miércoles, noviembre 13, 2013

Cuaderno de hojas ya imborrables




















Conocí a Carlos Canales Cobo en 1985. Fue en la ceremonia de premiación del primer concurso de cuento Magdalena Mondragón organizado por el Departamento de Difusión de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Aquel departamento tenía su sede sobre la calle 12, entre Juárez y Morelos, de Torreón. Tanto Carlos como yo fuimos a recibir una mención honorífica otorgada por el único jurado del concurso, el novelista Rafael Ramírez Heredia, quien estuvo presente. También estaba allí, claro, Alfredo Hernández, ganador del primer lugar.
La ceremonia ocurrió un mediodía, y tuvo prensa local. Recuerdo que la pequeña sala del edificio lució abarrotada, pues hasta ese momento no eran tan comunes los concursos literarios en nuestra comunidad. He dicho en otras ocasiones que ningún reconocimiento me ha provocado más alegría que aquella modesta mención honorífica, pues fue el primer espaldarazo de este tipo a mi carrera de escritor, entonces indecisa. Crucé dos o tres palabras con Ramírez Heredia, quien para entonces habitaba los cuernos de la popularidad debido a que unos meses antes había ganado el premio internacional de cuento Juan Rulfo, en París, con su famoso Rayo Macoy. El ambiente fue festivo, nos tomaron fotos y por supuesto no faltó un apretón de manos a Carlos Canales Cobo. Conservo el recorte de prensa donde en la misma nota, casi en el mismo párrafo, se informa que Carlos y yo obtuvimos mención.
Durante 25 años supe pues que Carlos escribía y, sobre todo, que era un lector insaciable y atento. Dos, tres, cinco, siete veces me lo encontré aquí y allá, lo que en La Laguna sigue siendo posible. Nos saludábamos, cruzábamos unas cuantas cordiales palabras y nos despedíamos. No puedo decir por ello que haya sido mi amigo, pero sé que ambos conservábamos el buen recuerdo del concurso al que enviamos un cuento que al final no pasó del todo inadvertido. Creo que también coincidimos, como colaboradores externos, en las páginas de la revista brecha en donde yo, luego, edité durante ocho años el suplemento cultural la tolvanera.
Hacia el 2011 conocí a Patricia Mediana Pegram, esposa de Carlos, gracias a Domingo Deras, amigo común. Creo que en nuestra segunda conversación Patricia me enteró que Carlos había dejado algunos cuentos y deseaba saber si tenían la calidad suficiente como para intentar su publicación póstuma. Me los envió y apenas fue necesario hincar el ojo a las primeras cuartillas para advertir que se trataba de textos con una prosa limpia y una mirada profunda sobre la condición del cuento como estructura y, principalmente, sobre la narrativa como rendija para otear la condición humana. Muchos meses después, más de los que yo hubiera deseado, esos cuentos han quedado agrupados en Cuaderno de hojas tristes, libro que presentamos esta noche.
No dudo en enfatizar que se trata de ocho cuentos que delatan un asombroso oficio de cuentista. Digo asombroso porque Carlos no escribió mucho, pero en estas ocho historias es visibilísimo que detrás de sus anteojos había una mente muy bien acondicionada para construir historias eficaces. Eso se debe, sospecho, a que más allá de la escritura en Carlos habitó un lector minucioso, un gourmet de buena literatura. Tanto sus estudios como su mundo laboral estaban lejos del ambiente artístico local, pero en la soledad de su descanso puedo imaginarlo frente a la reflexiva página literaria, acaso siempre con el lápiz y el cuaderno de notas que servirían, llegado el tiempo, para escribir.
Destilados poco a poco, los cuentos de Cuaderno de hojas tristes exhiben pues la mano de alguien que piensa y que siente, no sólo de un lector agudo de libros, sino de realidades cotidianas que envasadas en relatos nos comunican una grata experiencia de vida. En otras palabras, veo en este racimo de páginas las tres virtudes que suelo destacar en un buen hacedor de cuentos: prosa sin tropiezos, estructuras cuentísticamente válidas y colmillo para observar el alma humana. Con este libro sin ripios, Carlos Canales Cobo nos seduce y deja una prueba contundente de que la literatura, entre otros muchos intereses, habitó su alma.
Luego del hermoso prólogo de Patricia Medina, comenzamos a leer los cuentos y a su vez comenzamos a coincidir con ella: “Qué ganas de poder escribir así”, dice Patricia. Y yo afirmo, con verdad, que es cierto: hay pliegues envidiables en cada relato, recovecos en los que se nota una mirada humana, cálida, honda, generosa siempre. Carlos, me parece, fue un voyeur del espíritu, un escudriñador de la interioridad donde se agazapan nuestros sentimientos, un hombre que bien supo caminar dentro de sí mismo, eso que suele ser la andanza más difícil.
Noto una apretada unidad de tono y de enfoque en los ocho cuentos, casi como si hubieran sido pensados para habitar un mismo libro, éste. Creo que Carlos Canales Cobo no los concibió así. Sé que los fue escribiendo poco a poco, porfiadamente, acaso sin pensar que alguna vez iban a configurar un todo. Eso habla bien, demasiado bien, de su congruente procedimiento. Quizá no sabía si los relatos avanzaban de manera solvente, pero siguió escribiendo con una noción clara de la textura prosística, de la estructura del cuento y, sobre todo, del tipo de personajes que se iban hospedando en sus historias. Al final, insisto, logró un producto más que estimable, como lo podremos apreciar si hacemos la prueba de fuego a todo libro de cuentos: leer dos o tres al azar, los que queramos. Apuesto doble contra sencillo que Cuaderno de hojas tristes nos tomará de las solapas y no nos dejará escapar hasta leerlo íntegro.
“Aniversario”, el primer cuento, es una maravilla que narra la imposición antigua, aunque no tan remota, de cierto tipo de matrimonio a las mujeres. Es un cuento conmovedor, escrito en sutil defensa del albedrío que debe tener la mujer para elegir su destino familiar, no el que le enjareta el entorno en el que ella vive.
“Las cartas de la esposa” es un poco lo contrario al cuento anterior: la mujer que pugna hasta el dolor por hacer feliz al hombre que ama. Creo que es el relato más poético del conjunto y por eso mismo uno de los más conmovedores.
“El experimento” y “Los amantes” son los dos más jocosos. El primero, con un viaje retrospectivo a la adolescencia y los peculiares amigos, al recuerdo como reconstrucción del pasado. “Los amantes” es, desde el punto de vista meramente estructural, una obra maestra: se trata del cuento mejor edificado del racimo. La sorpresa final, ya lo leerán, es un mazazo para todos. “Gas” anda un poco en ese registro un tanto jocoso-nostalgioso, y gusta sobre todo por la simpatía que irradia un personaje: Pedro, dueño del bocho que pese a su final trágico no deja de parecer encantador.
“La alberca” y “El maestro” son dos homenajes. Uno a su extraordinario y callado suegro, y otro a Max Rivera, aquel mítico profe y cinéfilo lagunero. En ambos casos, Carlos Canales pinta al óleo dos perfiles entrañables, uno por su disciplina como instructor de natación y otro por su entrega a la narración oral como forma de la enseñanza. En ambos casos, lo aseguro, estamos ante cuentos redonditos.
“El segundo que suena más fuerte” cierra Cuaderno de hojas tristes. Es un relato escrito a cuatro manos, una evocación en la que todas las formas del cariño son posibles, desde el cariño a los amigos al cariño al arte, desde el cariño a los hijos al cariño a la vida, y etcétera.
Por todo, me siento orgulloso de este libro, tanto que me resulta imposible no celebrarlo y no recomendarlo. El gran ser humano que fue Carlos Canales Cobo vive en estas páginas. Dialoguemos con él.
Comarca Lagunera, 13, noviembre y 2013

