que no se ha dicho suficientemente con ninguna servicial encuesta, en ningún medio más o menos poderoso como Televisa, es que hay una tajada amplia del pastel propejista que lejos de amilanarse, que lejos de renunciar al apoyo, se ha radicalizado más en la sospecha de que las elecciones por la presidencia fueron un Gran Embuste, y que Felipe ocupará una silla que si bien no es de otro, tampoco le pertenece cabalmente a él, pues para que eso fuera creíble se debió disolver toda, absolutamente toda la borrasca en torno a su miserable y acaso chapucera victoria de medio punto.
El entrevero del martes por la tribuna de San Lázaro no es más que una cara del México al que supuestamente ya había llegado la democracia. Pero no. El frondoso árbol del fraude no dejará de darnos sombra.

Salud, Saúl

Saúl Rosales pudo mandarme ya el texto que leyó en la presentación de Las manos del tahúr; lo agradezco infinitamente:

Las manos del tahúr premiado

Saúl Rosales

El libro Las manos del tahúr, de Jaime Muñoz Vargas, es una colección de cuentos ornada con los atributos propios de cualquier gran obra florecida en cualquier predio. La razón es simple: Jaime Muñoz es un gran escritor. Su estatura literaria no se achica por grande que sea el escenario.
La afirmación puede parecer temeraria pero la confirma el recuento de la presencia triunfal de este autor en los teatros de la narrativa nacional. Si para juzgar la calidad de las letras de un escritor se consideran necesarios no los juicios del lector común sino los testimonios fastuosos éstos sobrarían al recorrer la bibliografía de Jaime Muñoz. El podría parafrasear el lema de la UNAM para decir “por mi obra hablarán los premios”. Porque con sus libros de ficción, Jaime Muñoz, nacido en Gómez Palacio Durango en 1964 y radicado en Torreón, ha obtenido para su vitrina de trofeos el Premio Nacional de Narrativa Joven (1989), el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia (2001), el prestigiado y prestigioso Premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí (2005) y otros varios reconocimientos importantes, entre ellos el de finalista en el Concurso Nacional de Novela Joaquín Mortiz (1998) y, por supuesto, el que correspondió a Las manos del tahúr, Premio Nacional de Cuento Gerardo Cornejo (2005), en Sonora. Quien quiera seguir la estela narrativa de Jaime Muñoz busque las novelas Juegos de amor y malquerencia y El principio del terror y su primera colección de cuentos, la reunida con el título de El augurio de la lumbre.
El libro que ahora comentamos se acreditó el premio nacional mencionado seguramente por las estrujantes sacudidas viscerales y anímicas de sus personajes y sus narradores y, por otra parte, por la manera en que miran su realidad los propios personajes y narradores. Pero consideremos que las pasiones y las visiones que de su mundo tienen no es toda la riqueza del libro, porque la engrosan la precisión mecánica con que han sido narradas las historias y la soltura del autor al usar la palabra “obscena” y la palabra “pulcra” —ambos adjetivos entre comillas—, la palabra de diccionario y la palabra que él inventa, la palabra libresca y la palabra de la lengua vulgar —este adjetivo en el sentido en que lo usa Dante.
Pero aparte de estos atributos que lo hacen un enjambre apetecible, Las manos del tahúr es un libro divertido. Aun en los pasajes sórdidos refulge un fogonazo de humorismo. Con donaire de mono araña, en los cuentos de Las manos del tahúr saltan el adjetivo chistoso, la situación risible, la imprecación que detona la hilaridad, el dato festivo por identificable. Los aguijonazos humorísticos disparados por la maestría literaria de Jaime Muñoz provocan la sonrisa interior, la exterior, la risa y hasta la carcajada.
Sin embargo podría parecer que los temas no se prestan para el humorismo. La lobreguez de una sociedad contrahecha desde sus orígenes, como lo es la sociedad capitalista, es un desafío para que la ira se convierta en jocosidad, para que en lugar de enojarnos por ella nos ríamos con ella. Pero justamente eso nos permite valorar el fulgor del ingenio de nuestro escritor porque él sabe vestir el reproche como befa, el reclamo como escarnio, la recriminación como mofa. De ese modo, con el filo del estilo, Jaime Muñoz flagela las ineptitudes del sistema social que padecen sus personajes. En la indigencia de un indio —la aliteración es dolosa—, en la lucha por el empleo asalariado, en el dolor por la prepotencia policiaca, en el patetismo de la ceguera en la soledad, en los filos del incesto, en el ninguneo al genio, en la sordidez familiar, en las desesperaciones de la creación artística, en la confrontación con la locura y en el vacío de las relaciones filiales Jaime Muñoz sabe colocar y hacer estallar el detonante de la eutrapelia, del humorismo.
En la enumeración anterior me he referido a cada una de las diez narraciones que ofrece Las manos del tahúr. En la mayoría de ellas hay un sordo enfrentamiento con la sociedad capitalista hostil contra los desposeídos que ignoran sus fuerzas irracionales o rechazan sumarse a ellas. Así, el relato “Diez años de ingenuidad”, primero del libro, recuerda lo estéril de la caridad y, sin mencionarla, remacha la sentencia de que los problemas sociales para su solución requieren de la eficiencia del Estado, no de la misericordia de las buenas conciencias.
En otro cuento, “Medio litro de vodka”, las chuscas desventuras eróticas del personaje son generadas por el desempleo y aparecen envueltas en la atmósfera del temor a quedarse sin trabajo. Para contrastar, “Historia del Gorila” narra cómo un empleo improductivo es la salida al problema de desocupación de un fortachón del lumpenproletariado. Otra lacra de la organización, o más bien desorganización social del capitalismo resalta en el cuento “Hacer Coca”. Abajo del título con juego escatológico de palabras viene una historia de ninguneo para el genio que es una historia de la incapacidad de esta sociedad para auspiciar el desarrollo de sus integrantes. En esta narración el modesto inventor de una bebida igual a la Coca Cola choca contra las imbatibles puertas de la burocracia que no lo deja avanzar con ese ni con otros de sus artificios. Al final, el protagonista-narrador expresa la falacia de las “oportunidades” del capitalismo que Georg Lukács denuncia como posibilidades abstractas, es decir, “oportunidades” que nunca llegan a ser tales, nunca se concretan. El protagonista-narrador de “Hacer Coca”, conmovido por el ninguneo que padece el modesto inventor se propone salvarlo de la marginación y el desdén cuando ha decidido irse de la ciudad (Gómez Palacio) y dice: “No hacerlo significaba comenzar a pudrirme, como casi todos en la jodida patria, por falta de una oportunidad, una maldita oportunidad. Una sola.”
El impulso quijotesco de ese narrador-protagonista que se empeña en la lucha por una causa ajena y difícil, no sin imprecaciones que deben sacudir las conciencias, reaparece en varias de las diez piezas de Las manos del tahúr. Es un protagonista-narrador al que le duele el dolor de sus semejantes y el conjunto de ellos abarcado en los conceptos de patria o sociedad. Es un átomo de la mejor conciencia social, la que expresa la necesidad de la transformación colectiva para alcanzar el bien común. La mayoría de los narradores-protagonistas del libro de Jaime Muñoz son escritores, aspiran a ser cuentistas o son periodistas. Y en todos el narrador es el mismo, lo identificamos porque el tono de su voz en cada narración es igual de grato porque es profundo y ligero, grave pero divertido. En realidad el más consistente personaje del libro es el narrador porque de uno a otro cuento lleva su tono festivo y su compromiso humano. Pensemos que el dueño de esa voz narradora de cada cuento es el autor de Las manos del tahúr, Jaime Muñoz, quien se aferra a su compromiso con el ser humano necesitado de redignificación y también con la obra literaria, expresión de la vocación estética y muestra de la capacidad del ingenio que eleva al hombre sobre las bestias.
Como cuentistas, los protagonistas-narradores de Las manos del tahúr sienten y expresan tambien la necesidad artística de ser originales en su obra. Se aplican a serlo. El resultado es no sólo la gracia de la lengua vulgar, sino algo más propio del oficio de escritor: el modelado de las piezas. De ese modo, mediante la interposición de sus personajes, el autor Jaime Muñoz, nos sorprende con la audaz arquitectura de “Medio litro de vodka”, “Luces del encierro” o “Narrar a media noche”. Por ejemplo, seguir las líneas arquitectónicas de “Luces del encierro” nos lleva a la paradójica sorpresa de leer un cuento que nunca leeremos. Esto es posible no por la magia, sino por el magistral oficio del gran escritor que es el cuentista nacido en Gómez Palacio.
Yo me enorgullezco de que Jaime Muñoz me haya invitado a comentar su libro Las manos del tahúr en esta ciudad, en esta región en la que fue gestado, aunque sé que mis palabras son apenas un miope atisbo a sus muchas calidades. Y Torreón debería enorgullecerse de tener a este escritor gomezpalatino como residente, igual que las ciudades italianas del Renacimiento se enorgullecían de haber sido cuna o residencia de hombre insignes. Pero además mostrar el orgullo en atención al dicho popular que dice que obras son amores. Por lo pronto, los lectores de Torreón pueden tener entre sus manos Las manos del tahúr premiado.

