jueves, septiembre 06, 2007

Amasijo de claves



En el principio era el nombre; luego llegó el apellido. Más adelante, muchos siglos más adelante, uno era el nombre y un número de teléfono compartido con toda la familia. Hoy, uno es un nombre, uno o dos números de teléfono fijo, uno o dos números de celular, un RFC, un CURP, uno o dos o tres o cuatro nombres de mail, uno o dos nips de banco y no sé cuántos malditos passwords. De todo ese mar de etiquetas que son uno, la que más me ha intrigado desde hace algunos años es la o las que elegimos para el correo electrónico. En ese vasto universo de nombres gratuitos, la inventiva del ser humano demuestra que no tiene orillas.
Hay de todo. Por ejemplo, en mi caso, la primera cuenta de e-mail que tuve la “contraté” en 1998, y fue irritililla@yahoo.com.mx; como se saturó de inmediato dado que Yahoo sólo almacenaba información finita, abrí irritililla2001@yahoo.com.mx, y la volví a saturar, pues tengo el hábito de no tirar las cartas que me parecen importantes, o sea, casi todas. Luego abrí irritililla2002@yahoo.com.mx, y hasta allí llegué en eso de homenajear a los antiguos nómadas de La Laguna. Luego inauguré otra, semillascigarros@yahoo.com.mx, que celebraba el grito de guerra emitido por quienes venden deliciosa chatarra en los estadios laguneros.
Pasado cierto tiempo, requerí el servicio del messenger, y abrí para ello una cuenta que rinde tributo al mejor luchador lagunero de la actualidad; ésta casi no la uso, pues tengo poco tiempo para conversar por la vía electrónica. Hoy, para mi correspondencia, empleo rutanortelaguna@yahoo.com.mx, que conjuga, gracias al nombre de una línea local de camiones suburbanos, mi orgullo de ser norteño y, más precisamente, lagunero.
Como todos, he visto de todo en materia de nombres para cuentas de correo electrónico: desde los más simples, como juanperez@hotmail.com, hasta unos verdaderamente intragables, como khaywj92kyq8ncx@gmail.com. He visto poéticos o seudopoéticos: amorcrepuscular@yahoo.com, agresivos: perrodelinfierno@hotmail.com, groseros: tentucamote@yahoo.com, osados: discipulodesocrates@gmail.com, políticamente convencidos: soyblanquiazulyque@hotmail.com, filosóficos: piensoluegoexisto@yahoo.com, enamorados: teamonicolekidman@gmail.com, perversos: hijodekamelnacif@hotmail.com, albureros: techodepalos@yahoo.com, cínicos: superhuevonazo@gmail.com, apocópicos: jamuva@yahoo.com.mx, institucionales: lpz_cipomex_sa@gmail.com, mamones: melapellizcas@hotmail.com, orgullosos: walter_larios_peña@yahoo.com, calenturientos con imposible eñe: quierouncono@gmail.com, y etcétera.
La lista, como digo, es infinita y divertida, pese a su monotonía. De todos los nombres de e-mail que conozco, el mejor, el que más envidio lo acuñó el sociólogo y cantautor lagunero Toño Rodríguez Aguirre, hermano gemelo de Vicente el escritor: cuandodespertoeldinosauriotodaviaestabaalli@hotmail.com. Genial.

miércoles, septiembre 05, 2007

El error técnico



Las lecturas al pasado fin de semana pueden ser muchas, y todas dependen de la posición desde la cual juzga el sujeto. Para unos, la salida de los legisladores perredistas fue una derrota amarilla; para otros, una muestra de civilidad política; para unos, los mensajes de Calderón fueron dos primores de estadista; para otros, gritos desesperados para obtener algunas pizcas de legitimidad; para unos, las palabras de los informes que se bifurcan son prueba de que el país ha encontrado ya un nuevo camino hacia el progreso; para otros, Calderón salió a la hora de la hora más lopezportillista que López Portillo en eso de tirar paparruchas mareadoras.
Véase desde donde se vea, cada quien saca sus conclusiones, y está en su derecho de hacerlo. Para mí, que como algunos saben soy un mexicano que no sabe quién es su presidente, los decires de Calderón emplean saliva en vano, pues su investidura es tan borrosa como la de López Obrador, y en el extremo de los dos casos nunca me he atrevido a quedarme con alguno, pues así como no puedo demostrar el triunfo de equis, tampoco puedo, como todos en México, demostrar la derrota de zeta. En otras palabras, la institución presidencial quedó convertida en un muladar inextricable luego del 2 de julio de 2006.
Pese a ello, muchos son enfáticamente optimistas y claros, no tienen ni un átomo de duda: Calderón no sólo ganó, sino que el producto (pese a parecer pirata) ha salido tan bueno que en un año mantuvo a la nación en paz, la patria tiene rumbo, las encuestas le conceden amplio y creciente respaldo popular y, en suma, los escépticos deberían callarse la buchaca, olvidar la necia discusión y sumarse al ideal de construir El País Que Queremos, parezca o no legítimo el residente principal de Los Pinos. Toda proporción, el resumen del primer año felipista huele demasiado a salinismo, quién sabe por qué.
En ese batido escenario, el papel de los medios es fundamental. Predomina quien controla los discursos, quien maneja la información, quien edita la realidad al gusto de tal o cual interés. Es fácil detectar la manipulación, pero como el juicio a los mensajes también depende de la subjetividad, lo que unos advierten como sesgo otros lo clasifican como objetividad. Esa es la razón por la cual no deja de maravillar la aparición de una ballena en el río revuelto: es tan evidente su presencia que nadie, ni los genuinamente convencidos, pueden dudar que se trata de una ballena. Eso es el “error técnico” del primero de septiembre, un cachalote que sólo la locura puede atribuir a descuido o a pifia. La censura nada subjetiva, por eso, me parece lo más sobresaliente del fin de semana pasado: gracias a ella podemos constatar quién y cómo maneja la información en este país. En todo caso, no se trató de un "error técnico”, sino político: un error que encueró a quien nos gobierna.

domingo, septiembre 02, 2007

Manita sudada



La censura de ayer, justificada imbécilmente como error técnico, no hace sino confirmar lo que sabíamos: las televisoras, auténticas filibusteras de la información, manejan sus contenidos en armonía con el poder político y empresarial. De hecho y por lo visto ya no se sabe bien a bien qué fue primero: el poder político o el mediático. El caso es que van de la mano, juntos hacia el despedazamiento del país.