Cuaderno de hojas tristes, Carlos Canales Cobo (prólogo de Patricia Medina Pegram), Gobierno del Estado de Coahuila-Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2013, fue presentado el 13 de noviembre de 2103 en el marco del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa en la Galería de arte contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Patricia Medina Pegram, Federico Sáenz y yo.

domingo, noviembre 10, 2013

Bondades de La Molesta Orquesta





















Frino, conocido a veces como Antonio Rodríguez Aguirre, es más, mucho más que un sobrenombre. Al decir Frino debemos pensar por ello en muchos Frinos. El Fino músico, creador de grupos vinculados sobre todo al blues; el Frino dramaturgo, ganador del premio nacional de teatro para niños con la obra El vuelo de Cliserio; el Frino graduado en la UNAM y especialista en estudios latinoamericanos; el Frino coordinador de talleres de creación lírica en la Escuela de Música del Rock a la Palabra del DF; el Frino periodista que alimenta desde hace años un espacio en El Siglo de Torreón; y, por último, el Fino poeta. ¿Cuál Frino recomendamos más? O, también, ¿cuál Frino le gustará más a Frino?
No puedo responder a la segunda pregunta, pero mi respuesta a la primera es ésta: me quedo con todos los Frinos. He tenido la suerte de ver diferentes frutos de su trabajo y puedo asegurar que él es, en Coahuila, uno de los jóvenes artistas más destacados de su generación. Por ello, cuando supimos que tenía un material poético pensamos de inmediato que era bueno y absolutamente digno de publicación. Ni Salvador Álvarez, coordinador del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa 2013, ni yo lo dudamos: los poemas de La Molesta Orquesta, en concierto, son un racimo de ingeniosos y disfrutables poemas que si bien tienen un registro infantil, lo mismo agradan o pueden agradar al adulto que pase su vista por estas páginas.
Yo, por suerte, entre las obras que ya conocía de Frino leí en 2010 sus ¡Buen viaje! Décimas, sonetos, octavas y liras para niños, libro publicado por el Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México con un tiraje de 2650 ejemplares. Quedé encantado con aquel libro, así que fue fácil adivinar que La Molesta Orquesta deambulaba por esa misma calidad literaria. Y así fue, como trataré de demostrarlo.
Frino armó en La Molesta Orquesta otro libro muy bien articulado. Son 25 poemas (el último dividido en seis trancos) relacionados la mayoría con determinados ritmos musicales asimismo asociados, en este caso, con personajes del reino animal o fantástico. Los títulos mismos evidencian este propósito con el recurso de la aliteración. “Guaracha la cucaracha”, “Hip hop del hipopótamo”, “Los tangos de una tarántula”, “Zamba del zombie descalzo”, “Jazz de jirafas”, “Vals de un vampiro vanidoso”. Estos poemas han sido construidos en distintos metros, aunque destacan el octasílabo y el endecasílabo, que Frino domina. También hay poemas en verso libre, de manera que desde la perspectiva formal hay un tratamiento misceláneo, un abordaje que fluctúa entre el molde tradicional a otros más cercano a los gustos de esta época.
Cuando publicó sus Décimas, sonetos, octavas y liras para niños, escribí que “Frino es acaso uno de los últimos versotradicionalistas que se han tomado el serio el asunto. Tan en serio lo ha hecho que en sus manos el metro y la rima adquieren una luz especial, la luz de la creatividad. Por eso dije hace unos renglones que este tipo de poesía sin malicia, sin picardía, suena bofo, arcaico, pasado de moda. Lo contrario, cuando detrás de los versos está un tipo conciente, hábil y sobre todo bien dotado como restaurador de músicas, el poema se levanta como sonido de campana”. Me refiero con eso a que, por ejemplo, a los jóvenes no les interesa hoy el soneto ni la décima, porque les parece avejentado. Frino, como buen músico, sabe que el metro y la rima bien usados facilita o genera cierto ritmo, de manera que lo practica con soltura, sin miedo, con permanente afán lúdico. Vemos el caso de las estrofas que componen “Guaracha de la cucaracha”, uno de mis poemas favoritos en La Molesta Orquesta:

En cuanto llega la noche
es hora de la guaracha
y sale de su escondite
a bailar, la cucaracha.

Baila en tu libro de Historia,
también sobre tu mochila
y en tu cama sus hermanas
bailan haciendo una fila.

