No
recuerdo dónde lo leí, pero siempre lo recuerdo. Creo que fue en El escritor y la crítica, libro de
ensayos sobre Vargas Llosa coordinado por su paisano José Miguel Oviedo y
publicado por Taurus. Bueno, da igual. Lo que recuerdo es que en una de sus páginas
el novelista peruano declara que antes de escribir La guerra del fin del mundo viajó al norte de Brasil para
documentarse sobre el paisaje y ver “tipos humanos”. Dado lo que resultó, una
de las novelas más poderosas del siglo XX latinoamericano, no es mala
recomendación la de documentarse antes de escribir un libro que no dependa de
la imaginación pura, sino procurar una experiencia directa con el entorno
previsto para ser descrito, lo que incluye aquello de escanear “tipos humanos”.
Pero
contenga descripciones de los rostros o no, la narrativa debe presuponer que
los lectores tantean en su imaginación la cara de los personajes. Cuando Borges
dice, al inicio de “La forma de la espada”, “Le cruzaba la cara una cicatriz
rencorosa”, nos obliga con la fuerza del adjetivo a que nos hagamos de
inmediato la idea de una cara, la de John Vincent Moon, y lo mismo pasa cuando Vargas Llosa
escribe, en la primera frase de la novela mencionada hace pocas líneas, “El
hombre era alto y tan flaco que parecía siempre de perfil”, de inmediato nos
estimula a colocar un rostro enjuto y fakirístico a Antonio Conselheiro. La
iconografía del Quijote y de Sherlock Holmes, por citar dos casos clásicos, es
la materialización de la necesidad de poner una cara a los personajes ficticios.
El
escritor argentino Delmiro Sáenz señaló en un diálogo con Cristina Mucci,
conductora del programa Los siete locos,
“Las caras no son gratuitas”. Es para mí una afirmación que resume la
importancia de encontrar al menos un rasgo definitivo en los personajes creados
en cualquier producto narrativo. Y en efecto: por razones que quizá no
llegaremos a entender del todo, un mínimo pliegue natural en el rostro puede
lograr que tal o cual personaje encarne héroes, y otro, villanos, o que uno
parezca sufrido, y otro, alegre. Se supone que los expertos en casting saben
muy bien esto y, además de la capacidad histriónica medida en las pruebas
aplicadas a los aspirantes, calculan a partir de la fachada quién encaja mejor
para cada personaje. “Las caras no son gratuitas”, repito la sentenciosa frase
de Sáenz.
Una
película insignia del casting perfecto es El bueno, el malo y el feo, donde la
mejor cara es sin duda la de Lee Van Cleef, el malo, quien apoya casi toda su
intrínseca malditez en los ojos felinos, siempre rasgados y amenazantes.
Pero
no es necesario ir tan lejos, a las joyas del cine, para saber que las caras
son fundamentales a la hora de crear impacto y verosimilitud (en las películas
con un enigma fuerte suelen escoger a un tipo de cara bonita para fungir como
culpable, pero este recurso ya ha sido manoseado y por lo tanto es previsible).
Hasta en las cintas de bajo presupuesto o las telenovelas chafas (frase que
puede ser considerada un pleonasmo) hay un sistema implícito para seleccionar
héroes y villanos, con la escala de grises que puede caber en los extremos. Tal
es la razón por la que Adela Noriega siempre fue una heroína lánguida y Nailea
Norvind fue con frecuencia la prima envidiosa, o por la que Polo Ortín siempre
caracterizó al tío ruco buena onda y Fernando Colunga el CEO sin un solo pelo
fuera de lugar.
En el teatro, en el cine, en la novela y el cuento, e incluso en el cómic y la publicidad, con frecuencia una cara, así sea construida sólo con palabras escritas, dice más que mil parlamentos.