sábado, septiembre 01, 2007

Los restos del ritual



El recuerdo es imborrable: la imagen de Porfirio Muñoz Ledo de pie, airado, a grito pelón contra el desconcertado presidente De la Madrid. En ese momento, nadie lo ignora, se partió en dos la historia del más faraónico de los ritos mexicanos: el informe de gobierno. El antes se caracterizaba por la genuflexión de todos los poderes al del presidente, y duraba tantas horas el incienso y el autoincienso que uno terminaba invadido de una bostezante náusea. Los recuerdo claramente, pues azotaron mi niñez y la de muchos mexicanos que andamos arriba de los 35 o 40 años: el país quedaba paralizado y por radio y televisión no había más voz que la del Emperador. A cada remate oratorio, a cada fabuloso logro enumerado, atronaban los aplausos serviles de quienes conformaban en la Cámara a los Hombres del Sistema, los diputados, senadores, secretarios de Estado, gobernadores, el regente del DF y toda la cáfila de invitados invitados nomás a lamer un par de empeines. Era el tiempo del poder omnímodo, del Infalible Todopoderoso Sexenal.
El después comenzó aquel 1 de septiembre de 1988 en el que Muñoz Ledo rompió el duro y sumiso protocolo con interpelaciones sin precedente en la historia del zarismo mexicano. Lo ha recordado hace poco, el 13 de agosto, Fidel Samaniego en El Universal: “Estupor en unos, nerviosismo en otros. Y luego, los gritos de varios. De la Madrid volteaba hacia el palco en el que estaba su mamá. Muñoz Ledo no evitaba el temblor de la barbilla. Montes le pedía que retornara a su lugar. Solicitaba al presidente que continuara con su discurso. Luego, más intentos muñoz-ledianos por interpelar al mandatario. Y más exclamaciones de sus compañeros contra el que ocupaba la llamada más-alta-tribuna-del-país. Y la manifestación silenciosa de los legisladores panistas, parados, con boletas electorales en las manos. El escándalo. Y algo también insólito, inédito: diputados y senadores del Frente Democrático Nacional abandonaban el recinto. El entonces gobernador de Aguascalientes, Miguel Ángel Barberena, apretó con su manaza el cuello de Muñoz Ledo, alguien más le tiró una patada, Otto Granados Roldán le lanzó una mentada”.
Ese fue el punto de arranque. Luego siguieron, o quisieron seguir, nuevos informes con el mismo formato monumental adecuado para el lucimiento del cesáreo presidente, pero ya no era lo mismo. Poco a poco, las circunstancias fueron cambiando, a la oposición le salieron nuevas uñas de gavilán pollero y ni Salinas ni Zedillo ni Fox pudieron repetir la grandiosa liturgia de antaño, con recorrido público y aplausos sin freno y besamanos y encopetamiento de todo lo humanamente encopetable por el poder presidencial exhibido una vez más ante el Agradecido Pueblo.
El colmo de los desastres, la puntilla o casi la puntilla, se la dieron a Zedillo. El Muñoz Ledo de ese momento fue Marco Rascón, del PRD, quien hace poco narró el hecho (“El informe del pelele”, La Jornada, 28 de agosto del 2007): “13:05 Se percibe una presencia perturbadora, pero silenciosa. Aparece abajo, al centro del escenario, frente al gabinete presidencial, un diputado que lentamente se coloca una máscara de puerco, mientras pone en el piso 30 carteles que empieza a pasar pausadamente, uno a uno. El primero decía así: ‘¡Gracias por exonerarnos: Madrazo y Figueroa, Los impunes!’ Otros: ‘Viva la economía de mercado!’ ‘Viva el siglo XIX. El clero y los militares’. ‘Queremos más privatizaciones y apoyo a los bancos. Porky’. ‘Colosio se mató solo. El fiscal’. ‘Vamos con Clinton, nuestro gallo’. ‘Entregar al país no es delito. Es eficiencia’”.
Con Fox la cosa siguió empeorando, tanto que en el último de sus informes, lo recordamos bien, tuvo que dejar su legajo en un pasillo de San Lázaro y largarse del recinto. Y ahora, en la discutida era del felipismo, la institución del informe es menos que una caricatura, un choro que deberíamos desaparecer, desaparecerlo como han desaparecido los beneficios reales al país, pues en el fondo tal es el tema: no tiene caso ya informarle fantasmagorías al arraigado desaliento popular.

Dos abrazos
Mario: bienvenido otra vez, amigo. Ya extrañábamos tus Politicuentos. Monsi: ánimo; toda mi solidaridad en este momento.

Saldo de la Argentina



Transcribo la entrevista matriz que le sirvió a Karla Lobato, reportera de La Opinión Milenio, para armar la nota que apareció hoy en ese periódico. En la foto aparezco con Fernando Fabio Sánchez, amigo lagunero con quien coincidí en nuestra reciente estancia porteña.


¿Cuál fue el resultado de este encuentro?
Fue muy satisfactorio; es la primera vez que participo en un encuentro sobre micronarrativa y encontré una comunidad compacta de teóricos y de creadores tan lúcidos como afectuosos. Reafirmé lo que ya intuía: que sobre la narrativa breve hay ahora una gran preocupación crítica y editorial. Además de hacer nuevos contactos literarios, establecí algunos compromisos con escritores de la Argentina, de México y de España. Uno de esos compromisos es participar en 2008 en el quinto Congreso Internacional de Micronarrativa a celebrarse en la provincia de Neuquén, en la Patagonia argentina. Ese será un encuentro mucho más amplio e incluyente, el más grande de su temática en el mundo.

¿Qué enseñanzas nuevas te deja este foro?
Que si bien se puede intentar buena literatura en el aislamiento, es mejor compartir lo que uno va trabajando con otros escritores de otras nacionalidades, eso para ver su reacción, las posibilidades del texto como producto aldeano o universal. Suena muy presuntuoso lo que quiero expresar nomás a manera de resumen: en la mesa donde leí algunos de mis microrrelatos me fue espléndidamente, tanto que un editor español se interesó en tenerlos para ver qué tan viable es su publicación en libro. No me puedo quejar: comprobé en los hechos que además de la novela y el cuento de amplio aliento, el relato brevísimo me acomoda y de alguna forma puede gustar a quien lo lee.


¿Cuál fue la respuesta de tu exposición?
Aunque creo que llevaba un buen trabajo de lo que se ha hecho en materia de microrrelato en Saltillo y Torreón, eran tantas las ponencias y tan poco el tiempo disponible para leerlas, que no me sentí muy satisfecho con esa lectura. Pese a ello, creo que será publicada una memoria del encuentro y allí, entre todas los ensayos leídos, aparecerá el que yo llevé y cuyo título es “Actualidad del microrrelato en los predios de Julio Torri”.


¿Con qué proyectos nuevos regresas?
Regreso con dos o tres nuevas convicciones: a) al margen de mi trabajo como cuentista y novelista, seguiré haciendo microrrelatos; b) preparar el volumen que tal vez sea publicado en España y c) asistir en 2008, sin falta, al encuentro internacional.


Por otro lado, vas a presentar el libro de Vicente Alfonso El síndrome de Esquilo, ¿cuál es tu percepción de este libro?
Según sé gracias al propio Vicente, este nuevo libro es una refundición de los cuentos que alguna vez aparecieron en su primer volumen, Naufragio en tierra firme, al que le hizo correcciones y al que añadió nuevos relatos. Como yo reseñé Naufragio… y como conozco la obra de Vicente, sé que se trata de un buen libro, de una obra que, pese a tener como autor a un joven, está llena de aciertos literarios. No podía ser de otra manera: Vicente es un talento, uno de los escritores con mayor futuro en la actual Comarca Lagunera. Mis palabras no profetizan nada: Vicente Alfonso es ya uno de los escritores más importantes que hayan nacido en La Laguna.

A casi ya 100 años de la ciudad, ¿cómo consideras que esté situado el ámbito de la literatura en Torreón?
Podría ser mejor, pero para las oportunidades que hay en la región es asombroso ver cómo nacen aquí buenos escritores. A mí me siguen asombrado las obras de Saúl, de Fer Martínez, de Gilberto Prado, de Gerardo García, de Pablo Arredondo, de Marco Jiménez, de Magda Madero y Yolanda Natera, pero a esos nombres no dejo nunca de sumar a los que conforman una generación anterior: Miguel Morales, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Miguel Báez y otros un poco más jóvenes como Daniel Maldonado, Carlos Velázquez, Daniel Lomas, Daniel Hernández, Carlos Reyes, César Cano, Iván Hernández y el propio Vicente. Aunque no lo creamos, La Laguna es, proporcionalmente, un semillero de buenos escritores, como lo demostraré dentro de poco en un libro que ya preparo en función de las celebraciones centenaristas.

25 de la UIA Laguna



Hace una semana la UIA Laguna cumplió su primer cuarto de siglo en Torreón. El aniversario lo viví, lo festejé quiero decir, físicamente muy lejos de la institución, pero harto cerca en el sentido que más importa, el espiritual. Mi paso por las aulas y los corredores de la Ibero fue tan largo como venturoso, y de alguna manera continúa, ya que gracias a sus publicaciones, sobre todo Acequias y el Mensajero del Archivo Histórico, sigo en contacto con los buenos frutos que a nuestra región ha dado esa universidad.
Durante casi veinte años de mi vida fatigué el espacio de la Ibero. Fue un trabajo que me dejó profundas satisfacciones y, creo, una todavía más profunda marca en mi visión del mundo. Desde el principio tuve allí la suerte de trabajar con lo que más me gusta, la literatura y el periodismo, siempre con absoluta libertad. No hubo en ningún momento de mi desempeño como académico una sola imposición de orden confesional; al contrario, siempre sentí que la libertad fue el escenario donde pude conversar a placer con alumnos, profesores y funcionarios, siempre en un ambiente de respeto y camaradería.
Esa es la razón por la que todavía hoy encuentro a ex alumnos o a ex compañeros de trabajo y nunca deja de florecer entre nosotros el saludo cordial, la grata recordación del tiempo en el que coincidimos dentro de la UIA. Tal es, creo, el mejor dividendo que se puede conseguir en una universidad: la certeza de que, si uno se identifica con la institución, no importan el tiempo ni el espacio para reconocerse parte de esa comunidad, y yo me siento y me sentiré parte de la UIA en virtud de mi trabajo como maestro y editor, ciertamente, pero más porque en ella cursé mis todavía titubeantes pero agradecibles cursos de maestría en Historia. Y más todavía que eso, reitero, porque allí logré convivir muchos años con amigos tan queridos y respetados como Gilberto Prado, Gerardo García, Sergio Antonio Corona, Cristina Solórzano, Mariana Ramírez, Alonso Licerio, Claudia Máynez, Felipe Espinosa, Marco Morán, Héctor Acuña, Jaime Chávez, Jorge Reza, Roque Salazar, Beto Rubio, Édgar Salinas, Julio César Félix, Miguel Báez, Daniel Lomas, Daniel Herrera, Alberto de la Fuente, César Cano, Fer Cepeda, Enrique Sada, Federico Garza, Idoia e Iñaqui Leal, Alfredo Máynez, Pepe de la Torre, Consuelo Blanco, América Trejo, Leonor Domínguez y tantos y tantos alumnos y compañeros más que me apena no mencionar pero a los que igualmente recuerdo con afecto y reconocimiento.
La UIA Laguna ha cumplido, pues, su primer cuarto de siglo. No me parecen pobres sus resultados en todos los rubros dignos de evaluación, aunque siempre, como en todos los casos, podrían ser, y creo que serán, mucho mejores. Que la academia, que la cultura, que el deporte auspiciados por la UIA prosigan otros 25, otros 50, otros muchísimos años más enriqueciendo a La Laguna. Salucita.