También sobre las cucharas
hacen sus mejores pasos
y sus zapatos rechinan
en las tazas y en los vasos.
                                        
Bailan dentro del armario
sobre las prendas de seda
y encima del diccionario
bailan formando una rueda.

¿Quieres saber qué pasa
mientras tú sueñas?
Sobre ti las cucarachas
bailan risueñas.

Para cuando el sol despierta
y del baile están cansadas
las cucarachas regresan
a la paz de sus almohadas.

El mismo octasílabo, pero no en estrofas de cuatro versos sino en una décima o espinela, está presente en “Omelette existencial”, una joya que rehidrata jocosamente el eterno dilema del huevo y la gallina:

La trampa está en suponer
que son cosas diferentes,
por eso dice la gente
que falta por resolver
si antes en aparecer
fue la gallina o el huevo,
el argumento no es nuevo
pues saben aquí y en China
que el huevo será gallina
y fue la gallina un huevo. 

Ahora bien, no todo está medido a la manera de los poetas que nos dieron lengua. En el “Salmo del salmón” no hay metro, pero sí un juego de naturaleza bisémica con la palabra “nada” que hace de este poema una pequeña perla cercana, me atrevo a decirlo, al destino de la mayoría de los hombres:

En contra de su salado destino
nada siempre el salmón
nada en el río
con decisión
y nada lo detiene
cuando nada
ni las rocas
ni las dudas
ni las redes
ni la espada 
nada
nada
y nada.

Creo que en esos tres poemas he podido describir algunas bondades de La Molesta Orquesta. Por eso reitero que se trata de un gran libro, y que sus hijos y ustedes deben leerlo con el ojo y el oído y la mente bien abiertos, para que adviertan sus abundantes sutilezas. Para leerlo pueden comenzar incluso de atrás para adelante, pues las cinco décimas de “El oro del loro” sin un anzuelo que ya no los dejará escapar del libro.
La Molesta Orquesta, en concierto, por todo lo dicho y citado, es otro regalo para los niños del generoso y versátil Frino. Que digo para los niños: para todos, tengamos la edad que tengamos.
Comarca Lagunera, 10, noviembre y 2013

La Molesta Orquesta, en concierto, Frino, Gobierno del Estado de Coahuila-Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2013, fue presentado en el marco del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa el domingo 10 de noviembre de 2103 en la Plaza Mayor de Torreón. Este post contiene las palabras que dije en aquella oportunidad.

lunes, octubre 21, 2013

Backstage de Con el alma de pie




















Conocí a Reynaldo Alcorta hace un año, en la presentación de Mi mundo increíble, el primer libro publicado por la vertiente editorial de Mentes con Alas, comunidad de adultos con parálisis cerebral. Poco antes, él me había buscado por medio de un correo electrónico en el que me proponía trabajar en la edición de su autobiografía. Recuerdo que su carta me tomó en una cresta laboral muy agitada y le pedí un poco de paciencia para decidir sobre el asunto. Unos meses después, ya más tranquilo, conversé con Ruth Berlanga y Brenda Moreno sobre la posibilidad de emprender la hechura de un segundo libro en Mentes con Alas, la autobiografía de José Reynaldo Alcorta Benavides, Nono, que hoy aquí presentamos.
En sus páginas hay una foto que hicimos al finalizar nuestra primera reunión de trabajo, celebrada en abril de este año. Desde el comienzo armamos un gran equipo configurado por Ruth y Brenda, quienes se encargarían de buscar patrocinios y comenzar a ver los presupuestos, además de organizar la agenda de reuniones. Nono y Verónica Gómez, su maravillosa compañera de vida, se encargarían de digitalizar el material gráfico y solicitar los testimonios escritos que forman el primer apéndice de Con el alma de pie. Yo asumí la labor propiamente editorial que comenzó con la lectura del texto y, poco a poco, con su formateo en las páginas luego de elegir el tamaño del libro, su tipografía y otros detalles que son responsabilidad del editor.
El proyecto fue desarrollado, pues, en un grupo armónico y compacto. Correos electrónicos fueron y vinieron entre abril y octubre de 2013, y además tuvimos varias reuniones celebradas muy temprano, de 8:30 a 10 de la mañana, en las oficinas de Mentes con Alas. A diferencia de lo que suele ocurrir cuando uno arma libros muy cerca del autor y de los auspiciadores, no recuerdo un solo ex abrupto, una sola discordia, un solo momento de fricción. Al contrario: dialogar en equipo en torno a la autobiografía de Nono fue lo más parecido a una charla de café, una conversación que sólo servía para brincar y brincar obstáculos, jamás para ponerlos. Al final, creo, aunque no soy el más indicado para afirmarlo, hicimos un objeto editorial muy estimable.
Describo en pocos renglones lo que ustedes hallarán en Con el alma de pie. Una presentación de Ruth Berlanga y un prólogo de Brenda Moreno. Luego, la autobiografía distribuida, por supuesto que cronológicamente, en catorce capítulos, toda aderezada con cerca de setenta documentos icónicos, la mayoría fotos. Al final, dos breves apéndices: uno con testimonios de familiares y amigos, y otro con una descripción técnica sobre la parálisis cerebral.
El plato fuerte de este libro está, claro, en el relato que el mismo autor hace de su paso por el mundo desde 1968 a la fecha. Gracias a él descubrimos el itinerario vital de un hombre que, sin quererlo, va construyendo una vida que ahora es ejemplo para muchos. Sin artificios literarios, de manera directa y sencilla, Nono nos narra todos los pliegues de una existencia consagrada en cuerpo y alma a luchar, a pelear por un sitio digno en esta vida. Su andanza, lo sabemos, no ha sido nada fácil, y eso queda más que evidente mientras deambulamos por las páginas de Con el alma de pie.
Capítulo tras capítulo, los lectores atestiguamos una proeza del espíritu humano. Vemos la enorme desventaja física de Nono frente a la realidad, el problema tremendo que representa vivir en su condición. Pero ocurre un milagro que no se da como suelen darse los milagros, es decir, fortuitamente. En el caso de Nono, el milagro es gradual, paulatino, avanza a vuelta de rueda, a veces se detiene un poco pero sigue, no claudica. Todos los días hay pequeños desalientos, caídas de la moral, pero también todos los días puede más la llama interior que lo mueve a buscar salidas y, asombrosamente, a encontrarlas. Se trata pues de un niño, de un joven, de un adulto que ha ido edificándose no ladrillo tras ladrillo, como nosotros, sino grano de arena tras grano de arena, durante todos los minutos de todos los 45 años que hoy tiene muy bien cumplidos.
Con el alma de pie es entonces un relato pormenorizado de los momentos más relevantes en la vida de Nono. Cuando lo leí por primera vez, lo que más me pasmó fue un detalle que espero no pase inadvertido por los lectores. La autobiografía es un género difícil, pues en él se corre el riesgo de mentir. Mentir por parquedad (decir menos de lo que se hizo), mentir por exceso (decir más de lo que se hizo), o mentir, digamos, por olvido, por miedo o por prudencia. Lejos de sospechar mentiras por cualquiera de estas razones, lo que hallé en la relatoría de Nono fue franqueza, honestidad, mucho dolor y también mucha alegría, una vida vivida intensamente, en suma.
Y encontré algo más sutil que explicaré mediante un leve rodeo. Las autobiografías contadas desde alguna limitación física pueden caer con cierta facilidad en el chantaje. No puedo expresarlo de otra manera. Las limitaciones físicas suelen ser narradas desde una perspectiva lacrimosa, y en cierto sentido pueden ser incómodas para un lector contemporáneo, un lector que no se deja chantajear muy fácilmente. Con el texto de Nono no sentimos eso. Vemos que sufre, que llora, que se desgarra por dentro, pero al mismo tiempo que no cede a la tentación de buscar nuestra lástima. Antes bien, se autocritica, es severo contra él mismo, señala sus errores y pone el pecho a la adversidad con una entereza que muchos ni siquiera imaginamos. También, y esto es maravilloso, tiene abundantes pinceladas de humor, y campean en todo su libro las palabras de agradecimiento. Increíble, absolutamente increíble lo que Nono expresa a la hora de agradecer, tanto que “gracias” es su palabra favorita, la clave de su vida y, sospecho, de su éxito.
Nono agradece a sus heroicos padres, a sus generosos hermanos, a su amada Verónica, a sus hermosas pequeñas, a sus amigos, a sus maestros, a sus terapeutas, a quienes le cerraron puertas porque le enseñaron a seguir luchando, a su iglesia, a dios, a todos. Nono agradece, y en ese gesto imprescindible veo su enorme estatura de ser humano, un ser humano que ha podido vivir, como pocos, Con el alma de pie, imbatible.
En un correo electrónico del miércoles pasado, Nono me escribió lo siguiente: “Jaime: Qué te puedo decir, a veces se me hace chico el diccionario para expresar todo lo que siento, como lo siento ahora contigo. Dios te pague por los seis meses de trabajo que dedicaste a mi historia para hacerla una obra literaria. Como bien dice Ruth, esto no había podido ser sin ti. Y Jaime, yo soy un hombre creyente, y créeme, Dios recompensa, tu trabajo no queda aquí, la bendición de Dios se hará presente en ti y en tus seres queridos. Muchas gracias”.
Lo que no sabe Nono es esto: que dios me dio la recompensa antes de haber trabajado con su libro. La recompensa fue conocerlo, topármelo en el camino y acceder a su testimonio, el testimonio que ahora, con el alma de pie, todos podemos compartir.
Comarca Lagunera, 19, octubre y 2013