miércoles, noviembre 29, 2006

La mano peluda

Una regla de oro de la antidemocracia es sembrar hondas inconformidades y luego aplastarlas a punta de macanazo. Por eso escribí el domingo en mi blog: “Mientras el fuego y el garrote hacen de las suyas en Oaxaca, para el presidente Fox sólo hay buenas noticias. Este es el último fin de semana que tendrá como presidente. Que se largue ya. Lo malo es que tal vez lo extrañaremos cuando se deje ver la mano verdaderamente dura del sucesor impuesto”. Esa mano dura, la mano peluda que mecerá la cuna de la represión, es ahora el secretario de Gobernación en cuyo currículum refulge una feroz y jamás castigada embestida contra altermundistas en mayo de 2004.
No pinta hermoso pues el panorama político del país, sobre todo para aquello que apeste a oposición, pues sabido es que el nuevo titular de Gobernación llega con órdenes que fascinado acatará. El uso de guerras sucias que van más allá del espot televiscoso es lo que tal vez no ha sido valorado suficientemente ni por los sinceros y pacíficos simpatizantes del usurpadorismo, que los hay, ni por sus detractores. Un candidato que llegó al poder mediante la campaña más asquerosa que se recuerde en México no garantiza que su manera de relacionarse con los opositores vaya a ser precisamente cordial y apegada a derecho. Al revés: la inescrupulosidad del panismo durante el proceso que llevamos hasta el momento es la mejor garantía de que, para aplacar los ánimos sociales, al presidente y sus huestes no les temblará la mano y cometerán vilezas como apresar appos y llevarlos a cárceles remotas donde ni familiares ni prensa puedan enterarse bien a bien de los vejámenes.
¿Sabemos lo que es eso? Trasladar presos a un penal lejano e inaccesible es una de las pruebas más concretas de la criminalidad política. Cuando vi la noticia recordé no sólo el caso emblemático de Guantánamo, cárcel donde sólo Bush sabe cómo les va a quienes, culpables o no, han desaparecido, pues no hay poder legal que pueda franquear esos cercos creados precisamente para que los torturadores suministren todos las variantes posibles del ensañamiento.
Con el traslado a Nayarit de los oaxaqueños, pensé en el Campo Militar Número Uno, espacio donde a la sombra del anonimato liquidaron a muchos jóvenes sesentayocheros; pensé en la Escuela de Mecánica de la Armada, sitio donde los militares argentinos torturaban y mataban mientras reían a carcajadas; pensé en la horrenda Villa Grimaldi, lugar donde los esbirros de Pinochet destripaban incluso a embarazadas.
¿No suena parecido eso de llevar oaxaqueños a una penitenciaría nayarita? Aguas, simpatizantes del usurpadorismo. Los nazis no bromean.

