lunes, diciembre 30, 2013

Fin del cuento
















Y entonces, el Lobo Feroz compró una caja con cortes americanos de Carnes La Laguna y se quitó de broncas.

domingo, diciembre 29, 2013

A veinte años de la Mac




















Manuscrito de 1983, una crónica sobre el ya extinto cine Variedades de Torreón; fue publicada en el suplemento universitario Clase del diario La Opinión.




















Macanuscrito de 1985, un cuento ("Sólo este autorretrato") publicado en la Opinión Cultural.




















Mecanuscrito de 1993, un editorial sobre concursos literarios de La Laguna. Fue publicado en La Tolvanera, suplemento cultural de la revista Brecha.


La Macintosh Clássic II que compré en 1993.

Recuerdo que por aquel año, 1993, era un debate frecuente en revistas y suplementos culturales: ¿en qué escribe más cómodamente —interrogaban a los escritores—, en máquina mecánica o en computadora? Estábamos, como quien dice, en el comienzo de la transición, en el punto todavía difuso en el que la computadora, lo sabríamos luego, comenzó la masacre de las maquinitas Remington, Olivetti y demás.
Pero en aquel momento no sabíamos aún lo que iba a suceder. Las computadoras comenzaron a aparecer en oficinas, en periódicos, en imprentas, y en muy contados casos, en escritorios caseros. Eran un objeto extraño, más o menos temible, útil sólo para unos cuantos iniciados en el misterio de los teclados, la pantalla y el impresionante y enigmático CPU, cerebro de aquel trío.
Pero hago un poco más de esfuerzo y me coloco una década atrás. En 1983 comencé a sentir la inquietud de escribir, de hacer "literatura". En esos primeros tanteos procedí como suelen hacerlo los que de veras están en Kleen Bebé: primero a mano, con una letra pequeñita y apretada, en horribles manuscritos que luego mecanografiaba en una Olivetti Lettera color crema muy popular entre los estudiantes. Esa maquinita fue la de combate en mis trabajos de la preparatoria y la carrera, así que de paso la usé para pasar en limpio los cuentos y las crónicas con los que comencé a teclear con gesto, según yo, de "escritor".
Muy poco tiempo sancoché borradores a mano. Conservo escasas evidencias de ese esfuerzo simplemente porque tuvo corta vida. Creo que escribí así apenas lo suficiente para notar que me sentía más cómodo omitiendo esos borradores atroces a cambio de los mecanografiados, feos pero legibles. Años después me enteraría de un dictum, creo, de García Márquez: en periodismo hasta las cartas de renuncia se escriben directamente a máquina.
Llegó pues un momento en el que abandoné la escritura a mano y ya jamás pude volver a ella. Sólo una vez, en una madrugada febril de Buenos Aires, hacia 2004, a falta de computadora y hasta de cuaderno aproveché un plano de esa ciudad y en el envés dejé escrito un cuento que salió de golpe, desesperadamente. Fuera de eso, siempre trabajé los borradores de la cabeza a las teclas, sin pasar por el bolígrafo.
Cuando la Olivetti Lettera dio de sí, supongo que en 1988 más o menos, compré una maquinota eléctrica de segunda mano; apenas la usé dos o tres meses, pues al accionar sus teclas hacía un escándalo de balacera y jamás perdía un hipnótico zumbido de abejorro.
Al ver mi situación, fue Gilberto Prado Galán quien me regaló la máquina Olympia color guinda, hermosísima, con la que escribí cuatro o cinco años sin parar, del 88 al 93. La conservo, y me encanta no sólo por su sólido aspecto de escarabajo, sino por su tipografía; no sé a qué familia pertenece, pero definitivamente no es la misma que tenían las Remington ni las Olivetti. Esa Olympia hacía —sigue haciendo— una letra un poco cursiva, y su rasgo principal es la forma de la “a”. La imagen que incorporo en este post es de un borrador mío rescatado de casualidad (luego contaré cómo) junto a muchos más que despaché en aquella época; da idea de la belleza tipográfica de esa maquinita. Si comparamos su tipografía con los rasgos, por ejemplo, de la Olivetti, veremos que en efecto es menos convencional, de ahí que siempre me sentía orgulloso de los “originales” nacidos en su rodillo.
En 1990 comencé a trabajar en la revista Brecha. Desde aquel año hasta, supongo, poco después del 2000, pasó la mejor época de esa publicación. La dejé en 1998, y hasta le fecha se mantiene vivo un adeudo de veinte mil pesos nada despreciable todavía. Cuando comencé a trabajar allí, la revista ya contaba con dos maquinitas Macintosh Classic II, una para capturar y revisar los textos y otra para diseñarlos. Fue la primera vez que las vi, y las usaban sólo dos personas: Jaime Arellano, el diseñador, y Óscar Fernández, el capturista y corrector. Toda colaboración llegaba pues escrita en máquina mecánica. El capturista la convertía en documento de Word y luego la pasaba al diseñador mediante un disquete. Yo mismo seguía ese procedimiento. En casa escribía con mi Olympia y llevaba el texto en papel, claro, para que lo pasaran a la Mac. Siempre pude usar una de las dos computadoras de la revista, pero todavía entonces se mezclaba en mí un sentimiento de indiferencia y miedo a esos aparatos, así que los desdeñé.
El rechazo duró tres años, pues en algún momento de 1993 compré en cómodas mensualidades una Macintosh idéntica a las de Brecha; la conservo, y es la que aparece en la foto. Su peculiaridad estaba en la unión del CPU y el monitor; el teclado y el mouse venían aparte. Comencé a usarla con inquietud, pensando que en cualquier momento estallaría o me borraría todo. Jamás recibí alguna capacitación, y me guié sólo con preguntas elementales al diseñador y al capturista. Quedé maravillado, como todos los que en aquel tiempo dudaban de las bondades de esas máquinas con respecto de las mecánicas.
Fue en ese momento cuando casi desaparecieron mis borradores impresos, pues comencé a llevar mis colaboraciones (dos columnas por revista, una reseña, dos textos editoriales no firmados y no sé qué más) en cómodos disquetes. Luego, muy poco después, llegaría internet, lo que facilitó el envío de documentos en cualquier actividad, incluida la periodística.
Cumplo pues veinte años de residencia en la galaxia de Gates. Estar aquí, manejar información en la computadora, no deja de asombrarme, pues comparo esto con la etapa anterior de mi formación y por supuesto que se trata de otro mundo. Hoy sigue siendo fascinante para mí teclear en Word, editar fotos, armar libros, bajar música, vagabundear en internet, responder mails, tuitear, todo eso, y me siento permanentemente afortunado al acceder a tanta información. Creo que esta valoración —que a otros podrá parecer exagerada— se debe, reitero, a la experiencia previa: al libro, la revista y el periódico de papel, a la maquinita mecánica, a la cuartilla llena de enmiendas a mano, al sonido incomparable de mi Olympia color guinda, el escarabajo que en 1993, hace dos décadas, usé por última vez para luego pasar por la Macintosh, la Lanix, la Alaska, la Toshiba y, por último, la Samsung con la que hoy escribo esta pequeña remembranza.