Texto leído en la presentación de Con el alma de pie, José Reynaldo Alcorta Benavides, Mentes con Alas, Torreón, 127 pp., celebrada el 19 de octubre de 2013 en el Itesm Campus Laguna. Este libro está a la venta en la asociación civil Mentes con Alas, Ocampo 1797 Oriente, Colonia Centro, C.P. 27000, Torreón, Coahuila, México, Teléfonos (871) 718 00 68 y (871) 204 25 09, www.mentesconalas.org.mx

sábado, octubre 19, 2013

Vigencia de Jorge Méndez




















La plaquette cuya portada encabeza este post fue obsequiado al público al final del homenaje a Jorge Méndez celebrado el 17 de octubre de 2013 en el Centro Cultural José R. Mijares de Torreón. Las palabras liminares de la publicación son las siguientes:

Presentación. Vigencia de Jorge Méndez

Como lo ha destacado Salomón Atiyhe, desde hace algunos meses él y yo rumiamos la posibilidad de homenajear a nuestro común amigo Jorge Méndez Garza, el director de teatro universitario y barrial con la trayectoria de mayor duración en la historia de la comarca lagunera. Por razones que describe el mismo Salomón, el homenaje demoró hasta que por fin, el 17 de octubre de 2013, logró cuajar en este racimo de sentidas manifestaciones: una mesa redonda en torno a Jorge, varias obras de teatro, una velada musical con las canciones que le gustaban, el bautizo del «Teatro de Cámara Jorge Méndez Garza» en el Centro Cultural José R. Mijares, de Torreón, y un pequeño tributo de papel, la Vigencia de Jorge Méndez que usted tiene en sus manos.
Las páginas que vienen fueron acaparadas de botepronto, sin pensarlas demasiado. Luis Enciso y Salomón escribieron, cada uno por su lado, sendos comentarios, los dos todavía con olor a estreno. Enciso, quien durante muchos años fue amigo cercanísimo de Jorge, nos aproximó el poema de Miguel Morales y la evocación estroboscópica de nuestro paisano Raúl Adalid. Saúl Rosales nos obsequió una reseña (el texto de mayor edad en este conjunto) sobre Acto cultural, obra montada por Jorge a principios de los ochenta. Yo apoquiné con todo lo que escribí sobre Jorge, que lamentablemente es menos de lo que ahora desearía: una entrevista primeriza (de 1987, insólitamente localizada por Enciso entre los papeles que dejó el homenajeado); una reseñita sobre La daga, obra puesta por Jorge en 2009; y una «carta» póstuma publicada un día después de la muerte de Jorge. Se trata, en resumen, de un opúsculo preparado al calor de la emoción, el respeto y el reconocimiento, sentimientos que se mantienen intactos pese a que ya pasaron más de tres años desde que el querido amigo se nos fue.
El agradecimiento por este libro es múltiple, e incluye a los autores de los textos, por supuesto; además, a Arturo Rangel Aguirre y Juan Noé Fernández, por su apoyo solidario para la edición; a Lupita Estrada, por la captura mecanográfica de parte del material, y a todos los que de una manera cálida siguen recordando a Jorge en conversaciones espontáneas, plenas de afecto y respeto a su memoria.
Jaime Muñoz Vargas
Torreón, 1, octubre y 2013

