sábado, marzo 08, 2014

Leer con los ojos abiertos




















En una de las ilustrativas páginas que habitan el libro Un lector se hace, no nace (Ariel, 2000, 140 pp.), Felipe Garrido nos comparte esta anécdota: “Un día de febrero de 1961, cuando había ya llegado a la Facultad de filosofía y letras de la UNAM, una mujer pequeñita de cuerpo y gigantesca en su magisterio, María del Carmen Millán, nos pidió a sus alumnos de introducción a las investigaciones literarias, en el primer año de la carrera, que leyéramos ‘Talpa’. El cuento de Rulfo nos deslumbró (…), pero nadie estaba preparado para la pregunta que hizo la maestra: ‘¿Por qué ese par de amantes, cuando consiguen matar a Tanilo Santos —esposo de ella, hermano de él— tienen que separarse?’ Nos miramos, desconcertados, unos a otros. Todos habíamos leído el cuento, pero nadie lo había interrogado; nadie se había interrogado sobre el carácter ni los motivos de los personajes; nadie había examinado las palabras ni los sabios silencios de Rulfo; nadie había reconocido ni mucho menos explorado el alarde de técnica que es la estructura de ese cuento. ‘Niños —nos dijo la maestra—, hay que leer con los ojos abiertos.’ Ese comentario bastó para cambiar la vida de muchos de nosotros”.
Las sencillas palabras de la maestra Millán son, quizá precisamente porque son sencillas y golpean la cabeza del clavo, sabias como los silencios de Rulfo, y qué bueno que las cita Garrido y ahora puedo recordarlas en estos renglones. Me alarman un tanto, sin embargo, pues si en 1961 ya se leía sin leer, hoy el panorama en este sentido es dos milímetros menos que pavoroso.
A muchas razones es atribuible que pasemos ahora por las páginas de un libro —o de un periódico o de una revista o de cualquier texto en internet— sin llegar a la verdadera lectura, ésa que en efecto observa con detenimiento las tripas de cada párrafo, casi con la atención del cirujano que se juega la vida o la muerte del paciente en cada movimiento. Una de las razones, creo, está en la vertiginosidad con la que ahora nos caen sobre la cabeza miles de textos. Por esto, la primera virtud del lector no es leer mucho o tener la disposición de leer mucho, sino saber discriminar, separar, elegir, pues nadie dispone del tiempo necesario siquiera para leer los cuarenta o sesenta links que llegan durante cinco minutos a una miserable cuenta de tuiter.
Luego de saber qué vamos a leer, es necesario instalar los cinco sentidos en el texto de manera que no pasemos por sus renglones como quien hace zapping en la tele. Aunque hay diferentes niveles de compresión y libros que imponen grados de dificultad muy distintos, de poco sirve en realidad sobrevolarlos o avanzar a paso veloz si en el camino no llegamos a la comprensión. Eso sí que es una pérdida de tiempo, como leer con los ojos cerrados, semileer.
Más vale entonces resignase a un ritmo de lectura (el que tenga cada quien, así sea lento) y tratar de comprender lo más posible. Esto podemos hacerlo mejor —les comparto un truco— si cada tanto, no sólo al final, le hacemos una preguntita al libro: ¿por qué este personaje dijo esto o esto otro? ¿Por qué aquí guardó silencio o comenzó a gritar como loco?, y así. El caso es que leer es casi casi como conversar con alguien querido en el café; allí debemos, a riesgo de que nos consideren descorteses, estar atentos a la charla, hacer preguntas con interés aclaratorio, afirmar de vez en vez, negar también y escuchar siempre, en resumen, con los ojos bien abiertos, como dijo la maestra María del Carmen Millán a Felipe Garrido y sus compañeros de la Facultad.

miércoles, marzo 05, 2014

En la lengua de Drácula













Hace dos años, poco más o menos, mi amigo Rogelio Guedea me escribió desde Nueva Zelanda, donde trabaja, para convidarme a participar en un libro colectivo armado con textos breves. El libro apareció en 2013, y su título es El canto de la salamandra. Por razones atribuibles a mi negligencia todavía no lo tengo, pero sé de buena fuente que ha corrido con fortuna.
La página donde lo vende la editorial Arlequín dice lo siguiente:

La literatura brevísima es un animal elástico y anfibio que cambia de hábitat a la menor provocación: de ahí su capacidad de rozar otros géneros (cuento, poesía, ensayo, aforismo) de manera inverosímil (como la salamandra y sus metamorfosis) y construir una sinfonía en corto que no deja de sonar y asombrar a cada lectura.
Siguiendo esta descripción, y bajo la premisa de Baltasar Gracián, «lo bueno, si breve…», Rogelio Guedea antologa a escritores mexicanos de comienzos del siglo xx hasta las voces actuales que ejercitan el género con plena conciencia. El censo de autores abarca desde los canónicos nombres de Dufoo, Reyes, Arreola, Tario, Monterroso, o contemporáneos como Alberto Chimal, Cecilia Eudave, Édgar Omar Avilés, entre otros. Su método para decantar esa enorme producción de brevedades es la selección minuciosa de una decena de textos por autor.
Autores seleccionados: Genaro Estrada, Mariano Silva y Aceves, Carlos Díaz Dufoo, Alfonso Reyes, Julio Torri, Max Aub, Nelly Campobello, Francisco Tario, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Otto-Raúl González, Salvador Elizondo, René Avilés Fabila, Felipe Garrido, Guillermo Samperio, Óscar de la Borbolla, Mónica Lavín, Marcial Fernández, Jaime Muñoz Vargas, Cecilia Eudave, Alberto Chimal, Rogelio Guedea, Édgar Omar Avilés y Hugo López Araiza Bravo.

Hasta aquí, todo en entendible orden. La sorpresa que ayer me envió Guedea por mail fue que en una revista rumana comentaron brevemente el libro y de paso, claro, tradujeron algunas piezas. Una de ellas es de mi cosecha, así que ya puedo presumir que he sido traducido a la lengua de Drácula; mi felicidad creció porque quitaron un año al anotar mi fecha de nacimiento.
Al abrir el link no supe a cuál microrrelato de mi cuño le habían puesto palabras transilvánicas. Pero pronto lo reconocí; es, claro, “Microrrelato total”, que en rumano dice así:

Schiţă totală
Într-un sat de prin La Mancha al cărui nume n-am cum să-l ţin minte, şi spre-amiaza vieţii noastre muritoare ajuns, într-o pădurentunecoasă mă rătăcii, pierzînd dreapta cărare, cînd în faţa plutonului de execuţie colonelul José Aureliano Buendía avea să-şi amintească de după-amiaza îndepărtată cînd tatăl său l-a dus să facă cunoştinţă cu gheaţa şi cînd el dorea doar să spună că a venit la Comala pentru că i-au spus că aici a trăit tatăl său, un oarecare Pedro Páramo, declaraţie exprimată în dimineaţa fierbinte de februarie cînd a murit Beatriz Viterbo, numai cu puţin înainte ca Gregor Samsa să se trezească în patul lui, după o noapte de vise zbuciumate, metamorfozat întro gînganie înspăimîntătoare, ţipînd ca un nebun, şi întrebînd cu o durere extraordinară: Cînd se-alesese praful de Peru? 

