lunes, junio 15, 2009

Gracias, Melody



No han pasado ni diez minutos y ya escribo esto que no quisiera escribir. Lo escribo consternado, triste por la partida de Melody Villarreal Miranda. Cuido en casa a mis tres hijas mientras Renata, luego de sus actividades de sábado por la mañana, va al Sanatorio Español para ponerse al corriente sobre la salud de nuestra común amiga, quien apenas el miércoles dio a luz a su segunda hija nacida prematuramente, pero bien. El viernes en la noche, tras la operación en la que los médicos le detuvieron una hemorragia después del complicado parto, las noticias sobre Melody eran alentadoras. La madrugada del sábado, sin embargo, los problemas no cesaron. En la mañana de ayer le llamé a Miguel Frías, su esposo, para saber cómo iba todo: él, con varios días sin poder dormir, me dejó entrever que los médicos no se mostraban demasiado optimistas. Unas horas después, al mediodía, su esposa partió.
Borroneo estos párrafos, como digo, con la mala noticia todavía fresca en el corazón. Me siento muy triste, muy apenado y, por qué no decirlo, con una especie de rabia contenida e impotente. Me siento así, lo confieso, no sólo porque Melody era nuestra amiga, la solidaridad encarnada ante cualquier mal momento, sino porque uno siente injusto que se vayan tan tempranamente personas como ella, seres humanos a los que nadie puede señalarlos con el dedo para decirles nada, nada salvo palabras de elogio, cariño y respeto.
Nacida en el seno de una familia trabajadora y muy religiosa, Melody fue alumna de mi esposa en el Iscytac. Estudió diseño gráfico y desde entonces mantenía una relación estrecha con nuestra familia. Por la edad de nuestras hijas, nunca faltó y nunca faltamos a los cumpleaños infantiles mutuos. A mi esposa y a mí nos había dado el bello estatuto de padrinos, de padrinos honorarios, acaso un padrinazgo más auténtico que los oficiales, pues en él no mediaba ninguna ceremonia ni papel. Gracias a su negocio de diseño, durante casi diez años Melody se apuntó para elaborar, con inverosímil generosidad, las etiquetas que todavía lucen los cuadernos de mis hijas, esos rotulitos que indican la propiedad y el colegio donde estudian. Cada inicio de año escolar, pues, mis hijas esperaban con ansia los diseños que Melody les hacía para pegarlos durante la rutina anual de forrar libros y libretas.
Un rasgo definía a Melody: la alegría. Su nombre casi determinó su personalidad. Increíblemente, ella tenía una capacidad innata para el optimismo. Nunca la vi, nunca nadie la vio triste alguna vez, y hasta supe que en la cama del sanatorio, sin habla por el equipo médico y las anestesias, lograba reconocer a los suyos y les sonreía como siempre le sonrió a todo. Esa alegría a prueba de cualquier adversidad tenía, creo, dos bases: su propia naturaleza, por un lado, y, por el otro, la fuerza espiritual que rodea a su familia, a sus padres, a su hermano Jorge, a su esposo, a su pequeña hija mayor y de seguro rodeará también a su recién nacida. La combinación de esos dos factores daban como resultado un ser humano entero, firme, justo, pródigo, honrado, pulcro, cristalino y capaz de trasmitir felicidad con solo estar.
Quizá alguien piense que me rebasa el dolor y que, ante la cercanía de la pena, me excedo en el elogio. Es costumbre, cierto, que hiperbolicemos los rasgos positivos de quien se nos adelanta, pero no es menos cierto también que en ocasiones no es necesario exagerar nada, y éste, el de Melody Villarreal, es el caso. Destaco la limpieza de su personalidad porque era evidente para todos, tanto que en ocasiones parecía desbordante. Estamos tan habituados al estrés, a las malas caras, al exabrupto y al mal trato que aquí y allá encontramos (nosotros mismos solemos caer en acritudes de distinto signo), que nos deslumbra hallar una persona de ésas que nunca están de malas, que siempre se desviven por servir y por comunicar alegría. Melody, insisto, era así, y esto no lo afirmo porque me lo hayan contado, porque me enteré de oídas. Lo vi, sentí varias veces cerca la cordialidad de esta joven lagunera excepcional y dueña de un espíritu de servicio fuera de todo orden, poseedora de un corazón en permanente acto de dar.
Pensar en Melody, por todo, me desgarra hoy, es verdad, pero más me desconcierta. Carezco de bases religiosas que me ayuden a comprender el sentido trascendente de la muerte así, llegada tan de sorpresa. Como siempre en mi caso, traigo a un plano terrenal los hechos que me tocan. Tanto que necesita esta país de gente buena, tanto que requiere de personas inteligentes, generosas, justas, y perdimos aquí la valiosa colaboración de Melody para que este mundo esté un poco mejor. ¿Por qué, por qué se van esos hijos, esos hermanos, esas madres, esos amigos tan necesarios para hacer más respirable la existencia? Sólo meneo la cabeza, desconcertado, abatido por una ausencia que deja a mi familia, a mi mujer y a mis hijas, a mí, sin una ahijada que siempre nos buscó para preguntar, sonriente, en qué ayudar, en qué podía servirnos. Porque nunca habló para pedir. O sí: hablaba para pedir que le pidiéramos, y sé bien que así lo hacía con todas las personas que tenían la inmensa fortuna de toparse con su amistad.
Melody, como su nombre, era una fiesta sin orillas. Frente al negror del mundo, frente a las desgracias que a toda hora nos abaten, ella pintó siempre en su rostro el gesto de la alegría que a su vez era el gesto de su fe en dios manifestándose en ella o desde ella. De veras, qué increíble que se vayan personas con esa madera espiritual, jóvenes que desde muy jóvenes dan ejemplo de sabiduría y de desprendimiento por el otro.
Insisto que no tengo autoridad ninguna para explicar el sentido metafísico de un hecho como éste, pero me atrevo a imaginar que si Melody nos viera tristes, no se acongojaría ni se enojaría, pues para ella esos sentimientos fueron desconocidos. Simplemente sonreiría y nos tendería la mano para ayudarnos a salir del desaliento.
Gracias por todo, Melody. Siempre.

