miércoles, enero 30, 2013

Los guaruras llegaron ya


















Había una vez un cuentista policial tan malo, tan absurdamente malo que en sus relatos no usaba mayordomos asesinos ni demás clichés, pero los sustituía con guaruras que desde las primeras páginas vendían desenlaces trabajados con estas o semejantes palabras: “Descubierto, desconcertado, temeroso, el guarura no tuvo más remedio que aceptar todos los cargos”.

lunes, enero 28, 2013

Descifremos con Rodolfo Walsh




















Sabemos que Rodolfo Walsh, magnífico escritor y periodista argentino, descifró mensajes “escritos” en clave, criptogramas. Es decir, entre otras ocupaciones tuvo, así fuese de manera accidental y pasajera, la de criptólogo (del griego krypto: 'oculto', y logos: 'discurso'). El periodista argentino Juan Carrá describe la mayor hazaña decodificadora de Walsh en este párrafo que he recortado del artículo “Rodolfo Walsh: mucho más que un escritor”:

La Revolución Cubana da vuelta la taba en América Latina el 1 de enero de 1959. El periodista Jorge Ricardo Masetti tiene la responsabilidad de crear la agencia de noticias que dé la versión revolucionaria de lo que pasa en el tercer mundo. Y Walsh está en la lista de sus colaboradores. Primero en Río de Janeiro. Muy pronto en La Habana, a cargo de la Secretaría de Servicios Especiales de Prensa Latina (PL). Walsh troca su nacionalismo por antiimperialismo de la mano del Che. Y se convierte en una pieza central de PL. Obsesivo hasta el cansancio, sacó del tarro de basura un bollo de papeles de una teletipo “descompuesta”. Días de trabajo le lleva, inclinado sobre el papel. Así descubre los mensajes cifrados desde Guatemala a Estados Unidos que anuncian la invasión a Bahía de los Cochinos.

Ese gusto por los mensajes con as bajo la manga está maravillosamente expuesto en el que creo es su mejor cuento, o al menos el que a mí me gusta más: “La aventura de las pruebas de imprenta” (del libro Variaciones en rojo, 1953), historia que leí gracias a la siempre atinada recomendación de mi amigo Gerardo García Muñoz.
Vamos pues a imaginar que somos el gran Rodolfo Walsh: aquí les dejo un mensaje de cinco palabras a ver si logran dar con el patrón que sirve para decodificarlo:

TPFPÑGP EPÑVJ, HTSM RDVTOYPT STHRMYOMP

No es tan difícil hallar el sentido de lo que allí dice. El primero que lo descifre en cualquier parte de México, además de ser un gran descifrador, recibirá de regalo un ejemplar de mi libro Parábola del moribundo. Sólo deberá mandarme el resultado a rutanortelaguna@yahoo.com.mx o al tuiter @rutanortelaguna. No se amontonen.

Nota 1: en este mismo post añadiré una posdata para, si lo hay, anunciar al ganador.

Nota 2: He aquí un viejo texto de este blog. Lo publiqué exactamente en el treinta aniversario de la muerte del maestro Walsh.

Posdata

En menos de media hora, el joven filósofo y traductor Jesús Solís ( @jesus_solis ) me envió la respuesta. Lo hizo por medio de un tuit y con el mismo patrón de mi mensaje cifrado:

DSÑIFPD. [US YRMHP RÑ ÑONTP].

Significa "Saludos. [Ya tengo el libro]".

El patrón era relativamente sencillo. Cada letra del código es en realidad la que está al lado izquierdo en un teclado de computadora en español. Con este dato, ya pueden descifrar lo que dice mi mensaje.

domingo, enero 27, 2013

Cómo explicar




















Durante quince años fui coordinador de talleres literarios. El primero lo tuve de 1988 a 1991 o 92 en el Departamento de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón; el segundo, de 1994 o 95 a 2005 en la Universidad Iberoamericana Laguna. Creo que aquellas dos experiencias fueron lo mejor que pude hacer como maestro, o al menos lo que más satisfecho me dejó. En el de la UA de C tuve dos participantes que siguieron, hasta le fecha, ejerciendo la escritura. El de la Ibero duró más y casi pude trabajar con dos o tres generaciones universitarias; allí participaron jóvenes que ahora son profesionistas y, hasta donde sé, unos mucho, otros poco, siguen escribiendo: Miguel Báez Durán (radicado en Montreal), Daniel Herrera, Daniel Lomas, Enrique Sada, Idoia Leal Belausteguigoitia (radicada en Groningen, Holanda), Iñaki Leal Belausteguigoitia (radicado en París), René Orozco (radicado en Ciudad Victoria), Alberto de la Fuente, César Cano, Édgar Salinas, Salvador Sáenz (radicado en Valle de Bravo), Federico Garza Ramos, Nazul Aramayo, Marco Chávez y Brenda Muñoz.
Quizá omito la mención de participantes consistentes, pero como esto es un blog, puedo añadirlos después. No menciono aquí, por supuesto, a los muchísimos que asistieron un par de días y luego se alejaron por cualquier motivo para mí desconocido. En esos dos talleres me pasó lo que, supongo, le pasa a cualquier coordinador: sufrir a la hora de demostrar que un texto es deficiente.
Los talleristas, sobre todo los que recién se calan en ese espacio, presuponen, aunque no lo confiesen, que sus textos nacen perfectamente acicalados. Para evidenciarles lo contrario, lo primero que yo solía revisar, aunque fuera muy rápidamente, era lo básico: la ortografía y la sintaxis. En la misma u otra lectura veía el contenido, el tratamiento del asunto, la estructura si se trataba de un relato, o la eficacia del ritmo y la fortuna de las imágenes si era un poema. En ninguno de los dos casos es fácil revelar los defectos, pero es obvio que batallaba más cuando el objeto analizado era un poema. Decir sobre un cuento que la anécdota es inverosímil, o manida, o que tal peripecia anuncia demasiado el final, o que el desenlace carece de fuerza, o que cierto personaje está de más, no es tan complicado como demostrar (sí: demostrar) que un poema no sirve. No me refiero a esos poemas con rima en diminutivo y visión Barney de la vida, que sólo merecían una mirada distante y que por suerte me arrimaron poco, sino a esos poemas en verso titubeante, entre medido y libre, y principalmente a esos poemas escritos con una depravada obsesión por el hermetismo. Aunque parezca increíble, vi que algunos poetas muy jóvenes creían que la poesía era arracimar frases entrecortadas, todas con un sentido impenetrable, de imposible análisis. No me apena confesar que en algunos casos me declaré incompetente, pues era punto menos que laberíntico intentar cualquier desmenuzamiento sensato de obras que, de entrada, no parecían quedar claras ni para su autor.
Tras esa experiencia llegué a una conclusión: no toda, pero sí buena parte de la poesía no posibilita explicaciones adecuadas en el espacio de un taller. Por esa razón, en breves cursos o talleres ulteriores a 2005, pedí ex profeso que la promoción dijera esto: “Taller de cuento” o “Taller de narrativa”, para no toparme de frente con la poesía. Y no se crea que no sé o creo saber lo que es la poesía o lo que tiene sentido poético, pero me pasa lo mismo que contestaba San Agustín, todos conocemos esa respuesta, cuando le preguntaban qué es el tiempo: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé”.
Esa reflexión sobre los muros que debemos atravesar para analizar, entender, explicar productos literarios la he llevado a otras disciplinas. Creo por ejemplo que si la poesía permite que casi cualquiera haga el intento de escribirla y bien provisto de fe en sí mismo y alguna autojustificación, no haya poder humano que le demuestre el verdor. ¡El trabajo que cuesta explicar a alguien que escribe que lo que escribe no funciona! Pero si allí, en la poesía, está cabrón, en artes visuales el reto es mayor. Cualquier mancha, cualquier combinación de colores, cualquier textura, cualquier volumen esculpido así nomás, sumado a cualquier dosis de autoral fe en uno mismo, en una nula autocrítica y en alusiones demoledoras contra el supuestamente fácil Picasso o Mondrian o Moore, justifica obras muy cercanas a lo que me atrevo a definir como pertenecientes a la escuela del “infantilismo esperpéntico”.
Y así, en todas las artes, la subjetividad pesa tanto que es un lío decir por qué un objeto artístico sirve o por qué no. Pero dije “todas las artes”, y exageré. No es en todas. Eso no ocurre, u ocurre menos, en la música, y podemos hacer el experimento. Dé lápiz y papel, pintura y lienzo y un violín a alguien que no se dedique ni a escribir, ni a pintar ni a tocar algún instrumento musical. Pídale que escriba, que pinte y que toque. El resultado previsible es que quizá componga una pequeña narración ingenua o una combinación abstracta de machas, pero del violín no sacará más que rechinidos. La música, al ser forma pura, limita tanto que quien ejecuta un instrumento por primera vez sólo puede emitir monstruosidades, de ahí que esta disciplina sea un coto más cerrado a la charlatanería.
Todo lo anterior es, en síntesis, un intento por enfatizar algo que a veces olvidamos: que las artes son de todos a condición de que en ellas depositemos más trabajo, más silencio y más modestia que pereza, ruido y fanfarronería. Que la explicación de la belleza sea compleja y a veces imposible no debe ser obstáculo para que tratemos, como San Agustín sobre el tiempo, de entenderla bien aunque sea en nuestro fuero íntimo.