En buen romance (aunque el rumano también es buen romance, pero ustedes me entienden), lo escribí como sigue:

Microrrelato total
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme y en medio del camino de la vida, errante me encontré en una selva oscura cuando frente al pelotón de fusilamiento el coronel José Aureliano Buendía recordó aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo a él, que sólo deseaba confesar que vino a Comala porque le dijeron que acá vivía su padre, un tal Pedro Páramo, declaración expresada la candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, apenas poco después de que Gregorio Samsa despertó convertido en un escarabajo, preguntando como loco, a gritos y con una pena extraordinaria, ¿en qué momento se jodió el Perú?

Gracias a Rogelio Guedea por el detallazo. Le debo varios.

Saccomanno 77: para entendernos un poco















He acomodado en diez años la lectura de una asombrosa trilogía armada por Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948). Por suerte pude proceder en orden: La lengua del malón (2003), El amor argentino (2004) y 77 (Planeta, 2008, 273 pp.). La más reciente es la que conservo, por lógica, más fresca, pues la acabo de despachar hace apenas tres semanas. Su extraño título alude al año más cruento de la dictadura argentina, esa dictadura eufemísticamente llamada Proceso de Reorganización Nacional que en esencia fue, lo sabemos todos, un régimen que sólo reorganizó una carnicería. En efecto, hacia 1977 toda la Argentina vivía el azote de los milicos que sin pudor alguno secuestraban y desaparecían/mataban a todo aquel sospechoso de subversivo, lo que no es de poco temer cuando de facto ha sido borrado cualquier vestigio de Estado de derecho.
La novela, es decir 77, pone en escena, como en las otras piezas de la trilogía, al profesor Gómez, hombrecillo solitario, gris homosexual que da clases en una secundaria, apasionado de las letras inglesas, “cabecita negra” y difuso simpatizante del peronismo. Junto con él asistimos a la reiterada visión (justamente obsesiva en la conciencia argentina) del bombardeo a la Plaza de Mayo del 55 y toda la ristra de conflictos que derivaron en un desastre: la llegada de los Videlas y los Masseras y los Agostis y los Bussis y los Menéndez al poder que luego usarían como instrumento de aniquilación.
Me detengo brevemente en la expresión de uso colectivo “cabecita negra”. Cargada de un fuerte componente racista y por lo mismo clasista, es la etiqueta usada por el argentino blanco contra los hombres que, llegados del interior a la capital para mejorar su condición del vida en el trabajo industrial, luego serían identificados por los blancos antiperonistas simplemente como “cabecitas”.
El profesor Gómez es pues un cabecita, y además carga el agravante de una homosexualidad no confesa, de clóset, y la culpa de estar a medio camino entre la simpatía con los rebeldes y el pavor. Junto a él, frente a sus ojos, pasa el espectáculo de la persecución contra todo lo que huela a montonero, el movimiento radical peronista que después fue despiadadamente perseguido por la dictadura de igual forma que lo fue, entre otros, al mismo tiempo, la guerrilla marxista del PRT encabezada por Mario Roberto Santucho.
Sé que en México el nombre de Guillermo Saccomanno suena a nada pese a que, como me lo comentó, alguna vez estuvo en Saltillo, y sé asimismo que la dinámica montonera y el acoso militar nos suenan a historia lejanísima, pero tras hincar el ojo a 77 siento que muchas de sus páginas sólo requieren algunos cambios —básicamente de nombres propios— para adaptarse de manera congruente a la realidad que vivimos hace poco en sitios como La Laguna. Igual que aquí, el miedo en la novela está instalado, atornillado a la vida cotidiana: “Un atardecer, cuando volvía del colegio sentí que me seguían. No era una simple sensación. Era físico ese miedo. En todo el cuerpo lo sentía. Me paraba frente a una vidriera y miraba hacia atrás como al descuido. Dos tipos que venían detrás de mí parecieron canas [policías]. Crucé la calle. Los tipos siguieron de largo. Respiré. Pero la paranoia volvió a la carga. La realidad entera era cana”.
Y así todo el tiempo, como ocurrió aquí, insisto, donde por algunos años, calculo que del 2007 al 2012, el infausto calderonato, nada que se moviera afuera de nuestras casas era de fiar.
En muchos pasajes de 77 no vi pues una novela argentina: vi una novela nuestra, asombrosa, mexicana y reciente.

martes, marzo 04, 2014

La cumbia del yo no fui, fue Teté




















Facebook es un laboratorio de comunicación. Quienes estudian esta carrera (y quienes no, también), tienen allí, a merced, gratis, diariamente, un buffet servido con todos los platillos disponibles para el análisis: chismes, rumores, verdades a medias, recomendaciones, flirteos, injurias, dobleces, grandilocuencias, buenas intenciones embusteras, buenas intenciones nobles, ingenuidades, berrinches, gritos en el desierto, mesianismos, comentarios bien apuntalados, ñoñerías, todo, absolutamente todo lo que el ser humano ha inventado para intercambiar mensajes.
Así pues, quiero detenerme a examinar aquí un caso reciente que ejemplifica de una manera más que extraordinaria cómo se construye un infundio múltiple sin que nadie repare en lo elemental: el documento, la evidencia, la prueba. Debo decir que, aunque me pierda del laboratorio, no tengo por ahora Facebook, y que los mensajes de esta red social aquí citados me llegaron por la vía del mail, copiados y pegados. De antemano rechazo toda acusación simplista, y más que nada absurda, en el sentido de que me interesa callar la voz del socorrido “feis”. Lo único que me interesa es mostrar cómo se maneja en ciertos casos, no más.