viernes, agosto 31, 2007

Ay mi Veracruz



He visitado un par de veces Veracruz, el estado de Agustín Lara, de los magistrales decimeros mexicanos y de las mentadas de madre más sabrosas que he oído en mi hojaldre vida. Un buen recuerdo tengo, pues, de aquella tierra caliente a la que siempre miro de reojo en los periódicos, como quien no se quiere enterar de lo que al final termina siendo noticia nacional: que otra vez la bella entidad del Golfo ha sido golpeada por la naturaleza, pero más por sus políticos, los malhechores que se han cebado históricamente con la tierra del famoso pico orizabense.
Lo más interesante que he leído para re-enterarme de los bretes electorales jarochos lo escribió ayer Ricardo Alemán, el prestigiado columnista de El Universal. En “Veracruz, el cochinero”, veo que los recientes usos y costumbres electorales de Baja California y Yucatán, de Zacatecas y de Durango, ya de por sí horrendos, palidecen frente a la delincuencial y pintoresca mugredumbre estilada en la Villa Rica de la Vera Cruz, suma y espejo de los alvaradeños códigos verbales y de las limpias a huevo limpio que en Catemaco han hecho escuela.
Por mi ausencia, no sabía que el gallinero político estaba tan alborotado. Supe, sí, del desastre al que los veracruzanos y otros muchos mexicanos costeños y no tan costeños están cíclicamente condenados por la ferocidad del viento atlántico, pero lo que permite ver le opinión de Alemán me deja entre helado y agradecido con la picaresca nuestra de cada bochinche electoral.
Según el columnista, o según infiero yo a partir de aquel texto, las alianzas que se han dado por allá no tienen abuela. Los acomodos por conveniencia han formado un crucigrama en el cual, como nunca, lo que menos importa es la ideología, sino la consecución del poder a toda costa, con un cinismo que haría vomitar a Maquiavelo hasta dejarlo convertido en modelo brasileña. No me atrevo a describir con una torpe explicación qué tipo de ayuntamientos (coitos electorales del más feo y explícito hardcore) se están dando en los lares de San Juan de Ulúa; sólo basta decir que allí están metidos Fidel Herrera, Miguel Ángel Yunes Linares, Jorge Emilio González y la Maestra, y eso es suficiente para imaginar hasta qué punto se confabula el gusanero para sacar adelante un proceso en el que nada importa la ciudadanía, sino el desfile de chacales en busca de las nuevas posiciones legislativas y municipales.
A ese caldo, de suyo pestífero, se añadió recientemente el ingrediente Espino, quien a sabiendas de que Veracruz entiende mejor que nadie el lenguaje de la picardía mexicana corregida y aumentada, anunció que, como el gran estadista que es, “Vengo aquí con ganas de partirle la madre a Fidel Herrera y a su PRI”; “Le vamos a poner una madriza en las urnas”; “Le vamos a decir, en las urnas, que se vaya a la chingada”. Con esos elevados conceptos, ¿para qué queremos al Caballo Rojas y a Pedro Weber Chatanooga?

jueves, agosto 30, 2007

Pobre país rico



Al regreso encuentro muchas preguntas de amigos interesadas por saber en corto de mi experiencia reciente. Todo bien, les digo, pero como esa es una respuesta inútil varios me han insistido que amplíe mis opiniones a otros vericuetos de la realidad vista, oída, leída en la Argentina. Les respondo aquí, pero quiero vincular esa respuesta a lo que nos atañe, al México que para bien o para mal nos ha tocado en suerte.
Para empezar, percibí en muchas conversaciones casuales un México idealizado por los argentinos. La televisión de entretenimiento es su principal fuente de acercamiento a nuestra cultura, así que nos imaginan festivos, generosos, suertudos por vivir en mejores condiciones económicas que ellos. Lo que en nuestro caso siempre ha sido un problema —un problema histórico—, la vecindad con el país más poderoso del planeta, para los argentinos es un motivo de envidia. Y no es por gringofilia, sino por razones económicas más prácticas.
Como todas las naciones pobres o con economías muy inestables, tanto la Argentina como México son necesariamente expulsivas. La gente que ha visto canceladas todas sus oportunidades de bienestar, muy pocas veces lo duda: hay que largarse del páramo de oportunidades y buscar espacios que abran resquicios a la mejoría. En México, los indígenas y campesinos de Michoacán, Zacatecas, Durango, por citar sólo tres entidades famosas por su permanente migración, saben que sólo hay una frontera por librar. Es difícil, se arriesga el pellejo, hay demasiado peligro en el tramo crítico, pero si se logra el objetivo, del otro lado está el sueño definitivo, contundente, de los dólares, la esperanza de sumar un nombre más a la enorme lista de enviadores de remesas. Eso para un mexicano, el que sea.
Para los argentinos esa oportunidad está vedada. Si se tiene la desgracia de nacer pobre, lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos, la esperanza de salir no existe ni siquiera como tal, como esperanza. La razón es sencilla: ¿a dónde? Salvo por Chile, la Argentina está rodeada por países más pobres, y al sur del propio territorio argentino, además de frío y aire, no hay mucho dinero qué ganar. Pasa entonces que, salvo para pocos ricos y no tan ricos pero vinculados al mundo académico, los argentinos que salen lo hacen de a poco, a cuentagotas si los comparamos con los miles de mexicanos que, cueste lo que cueste y pase lo que pase, toman su liacho y huyen en busca del sueño yanqui.
En la Argentina el proceso es al revés: son un país en dificultades económicas, pero si se comparan con Paraguay o Bolivia, sus vecinos del norte, son una potencia, de ahí que sea la Argentina la que padece una oleada de indocumentados paraguayos, bolivianos y hasta peruanos que se ha apoderado de los empleos peor asalariados, pero empleos al fin, como el de la construcción.
También por eso, concluyo, a los mexicanos sí nos quieren: los que vamos no lo hacemos para disputarles empleos, para invadir sus ciudades con más villas miseria. Para ellos somos ricos, los vecinos privilegiados del imperio.