domingo, noviembre 26, 2006

Oaxaca arde

Mientras el fuego y el garrote hacen de las suyas en Oaxaca, para el presidente Fox sólo hay buenas noticias. Este es el último fin de semana que tendrá como presidente. Que se largue ya. Lo malo es que tal vez lo extrañaremos cuando se deje ver la mano verdaderamente dura del sucesor impuesto.

Tahúr en El Siglo



Hoy salió esta foto en El Siglo; es una postal de la presentación que hicimos de mi cuentario Las manos de el tahúr el miércoles 22 de noviembre en el foyer del Teatro Isauro Martínez de Torreón; me acompañaron Saúl Rosales y Mariana Ramírez, a quienes agradezco nuevamente sus agudas palabras (y gracias a El Siglo de Torreón, a La Opinión, a GREM y a OIR por la difusión; quizá por ello asistieron cerca de 150 personas y, contra todos los vaticinios, se vendieron muchos ejemplares del volumen).

Trece años os deleitan

Tuve ayer viernes la suerte de asistir al concierto de la Camerata y no puedo dejar archivado el placer que me produjo la destreza pianística del joven lagunero (¿debo decir niño?) Ricardo Acosta Murguía. De trece años apenas, este chico es hijo del reconocido pediatra Ricardo Acosta y de la doctora Murguía, estudia la secundaria y por más de un lustro ha sido disciplinado alumno de la maestra Mariana Chabukiani.
Acosta interpretó el Concierto para piano en Re menor de Joseph Haydn; al final de una ejecución que desde mi condición de lego juzgo perfecta, el público prodigó una apretada salva de aplausos que le mostró al precoz ejecutante la sorpresa y el orgullo de sus coterráneos. Fue realmente lujosa esa noche, un motivo más para creer que no todo en el mundo está mal, que todavía el arte nos ofrece refugios y a veces, como ayer, nos anticipa generosamente las potencialidades del talento humano.
¿Qué pensaba yo mientras oía al joven Acosta? Nada, simplemente me dejé acariciar por los sonidos que brotaban de su piano, como si la magia fuera gratuita, como si para llegar a ese desarrollo musical no se hubieran necesitado horas, días, meses, años de trabajo tanto de él como de su maestra y de sus sensibles padres. Ricardito, entonces, es ejemplo no sólo de pianista, sino de ser humano que aprovecha al cien por cien una oportunidad inigualable, el espaldarazo de la ventura.
Cuando terminó el Haydn de Acosta e ingresamos a la etapa de Shostakovich por Chabukiani yo ya me encontraba, como siempre, embebido en el mundo de la sociología exprés. Ese mismo viernes en la mañana había despachado mis tres horas en el taller de narrativa que coordino en el Centro Imago del Cereso de Torreón. Allí, con mis alumnos privados de libertad, todos adultos de entre treinta y sesenta años, hablé otra vez del cuento, de narradores, de técnicas para escribir adecuadamente. Comenté incluso uno de los relatos confeccionados por don Eliseo, preso ya bien entrado en años pero tenazmente deseoso de comprender los rudimentos indispensables del arte narrativo. Todos juntos, leímos un poco a Rulfo, sobrevolamos a Monterroso, dijimos algo sobre Borges. La idea es demostrar que en la más absoluta contracorriente, en lo que se supone es un desierto del afecto y la sensibilidad, hay agua, tanta que nuestro sueño es construir, a la vuelta de unos meses, un lago lleno de obra digna de publicación.
Mis amigos presos han tenido pocas oportunidades para sobresalir, algunos ni una sola en toda su vida. Pues bien, ellos quieren sobresalir con sus relatos, y mínimamente en eso deseo ayudarlos. Como millones de mexicanos, millones y millones, ni más ni menos, han vivido la vida al margen de las oportunidades artísticas y académicas, así que cuando escuché al talentosísimo Ricardo Acosta no pude no pensar luego en todos los talentos que tristemente se pierden por falta de una oportunidad y en todos los que, aun teniéndola, la desperdician por culpa del mercenarismo en el que vivimos.
Ricardo ha aprovechado plenamente una oportunidad espléndida. Sus padres merecen también un sostenido aplauso. ¿Qué se puede hacer para que el mundo le abra, como a él, un camino a cada niño? No sé, es muy difícil saberlo. Lo único que sé es que por algo hay que empezar. Por lo que sea.