Una aproximación a “las lenguas feisbuqueras”
El primer mensaje, llamémosle “detonador”, es el siguiente (lo copio y lo pego tal cual):

Dicen por ahí que Renata Chapa también convertirá a la Camerata de Coahuila en un orquestón que se agregue a La Komún, que sólo publicará a los mejores autores torreonenses de libro vaquero y autoayuda, que hará de las bibliotecas salones para jugar bingo y lotería, que se apropiará de Taller El Chanate y lo convertirá en un taller de sellos de goma para maestras de primaria, que los museos pronto serán sucursales de Salsipuedes y los teatros auditorios para mítines políticos y centros loncheros; dicen también que a diario darán rico menudo en las escuelas y enseñarán a los niños a cantar que llorá corazón llorá que tu lagunero no vuelve más (todos con su respectiva máscara de luchador), que todo el centro "histórico" se pintará de colores pastel para que parezca San Miguel de Allende o Tlacotalpan y tengamos más turismo de gringos ricos jubilados; dicen que el Bvrd. Revolución ahora será la Calz. Carmelita Salinas y que Torreón será renombrado como Ciudad Reliquia; pero, sobre todo, lo que más andan diciendo es que Renata convertirá el edificio de la DMC (¿IMCE? ¡Bah!) en un puesto de atoles donde jamás se logra hablar directo con la "dueña". Y dicen que todo eso será para mantener bien viva la cultura lagunera que tanto queremos, y para que Torreón sea reconocida como la ciudad más lectora del universo.
Cómo son gachos, ¿por qué andan diciendo todas esas cosas? ¿No ven que así se hacen los chismes? Renata Chapa no va a a hacer todas esas cosas; ella sólo quiere convertir la Escuela de Danza Contemporánea, que avaló el INBA, que costó más de 7 mdp y que recién se inauguró, en una Escuela de Cumbia. No exageren. Mejor "no critiquen y coolaboren con la cultura torreonense llevándole sus proyectos a Renata". No importa que vengan nuevos funcionarios con su ego y sed protagónica a deshacer lo poco que logró la administración anterior, a adueñarse de los espacios que ya están construidos. Ustedes son unos inútiles rijosos que nada han hecho por la cultura lagunera. Reniegan porque el alcalde no les manda su arconsote en navidad.
Este mensaje sarcástico fue patrocinado por Soriana, Peñoles, Lala, Cimaco, Zapaterías B Hermanos, PRI Torreón, Cáritas, Galerías Laguna, El Siglo de Torreón, Grupo Modelo y el Club Santos Laguna, todos pilares fundamentales de la cultura torreonense.

Escuela Municipal de Danza Contemporánea de Torreón / Mezquite
Instituto Municipal de Cultura y Educación
Cemac Laguna Impulso Interno Escénica Contemporánea Diplomado en Teatro de la UA de C Sin Sonrisa Teatro Literatura Torreón Teatro Salvador Novo Estepa del Nazas Revista Acequias La Acequia Teatro

El asunto me interesó para desarrollar un pequeño estudio de caso (éste que vamos leyendo) o para sumarme a la crítica si en efecto confirmaba el propósito oficial de convertir una escuela de danza contemporánea en otra de cumbia. Lo que necesitaba para empezar era lo obvio: la evidencia incontrovertible de que el Instituto Municipal de Cultura y Educación de Torreón había planteado lo que sin titubeos satirizó Tafoya y apoyaron sus comentaristas. Nada mejor, pues, que preguntar directamente al implacable crítico, y así lo hice con el siguiente mail (copio y pego):

Jacobo:

Espero que estés bien.
Ya no tengo Facebook, pero alguien me hizo llegar un comentario reciente que al parecer es tuyo. Yo también estoy muy molesto, por eso me gustaría saber si tienes una fuente documental (video, periódico, grabación de radio o lo que sea) donde el IMCE haya anunciado lo de la Escuela de Cumbia o como se llame. Agradeceré mucho que me ayudes a conseguir ese documento.
Ojalá y esta siga siendo tu cuenta de correo electrónico.

Saludo cordial:

Jaime Muñoz Vargas

Muy rápidamente, Tafoya respondió lo siguiente:

Qué tal, Jaime. No, no tengo fuente documental. Me basé planamente en las lenguas feisbuqueras y en el rumor que lanza el agente 007 en sus verdades y rumores; por lo mismo, no le di a mi comentario otro tono más que el irónico. Eso sobre lo de la escuela. Lo que sí baso en varios testimonios es que es dificilísimo que Renata te atienda en persona y que es un tanto déspota; pero, nuevamente, no tengo experiencia personal. 
Verdades y rumores:

Igual, de inmediato, le respondí con este mail:

Jacobo:

Me da gusto que esta sea tu cuenta.
Bueno, lástima que no tengas un documento que visibilice incontrovertiblemente el propósito del IMCE para crear la Escuela de Cumbia en donde está la de Danza. En fin, buscaré por otro lado.
Pero una última duda: ¿esto es parte de tu comentario?:
"Este mensaje sarcástico fue patrocinado por Soriana, Peñoles, Lala, Cimaco, Zapaterías B Hermanos, PRI Torreón, Cáritas, Galerías Laguna, El Siglo de Torreón, Grupo Modelo y el Club Santos Laguna, todos pilares fundamentales de la cultura torreonense".
¿O le corresponde a otro interlocutor? Lo que pasa es que me lo mandaron copiado y no puedo distinguir si lo escribiste tú u otra persona.

Saludo; te agradezco la ayuda

Jaime Muñoz Vargas

Otra vez de inmediato, sin dudarlo, Tafoya me confirmó esto:

Sí, fue la parte final del comentario, para acentuar más el tono burlón. 
Saludos.

Y concluí:

Jacobo:

Muy bien, gracias. Valoro mucho tu ayuda. Ahora sí ya me quedó todo claro.

Saludo cordial:

Jaime Muñoz Vargas

Tenía pues un primer intento fallido por localizar el documento clave. No quise darme por vencido y busqué otra posibilidad. Vi que mi amigo Prometeo Murillo, secretario particular de la secretaria de Cultura de Coahuila, Ana Sofía García Camil, había dado “Me gusta” al comentario de esa polémica, e imaginé que él podía tener el dato que yo buscaba. A las 7:18 am del 27 de febrero le mandé un mail donde le describí un asunto pendiente y de paso le pregunté lo mismo que indagué, sin éxito, con Tafoya. Esto le dije a Prometeo:

Estimado Prome: (…)

Por otro lado, este asunto. No tengo Facebook, pero ayer me copiaron una andanada de comentarios contra Renata en los que al parecer apoyaste con "likes". El tema criticado es la creación de una Escuela de Cumbia en donde hoy está la Escuela de Danza. Yo también me siento muy molesto por eso, de ahí que busco saber si tienes una fuente documental incontrovertible (video, periódico, grabación de radio o lo que sea) donde el IMCE haya anunciado lo de la Escuela de Cumbia o como se llame. Agradeceré mucho que me ayudes a conseguir ese documento, pues supongo que tienes algo, lo que sea, dado que por tu trabajo estás ubicado en una posición en la que fluye todo esa info. Ojalá puedas ayudarme.