viernes, enero 25, 2013

Íntimo Delmo reloaded













Antes de pasar al tema central de este apunte, atreveré una hipótesis sobre cierto uso de la palabra “íntimo” en La Laguna. Creo que sólo en nuestra región es usada para denominar los bares o las cantinas con un ala o sección menos expuesta, digamos que apartada de la sala principal donde los parroquianos son atendidos con servicio de bebidas y también, a veces, de alimentos. Siempre me llamó la atención esa peculiaridad del habla lagunera, saber que aquí había bares, salones, cantinas y, además, “íntimos” como el Bristol, el Balmori y algunos pocos más en cuyas fachadas lucen o lucieron rótulos como el del “Íntimo Bristol” o el “Íntimo Balmori”, así como se lee.
Hice una breve consulta tuitera y mi amigo lagunero Heriberto Ramos Hernández, quien ha radicado en y viajado por varias ciudades del país, me respondió que tampoco ha notado ese rasgo en otras partes.
Nunca supe de dónde salió dicha denominación genérica hasta que hace un par de años, en una conversación con mi amigo Fernando del Moral González, me mostró una hoja membretada del bar que tuvo su padre hacia la década de los cincuenta. Allí, impreso en el ángulo superior izquierdo de la hoja, figuraba un bello dibujo del establecimiento y al lado, con hermosa caligrafía palmer, la denominación comercial: “Íntimo Delmo”. Eso me asombró, pues para entonces yo ya había advertido que usábamos tal palabra, “íntimo”, para referirnos también a eso. Se lo comenté a Fernando y desde entonces no tengo mejor hipótesis que ésta para explicar tal peculiaridad del habla lagunera: el padre de Fernando del Moral fue el primero en usarla para referirse a los bares con área aislada de la sala principal.
Pero bueno, dada esa referencia, no me extraña que el torreonense Fernando del Moral sea no sólo uno de los mejores documentalistas históricos de México, sino también un cinéfilo consumado y un experto en vinos, licores y aguardientes. Su conocimiento sobre bebestibles es amplio no sólo desde el punto de vista histórico, sino práctico, pues tiene una cava tan variada como selecta. En fechas recientes hemos coincidido para desarrollar un proyecto editorial común, y hace pocos días, en una de esas digresiones que tiene toda conversación amistosa, caímos en el tema de los cocteles. También allí es un conocedor, y tanto despertó mi interés en la materia que abrí un paréntesis en la revisión del libro que editamos y anoté, por ahora, los nombres y las características de los tres cocteles que Fernando ha inventado. Los enumero y los describo:

1) Coctel Santana. Su nombre es un tributo al guitarrista jalisciense. Lo creó hace cuarenta años, en una reunión celebrada en casa del ingeniero Valente Arellano (padre del famoso torero). Entre otras muchas botellas, por allí había un vodka que, dice, se puso de moda por aquellos años, el Wyborowa, que mezcló con licor de cereza transparente marca Marie Brizard. El resultado, comenta Del Moral, fue de tal delicadeza que se convirtió de golpe en un éxito, tanto que todavía lo sigue preparando en sus reuniones.
2) Coctel Bala Villista. Lo inventó en el DF, para que sus amigos chilangos accedieran al conocimiento de nuestro sotol. Data de 1978, y su composición combina el mencionado agave con el jugo de caña.
3) Coctel Sueños de Kurosawa. Admirador del director nipón, en 2002 tuvo la idea de homenajearlo con una mezcla de sake, Campari y hielo frappe. Lleva sake por obvias razones, y Campari por su intenso rojo, color destacado en las películas del maestro japonés.

No los probé, pero Fernando prometió que en uno de esos intervalos que nos deje la chamba editorial, hará la alquimia necesaria para emprender el tour Santana-Villa-Kurosawa.