Cuento de Lomas



Como si la realidad se hubiera puesto de acuerdo, en una sola hora encuentro un par de veces el nombre de mi amigo Enrique Lomas Urista; la primera, una reseña de Saúl Rosales sobre Sueños derramados, el libro de Lomas que presentamos hace poco en Torreón; la segunda, un cuento breve enviado por el mismo Lomas a mi correo electrónico. Me pide una opinión, pero me la guardo aquí. Prefiero compartirlo, hacer de su lectura un goce colectivo. Su título es “El hipo”:
“La irrupción del hipo a su vida fue un hecho simpático e irrelevante hasta que éste se instaló en su laringe durante semanas.
Ni el espanto de quedar así por siempre le ayudó —cual remedio popular— a combatir ese brinco de diafragma disfuncional que no le permitía hablar, comer, ni dormir.
No supo dónde entregó su vida ordinaria y feliz antes del hipo. Pudo ser la salsa picante de un taco ardiente y callejero o la cerveza fría que le inyectaba alegría a sus días sin ladriditos de perro chihuahua saliendo por su garganta.
‘El diafragma casi siempre funciona a la perfección, desciende cuando inhalas para ayudarte a llevar aire a los pulmones y sube cuando exhalas para poder expulsar el aire de los pulmones, pero a veces el diafragma se irrita y cuando esto sucede, sube de manera brusca y hace que la respiración sea diferente de lo normal, y al llegar así a la laringe, se produce el hipo’, le dijo un médico que nada sabía acerca de tener instalado en el cuerpo el ruido de una gota taladrando una vida.
Se paró de cabeza, coloco azúcar debajo de la lengua, bebió agua sin parar, se clavó las falanges en los ojos hasta casi quedar ciego.
Agredió su garganta con bastoncillos, comió pan seco y tostado, se atragantó con el filo del hielo picado, todo, absolutamente todo, hasta parecer un faquir que en nada disfrutaba de ese acto mortal y anónimo de su desgracia.
Muchos de sus camaradas se convirtieron en sus enemigos al intentar ayudarlo: lo zarandearon, le apretaron el estómago, lo estrangularon hasta casi matarlo, pero siempre lo apoyaron con la intención final de ya no tener nada que ver con ese portador de un resuello maldito.
Desahuciada su esperanza, se volcó a la búsqueda del silencio tan anhelado por él mismo, lanzándose a al mar de la apnea forzada.
Aguantó la respiración cuanto pudo y respiró en una bolsa de papel, pero con el aliento regresó el brinquito pertinaz sobre su nefasta realidad, por lo que decidió un salto demencial al vacío de la asfixia, al silencio tan querido”.

domingo, agosto 26, 2007

Fin de travesía



Ofrezco, de entrada, una disculpa a mis escasos y ya aburridos lectores por haberles infligido una sobredosis de argentinería. Antes de partir me cuestioné la pertinencia de escribir sobre el recorrido, de retratar con siempre apremiadas palabras lo que mis sentidos iban captando, pues cualquier proyecto de crónica queda pobre ante la cantidad de estímulos que lo nuevo pone en el camino; por más que seamos parecidos, por más que el hombre sea en el fondo el mismo en todas artes, hay dislocaciones, descolocamientos, pequeñas y a veces no tan pequeñas diferencias en el hacer cotidiano, en el uso de las palabras, en los gestos, en todo, y eso me animó entonces a dejar los testimonios de estos días, una bitácora arbitraria.
La condición de fuereños muchas veces nos hace ver la nueva realidad con ojos indulgentes: en ningún momento he querido decir que la Argentina es mejor país que el nuestro. Eso no. Ningún país es mejor que el nuestro, ningún país es mejor que ningún otro, y sé que el deber de todo hombre es tratar de mejorar lo que tiene más a la mano y así, por añadidura, ser buen pasajero del planeta. México es, lo digo ya atacado por el síndrome de la canción mixteca, un país que se ha pasado de espléndido, de rico, de creativo, de generoso. Igual la Argentina. Lo malo de los dos, y de muchos otros, es que la riqueza que cruza todos los rincones de estas patrias no parece distribuida con el menor sentido humano.
Así como es rica la comida de acá (esos bifes que son más bien poemas y ese vino que sabe a gloria en cualquier restaurantito de barriada), así como las ofertas culturales son ubicuas, así como hay libros en todas partes, así como abunda la gente culta, así como tienen un futbol de excelente categoría y buenos modales y próceres de infinita grandeza, así como en suma tienen muchísimo qué presumir, los argentinos también padecen una nación invadida de terribles carcomas. El desempleo alcanza cotas que no es necesario buscar en la estadística, pues la calle da las pruebas incontrovertibles de ese lastre: montones de hombres y mujeres con sus hijos convertidos en piltrafas mendigan lo que sea. Los pordioseros, ya irreconocibles como seres humanos de tan aporreados por el flagelo de la desgracia, hurgan en los montones de basura y allí mismo, sobre la bolsa de plástico destripada, toman desechos y los llevan a su boca. Y los artistas callejeros, unos verdaderamente talentosos y otros haciéndose locos o ya locos, qué más da, como el sujeto que toca la flauta sin articular una sola melodía, un viejo seudoindú de la peatonal Lavalle aterido por el rencoroso frío de la madrugada pero tocando su instrumento sin llevar las notas a ningún lado, sin ton ni son, sólo para despertar la piedad o la risa necesariamente siniestra de los caminantes.
México, Coahuila, La Laguna son una maravilla. Tenemos un país querido en Sudamérica, nos reconocen y en general nos tratan bien. Es una lástima no tener nunca las palabras suficientes ni lo suficientemente claras como para transmitir acá lo que somos, lo conmovedor que es dialogar sobre las patrias que nos han visto nacer y que de alguna secreta forma son en realidad hermanas. Sí, los argentinos tienen su orgullo, como nosotros el nuestro, y es justo tenerlo. Pero he notado que ni ellos ni nosotros podemos salir a fanfarronear así nomás, como si fuéramos perfectos, mientras se arrastre por el mundo tanta mierda, mientras los niños nazcan a puños con el destino vedado desde el vientre que los expulsará a la vida para regalarles únicamente el pan de la derrota. No.
Es hora de despedirse de la Argentina, de volver con la frente un poco más marchita a México, y al hacerlo le extiendo un saludo agradecido y al mismo tiempo solidario, con mi fe puesta en que tanto ellos como nosotros, como todos, alcancemos un día a construir un mundo en el cual no triunfe la desdicha. Es imposible, lo sé, pero la Argentina merece que pidamos para ella por sus cientos de hombres y mujeres admirables, pero también por sus muertos, por sus miles de fracasados, porque ningún pueblo merece el dolor como destino último.

sábado, agosto 25, 2007

Un pinche argentinito


Hace un mediodía soleado pero frío en La Boca, el colorido rumbo donde se encuentra la esquina de Caminito, allí donde se levanta La Bombonera que tiene como dios a Maradona. Es un sitio populoso y melancólico, avejentado por la mano del tiempo y la pobreza. Como japoneses, Fernando Fabio Sánchez y yo hacemos fotos y fotos, muchas fotos del pintoresco entorno. En los callejones huele a tango de malevos, a rencor urbano resumido en grafitis tan violentos como éste: “La perra que los parió”.
En ésas andábamos cuando diviso una esquina cercada por malla de la que llamamos “ciclónica”. Es una pequeña cancha para jugar al fut y al básquet, y en ese momento dos equipos echan cascarita sin apasionarse demasiado, como peloteando así nomás, para matar el tiempo. Las edades de los contendientes van desde los trece a los veinte años. Por sus ropas se nota que la plata no forma parte abundante de sus vidas. Fer y yo nos acercamos, oímos sus gritos, vemos uno que otro disparo a la portería. Dos minutos después se acerca el mocetón de menor edad, un adolescente; nos divide la malla, y entonces hace plática. “¿De dónde son?”, pregunta. Sin mucha convicción, le informamos: “De México”. “Ah”, reacciona. “¿Y a qué equipo le van?”. Le respondo: “A Cruz Azul”. “Ah”, repite y luego se levanta una blusa mugrosa para que veamos la sudadera que trae debajo: en el centro de su pecho resplandece el logotipo de los Pumas de la UNAM. “Yo le voy a los Pumas”, asegura.
Ante la sorpresa, le pregunto dónde consiguió ese suéter. “Me lo dio un amigo mexicano”, dijo mientras miraba de reojo a sus cuates, ya desentendido del juego, campechano. En ese instante, sin avisar siquiera, añadió: “Pinches mexicanos”. Y a mí: “Quihubo, güey”. Y a Fer: “¿Y tú qué, güey?”. Y a mí: “Cabrón”. Y a los dos: “Chinguen su madre”. Como ráfaga imparable, el mocoso boquense fan de los Pumas nos quiso demostrar, entre gracioso y desconcertante, que sabía las claves para entrar a nuestro mundo, comenzó a desplegarnos toda su artillería de mexicanismos dichos sin provocación alguna, como si nada.
Era evidente que sabía las palabras, pero no su significado exacto. O, más que su significado, el uso, el matiz, la inflexión que le damos a cada una de acuerdo al contexto, a la situación, al carácter del interlocutor. El chico dejó ir su batería de insultos sin reparar siquiera en que un mexicano muy difícilmente le mienta la madre a otro y al mismo tiempo sonríe como si dijera “buenos días”. El mocoso nos decía “cabrón” y nos miraba con fijeza a los ojos para comprobar en nuestras miradas que aprobábamos su dominio del mexicano, pero lo que encontró fue asombro, un desacomodo de mexicanos que son víctimas de mentadas tan gratuitas como el aire que respiramos. El chico no sabía que sabía las palabras, pero ignoraba todo el peso cultural que hay detrás de cada una.