Biodiversa 2009. Declaración Final



Los asistentes a Biodiversa 2009 deseamos hacer nuestro público compromiso con la sostenibilidad de la Comarca Lagunera.
Entendemos que esto sólo será plenamente posible si aseguramos la perdurabilidad de Durango, de Coahuila, de México y del planeta entero.
Actuamos en lo local mientras pensamos en lo global.
En La Laguna se están usando los recursos de manera insostenible. Los acuíferos se agotan, los suelos se salinizan y pavimentan, los ríos se desecan y el aire se ensucia.
Esta lógica pone en peligro la base misma de nuestro desarrollo y bienestar.
En particular el agua, un factor indispensable para la vida, no es valorada en todas sus dimensiones por quienes la usan y la administran.
Se le reduce a un insumo para la producción, en una veta minera con la que hay que terminar cuanto antes.
Esto nos ha llevado a una pérdida sin paralelo de ecosistemas lacustres, a la muerte de preciosos bosques de río y a la elevación de los niveles de arsénico en el agua que consumimos cada día.
El entredicho en el que se encuentra la salud y el bienestar de nuestros seres queridos, de nuestras comunidades y de nuestros ecosistemas nos lleva a asumir este compromiso.
Desde este compromiso hacemos un llamado a los partidos políticos, organizaciones sociales, empresas, iglesias y sindicatos a que abran espacios de reflexión y de acción que nos permitan enderezar este camino que hoy nos conduce a la ruina, a la enfermedad y a la muerte.
Hacemos este llamado conscientes de que la lucha por la sostenibilidad es la lucha por un futuro de progreso, de bienestar y de equidad. Una lucha en la que nadie sobra.

Suscrita y firmada por 700 asistentes al Séptimo Encuentro Biodiversa 2009, enTorreón, La Laguna, centro norte de México a 12 de junio de 2009

sábado, junio 13, 2009

Fin de la propaganda



Estamos parados en el fin de la propaganda. Ante el tamaño cósmico del escepticismo, los mensajes políticos han sido tan enanizados que los candidatos no nos resultarían persuasivos ni arrodillados y suplicando por el voto. Platiqué sobre esto, hace poco, con mi cuate Eduardo Holguín. Le comenté, entre otras percepciones, que con frecuencia escucho hablar sobre la “falta de propuestas”, sobre la “carencia de ideas” de los candidatos. Mi respuesta a eso es otra pregunta: ¿y qué pueden proponer que parezca convincente y que la realidad no se encargue de desmentir en automático?
Efectivamente, la cochina realidad aniquila (aniquilar procede del latín annichilare, reducir a nada, y es palabra etimológicamente hermana de nihilista, quien no cree en nada, donde se ve que ambas comparten la raíz nihil, nada) cualquier intento por convencer desde un cartel, un espot, un espectacular o una calcomanía adherida a los coches (que es lo único, por cierto, que adhiere hoy a esas causas). Antes incluso de enunciarlos, los mensajes encaran, per se, una contradicción en los hechos: si alguien ofrece paz, ese día matan a 46 en el país; si alguien ofrece educación, Elgángster Gordillo sigue allí; si alguien propone mejores salarios, mañana mismo botan de sus chambas a otros tres mil trabajadores; si alguien asegura que legislará a favor del medio ambiente, miles de metros cúbicos de agua siguen siendo saqueados o contaminados en el momento en el que leemos esta línea. O sea, la propaganda no puede ya, ni a pujidos, sonar más que a demagogia.
Por eso mi afirmación es contundente: mientras la terca realidad se obstine en evidenciar la galopante jodidización del ciudadano, los eslóganes y los discursos no pasarán de ser lo mismo que la Constitución o la Biblia: letra muerta. Vivimos pues el impasse de la propaganda, así que preguntar por las “propuestas” es ingenuo. ¿Cómo articular una propuesta? ¿Cuáles son las siete, ocho, nueve o diez palabras que, combinadas en lemas de combate, lograrían persuadir al electorado? Por fuerza, entonces, los lemas de batalla serán gaseosidades sin sustento, palabras más huecas que el corazón de un usurero. La propaganda hace presencia, sirve en lo inmediato para crear la ilusión de campaña electoral, pero no creo que predisponga favorablemente a nadie. En todo caso, la estrategia ahora es vender, sin metáfora, la imagen al estilo peñanietil, es decir, convencer al electorado con rostros como sacados de revista Players o Poder y negocios, con Photoshop abusivo (photoshopear es un neologismo que hoy se usa mucho) y diseños tipográficos vistosos.
Muestro un par de casos locales en los que el discurso electoral (la famosa “propuesta”) aterrizó en las mismísimas entrañas de la Nada. El primero, del candidato Luis Gurza, es un mensaje diseminado en viniles y pegotes para coche. Muestra al candidato en big close up, con una sonrisa tanguera, buen trabajo de Photoshop y un mensaje que tiene algo de disparatado: “Contra el secuestro y la violencia”. Me recordó el letrero que alguna vez vi en el interior de un billar: “Prohibido ingerir bebidas embriagantes y cerveza”, o la tarjeta de presentación de un fallido intelectual lagunero: “Poeta y escritor”, como si uno de los términos no comprendiera al otro, como si el secuestro no fuera, y vaya que lo es, violencia.
Otro anuncio, el de Ricardo Rebollo, peca al menos de ambigüedad. Photoshopeado excesivamente, trasformado en lo facial con un doradazo look brunette que envidiarían Paulina Rubio y Galilea Montijo, el ex alcalde gomezpalatino opera con la leyenda “Para hacer más”. ¿Hacer más qué? Es como si el verbo “hacer” sólo implicara la ejecución de buenas obras. Por ello, su simplonería es escandalosa, de una pobreza retórica digna de los tiempos políticos que vivimos: tiempos de descreimiento y ruindad, tiempos de extravío y cinismo, tiempos de propaganda sin vergüenza, tiempos para no despilfarrar el tiempo en esa estéril promoción de naderías.