Vigencia de Jorge Méndez, Raúl Adalid, Salomón Atihye, Luis Enciso, Miguel Morales Aguilar, Jaime Muñoz Vargas y Saúl Rosales, Iberia Editorial, Torreón, 2013, 42 pp.

jueves, septiembre 12, 2013

Admirable Lemebel




















En 2005 publiqué, y no estaba integrada al blog Ruta Norte Laguna, esta reseña sobre la primera novela del chileno Pedro Lemebel. Creo que readquiere algo de vigencia en el 40 aniversario del golpe de 1973.

Admirable Lemebel

Nada, ningún libro de Pedro Lemebel puede ser hallado en La Laguna. Tuve que esperar un año para que algún amigo cercano viajara a Chile y me trajera un libro más de aquel autor insólito en las letras latinoamericanas. El amigo cercano fue mi alumno Diego Iván Pérez, quien a finales de noviembre estuvo en Santiago y allí detectó el encargo que le hice: Tengo miedo torero, la primera novela del cronista Lemebel.
Supe de este autor gracias a Juan Pablo Neyret, quien no sólo me lo mencionó insistentes veces en nuestras conversaciones argentinas, sino que una y otra vez dejaba caer el apellido “Lemebel” en nuestra charla emílica. Tanta y tan profunda es la admiración de Neyret por el chileno que hasta a propuesta mía le publicamos un ensayo sobre el tema en Acequias, revista de la UIA Laguna. Neyret, lo cito abreviadamente, dice allí de este escritor gay que es “uno de los mejores prosistas contemporáneos de la lengua castellana. Lengua que él le saca al idioma, lengua que retuerce y que menea obsceno desde su condición de roto, marica, izquierdista, antipinochetista...”. Todo eso, las charlas y el ensayo, me obligaron a encender la linterna para buscar lo que fuera de Lemebel. En mayo encontré Loco afán. Crónicas de sidario, volumen publicado por Anagrama. No pensaba que los elogios fueran para tanto, pero mi primera reacción resultó similar a la que puede tener un adolescente cuando le compran la motocicleta de sus sueños: me invadió la alegría de recorrer las pistas de la literatura en un par de llantas nuevas, en una prosa que fluía barroca, desenfadada y al alimón comprometida, hiriente y tierna a la vez, cínica y grave en todo renglón. Entendí así, de golpe, el merecido éxito de Lemebel, su gran cauda de lectores, el nervio electrizante de su palabra.
Cierto: leí sus crónicas y me dejaron hundido en la fascinación, pero yo esperaba la novela. Así, varios meses luego, Tengo miedo torero me cayó en las palmas y la insumí de tres fumadas, casi ajeno al respiro y al alimento. ¿Y qué hechiza de Lemebel en Tengo miedo torero? La respuesta es tan simple como vaga: todo, hasta sus muy humanas imperfecciones. El chileno encontró en este relato el tono perfecto para narrar la emotiva historia de la Loca del Frente, un joto que, como dice la contratapa, “sin saber sabiendo” ayuda en 1986 a una escuadra de guerrilleros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Fue tal el impacto que me causó el ingreso al libro que durante las primeras cuarenta páginas no reparé en tomar una sola nota ni en hacer un solo subrayado. Nada. La narración se dejó venir como avalancha hacia mis ojos y entré en la vida de esa loca con una facilidad sólo comparable a la del polluelo que ingresa feliz a la jaula.
Básicamente, la novela de Lemebel presenta cuatro personajes: la Loca del Frente, Carlos —el joven universitario que milita con ese seudónimo en el FPMR—, el tirano chileno por antonomasia y su incallable y estólida esposa. Con esos protagonistas, y con el Chile de la monstruosidad pinochetista, el autor de Tengo miedo torero arma un fresco que va más allá, infinitamente más allá, de la mera anécdota: el país narrado es un país preso por el dolor que le inflige diariamente, desde el 11 de septiembre de 1973, esa bestia irrefrenable apellidada Pinochet Ugarte. A través de la loca enamorada de un Carlos frentista que sólo le corresponde con miraditas y fugaces abrazos, entramos en la preparación del atentado que en septiembre del 86 organizó el FPMR contra el déspota. El resultado ya lo sabemos: Pinochet salvó el cochino pellejo pero en el mundo, y sobre todo en Chile, quedó la marca del odio que la libertad y la justicia le profesaban, le profesan, a ese extraordinario criminal, a ese record man de la muerte.
No era para menos. Desde el golpe contra Allende el tirano y sus secuaces inundaron de cadáveres el suelo chileno e incluso cometieron atrocidades fuera del país, como el asesinato, perpetrado hacia 1976, de Orlando Letelier en Washington. Chile fue durante esos años de tiniebla un gran campo de concentración, un imperio de pánico que tuvo su mayor emblema en la horrendamente célebre Villa Grimaldi, fábrica de tortura que las 24 del día no dejaba de producir brutalidad. Allí, los esbirros del gorila aplicaban toda suerte de vejámenes: abusos sexuales, amedrentamiento a familiares, apaleos, aplicación de alcohol y corrientes eléctricas a las heridas producidas por la tortura,  aplicación de electricidad con picana en diversas partes del cuerpo, arrancamiento de uñas, cejas, pelo y otras partes del cuerpo, arrojamiento de excrementos e inmundicias y un etcétera aterrador y kilométrico.
En esa porquería de régimen vive la Loca del Frente, quien sin hacer preguntas asila en su pintoresco hogar a los jóvenes del FPMR para que allí, en voz baja durante toda la novela, organicen el ataque contra el generalote. Mientras eso ocurre, el marica sigue ensimismado en su mundo de boleros radiofónicos (muchos de ellos mexicanos, por cierto), en sus bordados de sábanas para vender, en su enculamiento platónico de Carlos. La historia no se derrumba en el chantaje de crear una heroicidad apócrifa para la Loca. Su heroicidad radica precisamente en no ser heroica, en ser una mariposa ordinaria y enamorada, sin estudios ni deseos de luchar más allá de lo que garantice su supervivencia. He ahí parte de la genialidad en este relato: si un ser convencional, adrede marcado por un pasado cuasilumpen, cursi y apolítico es capaz de sentir rabia ante la barbarie de los milicos, en qué condiciones podemos imaginar que estaba Chile. La Loca entonces es solidaria aunque no lo apetezca, es sensible ante el horror padecido por su pueblo y jamás usa su condición de gay para decirnos que “hasta él” es capaz de aborrecer al régimen, lo que le da a Tengo miedo torero un aroma profundo de autenticidad.
Aunque a veces no se note, el aire irrespirable e invasivo del ultraje cubre todos los espacios de la novela. Esa opresión es contada por medio de una prosa que al mismo tiempo nos hechiza y nos golpea con su candente novedad. Cuando parece que el español ha dado todo su jugo a punta de exprimidas y exprimidas, Lemebel le extrae resonancias inéditas, ritmos que son como piruetas barrocas inencontrables en otras páginas. Hay en Lemebel, como escribió el también chileno Bolaño sobre Horacio Castellanos Moya, una “voluntad de estilo” insólita, o una preocupación por crear un extraño y deslumbrante “sistema de metáforas”, como dijo Paz sobre Lezama.
Neyret apunta con tino que el de Lemebel “Es un barroco de acá, del Sur, barroco de barro arrastrado por el río Mapocho. Se trata, en principio, de la emergencia (en el doble sentido del término) de la escritura homosexual, siempre bord(e)ando el kitsch pero, y eso es lo que lo diferencia de aquella oscilación entre el ‘talento’ y la ‘vulgaridad’, con conciencia del artificio. Lo que parece fluir como la conversación de una pajarraca parlanchina (para usar comparaciones lemebelianas) es en realidad un apretado trabajo de redacción y, más aún, de corrección, que no deja palabra ni puntuación libradas al azar. La alternancia entre el género femenino y masculino al momento de referirse a la Loca del Frente, la interminable cadena de sinónimos que se utilizan para nombrarla, dan cuenta de un estilo envidiablemente encabalgado entre la espontaneidad y la elaboración, ya conocido en las crónicas, pero al que quien lee debe habituarse a lo largo de páginas y páginas, y cuando se vence el recelo inicial —que lo hay—, la prosa se desliza, Cortázar dixit, ‘como un río de serpientes’”. Yo agregaría que en términos formales, y alguna vez trataré de comentarlo más a fondo, el adjetivo lemebeliano es la joya de su barroquismo.
Ahora que el genocida hijo de perra sigue en la tormenta de la expectativa para que pague con algo la prolongada noche de su crimen, haber leído Tengo miedo torero es uno de los ejercicios más estimulantes que pude tener al cierre de 2005. Es un orgullo haber convivido con estas páginas del admirable Lemebel.