viernes, agosto 24, 2007

Buenos Aires con Fer Fabio



Doctor en letras por la universidad de Colorado, en Boulder, Fernando Fabio Sánchez (Torreón, Coahuila, 1973), actualmente es profesor de literatura en la Universidad de Pórtland, Oregon. Amigo cercano de quienes alguna vez nos embotellamos al mar con Saúl Rosales, Fer se fue hace más de diez años a los Estados Unidos y allá encontró, como dice Borges, su destino: siguió escribiendo poesía, cuento, novela, y de paso alcanzó, como si fuera poco, un alto grado académico en una de las diez universidades norteamericanas más prestigiadas en el rubro de letras. Hace dos meses estuvo de paso en Torreón, lo vi allá, fuimos al Sangrons del Independencia y me dijo que estaba por emprender un largo viaje a Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y, tal vez, Argentina.
Pues bien, acordamos encontrarnos en Buenos Aires y el monólogo interior se convirtió en diálogo rico en exámenes de la realidad que se nos atravesaba en el camino. Como si fuera adrede, subimos a un taxi y el chofer, un viejito conversador, tenía un humor inglés que en general no encajaba con nuestro concepto de taxista: dijo que hace diez años él no se dedicaba a eso, pero Domingo Cavallo, el ministro de Economía, “me convenció, por eso soy taxista”. El viejo oía en su radio música clásica, creo a Wagner, y mientras brotaban las notas de una obertura nos dio una cátedra sobre los precios de la nafta.
Ciudad donde abundan los mendigos y los parias, donde el cafishismo (actividad que consiste en padrotear mujeres) sigue tan vigente como en los tangos antiguos, donde chamagosos niños de pelo rubio y ojos azules piden limosna, donde una mujer con el aspecto de señora joven (mamá Cumbres, mamá Colegio Americano) puede estar vendiendo baratijas en el suelo y nunca manejar una Voyager o una Escalade, donde modelos italianos e italianas de Versache ganan apenas una insignificancia y usan el sudoroso colectivo, donde dentro de un mall hay un centro cultural con toda la mano y la creatividad, no deja nunca de querer mostrarse elegante, rica, pujante. El concepto de estatus es otro por acá: pese a las limitaciones impuestas por una economía que nunca termina por enderezarse, a los porteños les gusta al menos parecer que viven bien, que tienen. Sólo quienes han sido destruidos por la pobreza se muestran en sus miserables trapos al exterior; quienes viven en apuros, pero viven, hacen todo lo posible por comer bien, por echarle clase a su expresión, por cultivarse, por parecer lo que no son: ricos.
Véase si no esta joya bonaerense. Fernando Fabio y yo caminábamos ya noche por la transitadísima y teatral calle Corrientes y afuera de una tienda con aparador muy iluminado un cuarentón lumpen, acostado y lleno de trapos pringosos sobre él, aprovechaba la luz de la vidriera para leer un libro en inglés, como si estuviera en su alcoba. En sí, era un espectáculo inmóvil, una imagen que condensa la penuria económica de este país y su aspiración de no parecer pobre.

Gordos y flacos



Hace poco más de una semana estuve en Estados Unidos y le atoré como todo mundo a las hamburguesas y a las papas fritas, al colesterol que ya es, de hecho, un problema de salud pública en tierras yanquis. Luego, en México, le seguí tupiendo macizo al sebo en más hamburguesas, en tacos, en gorditas, en todo lo mantecoso que hemos podido inventar para la ingesta cotidiana. Luego, una semana después tengo la obligación de alimentarme en la Argentina y me salta como conejo una verdad: la cantidad de grasas que nos empujamos los mexicanos está lejos, lejísimos de la que ingieren en otros países, y un caso que contrasta mucho con el nuestro es el argentino.
En la dieta diaria de acá hay tres ingestas básicas: el desayuno consiste en café con leche (cortado, le dicen) y una o dos facturas (cuernitos de pan de azúcar); el almuerzo (llamado así pero equivalente a nuestra comida de mediodía), un plato fuerte de carne, pasta, papas, ensalada, pan, agua, vino y pocas veces refresco embotellado; en la noche, la cena suele ser ligera, sándwiches, pan dulce, picada (quesos y embutidos para “picar”), café, agua o vino.
Ese repertorio gastronómico palidece en materia de grasas frente a lo que nosotros acostumbramos: dos huevos en la mañana (con tocino, chorizo, jamón o lo que sea), frijoles, a veces guisos de carne, barbacoa, menudo, tortilla, pan, café y a veces Coca Cola; al mediodía, plato fuerte con carne, sopas, verduras, tortillas, frijoles, Coca Cola; en la noche, tacos, hamburguesas, pizzas, pollo, pan, café, Coca Cola. Y en medio de todo ese trajín alimenticio, papitas, dulces, helados, semillas, chicles, chocolates, garapiñados. Un mundo de calorías, en suma.
La evidencia positiva (como dirían los científicos del siglo XIX) de que la alimentación es excesivamente rica en grasas se encuentra en la obesidad de la población. Si bien hay proclividades que obedecen a la raza, el excesivo insumo de alimentos grasosos tiene su materialización final en la gordura colectiva. Propongo un experimento del cual ya hice la primera parte. En un café con ventana amplia a la calle, bolígrafo en mano conté a cien personas; hice dos columnas: en una anoté los ítems de quienes se podría afirmar que tienen problemas de obesidad; en la otra, los que definitivamente no. El resultado es que 12 azarosos transeúntes eran obesos, y el resto no.
Ignoro qué pasaría si a mi regreso hago lo mismo en un café lagunero; ¿qué vería desde la ventana? Creo conocer más o menos bien mi realidad, y sospecho que de cien personas observadas mucho más de 12 tendrían exceso de equipaje. No es un examen científico, lo sé, pero la notoria esbeltez de Buenos Aires me ayuda a reflexionar un poco en nuestros hábitos alimenticios, hábitos hoy todavía más deformados por la comida rápida de las franquicias gringas.

En bus por la pampa



El centralismo, las características geográficas y la precariedad de la economía argentina han provocado un fenómeno muy peculiar en sus medios de transporte. Ante lo formidablemente caro de los vuelos nacionales, sólo una porción insignificante de los ciudadanos se pueden dar ese lujo, lo cual ha sido aprovechado por las compañías de autobuses para competir por el amplio mercado que tiene la necesidad, sobre todo, de desplazarse del interior a Buenos Aires y de Buenos Aires al interior, en algunos casos con extenuantes recorridos que pueden durar dos días o más.
Eso no es lo raro, pues en México andamos por las mismas en materia de centralismo, distancias y economía. Lo que verdaderamente me llama la atención es que, pese a las dificultades económicas de la Argentina, aquí procuran ofrecer servicios de autobús para pasajeros que, sin ser caros, llevan a buen sitio sus estándares de calidad. Para empezar, las unidades. Son todas de dos pisos, gigantes, lo que permite un acomodo más despejado de los pasajeros; el servicio varía de precio según la distancia, claro, y la calidad del sillón: cama o semicama; el primero permite una reclinación casi total, además de ser más ancho y mullido. El precio más alto para cualquier viaje incluye siempre los alimentos del pasajero; si el recorrido es muy largo (digamos de quince horas) se le da al pasajero un aperitivo consistente en sándwiches, panecillos y refresco, y en el camino una cena en forma ofrecida en restaurantes localizados en algún punto del recorrido. También hay que contar otros detalles como baño (un poco más amplio y, sobre todo, higiénico que los de un bus mexicano), televisión, almohadas y frazadas.
En virtud de ese despliegue de atenciones al pasajero, los argentinos han podido paliar el cansancio de sus largos viajes con periplos más o menos tocados por el confort, de suerte que en ese sentido se encuentran en una posición de privilegio con relación a otros países.
Otro punto a favor está en el número de salidas; gracias a la gran demanda, no hay punto de reposo y uno puede encontrar unidades que se dirigen a cualquier destino casi a cualquier hora del día y con relativa puntualidad. En suma, no es la maravilla europea, pero para ser latinoamericano el servicio frisa decorosos rangos de calidad.
Pude contrastarlo todo con lo vivido en innumerables omnibuses mexicanos. Sin ser execrables, creo que siempre han tenido la oportunidad de ser mejores y nunca lo han logrado. Y ahora menos, dado que muchas tarifas de avión se han abaratado y, si nos atenemos a la mentalidad empresarial mexicana, en vez de competirles con un mejor producto puede ser que ofrezcan lo contrario: una atención cada vez más relajada y deplorable.
Todavía hoy recuerdo la ingrata travesía de un viaje Saltillo-Torreón en la línea Futura. El olor era tan espantoso dentro de la unidad que quizá resultaba mejor viajar a pie. Así de horribles son a veces los recorridos en nuestras supuestas buenas líneas.