viernes, junio 12, 2009

(S)obras públicas



Este país estará bien cuando los hijos de los funcionarios públicos de más o menos buen nivel para arriba usen las carreteras públicas, las escuelas públicas, los parques públicos, las instalaciones deportivas públicas, los hospitales públicos, lo espacios culturales públicos, los centros vacacionales públicos y, por supuesto, las guarderías públicas. Mientras tanto, la obra pública edificada para los mexicanos es de octava, improvisada, de mala calidad y diseñada en muchas ocasiones con las patrullas, digna de la pelusa (pensarán) que usará edificios y demandará servicios sin merecerlos realmente, pues todo ciudadano es para el poder un simple votante, un animal electoral, no un ser humano.
Desde que recuerdo, vivimos condenados a, si la hay, infraestructura pública pichicatera y fea. Por eso, cuando uno nace o se instala en la clase media repelera decide de inmediato escapar para siempre de los beneficios que nos da el gobierno. Del clasemediero en adelante, todos huyen de la obra pública y recurren a los servicios privados, esos servicios un poco más decorosos y donde es posible reclamar deficiencias. Llega un momento en el que, pese a los impuestos pagados religiosa, sistemáticamente, el clasemediero luchón ya no usa nada o casi nada de lo que nuestro gobierno amablemente arroja, como al suelo unas migajas, como las sobras de un plato. Así, viajamos por carreteras de cuota, nos compramos un segurito de gastos médicos, contratamos con un club social (“llévame a Sani, mamá”), inscribimos a los chamacos en un cole, los llevamos a clases vespertinas exclusivas, residimos en algo que no huela a ratonera de Infonavit y si de guardería se trata, pues una estancia infantil privada es lo mejor. La razón es simple: todo o casi todo lo que edifica el Estado para la perrada nostra es escaso, queda chico, no funciona bien y al final sólo sirve para que nuestra briosa raza de bailadores de jarabe sienta que la atienden.
Por eso, aunque el hecho fue desgarrador, nada me asombra que la guardería ABC de Hermosillo consistiera básicamente, desde el punto de vista arquitectónico, en una megacaja de galletas Marías, en un bodegón infame en el que ni siquiera luciría un taller de enderezado y pintura. En esos edificios cuchos, improvisados e informes hay un mensaje del Estado a la ciudadanía: esto es lo que el populamen se merece, y si no le gusta, no hay remedio: que chingue a su madre. Haga el lector, porfa, un esfuerzo por recordar algún sitio con infraestructura pública que no lo haya deprimido. Aseguro que el esfuerzo será mínimo, pues abundan esas instalaciones sin zonas verdes, mal planeadas, sin el menor sentido de la funcionalidad y la estética, verdaderos homenajes al atole con el dedo. Los niños y los padres que asistían a la guardería ABC no tenían más alternativa, unos por pequeños, otros por pobres. El caso es que ese espacio, aunque no le hubiera pasado nada, era en sí mismo, como tantos y tantos, indigno de seres humanos que, pese a sus limitaciones económicas, merecen algo mucho mejor.
En otra oportunidad quisiera hablar sobre este mismo tema en relación a una conferencia de Sergio Fajardo Valderrama, ex alcalde de Medellín y ahora aspirante a la presidencia de Colombia. No adelanto mucho, sólo que ante una realidad pavorosa de marginación y violencia puso en marcha un plan para abatir de manera honda y nada demagógica los índices más negros de la realidad medellinense. Por hoy sólo comento, con rápida simplicidad, que Fajardo y sus asesores construyeron grandes edificaciones públicas (escuelas, centros culturales, hospitales) en zonas marginales de Medellín. Pensaron ofrecer un servicio del Estado, sí, pero también levantar la autoestima de la gente, hacerla sentir con derecho a lugares hermosos. Muchos espacios públicos de México, como la guardería ABC, son deprimentes y ahora comprobadamente peligrosos. (S)obras públicas, en suma.