jueves, enero 24, 2013

Poeta de prodigiosa lengua














Hoy me aventé unos cacahuatitos tan horriblemente enchilados que me recordaron dos anécdotas. Las cuento.
Durante muchos años me reuní en Torreón con un grupo de amigos escritores. Me refiero, algunos quizá lo saben, a Saúl Rosales, Gilberto Prado, Gerardo García y otros que por fortuna siguen siendo mis cuates. El día habitual de los encuentros era el sábado, y todo comenzaba desde las cinco de la tarde hasta la medianoche. Dado que esa dinámica duró entre cinco y siete años —poco más o menos, como lo digo en mi prólogo a la segunda edición de Botella al mar, libro que como grupo publicamos hacia 1990—, conservo escritos o todavía en la memoria varios de los momentos que salpicaron tantos sábados.
Nos reuníamos y por supuesto siempre hacíamos la lucha para que no faltara una buena dotación de cerveza, botana, cigarros y algo de cena un tanto más consistente, como hamburguesas o tacos. Teníamos una población estable en ese grupo, pero reunión tras reunión alguien convidaba a lo que luego definimos como “población  flotante”, conformada por conocidos que sólo asistían a una o a dos o a tres reuniones, lo que dependía de su tolerancia al aburrimiento literario. En una de las sesiones alguien convidó a un sujeto que llegó con una pequeña bolsa. Dijo, lo recuerdo, que eran “jamoncillos”, o sea, dulces de leche cortados en cuadritos. A nadie le interesaba comer golosinas, pero bueno, el tipo llevó eso y a media reunión lo colocó en un platito. Pasó un rato antes de que otro de los esporádicos invitados estirara la mano, tomara un delicioso jamoncillo y se lo llevara a la boca así, de golpe, como si se arrojara una aceituna. Alcanzó a darle dos masticadas y lo escupió de inmediato. Todos quedamos sorprendidos por el exabrupto, mientras el invitado que llevó los "dulces" soltó una carcajada intrigante. Se trataba de una broma: los jamoncillos eran en realidad trocitos de jabón del llamado “cortadura”, como el de la epifánica marca “Jabón Zote” que sirve para lavar ropa. Al recibir la explicación ahogada en risa, la víctima se limpiaba la lengua con el envés de la mano y seguía escupiendo. Fue inevitable la risa de los demás, hasta que el devorador de jamoncillos dijo esta frase en injusto plural:
—¡Hijos de puta!
Pensé que iba a ser la única anécdota relacionada con comida al interior del grupo literario, pero no. Unos años después, otro sábado cualquiera y en casa de Gilberto Prado Galán, nos reunimos como siempre. Todos solíamos llegar uno tras otro, de suerte que pasado un tiempo luego de la hora acordada ya estaba en pleno toda la concurrencia esperada. Pues bien, no recuerdo quién llegó con una bolsa de frituras marca Sabritas. Apenas entró, nos dijo que las había comprado a un señor que vendía bromas para fiestas. Las papitas, por tanto, contenían lajas de papa, pero entera y extraoficialmente cubiertas por un polvo de chile criminal, del más picoso, como piquín molido. Eran papas, pero tenían un color parecido al de los Cheetos, ojetísimo. Nuestro amigo nos aclaró que esas papas eran intragables y las pondría en la mesa cuando llegara el último de los comensales, un poeta que demoró en integrarse al convivio. Poco tiempo después, el poeta llegó, tomó una cerveza y se sumó a la conversación, pero advirtió que sólo podría acompañarnos media hora. Luego, como si no pasara nada, el malévolo comprador de las papas abrió la bolsita delante de todos y vació el contenido en un plato que colocó encima de la pequeña mesa rodeada de sillones. Entonces fue cuando vimos aquellas frituras amenazantes, aunque seguimos conversando desenfadadamente, como si nada. Nadie hizo el menor intento por alcanzar una papa y probarla, pues esperábamos que el poeta tomara tal iniciativa. Eso ocurrió poco después. Se inclinó hacia la mesa, tomó una papita y la llevó a su boca. Comenzó a masticarla y de reojo vimos que hizo un gesto raro, le dio un trago a su cerveza y se la pasó. Sin decir nada, comenzó a sudar y a producir los resoplidos típicos del enchilado. Pensamos que iba a decir algo, a estallar, cuando menos a opinar sobre esa cosa horrible que había transitado por su paladar, pero no, no dijo ni maldito pío. Al contrario, tomó otra papa y repitió la ingesta. Bebió de nuevo su cerveza y resopló. Los demás no sabíamos si seguir callados o explotar de risa, pero al final optamos por lo primero. Mientras seguíamos fingiendo una amena charla literaria, el poeta siguió con el trámite hasta que, martirizado y todo, acabó con las papas. Luego, con soplidos para adentro y para afuera se disculpó y comenzó el ritual de su despedida. Apenas salió, comenzamos a reír y a conversar sobre el fenómeno. Las abominables papas no pudieron contra el poeta, concluimos, un poeta cuya lengua resultó más poderosa que cualquier chile proveniente del infierno.

miércoles, enero 23, 2013

De montajes y otras inmundicias
















Busqué en YouTube el primer deslinde de Televisa con respecto del montaje perpetrado por Genaro García Luna en el caso de Florence Cassez. No hallé nada, aunque de antemano puedo aceptar que en efecto la televisora se sintió ultrajada por el ex mandón de la ya desaparecida Secretaría de Seguridad Pública y de inmediato procedió a denunciar que se trató de una pantomima. ¿Qué dijo Televisa en aquel momento, poco después de que en los medios fue dado a conocer el falaz operativo de la AFI? Ignoro si fue una nota breve o un reportaje ambicioso. Lo que sí sé es que luego de esa aclaración, si la hubo, Televisa no subrayó la calidad de sujeto infame que tenía el secretario García Luna y lo dejó actuar, digamos, con total normalidad, como si no fuera un funcionario anómalo, tan poderoso y siniestro que sólo con la oposición de muchos, entre otros de la televisora más importante de América Latina, podía ser despedido de su cargo y hasta procesado.
Pero no. Según Carlos Loret de Mola, Televisa fue engañada al calor de la noticia y unos pocos días después, al darse cuenta de que se trataba de un operativo hollywoodense, denunció el montaje y estableció “protocolos” institucionales para no verse de nuevo sorprendida por los montajes de García Luna o de cualquier otro funcionario proclive a la dirección de cine.
Así nomás. En unos cuantos minutos, Loret de Mola despachó un asunto de una gravedad del tamaño de México: que un sujeto como Genaro García Luna, responsable de la seguridad en todo el país, siguiera al frente de una Secretaría que drenó millones de pesos (lo que en este caso, asombrosamente, es lo de menos) y dejó el saldo mortal más siniestro que recuerde la historia de la función pública internacional.
Lo que quiero decir es que hoy, al calor del Caso Cassez en el que salió a relucir con todo su pavoroso brillo el nombre del ex secretario y la presunta colaboración de Televisa en la difusión del montaje, el monstruo mediático sólo aclare que aclaró puntualmente lo que en su momento debió aclarar y punto. Por decir lo menos, creo que esa autoexculpación de Televisa es insuficiente, y voy a tratar de explicar por qué.
Es cierto que cuando ocurrió el montaje, el 9 de diciembre de 2005, el hoy ex secretario Genaro García Luna no era todavía el Genaro García Luna que poco después conoceríamos. Si en efecto Televisa se deslindó del montaje y hasta lo denunció, debió colocar reflectores especiales en la figura de ese funcionario recién encumbrado al, quizá, cargo de mayor responsabilidad en la administración calderonista, sólo ubicado un peldaño abajo al de quien detentaba la presidencia de la República. Digo que García Luna merecía reflectores especiales desde el principio, ya que engañó a México, engañó a Televisa, engañó a todo mundo en un área delicadísima, tanto que pasados los meses creció de manera infernal el número de muertos por violencia en nuestro país.
Pero no, no hubo reflectores especiales, sólo una tardía aclaración reiterada por Loret de Mola en estos términos:

El 9 de diciembre de 2005 nos tocó transmitir la información de su captura [de Cassez]. A la ciudadana francesa la habían detenido un día antes y la autoridad fingió y simuló un operativo como si estuviera sucediendo en vivo. Con lo que yo estaba viendo en pantalla en ese momento, que es lo mismo que se estaba viendo al aire en la señal de Televisa, con la información que estaba dando el reportero, con la supervisión encargada a los jefes de las áreas de producción y contenidos, quienes no me alertaron de nada extraño, yo no me di cuenta de este montaje, no me di cuenta de esta trampa. En retrospectiva, con un análisis más minucioso de todas las imágenes, creo que pude haber descubierto el engaño. Al calor de la noticia, como el árbitro de futbol que no tiene acceso a la repetición y debe decidir de botepronto, no lo hice, y lo lamento. Para nosotros el asunto no quedó allí. El primer medio de comunicación que documentó públicamente este montaje de la autoridad fue justamente Noticieros Televisa. Unas semanas después, el 5 de febrero de 2006, lo exhibimos y lo denunciamos. A partir de ese caso, en Noticieros Televisa y en Primero Noticias tomamos medidas y establecimos protocolos para que una cosa así no volviera a suceder. El montaje orquestado por la Agencia Federal de Investigaciones para la captura de Florence Cassez no fue desde luego la única irregularidad de este caso. En la averiguación previa se establece que la ciudadana francesa no tuvo derecho a solicitar de inmediato, como marcan las leyes internacionales, el apoyo de su embajada, le negaron un traductor, hubo cambios en las declaraciones de los testigos… las denuncias de que se violaron los derechos humanos de la detenida han llegado a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que pasado mañana miércoles debe resolver el controvertido caso de Florence Cassez.

Enfatizo varios detalles de ese lánguido mea culpa. Loret de Mola habla sin eufemismos de un “montaje”, de una “trampa”, de un “engaño”. O sea, tiene perfecta conciencia de lo que fue aquella maniobra policial. Luego, apenado o embusteramente apenado, como queramos, da lo mismo, usa una metáfora futbolera para señalar que al calor de los hechos, por la vertiginosidad inherente a la transmisión en vivo, no captó de “botepronto” el tinte cinematográfico del operativo, pero después, tras analizar minuciosamente el artificio, en Noticieros Televisa notaron que se trataba de una patraña y por ello fueron los primeros en denunciarla y luego, en el plano de sus políticas internas, se impusieron “protocolos” que sirvieran para evitar nuevas coreografías tramadas por la autoridad.
Mi inquietud es ésta: supongamos que en efecto, como dije hace unos renglones, Televisa no sólo se deslindó del montaje transmitido en vivo, sino que además lo “documentó”, lo “exhibió” y lo “denunció”, parece poco, muy poco, para el tamaño del agravio que le hicieron y, sobre todo, parece poco, o nada, para el tamaño polifémico que desde entonces alcanzó la maldad del secretario García Luna. A Televisa no le habían birlado un dulce, sino que la habían involucrado en una maniobra vergonzosa, que comprometía su credibilidad informativa (es un decir) y que desde ese mismísimo momento daba una idea perfecta sobre la peligrosidad del tipo que encabezaba la SSP, una peligrosidad que jamás volvió a ser exhibida por Televisa pese a que en todos lados se sabía que García Luna estaba atropellando todo a su paso en una guerra cuyas monstruosas consecuencias todavía no alcanzamos a dimensionar.
Si el agravio lo hubiera padecido el periódico La Voz de Viesca o La Gaceta de Sombrerete sería injusto pedir que estos pobrecitos medios se las vieran frente a frente contra García Luna, pero lo sufrió Televisa, y por lo que se pudo ver sólo aclaró que fue víctima de un montaje y listo, dejó actuar al delirante secretario cuando lo que se requería —ahora uso yo una imagen del balompié— era un perruno marcaje personal.
Hoy, como ocurre siempre, a sabiendas de que el pasado es borroso y los expedientes de la comunicación electrónica son de difícil seguimiento, Televisa se lava las manos, acusa al funcionario ido de tramposo y demás, y sigue tan campante con su telaraña de arreglos y noticias montadas de acuerdo al interés de los grupos hegemónicos, a los cuales pertenece y representa.
Por último, se me ocurre esto: sé que siempre lo tuvieron por loco y revoltoso, pero si Televisa sabía que García Luna había diseñado un operativo apócrifo desde el arranque de su gestión, si sabía que el país estaba en llamas, si sabía que Calderón lo dejaba hacer y deshacer como verdugo, ¿por qué jamás, entre otros documentos, aprovechó y difundió un video como el de Gerardo Fernández Noroña espetando la palabra “asesino” a quien ya por entonces tenía convertido a México en un matadero?
Como dicen los tuiteros: es sólo una pregunta.

martes, enero 22, 2013

Cuestión de tirria


Estoy comenzando a sospechar que el futuro nos tiene mala leche.

lunes, enero 21, 2013

Élmer insiste
















No había vuelto a verlo. Aquella tarde llegó cuando todos los prospectos ya estábamos allí, listos para escuchar a la instructora de impecable uniforme institucional. El chico tenía como veinte años, una camisa a cuadros de franela vieja y una horrible cachucha de Élmer el de las caricaturas, aquel pelón que perseguía, escopeta en mano, al Pato Lucas y a Bugs Bunny. Bien visto, el joven que se integró a la mesa era una especie de Élmer precoz, un personaje que sólo podría llamar la atención por su total falta de atributos. El caso es que llegó tarde y la instructora le dijo que se sentara al lado mío. Éramos ocho los aspirantes y de antemano nos dijeron que sólo había margen para dos contrataciones, así que no abrigué muchas esperanzas.
Formábamos un círculo. La instructora, en la cabecera de la mesa, traía un lápiz en la mano derecha y en la izquierda una de esas tablas de broche que usan los entrenadores para tomar notas en el aire. Dio una explicación de entrada, nos felicitó por aspirar a los puestos de trabajo y de antemano nos agradeció a nombre de la compañía líder en la venta de hamburguesas. Luego comenzó la dinámica. Por suerte, lo hizo desde el lado opuesto al sitio que me tocó en la mesa, así que yo sería el último en participar.
La dinámica consistía en hablar sobre lo que cada uno opinaba sobre uno mismo y sobre asuntos vinculados al trabajo en equipo y la atención al cliente. Me sorprendió que desde la primera aspirante no hubiera titubeos, que todas y todos hablaran con tanto entusiasmo sobre sí mismos y sobre su comportamiento como trabajadores en caso de que los seleccionaran. Escuché frases impensables en otra situación: “Soy superalivianada, me encanta trabajar en equipo y siempre trato de ayudar”. “Creo que soy muy responsable, aseado, puntual, trabajador y colaborador”. “Me gusta superarme, jamás he caído en el ocio y me fascinan los retos, por eso quiero trabajar aquí”. Al oír eso, sentí la obligación de superarlos. Yo tenía la ventaja de ocupar el último turno, así que pensé muy bien en mi autodefinición.
Lo que nadie esperaba era la rara participación de Élmer. Yo había notado que durante todas las exposiciones jamás miró a los aspirantes. Mantuvo la barbilla clavada en su pecho, se veía fijamente las nerviosas manos y con frecuencia volvía al tic de reacomodarse la gorra con un jaloncito en la visera. La instructora lo interrogó.
—Es tu turno, preséntate y dinos cómo eres.
Élmer, sin levantar la cabeza, habló como para nadie.
—Me llamo Octavio. Creo que no me gusta convivir y jamás he querido trabajar en nada. La gente me desagrada así como yo le desagrado a la gente, y no tengo ningún deseo de cambiar. No puedo ocultar además que odio la comida rápida. También odio competir…
Todos quedamos mudos, noqueados ante tamaña exposición. Luego de unos segundos de desconcierto, la instructora pudo articular una pregunta estúpida.
—¿Entonces no quieres trabajar aquí?
—No, sería repugnante trabajar aquí. Siento lástima por todos ustedes.
Dicho esto, empujó la silla hacia atrás y lo vimos salir del restaurante a paso lento. No sé qué pensaron los demás, pero en silencio le di la razón. Cuando Élmer desapareció, la instructora dijo “pobre” y luego, mirándome, continuó.
—Bueno, el último turno, preséntate y dinos cómo eres.
Hablé, creo que hablé bien, tanto que una semana después me llamaron para informarme que fui elegido. Han pasado tres años ya desde que entré, y ahora, entre otras responsabilidades, soy instructor en dinámicas de inducción. Por eso me sorprendió ver a Élmer en la mesa, idéntico a la imagen que yo conservaba de su facha y de su tic en la visera. Cuando le tocó su turno (eran seis chicos en pos de dos puestos de trabajo) repitió todo, como si su vida consistiera en suicidarse cada vez que competía.