sábado, diciembre 28, 2013

La biblioteca de papel




















Adrede suena este título como a cuento de Borges. Me refiero al problema que ahora plantean las bibliotecas armadas a la usanza tradicional. Ese problema no es problema para los chicos de veinte, pocos años más o pocos menos, dado que crecieron en un mundo en el que prácticamente todo es virtual, salvo la comida. En la computadora está, para ellos, el cine, la música, los juegos, las tareas, el degenere, los amigos, los novios y, claro, los libros. La computadora, o el celular o la tableta o cualquier otro adminículo con funciones de computadora, está ya tan adherido a la querencia de los jóvenes que nomás la pierden, se descompone o no hay internet, y ya están pegando insoportables berrinches.
Creo que seguimos instalados, todos, en una época de transición en la que la computadora va desplazando poco a poco el uso del papel. Hay en este momento tres grandes tipos de receptor de información: 1) El que sólo la recibe y la manipula mediante aparatos electrónicos, mayoritariamente juvenil, que ya no lee en papeles ni a mentadas; 2) El que se maneja por igual, casi equitativamente, entre la información en pantallas y la información en papel (libros, revistas y/o periódicos), grupo conformado por personas de entre treinta y cincuenta años; y 3) El receptor enemigo de las pantallas, quien sólo lee tinta sobre papel, sector en el que se ubican, sobre todo, lectores de cincuenta años o más.
Esto irá cambiando de manera gradual, a medida que los jóvenes vayan dejando de serlo. El futuro que imagino al respecto está, por ello, lleno de dispositivos electrónicos y cada vez menos lectores del sector 3. Creo que, sin ponerme muy roñoso, me ubico en el inciso 2, pues oscilo entre la lap, el celular y los soportes de papel. Mi problema, a los casi cincuenta años que ya tengo, es el destino de mi biblioteca de papel. ¿A dónde irá a parar? Sospecho que esta pregunta se la han hecho todos los que, como su servidor, han pasado una vida de castores, casi toda dedicada al acarreo de papeles y más papeles hoy amenazados de muerte.
El asunto me preocupa aunque debiera tenerme sin cuidado, pues hasta las canciones vernáculas aconsejan no apegarse demasiado a lo material dado que al colgar los tenis nos llevamos “nomás un puño de tierra”. Pero uno es humano y terco y piensa en el porvenir de algo que, como la biblioteca, ha sido articulado como si la vida fuera a durarnos para siempre. Lo lamentable es lo que he visto dos o tres veces en las librerías de viejo de mi localidad: las bibliotecas, ya desperdigadas, de ciertos personajes renombrados puestas en remate, casi como un símbolo de la vida que se ha pulverizado.
Los hijos (y menos los hijos de ahora) no son, pues, buenos depositarios de una biblioteca configurada en décadas, pues luego de que el dueño se ha despedido de la fanaticada comienzan a salir de casa sus libros y otros cachivaches inservibles. Por todo, ya tengo las barbas en remojo. Luego les comparto mi plan de choque.

miércoles, diciembre 25, 2013

Inspiración/transpiración










Hace poco publiqué un tuit que, como muchos otros de mi cuño, es un disparate que encierra algún átomo —¿qué más podría ser?— de verdad. Es éste: “Lo bueno de que se extinga la inspiración en la Tierra es que ya nadie preguntaría: ‘¿En qué te inspiras para escribir?’". La inspiración no está en peligro de extinguirse, por supuesto, ni la pregunta dejará de ser recurrente cada vez que alguien tenga —en una universidad, en una rueda de prensa o en una sobremesa familiar— la noble inquietud de saber de dónde demonios saca el escritor sus mafufadas o qué le detona el deseo por parir determinados textos.
Creo que jamás he escrito sobre el tema, y eso que muchas veces lo he reflexionado no con afán didáctico o filosófico, pues la cabeza no me da para tanto, sino como simple mortal que a veces tiene el impulso de pensar en lo que le atañe. Así entonces, el producto de mi reflexión desemboca en la noción que aquí planteo esquemáticamente, a salto de página, dado que dispongo de poco espacio para explicar algo que tal vez, para ser más preciso, demandaría al menos un ensayo amplio y con los pelos bien engominados.
He aquí mi planteo: en la disyuntiva “inspiración o transpiración” yo me quedo con ambas, pues ambas son parte inherente del (de mi) trabajo  “creativo”, y esto, insisto, lo digo por experiencia, con la autoridad que me da el fracaso, como dijo Fitzgerald. En efecto, creo, o estoy seguro, más bien, que al menos a mí sí se me han aparecido tantito las rejegas musas, aunque una parte significativa, la mayor, de mis “frutos” se debe no tanto al estro, a la inspiración, sino a la chamba, al hecho simple de imponerme una tarea (digamos, un libro) y tratar de terminarlo con cierta disciplina y en cierto tiempo, aquel que permiten las denominadas chambas alimenticias.
Perdonen la autorreferencialidad, pero soy el hombre que tengo más a la mano, como dijo no recuerdo quién. He sentido la presencia de la “inspiración” a rachitas, apenas como un susurro, como un bisbiseo que me dicta algo por lo general misterioso. Pero pasa pronto, jamás se queda a vivir dentro de mí por temporadas largas, así que he debido ingeniármelas para que el trapiche siga moliendo sin la colaboración de las musas. Y es aquí donde viene lo más peliagudo. Es fácil escribir un poema o un cuento movido por un ataque de inspiración. Cualquiera que sufra una tremenda y repentina alegría o una tremenda y repentina desdicha puede ser capaz de sancochar unos renglones, así sean prescindibles; lo complicado es construir algo decoroso sin más acicate que la conciencia y la fuerza de voluntad. Por eso son escasísimos los casos de trascendencia basada en uno o dos libros “inspirados” (Rimbaud, Rulfo…). La mayoría de los escritores, por desgracia, han tenido que depender de la ecuación tiempo/nalga.
Lo poco o mucho, lo digno o indigno que he parido como aporreador de teclas, por ejemplo, se debe a un cinco por ciento de inspiración y a un 95 de transpiración. Debo añadir, por otra parte, que esto del sudor no es metafórico si uno escribe en La Laguna. Bueno fuera.

