jueves, julio 03, 2008

A dos años del 2



A dos años de aquel 2 de julio, la informe condición de la democracia política mexicana no da trazas de agarrar cuadratura. Han pasado 24 meses y día a día parece que se ahonda más la sensación de que el país quedó en la lona, fracturado de la mandíbula y sin posibilidad de alcanzar acuerdos que en los hechos beneficien a la población, no a la camarilla de empresarios y a esa cáfila de sanguijuelas que se autodenomina “clase política”. La endebilidad del actual gobierno se nota en un hecho sin precedente en la historia de la república: Felipe Calderón llegó al mando del Ejecutivo con tales sombras de ilegitimidad que su paso por Palacio Nacional se tornó, desde el mismo 2 de julio, transicional, tanto que la carrera por el 2012 arrancó muy prematuramente, sin darle bien a bien el tiempo necesario para decir “la presidencia es mía”.
Pronto se vio que muy pocos percibían su mandato como algo firme y serio, algo fundamentado en una victoria, como antes se decía, contundente, inobjetable y legal. El terco PRD, el ala dura del terco PRD, no le creyó nada desde nunca; el PRI ha sabido negociar con ventaja, gracias sobre todo al beltronismo, su posición estratégica, y la sociedad civil en general percibe que tirios y troyanos son lo mismo, oportunistas, vividores, políticos al fin, todo con un desencanto muy parecido al suicidio civil. Calderón hizo lo mismo que Salinas para pescar unos mendrugos de legitimidad: dio un golpazo mediático apenas iniciado su gobierno, pero la gente y las condiciones del país eran harto distintas en enero de 2007 con respecto a enero de 1989: si el salinismo hizo la finta de que iba en serio contra la corrupción y apresó mañosamente a Joaquín Hernández Galicia, con lo cual comenzaron sus gestos de heroísmo autolegitimador, Calderón intentó una estratagema análoga: declarar la guerra al narco, poner al ejército en las calles, crear confianza artificial en la ciudadanía escéptica. No funcionó, o no ha funcionado todavía, como se puede ver no tanto en lo que dice la prensa, sino en lo que calla por riesgoso y que pulula de boca en boca: algo anda mal, muy mal en aquella que fue la primera gran acometida del gobierno de facto contra las fuerzas innombrables que dejó crecer el foxismo malvado, padre sin alternativa del calderonato.
Pero estamos parados, creo, en el mejor momento del presente régimen. No tanto por sus aciertos, sino porque la actual coyuntura no deja de ser la más lejana a los extremos del hachazo propinado el 2 de julio y a las elecciones presidenciales venideras; algo, poco al menos, se han serenado las aguas, aunque previsiblemente se agitarán de nuevo con las elecciones intermedias del 2009. En este contexto de meseta, de calma chicha, el periodismo aplaudidor no dejó de echar toda la leña al fuego del apapacho, por ejemplo, durante la reciente visita de Calderón a las Españas. A diferencia de lo que sucedió en Alemania hace poco más de un año (enero de 2007), el michoacano fue recibido por el jetset político español con el bombo de Manolo a todo trapo. José Luis Rodríguez, Mariano Rajoy y el rey Juan Carlos casi lo encaraman en la categoría de prócer, y no faltaron a su vez, como rémoras, las muestras torreonenses de rapelismo social en cenas y discursos que llegaron a tener bonita repercusión en las páginas de la socialité lagunera.
A medida que avance el sexenio, sin embargo, se verá con mayor claridad que el parteaguas del 2 de julio no fue sólo una elección, sino la evidencia de que el cambio tan deseado patinó con el foxismo hasta dar con sus huesos en el barranco de la ilegalidad, una ilegalidad en la que pocos, muy pocos, se han hecho del poder no para ponerlo al servicio de la población que demanda bienestar y seguridad en todos los órdenes, y que sólo recibe las migajas de la gran comilona en la que se vienen cebando los espurios servidores del país.