sábado, marzo 05, 2022

Cuento infinito









Hay un cuento de JEP (léase José Emilio Pacheco) que en algún momento deseo arrimar a esta mesa de disección exprés. Me refiero a “La fiesta brava”, texto que me gusta y siempre recuerdo con admiración, pues fue el primero que leí, hace ya 35 años o poco más, entre los que apelaban al recurso de meter un cuento en otro cuento. Para entonces no era ya una novedad formal en la narrativa contemporánea, pero me sorprendió por lo que tenía de enfático: un personaje debe escribir un cuento y en el mismo cuento leemos el cuento que escribió.

Varios años después cayó en mis manos una pequeña reunión de cuentos publicada por la UNAM con prólogo de Juan Villoro. Su autor era Ricardo Piglia, así que no podía esperar nada malo dado el gustazo provocado poco antes por su novela Plata quemada. En aquel lote de historias leí el, quizá, más famoso cuento de Piglia: “La loca y el relato del crimen”. Tras leerlo reviví el impacto de “La fiesta brava” casi como una repetición en cámara lenta. ¡Qué buen cuento!, pensé, un homenaje a la perfección que es posible alcanzar en este género latoso y muchas veces asumido como poca cosa pero que a la hora de la hora es uno de los más difíciles de domesticar.

“La loca y el relato del crimen” cuenta la historia, claro, de un crimen cuyo único posible testigo es una loca. Dos tipos, Almada y Antúnez, que se mueven en el mundillo prostibulario, algo así como padrotes (cafishos, los llaman en Argentina), tienen en medio a una prostituta que un buen día aparece asesinada. La policía apresa a Antúnez como sospechoso del delito. Hasta aquí el primer tramo.

En el segundo aparece Emilio Renzi, periodista del rubro literario que por la ausencia de un reportero específico debe cubrir la nota sobre el asesinato de la prostituta. Va a la zona de detención y junto a varios reporteros escucha el delirante relato de la loca. Transcribe luego la grabación y, tras analizarlo con los métodos aprendidos en la universidad, concluye que el acusado no fue el asesino, sino un tal Almada, y se lo comunica a Luna, su jefe en el periódico, quien lo regaña.

“—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico”.

Renzi no lo convence, pues Luna se atiene a lo que ha concluido la policía.

“—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María

—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
—Decíme ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?”

Como vengo haciéndolo en estos vistazos críticos, no digo el final. Busquen el cuento y ya verán que el cierre es, como su apertura y su desarrollo, perfecto.

Para su comodidad, aquí está:

La loca y el relato del crimen
Ricardo Piglia

I
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.
Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó. “Quebrarla en dos para hacerla gemir y entregarse.”
En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más pervertida aun bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente, retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie.
—Che, vos —dijo.
La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.
—¿Cómo te llamás? —dijo él.
—¿Quién?
—Vos. ¿O no me oís?
—Echevarne Angélica Inés —dijo ella, rígida—. Echevarne Angélica Inés, que me dicen Anahí.
—¿Y qué hacés acá?
—Nada —dijo ella—. ¿Me das plata?
—Ahá, ¿querés plata?
—La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como una túnica.
—Bueno —dijo él—. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.
—¿Eh?
—¿Ves? Mirá —dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos—. Te arrodillás y te lo doy.
—Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.
—¿Escuchaste? —dijo Almada—. ¿O estás borracha?
—La macarena, ay macarena, llena de tules —cantó la mujer y empezó a arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo húmedo en sus ojitos de gato.
—Ahí tenés. Yo soy Almada —dijo y le alcanzó el billete—. Cómprate perfume.
—La pecadora. Reina y madre —dijo ella—. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.
Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados color sangre de la entrada.
—La macarena, ay macarena —cantaba la loca—. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules —cantó la loca.
Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera. Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.
“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse.
Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido olvidame como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me busques porque él te va a matar.
Antúnez leyó las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada en la luna del espejo.

II
A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la Facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.
El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia incomprensible. La Policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.
—Tratá de ver si podés inventar algo que sirva —le dijo el viejo Luna—. Andáte hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.
En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La Prensa. El tipo era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos suaves.
—Yo no he sido —dijo—. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de arriba.
Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.
—Seguro fue éste —dijo Rinaldi cuando se lo llevaron—. Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.
—Me pareció que decía la verdad.
—Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En cuanto empezó a oírla Renzi encendió su grabador.
—Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacás el antifaz mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he tenido blanca por la inocencia.
—Parece una parodia de Macbeth —susurró, erudito, Rinaldi—. Se acuerda ¿no? El cuento contado por un loco que nada significa.
—Por un idiota, no por un loco —rectificó Renzi—. Por un idiota. ¿Y quién le dijo que no significa nada?
La mujer seguía hablando de cara a la luz.
—Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a pertenecer.
—Vuelve a empezar —dijo Rinaldi.
—Tal vez está tratando de hacerse entender. —¿Quién? ¿Esa? Pero no ve lo rayada que está —dijo mientras se levantaba de la butaca—. ¿Viene?
—No. Me quedo.
—Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?
—Por eso —dijo Renzi controlando la cinta del grabador—. Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo.

Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.
—Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal Almada, el gordo Almada.
—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico.
—Decime pibe —dijo Luna lentamente—. ¿Me estás cargando?
—Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde ¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada.
El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.
—¿Ve? —insistió Renzi—. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que vio.
—Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?
—No me joda.
—No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis?
—¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario. El viejo Luna sonrió como si le doliera algo.
—Tranquilizate pibe. ¿O pensás que este diario se dedica a la lingüística?
—Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?
—Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas.
—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.
—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
—Decime ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?
—En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto—. Mira, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armes lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.
Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después bajó la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le dictara:
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo —empezó a escribir Renzi—, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.

miércoles, marzo 02, 2022

Enemigo interno

 








Una recomendación de manualito para los cuentistas es hallar anécdotas reales o imaginarias en las que el protagonista tenga al menos un enemigo, un antagonista. Gracias al choque de estas dos entidades es posible encender la llama del suspenso, y perdón por la metáfora cursi. La presencia de antagonistas dinamizadores, claro, no es privativa del cuento, pues se materializa en cualquier producto narrativo. Hasta Supermán, quien todo lo puede, tiene oponentes de cuidado, rivales que conocen el valor de la kriptonita para doblegarlo.

Pero fuera de esos villanos obvios, hay otros más complejos, sujetos con legítimo derecho de luchar aunque luego los rotulemos como “villanos”. Y más allá, todavía, hay enemigos abstractos, opositores sin rostro: las propias limitaciones del protagonista, sus miedos, sus prejuicios, su ineptitud para cristalizar algún propósito abierto como catedral al principio del relato. Veamos un ejemplo.