jueves, junio 11, 2009

Quisiera ser mercenario



Vi en febrero y a saltos la entrega de los Óscares; algunos meses después vi Quisiera ser millonario, cinta que obtuvo el galardón como mejor película de 2008; durante todo el trayecto de la historia pensé en un libro que leí recientemente: La existencia sitiada (Fineo, 2006) del español Eduardo Subirats. Esas páginas son un arduo bucear en las claves de la maquinaria/mundo que vivimos: la violencia, el mercado, la construcción de realidades vicarias con los medios, la fragmentación y banalización informativas, el aniquilamiento de la memoria histórica y la anulación de las diferencias culturales. Todo eso pensé mientras pasaba frente a mí el choro de Quisiera ser millonario, film que no hace más que montar un viejo dispositivo de dominación: crear en la masa sometida la ilusión de éxito y libertad. Es, claramente, un producto hecho ex profeso por y para la academia hollywoodense y deja sin tocar un pelo a los causantes pasados y actuales de la miseria, en este caso, hindú.
Se trata pues de un film exculpatorio, uno más: qué importan los millones y millones (esta no es una hipérbole, pues en verdad son millones, más de mil, por lo que la India es el segundo país más poblado del planeta) de parias que viven en la tierra de los mahatmas y en el mundo entero, si al final un afortunado hijo de la miseria llega a millonario. Qué importa el latrocinio mundial de los países neocoloniales, de las trasnacionales, de las mafias político-económicas internacionales, si hay un concurso televisivo que nos permite soñar en la pachocha, que es sinónimo de salvación. Es el “sí se puede” ogmandinesco que alimenta bobas fantasías y desactiva enconos.
En Quisiera ser millonario la realidad aparece edulcorada, por más que veamos dos o tres imágenes tremendistas (joder los ojos de un pequeño para enceguecerlo y convertirlo en mendigo, o que el protagonista, cuando niño, caiga desde la letrina en un lago de mierda). El mafioso de Bombay, por ejemplo, es un malvavisco comparado con lo que podría ser un fayuquero de Neza. La chica del basurero, en vez de terminar convertida en un andrajo por culpa de la indigencia extremísima, termina por parecer una Bratz de lo más sexi, no pierde sus “valores” y se convierte en fundita de gángster.
El final no tiene abuela. Lo que debería ser una película estremecedora, casi automáticamente crítica de la miseria más miserable que en el mundo hay, termina con una postsurrealista coreografía de High School Musical donde de plano se descara el afán de complacer a los culpígenos y distantes espectadores de Beberly Hills, quienes con ese clímax no deberán sentirse tan mal por haber visto al niño ojetemente enceguecido o al pequeño que nada en excremento; al final, todo Bombay, la India toda bailará llena de júbilo por la belleza de la vida, por la suerte de tener una oportunidad (una sola, la del concurso) de redención, y no agitará sus juanetes en una danza tradicional, sino en una muy coordinada pieza que envidiaría Michael Jackson en Thriller.
Los caminos de la depravación mercantil llegan al límite en películas como Quisiera ser millonario. Un país con tan pavorosa miseria no merece que Hollywood le sancione como espléndida una película que termina por ser testimonio indoloro y hasta aséptico, pese a sus dos o tres escenas truculentas. Por ello, traigo a Subirats: “Uno de los daños colaterales de la aceleración y fragmentación informativas es la descontextualización de los signos. Se construyen y diseminan ‘paquetes de realidad’ programadamente ilegibles. En la pantalla, desaparecen técnica y estéticamente los marcos sociales, políticos o culturales de lo que resulta enteramente imposible comprender el signo de un conflicto social”. Un fraude, en suma, y fue Óscar a la mejor película de 2008. Así nos imaginan los grandes mercenarios del entretenimiento: jodidos pero contentos, felices y soñando ser millonarios.