Violencia basura

Sé poco de esa música; lo digo con sinceridad, así como digo con sinceridad que si me aviento unas cervezas con amigos para mí no es repugnante oírla. Al contrario. Cierta ocasión, por ejemplo, me encontraba sumido en la ingesta de licores con amigos y uno puso un cd de banda narca; la voz que emergió del modular fue una revelación: era una voz fea, grave, con una leve entonación de borracho, pero al mismo tiempo atractiva, con un imán extraño y aseadamente populachero. Pregunté: ¿quién canta? La respuesta no tardó: Valentín Elizalde. Me encogí de hombres y aprobé, todavía desconcertado, la novedad de aquella voz. Ya no supe mucho sobre las canciones de Elizalde, sobre sus giras y su éxito. Una que otra vez lo vi de pasada en programas de espectáculos, pero no más.
Hoy me encuentro en los diarios que lo ejecutaron en Reynosa. ¿Qué caso tenía hacer eso? ¿A quién le sirve la muerte de un muchacho que se dedica, lo apreciemos o no, al canto popular? Mal. Muy mal. Las fuerzas siniestras de la muerte están indetenibles. La descomposición es infernal.
No conozco el móvil del crimen, pero las motivaciones pueden ser tan estúpidas que pasan por el simple gusto: a un capo no le agradaba el cantante, o el cantante trabajó en una fiesta de los enemigos, y eso es razón suficiente para terminar con él. No puede ser. Se mata y se muere por insignificancias. Es la barbarie.

sábado, noviembre 25, 2006

Mesa de hoy

Cada vez que puedo soy, como muchos en la comarca lagunera, espectador asiduo del programa Olla de grillos. Como muchos también, no estoy de acuerdo con todo lo que se afirma en ese espléndido programa local. Es lógico, pues de lo que se trata es de confrontar opiniones, de oponer puntos de vista, de que tanto los invitados como el público en sus casas ventilen ideas no necesariamente uniformes. Más ahora, luego de que la campaña electoral aupada por la ultraderecha reaccionaria dejó como saldo la radical y al parecer irremediable, al menos en el corto plazo, división del pueblo mexicano. Hoy sábado no sentí muy atractiva la mesa de Olla de grillos: el amigo Holguín con la certeza de que los nombramientos de Felipe Usurpador son "ajadrecísticos"; mi también amigo Gerardo Hernández con el choro para mí insostenible de que Felipe es un presidente legal y está obligado a obtener legitimidad con un buen gobierno (¿y por qué no la obtuvo mejor en las elecciones?) y el señor Gurza ahora pacífico y optimista, feliz porque la república neoliberal químicamente pura se consolida ante sus ojos.
Al final mi amiga Marcela Moreno leyó una llamada telefónica en la que un televidente felicitó a mi amigo Mario Gálvez "por decir sus verdades a todos los invitados". Creo que no fue pues la mañana de Gálvez, pues a diferencia de lo que opina en su inteligente columna de La Opinión, en Olla de grillos hoy no dijo nada y aceptó tranquilamente, sin parpadear siquiera, todas las apologías a Felipe Usurpador. Olvidó que el martes 21 de noviembre examinó en su columna, con aguda mirada, el peso histórico de la concentración en el Zócalo. Creo que en la tv pudo decir algo similar, pero quizá no quiso arriesgarse a construir un debate de tres contra uno.
Detalle para recordar: ¡Viva Porfirio Díaz por habernos dado patria, orden y progreso!

Rebollo

Cada vez que puedo monitoreo Olla de grillos. Vi hoy, en uno de sus bloques, al mero machín actual del PRI en Gómez Palacio. Es el júnior Ricardo Rebollo, quien el jueves presentó un "Acuerdo por Gómez Palacio" con el cual, mediante la demagogia más ranchera que uno pueda imaginar, se coloca a la cabeza como aspirante a la candidatura por la alcaldía. Lo burdo, lo grotesco es que el joven Rebollo no reconoció en ningún momento que su plan es llanamente un destape. Como vemos, todavía ni siquiera es candidato y ya comenzó a mentir. Pobre Gómez Palacio.
Ah, también ya vi su espot. El discurso parece atorado en 1970. Cree que creemos en sus falacias. Da pena ajena.

Ansia del garrote

Que la oposición al usurpamiento ya se aguangó, que el Frente ya se quedó solo, que los diputados ya no meterán las manos, que esto y que lo otro han dicho y vuelto a decir en la tele y en todos lados los amantes de la paz y del progreso, pero de cualquier modo ya la Cámara está militarizada y Espino y Zermeño no cesan de exponer la teoría del mátalos en caliente para que Felipe llegue hasta donde tenga que llegar. Es una contradicción, entonces, pues no es posible tener miedo a lo que ya se desinfló.
La toma de protesta sirve perfectamente para anticipar el estilo de gobierno que le espera a la oposición con el arribo del michoacano. Junto al ex secretario de Energía, Fox parecerá Hello Kitty en materia de mano dura. “Es de mecha corta”, se ha dicho sobre el temperamento de Felipe, y quienes lo han tratado de cerca confirman que sus pulgas son escasas.
Lo terrible aquí es que, en la marcada polarización que todavía padece y padecerá el país, hay un caldo de cultivo neonazi que con toda alegría podría avalar los campos de concentración y las cámaras de gas para quienes se pasen de lanza y quieren llevar sus insubordinaciones más allá del primero de diciembre. Por eso el ambiente informativo huele a violencia, por eso los medios han tendido a criminalizar los actos políticos opositores, para justificar después la represión y aparte recibir aplausos públicos.
En su columna jornalera de ayer, Julio Hernández, otrora colaborador de El cristal con que se mira de Televisa, sacó un hermoso botón de muestra para ilustrar la animosidad que va más allá de lo verbal y anhela vil garrote para los simpatizantes de las causas negativas. Sin un átomo de ternura, un lector de Hernández le ha enviado diecinueve cartas electrónicas desde una oficina bancaria (es Javier Ricardo Terrazas Meneses, y escribe desde jaterramene@banamex.com). Yo he recibido uno que otro pellizco, pero todavía no la andanada con swástica que le envían al columnista de La Jornada: “Represión. Así será y así ha de ser... brutal represión totalitaria (...) Probablemente el medio será la fuerza bruta, así pagando los platos rotos los reprimidos, los jodidos, los que se plantan para exigir algo, los brutos y los resentidos. Todo sea por tener orden, para poder progresar”, le dice en una cartita de amor. Y en otra: “Yo espero que les manden al Ejército y los repriman como en el 68. Al mero estilo diazordacista. Sería hermoso, verdaderamente hermoso¡¡¡ (…) Pinche indio asqueroso de raza inferior. Muérete. ¡Debemos exterminarlos. El saldo blanco del que hablas, pronto se tornará de rojo. Ese rojo hermoso de sangre de cerdos pejistas!”