Universidad y convocatoria



Terminaron el viernes las Primeras Jornadas Universitarias sobre Microrrelato. El encuentro convocó a estudiosos y creadores provenientes de España, Suiza, México, Estados Unidos y Argentina, y tuve la suerte de participar como crítico y creador. Las palabras de clausura expresadas por el doctor David Lagmanovich, presidente honorario de las Jornadas, me llevan a pensar en la obligación que tiene toda universidad de innovar, de abrir espacios a lo naciente, como ocurre en este caso con los estudios literarios sobre las formas más breves de la prosa. Reproduzco parte del mensaje de despedida del doctor Lagmanovich y apunto desde ahora que en 2008 se celebrará el quinto congreso internacional de narrativa, esto en Neuquén, en la provincia de Comahue, en la Patagonia Argentina:
“… Éste es el contexto más amplio dentro del cual se insertan las primeras Jornadas Universitarias sobre Minificción que están llegando a su término en estos momentos. La Universidad Nacional de Tucumán es la primera casa de altos estudios del país que marca un camino para el estudio, la creación y la difusión de esta importante forma literaria contemporánea, la minificción o microrrelato. A pesar de diversas dificultades encontradas en el camino hacia la concreción de esta idea —problemas no ajenos a otras universidades argentinas—, hemos conseguido convocar a importantes especialistas del país y del exterior, mantener un clima de cordialidad y la alegría del trabajo compartido, e insertarnos en una serie de actividades académicas que antes parecían reservadas a otras instituciones. Además, la presencia de muchas figuras estudiantiles y juveniles, en el público y en el escenario, ratifican nuestro legítimo interés por el género, por su creación y por su difusión.
Lo que se ha conseguido en estos tres intensos días se debe a todos ustedes: a los lectores de conferencias plenarias y de ponencias, a los participantes en las mesas de lectura de microrrelatos por sus autores, a quienes trajeron sus libros, a los integrantes de un público atento y cálido, a los residentes de Tucumán y otras provincias del Noroeste que dejaron sus ocupaciones habituales para acompañarnos, y a los que llegaron a Tucumán desde la Patagonia, desde otras provincias argentinas, desde la Capital Federal, desde España, Suiza, México, Estados Unidos... Esa plural participación nos enorgullece, porque es testimonio de confianza en la seriedad de nuestras iniciativas y en la integridad de nuestra vida profesional.
Pero, no por enunciarlo al final de estas palabras, deja de ser fundamental el agradecimiento que debemos a la cadena de personas cuya comprensión y trabajo permitieron la realización de estas Jornadas. Ante todo, la señora decana de la Facultad de Filosofía y Letras, doctora Elena Rojas Mayer; la secretaria de posgrado de la Facultad, doctora Nilda Flawiá de Fernández, presidenta; la profesora Liliana Massara, vicepresidenta; la doctora Estela Asís de Rojo, miembro del gabinete rectoral; la licenciada Silvia Israilev, secretaria de las Jornadas, y las demás personas que colaboraron desde sus lugares de trabajo en la Facultad de Filosofía y Letras y en este centro cultural. Y también hay un especial agradecimiento para el Secretario de Extensión Universitaria de la UNT, psicólogo Manuel Andújar, de quien depende el Centro Cultural Virla en que nos encontramos, por haberse adherido a la iniciativa y permitido de esa manera el uso de estas instalaciones. Ésas son las personas que más merecen nuestro reconocimiento y nuestro aplauso.
Las despedidas son tristes, pero no cuando existe satisfacción por la tarea cumplida y buenas perspectivas de seguir en la brecha. Por todo ello, con alegría por lo realizado y esperanzas en cuanto a lo que falta por hacer, y también con el deseo de que sigamos siendo amigos para proseguir la tarea, en mi carácter de Presidente Honorario con que se me ha honrado, declaro clausuradas las primeras Jornadas Universitarias sobre Minificción”.

jueves, agosto 23, 2007

Un problema gigante

Digamos que Tucumán, donde estoy en este momento, no es una ciudad ultrajada todavía por la contaminación. Tampoco es la más limpia, ciertamente, pero siento que, como en muchas ciudades de México que aún no llegan a los malignos extremos del DF, padece ya los estragos del esmog, igual a lo que pasa en el Torreón de algunos días y de algunas horas. Acá lo he sentido en las calles de su centro histórico; la mayoría de los vehículos que circulan por sus estrechas calles es de modelo no muy reciente, así que por los escapes tose un monóxido bastante denso e incómodo para todos, principalmente para quienes caminan. La polución es, por lo que veo y siento, un lastre que nos acompañará sin remedio en donde nos detengamos a respirar, eso sin remedio a la vista. E insisto: hablo de dos ciudades de provincia, la mía y en la que estoy ahora, que se supone no han llegado a los apocalípticos límites del desastre ambiental.
Este asunto me recuerda que no he recomendado lo suficiente dos largos artículos que recién trepé al blog de Ruta Norte. Valen sobre todo para México, país que durante el regreso a clases auspicia en una escala inusitada los progresos de la devastación. Uno de los textos fue escrito por Renata Chapa y publicado el domingo anterior en El Diario de Chihuahua; el otro es mío; ambos, como dije, están aquí abajo, en este blog.

Propaganda argentina



Hay dos países latinoamericanos con los que asocio a México: Chile y Argentina. Católicos, ricos en recursos naturales, hispanohablantes, los tres son ejes de América Latina. A fuerza de achicar las comparaciones, escogería a Argentina como el país que en territorio, esquema político e historia se parece más al nuestro. Sé que nosotros tenemos el componente indígena que ellos casi liquidaron; sé que nosotros no hemos padecido genocidios recientes como los del Proceso, y sé, en la parte frívola, que nosotros no hemos ganado un Mundial de futbol, pero esas diferencias permiten apreciar mejor las similitudes.
Una de ellas es lamentable. La presencia casi ubicua de la corrupción política en la que los argentinos son expertos, pues la padecen a grados escandalosos en municipalidades, gubernaturas y federación. Todos los días, sin faltar, las notas de los periódicos dan cuenta de un nuevo affaire relacionado con sobornos y demás truculencias del sistema, casi como si fuera México. Pese a ello, los argentinos de a pie dicen preferir la podredumbre política, el mal menor, luego de la experiencia profundamente dolorosa que les dejó la dictadura militar. Eso lo saben y lo aprovechan los poderosos, de ahí que sea posible una reinserción frontal de Menem en la vida política, lo que en México jamás ocurriría si Salinas en persona deseara una reaparición.
La corrupción no será idéntica, pero se parece mucho la percepción que se tiene sobre ella aquí y en México. Es el pan de cada día, y se acabó, a seguir viviendo como se pueda. Una notable diferencia la advertí recién (así dicen ellos, “recién”) en las campañas electorales locales (para gubernaturas e intendencias). Lo que en México se ha convertido en un barril sin fondo para el derroche de recursos económicos y para la compra de espacios políticos, la propaganda, en Argentina me parece notablemente austera, tanto que junto a la nuestra parece un juego de planillas estudiantiles. Lejos están de lo que nosotros vemos cuando un candidato a alcalde o gobernador, no se diga a presidente, anda en campaña. Mientras en México se tapizan las calles y los medios con pasacalles, carteles, puentes peatonales, espectaculares de veras espectaculares, megapantallas de video en cruceros, gorras, playeras, paredes, vasos, espots, desplegados en prensa, entrevistas, mantas, encuestas y todo lo que queramos añadir en el carrito, en la Argentina basta un vistazo para darse cuenta de que por allí es difícil que se cuele mucha corrupción.
En términos de inversión, un cálculo establecido según la técnica llamada ojo de buen cubero me permite advertir que se gasta apenas un 20% de lo que en México se dilapida. Es nada, realmente, por eso mi asombro al ver las pintas de paredes: el nombre de un candidato a gobernador elaborado casi por grafiteros. Las pegatinas de papel en paredes públicas son las nuestras de los setenta, de papel adherido con pegamento casero, no los tensos viniles a los que ya nos acostumbramos. Confirmé, visto eso, mi sospecha: las campañas electorales en México son ya grotescas, lo más parecido al pantagruelismo político. Eso sí: en México no hay una sola candidata como Carolina Vargas Aignasse: aspirante a legisladora que tranquilamente podría ser modelo.