Tengo miedo torero, Pedro Lemebel, Seix Barral, Santiago de Chile, 2004, 217 pp.

sábado, septiembre 07, 2013

Más allá del sueño y de la piel




















El amor, quién no lo sabe, es inagotable como tema literario. De hecho, si me apuran a opinar, es el tema que más páginas ha suscitado y seguirá suscitando, pues no hay pasión que se le pueda comparar en poderío como motor de combustión interna. A estas alturas, por ello, parece una osadía arrimarse a ese bocado, pues se corre el riesgo de repetir y repetir lo mil veces repetido en todas las literaturas.
Pero es inevitable: el amor detiene los sentidos del artista y no tiene más remedio que aceptarlo, y escribe (o pinta, o filma, o canta) sobre el tema infinitamente escudriñado. Es aquí, creo, cuando se hace necesaria una condición: que el creador, para que no suene hueco, sea movido por una pasión profunda y genuina, tan fuerte como sea posible. De lo contrario, creo, su exhibición del amor será poco atractiva y por tanto prescindible. El amor, pues, es el único tema que exige incluso hasta cierta irracionalidad, la misma que, si nos fijamos bien, ponemos en práctica cuando practicamos el amor no sobre la cuartilla, sino sobre algún lecho más o menos cómodo, aunque también pueda ser desahogado en el asiento trasero de un Volkswagen.
Los poemas de Miguel Amaranto, arracimados en el título Más allá del sueño, me confirman esta hipótesis. Podrá uno reclamarles lo que sea, menos intensidad, fervor, entrega. A cada tranco, este poeta peruano cuya radicación lagunera ya va para una década, nos pincela una instantánea de su emoción íntima. Verso a verso vemos que la llama doble (que a decir de Paz es el encuentro amoroso) se mantiene  anudada y arde como constancia de una realización más allá de la hoja.
Amaranto se vuelca en imágenes que celebran la incandescencia de la carne. Sabe que el amor humano pasa necesariamente por la piel, pero también que la carnalidad es apenas un pasaje hacia el misterio. Hay algo más allá del cuerpo, entonces, algo que se cubre de misterio y es inefable. Por eso expresa:

Mirar tu desnudez no sólo
satisface todas estas emociones:
me invita a descubrir
que la naturaleza halla una madre en ti:
que Dios tiene cuerpo de mujer.

Ese poder del magnetismo físico de la carne es lo que lleva al poeta a la estupefacción. La carne tiene tal gravitación en la consciencia que trasciende su puro ser material y se convierte, dentro del amor, en un motivo para el éxtasis, en un espacio con características de santuario, de espacio en el que habrá algo de sacrílego cuando llegamos al contacto:

Quisiera saberte desnuda en el vacío,
que nada te roce,
ni siquiera mis ojos te roben luz.