Nuevo libro de Félix Lerma

Presenté el jueves otro poemario de Julio César Félix Lerma; va:

Exuberante blues

Las pocas páginas de Desierto blues, título del más reciente poemario de Julio César Félix (Navolato, 1975), son una maliciosa finta, pues aunque las dimensiones físicas del libro lo ubican en lo que solemos definir como “de bolsillo”, se trata de un volumen amplio en sentidos, profundo en visiones, rico en imágenes, exuberante en suma.
Lo recibí apenas el lunes 20 de noviembre y en dos sentadas he tenido ya la suerte de conversar, nuevamente, con la delicada, con la casi etérea poesía de Julio. Autor de por los menos otros cuatro poemarios como éste, siento que su pluma va (gradualmente, con la paciencia del verdadero creador) encontrando una expresión distintiva, fresca y original, para todo lo que ocurre en su interior, para la densa tormenta de emociones que lo recorren y que sólo pueden, en su privilegiado caso, ser planteadas en esos objetos verbales intangibles y a la vez palpables con el alma que llamamos poemas. En efecto, las piezas literarias que caracterizan a este poeta tienen la rara virtud de parecer inasibles y al mismo tiempo se dejan tocar; sin embargo, no son las manos ni las pupilas, ni el oído siquiera, los sentidos que palpan: es el alma del lector, el alma que extiende su mano y roza levemente la textura de versos en verdad sutiles, tan bien delineados que parecen concebidos a la hora del insomnio.
Cito un caso; es el poema que más me cuadra de Desierto blues, aunque en honor a la sinceridad son muchos los que le hacen competencia; leo “Escultura”, un trazo perfecto de palabras, una verdadera obra esculpida con la materia prima del sonido: “Mi corazón es un pedernal / que emite relámpagos al contacto / con el acero del mundo / con el metal sagrado / de tu cuerpo épico / por donde descienden mis manos / que se extravían de placer / al esculpirte / a flor y fuego”.
Desierto blues (Icocult, 2006) ha sido compuesto en cinco estancias; cada una cuenta con un breve lote de poemas donde rige un barrunto de unidad también apenas insinuada, como todo lo que hace Julio. La capacidad de este poeta para sugerir es notable; sin barroquismos hueros, sin retorcimientos retóricos de ninguna índole, busca siempre dos o tres imágenes precisas, metáforas cegadoras, para escudriñar un estado de ánimo y condensarlo en una hoja. La exuberancia de su voz, paradójicamente, está en el sentido, nunca en la forma, y con esto quiero recalcar que Julio es capaz, como muy pocos autores, de atrapar realidades interiores como quien atrapa, sin aspavientos, mariposas. Así sea brevemente, celebro con estas líneas la presencia poética de Julio César Félix. Su blues en el desierto es una fiesta.

jueves, noviembre 23, 2006

Feroz ensotanado

El sábado pasado fue una delicia ver en Olla de grillos al padre Rodríguez Tenorio, el más acabado ejemplo lagunero de la intolerancia y el abuso de su investidura sacerdotal. ¿Qué se cree este señor? ¿Supone que por su edad y por su condición de cura puede arremeter con gritos y aspavientos contra cualquier persona? Con una prosa oral farfullante y desarticulada, gritona y verdulera, este pastor de la iglesia católica no sólo quiere hacer valer su papel de administrador de lo sagrado, sino que, como todo párroco provinciano, opina sobre la homosexualidad y lo primero que le viene a la mente para atacar es que dicho comportamiento es contranatura, como si la contención sacerdotal no lo fuera. En fin, estos señores sueltan su rabia sobre cualquier tema; no argumentan, sólo vociferan sin respeto por el prójimo y a la hora de ver las vigas en sus ojos inventan todo tipo de coartadas. Son un caso, el mejor ejemplo de la inquisición que sobrevive disfrazada de buena voluntad.

Esto leí

No todo, pero esto leí anoche en el Teatro Martínez de Torreón:
Itinerario de Las manos del tahúr

Jaime Muñoz Vargas

Acaso es una idea primaria, pero creo que el cuento no es la cosa amorfa que en los presentes años suelen escribir muchos cuentistas. Si mi noción de cuento es, como digo, elemental, más me lo parece la que se ha puesto de moda ahora que todo está permitido y cada quien desenfadadamente hace lo que quiere con el género quizá sólo para ocultar ora la incuria, ora la ineptitud, ora las dos vainas juntas. Del cuento en el que creo pongo un ejemplo brevísimo de mi propio cuño, para no desvirtuar a nadie:
Paz espiritual
Por lo común en casa armaban demasiado escándalo y nadie respetaba sus ávidas horas de lectura. Pero aquel día decidió que no le robarían más el disfrute de aquel placer mayor. Con su libro atenazado bajo la axila salió de casa y seis calles después entró al templo del Sagrado Corazón. Gozó el piso de mármol espejeante, el aroma del incienso, la fogosa temblorina de las veladoras, el oro apagado de los marcos, las bancas en impecable fila, el callado olor de las gladiolas, el sosiego, la paz espiritual del gran crucifijo. Desperdigados, unos cuantos ancianos rezaban con inmóvil devoción. Todo estaba dispuesto y se sentó a continuar la lectura de su libro. El separador marcaba la página 33 de El anticristo.