En el cuento “El profesor suplente” (Las botellas y los hombres, 1964) de Julio Ramón Ribeyro, un personaje, Matías Palomino, pasa su vida hundido en la grisura de la burocracia. Cierto día, un profesor amigo le pasa la oportunidad de que lo supla en una clase de historia, lo que hincha de orgullo a Palomino. Mientras prepara su clase, nuestro personaje se sobrevalora, piensa que esa nueva chamba es muy merecida y le abrirá cancha a otro ingreso y a la ansiada respetabilidad.

Ya listo, con su clase más que preparada, sale en camino al colegio. Pero ocurre una tragedia: frente a la escuela es presa de un pánico ingobernable, de suerte que los conocimientos que traía ordenados se le traspapelan: “Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba”.

El pavor aprieta el cuello de Palomino y gradualmente mina su ánimo. Podemos apreciar que en el horizonte no hay obstáculos, ningún antagonista tangible: un enemigo interno es en este cuento quien acude a poner la zancadilla.

Para que no batallen si se les antojó leerla, les dejo aquí esa historia:

El profesor suplente

Julio Ramón Ribeyro

Hacia el atardecer, cuando Matías y su mujer sorbían un triste té y se quejaban de la miseria de la clase media, de la necesidad de tener que andar siempre con la camisa limpia, del precio de los transportes, de los aumentos de la ley, en fin, de lo que hablan a la hora del crepúsculo los matrimonios pobres, se escucharon en la puerta unos golpes estrepitosos y cuando la abrieron irrumpió el doctor Valencia, bastón en mano, sofocado por el cuello duro.

—¡Mi querido Matías! ¡Vengo a darte una gran noticia! De ahora en adelante serás profesor. No me digas que no… ¡espera! Como tengo que ausentarme unos meses del país, he decidido dejarte mis clases de historia en el colegio. No se trata de un gran puesto y los emolumentos no son grandiosos pero es una magnífica ocasión para iniciarte en la enseñanza. Con el tiempo podrás conseguir otras horas de clase, se te abrirán las puertas de otros colegios, quién sabe si podrás llegar a la Universidad… eso depende de ti. Yo siempre te he tenido una gran confianza. Es injusto que un hombre de tu calidad, un hombre ilustrado, que ha cursado estudios superiores, tenga que ganarse la vida como cobrador… No señor, eso no está bien, soy el primero en reconocerlo. Tu puesto está en el magisterio… No lo pienses dos veces. En el acto llamo al director para decirle que ya he encontrado un reemplazo. No hay tiempo que perder, un taxi me espera en la puerta… ¡Y abrázame, Matías, dime que soy tu amigo!

Antes de que Matías tuviera tiempo de emitir su opinión, el doctor Valencia había llamado al colegio, había hablado con el director, había abrazado por cuarta vez a su amigo y había partido como un celaje, sin quitarse siquiera el sombrero.

Durante unos minutos, Matías quedó pensativo, acariciando esa bella calva que hacía las delicias de los niños y el terror de las amas de casa. Con un gesto enérgico, impidió que su mujer intercala un comentario y, silenciosamente, se acercó al aparador, se sirvió del oporto reservado a las visitas y lo paladeó sin prisa, luego de haberlo observado contra luz de la farola.

—Todo esto no me sorprende —dijo al fin—. Un hombre de mi calidad no podía quedar sepultado en el olvido.

Después de la cena se encerró en el comedor, se hizo llevar una cafetera, desempolvó sus viejos textos de estudio y ordenó a su mujer que nadie lo interrumpiera, ni siquiera Baltazar y Luciano, sus colegas del trabajo, con quienes acostumbraba reunirse por las noches para jugar a las cartas y hacer chistes procaces contra sus patrones de la oficina.

A las diez de la mañana, Matías abandonaba su departamento, la lección inaugural bien aprendida, rechazando con un poco de impaciencia la solicitud de su mujer, quien lo seguía por el corredor de la quinta, quitándole las últimas pelusillas de su terno de ceremonia.

—No te olvides de poner la tarjeta en la puerta —recomendó Matías antes de partir—. Que se lea bien: Matías Palomino, profesor de historia.

En el camino se entretuvo repasando mentalmente los párrafos de su lección. Durante la noche anterior no había podido evitar un temblorcito de gozo cuando, para designar a Luis XVI, había descubierto el epíteto de Hidra. El epíteto pertenecía al siglo XIX y había caído un poco en desuso pero Matías, por su porte y sus lecturas, seguía perteneciendo al siglo XIX y su inteligencia, por donde se la mirara, era una inteligencia en desuso. Desde hacía doce años, cuando por dos veces consecutivas fue aplazado en el examen de bachillerato, no había vuelto a hojear un solo libro de estudios ni a someterse una sola cogitación al apetito un poco lánguido de su espíritu. Él siempre achacó sus fracasos académicos a la malevolencia del jurado y a esa especie de amnesia repentina que lo asaltaba sin remisión cada vez que tenía que poner en evidencia sus conocimientos. Pero si no había podido optar al título de abogado, había elegido la prosa y el corbatín del notario: si no por ciencia, al menos por apariencia, quedaba siempre dentro de los límites de la profesión.

Cuando llegó ante la fachada del colegio, se sobreparó en seco y quedó un poco perplejo. El gran reloj del frontis le indicó que llevaba un adelanto de diez minutos. Ser demasiado puntual le pareció poco elegante y resolvió que bien valía la pena caminar hasta la esquina. Al cruzar delante de la verja escolar, divisó un portero de semblante hosco, que vigilaba la calzada, las manos cruzadas a la espalda.

En la esquina del parque se detuvo, sacó un pañuelo y se enjugó la frente. Hacía un poco de calor. Un pino y una palmera, confundiendo sus sombras, le recordaron un verso, cuyo autor trató en vano de identificar. Se disponía a regresar —el reloj del Municipio acababa de dar las once— cuando detrás de la vidriera de una tienda de discos distinguió a un hombre pálido que lo espiaba. Con sorpresa constató que ese hombre no era otra cosa que su propio reflejo. Observándose con disimulo, hizo un guiño, como para disipar esa expresión un poco lóbrega que la mala noche de estudio y de café había grabado en sus facciones. Pero la expresión, lejos de desaparecer, desplegó nuevos signos y Matías comprobó que su calva convalecía tristemente entre los mechones de las sienes y que su bigote caía sobre sus labios con un gesto de absoluto vencimiento.