Abrazo cordial:

Jaime Muñoz Vargas

La respuesta de Prometeo llegó 24 horas después, y es ésta (antes comentó el otro asunto que tratamos, una cita pendiente con la secretaria García Camil):

Nota aclaratoria: yo le doy like a notas de Facebook como una manera de marcarlas para poder rastrearlas después, de otra manera puede resultar imposible encontrarlas en la "marecunde" cibernética. Voy a buscar en mis notas a ver si tengo una declaración semejante de parte del IMCE.
Estaré en contacto
PM

Le respondí:

Estimado Prometeo:

Si alguna vez vuelvo a tener Facebook, usaré tu método para no perder las notas aunque parezca que me sumo favorablemente a una granizada. Puede ser difícil que a uno le crean el argumento de la mera precaución para archivar debates, eso sí, pues el click no deja de ser un “Me gusta” y mucha gente suele interpretar mal las cosas.
Ojalá y encuentres pronto lo que te pido. No requiero un documento “semejante” o aproximado, sino exacto, es decir, una evidencia donde el IMCE haya declarado que sacará a la Escuela de Danza por meter en su local una de Cumbia.
Agradeceré mucho la ayuda que me puedas prestar.

Mi abrazo cordial de siempre:

Jaime Muñoz Vargas

Junto con el intento por encontrar ayuda en Prometeo Murillo, y luego de que revisé otra vez los comentarios al planteo de Tafoya, vi que el más firme en su certidumbre cáustica era mi amigo Alonso Licerio. Lo cito con las mayúsculas y otras peculiaridades de su redacción original:

Y MARGARITA ,LA REINA DE LA CUMBIA ,,REALIZARA UNA INVESTIGACION ETNOGRAFICOSOCIOLOGICA DE LA DANZA Y SUS INFLUENCIAS EN EL SIGLO X1X,EN LA COMARCA ,

Reparé entonces en que no tenía su mail, pero sí su número telefónico, así que le transmití mi inquietud por medio de mensajitos (que conservo) de celular. Este fue el primero:

Estimado Alonso: no tengo Facebook, pero me copiaron y me mandaron una especie de tiroteo reciente. Vi por allí tu nombre. Un favor: ¿tienes algún documento (video, audio, oficio, nota periodística) donde el IMCE haya propuesto lo de la Escuela de Cumbia? Me gustaría tenerlo para sumarme a la crítica, pues eso dañaría a la Escuela de Danza y no debemos permitirlo. Gracias de antemano por facilitarme lo que te pido. Saludo cordial. Jaime Muñoz Vargas.

Pasaron como cinco horas y no obtuve respuesta. Confirmé el número con un amigo común y reiteré así mi solicitud:

Estimado Alonso: pregunté tu número de celular para confirmar que fuera el correcto. Te encargo el favor que te pido en el mensajito anterior, pues hasta el momento nadie me ha podido dar un solo documento al respecto. Te agradeceré mucho ese favor. Abrazote. Jaime Muñoz.

Ahora sí, el maestro Licerio me respondió, y estas son sus palabras:

Estimado Jaime, en el siglo, en la columna de agente 007 en el último bloque alude a la escuela de danza y la otra propuesta, Adriana Vargas tiene más informesz, te busco la nota, tel de casa xxxxxxxxx [aquí omito su número telefónico] un abraz. 

No era lo que yo buscaba, así que precisé:

Eso ya lo vi. Lo que quiero tener no es el rumor, sino el documento (de video, audio, mail, lo que sea) en el que alguien del IMCE haya declarado que tiene esa intención. Mándame tu mail, por favor. Mientras busco por otro lado. Saludo cordial.

Y respondió:

alonso.licerio@xxxxxx.com [aquí omito su dirección electrónica] Jacobo me informo primero saludos

A lo que contesté para finalizar:

Muchas gracias, maestro.

Vi que en su primera respuesta el maestro Licerio me orientaba hacia Adriana Vargas, quien asimismo se mostraba preocupada en Facebook y decidí contactarla también por la vía del mail. Le escribí esto:

Estimada Adriana:

Espero que estés bien.
Ya no tengo Facebook, pero alguien me hizo llegar (como copia) una serie reciente de mensajes en la que vi tu nombre. No tengo datos precisos, por eso me gustaría saber si tienes una fuente documental (video, periódico, grabación de radio o lo que sea) donde el IMCE haya anunciado eso de instalar una Escuela de Cumbia (o como se llame) en donde está la Escuela de Danza. Agradeceré mucho que me ayudes a conseguir ese documento.

Saludo cordial:

Jaime

Dos horas después, me respondió:

hola Jaime: lo que detonó los comentarios es una columna en Verdades y Rumores de El Siglo. Te la anexo, del 22 de febrero:

http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/965401.verdades-y-rumores-.html

El tema en cuestión se menciona en el último párrafo. Te lo copio:
Uno de los males de la política mexicana es el querer siempre destruir todos los proyectos que realizaron las administraciones anteriores, el clásico borrón y cuenta nueva. Pues bien, esta parece ser la premisa de la directora del Instituto Municipal de Cultural y Educación de Torreón, Renata Chapa, quien se presentó ante la Comisión de Cultura del Cabildo para decirles que la Escuela de Danza Contemporánea como está no tiene razón de ser, por lo que el proyecto que costó más de siete millones de pesos y fue inaugurado al final de la administración de Eduardo Olmos, con el aval del INBA, debe ser desechado para en ese espacio abrir una Escuela de Cumbia, baile tan arraigado entre los laguneros, dicen. Con esta “grilla”, Renata abre un nuevo frente y parece que va a amalgamar a todos en contra. Quizá a doña Renata le convenga regresar a un curso de aritmética básica, donde le enseñen que sumar y multiplicar también existen, no sólo restas y divisiones y es que al parecer a la zarina de la Cultura no se le da mucho eso de la aritmética. Ahí están los grupos de música norteña y los tríos que ya están denunciando exclusión de la Plaza del Mariachi, amén de que Torreón no es Jalisco para tener tan arraigada la cultura de dicha música vernácula. Por cierto ¿dónde están los cardencheros? Además, antiguos colaboradores de lo que antes era la Dirección de Cultura están denunciando malos tratos y exclusión porque doña Renata importó a muchos de sus colaboradores de Gómez Palacio y a su mano derecha de Chihuahua. Así que tanto los trabajadores de confianza como los del sindicato ya están velando armas para llevarle sus quejas al alcalde Miguel Riquelme porque la directora no tiene con ellos ni siquiera la atención de darles los “buenos días”.
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Como sabes Jaime, he pertenecido a Mezquite, he trabajado con Jaime y he visto nacer el proyecto de la escuela desde sus inicios. Esto me sorprendió, no fui la primera que lo comentó en facebook, pero mis comentarios si detonaron muchos mensajes. No sé que pienses, no he visto a Renata ni nada, sé que ella se mantiene muy apartada de la mayoría de los medios. Pero en fin, si es mentira, ojalá se dé una respuesta.
Te saludo con afecto:
Adriana

Y concluí:

Estimada Adriana:

No es el comentario del periódico lo que necesito (ya lo había visto), sino algún documento que testimonie contundente, incontrovertiblemente que el IMCE desea hacer lo que varios criticaron en Facebook con severidad, burlas y preocupaciones sólo basadas, según he podido comprobar, en un rumor. 
Lamento que no tengas a la mano alguna evidencia generada por el IMCE. Seguiré buscando. Confío en que no pasará nada a la Escuela de Danza, que todo seguirá marchando como allí lo tienen planeado desde hace muchos meses, lo que sin duda mitigará tu intranquilidad y afianzará tu confianza en “sumar”.