Ignoro si lo citado es bueno o malo, pero sé bien que, así se trate de un microrrelato, la historia atraviesa las tres etapas básicas de todo cuento clásico: un principio, un medio y un fin que pretende ser sorpresivo, es decir, ha sido escrito con toda la intención de ser un cuento en el sentido menos laxo de la palabra. El principio plantea la presencia de un lector incomodado por el ruido; he ahí el conflicto. De inmediato decide terminar con ese fastidio y en el veloz desarrollo de la historia busca un templo católico que se llama, enfatizo, del “Sagrado Corazón” sin decir, porque es obvio, “de Jesús”; ese lugar es la viva imagen del sosiego, el lugar ideal para leer. Apenas estamos en el renglón número diez y la historia se resuelve con una paradoja: el libro que en la iglesia devora nuestro apasionado lector es El anticristo.
Esa organización del cuento no es hoy, como dije, la favorita de muchos cuentistas, quienes preferencian relatos sostenidos en la pura prosa, historias escritas con ocurrencias dispersas, con descripciones más o menos amenas de un estado anímico, de un paisaje o de un sujeto. Proceden como en la poesía, género que no obliga a cuidar una trama, sino una determinada intensidad, un determinado tono, a sostener un ritmo y un impulso líricos. Aquí me atrevo a señalar un inconveniente: el cuento es lo más lejano, en términos de cocción, a la poesía.
Pues bien, la moda de esos cuentistas ha hecho escuela. Tanto lo han logrado que ahora dan clases de cuento, son jurados en concursos, ganan premios aunque nunca se hayan entregado en serio al engorro de escribir un cuento propiamente dicho, sólo desahogos narrativos sin trama, relatos deshuesados y enemigos de cualquier cuidado estructural. No me desagrada del todo, como lector, ese tipo de relatos, siempre y cuando la prosa tenga brillo, encanto, y las ideas de los personajes se sostengan en alguna mínima profundidad. Es el caso de escritores como Fadanelli, en México, o Pedro Juan Gutiérrez, en Cuba, quienes parecen sabrosamente desentendidos del canon cuentístico tradicional y se han instalado en otro, mucho más relajado.
Otros tantos han querido hacer lo mismo, pero sin éxito. Olvidan la trama, narran sin ataduras, quieren ser irreverentes o divertidos y lo único que logran es transmitir una irreparable sensación de perezosa libertad. Pese a ello no dudan en declarar que hacen cuentos y que son cuentistas, como si el género más riguroso de la literatura otorgara con toda impunidad la carta de ciudadanía sin necesidad de atender ninguna regla, salvo la de la brevedad. Así pues, resumo, abundan los cuentistas que dicen hacer cuentos sólo porque escriben cositas breves. Nada de orden trino, nada de trama, nada de historia A e historia B, nada de clímax, nada de Poe y nada de Cortázar, sólo “libertad”, el boleto que les permite hacer lo que les viene en gana, incluso usurpar el nombre de cuentistas.
Nunca, en veinte años, he querido pertenecer a esa secta. Buenos o malos, mis cuentos quieren ceñirse el corsé del cuento clásico, pues no de otra manera me reconocería como artesano de este género hecho de pura estrategia. Las diez piezas reunidas en Las manos del tahúr, libro que durante un tiempo llevó por título Medio litro de vodka, aspiran todas a sostener una trama apretada, a contar dos historias y a revelar su sentido, si es posible, hasta el último renglón. Trato, por supuesto, de atrapar un ritmo poético, de ahondar en la actitud de los personajes, de establecer hasta donde me es posible una idea social o política, humana en suma, pero lo que pretendo con mayor ahínco es construir, armar, urdir, aterrizar en un final plenamente justificado en función de los pormenores que la historia B trepa e impone a la historia A.
Es una preceptiva elemental y rígida, lo sé, pero es la única que se ha inventado para decidir que un cuento es un cuento, y no cualquier otro bicho. No seré yo el que decida si mis cuentos son eficaces o no; los escribí con gusto y atención, concentrado en los detalles, en las pistas, conciente del reto que representa colocar ladrillo tras ladrillo para que el muro quede firme desde los cimientos al remate; la mayoría de las piezas fue acuñada, si no recuerdo mal, en 2002. Creo, como dice Borges, que no son una maravilla, pero tampoco me deshonran y sospecho que ya evidencian un cierto conocimiento del género. Dejo pues este libro en manos del azar. Que la suerte y las virtudes de estos cuentos, si las tienen, los ayuden a permanecer en la memoria de un lector.
Comarca Lagunera, 21, septiembre y 2006
Posdata del 2 de octubre de 2006. Paco Ignacio Taibo II, conocedor profundo del tejemaneje editorial, ratifica ante mí la desgracia comercial del cuento. Nadie sabe exactamente por qué, pero el cuento no vende, y si no vende, no es publicable salvo en los pocos casos de los autores ya consagrados con novelas. Mucho tiempo me he preguntado a qué se debe esto: como en la “Carta robada” de Poe, la respuesta estaba en el lugar obvio: la culpa de todo quizá la tienen los cuentistas que creen escribir cuentos y que en realidad hacen malos borradores de novelas.