Un poco mortificado por la observación, se retiró con ímpetu de la vidriera. Una sofocación de mañana estival hizo que aflojara su corbatín de raso. Pero cuando llegó ante la fachada del colegio, sin que en apariencia nada lo provocara, una duda tremenda le asaltó: en ese momento no podía precisar si la Hidra era un animal marino, un monstruo mitológico o una invención de ese doctor Valencia, quien empleaba figuras semejantes para demoler sus enemigos del Parlamento. Confundido, abrió su maletín para revisar sus apuntes, cuando se percató que el portero no le quitaba el ojo de encima. Esta mirada, viniendo de un hombre uniformado, despertó en su conciencia de pequeño contribuyente tenebrosas asociaciones y, sin poder evitarlo, prosiguió su marcha hasta la esquina opuesta.

Allí se detuvo resollando. Ya el problema de Hidra no le interesaba: esta duda había arrastrado otras muchísimo más urgentes. Ahora en su cabeza todo se confundía. Hacía de Colbert un ministro inglés, la joroba de Marat la colocaba sobre los hombros de Robespierre y por un artificio de su imaginación, los finos alejandrinos de Chenier iban a parar a los labios del verdugo Sansón. Aterrado por tal deslizamiento de ideas, giró los ojos locamente en busca de una pulpería. Una sed impostergable lo abrasaba.

Durante un cuarto de hora recorrió inútilmente las calles adyacentes. En ese barrio residencial sólo se encontraban salones de peinado. Luego de infinitas vueltas se dio de bruces con la tienda de discos y su imagen volvió a surgir del fondo de la vidriera. Esta vez Matías lo examinó: alrededor de los ojos habían aparecido dos anillos negros que describían sutilmente un círculo que no podía ser otro que el círculo del terror.

Desconcertado, se volvió y quedó contemplando el panorama del parque. El corazón le cabeceaba como un pájaro enjaulado. A pesar de que las agujas del reloj continuaban girando, Matías se mantuvo rígido, testarudamente ocupado en cosas insignificantes, como en contar las ramas de un árbol, y luego en descifrar las letras de un aviso comercial perdido en el follaje.

Un campanazo parroquial lo hizo volver en sí. Matías se dio cuenta de que aún estaba en la hora. Echando mano a todas sus virtudes, incluso a aquellas virtudes equívocas como la terquedad, logró componer algo que podría ser una convicción y, ofuscado por tanto tiempo perdido, se lanzó al colegio. Con el movimiento aumentó el coraje. Al divisar la verja asumió el aire profundo y atareado de un hombre de negocios. Se disponía a cruzarla cuando, al levantar la vista, distinguió al lado del portero a un cónclave de hombres canosos y ensotanados que lo espiaban, inquietos. Esta inesperada composición —que le recordó a los jurados de su infancia— fue suficiente para desatar una profusión de reflejos de defensa y, virando con rapidez, se escapó hacia la avenida.

A los veinte pasos se dio cuenta de que alguien lo seguía. Una voz sonaba a sus espaldas. Era el portero.

—Por favor —decía— ¿No es usted el señor Palomino, el nuevo profesor de historia? Los hermanos lo están esperando. Matías se volvió, rojo de ira.

—¡Yo soy cobrador! —contestó brutalmente, como si hubiera sido víctima de alguna vergonzosa confusión.

El portero le pidió excusas y se retiró. Matías prosiguió su camino, llegó a la avenida, torció al parque, anduvo sin rumbo entre la gente que iba de compras, se resbaló en un sardinel, estuvo a punto de derribar a un ciego y cayó finalmente en una banca, abochornado, entorpecido, como si tuviera un queso por cerebro.

Cuando los niños que salían del colegio comenzaron a retozar a su alrededor, despertó de su letargo. Confundido aún, bajo la impresión de haber sido objeto de una humillante estafa, se incorporó y tomó el camino de su casa. Inconscientemente eligió una ruta llena de meandros. Se distraía. La realidad se le escapaba por todas las fisuras de su imaginación. Pensaba que algún día sería millonario por un golpe de azar. Solamente cuando llegó a la quinta y vio que su mujer lo esperaba en la puerta del departamento, con el delantal amarrado a su cintura, tomó conciencia de su enorme frustración. No obstante se repuso, tentó una sonrisa y se aprestó a recibir a su mujer, que ya corría por el pasillo con los brazos abiertos.

—¿Qué tal te ha ido? ¿Dictaste tu clase? ¿Qué han dicho los alumnos?

—¡Magnífico!… ¡Todo ha sido magnífico! —Balbuceó Matías—. ¡Me aplaudieron! —pero al sentir los brazos de su mujer que lo enlazaban del cuello y al ver en sus ojos, por primera vez, una llama de invencible orgullo, inclinó con violencia la cabeza y se echó desconsoladamente a llorar.

sábado, febrero 26, 2022

Cuento instructivo

 








Como otros géneros, el cuento puede llegar a no parecer cuento, sino un objeto muy distinto. De hecho, su catadura llega a tocar extremos harto atrevidos, casi colindantes con el no-cuento. Uno de los casos más radicales que conozco es “Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (El libro del fantasma, 1999), de Alejandro Dolina. Se ubica tan a la orilla del espectro cuentístico que casi casi no lo es, aunque si lo observamos con detenimiento tiene rasgos que participan del texto breve narrativo. De hecho, supone tres formas de escritura, de ahí la dificultad que plantea para definirlo: la presencia de un personaje que habla en primera persona lo hace narrativo; la reflexión del personaje tiene algo de ensayístico y, por último, ofrece líneas vinculadas al género de escritura que podemos denominar “instructivo de producto comercial”, si es que esto existe. Veamos.

El texto no ha sido organizado en párrafos, sino mediante una numeración en incisos, como la acostumbrada en los instructivos. El primer y el segundo ítems cumplen cabalmente con la regla de este género, es decir, dan indicaciones:

1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda”.

Lo peculiar ocurre en el tercer ítem, sitio donde irrumpe la anomalía:

3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades”.

A partir de este momento el instructivo pasa a ser un foro de expresión donde el redactor se comunica con sus lectores para alcanzar un propósito que desborda la frivolidad a la que estaba destinado, es decir, aleccionar sobre la apertura de un paquete. Para no alterar al lector potencial, el redactor del instructivo seguirá ofreciendo recomendaciones técnicas, pero en medio de ellas acometerá el objetivo de pensar en un asunto trascendente, vinculado con la subjetividad del ser humano. En síntesis, hará una veloz crítica del optimismo que solemos hallar en las mafufadas de la autoayuda. Para el redactor del instructivo, la alegría de oreja a oreja, la felicidad como dogma, es una falacia y por ello desea su demolición:

7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal”.