Mi saludo también afectuoso:

Jaime Muñoz Vargas

Aquí termina el cumbión
Luego de este recorrido infructuoso creí tener a la mano una tímida certeza: en Facebook suelen no importar las evidencias, los documentos tangibles, las pruebas, sólo la sentencia fulminante y presuntamente infalible de quien quiera sumarse a las granizadas en nombre de La Indefensa Sociedad. Tuve la sospecha sobre este facilismo aniñado desde la primera respuesta de Tafoya, un verdadero ejemplo de ligereza a la hora de escurrirse. A él le preocupa la Alta Cultura, la Elevación Espiritual ¡del Pueblo Unido que Jamás Será Vencido!, el Acceso de las Masas al Olimpo, pero no le interesa confirmar un modesto dato burocrático. Como Ciudadano Libre y Crítico, cree que es suficiente apoyar sus afirmaciones en lo que desparraman “las lenguas feisbuqueras” y “el rumor”, armas suficientes para Construir Ciudadanía y defender a La Sociedad En Su Conjunto. Su arrojo es tan grande que ni siquiera se preocupa cuando tira manotazos en el chapoteadero de la contradicción: en el último párrafo de su “mensaje sarcástico” incluye sin empacho una carcajada contra varias empresas, instituciones civiles y el periódico que de todos modos le sirvió para apuntalar sus dichos. Asombroso.
La respuesta de mi amigo Prometeo Murillo es la más optimista —y eso que tampoco tuvo nada a la mano pese a la posición de privilegio que le atribuí— sobre la posibilidad de hallar el documento que yo necesitaba. Tengo la esperanza de que lo encuentre. No deja de parecer extraño, por otro lado, el método que emplea para no perderse las polémicas interesantes de Facebook. Es como si yo viera que aplastan a su jefa (mi amiga Ana Sofía) y, con el fin de conservar a la mano el vapuleo, diera un click inocente al “Me gusta”. Raro, muy raro caso de accesibilidad a los debates y apoyo involuntario a causas difusas.
Mi también querido amigo Alonso Licerio tuvo una regresión, un rapto de infantilismo digno de estrellita en la frente. Apurado por descomprometerse, extendió la mano y apuntó con el dedo a dos personas, tal y como lo hacen ciertos niños antes de que los inculpen: casi dijo, señalando con el índice: “¡Fue Adriana!”, “¡Fue Jacobo!”. Pero eso, tirar la papa caliente que en realidad era sólo una pregunta, es lo de menos. Lo de más es su afán humorístico-colaboracionista que al final terminó en arrugamiento al estilo Poncio Pilatos: “Jacobo me informo primero”.
Por último busqué a Adriana Vargas, y a ella recurrí gracias sobre todo al expedito dedo índice del maestro Licerio. Hallé lo mismo, aunque con otras delicadas palabras: no tenía nada, sólo su amor al proyecto de la Escuela de Danza hipotéticamente amenazado por el terrible fantasma de la cumbia.
Y fin. El güiro deja por ahora de sonar.

Última nota
El domingo 2 de marzo, mientras Cuarón se agenciaba el Óscar, mandé este mail a mis interlocutores en la búsqueda:

Hola a todos:

He escrito y publicaré en mi blog un texto donde reflexiono sobre el caso de la Escuela de Danza que en teoría se iba a convertir en Escuela de Cumbia. Quise conseguir algo cierto sobre eso, cualquier documento que lo afirmara categóricamente, y no hallé nada, sólo comentarios de Facebook que ninguno de ustedes pudo sustentar en un solo documento expedido por la institución atacada. Eso modificó mi opinión y ahora modifica entonces mi objetivo: pensaba asomarme, para contradecirlo, al caso de la Escuela de Danza en hipotética vía de desmantelamiento, y lo que encontré, en suma, fue un notable caso de linchamiento facilista, sin pruebas.
Sé que les interesa mucho la cultura, sumar fuerzas y debatir públicamente, así que les planteo mi texto como una oportunidad para opinar sobre ciertas formas de la comunicación que nos ayuden a pensar sobre lo que decimos y cómo lo decimos. Creo que este ejercicio, aunque en ciertos momentos pueda tener un tono duro, nos ayudará a todos para que en lo venidero apoyemos mejor nuestras afirmaciones.
Esperaré hasta mañana lunes a las diez de la noche por si alguno de ustedes quiere añadir otro comentario al tema. Si no hay algo que se refiera estrictamente al asunto de la permuta Escuela de Danza / Escuela de Cumbia, pasaré a mi blog el texto como ya lo tengo y luego pasaré a su difusión en la redes sociales a mi alcance.

Los saludo:

Jaime Muñoz Vargas

Sólo me respondió Prometeo, pero no ofrecía algo nuevo sobre el tema.


Quedo abierto a cualquier opinión sobre este asunto en rutanortelaguna@yahoo.com.mx, mail que es, junto con el blog Ruta Norte Laguna, el único medio que tengo a la mano para hacer planteos amplios y no precipitados. Por motivos de trabajo, sólo puedo contestar luego de las diez de la noche o los fines de semana.
Asimismo, pienso ofrecer dentro de poco dos posts extensos sobre dos temas que juzgo inaplazables: una vislumbre sobre el quehacer cultural local y una correspondencia insólita y muy reciente, de diciembre a la fecha, mantenida con un personaje de nuestra vida cultural, acaso una de las mayores lacras que ha pisado los ámbitos del Nazas.