miércoles, junio 10, 2009

Héroes de Hermosillo



La mente apenas puede digerir las imágenes creadas por la palabra cuando las descripciones son así de espeluznantes: me refiero a la crónica “Tenían plástico derretido en la piel”, de Shaila Rosagel (El Universal), quien narra, a partir de lo que le cuenta Francisco Manuel López, los minutos de horror en los que la guardería ABC era devorada por las llamas. Y no es que otras tragedias de ese tipo duelan menos, como la del News Divine: todas son igualmente lamentables, pero el hecho de saber que el siniestro de Hermosillo tuvo como escenario una estancia para bebés torna pavorosamente aguda la sensación de desgracia.
La crónica de Rosangel se apoya, como dije, en la experiencia que le cuenta Francisco Manuel López, de 23 años. Empleado de un taller de laminados cercano a la guardería, el joven supo del incendio por su padre. De inmediato, López se apersonó en el sitio donde ocurría la tragedia. Vio que el lugar sólo tenía una puerta y que ese acceso no podía ser usado por culpa de las intensas llamas y la saturación de humo. Eran minutos, segundos decisivos, por eso varios ciudadanos usaban un zapapico para tratar de abrir un boquete y poder ingresar por otro punto al local. Tal fue la razón por la que, sin dudarlo, Francisco Manuel arremetió con la parte trasera de su troca contra el muro; no fue fácil fracturarlo, e incluso se quedó atorado por un instante. La desesperación por ayudar fue tanta que, tras ocho golpes, abrió el primer hoyo; luego haría otros dos, por donde pudieron entrar, al fin, los rescatistas.
Todo eso pasó en unos segundos, los suficientes para provocar la mayúscula desgracia que ya conocemos. Sin embargo, gracias a las agallas de un muchacho muchos niños fueron rescatados de la que es, acaso, una de las muertes más dramáticas que pueda padecer el ser humano. La heroica voluntad de Francisco Manuel no terminó con la peligrosa demolición provocada con su camioneta; cuando terminó esa obra, ya de por sí valiosa, ingresó a la guardería para ver qué tanto podía hacer entre la lumbre y la espesez del humo.
Lo que sus ojos vieron son tal vez las escenas más desgarradoras que unos ojos puedan ver: “La gente entraba y salía. El primer policía que entró no tardó ni cinco minutos para salir gateando y ahogado por el humo. Yo levanté pedazos de hielo seco ardiendo y vi niños con plástico derretido pegado en la piel”, declaró. Ahí el dolor es inimaginable y rebasa lo que un ser humano sensato puede tolerar siquiera en el plano de la fantasía. Eran niños, bebitos que de golpe sentían en sus cuerpos desvalidos un dolor infernalmente cruel.
Francisco Manuel quedó lastimado de la columna debido a los golpazos de su camioneta contra las paredes de la guardería. Ante los hechos, no le importó nada y procedió con una conciencia más que ciudadana, humanitarísima, lo que demuestra que en cualquier persona puede haber gestos de valentía que por lo general quedan oscurecidos por lo contrario: por la ruindad de las sociedades que hemos construido, una ruindad que opera a imagen y semejanza de autoridades envilecidas en el negocio con lo público.
No es, quizá, buen momento para hablar de lo que está saliendo a la luz tras el horrible acontecimiento de Hermosillo: que las guarderías son también parte, como tantas otras cosas en este país, de un tráfico de intereses multifamiliares en las cúpulas del poder. No es una calamidad menor, sino una desgracia inconmensurable, que las guarderías manejadas bajo el sistema de subrogación sean parte de una red de amarres decididos en la esfera política. No es la primera vez, entonces, que tras un siniestro como el de Sonora sale a relucir lo peor del sistema, sus enjuagues y trastadas. Eso, en lo inmediato, no debe sofocar, sin embargo, el elogio bien merecido para muchas personas que arriesgaron su vida por decenas de niños. Francisco Manuel López y otros sonorenses son buen ejemplo de que en México aún hay ímpetus heroicos.