sábado, diciembre 21, 2013

Libros aborrecidos















El título de esta entrega es deliberadamente exagerado y por lo tanto escandaloso. Sólo busca, entonces, llamar la atención, pues tratará sobre un asunto que interesa a un segmento minúsculo de lectores. No sé si alguna vez usted se ha preguntado sobre los libros que los escritores suelen apreciar en menor grado. Por supuesto que en este caso, como en todos, el disgusto se rompe en géneros, pero ocurre con frecuencia que los libros que más incomodan al escritor son los propios.
Sí, aunque usted no lo crea, es raro que un escritor no guarde con sus libros una relación de amor/odio en la que predomina lo segundo de manera, a veces, apabullante. Se dan casos, obvio, de enamoramiento narcisista fundamentado en el caradurismo, en el superávit de autoestima o en las obligaciones mercadológicas cuando es necesario que el autor hable bien de su hijo bibliográfico con el fin de excitar las ventas. Lo común, sin embargo, es mantener siempre con el libro propio una especie de distanciamiento, una reserva muy parecida a la vergüenza o de plano a la negación.
Creo saber, o al menos intuir, a qué se debe esa vinculación de suyo áspera entre el escritor y sus libros. Todo buen escritor, sospecho, es o debe ser primero un buen lector. O más: un extraordinario lector. Pero no se asusten: eso, en países como el nuestro, no es la gran cosa. Ser un “extraordinario lector” en México significa casi simplemente saber leer, o leer al año unos cinco o seis libros. Por eso el adjetivo “extraordinario” amerita alguna precisión: un escritor debe ser un lector fuera de serie no sólo por la cantidad de libros que lee, sino por los libros que escoge y, sobre todo, por el modo en que los lee.
No importa tanto leer muchos libros, ni que los libros sean todos de la Divina Comedia para arriba, sino la actitud que el escritor asume frente al texto. Un escritor problematiza su lectura, escarba, indaga, revuelca los párrafos, reelabora en su mente las ideas, celebra un adjetivo inusitado como si fuera el hallazgo de un diamante. Cuando encuentra, entonces, un libro que de manera reiterada le ofrece motivos de deslumbramiento, sabe que está ante una obra cuyo destino es el altar personal. Un escritor es de entrada, por tanto, un hombre que admira, que reconoce a uno, dos, tres, veinte, cuarenta colegas generalmente ya muertos a quienes considera inalcanzables acaso porque los son.
Antes ese hermoso/horrible panorama, ¿qué puede opinar un escritor sobre sus propios libros? Tiene cuatro caminos, a saber: a) Elogiarse irresponsablemente, incluso autorrecomendarse; b) Denigrarse de forma inverosímil, pues todo mundo sabe que detrás del flagelo murmura un vanidoso de clóset; c) Campechanear, decir “mi libro no es la gran cosa, pero por allí esconde dos o tres versos afortunados”; y d) Olvidarse de la obra propia, hacerse el distraído, silbar un bolerito y mirar al otro costado como si no fuera culpable del puñado de páginas que hubiera sido mejor no publicar.

miércoles, diciembre 18, 2013

Las manos de Jérôme













Desde hace mucho domino dos o tres actos de prestidigitación, esto para beneplácito de mis tres hijas y mis 17 sobrinos. Son sencillos, caseros, tanto que cualquiera podría aprenderlos con un poco de habilidad y práctica. Ese movimiento natural de los dedos para manejar algún objeto pequeño se aprecia en el video "Manipulación Sorteo del Mundial 2014" en el que Jérôme Valcke, secretario general de la FIFA, abre las bolitas con las tiras de papel que poco a poco fueron conformando los grupos en los que, por cierto, a México le tocó bailar con el más feo.
El video, pese a su producción un tanto rústica, evidencia como cachetada lo que pudo haberse evitado con total facilidad mediante varias técnicas de transparencia a la hora de sortear algo, algunas usadas hasta en las ferias de rancho. No sé, una mesa transparente, un par de edecanes con mano santa, un interventor de la Secretaría de Gobernación, la catafixia de Chabelo… pero no, los mercenarios de Zurich prefirieron un método más oscuro que el usado por el pactismo reformista mexicano.
Los mafiosi de la FIFA tienen, se supone, algo de recursos económicos como para organizar con decoro, y sin migaja de duda, una tómbola en la que el azar debe tener el mayor de los protagonismos. Optaron sin embargo por instruir a una especie de prestidigitador y sembrar inquietudes sobre la naturaleza chapucera del sorteo. En un comunicado que buscaba contradecir las acusaciones de chanchullo, los angelitos de la FIFA señalaron que “Durante el sorteo había al menos siete cámaras desde diferentes perspectivas apuntando al secretario general de la FIFA (…). Dos desde delante, una desde la derecha y otra desde la izquierda, una desde detrás y otra directamente encima de su cabeza”.
El argumento no aclara nada. Pudieron ser mil cámaras, pero si la producción televisiva fue de la propia FIFA podían ser manejadas para que jamás se viera lo que luego despertó las sospechas. Cierto que por intereses de mercado los grupos del mundial son administrados con cabezas de serie y demás, para no dejar las manos totalmente libres al azar, pero también es cierto que la naturaleza de un sorteo no es la de controlar aquello que en teoría determinará la suerte.
En Brasil, empero, el sorteo sólo tuvo una bolita, la del país anfitrión, evidente y abierta por un sujeto distinto a Valcke, además de las mostradas por el bombón Lima. Todas las otras quedaron a merced del secretario de la FIFA, quien las abrió casi literalmente abajito de la mesa, siempre en un acto de prestidigitación socorrido por una impertinente mesa azul.
Ahora bien, con o sin azar, este torneo es un desafío para cualquier equipo. No sé si a México lo echaron a ese grupo así nomás, al estilo FIFA, o fue el azar el que nos deparó a Brasil. Sea como fuere, cualquier grupo está para parir chayotes, aunque debemos estar tranquilos: ninguna otra selección tiene a Oribe Peralta.