Por supuesto, no diré en qué concluye la lista. Sólo añado que estas “Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight” (de fácil consecución en internet) constituyen un texto asombroso por su originalidad, por su gracia y porque a fin de cuentas tiene sobrada razón en su repudio a los “sofistas risueños”.

Para mayor comodidad de mi esporádico lector, dejo inmediatamente aquí las:

“Instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight”

Alejandro Dolina

Trabajo realizado por Manuel Mandeb por encargo de la agencia de publicidad Vivencia.

1) Busque la flecha indicadora.

2) Presione con el dedo pulgar hasta que el cartón del envase ceda.

3) Disimule. Soy un joven escritor que no tiene otra ocasión que ésta de conectarse con las muchedumbres. Usted finja que sigue abriendo este estúpido paquete y yo le diré algunas verdades.

4) Los vendedores de elixir nos convidan todos los días a olvidar las penas y mantener jubiloso el ánimo. El Pensamiento Oficial del Mundo ha decidido que una persona alegre es preferible a una triste.

5) La medicina aconseja cosmovisiones optimistas por creerlas más saludables. Al parecer, la verdad perjudica la función hepática.

6) Viene gente. Siga la línea de puntos en la dirección indicada por la flecha.

7) Escuche bien porque tenemos poco tiempo: la tristeza es la única actitud posible que los compradores de este jabón pueden adoptar ante un universo que no se les acomoda. Toda alegría no es más que un olvido momentáneo de la tragedia esencial de la vida. Puede uno reírse del cuento de los supositorios, pero éste es apenas un descanso en el camino. Uno juega, retoza y refiere historias picarescas, solamente para no recordar que ha de morirse. Ese es el sentido original de la palabra diversión: apartar, desviar, llamar la atención hacia una cosa que no es la principal.

8) Conversar acerca de estos asuntos es considerado de la peor educación. Los comerciantes se escandalizan, las personas optimistas huyen despavoridas, los maximalistas declaran que la angustia ante la muerte es un entretenimiento burgués y los escritores comprometidos gritan que la preocupación metafísica es literatura de evasión. Al respecto, mientras le recomiendo que no deje el paquete de jabón al alcance de los niños, le juro que todo lo que se escribe es de evasión, menos la metafísica: las noticias políticas, los libros de sociología, los horarios del ferrocarril, los estudios sobre las reservas de petróleo, no hacen más que apartarnos del tema central, que es la muerte.

9) Calcule 100 gr. de jabón por cada kilo de ropa sucia.

10) Cuánto más inteligente, profunda y sensible es una persona, más probabilidades tiene de cruzarse con la tristeza. Por eso, las exhortaciones a la alegría suelen proponer la interrupción del pensamiento: “es mejor no pensar...”. Casi todos los aparatos y artificios que el hombre ha inventado para producir alegría suspenden toda reflexión: la pirotecnia, la música bailable, las cantinas de la Boca, el metegol, los concursos de la televisión, las kermeses.

11) Separe la ropa blanca de la ropa de color. Y entienda que la tristeza tiene más fuerza que la alegría: un hombre recibe dos noticias, una buena y una mala. Supongamos que ha acertado en la quiniela y que ha muerto su hermana. Si el hombre no es un canalla, prevalecerá la tristeza. El premio no lo consolará de la desgracia. Byron decía que el recuerdo de una dicha pasada es triste, mientras que el recuerdo de un pesar sigue siendo pesaroso.

12) No mezcle este jabón con otros productos y no haga caso de los sofistas risueños. Tarde o temprano alguien le dirá: Si un problema tiene solución, no vale la pena preocuparse. Y si no la tiene, ¿qué se gana con la preocupación?. Confunde esta gente las arduas cuestiones de la vida con las palabras cruzadas. La soledad, la angustia, el desencuentro y la injusticia no son problemas sino tragedias, y no es que uno se preocupe sino que se desespera.

Lloraba Solón la muerte de su hijo.

Un amigo se acerca y le dice:

—¿Por qué lloras, si sabes que es inútil?

—Por eso —contestó Solón—, porque sé que es inútil.

13) No está tan mal ser triste, señora. El que se entristece se humilla, se rebaja, abandona el orgullo. Quien está triste de ensimisma, piensa. La tristeza es hija y madre de la meditación. Participe del concurso “Vacaciones Sunlight” enviando este cupón por correo.

14) Ahora que se fue el jabonero, aprovecharé para confesarle que suelo elegir a mis amigos entre la gente triste. Y no vaya a creer el ama de casa Sunlight que nuestras reuniones consisten en charlas lacrimógenas. Nada de eso: concurrimos a bailongos atorrantes, amanecemos en lugares desconocidos, cantamos canciones puercas, nos enamoramos de mujeres desvergonzadas que revolean el escote y hacemos sonar los timbres de las casas para luego darnos a la fuga. Los muchachos tristes nos reímos mucho, le aseguro. Pero eso sí: a veces, mientras corremos entre carcajadas, perseguidos por las víctimas de nuestras ingeniosas bromas, necesitamos ver un gesto sombrío y fraternal en el amigo que marcha a nuestro lado. Es el gesto noble que lo salva a uno para siempre. Es el gesto que significa atención, muchachos, que no me he olvidado de nada.

NOTA: Las instrucciones para abrir el paquete de jabón Sunlight fueron rechazadas.

miércoles, febrero 23, 2022

Presentación del poemario Estar de paso

 









Estar de paso, primero libro de Alfredo Castro, será presentado este miércoles 23 de febrero a las 7 de la tarde en el Teatro Alfonso Garibay, Bravo 245 poniente, en Torreón. Los comentarios estarán a cargo de Sergio Rojas, Jaime Muñoz Vargas y el autor.

“Estamos ante un libro deslumbrante de un poeta joven en plena fulminación de las certezas, en plena restauración del lenguaje para intensificar la vida. Estar de paso nos invita a habitar de maneras más íntimas y sensibles el vértigo y la contemplación de nuestra época”, escribió Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo sobre esta obra.

Alfredo Castro Muñoz (Torreón, Coahuila, 1998). Egresado en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Periodismo por la Universidad Autónoma de Coahuila. Su poesía ha aparecido en distintos medios físicos y digitales como la revista Acequias, de la Ibero Torreón, y Estepa del Nazas, del Teatro Isauro Martínez, así como en los portales Red es Poder y Bitácora de vuelos. Ha publicado reseñas y artículos para la revista Siglo Nuevo. Actualmente es docente en materias de humanidades para bachillerato. Desde hace seis y tres años, respectivamente, participa en los talleres literarios del Teatro Isauro Martínez y de la UAdeC.