domingo, junio 07, 2009

Premio a Travesti



Felicitemos a Carlos Reyes (Torreón, 1976) porque acaba de agenciarse el Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2009. A continuación, una entrevista y, luego, el arranque de su novela:
o
¿De qué trata tu novela (protagonistas, ubicación geográfica, época)?
Sobre el fenómeno del travestismo en Torreón. Son tres historias de tres distintos travestis. El primero se llama Sonia y anduvo circulando por acá en los sesenta en la zona de tolerancia. El segundo es Verónica Verano, también de la zona, pero cuyo auge más bien fue en los ochentas; y el tercero, Paulina, ya en la época actual y más bien en La Rueda. Algunas de las escenas se ubican en la frontera norte del país, sobre todo las andanzas del travesti llamado Sonia.
o
¿Cuándo la escribiste y motivado por qué?
Empecé a escribirla en el 2005. Al principio estaba escribiendo un libro de relatos, y me faltaba uno que ya estaba en mi planificación; era un relato sobre travestis. Comencé a hacer una investigación, y cuando me di cuenta ya tenía demasiado material y muchísimas historias. El relato resultó insuficiente, así nació esta novela.
o
¿Qué tanto embona o que tanto se separa de tus anteriores obras?
Se separa de todas definitivamente en temática y forma, pero bueno, casi todos mis libros han sido muy diferentes entre sí. Por ejemplo, de la novela anterior, no creo que tenga similitudes más que la flexibilidad de la estructura y la forma en que el tiempo se rompe, pero en temática son muy distintas. Y de los libros de poesía, pues ni hablamos, supongo que nada tiene qué ver con ellos. Pero opino que es un libro raro, y en eso es similar a todos los demás, al menos es lo que me gusta e intento hacer.
o
¿Qué extensión y estructura tiene tu novela?
La novela tiene 120 cuartillas, no es muy larga, pero tampoco llega a ser una novela corta. Rápida sí, sus capítulos son breves, son de fácil lectura. La estructura es rara, a veces estamos en los sesentas con Sonia, luego en el 2005 en La Rueda. Además incluyo una entrevista y algunos capítulos más cercanos a ensayos sobre el travestismo, y esos se van mezclando sin una aparente relación. El único eje que sostiene el libro sería en todo caso el “travestismo”, ya que de alguna forma intenté yo mismo como autor travestir mi obra, hacer de mi novela un fenómeno travesti. ¿Si lo logré o no? A ver qué opina la gente, pero creo que el objetivo se cumplió: hablar del fenómeno travesti sin usar un discurso moralista ni caer en etiquetas como literatura gay, no se apoya ni se ataca el travestismo, simplemente se cuenta una (¿varias?) historias donde los personajes principales son travestis. Esta novela no aborda el tema gay ya que el travestismo no es inherente a la homosexualidad.
o
¿Qué significado tiene para ti este nuevo premio?
Tiene varios: 1) me ayuda a terminar de convencerme que cuando haces las cosas sin intentar ser nadie funciona mejor, sale algo más propio, y creo que este premio es la prueba de que por ahí es por dónde; 2) me ayuda a seguir vigente en las publicaciones, seguir y trabajando; y 3) para mí significa mucho poder ganar un premio desde la provincia, porque me queda claro que no es necesario ir al centro para triunfar.
o
Nuestra Señora de las Flores (primer capítulo de la novela Travesti)
Camelia vendía flores de papel que ella misma elaboraba. Solían llamarla “Nuestra Señora de las Flores”. Hacía de “Celestina” presentando señores con señoras. Como toda mujer romántica creía en el amor. Montaba valses para quinceañeras. En el fondo de su corazón seguía siendo una chiquilla enamorada. Camelia no era mujer. Su verdadero nombre era Carlos Pérez. Fue el primer travesti de Torreón allá en los sesenta. Hoy su nombre es un emblema.
—¿Quéee? pérate, pérate, pérate. ¿Era hombre?
—Sí, se llamaba Carlos, vivía en la Leandro Valle y...
—¿Fue el primer travesti de Torreón?
—La primer “vestida”, exactamente. Aunque no total. Se maquillaba, se peinaba como mujer, usaba aretes, y collares, traía las uñas arregladas, pero se vestía con pantalones de hombre, camisetas y zapatos de mujer. No se “vestía” totalmente, pero era lo más cercano.
—Pero ¿no era cierto eso de las flores y lo de la Celestina y lo de los valses, verdad?
—Todo es cierto. Eso hacía La Camelia. ¿Qué quieres? Era una romántica.
—¿De qué años estamos hablando?
—De los sesentas.
—¿Todavía vive?
—No, ya murió.
—¿De qué?
—Dicen que de Sida, pero no es cierto. Antes decían eso siempre que se moría un homosexual, pero Camelia no murió así.
—¿Cómo sabes?
—Camelia antes que travesti y homosexual, era una dama. Se portaba bien, no era una loca, era tierna, linda, sana. Era raro verla en la Zona, donde sí andaban los maridos de las mujeres que dijeron que murió de Sida. Esos maridos que por cierto preferían bailar, tomar, platicar y hasta pichonear con las vestidas que con las prostitutas.
—¿Se las cogían?
—Unos sí, otros no. La cuestión es que en aquel entonces no sabían que eran hombres. Cuando descubrían el truco, a veces las golpeaban y unos hasta las mataban. Otros se hacían los indignados frente a los cuates, pero de rato regresaban.
—¿Neta?
— (Silbido de afirmación)
—Bueno, a ver, ¿qué pedo? ¿Qué pasó con la Camelia, y las flores? ¿Qué más?
—Ah, guey, si el morbo es cabrón, ¿verdad?
—Ándale, ya, síguele, ¿estaba guapa?
—Camelia era un hada atrapada en un terrible cuento.