sábado, diciembre 14, 2013

Morena de mar o los primeros oleajes del deseo




















A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de conocer a muchos escritores jóvenes. Como en cualquier disciplina artística, deportiva o académica, he visto de todo. Escritores o prospectos de escritores sin talento pero ganosos; talentosos pero sin entusiasmo; sin facultades pero altaneros; dotados para escribir y por ello ensoberbecidos; aptos, rigurosos para trabajar  y muy centrados. De todo. En 1998 o 99 me topé con Daniel Lomas y desde sus primeras cuartillas algo vi que me pareció, como hasta ahora, digno de énfasis: una manera poética y profundamente humana para percibir la realidad. Lo primero que le leí fue poesía, una poesía plena de imágenes relampagueantes, de fogonazos algo vallejianos o jaimesabineanos. Luego leí su narrativa, varios cuentos en los que advertí el pulso de un artista que mira al mundo con azoro y una especie de sutil compasión y un tenue humor frente a los habituales desfiguros de la vida humana. Años después, cuando ya había quedado lejos el taller literario donde me compartió sus primeras tentativas literarias, tuve la suerte, como ahora la tendrán todos ustedes, de leer Morena de mar, su primer relato con aliento novelístico.
Tras leerlo me he felicitado por el buen ojo que he tenido al creer siempre en las virtudes literarias de este autor. Sin renunciar al derecho penal, su especialidad profesional, lejos siempre de grupos y de aparadores, Lomas ha sido leal al joven que conocí como estudiante, pues sin pausa se ha entregado a la lectura gozosa y atenta de excelentes libros y a la escritura de poemas y relatos que, como le he dicho siempre, serán recibidos con beneplácito a medida que vayan viendo la luz editorial.
Baste como ejemplo lo que nos depara Morena de mar, una novela que se deja leer harto placenteramente. Lo primero que gusta al ingresar en ella es el cadencioso flujo de la prosa, un ritmo que poco a poco nos cautiva e impide que la abandonemos. Creador, como ya dije, de imágenes certeras, Lomas es un gran observador de los detalles, y a todos les saca jugo, tanto que en cualquier párrafo hallamos una entonación que, sin desviarnos de su empeño narrativo, siempre tiene una voluntad de estilo cercana a la poesía. Por ejemplo, este pasaje casi del arranque:

Justo en ese momento varias muchachas cruzaron correteando por la terraza del hotel. Era un grupito de diminutos bikinis. Triangulitos de bikinis que se apretaban fieramente contra las nalgas. Colas de caballo cayéndoles sobre las nucas. La tez bronceada y turgente. Como un barullo, las chicas pasaron por la terraza loquitas de la risa y dejaron tras de sí una estela de alegría: el inconfundible aroma de la juventud. Mi padre, escondido detrás de unos negros lentes clandestinos, las siguió con los ojos torciendo el cuello lo más que pudo, como un avestruz, y dijo:
—Por qué no sueltas el libro y las sigues. Míralas, güey, míralas.

Mientras uno lee, pues, asiste al espectáculo de una prosa medida, equilibrada, sobria y al mismo tiempo alegre, viva, una prosa que comunica no sólo las peripecias de los personajes, sino una atmósfera donde cunden emociones de todas las coloraturas.
Pero más allá de esa virtud, que es la primera de las virtudes que solemos demandar a cualquier narrador, Lomas tiene la capacidad de irnos inquietando a medida que volvemos las páginas de su libro. Un viaje a Mazatlán, el del personaje narrador con su padre, sirve de pretexto para introducirnos al mundo del despertar sexual, que casi es lo mismo que decir del despertar a la adultez. Uno siente allí, por supuesto, la resonancia de Las batallas en el desierto: un hombre ya de cierta edad nos cuenta su experiencia en aquel lejano viaje al litoral mazatleco. Lo hace a sabiendas de que, por más que lo quiera, el chico de la historia ya no es el adulto que narra. O, dicho de otra manera, es y no es, y esta ambigüedad imprime en el relato un juego permanente, una especie de estructura de cajas chinas armado no tanto con las anécdotas, sino con la perspectiva del narrador. El narrador Lomas cede la palabra al personaje narrador adulto que a su vez cuenta las andanzas del mismo personaje narrador cuando era joven y se topa con el apabullante mundo del erotismo encarnado, muy bien encarnado, por Matilde.
Unos cuantos días son entonces recordados por el personaje narrador adulto, aquellos en los que él, de jovencito, de cuasi adolescente, estuvo en Mazatlán en compañía de su padre y vivió un primer y repentino encontronazo con la felicidad sexual. Con esta anécdota, Lomas parecía tener la mesa puesta para regodearse con escenas salivosas y seminales, para llevarnos de la mano hacia los terrenos del voyeurismo tres equis. No lo hace. Antes bien, reprime un poco a su personaje, lo hace dudar muy coherentemente, por su edad, cuando se enfrenta a Matilde, quien experimenta asimismo, dadas las circunstancias de su vida, una especie de reticencia en sus acometidas a la juvenil bragueta que el destino le puso en Mazatlán.
El padre y sus maromas etílicas y sexosas, siempre con el eterno portafolios, aparece en Morena de mar como contrapunto tragicómico de la poesía y el delicioso desconcierto encerrados en el encuentro del joven con Matilde. Se trata, por todo, de un relato entrañable, de una primera novela que a mi parecer nos pinta a Daniel Lomas como lo que es: un estupendo narrador.