Esa mirada que se rinde a la mujer deriva, claro, en la veneración. El amante se admite, así, esclavo de su pasión, como en el poema que da título al libro:

Quiero tomarte de la mano y llevarte a tientas sin saber a dónde
caminar sin medir el temor de hallarnos perdidos en luces ajenas a nuestra sombra.
Y desnudar, al fin, tu voz en el rincón del mundo que nos acoja.

Saberte poderosa frente a todo lo que obstruya el flujo de tu fuerza
y sumisa ante aquello que nos tienda en el deseo.
Entonces consagrarte diosa de mi reino y ofrecerme esclavo a tus anhelos.

Con gusto he leído estos poemas. Su desnudez es sincera y nos invita a celebrar dos ritos: el de leer y emocionarnos, y el de amar y percibir el aroma de la eternidad en ese trance.

Texto leído en la presentación de la plaqueta Más allá del sueño que se celebró en centro cultural El Xamán el 3 de julio de 2013. Participamos Gerardo Monroy, el autor y yo.

miércoles, septiembre 04, 2013

Entrevista de hace diez años




















Mi hermano Luis Rogelio me hace ver que El Siglo de Torreón publicó esta entrevista hace diez años, el 4 de septiembre de 2003, cuando el Santos Laguna cumplió veinte. Ahora que la releo noto que contiene algunas afirmaciones todavía válidas y otras ya rebasadas por la realidad, como el declive del boxeo (que repuntó tras decaer el "pago por evento") o mi trabajo en la UIA Laguna. Sea como sea, aquí está:

Jaime Muñoz Vargas explica el contexto
en el que nacieron los “Guerreros”, hace 20 años

Ni en sus mejores años la Morelos estuvo tan repleta de niños, jóvenes y adultos que gritaban al unísono “Santos, Santos, Santos”. Eran los tiempos en que “el equipo de todos” ganaba los partidos, aunque tuviera un marcador en contra. Llegó a la final ante Tecos, la perdió, pero para los laguneros fue el mayor de los triunfos.
Por 90 minutos reinaba la calma. Uno que otro coche se atrevía a cruzar las calles, porque seguramente se le había hecho tarde para la transmisión del partido. De vez en cuando, el silencio era interrumpido por un prolongado ¡gooooool! Y a los minutos siguientes venía la angustia por las amonestaciones, expulsiones y anotaciones en contra.
Santos Laguna cumple hoy 20 años de vida en el futbol profesional de México, y hasta el momento no ha habido otra campaña tan gloriosa para la afición, como la inolvidable 1993-94.
Pero, ¿qué llevó a los laguneros a dormir desde una noche antes en el Estadio Corona para conseguir un boleto? ¿O a saciar la codicia de los revendedores, comprando contraseñas y boletos a elevadísimos precios? ¿A faltar al trabajo, salirse de clases y dejar cualquier otra actividad para sentarse frente al televisor cuando jugaban los “Guerreros”?
Sin lugar a dudas, a partir de esas muchas victorias y también derrotas, el Santos Laguna se convirtió en todo un fenómeno sociocultural, símbolo de identidad entre los laguneros como en su momento lo fueron el algodón y la uva, el puente que une las ciudades hermanas o el Puente de Ojuela.
Jaime Muñoz Vargas reunió en su libro La ruta de los Guerreros. Vida, pasión y suerte del Santos Laguna, aspectos trascendentes en la historia del equipo de casa.
El escritor lagunero y catedrático de la Universidad Iberoamericana (UIA) Torreón habló sobre el papel que “juega” el Santos en la vida social y cultural de Torreón, Gómez Palacio, Ciudad Lerdo, San Pedro, Matamoros y demás municipios que integran la Comarca Lagunera de Coahuila y de Durango.

¿Cuál era el contexto que enfrentaba la Comarca Lagunera cuando el Santos Laguna llegó a su primera final, en la campaña 1993-94 que le llevó al subcampeonato?
El Santos Laguna es un equipo nacido en plena crisis. 1983 —año en el que jugó su primer partido en aquel momento auspiciado por el IMSS— es apenas el segundo año del sexenio de Miguel de la Madrid y para entonces la palabra “crisis” era la más socorrida en el vocabulario de los mexicanos.
Las devaluaciones nos golpeaban cada mes y, como es obvio, La Laguna no pudo estar al margen de aquella coyuntura. Con las uñas, las primeras autoridades del Santos armaron un equipo que desde el principio fue bien recibido por la afición. Puede decirse incluso que el Santos Laguna nació con carisma y eso ayudó a que, pese a la terrible situación económica del país, la gente no abandonara su posición en la tribuna.
Con tropiezos, con descalabros de todos los colores, el equipo se mantuvo en pie y logró incluso sobrevivir al criminal sexenio de Salinas, lo cual ya es mucho decir. Así llegó aquel subcampeonato contra los Tecos y con ello la primera irrupción de fervor social en torno al club. Atrevo una hipótesis para tratar de explicar aquel fenómeno: La Laguna fue muy golpeada por Salinas, nuestra región padeció años terribles con aquel presidente, nuestra economía se estancó dolorosamente y los laguneros encontraron en el Santos subcampeón una especie de válvula a la asfixia provocada por el torniquete salinista a La Laguna. Tal vez eso ocurrió.

De alguna manera, ¿esta situación influyó para que el equipo se convirtiera en todo un fenómeno?
A partir de 1993-94 comienza el despegue real del Santos Laguna, es cierto, pero debemos recordar que la primera etapa, aunque traumática, sirvió para definir, para afianzar la mentalidad del aficionado. Todos recordamos al Santos del Choque Galindo, del Puma Rodríguez, de Dolmo, de Armendáriz, de Juan Flores, esos sí fueron años heroicos para el club.
El equipo logró sobrevivir pese a su modestia y lo más importante: creó afición. Luego, con los nuevos dueños, las condiciones evolucionaron. Con la inyección de recursos, el Santos pasó al protagonismo y desde entonces el fenómeno pasó de la efervescencia a la estabilidad, al éxito sostenido. Si siguen así las cosas, difícilmente volverá a darse la santosmanía de 1993-94.
En mi libro afirmo que a La Laguna le hacía falta un icono que lo identificara en todo el país, y el Santos, junto con el poder de los medios de comunicación, pasó a ser una especie de representante de la región en todo México. Quizá exagero, pero a La Laguna la ubican hoy de Sonora a Yucatán gracias a que aquí juega el Santos. La tele llega a todas partes.