domingo, enero 20, 2013

Aquel tenis




















Durante diez años fui seguidor televisivo del tenis internacional. Eso abarcó, más o menos, de 1978 hasta finales de los ochenta. Fue, de hecho, mi etapa de mayor enajenación deportiva, el momento en el que aprendí todo lo que todavía sé sobre box, futbol, tenis, beisbol, futbol americano y, claro, futbol soccer. Esto lo recuerdo porque el pasado fin de semana eché un vistazo a los canales de televisión y me detuve cinco minutos en un match de María Sharápova contra una belga. Aparte de quedar deslumbrado ante la rusa, me llamó la atención su tiro de topspin. Eso me llevó a pensar en el jugador que más admiré, pues coincidió que él estaba en la cúspide cuando me interesé por el tenis. Me refiero al sueco Björn Borg, que sin inmutarse sacaba unos raquetazos bestiales desde el fondo de la cancha, muchos con el efecto sublime del topspin que nadie, hasta donde pude ver, dominaba tanto como él, rey en tenis del “efecto Magnus”. Vi a Björg contra otros legendarios como Connors, Vilas y, por supuesto, contra otro que también admiré: John McEnroe. Las mujeres no eran entonces tan seguidas por la tele, pero me tocó ver partidos enteros de Chris Evert y, sobre todo, de aquella máquina checa llamada Martina Navratilova. Para la época de Iván Lendl y Boris Becker yo me había separado mucho no sólo de las transmisiones deportivas, sino de toda la televisión. Pero aquello fue grato mientras duró. No me arrepiento y hasta la fecha creo que nadie ha jugado mejor al tenis que mi ídolo Björn Borg, el Témpano de Hielo, según la crónica de Vicente Zarazúa y Pancho Contreras en canal 5.

sábado, enero 19, 2013

Mi alienígena de cabecera




















Mi idea del alienígena arquetípico fue forjada por un film de Santo. Para mí, todos los extraterrestres tienen la cara de Wolf Ruvinskis.

jueves, enero 17, 2013

Elocuencia
















Es una lástima que no exista el tuit en blanco, un tuit que exprese el agotamiento de la palabra para describir todo esto.

miércoles, enero 16, 2013

Fontanarrosa por mail















Una de las dificultades más grandes que plantea la literatura es que ya parece toda hecha. Tal vez esa sea la razón por la que muchas vocaciones se quedan en calidad de larvas, apenas insinuadas en unas cuantas líneas. Me refiero, claro, a los escritores en cierne que al leer una obra ajena y genial sienten que no vale ya el esfuerzo de intentar algo que de seguro jamás alcanzará ni los tobillos de lo verdaderamente bueno. En arte no escasea pues el desaliento por culpa de la genialidad ajena que no se da en maceta ni venden en el almacén de los coreanos.
Roberto Fontanarrosa, el famoso Negro, el inmortal dibujante rosarino y canalla creador de Boogie e Inodoro Pereyra, nos dejó además (un además que a mi juicio vale tanto o más que su obra gráfica) muchos libros de narrativa, cuentos y novelas que gracias a Ediciones de la Flor tenemos, eso en México es un decir, al alcance de la vista. He podido comprar algunos libros del Negro ora en Buenos Aires, ora en la Feria del Libro de Guadalajara, ora en alguna librería de viejo deefeña, y siempre que leo sus páginas sobre futbol quedo en la lona, noqueado al estilo Pacquiao y con el ambiguo deseo de retirarme o mantener viva la obsesión de continuar con mis intentos.
Cargadas de imágenes poderosas y de un sostenido tono hiperbólico que barniza al futbol de un aire épico, las estampas de Fontanarrosa siempre son un regocijo para quienes sentimos que este juego es más que un juego de once contra once. Me pasó hace unos treinta minutos, cuando revisé mi buzón de mail y vi que tenía una carta de mi amigo Antonio Cruz, quien radicada en Santiago del Estero, Argentina. Toño me comparte allí un texto de Fontanarrosa que yo no conocía. Lo publicó Roberto Vallejo, un amigo suyo, en el boletín Para leer atentamente. Mi cuate comenta: “sé que, cuando leas este texto, te vas a acordar de Marín y del gran Daniel”.  Sabe Toño que hace poco publiqué un apunte sobre mi primer ídolo futbolero, Miguel Marín, y ahora que leí lo que me envió de Fontanarrosa, al pasar por el nombre del gran arquero no pude no sentir un grato estremecimiento. Por eso, sólo por eso, busqué la foto del aquel Vélez Sarsfield campeón de 1968 donde se ve al joven portero Miguel Marín y, abajo, en cuclillas, con el rostro un poco agachado, a Daniel Willington, uno de esos monstruos que llegaron a nosotros sólo como lejano eco de su grandeza setentera, como pasó con Bochini y algún otro.
Les dejo el texto sobre Willington, una pieza maestra de narrativa futbolera, y mando un agradecimiento a Toño Cruz, que me lo envió, y a Roberto Vallejo, que se lo envió. Aquí prosigo la cadena, pues.