Sergio Rojas, presentador del libro, es maestro y poeta. Nació en Gómez Palacio y radica desde hace varios años en Torreón. Ha participado en talleres de poesía coordinados por: Jaime Augusto Shelley, Julio César Félix y José Vicente Anaya. Desde el año 2016 y hasta la fecha forma parte del Taller de Literatura de la Universidad Autónoma de Coahuila, Unidad Torreón, coordinado por Marco Antonio Jiménez. Actualmente se desempeña como Asesor Técnico Pedagógico y Director de Educación Especial en la Supervisión Escolar 509 en Torreón.

Por su parte, el escritor Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964, y reside en Torreón desde 1977. Es coordinador editorial y maestro de la Ibero Torreón y responsable del taller literario del Teatro Isauro Martínez. Ha publicado sobre todo libros de cuento.

La entrada es libre. Brindis.

Arma del humor


 






Los accesos a la crítica son muchos, tantos como personalidades de escritor existen. Si pensamos en dos polos sólo para simplificar lo complejo, en un lado estarían los examinadores de la realidad que observan todo con muy seria actitud, cejijuntos, graves en el trance de analizar; en el polo opuesto es viable considerar a los críticos jocosos, satíricos, burlones, aquellos que miran los fenómenos y los pasan a carcajadas por el microscopio.

La crítica sostenida en el humor es, claro, mucho más llevadera en el plano de la narrativa, no tanto en el del ensayo. Digamos que la caricaturización de un hecho puede llevarnos a pensar en la posibilidad de reflexionarlo, de sopesarlo en su condición de problema. Un poco fue así en el caso de Ibargüengoitia, quien para hacer crítica social, aunque no la pretendiera, se valió del humor en sus cuentos y novelas. Algo similar veo en el cuento “Sobre las plumas del pavo”, de Agustín Monsreal. Allí, para burlarse del machismo “seductor”, puédelotodo y pendejo de muchos hombres, el escritor yucateco apela al humor y expone que el frecuente acoso suele no tener disculpa.

Para empezar, el timbre juguetón del relato, narrado en primera persona por un escritor ya entrado en años, nos comparte el tono jocoso mediante el cual se expresa nuestro protagonista. Solicitado por una joven poeta como orientador en materia de poesía, el veterano escritor es invitado a la casa de la chica y en la solicitud ve un guiño del destino: ella, de nombre Casiopea, quiere algo más que magisterio. Ya para entonces sabe él, por las descripciones recibidas, que ella es “cabellimedusiana, ojidominadora, narihelénica, boquisuculenta, cuellicisnácea, pechidelicias, cinturiavispada, caderienérgica, glutipasmante, muslimanjares, chamorriexquisita…”. El viejo piensa así, con estas palabras compuestas y por supuesto ridículas.

Al oír los versos de la poeta, el maestro nota con horror que son monstruosos: “Luego que terminó de leer cuatro cinco de sus mamarrachadas rencorosas, levantó hacia mí el fulgor de sus ojazos y me miró, paciente y plácida como una esposa o una vaca”.

Su opinión, que debió ser sincera, pasa a ser otra cosa por el deseo de seducirla, lo que nos derrama en un final donde el macho es exhibido en toda su ridiculez y su prepotencia, y todo sin salir del humor.

sábado, febrero 19, 2022

Un cuento irrepetible












Lo celebro por enésima ocasión porque no deja de asombrarme. Me refiero al cuento “Los locos somos otro cosmos” (Las vocales malditas, 1988), de Óscar de la Borbolla. Para quienes no lo seben, este libro contiene cinco cuentos, cada uno monovocálico, es decir, con una sola de las vocales en cada una de sus palabras, de ahí que sean cinco. Los títulos de los relatos también suponen este juego: “Cantata a Satanás”, “El hereje rebelde”, “Mimí sin bikini”, “Los locos somos otro cosmos” y “Un gurú vudú”. El que más me gusta es el de la “o”, que comento no sin antes decir que en Youtube hallé una versión dramatizada indudablemente genial, pese a la modestia de su producción escolar.

“Los locos somos otro cosmos” me gusta por el juego monovócálico, claro, pero también por la peliaguda situación que plantea. Aunque se desarrolla en un laboratorio cerrado, es pura acción, una vertiginosa escalada de pequeñas situaciones incrustadas en la situación general: un loco, Rodolfo, está a punto de recibir una andanada de electrochoques. Quienes se encargan de ejecutar el procedimiento son el doctor Otto y sus asistentes, sor Flor y sor Socorro.

El cuento inicia cuando Rodolfo ya está aparentemente sometido. Todo parece una acción rutinaria: “Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: ‘No doctor, no... loco no...’ Sor Socorro lo frotó con yodo: ‘Pon flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros’”. Lo que no saben quienes doblegan a Rodolfo es que éste va a rebelarse y, aunque primero quiere, sin éxito, sobornarlos con elogios, luego emplea toda su fuerza física para tratar de escapar: “soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. ‘¡Pronto, doctor Otto! —convocó sor Flor—. ¡Pronto con cloroformo! ¡Yo lo cojo!...’ Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró”. 

El intento de fuga queda en eso, en intento, pues el doctor Otto retoma la iniciativa y trata de convencer por la buena a Rodolfo para continuar con el suministro de los shocks: “Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los compongo...”.

Lo que viene a continuación es quizá la parte más poderosa, por conmovedora, del relato: Rodolfo explica que los shocks no son necesarios si se alcanza a comprender la otredad del loco, individuo que sólo es distinto. El loco toca aquí un vuelo poético hermosísimo cuando se refiere a las diferentes especies de vida, todas distintas, que le sirven de ejemplo para persuadir al doctor Otto sobre el respeto al otro: “Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo...”. El cuento sigue y cierra igual, con la maravilla de su ejecución monovocálica y el desarrollo de su tema eje: el respeto al diferente.

“Los locos somos otro cosmos” es un cuento extraordinario y ahora lo reitero con un adjetivo algo manido pero justo en este caso: irrepetible.