Morena de mar, Daniel Lomas, Dirección Municipal de Cultura de Torreón, Torreón, 2013, 105 pp. Comentario leído el 28 de noviembre de 2013 en la presentación de este libro celebrada en el Museo Regional de La Laguna. Participamos Enrique Sada, el autor y yo.

miércoles, diciembre 11, 2013

Memoria y permanencia




















Aunque presumimos lo contrario, tenemos mala memoria. Pasan apenas unos cuantos años para que olvidemos lo que, se supone, siempre deberíamos recordar. Por ejemplo, en México se sigue hablando hoy de polarización, de esa división social provocada por lo ocurrido en 2006. Lo que no se recuerda es quién, cómo y por qué la propició. Contra esa mala costumbre, ciertas sociedades tienen la buena costumbre de organizar documentos para tenerlos siempre a la mano y recordar cuando es debido. Los franceses, por caso, son maestros en la organización de archivos, y acá en América, desde hace algunos años, los argentinos tienen la obsesión de documentar lo más posible el pasado reciente, harto monstruoso.
La memoria, entonces, alcanza su dimensión mayor cuando la aterrizamos en documentos. Sea de interés colectivo o individual, es importante ver que cuaje en papel o, ahora también, en audio y/o video. El hábito, como ya insinué, no es común entre nosotros, y eso se debe acaso al recelo y los dobleces que Paz y otros han destacado en el ser mexicano. Nos gusta, pues, rodear, eludir, no mostrarnos.
Por esto es celebrable que Rosario Ramos haya escrito, publicado y presentado (el lunes 9 de este mes) Los días de mamá, memoria que recorre la vida de su madre en relación con la numerosa familia que le cupo en suerte. El diálogo que entabló la autora con su madre no fue sólo un diálogo literal, sino entablado incluso con silencios a lo largo de una vida poblada de anécdotas, tropiezos, desacuerdos y todo lo que en general sazona el caldo en el que se configura una familia.
Los presentadores destacaron, cada uno de acuerdo a su posición profesional, los valores de este libro. Ruth Castro, quien lo editó, dio una idea clara del trabajal que hay detrás de todo producto bibliográfico digno de ser llamado “libro”. Angélica López Gándara enfatizó el valor de lazo que entablan los hijos (sobre todo las hijas) con su madre, un lazo que por lo común se enreda o se tensa, pero que suele no romperse. Felipe Garrido, por su parte, enfatizó la importancia de la escritura como arma para luchar, así sea infructuosamente, contra el olvido que, como dice un tango, todo destruye.
Tuve ya la suerte de acceder, cuando se encontraba aún en estado embrionario, a las primeras páginas de lo que hoy es Los días de mamá. Puedo decir ahora que es un emotivo viaje al interior de esa relación siempre desafiante: la que mantenemos con nuestros padres y tiene por costumbre dejarnos insatisfechos, pues si nos brindamos a fondo o si les regateamos tiempo y afecto, de todos modos al final nos queda la sensación de que pudimos estar más cerca y brindarnos más.
Rosario Ramos ha pintado, como vocera de su amplia familia, una estela detallada del recorrido vital de su madre. Es un buen ejemplo para todos de que la memoria bien documentada se defiende mejor ante la inevitable erosión provocada por el tiempo.

sábado, diciembre 07, 2013

Los nuevos ojos


























Aunque se base en una anécdota personal del martes pasado, el tema nos atañe a todos, no sólo a quienes vivimos ya el privilegio/desafío de ser padres. Narro. Iba en el coche con mis hijas rumbo a su escuela, temprano. La de doce años llevaba una cartulina hecha tubo, y en un semáforo preguntó que si podía mostrármela. Le dije que sí. Al verla, traté de no exhibir ningún azoro, y pensé que se trataba de algún tema contenido en la unidad equis de cierta materia vinculada con lo social. Sólo dije que estaba bien y ya.
En realidad eran dos cartulinas, y ambas abordaban el mismo asunto: “El matrimonio entre personas del mismo sexo”. La niña me informó que era para una exposición en equipo que ofrecerían el jueves en el salón de clases, así que llevaba las cartulinas para que la maestra les diera el visto bueno. Todavía con interés intencionalmente mediano, le pregunté que dónde, en qué libro de texto, veían ese tema. Me daba íntimo gusto, por supuesto, que los libros de texto ya asumieran ese tópico como parte de lo que se debe plantear y debatir en la adolescencia.
Yo estaba seguro de que mi hija contestaría algo así: “Es del libro de educación tal, unidad tal”. Pero no, su respuesta fue deslumbrante: “No viene en ninguno de los libros. La maestra dijo que eligiéramos nuestra exposición de manera libre, y si ella no hubiera estado de acuerdo, no hubiera sido libre. El tema lo propuse yo, y mis compañeros y compañeras de equipo lo aceptaron”. Debo decir que en ningún momento percibí morbo o una curiosidad anómala en esta conversación, y me cuidé de no parecer demasiado inquisitivo, aunque tampoco indiferente. El jueves se dio la exposición, les fue muy bien, y fin, no pasó nada.
Lo que veo detrás de esto es mucho más de lo que ocurrió, claro. Veo un cambio de mirada respecto de un asunto que en la niñez de quienes pasamos, no sé, los cuarenta años, no sólo era imposible tratar, sino siquiera pensar como posible, como “tema”. Jamás, que yo recuerde, y eso que estuve en puras escuelas públicas, hablamos sobre homosexualidad de manera frontal, en el grupo; jamás en las conversaciones privadas de los patios escolares dialogamos sin tomar el tema a broma o sin hacer sátira del compañero o compañera, o maestro o maestra, que estuvieran bajo sospecha colectiva.
Más allá de que sólo sea un abordaje esporádico, una anécdota y no la unidad específica de un libro de texto en el área de “ciencias sociales”, me dio gusto saber que cuatro niños de doce años expusieron frente a su grupo, hayan dicho lo que hayan dicho, un asunto que, como tantos otros, debemos orear sin miedo hasta alejarnos del tratamiento añejo: el del secreto, el de la burla o, principalmente, el del silencio. Y nota: tomé foto a las cartulinas, las que encabezan este post.