El exorcista

Roberto Fontanarrosa

Era una pelota, señores, poseída por el demonio. Bajaba desde el cielo, créanme, convulsa, atrapada por el efecto espasmódico contraído por un despeje largo y defectuoso o por un disparo trabado a último momento. Digo más, esa pelota, queridos amigos del viril deporte del balompié, traía consigo dos o tres efectos simultáneos: hacia atrás, hacia adelante y hacia ambos costados. Y gemía, crujía, jadeaba, emitía gorgoteos sobrecogedores. Bajaba, en suma, endiablada, hacia un señor que se llamaba Daniel Willington y que la esperaba parado, casi sobre la línea de fuera, midiéndola con la mirada torva de los que saben.
Era en la cancha de Central y, rodeando a Willington, había varios hombres de los nuestros. No intentaron ni siquiera anticipar o intervenir en la jugada. Sabían que esa pelota era imposible de dominar y que el rebote, corto o largo, los favorecería. Willington levantó su pierna derecha con el movimiento lento y acompasado de las garzas, hasta que el pie alcanzó la altura de su propia cabeza. Y la pelota, la trastornada, la rabiosa, la enloquecida, se posó sobre la punta de ese pie derecho para quedar allí, mansa, sosegada, como el halcón que encuentra la mano enguantada de su señor. O, más domésticamente, como el loro que localiza el dedo familiar de su dueño. Así, pegada a la punta de su botín, ya tranquila, ya exorcizada, Willington la bajó casi hasta el piso pero, antes de dejarla tocar el suelo, le dió un golpecito tenue con la capellada, luego otro, y la puso en el pecho de un compañero que estaba a unos diez metros de distancia, por sobre las cabezas de los jugadores de Central.
Recuerdo que se hizo un silencio breve en el estadio y después rompió un aplauso respetuoso, cálido, reconocido, más propio de una sala teatral que de una cancha de fútbol. Ni siquiera sé cómo salimos ese día. Me acuerdo, solamente, de esa pelota que bajó Willington.
Fui testigo, asimismo, pasado el tiempo, de cómo el padre Karras expulsaba al demonio del cuerpo martirizado de una niña en "El exorcista". La niña bufaba, se retorcía, vomitaba y emitía aullidos animaloides. Pero, así y todo, les confieso, me impresionó más aquella pelota que bajó Willington. Que no jugaba solo, sin embargo, en ese Vélez campeón del año '68. Había una defensa, al estilo velezano, de gente dura y fornida. Estaba Solórzano, estaba Zóttola. Estaban Ovejero y Atela. Atela tenía la solidez, la expresión prolija y cortante de aquellos que, en solitario y desde las tinieblas, atacaban a James Bond. Marín, el arquero, que también triunfaría largamente en México, revistaba en la línea de los eficientes y tarzanescos, los apuestos, los que bien podrían interpretar al amigo del héroe en una serie televisiva norteamericana mala. En el medio merodeaba Moreyra, un volante alto y habilidoso que mostraba un gran manejo y una particular cabeza esférica y chiquita. En la punta derecha jugaba Luna, un wing absolutamente clásico y formal, de aquellos extremos que disfrutaban de la corrida y el centro como única labor, sin ningún tipo de culpa, antes de que se los empezara a cuestionar y terminaran casi desapareciendo, como los osos panda. Luna era rubio, veloz y vertical. Metía esos centros rasantes y a la carrera, casi sin desbordar al marcador, corriendo aparejado con él, con el chanfle interno de su pie derecho, buscando las cabezas del Turco Wehbe, Carlitos Bianchi o, en menor medida y eficacia, Nogara. Wehbe era un ultraliviano vivo, buen cabeceador y rebotero. Fibroso, agudo, morocho aceitunado, parecía un perfil recortado sobre chapa. De esos goleadores que los relatores deportivos recién identifican cuando salen gritando y reciben los abrazos de sus compañeros tras uno de esos centros rastreros frente a los palos que van a buscar ocho atacantes y catorce defensores. Siempre son ellos, los goleadores, los que la tocaron último.
Bianchi, que por ese entonces asomaba en Primera, tenía otra dimensión, física y futbolística. Más grandote, más pesado, más sólido, era temible lanzado en carrera y podía aguantar con el cuerpo a los adversarios que se le colgaban del cuello o de los hombros. Cabeceaba muy bien y definía con enorme certeza.
Un poco injustamente, aquel campeonato conquistado por Vélez suele recordarse por esa pelota que Gallo, el lateral derecho velezano, sacó con la mano sobre la línea de gol en un partido definitorio contra River, ante la miopía repentina del árbitro Guillermo Nimo. Y no fue una mano cortita, furtiva, el zarpazo invisible de un gato, al estilo de la mano de Dios de Diego Maradona. Gallo se estiró cuan largo es (no lo era mucho) con todo el brazo extendido, para despejar esa pelota que ya entraba, tal como lo registraron algunas fotografías que aparecieron en la revista El Gráfico. Pero, de la misma forma en que no se puede borrar con el codo lo que se escribió con la mano, tampoco se podrá borrar con la mano de Gallo lo que Vélez, en el '68, conducido por el parsimonioso talento de Daniel Willington, escribió con los pies y con el corazón dentro de la cancha.

Posdata. No desaprovecho este viaje para refritear dos enlaces a textos míos sobre Fontanarrosa, ambos publicados aquí mismo: “Genio Fontanarrosa” y “Foto con Fontanarrosa”.

martes, enero 15, 2013

Lance sincero




















“Estoy listo para hablar sinceramente”, dicen que dijo Lance Armstrong antes de entrevistarse con Oprah Winfrey, chirinolera mayor de la televisión gringa. Pasado mañana jueves, creo, el texano será la comidilla mundial y seguramente tuiter tronará con las desgarradas confesiones del ciclista siete veces ganador (¿ganador?) de la Tour de France y de muchas competencias más.
La supuesta frase de Armstrong me llevó a pensar en los libros de memorias. ¿Podemos concebir alguno que nos hable con total sinceridad? ¿Es posible la confesión absoluta? Soy de los que no creen en eso. Nadie suelta la sopa entera, pues por olvido y principalmente por pudor todos guardamos al final la información que nos perjudique, queme a los parientes o qué sé yo.
Lo que quiero decir con esto es que no es nada fácil ser sincero ni en los errores chicos, mucho menos en los monumentales, y hasta el más grande pillo teme, en el fondo, a la opinión gregaria.

lunes, enero 14, 2013

Un poco más













Hay días en que me siento apocalíptico, pero pronto me doy cuenta de que exagero, pues todo aguanta unos veinte añitos más.

sábado, enero 12, 2013

Retorno de Eréndira



















Siempre me alcanzan ciertas frases leídas hace añales. Algunas son recurrentes, vuelven a propósito de lo que sea, como los versos de la “Suave Patria” o varias afirmaciones sentenciosas del Quijote. Igual me reaparecen Rulfo, Carpentier, Quevedo,  Neruda, Reyes, no se diga Borges y algún otro. En todos los casos me refiero a esas frases que parecen haber nacido para ser inmortales, pues contienen una fuerza indescriptible, algo que las convierte en proyectiles fulminantes. De García Márquez siempre me regresa la seca y terrible frase de la abuela que condena a la cándida Eréndira luego del descuido que derivó en el incendio de la casa
“—Mi pobre niña —suspiró—. No te alcanzará la vida para pagarme este percance”.
Todo lo malo está allí, en ese puñado de palabras aplicable a tantas desdichas individuales y colectivas, a tantas condenas injustas, increíbles y tristes.