Contrastes internacionales



Voy a tratar de hacer aprovechable el viaje en términos no sólo literarios. Casi 48 horas después de haber dejado Torreón, estoy en Tucumán, Argentina, eso con una breve estada provisional, de seis horas por lo pronto, en Buenos Aires. Lo más significativo de la primera parte del recorrido lo hallé en el aeropuerto del DF donde tuve que esperar durante medio día la conexión hacia el cono sur. Hago la crónica y a ver si logro transmitir lo que sentí al escuchar las palabras de unas intendentes.
Llegué al aeropuerto del DF, más o menos, a las cuatro de la tarde del domingo. De inmediato se siente que la cosa está agitada de viajeros, pues ya es temporada de regreso luego del paréntesis vacacional. Personas de todas las edades, razas y seguramente credos atiborran los restaurantes, pasillos, salas de espera y tiendas del enorme lugar. No es, como es obvio, pobreza lo que se ve en este sitio; al contrario, pese a lo fachoso de muchos, y por la elegancia de pocos, se nota que lo que sobra es plata. Mucho o poco, eso no se puede saber a simple vista, el poder económico serpentea en el ámbito del aeropuerto, más porque es internacional, y una distancia enorme lo separa de cualquier central camionera a las que estamos habituados.
En ese enjambre busco un espacio con Internet inalámbrico; lo encuentro en un recoveco de la sala 25 de área de vuelos internacionales. Ignoro por qué está despejada y por qué forma una especie de “privada” con butaquería para la espera. Poco después, ya instalado con la computadora en el regazo, lo entiendo: uniformados, en orden, unos veinte elementos de seguridad del aeropuerto, hombres y mujeres, llegan y se acomodan en las últimas las filas de asientos. Llevan en las manos viandas de comida (casera) y refrescos. Comen en silencio, sin alharaca, quizá más por cansancio que por disciplina. Media hora después terminan y se van. Luego llegan otros más y repiten el ritual. Una tercera tanda de trabajadores trae al comedor improvisado a un grupo de mujeres dedicadas a la limpieza. Sé que se dedican a eso por los uniformes toscos, monótonos, pero sobre todo porque tres o cuatro llegan con los carritos rodantes donde almacenan su basura. Comen, ellas sí platican en voz muy alta, ríen a carcajadas, dicen una que otra palabrota, mastican. Pronto surge un tema que las ata: las latas de refresco. Una de ellas, la más elocuente, comenta que en equis lugar pagan el kilo a 14 pesos, o algo así. Otra le responde que en otro negocio lo pagan a 15. Otra más asienta que cuando estaba asignada a la sala “vip” juntaba más latas y le iba mejor.
Poco antes yo había visto a Sabrina, la vedete propietaria de dos globos terráqueos (símbolo de la abundancia) que no pueden abarcar ni las manotas de Blue Demon; luego escuché la conversación sobre el pago al aluminio por latas de pepena. Es innegable: en todas partes están vivos los contrastes del mundo.

domingo, agosto 12, 2007

Viaje hacia el microrrelato



Tendré la suerte hoy al mediodía de emprender un viaje a la Argentina para participar en un encuentro denominado Primeras Jornadas Universitarias sobre Minificción, que se celebrarán del 15 al 17 de agosto de 2007 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Amablemente, Karla Lobato, reportera de la sección cultural de La Opinión, sacará una nota al respecto, pero quiero añadir dos o tres ideas complementarias sobre el objeto a examinar en la universidad tucumana. Lo explicaré con ejemplos, pues creo que son más entendibles que la pura especulación.
El microrrelato, pese a que aquí lo denomino así, no tiene todavía un nombre estable. Algunos prefieren llamarle microficción, cuento breve, brevísimo, microtexto, ficción breve y de otras formas parecidas. Lo importante, en todo caso, no es tanto el nombre, sino sus características internas. Así como la novela tiene una hija llamada novela corta o noveleta, el cuento de dimensiones convencionales vio nacer en el último siglo una forma parecida a él, pero brevísima, tanto que, en el caso de las construcciones más amplias, su texto apenas desborda la cuartilla. Hay casos de extrema concisión, como ocurre con el archifamoso “El dinosaurio”, de Monterroso, cuya microtrama suma sólo siete palabras.
No es suficiente, sin embargo, la brevedad: para que el microrrelato sea tal es necesario que cuente una historia, es decir, que cree personajes, que enseñe una pequeña trama y que exhiba una resolución satisfactoria generalmente vinculada al humor, a la ironía. Esto quiere decir que son textos breves, pero no microrrelatos:

1) Los aforismos, que son más bien ensayos enanos, opiniones con cierto aire filosófico, flashazos del pensamiento, como éste de Cioran: “Lo que aún me apega a las cosas es una sed heredada de antepasados que llevaron la curiosidad de existir hasta la ignominia”. El texto es cortísimo, sí, pero falta la ficción, la trama, el clímax. En el caso del aforista, el personaje que está detrás de la reflexión es el propio autor.
2) La prosa poética, que es una derivación de la poesía expresada no en versos. Algunos le llaman de otra forma (prosa de intensidades, instantáneas, poema en prosa, como sea), y busca transmitir el estado anímico de quien escribe, como en este de Jaime Sabines (“Tu nombre”): “Trato de escribir tu nombre en la oscuridad. Trato de escribir que te amo. Trato de decir a oscuras esto. No quiero que nadie se entere, que nadie me mire a las tres de la mañana paseando de un lado a otro de la estancia, loco, lleno de ti, enamorado. Iluminado, ciego, lleno de ti, derramándote. Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer”.
3) La anécdota, referida a una experiencia presuntamente real, con aire de narración, pero sin el rasgo de la trama vigilada que exige el cuento, como sucede en esta relacionada a Borges: “Una revista de actualidad reúne a Borges con el director técnico César Luis Menotti. ‘Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo’, comenta Borges más tarde”.

Hay otras formas breves más o menos narrativas (el chiste, la boutade), pero no son microrrelatos en sentido estricto. Un ejemplo que, creo, sí cumple con las convenciones del subgénero (ficción, trama, creación de expectativa, desenlace, voluntad de estilo), es este (genial) de Ana María Shua, y con él termino: “¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio”.

Regreso al dispendio



Hace tres o cuatro años publiqué el artículo que aquí refriteo. Sospecho que vuelve a ser útil en esta época de regreso a las aulas.

Examen de un abuso

Jaime Muñoz Vargas

Mis amigos pasan ahora por trances similares a los míos. Al oírlos parece que escucho hablar a mi conciencia. Es, sencillamente, una especie de sintonía generacional. Los que andamos hoy entre los 30 y los 45 años, más o menos, tenemos un montón de gastos relacionados con la primera educación formal de nuestros hijos. Buscamos guarderías o “estancias infantiles”, elegimos el kínder o la primaria adecuados, vemos incluso la posibilidad de que los niños tomen por las tardes algún curso artístico o deportivo. Tiempo, dinero y esfuerzo —parafraseo un antiguo eslogan de la guía telefónica— son invertidos por millones de padres sin duda con el encomiable propósito de que los pequeños obtengan la mejor formación posible. Cuando se trata de acercarles educación creo que en general, y más si hay solvencia económica, no existe padre reacio a invertir en ese “patrimonio” vitalicio.
Sospecho sin embargo que la buena disposición de los padres ha propiciado un malentendido: sin medir ninguna consecuencia, las escuelas —sus directivos y sus maestros para no hablar de manera tan abstracta— exigen una erogación en libros y útiles escolares que raya en el delirio, en el disparate, en el más grotesco de los abusos cometidos en nombre de la (con mayúscula) Educación. He escuchado a mis amigos y, sin ponernos de acuerdo para cantar en el coro, todos recitamos que, en efecto, la erogación es tan alta como innecesaria. Avanzo por partes.