sábado, junio 06, 2009

Palabras para una colección



Tomo un fragmento de las palabras que Saúl Rosales escribió para presentar, el jueves pasado, la segunda serie de la colección de libros auspiciada por la UAdeC. Quiero insistir en un hecho irrefutable que por cierto aprendí años ha de Saúl: la importancia que tiene la publicación de libros por parte de las universidades. Van pues las palabras de Saúl:
"Con la proverbial tenacidad (terquedad) de los habitantes del norte árido, mi admirable amigo Gerardo Segura me insistió para que yo presentara, junto con Claudia Berrueto, la segunda serie de libros de la Colección Siglo XXI Escritores Coahuilenses, publicada por la Universidad Autónoma de Coahuila. Yo me resistí. En general evito salir de mi catacumba si no es para ir a ganarme los maravedíes de la quincena. Pero sobre todo eludía el compromiso de la presentación porque mi condición de milusos me ata a muchas obligaciones asalariadas y porque mi condición de milusos me deja cada día como minero de Pasta de Conchos, sin fuerzas ni para escribir mi testamento. A mi edad es una obligación asentar el ocio en el bosque, en la playa o en la nada.
Sin tiempo ni energía disponibles tenía la justificación para resistirme a la insistencia de Gerardo. No me estimulaba ni la tentación de convivir en esta mesa con Claudia Berrueto, amiga de mi especial aprecio. Pero triunfaron sobre mí, es decir, me derrotaron, el tesón de vencedor del desierto de Gerardo y mi vergüenza porque parecía que quería poner a mi amigo en el papel de Jorge Negrete en la canción de El rogón. Por eso estoy ahora participando en esta presentación de libros publicados por nuestra Universidad, lo que es un mayúsculo motivo de júbilo hasta para mi osamenta y mi ánimo minados.
Sé que no escribí nada bueno para hablar de tan buenos libros publicados por la Universidad Autónoma de Coahuila, por eso esta larga introducción trata de disculparme.
No lo hice bien. Si no me creen, escuchen lo que alcancé a redactar con mi mente constreñida (y estreñida) por la falta de tiempo y energía.
Es motivo de júbilo la presentación de libros de autores que conocemos y de autores que desconocemos. Sin embargo esta vez prefiero encomiar el que sea una universidad, la Universidad Autónoma de Coahuila, quien patrocina una segunda serie de volúmenes de Escritores Coahuilenses. Y no por la calidad de los autores, que en general es extremadamente meritoria, sino porque nuestra Universidad –nuestra porque es de nuestro estado y nuestra porque me honra permitiéndome ejercer el magisterio en sus aulas– nuestra Universidad, digo, cumple la noble tarea de dar cause a un caudal editorial mientras instancias que también debieran hacerlo no incluyen esta labor entre sus afanes. A la institución que la sociedad conoce como universidad se le ha asignado la difusión cultural como una de sus funciones fundamentales. La publicación de libros es una de las más trascendentes formas de la difusión cultural y en proporción con las casas de estudios superiores que nos adornan puede decirse que no existe.
En nuestro tiempo tan alejado de los libros y tan encaminado a la incultura y la barbarie, es un acto de fe en la potencia del espíritu publicar libros de literatura como los de la colección que la Universidad Autónoma de Coahuila presenta ahora. Gracias a la serie de volúmenes que la Universidad pone a disposición de todos los lectores disfrutaremos la convivencia con autores que nos son cercanos y con otros que lo serán gracias a la Colección Siglo XXI de Escritores Coahuilenses. Recordemos que en la primera serie otra buena camada de laguneros tuvimos la oportunidad de aparecer publicados.
Mediante los volúmenes de esta colección, la Universidad nos da a los lectores la oportunidad de conocer y reconocer una parte significativa de las letras coahuilenses. Tenemos en la nueva serie el ensayo, con su lucidez; la poesía, con su esencialidad; la narrativa, con su riqueza y aun el guión cinematográfico que más allá de las imágenes previstas nos instala, con el empleo de la palabra, en un momento y un espacio de nuestra lengua, la del coloquio cotidiano.
Si pretendemos “comprender nuestro interior y nuestro exterior”, como en su lúcido libro de esta colección (Microcosmos. El hombre como compendio del ser) propone Mauricio Beuchot, entre los mejores instrumentos para lograrlo encontraremos los libros, y entre ellos, los que son como los que nos ofrece la Universidad en esta serie.
La paranoia de aficionado a la lectura me lleva como a otros a ver no pocos indicios de acechanzas contra el libro. No ataques directos que pretendan desterrarlo, sino la promoción y la protección desmedidas de competidores que restan el tiempo que antes se le dedicaba. Por eso a la menor provocación, quienes creemos en el libro como valioso invento de la humanidad que conviene preservarse, debemos resaltar sus bondades y los esfuerzos de quienes lo producen y que, a pesar de todo, lo mantienen en una robusta vida.
Libros de literatura como los de esta serie nos llevan a extremos lingüísticos en los que la palabra es cieno o manjar, armonía o estridencia, experimento fallido o mezcla revolucionaria; y también a geografías remotas o imaginarias; a todos los tiempos y a las complejidades floridas o erosionadas de las sociedades y de las almas, y en sus viajes los lectores encontramos el refugio de mundos si no mejores, sí distintos y completamente abiertos.
El libro de literatura además de entretener a desocupados y ocupados, como dice el Quijote, ayuda a pensar y no sólo estimula el raciocinio sino excita la imaginación y agiliza la mente, por lo que es antídoto contra el irracionalismo que los altos poderes mundiales están inoculando en las sociedades para convertirlas en masas productoras de riqueza que no reclamen más que diversión fútil, sexo abundante e hipocresía litúrgica. Estas tres cosas, se puede apreciar fácilmente, tienen como común denominador el irracionalismo.
Celebremos esta memorable tarea editorial institucional. Y aunque sueno como vocero oficial y puede parecer que lo soy, sin serlo, hablo como hombre que ha encontrado en los libros muchas explicaciones para las interrogaciones internas y para las que me arroja el exterior, quiero decir, hablo como ser humano agradecido por lo mucho que los libros me han ayudado para aligerar el peso de sobrellevar la vida.
Esta segunda serie de la Colección Siglo XXI de Escritores Coahuilenses de la Universidad Autónoma de Coahuila con sus volúmenes me ayudará a seguir resolviendo enigmas de la vida y a embeberme sin magnetismos pragmáticos con el goce de la lectura. Supongo que lo mismo hará con todos los que se adentren en sus páginas. Compartamos el júbilo por los nuevos libros".