viernes, enero 11, 2013

Gol del alma













Murió de viejo, a los 85, solo, viudo, en su cama y convertido en una pasita de ser humano. No puede decirse que haya vivido con lujos, jamás los tuvo, pues en sus mejores épocas pagaban nada o casi nada aunque fueras una estrella y jugaras como príncipe y con tu equipo encima, en la espalda. Don Manuel “Araña” Bustamante lo fue, fue estrella. Regional, pero lo fue. Aunque eran otros tiempos. Allí sí se jugaba, como dicen, por amor al arte, un arte que en este caso era el futbol. Se vivía entonces de otros trabajos, no del deporte aunque le llamaran “profesional”. Claro que les pagaban, pero digamos que con lo que se echaban al bolsillo se hacían de algo, de una casa o un carrito nomás, apenas de lo necesario para retirarse con cualquier cosa en las manos, no como ahora que en una o dos temporadas en primera hacen lo que no soñaban hacer los jugadores de antes en toda su vida. Bueno, pero no me pierdo. Decía que don Manuel murió de viejo, solo pero muy querido. Enviudó a los setenta, cuando ya no podía caminar. Había tenido un hijo que murió joven, en un accidente allá por Piedras Negras. El caso es que al quedar solo todos pensaban, quizá hasta él, que su vida también se apagaría, pero sobrevivió. Sobrevivió quince años. Lo asombroso es que no tenía nada, ni trabajo ni pensión ni familia ni nada, y aguantó porque en 1960 anotó un gol que salvó a nuestro equipo de caer en la segunda división. No hay video, no hay nada que lo testimonie, ni una foto siquiera, pero dicen los que vieron eso que ya nos íbamos a la segunda, faltaba tal vez un minuto para que pitara el árbitro cuando don Manuel, en aquel tiempo de treinta años a lo mucho, tomó un balón rebotado en media cancha, se quitó a dos cabrones con una finta, luego se llevó al último defensa con una carrera corta en diagonal, por su lado derecho, y cuando el portero enemigo le salió, ambos como máquinas de tren, frente a frente, don Manuel metió la pierna con todos los güevos del universo, se estrelló contra el arquero y tras el choque el baloncito de gajos salió como tornillo hacia la portería. Y claro, fue gol. Cuentan que los aficionados nuestros, que hicieron el viaje hasta Morelos con una mínima esperanza de sobrevivir como visitantes, celebraron aquello como si hubiéramos ganado una guerra contra Estados Unidos. Don Manuel llegó a nuestra región y ya jamás perdió el respeto de la gente, sobre todo de la que vivía en su barrio. Al enviudar, postrado y con achaques crecientes, no faltó que los vecinos le llevaran permanentemente de comer, o le ayudaran con su aseo, o le acercaran un doctor para sus revisiones.
Sin saberlo, hacía poco más de cincuenta años que don Manuel “Araña” Bustamante amarró la pensión de su vejez con un gol salvador, uno de esos pepinos que caen a punta de riñón, a pura dignidad, metidos con el alma, no con el pie.

jueves, enero 10, 2013

Ubicuidad de la poesía
















La poesía es gratis y está en todos lados. Lo que cuesta trabajo conseguir es el radar.

miércoles, enero 09, 2013

Realismo trágico














Vine a Inglaterra porque me dijeron que aquí vivía mi asesino, un tal Jack the Ripper.

martes, enero 08, 2013

Un Millán para nosotros
















Es urgente que nazca el César Millán de la humanidad, alguien que de veras nos ayude a entenderla con certeza.

lunes, enero 07, 2013

Escena en el Far West




















—Hola, Nick.
—¿Qué tal, Joe?
—¿Sabes qué parecemos en la barra de este salón del Lejano Oeste, tomando whisky barato y a la espera de algún forastero al que sin duda tendremos que desafiar?
—No, Joe, no sé qué parecemos.
—Pues un cliché, Nick, un maldito y sucio cliché.

domingo, enero 06, 2013

La insistencia de Leo Dan


















Siempre que dos viejos se reúnen, en algún momento hablan sobre la comunicación actual y la comparan con lo que no hace muchos años tenían a la mano para enviar mensajes. Por “viejos” entiendo —dada la velocidad con la que se nos vino encima el desarrollo de las nuevas tecnologías, principalmente de internet— a todos los que ya atravesaron la frontera de los cuarenta años.
En una reunión de ayer sábado crucé, entre otros muchos sabrosos comentarios, uno sobre este tema con mis amigos Chava Perales, Heriberto Ramos, Chuy Haro y Édgar Salinas. Les cité una canción de Leo Dan que hoy es, creo, incomprensible para los muchachos. Es “Extraños”, aquella en la que el protagonista dice que le llama a su chica sin obtener resultados positivos.

Cómo poder saber si te amo 
si la vida que llevamos 
no nos da tiempo a pensar; 
cómo poder saber si te amo 
si además cuando te llamo, 
me contestan que no estás. 

Ésa es ahora una situación casi impensable. Con los celulares y todo lo demás nadie llamaría sistemática, infructuosamente a su amorcito para encontrar del otro lado de la línea la voz cortante de la madre, el padre, el hermano o la horrible tía solterona que con mayor razón se convertirá en dique contra la insistencia del pobre enamorado.
No existe la nota al pie de canción, así que podemos atrevernos a modificar, en una sola grafía una "s" por una "n"—, la letra del cantautor santiagueño para que no parezca anómala a las nuevas generaciones. Mi propuesta es la siguiente, y espero que no atropelle la lógica:

Cómo poder saber si te amo 
si la vida que llevamos 
no nos da tiempo a pensar; 
cómo poder saber si te amo 
si además cuando te llamo, 
me contestas que no estás. 

sábado, enero 05, 2013

Toleremos el “occiso”














En aquellas clases de periodismo cualquier maestro nos recordaba la importancia de evitar muchos vicios, uno de ellos el de la sinonimia aparentemente lujosa pero más bien chocante, fallida, chabacana incluso. Así, aunque la prensa seguía a todo mecate manejando palabejas de corte seudoelegante o seudoculto, los azorados alumnos éramos formados para sacarles la vuelta como si tuvieran lepra o les debiéramos dinero.
La idea era eliminar radicalmente esas equivalencias pedorrísimas, no escribir jamás “tragahumo” en vez de “bombero”, o “galeno” en lugar de “doctor”, o “amante de lo ajeno” en vez de “presunto ladrón”, o “ergástula” en lugar de “cárcel”, o “nosocomio” en vez de “hospital”, o “vital líquido” en lugar de “agua”, o “fémina” en vez de “mujer”, "sexagenario/septuagenario/
octagenario/nonagenario" en vez de "hombre de sesenta/setenta /ochenta/noventa años", y así varios más. A estas alturas ya podemos vislumbrar que la principal usuaria de ese mal gusto era la fuente policiaca, ideal como pocas para ensayar tales exquisiteces, aunque en otras secciones, justo es señalarlo, no escaseaban tics similares.
Y bien, hace un par de días leí la expresión “el occiso” y volví a pensar que pertenece, claro, a la familia ya citada. Sin embargo, le di un poco de vueltas en la cabeza y llegué a la siguiente conclusión: por supuesto que suena como las demás, tiene el tufo igualmente fanfarrón de sus congéneres, pero creo que ésta sí podemos admitirla. Aunque nadie en la conversación cotidiana diga “el occiso”, sino “el muerto” o “el fallecido” o “el difunto” para referirse al muerto con violencia (como la RAE define "occiso"), en la escritura dentro del contexto mexicano es difícil eludir “el occiso” sobre todo cuando el muerto ya ha sido identificado, no era delincuente y fue víctima de un acto violento o de un accidente. Veamos este párrafo imaginario:

El profesor Nicolás Neyra Root fue encontrado sin vida y con huellas de violencia en su domicilio de la colonia Nuevo Sol. El muerto presentaba heridas en las manos y en la espalda, además de los dos disparos en la cabeza que segaron su vida…

Nótese que si allí cambiamos la palabra “muerto” por “fallecido” o “difunto”, algo nos choca, sentimos que somos demasiado fríos (muerto o fallecido) o populacheros (difunto). No pasa igual si escribimos “occiso”, palabra en la que sospechamos que hay una carga de sentido forense, que tiene algo de valor científico, por lo que disculpamos su sequedad.
Hay además otro fleco por el que no me parece tan incómodo usarla. Continuemos la nota imaginaria.