miércoles, diciembre 04, 2013

Y volver volver volver



















La vida está básicamente hecha de despedidas; también, a veces, de regresos. Yo, que me he despedido de tanto a lo largo de tantos años; yo, que una tarde de noviembre de hace un lustro disparé al ángulo de una portería, oí un crack en mi rodilla y con eso terminé mi vida en el futbol; yo, que en 1997 renuncié sin tragedia a vivir en un lugar que no fuera La Laguna; yo, que en enero de 2011 bajé la cortina de esta columna, vuelvo hoy como quien anuncia una gran reapertura para beneficio de los clientes pero que, en el fondo, es una consecuencia de la nostalgia, esa nostalgia que semana tras semana me empujó a opinar sólo íntimamente sobre todo lo que se me atravesaba en la calle y en el alma.
Desde hace meses, o quizá desde el mismísimo día de la despedida que al final no ocurrió para siempre, como podemos ver, quedé sin degustar el placer de la adrenalina generada por los cierres de edición. Escribí cuanto pude para mi blog, y en él están esos testimonios de redacción apresurada y voluntariosa, pero no es lo mismo. El blog, pese a las bondades que le sigo viendo, no aguija, y la necesidad por alimentarlo sólo compromete a su administrador. Así, sin el azote de la mesa de edición ni la expectativa de los lectores que buenamente admiten esto, el impulso por opinar se evapora y queda reducido a intermitentes apariciones blogueras o bibliográficas.
Eso me pasó. Escribí mucho durante mi paréntesis periodístico, pero no tanto como lo hubiera deseado, y todo por la falta de presión, esa "carrilla" (como decimos aquí) que impone el trabajo cuando es obligatorio y conlleva plazos perentorios. Unos meses luego de dejar Ruta Norte descubrí tuiter y en esa pedacería amorfa volqué (en horas deliberadamente no laborales, pues nunca faltan los seguidores con lupa) mi inquietud tecleadora. Alguna vez calculé incluso que a diario escribí el equivalente a un artículo como el que aquí transcurre, sólo que en migajas, sin unidad, tuitero en suma.
Vuelvo pues ahora y espero reencontrar a los lectores que generosamente me acompañaron en el, digamos, primer periodo de Ruta Norte. No se aprende mucho en tres años de ausencia, así que este retorno ofrece casi lo mismo que ofrecí antes; a saber, pareceres sobre temas misceláneos, aunque la mayoría, sí, literarios; además, el deseo infatigable por generar en el lector el apetito por acudir a ciertos libros, a cuentos, a ensayos, es decir, que el camioncito rutanorteño conduzca a donde haya páginas que sean útiles para algo más que pasar el rato.
No reaparezco sin agradecer a quienes posibilitan esta vuelta. A Marcela Moreno, porque suspendimos el diálogo unos meses, aunque siempre, creo, con la idea secreta de que seguíamos conversando. A Heriberto Ramos Hernández, que con su buena memoria me hacía ver frecuentemente que no todo maquinazo anterior fue pasto del olvido. Y a los lectores y amigos que aquí y a allá, sin alharaca, sin ruido, de vez en cuando nomás, me preguntaban sobre un posible retorno de la columna. Bien, aquí está.