sábado, marzo 01, 2014

Estás, náhuatl mío















La semana pasada estaba a estas horas en el DF. Como quedé hospedado cerca del centro histórico, nada me costaba echar una vuelta de rutina al zócalo, zona siempre idónea para comprar las chucherías artesanales que hacen las delicias de mis hijas en cada retorno a La Laguna. Pues bien, era domingo y el ombligo de la capital, la calle Madero sobre todo, lucía tupido de turismo, tanto que resultaba hasta difícil caminar. Al llegar a la plancha de la plaza vi que se levantaban unas inmensas casas de campaña verde olivo y un montón de personas hacía cola para entrar: era una exposición del Ejército mexicano, un museo itinerante.
Mi hija y yo atravesamos la avenida y a un costado del zócalo, en una especie de pequeña jardinera para transeúntes, vi que un grupo de ancianos rodeaba el busto de Cuauhtémoc. Uno de ellos, muy grande ya, tocaba la guitarra, y los demás, la mayoría mujeres, como diez, formaban una especie de coro. Todos traían hojas de papel en las manos. Quise pasar de largo, pero me detuvo la línea melódica de lo que cantaban. Se oía rara y al mismo tiempo conocida, tanto que no pude resistir la tentación de escuchar mejor y me acerqué.
Pasé unos segundos llenos de inquietud por no saber cuál canción era, pues, insisto, era totalmente cercana aunque cantada en náhuatl pareciera otra. Di dos pasos más, y a un metro del viejo que tocaba la guitarra, leí la letra en el papel de la mujer que estaba al lado del anciano: era la canción “Te vas, ángel mío”, en versión bilingüe náhuatl-español.
El momento me emocionó no por una o dos razones, sino por todas las que se agolparon en mi interior al ver y oír aquella escena. “Te vas, ángel mío” es una canción que me gusta así nomás, sin explicaciones aledañas, pero también porque la compuso y la cantó el lagunero (de Parras de la Fuente, Coahuila), Cornelio Reyna, seguro de sangre tlaxcalteca. Me perece arrolladoramente triste, dulce, melancólica, y cantada en náhuatl me pareció más todo eso.
Al terminar, el coro y el viejo de la guitarra cantaron otras piezas. Pedí una copia de las letras, me la dieron, y traté de sumarme al canto con muy poca fortuna, pues mi náhuatl es malo hasta leído. Aquello era, decía la portada del legajo, un “Acto conmemorativo del aniversario de Cuauhtémoc / Coro de la Academia de Aztecología de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística”.
Al terminar, mi hija y yo nos retiramos a otro punto. Aproveché para explicarle, como se explican estas cosas mientras uno camina entre el tumulto, a ella que escribe bien en español y ama el inglés, el orgullo que me producen las lenguas indígenas de América. Para empezar, el náhuatl. Me parece maravilloso, le dije, que el español de México tenga tantas palabras de esa lengua, que no nos avergüencen, que las usemos cada vez que sea posible y que no nos dejemos colonizar por la idea, arraigadísima ya, de que todo lo nuestro es malo y todo lo foráneo es bueno, sobre todo si viene de Estados Unidos. Cacahuate, escuincle, cuate, chocolate, xóchitl, citlalli, tequila, popote, atole, coyote, chile, Tlatelolco, Nezahualcóyotl, tocayo, calmécac, calpulli, azquel, comal, chípil, mole, tianguis, qué lindas palabras, y son de nosotros, le dije.
Poco después me pidió que le comprara una playera con la imagen del cantante neoyorkino Tupac Amaru. “Mira, es nombre quechua, otra lengua que amo. Así se llamaba José Gabriel Condorcanqui, el indígena rebelde del Perú”, reforcé orgulloso, como si el imperio inca también fuera mío.

Nota: La siguiente mala foto (de mi celular, con muy baja resolución) es la hoja con la letra de "Te vas, ángel mío" en versión bilingüe. La tomé en el acto citado en la columna.


miércoles, febrero 26, 2014

Parábola del perromundo




















Tengo seguimiento tuitero mutuo con Jesús Cáñez. Él es un joven egresado de comunicación, poeta agudo y experto tequilero. Hace un par de meses, luego de posponerlo otro par, nos reunimos para conocernos y conversar. Como los capitanes que intercambian banderines, yo le llevé un libro (Parábola del moribundo) y él me tenía deparada una botella de tequila que con sus manos envasó. Dos semanas después, el tequila había desaparecido (recuerdo que su fuga se dio durante el Supertazón) y al mismo tiempo, mediante tuiter, Jesús me informó que había apurado a largos tragos mi novela. Para comprobarlo, le dedicó un soneto que ahora le he pedido porque me gustó. Él me permitió titularlo, y lo hice hermanando el nombre de mi novela con una palabra instalada en uno de sus versos. Se los comparto. Gracias, Jesús, y salucita.

Parábola del perromundo

Jesús Cáñez

En torno a qué, pensó sin decidir,
Su vida fue girando día tras día,
Mas, luego en la prisión de su agonía 
La risa se encargó de maldecir,

Y El tiempo carcomiendo la alegría,
Furioso y agresivo, con rudeza,
Exige que le diga con certeza
Su gracia, su pasión, su alegoría:

–Recuerdo con total naturaleza
Mujeres, mi cigarro y cien cantinas,
Mis ganas, mi deseo, las bailarinas,
igual un par de libros, ¡qué belleza!
Memorias empapadas de cerveza
Con saña en un Torreón tan vagabundo
Clamando entre la voz del perromundo
Regresan al pensar de una burbuja,
Y en una atroz sonrisa se dibuja
La gran parábola del moribundo.