El tahúr ayer



Ayer en el Teatro Isauro Martínez presenté Las manos del tahúr. Saúl Rosales y Mariana Ramírez hicieron reseñas muy generosas. Mariana ya me envió la suya, y ésta es:


El destino humano en las expertas manos del tahúr*

Mariana Ramírez Estrada

Al igual que los personajes que pueblan los diez cuentos que conforman el volumen titulado Las manos del tahúr, de la autoría de Jaime Muñoz Vargas, nos encontramos aquí reunidos también debido a los expertos movimientos de un tahúr de las palabras y las anécdotas. Me refiero por supuesto a Jaime (Gómez Palacio, Dgo., mayo de 1964), de quien no hace falta mencionar más datos, pues se trata ya de un escritor conocido y reconocido por todos nosotros.
Únicamente me gustaría traer a la memoria que esta decena de relatos hizo a Muñoz Vargas acreedor al VI Premio Nacional de Narrativa Gerardo Cornejo, convocado por el Gobierno del estado de Sonora a través de la Secretaría de Educación y Cultura y del Instituto Sonorense de Cultura, noticia que recibió durante la primera quincena del vertiginoso mes de octubre del año pasado, cuando en una misma semana le notificaron haber resultado ganador de este y otros dos premios cuyas convocatorias tienen origen en Nuevo León y San Luis Potosí.
El punto de partida de mi apreciación acerca de Las manos del tahúr, es, porque tiene que ser así precisamente, esta frase que nomina el volumen y que acertadamente, no corresponde al título de ninguno de los relatos, como suele usarse, pero que los engloba a todos. Además de otros elementos compartidos que son visibles entre los cuentos, de los cuales comentaré más adelante, el centro en el que todos encuentran su común denominador u origen, es el azar: los personajes, como nosotros, están sujetos a fuerzas que no son capaces de dominar, pero que determinan sus destinos.
Estos individuos transitan por una vida cuya gráfica representación no puede ser más exacta, pues los distintos ámbitos y asuntos, por más nimios que puedan parecer, son cartas en manos de un experimentado practicante que con descarada e inmisericorde deliberación las maneja a su antojo. Este tahúr puede ser visto como el incesante e inevitable devenir del principio al fin, siempre utilizando igual mecanismo para todos los humanos, o como la propia imagen de dios, quien aprisiona en sus entrenadas y por si fuera poco, eternas palmas, la siguiente carta para tirarla ante nuestros sorprendidos ojos.
Antes mencioné que además de la constante presencia y acción del azar, los diez relatos, como anécdota narrada, encierran otros elementos en común, entre ellos destacan: un desencanto en menor o mayor dosis, acerca de los otros o de sí mismo, y de la realidad completa; la batalla económica por la supervivencia y por sostener la autoestima en un ambiente en que el reconocimiento escasea; en fin, la enorme brecha entre lo que se desea o planea y lo que en realidad puede hacerse.
Los personajes que protagonizan y muestran sus vidas, también guardan rasgos comunes: varios de ellos se dedican al oficio de la escritura, ya sea como universitarios (“Historia del gorila” y “Narrar a medianoche”) o como profesionales (“Viaje para un epitafio” y “Hacer Coca”). Varios, por el desencanto de verse en la imposibilidad de concretar textos de carácter literario, optan, sin mostrar mucho los verdaderos estragos que causa en su ánimo, por el periodismo (“Luces del encierro” y “Hans al teléfono”). Ahí se instalan para obtener un sustento, que aunque sea magro, les permite continuar el avance de la cinta que muestra su gris existencia.
Otros simplemente se dedican a sortear la “tirada” que el tahúr les dé, sin manifestar mucho su amargura (“Récord con papá”) y algunos más, que todavía conservan una pizca de osadía o quizá por fortuna cuentan con una total desvergüenza, tratan de responderle y sufren en el intento de hacerlo (“Diez años de ingenuidad”, “Medio litro de vodka” y “Mamá te habla”).
En cuanto al estilo que como autor aquí nos muestra Jaime, puedo decir que se trata del modo de construir literatura al que nos tiene acostumbrados: limpio, milimétrico, con sus agradables toques de humor y sarcasmo, que de vez en vez rompen el hermetismo de una lectura silenciosa, realizada en la casa, la cafetería, la oficina o cualquier sitio, para dar lugar a sonoras carcajadas.
Se trata entonces de textos que se leen de un solo aliento, totalmente digeribles, sencillos, pero no por ello, menos profundos o propiciadores de reflexiones. A través de las 174 páginas que conforman el libro, asistimos a las vivencias de personajes completamente posibles, lo son incluso los que nos asombran, pues recordamos que a nuestro alrededor existen algunos que al igual que ellos, se aferran a las manías o refugios contra las amarguras que les han tocado en suerte.
Es el caso de los dos ancianos que son el centro de “Luces del encierro” y “Hacer Coca”, respectivamente, quienes en apariencia distan mucho de guardar alguna similitud, pero que en el fondo comparten su ser de incomprendidos por el resto del mundo (aunque parezca mucho decirlo) y hacen de su casa, la del primero en una colonia pudiente y la del otro en un barrio sin pavimento, su santuario de libertad, pues ahí atesoran los objetos que los mantienen vivos, mientras sus cuerpos lo permitan. También se parecen, porque deciden que después de su ausencia, alguien que se interesó en lo mismo que ellos, merece heredar lo que nadie más apreciaría.
Creo que un elemento que no debo pasar por alto es un aspecto que percibo en estas diez piezas fraguadas por Muñoz Vargas, y que casi estoy segura, no había encontrado antes en su producción cuentística: hay una total intención de mostrarnos la existencia de un relato dentro del relato. En algunos cuentos este factor es altamente visible, cito por ejemplo “Narrar a medianoche” o “Medio litro de vodka”. En el primero estamos frente a una historia autobiográfica, pero la cuestión no se restringe a ese nivel, sino que se muestra gráficamente, pues el texto tiene partes del cuento en el cuento. En “Medio litro de vodka”, el personaje principal se transforma en cuenta cuentos de su propia narración, y su amigo oyente, la va asimilando y eligiéndole un desenlace (que da lugar a la ambigüedad de una final abierto para el lector).
Otro relato en el que sucede esta especie de círculo o reiteración, pero de otra manera, más como jugada del destino, es en “Historia del gorila”, pues la dolorosa visión ocurrida ocho años atrás, toma vigencia en la carne misma de quien en el pasado fue testigo de la brutalidad. Quizá aquí el grado de dolor se torna superlativo, pues el blanco de la pretérita violencia ahora es quien la ejecuta, y también porque los golpes van más allá: llegan al fondo de la convicción derrumbando lo que había constituido el sentido de vida.
Como sucede en nuestras propias vidas, los hechos que provocamos o que simplemente nos vemos forzados a vivir, están marcados por instantes de apabullante oposición: puede haber total apremio, amargura o desencanto y al mismo tiempo, encontrarse rasgos gratificantes, satisfactorios o humorísticos. Así sucede con el intento filantrópico en “Diez años de ingenuidad”, pasa de igual manera en las memorables cinco horas con quince minutos vividas en “Récord con papá”, o en la inusitada aparición de un nombre, que sólo el portador del mismo, quien domina el contexto, comprende, al leer una nota en uno de los más famosos diarios españoles, que cita las palabras textuales pronunciado desde la mente de un desquiciado en “Hans al teléfono”.
Con esto quiero decir que en las vidas de los personajes modelados por Jaime, al igual que en las nuestras, hay contrastes, que son precisamente los que le otorgan a la existencia su característica naturaleza ambigua, agridulce, que nos impulsa a mantenernos pegados a ella, en el camino, en la inercia, sin grandes aspavientos.
Al menos para mí son esta clase de historias las que me parecen relevantes, dignas de leerse, pues se convierten en espejos de nuestra realidad, en muros reflejantes donde podemos vernos como individuos, como familia, como grupo de amigos, como sociedad, como país y como especie… como naipes próximos a caer en la mesa del juego preparado por el experto tahúr que siempre guarda bajo su manga la alternativa del azar.