Las primeras investigaciones revelaron que Neyra Root llegó a su casa aproximadamente a las ocho de la noche en punto, pues minutos antes había comprado algunos productos en una tienda cercana a su domicilio. Poco después, el hoy occiso volvió a salir con ropa más informal a la misma tienda…

¿Qué hacer aquí? Es lógico que en la descripción no es posible escribir “el occiso” a secas, pues cuando fue a la tienda por segunda vez todavía no lo era, de ahí que sea útil escribir, para salir de apuros, “el hoy occiso” (no “el hoy muerto” y demás). Si no se atiende este detalle, puede ocurrir lo que jocosamente ha pasado en notas sensacionalistas:

Ponciano Ektún Astudillo, de sesenta años, cayó de una azotea y murió instantáneamente al golpearse en el cráneo. El muerto se encontraba reparando un equipo de aire acondicionado…

En todo caso, sé que lo ideal sería redactar de otra manera, pero el periodismo necesita a veces puertas de salida rápida. Ante la descripción de hechos donde la muerte sanguinosa lamentablemente ocupa un lugar céntrico, “el occiso” y “el hoy occiso” son fealdades que por esas sutilezas del sentido tenemos que aceptar así sea a regañadientes.

Posdata. Me llegó vía Facebook este comentario de mi amigo Antonio Cruz, poeta, narrador y médico. Lo copio con su autorización. Gracias, Toño: "Querido Jaime: Tu artículo es por demás interesante. En mi caso particular, como mi formación en letras no fue más allá de la secundaria (después me metí en este rollo de la anatomía y la fisiología) nunca me había detenido a analizar la palabra. En los diarios de Argentina (sobre todo en los del NOA) la usan cotidianamente (la portada con sangre vende más, mucho más); en mi caso, me he vuelto lector consuetudinario de las páginas policiales, no porque sea un tema agradable o porque me atraiga la violencia, sino por que, en dichos sitios, encuentro abundante material para crear microrrelatos y cuentos (curiosamente, creo que tengo más material inspirado en esta lectura que los que pude crear a partir de todas las anécdotas médicas propias y ajenas.) Por esa razón, de tanto leer la palabra occiso, ya hasta me parece normal y recuerdo que, hace algunos años, fui Perito de partes en una muerte accidental y al leer el informe del forense, la palabra se repetía al inicio de cada oración... 'El occiso presentaba...', 'Las características raciales del occiso eran...', 'Aparentemente el occiso no presentaba patologías previas' y así hasta el final... En fin, dejemos al occiso que descanse en paz y nos abrazemos a la distancia como buenos amigos".

viernes, enero 04, 2013

Madrugador













El asesino llegó de madrugada a la puerta de la habitación donde dormía su víctima. Apretó bien el cuchillo y con la otra mano, despacio, sin un ruido, giró el picaporte. Lo que el asesino no sabía era que su víctima ya lo esperaba recostada, inquieta y muy despierta, con una fría Magnum Desert Eagle Crome debajo de la sábana.

jueves, enero 03, 2013

La ollita del escritor

















Antes de la fotografía los escritores eran dibujados o pintados con obvios clichés: con toda la gravedad posible fija en el rostro, el modelo miraba de frente al artista y siempre, sentado o de pie, asía la pluma sobre un papelón amarillento. En el escritorio no faltaba el tintero, más hojas sueltas, algún cortaplumas y libros en cuyos lomos se podían leer algunos títulos del mismo autor representado en la imagen. El fondo podía ser simplemente oscuro o, como en el cuadro de Sor Juana, mostrar un librero bien poblado con aparatosos tomos. De background también eran habituales las cortinas y las borlas.




















Poco a poco la imagen del escritor en esa circunstancia, un verdadero tópico visual, pasó a ser planteado con mayor economía de elementos. El artista captaba al escritor así nomás, con su ropa habitual, y por allí un solo elemento servía para dar el mensaje deseado, es decir, que el modelo era un escritor, como en el caso del cuadro de Víctor Hugo.




















Con la llegada de la fotografía se impusieron los retratos. Casi desaparecieron los elementos representativos de la profesión (libros, escritorios, papeles, plumas) y quedó el puro rostro firme, cejijunto, desafiante, irónico incluso, muy pocas veces alegre, todo eso bien reforzado con un atuendo negro, como en las imágenes mejor conocidas —capturadas por el gran Nadar— de Baudelaire.




















Cuando la fotografía alcanzó plena popularidad y casi cualquier hijo de vecino pudo comprar una cámara aunque fuera de mala calidad, los escritores comenzaron a aparecer en escenas domésticas, haciendo de todo. Pienso, por caso, en las fotos de Cortázar en su buhardilla parisina, como la famosísima imagen en la que aparece con su cámara fotográfica y el gato en la ventana, o todas las demás con y sin Carol Dunlop.




















Ahora bien, los escritores fueron dibujados, pintados y fotografiados, respectivamente, con libros y tinteros, con gravedad del gesto debido al trance de pensar o en situaciones domésticas pero cercanas a lo poético. Eso fue brutalmente quebrantado por la imagen que, creo, representa el parteaguas de la fotografía del escritor en posición de antiescritor, de cínico, de sujeto ajeno casi por completo a la nobleza de las musas y cercano a los peores asuntos terrenales. La foto a la que me refiero es la de Charles Bukowski acompañado por la chica de no muy buena facha en un departamentito. Su grado de insolencia raya en la jocosidad: delante de lo que parece ser un refrigerador, el panzón Bukowski anda en calcetines, usa una playerita que a pujidos le llega al ombligo, un pantalón de vestir pero astroso y, claro, cerveza y cigarro en manos; aunque parezca increíble, la chica luce peor: una espantosa minifalda, unas espantosas medias, unos espantosos zapatos y un top del mismo estilo, infinitamente feo. Por si fuera poco, su cara es, pese a lo altanero del rictus o quizá por ello, desagradable. Remata su escandaloso look con una botella y un cigarro en la misma mano, lo que nos asegura su experiencia en trotes, por decirlo así, bukowskianos. En esa famosa placa hay algo, sin embargo, que casi no se ve, pero que a mi juicio representa el súmmum del desenfado: más que la playerita untada del viejo Bukowski o las atroces medias negras de la chica, lo que más acalambra para ubicar esta imagen en el rubro de lo antiliterario es la ollita plateada que se ve detrás, arriba del que parece ser un refrigerador. Esa ollita está a años luz de las plumas de ganso, los tinteros, las borlas, los libros y los trajes negros del escritor en pose de escritor. Esa ollita, la ollita de Bukowski, es el símbolo de toda una desacralización.