Aire de la identidad















La identidad es un pez muy escurridizo. Apenas intentamos asirlo, se nos fuga quién sabe para dónde, y así vamos tras él de definición en definición, sin lograr cazarlo. Creo que uno de los problemas que enfrentamos para dar captura a su concepto es que tendemos a restringirlo. Decimos, por caso, nuestra identidad está en la canción ranchera, o en el consumo de picante, o en la bandera tricolor, y así. Creo que la cosa no va por allí, pues la identidad es la atmósfera que nos circunda por completo, el aire que nos cubre hasta el último poro. La identidad es, pues, todo, y sólo la podemos hacer visible mediante la comparación. Doy un ejemplo.
Desde hace diez años mantengo contacto estrecho con la cultura argentina. Por estrecho entiendo no sólo el disfrute de su literatura y su música, sino algunos viajes frecuentes y el trato amistoso de muchas personas dedicadas, sobre todo, a la literatura. Gracias a las visitas, y con el procedimiento del contraste, he podido notar cuán diferentes son ellos con respecto de los mexicanos, y eso que no se trata de húngaros o mauritanos, sino de argentinos, de hermanos latinoamericanos con los cuales compartimos idioma, religión mayoritaria y una historia en cierto sentido similar. Pese a eso, en cualquier mesa de restaurante me saltaba la diferencia, como en aquella en la que traté de evangelizar sobre beisbol. Narro.
Fui al café La Intendencia, en el partido de Morón, provincia de Buenos Aires, con tres amigos argentinos, los tres escritores. En la primera hora de charla sólo hablamos sobre futbol. Asombrado, les dije que me daba la impresión de que el 90 por ciento de las conversaciones de café en Argentina trataban sobre eso. No lo dije enojado, pues es un asunto que disfruto, pero sin querer logré sembrarles inquietud. “¿Y de qué se habla allá, de arte?”, dijo uno. “No, se habla de todo, no sólo sobre futbol?”, respondí. “¿Pero qué es “todo”?”, preguntó otro. Aproveché entonces para soltar mi hipótesis sobre los temas de café México-Argentina.
Les comenté que sospechaba esto: por circunstancias históricas, yo percibía que el único deporte obsesivo de los argentinos era el futbol, esto en grados superlativos, al 9-1 con respecto de otros deportes. “En México —agregué— no ocurre lo mismo, pues allá la pasión de los aficionados mezcla el futbol con el beisbol, el futbol americano, el box, el básquet, la lucha libre y la tauromaquia, de manera que en un mismo sujeto conviven todos esos gustos y en las mesas de café habla de todo un poco, según el momento de cada temporada, si son finales, si hay alguna pelea importante, si es etapa de play-offs”.
Me vieron como con lástima por aceptar que otros deportes contaminen el fervor futbolero. Uno de ellos añadió: “¿Y qué es eso de los play-offs?”. Les expliqué que era un término del beisbol y etcétera, y de inmediato comenzaron un ataque frontal contra ese juego. Dijo uno (imaginemos esto con acento argentino algo alterado): “¡Una vez traté de verlo y los tipos del bat jamás pudieron pegarle a la pelotita! ¡Es imposible pegarle! ¡En ese juego de lo que se trata es de que nadie juegue!”.
Me defendí: “El beisbol es un juego maravilloso, uno de los más complejos que hay en reglamentos”. Y otro contratacó: “¡Pero de lo que se trata es de que las reglas sean sencillas, es un juego, no un manual para hacer naves espaciales!”. Dudé en seguir, callar, pues esos beisbolicidas parecían irreductibles. Pero otro insistió: “A ver, explicanos (explicanos, no explícanos) en qué consiste el juego, cuántos participan y todo eso”. Dada la propuesta, procedí: “Cada equipo está formado por nueve jugadores que ocupan el terreno de juego cuando están a la defensiva. El equipo ofensivo es representado por el hombre que tiene el bat, y así…”, ya no pude terminar la primera explicación, pues uno de mis amigos interrumpió con un grito: “¡Nueve contra uno, así no se puede jugar, es totalmente injusto!”. Y terminé la historia: “Bueno, es más que eso, pero ya, fin”.
Más allá de las risas, vi claro que el beisbol ni siquiera está en la atmósfera del argentino promedio, y vi que lo que habló por mí en aquella mesa fue la nostalgia, el pasado beisbolero de mi padre, los juegos que vi del Unión Laguna, la reunión con amigos para comentar las series mundiales, mi recuerdo de atrapadas y batazos en el llano, es decir, “el aire” de mi cultura mexicana cercana en este caso al beisbol tanto como al picante, la tortilla, el náhuatl, la gordita, el mariachi, Villa e Hidalgo y todo lo que me rodea y ya es invisible tanto como el aire que me cerca y me da vida.

sábado, febrero 22, 2014

Elogio del elogio















Creo que las palabras le pertenecen a don Rubén Bonifaz Nuño y creo que las conocí por medio de Gilberto Prado Galán, quien a su vez las supo gracias al escritor cubano Alejandro González Acosta: cuentan que en una ceremonia de reconocimiento alguien pronunció un discurso de elogio sobre la figura de Bonifaz con Bonifaz allí presente. Al concluir, el poeta y traductor veracruzano comenzó su agradecimiento con la frase inmortal: "Gracias por estos elogios, desmesurados pero justos". Lo dijo riendo, claro, como paradójica ocurrencia, como risueño autoapapacho.
La escena me lleva a pensar en el problema del elogio dentro de la vida artística, particularmente en la literaria. Le digo problema porque lo es, ya que en general es mal visto que alguien propine elogios y más mal visto es, o al menos visto con suspicacia, que alguien los reciba y en lugar de sonrojarse se muestre complacido.
El elogio despierta sospechas porque siempre que elogiamos queda volando el apriori de la amistad o el interés. "Ah, lo elogia porque es su cuate", pensamos; o "Ah, lo elogia porque es el que le invita las cervezas". No hay pues elogio que pase limpio como eso y nada más, como reconocimiento sincero al trabajo de alguien, más allá de que ese alguien sea camarada o lance las chelas cada fin de semana. Cabe aclarar que los elogios tienen su proporción, y a esos me estoy refiriendo. Si digo, por ejemplo, que el joven poeta municipal ya está a punto de ser Pessoa, o que la novela de la señora fulana está al nivel de Madame Bovary, caigo no en el elogio, sino en el disparate.
Hace años, cuando yo tenía la mitad de la vida que tengo ahora, y armado cuchilleramente con el ímpetu propio de esa etapa postpuberta, pensaba que sólo merecían elogio a) Los escritores encumbrados, aquellos que eran el pasto de la crítica más sesuda; y b) Los cuates o mis cercanos que a mi atrabancado juicio no se chupaban el dedo. A todos los demás había que desterrarlos del Olimpo.
Hoy veo este rollo de manera muy distinta. Sigo queriendo elogiar a los a) y los b), pero también me conmueven los artistas locales acaso ingenuos, esos que sin formación de grandes ligas y sin aspavientos intentan algo. Los he visto y leído. Sus textos reflejan un previsible candor, pero aun en esos casos asoma la voluntad de crear. Quizá no los elogiaría en público, pero tampoco los deturparía con el avieso propósito de hacerlos mole. Antes de intentar eso, primero me preguntaría para qué. ¿Para evitar que manchen la Gran Literatura?  ¿Para que no se la crean? ¿Hacen realmente daño a las sacrosantas letras? Segundo, ¿no tenemos todos el legítimo derecho de expresarnos aunque nuestras herramientas sean precarias? ¿Es mejor ese viejito viendo tele o intentando describir el huizache más bonito de su pueblo con un soneto maltrecho? Detrás del afán por desterrarlos del Parnaso hay una profunda mirada inquisitorial, un insensato deseo de encender hogueras para que no cunda la herejía de escribir mal.
He aprendido además que mientras avanza la carreta artística los melones se acomodan solos. Ahora prefiero que los melones inmaduros sigan allí, gozando los mismos derechos que los jugosos. Por eso me conmocioné hasta lindar con la alegría durante aquel encuentro de escritores en el que, en efecto, leyeron muchos incipientes y hubo algo de tedio. Traté de escucharlos a todos, pese a que muchos eran increíblemente principiantes. Leyó poemas amorosos, incluso, un joven poeta con síndrome de Down, y no salí de mi asombro cuando vi leer a un hombre de avanzada edad, bajito de estatura, delgado, calvo, moreno y a todas luces nervioso; tuve la suerte de estar cerca de otro escritor de esa localidad, a quien le pregunté por el viejito: "Es sastre, pero hace intentos por escribir", me dijo.
Pensé luego: ¿qué derecho tendría yo para negarme a que ese hombre lea en un encuentro de escritores? Ninguno. ¿Aquello era un encuentro de "escritores buenos" o de escritores a secas? Tuve la certeza de que en ese afán de ser terribles, malditos y a veces ridículamente afectados y ensoberbecidos, los escritores terminan siendo risibles Torquemadas.
A ese hombre le dedicaría un solo elogio: alentarlo para que siga escribiendo. Hoy no se me ocurre mejor camino.