* Texto leído en la presentación de Las manos del tahúr, el 22 de noviembre de 2006, en el foyer del Teatro Isaura Martínez de Torreón, Coahuila.

El hijo desabridiente

Caja de resonancia foxista y usurpadorista, una de las tendencias más visibles del periodismo mexicano recientísimo es descalificar a los frentistas con dos argumentos tan consistentes como un malvavisco: están locos y se han quedado solos. Tal vez tengan razón en el primero de los rótulos: como en el caso del Quijote, es necesario estar un poco o bastante mal de la sesera y encarar a los vestiglos creados por la ultraderecha mexicana para prostituir al país y entregarlo, con gordezuelos y calvitos egresados del ITAM en el rol de mercachifles, a los empresarios locales y foráneos que ya refrotan sus manos y se liman los colmillos ante el banquetazo que los espera.
En el segundo caso, “ser han quedado solos”, mucho anunciaron que según veinte encuestas ya nadie cree a quienes sostienen la teoría del fraude; pues bien, con todo y los malos augurios el zócalo volvió a ser atestado de gente pacífica que por su propio pie, movida sólo por la certeza de que las elecciones fueron un chanchullo histórico, sancionó un acto que ataca el plano simbólico del poder y lo hace con plena apertura, en la plaza pública, sin un solo elemento de seguridad listo para reprimir a nadie.
La derecha mexicana y sus pedrosferrices ubicuos han trillado la idea de que con tumultos nada se demuestra, de que sólo vale lo que avalan las virginales instituciones del país. Eso han dicho por dos simples razones: una, porque si no fuera por las instituciones que controla(ó) el foxismo (la presidencia, parte de las Cámaras, los medios, el IFE y el Trife, muchas gubernaturas, el gabinete) hubiera sido imposible torcer el destino real del voto; dos, porque ni antes ni después de las elecciones, nunca en la vida del presidente impuesto verán sus ojos una movilización popular voluntaria como las muchas que tuvo la Coalición y que ahora tendrá el Frente. Sólo minusvaloran las concentraciones descomunales quienes, como Creel, sólo son capaces de reunir a tres adherentes extraviados en el laberinto de las ideologías.
Lejos de tener una convocatoria masiva, popular y alegre como la que vimos el lunes 20, el presidente de la pantomima se mueve, como lo hace Fox, rodeado de un aparato de seguridad faraónico y listo para actuar en caso de que se caliente cualquier ímpetu. Pobre Felipe, tan lejos del pueblo y tan cerca del Estado Mayor Presidencial, tan echón a la hora de decir que gozó del voto mayoritario y tan incapaz de armar un encuentro con diez mil personas en alguna plaza de todos y no sólo en salones apropiadamente cerrados para que nada perturbe a los círculos más altos del poder, de su poder.