Como es fácil hallarlo en internet, aquí dejo el cuento a modo para viabilizar su inmediata lectura. Lo que pueden hacer es oír el video mientras leen:

 

Los locos somos otro cosmos

Óscar de la Borbolla

Otto colocó los shocks. Rodolfo mostró los ojos con horror: dos globos rojos, torvos, con poco fósforo como bolsos fofos; combó los hombros, sollozó: “No, doctor, no... loco no...” Sor Socorro lo frotó con yodo: “Pon flojos los codos —rogó—, ponlos como yo. Nosotros no somos ogros”. Sor Flor tomó los mohosos polos color corcho ocroso; con gozo comprobó los shocks con los focos: los tronó, brotó polvo con ozono. Rodolfo oró, lloró con dolor: “No, doctor Otto, shocks no...” Sor Socorro con monótono rostro colocó los pomos: ocho con formol, dos con bromo, otros con cloro. Rodolfo los nombró doctos, colosos, con dolorosos tonos los honró. Como no los colmó, los provocó: “Son sólo orcos, zorros, lobos. ¡Monos roñosos!” Sor Flor, con frondoso dorso, lo tomó por los hombros; sor Socorro lo coronó como robot con hosco gorro con plomos. Rodolfo con fogoso horror dobló los codos, forzó todos los poros, chocó con los pomos, los volcó; soltó tosco trompón, sor Socorro rodó como tronco. “¡Pronto, doctor Otto! —convocó sor Flor—. ¡Pronto, con cloroformo! ¡Yo lo cojo!...” Rodolfo, lloroso con mocos, los confrontó como toro bronco; tomó rojo pomo, gordo como porrón. Sor Flor sonó como gong, rodó como trompo, zozobró. 

Otto, solo con Rodolfo, rogó como follón, rogó con dolo: “Rodolfo... don Rodolfo, yo lo conozco... como doctor no gozo con los shocks; son lo forzoso. Los propongo con hondo dolor... Yo lloro por todos los locos, con shocks los compongo... 

—No, doctor. No —sopló ronco Rodolfo—. Los shocks no son modos. Los locos no somos pollos. Los shocks son como hornos; son potros con motor, sonoros como coros o como cornos... No, doctor Otto, los shocks no son forzosos, son sólo poco costosos, son lo cómodo, lo no moroso, lo pronto... Doctor, los locos sólo somos otro cosmos, con otros otoños, con otro sol. No somos lo morboso; sólo somos lo otro, lo no ortodoxo. Otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, como formó los olmos o los osos o los chopos o los hongos. Todos somos colonos, sólo colonos. Nosotros somos los locos, otros son loros, otros, topos o zoólogos o, como vosotros, ontólogos. Yo no los compongo con shocks, no los troncho, no los rompo, no los normo... 

Rodolfo monologó con honroso modo: probó, comprobó, cómo los locos sólo son lo otro. Otto, sordo como todo ortodoxo, no lo oyó, lo tomó por tonto; trocó todos los pros, los borró; sólo lo soportó por follón: obró con dolo. Rodolfo no lo notó. Otto rondó los pomos, tomó dos con cloroformo, como molotovs los botó. Rodolfo con los ojos rotos mostró los rojos hombros; notó poco dolor, borrosos los contornos, gordos los codos; flotó. Con horroroso torzón rodó con hondo sopor. Rodolfo soñó. Soñó con rocs, con blondos gnomos, con pomposos tronos, con pozos con oro, con foros boscosos con olorosos lotos. Todo lo tocó: los olmos con cocos, los conos con oporto rojo, los bongós con tonos como Fox Trot. 

Otto lo forró con tosco cordón, lo sofocó. Rodolfo sólo roncó. Sor Socorro tornó con poco color. Sor Flor con bochorno tomó ron: “Oh, doctor —lloró—, oh, oh, nos dobló con sonoro trompón”. Otto contó cómo lo controló. 

—Otto, pospón los shocks —rogó sor Socorro. 

—No, no los pospongo. Loco o no, yo lo jodo. No soporto los rollos... Pronto, ponlo con gorro. 

—¿Cómo, doctor —notó sor Flor—, ocho volts? 

—No, no sólo ocho. ¡Todos los volts! Yo no sólo drogo, yo domo... Lo domo o lo corrompo como bonzo. 

—¡Oh no, doctor Otto!, como bonzo no. 

—¡Cómo no, sor Socorro! Nosotros no somos tórtolos o mocosos; somos los doctos... ¡Ojo, sor Socorro! No soporto los complots... 

Otto con morbo soltó todos los volts, los prolongó con gozo. Sor Socorro con sonrojo sollozó. Sor Flor oró por Rodolfo. Rodolfo roló como mono, tronó como mosco. Otto lo nombró: “Don gorgojo”, “loco roñoso”, “golfo”. Rodolfo zozobró con sonso momo. Otto cortó los shocks. 

jueves, febrero 17, 2022

Los años de plomo en La Laguna

 









Los años de plomo, novela del escritor Hugo Esteve Díaz, será presentada este viernes 18 de febrero a las 7 de la noche en el Teatro Alfonso Garibay, de Torreón. La comentarán Saúl Rosales, Jaime Muñoz Vargas y el autor.


Hugo Esteve Díaz (Ciudad de México, 1955) es escritor, analista político y profesor. Ha publicado Las corrientes sindicales en México (1990), Los movimientos sociales urbanos, un reto para la modernización (1992), El sector social de la economía (1994), Las armas de la utopía. Tercera ola de los movimientos guerrilleros en México (1996) y Amargo lugar sin nombre. Crónica del movimiento armado socialista en México 1960-1990 (2013), entre varios libros más, como las compilaciones Recordanzas sobre René Avilés Fabila (2017), Antecedentes de la razón. Antología del cuento guerrillero (2018). Autor además, en literatura, del libro de cuentos Las dichosas vocales (2018) y ahora de la novela Los años de plomo (2021). Licenciado en Derecho con especialidad en Ciencia Política por la UVM-UNAM. Autor de una decena de libros. Ha sido articulista en varios periódicos y revistas, así como catedrático y expositor en diversas instituciones. En paralelo a estas actividades, es especialista en desarrollo de recursos humanos, relaciones de trabajo y gestión legal laboral.


En el prólogo de Los años de plomo, el también escritor regiomontano Hugo Valdés Manrique señala que “El interés de Hugo Esteve Díaz por la llamada guerra sucia que asoló al país hace medio siglo no se limita a los exhaustivos trabajos de investigación que ha venido publicando en años recientes: su gusto por la literatura lo condujo a escribir Los años de plomo para dar cuenta de pormenores de esa etapa desde un registro novelístico que mucho se agradece, en vista de cómo la narrativa revela aspectos y matices que inevitablemente escapan en una pieza ensayística y aun en el testimonio y el documento de denuncia”.


Por su parte, el lagunero Vicente Alfonso observó que el autor es “Conocido y reconocido por sus trabajos en torno a la llamada Guerra sucia, período en que el estado mexicano reprimió violentamente a los grupos políticos disidentes y opositores, Hugo Esteve Díaz confirma con esta novela que la ficción no es lo opuesto a la verdad, sino su complemento: una herramienta que permite poner en evidencia el carácter complejo de ciertas situaciones. Fraguada con el ritmo trepidante del thriller y la acuciosa paciencia del investigador, Los años de plomo es una poderosa ficción que nos permite ver con otros ojos ciertos pasajes clave de nuestra historia reciente”.