¿Por qué antes no se había desatado tanta euforia?
Los más viejos que yo saben que antes de la santosmanía aquí hubo conatos de euforia deportiva con el fut y con el beis. La celebración no fue muy aparatosa, nunca se desbordó en las calles, pero sí se dio algún ruido. Supongo que este fenómeno tiene mucho de mediático.
El desarrollo de los medios nacionales y de los locales provocó que el futbol fuera convertido en una prioridad social y, por ese hecho, tras los triunfos, se desató la efervescencia, la catarsis. Antes eso no ocurría porque no había tanta cobertura mediática ni un equipo que dejara suficientes números negros sobre la libreta.

¿Consideras que el equipo ha crecido junto con los laguneros, es decir, con el desarrollo de esta región?
Sí, La Laguna no cesa de crecer y ya estamos arrimándonos peligrosamente a la condición de urbe ingobernable, caótica e inequitativa. La Laguna se ha desarrollado, pero debemos preguntarnos si las oportunidades son parejas para todos. He allí la clave del verdadero desarrollo. ¿Por qué hay tanta afición del Santos en Ciudad Juárez, en Tijuana? Por la pobreza, nuestros ranchos se han vaciado de mano de obra barata para la maquila fronteriza y hasta allá se van esos desheredados de la comarca. Se van y lo único que se llevan es su identificación con el Santos. Supongo que los triunfos del equipo son sus pequeños triunfos allá, donde a ellos los exprimen.

¿Cuál es el papel que han jugado los medios de comunicación?
Como tantos otros en la actualidad, el fenómeno de la querencia por el Santos tiene mucho que ver con los medios. El futbol es un gran negocio mundial. Si el producto es ubicuo (el futbol), el consumo es también omnipresente, y La Laguna no está al margen de esa situación.

Y actualmente, ¿cómo es la relación del equipo con su entorno?, ¿hasta dónde ha llegado?
La imagen del Santos ha permeado a todas las clases sociales por igual. Si a la presencia mediática sumamos el hecho de que el fut sigue y seguirá siendo el deporte más popular — “la venganza del pie contra la mano”, como dice el poeta—, el más barato y el más sencillo de entender, es de suponer que la feligresía santista seguirá creciendo en La Laguna como lo ha hecho desde hace veinte años.

¿Habrá nuevos fenómenos con los Vaqueros Laguna o con los Algodoneros de la Comarca?
Lamento mucho lo que ocurre con el beis y con el basquet. Son deportes espléndidos y deberían penetrar más en el gusto de la gente, pero no tienen ni por asomo la difusión mediática de la que goza el futbol. Durante un tiempo el box tuvo mucho arrastre popular, pero lo perdió debido sobre todo al pago por evento inventado en Estados Unidos por el gangsterismo de Don King. Eso mató al pugilismo como deporte de arrastre masivo.
Mientras se esperan nuevas glorias, con la ilusión de llegar una vez más a la liguilla y conseguir el máximo trofeo del futbol nacional, el Club Santos Laguna soplará hoy las 20 velas del pastel de aniversario.

El primer partido
El domingo cuatro de septiembre de 1983 La Laguna amanece con la buena nueva del cartel publicitario que pregona el acontecimiento: “Futbol-Futbol/ Hoy domingo/ Renace el futbol profesional para la afición lagunera”, decía el anuncio, y agregaba: “Inauguración de la Temporada/ 1983-1984/ 15:30 de la tarde/ Santos-IMSS Laguna/ Vs./ Bachilleres de la U. de G./ Numerados $250.00/ Sol $100.00/ Sombra Gral. $200.00/ Niños Sombra $50.00/ Niños Sol $20.00/ ¡Asiste y apoya a tu nuevo equipo de La Laguna!”
Aquella tarde canicular el Sol pegaba como suele pegar en el desierto irritila, pero no impidió que una buena cuota de aficionados asistiera a la apertura del torneo y al bautizo del club local. Acaso para simbolizar que el nuevo equipo no representaba a un solo municipio, sino a toda una región, el acto inaugural fue concelebrado por los alcaldes de las ciudades-ombligo laguneras: Braulio Fernández Aguirre, de Torreón; Manuel Gamboa Cano, de Gómez Palacio y Vicente García Ramírez, de Lerdo; en la ceremonia también participó Salvador Franco Morones, delegado del IMSS en Durango.
Eran las 15:45 horas cuando los equipos entraron a la cancha; Santos Laguna, uniformado todo de blanco, pisaba por primera vez, oficialmente, la gramilla de su estadio. Se oyó el Himno Nacional; después, el presidente de Torreón pronunció las palabras inaugurales y de inmediato varios niños desfilaron con los nombres de los equipos que integraban la Segunda División “B”. Para hacer un énfasis de profundo cariz simbólico, los tres alcaldes patearon un saque inicial. Eran ya las cuatro de la tarde, la hora de la hora.
Este pequeño fragmento de la crónica del libro de Jaime Muñoz Vargas, ilustra cómo inició la tradición santista, que hoy es todo un fenómeno.

Sobre el libro
Jaime Muñoz Vargas publicó hace cuatro años el texto con la historia del equipo local.
La ruta de los Guerreros. Vida, pasión y suerte del Santos Laguna se publicó a finales de 1999, cuando el equipo cumplió 17 años.
—Es un texto de más de 300 páginas, producto de una investigación de cinco meses en periódicos.
—Durante este tiempo el autor escribió con el fin de retribuirle algo al único deporte que pudo practicar en su niñez, dado que el lugar donde nació, en Gómez Palacio, no dejaba otra alternativa: o jugaba fut o no jugaba nada.
—El libro fue publicado gracias al apoyo del impresor lagunero Alfonso Amador Salazar.
—Aunque agotado, pudiera existir la posibilidad de reeditarlo en una versión más sintética y con el apéndice de los últimos tres años de historia santista.