miércoles, febrero 19, 2014

Didáctica de café

















En su prólogo a Elsinore, Javier García-Galiano describe un rasgo profesoral de Salvador Elizondo: “No le gustaba que se apuntara en clase, por lo que en una ocasión le preguntó con incisiva severidad a una alumna: ‘¿Qué está haciendo usted?’ Más aterrada que desconcertada, la joven negó con la cabeza. ‘Sí, usted, ¿qué está haciendo?’ Con desesperada incertidumbre, la mujer siguió moviendo negativamente la cabeza con patetismo. ‘Está apuntando’, espetó Elizondo para concluir, ante el asentimiento atónito de la estudiante: ‘Ya les dije que no apunten, que está prohibido, que esta clase no sirve para nada’”.

Salvador Elizondo, el reconocido autor de Farabeuf, daba clases en la UNAM, y aunque la anécdota parezca sólo chusca, creo que encierra algo más. Muchos maestros de literatura, sobre todo cuando tienen el defecto de ser escritores, tienden a impartir sus clases de acuerdo a un método que provisionalmente puedo denominar “didáctica de café”. Consiste en buscar un diálogo cercano a lo informal, relajado, si se puede ameno y en cierto sentido provocador. Eso, claro, cuando los estudiantes se están formando en Letras o participan en un grupo de lectura o taller literario, pues el maestro supone que si los alumnos están allí, sentadotes sobre los pupitres, es porque leen, porque les interesa la literatura casi como forma de vida.

En tal caso, pues, el maestro no se siente impelido a comunicar cuadros sinópticos, fechas, títulos y cronologías como si aquello fuera el único pasto de la memoria o una Wikipedia en vivo y a todo color. Con frecuencia, y porque el maestro presupone, insisto, que los alumnos leen, lo que inculca es entusiasmo, el placer por indagar y descubrir autores, el secreto escondido en una sentencia, la vitalidad de algunos versos, todo eso que en general escapa a los libros de texto.

La frase terminante de Elizondo (“esta clase no sirve para nada”) no significaba, por ello, que en realidad su clase fuera inútil, sino que no servía convertida en apunte, en secuencia, en inciso, pues se atenía más bien a la divagación propia de las conversaciones en el café y no a la tiesa exposición de un programa. La divagación, hay que aclarar, es erudita en este caso, y refleja no sólo el cúmulo de lecturas hechas por el maestro, sino, fundamentalmente, su pasión por la literatura y la importancia que ella ha tenido en su vida.

No pasa lo mismo en clases de literatura para públicos, digamos, no propensos a este mal. A los niños, a los adolescentes y a los no iniciados en general hay que trazarles un camino un tanto más preciso, formularles algún mapa, operar como libro de Trillas. Ahí no funciona la pura divagación, la didáctica de café, por entusiasta que parezca, y el profesor debe saber que luego de esa barnizada será un tanto difícil que los alumnos vayan corriendo hacia las páginas de un libro literario.

Pese a todo, con o sin públicos adecuados, una de las virtudes del profe de literatura, más si es escritor y en el aire las compone, es provocar en los alumnos el deseo de seguir leyendo, la fe irremediable en los libros, como lo hizo siempre Arreola, por ejemplo. Si lo logra, no hay apunte en el cuaderno que pueda estar por encima de esa enseñanza, y eso lo sabía Elizondo, seguro.

sábado, febrero 15, 2014

Rato con Campbell














Cuando Federico Campbell me regaló La invención del poder yo abrazaba un par de sentimientos: por un lado, me embargaba una felicidad inédita, la sorpresa de haber abierto solo y desde provincia, sin ayuda, las puertas de una editorial capitalina; por otro, la tristeza de haber quedado en la orillita de un premio nacional de novela que me hubiera ayudado muchísimo no sólo en lo literario, sino, principalmente, en lo económico. Cuento. En 1998 me hallaba en el salón de clases de la Ibero Torreón cuando recibí el aviso de una secretaria para que me apersonara en una oficina, pues me iban a llamar desde la capital del país. No usaba celular, todavía no eran tan populares, así que suspendí un momento la clase y fui a esperar la misteriosa llamada. Pocos minutos después, una voz que dijo trabajar para la editorial Planeta me explicó que yo era finalista del premio Joaquín Mortiz para primera novela, y que, si podía, me esperaban en el restaurante tal del DF, eso el día tal a la hora tal. En mi casa les habían dado el teléfono de la universidad. Me animé a viajar, a ver de cerca ese posible triunfo literario. Para entonces, las finanzas familiares no andaban nada bien (nunca han andado bien), pero hice el esfuerzo y viajé en bus toda una madrugada. Llegué a un hotel modesto y cuando al fin estuve en la ceremonia, los ejecutivos de la editorial me recibieron con amabilidad. Yo era prácticamente el único provinciano que se había colado hasta el último dictamen. Luego de dos o tres declaraciones a la prensa, las autoridades anunciaron al ganador, que no fui yo. Se fueron así cuarenta mil pesos que necesitaba sobremanera, pues mi primera hija tenía un año y mi trabajo no daba para mucho. Apechugué, de cualquier forma, y acepté la invitación a comer donde estuvieron autoridades de la editorial, finalistas y jurados. Poco después me anunciaron un premio de consolación: que me publicarían en la Serie del Volador, lo que no ha dejado de enorgullecerme, pues fui de los últimos que aparecieron allí. Alguien me presentó a Campbell, quien platicó amablemente conmigo por un ratito y me dio un libro, La invención del poder, con una dedicatoria que luego del mensaje y la fecha remataba con la mención del lugar: “México-Tenochtitlan”. Pocas veces me he sentido tan triste. Pocas veces me he sentido tan contento. Así es la literatura.