Saúl Rosales nació en Torreón, Coahuila, en 1940. Es Miembro Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Es autor de más de veinte libros de ensayo, cuento, poesía, novela y periodismo cultural.

Por su parte, Jaime Muñoz Vargas nació en Gómez Palacio, Durango, en 1964, y reside en Torreón, Coahuila, desde 1977. Ha publicado sobre todo libros de cuento.

La entrada a la presentación de Los años de plomo —novela sobre la guerra sucia desatada en los setenta— es libre.


miércoles, febrero 16, 2022

Escalar una cualidad

 







“El Malevo” (Matrioska, 2012), microrrelato de la escritora argentina Gilda Manso, muestra en cuatro párrafos el escalamiento de una cualidad, en este caso negativa. Como es breve, lo comparto entero:

“Comía la naranja sin pelarla. La partía al medio con un cuchillazo seco y la masticaba así, con cáscara. Esta costumbre le había hecho ganar el respeto de todo el pueblo. Esto, y su capacidad para desenfundar el revólver a la menor provocación.

Era conocido como El Malevo, y todos los días se sentaba en la mesa más arrinconada del bar, a la espera de algo. Todas las personas, tarde o temprano, lo buscaban para que los ayudase a solucionar problemas. El Malevo, con su revólver fácil, sus palabras escasas y sus desayunos de naranjas al mejor estilo macho que todo lo puede, tenía más poder que cualquiera.

Un mediodía de verano, arrastrando polvo y sudor, El Gigante irrumpió en el bar. Contó que venía de un pueblo remoto, huyendo del marido de alguien. Se sentó, apoyó los pies en el respaldo de la silla de El Malevo y ordenó un whisky. El Malevo lo miró con toda la incredulidad que podía permitirse y puso una mano en su arma. El Gigante no se inquietó: tomó un espléndido ananá de una frutera repleta y le pegó un mordisco feroz. Así, sin pelarlo.

El Malevo volvió a guardar la mano en el bolsillo y pagó una ronda de whiskies, por si acaso”.

Los primeros dos párrafos sirven para dibujar el perfil de El Malevo, su catadura de hombre rudo. Lo más llamativo es que devora naranjas sin eliminarles la cáscara, una costumbre que muy pocos pueden compartir. En esta parte asistimos a una especie de cliché: el del macho al que nadie en el pueblo osa contradecir, pues allí “tenía más poder que cualquiera”.

El tercer párrafo no es su contraste, sino la potenciación de la capacidad intimidatoria encarnada ahora en El Gigante, que es el mismo Malevo pero escalado hacia arriba. No sólo ostenta mayor tamaño físico, de ahí el apodo, sino algo mejor: despacha un fruto más grande, la piña, con el mismo hábito de no quitarle la cáscara, casi como si supiera que con eso se pone por encima del posible enemigo.

Todo es aquí una competencia de brutalidades en las que el vencido no tiene más remedio que ceder antes de ponerse en riesgo. El choque no se da, los whiskys gratis son la bandera blanca de El Malevo, quien pierde sin pelear.

sábado, febrero 12, 2022

Sorpresa imprevista

 









La arquitectura del cuento clásico no es la única que es posible elegir a la hora de emprender la hechura de un relato breve; es viable tomar un camino más laxo aunque sin diluir totalmente el argumento que apunta hacia el destello final. Pienso por ejemplo en “Me basta” (Mariana Constrictor, 2011), de Guillermo Fadanelli, historia en la que al parecer nos apartamos de la narración con un planteo dual (historia A e historia B), pero, así sea de manera tenue, sin romper del todo con la estructura paralela.

A primera vista, “Me basta” da la impresión de ser un cuento como muchos otros de Fadanelli: desenfadado, distendido, una especie de recorte de la realidad. Su prosa y el ambiente al que se refiere apuntalan el guiño relajado: los personajes son jóvenes y lo que se cuenta no quiere, en apariencia, orillarnos hacia una sorpresa final. Sin embargo, la logra de manera sutil, pues el cuento se apaga y nos deja con la sensación de que, en efecto, asistimos a una sorpresa.

El personaje, como es frecuente en la narrativa actual, cuenta en primera persona una andanza cualquiera. En este caso, recuerda cómo conoció a una chica, Siena. Él se encontraba en una fiesta casera y al necesitar un baño ve que el de abajo está ocupado. Se anima entonces, sin permiso, a subir unas escaleras, localiza el otro baño y abre la puerta; lo que encuentra es a Siena metida en una bañera con unos audífonos puestos. Queda petrificado. Lejos de asustarse, la joven comienza a dialogar con él (“¿Vienes a drogarte o eres un pervertido?”) y le pregunta si tiene cocaína. Luego de que él le deja una grapa al lado de la bañera, sale del baño y poco después desaparece de la fiesta con una novedad: la imagen de Siena tatuada en el cerebro.

Nos enteramos luego de que el tipo es escritor, que vive solo y es un tanto bobo al menos para lidiar con chicas. El recuerdo de Siena en la bañera no se le desvanece y ocurre que en un anuncio de publicidad ve su foto en la calle. Luego acontece un hecho maravilloso: ella aparece en su departamento, y lleva un perro, Severino. Dialogan, ella le explica cómo dio con la dirección y le pide la bañera y una dosis droga. A partir de allí comienzan con una relación extraña: él se declara su esclavo y ella toma al pie de la letra la dependencia: “Puedes acompañarme dos veces por mes al cine, a una reunión o a donde sea, pero la condición es que no te atrevas a hablar conmigo, serás como Severino, ¿te parece, señor escritor? Sólo responderás a mis preguntas y si un día tomas libertades de más o rompes las reglas nunca volveré a bañarme en tu tina”.

El relato parece ser eso nomás, la estampa de un tipo dependiente de una joven, ambos unidos por un lazo que equivale a nada, pues ni sexo hay, ni siquiera un pinchurriento besito.

Sin embargo, la sorpresa llega junto al cierre: “A veces, Siena me permite acompañarla cuando sale a divertirse con sus amigos, pero debo mantenerme en una mesa apartada y no intervenir a menos que ella lo demande. Sólo cuando vamos al cine me deja permanecer a su lado y entonces soy tremendamente dichoso”. Luego, en el remate, suelta una frase en la que quedan plasmadas sus modestísimas aspiraciones.

miércoles, febrero 09, 2022

Los famosos dos hilos

 











Borges defendía la validez del cuento policial en función no tanto del contenido sino, principalmente, de la forma. Decía más o menos que en un mundo literario, el contemporáneo, éste en el cual vivimos, que se caracterizaba por el caos, una creación narrativa que respeta el principio, el medio y el fin es una especie de llamado al orden. Subrayó, en la misma orientación, que “el cuento debe constar de dos argumentos; uno falso, que vagamente se indica, y otro, el auténtico, que se mantendrá secreto hasta el fin”.

