jueves, octubre 16, 2008

País empinado



Este país premia la corrupción, la mentira, el tráfico de influencias, la transa, el doblez, la canallada, la holganza, la indiferencia, la traición, el cuatachismo, la ignorancia, la insensibilidad, el parasitismo, la burla, la alevosía, la inmoralidad, la soberbia, todo eso. Si hasta faltan sinónimos para decir lo que premia. Nomás en el rubro donde suelo moverme y creo conocer, hay casos de comunicadores que alcanzan de mediano a notable éxito (su buena casita, sus dos coches, su club, su ropa chida, su servidumbre, sus colegios decentes para los hijos, todo eso) sin haber leído un solo libro en sus vidas. Eso me basta para saber que este país “está empinado”, como alguna vez lo calificó un empresario culto y sensible con el que platiqué (los adjetivos “culto” y “sensible” parecen paradójicos si los dedicamos a un empresario lagunero, pero en el caso que menciono, lo aseguro, no lo son). Y si eso pasa con muchos comunicadores, ¿qué tanto ocurrirá en otras profesiones? ¿Todas andarán por las mismas? No lo sé, ignoro si los abogados o los contadores o los plomeros o los profesores opinan lo mismo: que en este país se puede llegar más fácilmente al bienestar por el camino chueco.
Tengo meses ya, como seguramente cualquiera que en este momento lea estas líneas, oyendo a la gente de todos los días, a los parientes, a los amigos y a los compañeros de trabajo, al taxista o al señor que de casualidad conocimos en una reunión, y todos destilan una mezcla de impotencia y pesimismo espesa, indisoluble. Todos se sienten engañados, metidos a la fuerza en un túnel de miedos y zozobras, sin más futuro que el del día corriente. Los oigo y siento en ellos la asfixia que yo siento, una fatiga moral que paraliza, que inhibe los residuos de esperanza capaces de sacarnos adelante. Entre todo lo que le fue birlado a la nación, está la capacidad de organizarse, de abrazar dentro de la colectividad el ánimo de luchar junto a los otros por alcanzar un fin común. Era parte del show: lograr que el ente social fuera incapaz de organizarse, dividirlo, pulverizar sus opiniones, crear la noción de mezquina pluralidad, fracturar sus ímpetus, polarizarlo. Y he aquí las consecuencias: un país podrido de todo, que premia al réprobo y maniata al justo. Dicho sin ambages y sin reticencias: un país con el futuro mocho, un “país empinado”.
Escuché hace poco a un candidato; es, de hecho, el único al que respeto entre todos los que ahora pelean por diputaciones en La Laguna de Coahuila. También me parece un hombre sensible y culto, un político en el que simplemente sí confiaría. Hablaba para un grupo de personas, y al rato cedió la palabra a sus oyentes. ¿Qué se puede hacer para detener la delincuencia? ¿Hay mucho pandillero en las esquinas? ¿Y la obra pública en La Laguna? ¿Y la creación de empleos? Como ocurre con frecuencia, las preguntas rebasaban la órbita de lo que puede hacer un legislador o aspirante a, pero de buena gana, para allegarse confianza, el candidato daba su opinión. En menos de cinco minutos (tiempo real) noté lo que tantas veces he pensado sobre la realidad del México actual: todos los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y demás llegan al tope lamentable en el que quedan reducidos al absurdo de la indestructibilidad. No hay problema que, si le aplicamos la lógica mexicana, parezca tener solución. El que sea. Pongamos un ejemplo: nuestro sistema vial. ¿Alguien podrá creer que en La Laguna tendremos alguna vez avenidas, distribuidores, libramientos ágiles, sin baches, sin polvo, bien señalados, capaces de succionar los aguaceros, etcétera? Pues no, llanamente. E igual la seguridad pública, el empleo, el suministro de agua, la educación en todos los niveles. Ante tal certeza, mi teoría es que el sistema apenas da para aplicar maquillaje, que viviremos siempre al filo del infierno, es decir, en una sociedad maltrecha, trunca, deforme, pero asombrosamente viva. Viva pese a nosotros, sus ineptos hijos.