El mito del exceso
Cualquier escuela privada u oficial serviría como ejemplo, pues para hablar sobre este tema todas proceden de la misma forma. Pienso en la educación preescolar y en la primaria, ya que todavía no llego a padecer los excesos, si los hay, de la secundaria y los siguientes niveles. Aclarado eso, traigo a la mesa de debate un mito: entre más abultada vaya la mochila, los niños aprenderán más. Como dicen algunos políticos: so es falso de toda falsedad. Cualquier pedagogo con dos milímetros de frente sabe que la educación no está basada en la acumulación infinita de materiales —libros y útiles—, sino en el aprovechamiento óptimo de los que con mesura se puedan manejar durante un año lectivo. Creer que, por ósmosis, un niño que ostenta un cerro de materiales didácticos va a obtener mejor preparación, es creer que la educación es un asunto de cantidad, de exceso, de engorda porcina, no de calidad y medida. No está demostrado que un niño con dos libros y dos o tres útiles escolares aprenda bien, pero lo que sí es seguro —y basta mirar a los estudiantes que llegan a secundaria y a preparatoria y a profesional— es que millones de niños con decenas de libros y cuadernos y lápices y borradores y tijeras se indigestan con todo el material que les piden en la escuela. Debe primar, entonces, la mesura, no la arbitraria petición y compra de material que luego es subaprovechado.

Un daño silenciosoAdemás del daño económico y concreto a la economía familiar, además del daño que se le impone al niño cuando lo acostumbramos al consumo desordenado, hay un daño al medio ambiente en el que pocos reparan. ¿Cuántas toneladas de papel se van al basurero debido a los cuadernos usados muchas veces sólo hasta la mitad? ¿Cuántos libros quedan arrumbados año tras año sin haber sido hojeados siquiera por sus presuntos usuarios? ¿Cuántos kilómetros de plástico no biodegradable se emplean y en un año se desechar por forrar millones y millones de libros y libretas? Y en los kínderes, ¿las educadoras se han preguntado alguna vez si el hoy célebre “foami” no es una más de las mugres que mancillan el ambiente? Cierto que los libros forrados con plásticos gruesos quedan mejor protegidos; cierto que el “foami” es un material más amable que la cartulina o el periódico, pero es mucho más cierto que esos materiales se suman a la larga lista de deshechos que la naturaleza no logra engullir con facilidad, y por conseguir el fin práctico de proteger los materiales didácticos le damos otra puñalada al medio ambiente, una puñalada tan cruel como la que le propinan las fábricas que vomitan basura química o como la emitida por los mofles de los coches. Esa inconciencia también la estamos heredando a los pequeños.

Arreglo en lo oscurito
No aseguro que lo sea, pero al menos parece un arreglo en lo oscurito el que establecen muchas escuelas con las papelerías y con los libreros. Las eternas listas de material didáctico solicitado casi obligan a pensar mal: hay una especie de turbio amasiato entre las escuelas y los negocios dedicados a vender útiles escolares. Si no cómo explicar la petición desquiciada de cuadernos, pegamentos, lápices, colores, borradores, cartulinas, tijeras, marcadores y, sobre todo, de libros. Nadie duda que eso reactiva cada año la economía del, digamos, “mercado escolar”, lo que a su vez genera empleos y riqueza y blablablá. Pero, ¿a qué precio se obtienen esas ganancias? Sinceramente creo que los padres de familia —mucho menos lo de recursos limitados, es decir, la abrumadora mayoría de nuestra malnutrida patria— no tienen por qué enriquecer bestialmente a la industria del papel y de los lápices. Alguien replicará que, en el caso de los libros, es mejor tener muchos en casa, los más que se puedan. De acuerdo, sólo que es necesario hacer una mínima aclaración: ¿qué tipo de libros debemos tener en casa? Creo que México es un país privilegiado por sostener su programa de libros de texto gratuitos; se ha discutido mucho sobre la calidad de la información que en ellos se suministra, sobre todo en algunos temas siempre candentes como los históricos o los sexuales, pero creo que hay consenso sobre el enorme valor que tienen esos libros para la primera formación de los niños. Si eso es así, ¿para qué piden ocho, nueve, diez libros más aparte de los que gratuitamente distribuye la SEP en todo el país? ¿Qué los libros de texto gratuitos no cubren los programas a cabalidad? ¿Creen las escuelas que todos los padres de familia están en condiciones de pagar 500 o mil o más pesos por concepto de libros complementarios? Son muchas preguntas, y otra vez la misma respuesta: no tienen por qué ser los padres de familia quienes lubriquen el engranaje de la industria editorial si los libros de texto gratuitos cubren a medias (eso lo dudo) los programas escolares. Estoy de acuerdo en que, además de los de texto gratuitos, las escuelas exijan uno, dos, tres libros complementarios, pero solicitar diez más no parece una aberración: es una aberración. Ahora sí, ¿qué tipo de libros debemos tener en casa además de los de texto gratuitos? No más libros de texto, obviamente, sino libros de referencia (diccionarios, enciclopedias), literatura (cuentos, novelas, poesía), obras científicas generales (medicina, biología, matemáticas). Ese es el complemento adecuado de los libros de texto, volúmenes que pueden servir hoy y mañana, no los que indiscriminadamente encargan en las escuelas, obras que los niños ni siquiera terminan de hojear y que pasado apenas un año se convierten en reliquias.

Supersticiones de la velocidadEl tiempo es oro, dicen los gringos, y hoy todo lo que consumimos debe ser, obvio, “lo más veloz”. El coche para correr, el teléfono para lograr una adecuada conexión, el servidor de internet para facilitarnos navegar por la red, la pasta de dientes para blanquear el esmalte, el curso para que aprendamos inglés, el banco para agilizar nuestros trámites, el noticiario para informarnos, todo debe ser velocísimo. Vivimos rendidos ante la velocidad, y despreciamos con odio caníbal a su contraparte: la lentitud. Sería pues un harakiri publicitario decir, por ejemplo, “después de muchos años, y tras un lento y minucioso esfuerzo, usted aprenderá a escribir con cierto decoro”. No, nadie le regala elogios a la lentitud. Al contrario, todo lo lento es asociado a lo indolente, torpe, imperito, desatento, inepto. Pues bien, al menos en un caso yo sí creo en la lentitud: no para practicar el futbol, pero sí para aprenderlo. No para hablar inglés de restaurante, pero sí para dominarlo y para poder leer a Shakespeare en su lengua original. No para ejecutar un proceso productivo, pero sí para entender con claridad la cadena de esfuerzos que es necesario respetar para alcanzar un fin común. No para tocar el violín como Paganini, pero sí para asimilar el misterio y la sublimidad de la música culta. En otras palabras, creo que la educación, para llegar a su adultez, debe tender a la buena digestión, a la relectura, al intento error intento error intento acierto. Y pregunto entonces: ¿puede un niño de cuarto de primaria digerir en un año veinte libros de texto, diez cuadernos y cien tareas? Sí puede, pero hay que buscarle un maestro particular y hay que quitarle por completo la televisión, es decir, no puede. En síntesis, solicitar tanto material didáctico es una forma tonta de adorar al gran y estúpido tótem de la velocidad.

Demografía y aulas
Muchos padres creen que cuando sus hijos llegan a la escuela —la educación formal—, ellos sólo tienen que pagar colegiaturas o hacer trámites burocráticos, llevar y recoger a los niños, firmar boletas y asesorar de lejitos la elaboración de las tareas. En otras palabras, los padres dejan en el cada vez más jorobado lomo del maestro la obligación de formar a los pequeños, y ponciopilatescamente se lavan las manos si el niño evidencia poca o nula asimilación. Terrible error. Dado que ahora no hay aula pública ni privada sin sobrepoblación, el maestro apenas puede con el paquete, y mucho menos puede agotar los insumos escolares que él mismo solicita al inicio del semestre. Se impone entonces la colaboración de los padres, que en casa ellos ayuden a la formación de los niños. Todo esto para decir que una permanente asesoría del padre puede suplir muy bien a los kilos y kilos de material didáctico que hoy encargan en las escuelas.
En fin. Es seguro que educar es una labor infinita, complicada y para muchos fascinante; y no es tan seguro que podamos educar mejor con la torpe política de comprar una montaña de útiles escolares que a lo mucho nos dejan el bolsillo más flaco y la borrosa, la ambigua sensación de que hemos sido buenos padres. He visto los rostros de mis amigos y ellos saben, como yo, que entramos al aro por inercia, para no complicarnos la existencia con reclamaciones que nos colocarían en el incómodo papel de “padres rejegos”, pobretones y quejumbrosos, desasosegados por el temor de que luego se aplique una sutil “venganza” contra nuestros hijos. Además, nadie quiere ser el padre desnaturalizado que le niegue veinte libros a sus hijos. Veinte libros, diez cuadernos, cinco lápices..., en suma, los inútiles escolares, uno más de nuestros tristes homenajes al desperdicio de recursos.