Esto, luego suscrito por Piglia con la noción de “los dos hilos”, puede ser una forma algo mecánica de acometer un cuento, más si el lector está previendo que la historia va por un lado cuando en realidad va por otro. Sí, el postulado del argumento bicéfalo puede mecanizar demasiado, pero no tengo duda de que empleado con pericia puede resultar muy grato.

En el cuento “Una cuestión de química, digamos” (sólo publicado en internet), de Roberto Bardini, se cumple a plenitud el flujo paralelo de las dos historias. Por un lado, el gordo dice haber investigado bien a quien ha elegido como colaborador, y el colaborador no da señas de estar en desacuerdo. El gordo es un vulgar delincuente, pero se las da de fino. Su nuevo secuaz narra en primera persona y piensa con escepticismo en quien lo ha contratado para mover plata robada a Panamá, un paraíso fiscal. Tenemos aquí, ya bien trazado, el hilo A de la narración.

Lo que no sabe el gordo es que, de inmediato, Marlogüe, el personaje-narrador, ha puesto en marcha un plan que constituye el hilo B del relato. El hilo A planteó que el gordo lo llevará al aeropuerto con el fin de que deposite varios kilos de euros en diferentes bancos: “su comisión será… digamos… de alrededor de medio kilo [de euros], además de viáticos y todos los gastos de alojamiento en hoteles de cinco estrellas”.

En el camino, sin embargo, asistimos como lectores a un hecho raro: están siendo perseguidos. La historia B entra en escena ("yo tenía mejores planes") sin que lo sospechemos hasta derramarse en un desenlace que notamos lógico no sólo porque es lógico, sino porque el mismo protagonista concluye que tal final era inevitable dada la torpeza y la pesadez (no sólo física) del gordo.

Como no sé si esté a la mano en otro lado, asiento aquí mismo el cuento de Bardini:

Una cuestión de química, digamos

Roberto Bardini

—Lo he investigado minuciosamente y usted es el hombre indicado, amigo Marlogüe —fanfarroneó el gordo—. Y espero que este primer trabajo que voy a encargarle sea el inicio de una… digamos… fructífera relación de conveniencia recíproca.

El gordo estaba sentado frente a mi destartalado escritorio e intentaba imitar los modales y el lenguaje de los hombres de negocios. Vestía un traje de 600 dólares, la corbata era de seda y el anillo tenía casi el mismo tamaño que un escudo medieval; sólo el reloj costaba el equivalente a lo que yo pago durante doce meses por el alquiler de mi oficina en el barrio de Balvanera. Pero a pesar del decorado y la utilería que llevaba encima, el tipo era más ordinario que un diente de madera.

—El trabajo es sencillo —continuó—. Una vez por mes deberá viajar en un avión privado a un país centroamericano o caribeño y llevar un maletín con cinco o seis kilos de euros. Los depositará cada vez en un banco diferente, que le indicaré en su momento, y su comisión será… digamos… de alrededor de medio kilo, además de viáticos y todos los gastos de alojamiento en hoteles de cinco estrellas.

Me dijo que dentro de tres días él mismo me llevaría al aeropuerto. Mi avión saldría a la una de la mañana con destino a Panamá. Allí tomaría otro vuelo rumbo a Belice.

—Confío en usted —agregó—. Es una cuestión de química, digamos.

Me entregó dos mil dólares como adelanto de viáticos y se fue.

Abrí la última gaveta de mi escritorio, saqué la botella de whisky y me zampé un trago doble. Miré el techo a punto de caerse, las paredes descascaradas, la alfombra raída y planifiqué muy bien mi próxima faena. Cuando estuve seguro de lo que tenía que hacer, llamé por teléfono a mi amiga Candela. Le dije que a la noche no fuera al puticlub donde trabajaba porque yo tenía mejores planes.

* * *

Tres días después, el gordo me llevaba al aeropuerto en su Audi R8. En la autopista fanfarroneó que era el mismo modelo que usaba Leo Fariña.

—Pero digamos que espero no terminar como él —comentó.

“No”, pensé. “Digamos que vas a terminar peor”.

Cuando faltaban pocos kilómetros para llegar, me di vuelta y miré hacia atrás.

—Nos siguen —le informé—. Hay un coche que viene detrás de nosotros desde la primera caseta de peaje.

Observó por el espejo retrovisor.

—¿Le pidió a alguien que nos custodiara? —pregunté.

—No… —balbuceó.

—Bien —dije y desenfundé mi pistola Glock 19 modelo Compact—. En cuanto pueda, salga de la autopista, estacione entre los árboles y apague las luces.

En cuanto pudo, tomó un camino lateral, zigzagueó en un sendero de tierra, se detuvo entre unos arbustos y apagó las luces. Pocos minutos después vimos los faros de un automóvil que se desplazaba a baja velocidad por el sendero buscándonos en la oscuridad.

Bajé y tomé posición de tiro parapetado en la parte delantera del coche. Cuando el otro vehículo estuvo a menos de diez metros, disparé seis veces.

Sin moverme de mi posición, observé a través del parabrisas destrozado del Audi. La cabeza del gordo parecía una cacerola llena de hamburguesas crudas.

Se fue de este mundo apaciblemente, sin siquiera enterarse que se iba. No hubo sorpresa ni dolor en su partida. Traté de ser considerado con él, pero no podía darle oportunidad de que cualquier día se transformara en un “arrepentido” y comenzara a deambular por los canales de televisión hablando de más en programas farandulescos. En mi profesión, hay que ser discreto.

No merecía tanta consideración, sin embargo. Según él, me había investigado minuciosamente. Tendría que haberse enterado que detesto viajar en avión, que no tolero ni el clima, ni la comida, ni la gente de los países centroamericanos o caribeños y que nunca me alojo en hoteles de cinco estrellas. Además, los que me conocen saben que no soporto a los fanfarrones. Cuestión de química, digamos.

Guardé la pistola, saqué el maletín con los cinco o seis kilos de euros y caminé hacia los faros del coche que nos había seguido. Abrí la puerta del acompañante y subí.

—¿Cómo salimos de aquí? —preguntó Candela.

—No tengo la más pálida idea, pero no te preocupes —dije y le di unos golpecitos al maletín—. A partir de ahora tenemos toda la vida para encontrar una salida.