miércoles, noviembre 13, 2013

Cuaderno de hojas ya imborrables




















Conocí a Carlos Canales Cobo en 1985. Fue en la ceremonia de premiación del primer concurso de cuento Magdalena Mondragón organizado por el Departamento de Difusión de la Universidad Autónoma de Coahuila Unidad Torreón. Aquel departamento tenía su sede sobre la calle 12, entre Juárez y Morelos, de Torreón. Tanto Carlos como yo fuimos a recibir una mención honorífica otorgada por el único jurado del concurso, el novelista Rafael Ramírez Heredia, quien estuvo presente. También estaba allí, claro, Alfredo Hernández, ganador del primer lugar.
La ceremonia ocurrió un mediodía, y tuvo prensa local. Recuerdo que la pequeña sala del edificio lució abarrotada, pues hasta ese momento no eran tan comunes los concursos literarios en nuestra comunidad. He dicho en otras ocasiones que ningún reconocimiento me ha provocado más alegría que aquella modesta mención honorífica, pues fue el primer espaldarazo de este tipo a mi carrera de escritor, entonces indecisa. Crucé dos o tres palabras con Ramírez Heredia, quien para entonces habitaba los cuernos de la popularidad debido a que unos meses antes había ganado el premio internacional de cuento Juan Rulfo, en París, con su famoso Rayo Macoy. El ambiente fue festivo, nos tomaron fotos y por supuesto no faltó un apretón de manos a Carlos Canales Cobo. Conservo el recorte de prensa donde en la misma nota, casi en el mismo párrafo, se informa que Carlos y yo obtuvimos mención.
Durante 25 años supe pues que Carlos escribía y, sobre todo, que era un lector insaciable y atento. Dos, tres, cinco, siete veces me lo encontré aquí y allá, lo que en La Laguna sigue siendo posible. Nos saludábamos, cruzábamos unas cuantas cordiales palabras y nos despedíamos. No puedo decir por ello que haya sido mi amigo, pero sé que ambos conservábamos el buen recuerdo del concurso al que enviamos un cuento que al final no pasó del todo inadvertido. Creo que también coincidimos, como colaboradores externos, en las páginas de la revista brecha en donde yo, luego, edité durante ocho años el suplemento cultural la tolvanera.
Hacia el 2011 conocí a Patricia Mediana Pegram, esposa de Carlos, gracias a Domingo Deras, amigo común. Creo que en nuestra segunda conversación Patricia me enteró que Carlos había dejado algunos cuentos y deseaba saber si tenían la calidad suficiente como para intentar su publicación póstuma. Me los envió y apenas fue necesario hincar el ojo a las primeras cuartillas para advertir que se trataba de textos con una prosa limpia y una mirada profunda sobre la condición del cuento como estructura y, principalmente, sobre la narrativa como rendija para otear la condición humana. Muchos meses después, más de los que yo hubiera deseado, esos cuentos han quedado agrupados en Cuaderno de hojas tristes, libro que presentamos esta noche.
No dudo en enfatizar que se trata de ocho cuentos que delatan un asombroso oficio de cuentista. Digo asombroso porque Carlos no escribió mucho, pero en estas ocho historias es visibilísimo que detrás de sus anteojos había una mente muy bien acondicionada para construir historias eficaces. Eso se debe, sospecho, a que más allá de la escritura en Carlos habitó un lector minucioso, un gourmet de buena literatura. Tanto sus estudios como su mundo laboral estaban lejos del ambiente artístico local, pero en la soledad de su descanso puedo imaginarlo frente a la reflexiva página literaria, acaso siempre con el lápiz y el cuaderno de notas que servirían, llegado el tiempo, para escribir.
Destilados poco a poco, los cuentos de Cuaderno de hojas tristes exhiben pues la mano de alguien que piensa y que siente, no sólo de un lector agudo de libros, sino de realidades cotidianas que envasadas en relatos nos comunican una grata experiencia de vida. En otras palabras, veo en este racimo de páginas las tres virtudes que suelo destacar en un buen hacedor de cuentos: prosa sin tropiezos, estructuras cuentísticamente válidas y colmillo para observar el alma humana. Con este libro sin ripios, Carlos Canales Cobo nos seduce y deja una prueba contundente de que la literatura, entre otros muchos intereses, habitó su alma.
Luego del hermoso prólogo de Patricia Medina, comenzamos a leer los cuentos y a su vez comenzamos a coincidir con ella: “Qué ganas de poder escribir así”, dice Patricia. Y yo afirmo, con verdad, que es cierto: hay pliegues envidiables en cada relato, recovecos en los que se nota una mirada humana, cálida, honda, generosa siempre. Carlos, me parece, fue un voyeur del espíritu, un escudriñador de la interioridad donde se agazapan nuestros sentimientos, un hombre que bien supo caminar dentro de sí mismo, eso que suele ser la andanza más difícil.
Noto una apretada unidad de tono y de enfoque en los ocho cuentos, casi como si hubieran sido pensados para habitar un mismo libro, éste. Creo que Carlos Canales Cobo no los concibió así. Sé que los fue escribiendo poco a poco, porfiadamente, acaso sin pensar que alguna vez iban a configurar un todo. Eso habla bien, demasiado bien, de su congruente procedimiento. Quizá no sabía si los relatos avanzaban de manera solvente, pero siguió escribiendo con una noción clara de la textura prosística, de la estructura del cuento y, sobre todo, del tipo de personajes que se iban hospedando en sus historias. Al final, insisto, logró un producto más que estimable, como lo podremos apreciar si hacemos la prueba de fuego a todo libro de cuentos: leer dos o tres al azar, los que queramos. Apuesto doble contra sencillo que Cuaderno de hojas tristes nos tomará de las solapas y no nos dejará escapar hasta leerlo íntegro.
“Aniversario”, el primer cuento, es una maravilla que narra la imposición antigua, aunque no tan remota, de cierto tipo de matrimonio a las mujeres. Es un cuento conmovedor, escrito en sutil defensa del albedrío que debe tener la mujer para elegir su destino familiar, no el que le enjareta el entorno en el que ella vive.
“Las cartas de la esposa” es un poco lo contrario al cuento anterior: la mujer que pugna hasta el dolor por hacer feliz al hombre que ama. Creo que es el relato más poético del conjunto y por eso mismo uno de los más conmovedores.
“El experimento” y “Los amantes” son los dos más jocosos. El primero, con un viaje retrospectivo a la adolescencia y los peculiares amigos, al recuerdo como reconstrucción del pasado. “Los amantes” es, desde el punto de vista meramente estructural, una obra maestra: se trata del cuento mejor edificado del racimo. La sorpresa final, ya lo leerán, es un mazazo para todos. “Gas” anda un poco en ese registro un tanto jocoso-nostalgioso, y gusta sobre todo por la simpatía que irradia un personaje: Pedro, dueño del bocho que pese a su final trágico no deja de parecer encantador.
“La alberca” y “El maestro” son dos homenajes. Uno a su extraordinario y callado suegro, y otro a Max Rivera, aquel mítico profe y cinéfilo lagunero. En ambos casos, Carlos Canales pinta al óleo dos perfiles entrañables, uno por su disciplina como instructor de natación y otro por su entrega a la narración oral como forma de la enseñanza. En ambos casos, lo aseguro, estamos ante cuentos redonditos.
“El segundo que suena más fuerte” cierra Cuaderno de hojas tristes. Es un relato escrito a cuatro manos, una evocación en la que todas las formas del cariño son posibles, desde el cariño a los amigos al cariño al arte, desde el cariño a los hijos al cariño a la vida, y etcétera.
Por todo, me siento orgulloso de este libro, tanto que me resulta imposible no celebrarlo y no recomendarlo. El gran ser humano que fue Carlos Canales Cobo vive en estas páginas. Dialoguemos con él.
Comarca Lagunera, 13, noviembre y 2013

Cuaderno de hojas tristes, Carlos Canales Cobo (prólogo de Patricia Medina Pegram), Gobierno del Estado de Coahuila-Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2013, fue presentado el 13 de noviembre de 2103 en el marco del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa en la Galería de arte contemporáneo del Teatro Isauro Martínez. Participamos Patricia Medina Pegram, Federico Sáenz y yo.

domingo, noviembre 10, 2013

Bondades de La Molesta Orquesta





















Frino, conocido a veces como Antonio Rodríguez Aguirre, es más, mucho más que un sobrenombre. Al decir Frino debemos pensar por ello en muchos Frinos. El Fino músico, creador de grupos vinculados sobre todo al blues; el Frino dramaturgo, ganador del premio nacional de teatro para niños con la obra El vuelo de Cliserio; el Frino graduado en la UNAM y especialista en estudios latinoamericanos; el Frino coordinador de talleres de creación lírica en la Escuela de Música del Rock a la Palabra del DF; el Frino periodista que alimenta desde hace años un espacio en El Siglo de Torreón; y, por último, el Fino poeta. ¿Cuál Frino recomendamos más? O, también, ¿cuál Frino le gustará más a Frino?
No puedo responder a la segunda pregunta, pero mi respuesta a la primera es ésta: me quedo con todos los Frinos. He tenido la suerte de ver diferentes frutos de su trabajo y puedo asegurar que él es, en Coahuila, uno de los jóvenes artistas más destacados de su generación. Por ello, cuando supimos que tenía un material poético pensamos de inmediato que era bueno y absolutamente digno de publicación. Ni Salvador Álvarez, coordinador del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa 2013, ni yo lo dudamos: los poemas de La Molesta Orquesta, en concierto, son un racimo de ingeniosos y disfrutables poemas que si bien tienen un registro infantil, lo mismo agradan o pueden agradar al adulto que pase su vista por estas páginas.
Yo, por suerte, entre las obras que ya conocía de Frino leí en 2010 sus ¡Buen viaje! Décimas, sonetos, octavas y liras para niños, libro publicado por el Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México con un tiraje de 2650 ejemplares. Quedé encantado con aquel libro, así que fue fácil adivinar que La Molesta Orquesta deambulaba por esa misma calidad literaria. Y así fue, como trataré de demostrarlo.
Frino armó en La Molesta Orquesta otro libro muy bien articulado. Son 25 poemas (el último dividido en seis trancos) relacionados la mayoría con determinados ritmos musicales asimismo asociados, en este caso, con personajes del reino animal o fantástico. Los títulos mismos evidencian este propósito con el recurso de la aliteración. “Guaracha la cucaracha”, “Hip hop del hipopótamo”, “Los tangos de una tarántula”, “Zamba del zombie descalzo”, “Jazz de jirafas”, “Vals de un vampiro vanidoso”. Estos poemas han sido construidos en distintos metros, aunque destacan el octasílabo y el endecasílabo, que Frino domina. También hay poemas en verso libre, de manera que desde la perspectiva formal hay un tratamiento misceláneo, un abordaje que fluctúa entre el molde tradicional a otros más cercano a los gustos de esta época.
Cuando publicó sus Décimas, sonetos, octavas y liras para niños, escribí que “Frino es acaso uno de los últimos versotradicionalistas que se han tomado el serio el asunto. Tan en serio lo ha hecho que en sus manos el metro y la rima adquieren una luz especial, la luz de la creatividad. Por eso dije hace unos renglones que este tipo de poesía sin malicia, sin picardía, suena bofo, arcaico, pasado de moda. Lo contrario, cuando detrás de los versos está un tipo conciente, hábil y sobre todo bien dotado como restaurador de músicas, el poema se levanta como sonido de campana”. Me refiero con eso a que, por ejemplo, a los jóvenes no les interesa hoy el soneto ni la décima, porque les parece avejentado. Frino, como buen músico, sabe que el metro y la rima bien usados facilita o genera cierto ritmo, de manera que lo practica con soltura, sin miedo, con permanente afán lúdico. Vemos el caso de las estrofas que componen “Guaracha de la cucaracha”, uno de mis poemas favoritos en La Molesta Orquesta:

En cuanto llega la noche
es hora de la guaracha
y sale de su escondite
a bailar, la cucaracha.

Baila en tu libro de Historia,
también sobre tu mochila
y en tu cama sus hermanas
bailan haciendo una fila.

También sobre las cucharas
hacen sus mejores pasos
y sus zapatos rechinan
en las tazas y en los vasos.
                                        
Bailan dentro del armario
sobre las prendas de seda
y encima del diccionario
bailan formando una rueda.

¿Quieres saber qué pasa
mientras tú sueñas?
Sobre ti las cucarachas
bailan risueñas.

Para cuando el sol despierta
y del baile están cansadas
las cucarachas regresan
a la paz de sus almohadas.

El mismo octasílabo, pero no en estrofas de cuatro versos sino en una décima o espinela, está presente en “Omelette existencial”, una joya que rehidrata jocosamente el eterno dilema del huevo y la gallina:

La trampa está en suponer
que son cosas diferentes,
por eso dice la gente
que falta por resolver
si antes en aparecer
fue la gallina o el huevo,
el argumento no es nuevo
pues saben aquí y en China
que el huevo será gallina
y fue la gallina un huevo. 

Ahora bien, no todo está medido a la manera de los poetas que nos dieron lengua. En el “Salmo del salmón” no hay metro, pero sí un juego de naturaleza bisémica con la palabra “nada” que hace de este poema una pequeña perla cercana, me atrevo a decirlo, al destino de la mayoría de los hombres:

En contra de su salado destino
nada siempre el salmón
nada en el río
con decisión
y nada lo detiene
cuando nada
ni las rocas
ni las dudas
ni las redes
ni la espada 
nada
nada
y nada.

Creo que en esos tres poemas he podido describir algunas bondades de La Molesta Orquesta. Por eso reitero que se trata de un gran libro, y que sus hijos y ustedes deben leerlo con el ojo y el oído y la mente bien abiertos, para que adviertan sus abundantes sutilezas. Para leerlo pueden comenzar incluso de atrás para adelante, pues las cinco décimas de “El oro del loro” sin un anzuelo que ya no los dejará escapar del libro.
La Molesta Orquesta, en concierto, por todo lo dicho y citado, es otro regalo para los niños del generoso y versátil Frino. Que digo para los niños: para todos, tengamos la edad que tengamos.
Comarca Lagunera, 10, noviembre y 2013

La Molesta Orquesta, en concierto, Frino, Gobierno del Estado de Coahuila-Ayuntamiento de Torreón, Torreón, 2013, fue presentado en el marco del Festival de la Palabra Enriqueta Ochoa el domingo 10 de noviembre de 2103 en la Plaza Mayor de Torreón. Este post contiene las palabras que dije en aquella oportunidad.