viernes, junio 05, 2009

Peluche justiciero



Cualquiera sabe que Alejo Carpentier, monstruo de la narrativa cubana, adhirió al movimiento surrealista durante su primera estada, joven él, en París. Hacia 1933, en pleno auge de la estética defendida por Bretón, Miró y demás secuaces, el narrador y musicólogo habanero publicó su primer libro, ¡Écue-Yamba-O!, texto de tema afrocubano y sobrepoblado por guiños surrealistas. Pasado el tiempo, Carpentier renunció voluntariamente al onirismo a la Bretón pues halló en la realidad latinoamericana, redescubierta tras su regreso de Europa, el caldo cultural que le serviría para fraguar su noción de lo real-maravilloso, noción que es, se supone, una etapa superior del surrealismo o, al menos, su versión criolla, no voluntaria, tan real como asombrosa.
He escrito ya que la revelación carpenteriana fue para mí determinante. Luego de conocerla, de leerla en ese prólogo-diatriba contra el surrealismo contenido en El reino de este mundo, la realidad de mi pequeño mundo lagunero se me dejó venir con otra consistencia, y el asombro no cesa. De hecho, siento que son idénticos, en lo básico, los grandes desastres de nuestro continente espiritual, Latinoamérica, sus líderes de pacotilla, sus pavorosas franjas de miseria aledañas a los paradójicos guetos del privilegio, la corrupción forjada por décadas, el caos, el lameculismo de una clase media que desea subir y no puede lograrlo por su asustadiza catadura política.
Esto significa que, además del idioma, nos unen rasgos que en muchos casos hacen que parezca idéntica una situación salvadoreña a una colombiana, o una uruguaya a una ecuatoriana, o una peruana a una mexicana: es el común denominador de la improvisación, la corrupción, la anarquía y el cinismo lo que a puños genera acontecimientos que escapan a la lógica para instalarse en el teatro del absurdo sin necesidad de escenografías efectistas. Cuento uno que leí ayer en un cable informativo. Ocurrió en Bahía Blanca, ciudad situada casi mil kilómetros al sur de Buenos Aires. Es el puerto donde nacieron, entre otros, los escritores Héctor Libertella, Eduardo Mallea y Jorge Boccanera, pero ahora es más famoso porque de allí es Emanuel Ginóbili, el basquetbolista de los Spurs de San Antonio.
Bueno, en aquella ciudad un hombre que usaba una botarga de pollo para promocionar un restaurante en la vía pública vio que un tipo intentaba abrir, sospechosamente, un coche. Era un ladrón en pleno acto. De inmediato, el pollo humano, en vez de no decir (literalmente) ni pío, gritó para que el caco (palabra ésta que era venerada por la antigua crónica policial) dejara de hacer su diablura. Al verse sorprendido, y al notar que el emputado pollo se aproximaba con cara de muchos amigos, el delincuente salió juido. No había tiempo para transformase en Supermán, así que el pollo emprendió la corretiza por el centro bahíense (tal es el gentilicio de Bahía Blanca). La escena, descrita así, con esta simplicidad, parece normal, pero debemos imaginar bien, como en un film postbuñuelesco, a ese enorme pollo antropomorfo que va detrás, en verdadera y nada peluche chinga, de un tipo que, más ligero, sin un estorboso disfraz naive, elude coches y transeúntes. Bien imaginada, toda la situación parece epítome de lo que somos: tragicómicos, real-maravillosos.
La conclusión fue, obvio, ideal para cerrar con broche de etcétera el desaguisado. Cuatro cuadras después de perseguir, el pollo demostró asimismo que, contra lo afirmado por la avicultura, algunas aves de esta especie sí vuelan, pues logró alcanzar al presunto ladrón hasta que llegaron las autoridades competentes (el adjetivo “competentes” es sólo eso, un adjetivo, pues bien se sabe que en casi toda América Latina las autoridades son incompetentes). La hazaña no sólo generó una nota internacional, sino el aumento en las ventas del restaurante y, para la intrépida botarga, un apodo que en este momento ya le da la vuelta al mundo: “El pollo justiciero”.

jueves, junio 04, 2009

Parto múltiple en la UAdeC



Veo con una mezcla de gusto, orgullo, satisfacción y, perdonen la cursilería, esperanza la nueva contribución de la Universidad Autónoma de Coahuila a la literatura de nuestra entidad. En estos tiempos de secas, de violencia y demás malas noticias, que nuestra máxima institución educativa saque a la luz otra serie de libros no es una poquedad. Insisto que a los que andamos en esto de aporrear teclados y de pasar a diario la mirada por renglones nos da gusto, orgullo, satisfacción y nos arrima a la esperanza que en la UAdeC no se haya olvidado una de las muchas obligaciones que deben abrazar las universidades: difundir el patrimonio humanístico, más si tal patrimonio ha sido pensado, en el caso específico de Coahuila, por quienes tienen lazos, por nacimiento o radicación, con nuestra entidad.
Con ésta suman tres las series que la dirección editorial de la UAdeC ha puesto en circulación. La primera, con obras de escritores considerados clásicos en Coahuila (Artemio de Valle Arizpe, Julio Torri, Magdalena Mondragón, Enriqueta Ochoa…); la segunda, de escritores contemporáneos (Saúl Rosales, Julián Herbert, Alfredo García, Carlos Reyes, Miguel Báez, Vicente Alfonso…); y, la tercera, con otra gran tanda de autores que se encuentran en plena producción. En total, cada serie ha publicado en promedio trece títulos, lo que da un aproximado de cuarenta obras. Poesía, ensayo literario e histórico, cuento, novela y guión son los géneros abordados por este emprendimiento bibliográfico de la UAdeC.
Gerardo Segura, Claudia Berrueto, Chaíto Contreras y Gloria Esthela Hernández han sido los responsables de la edición. El resultado, en la tercera serie, son catorce títulos bellamente editados, mejor incluso que la serie anterior, dada la pulcritud en el diseño de sus portadas, que además del juego tipográfico añade, en fotografía, un detalle del moblaje que perteneció a Valle Arizpe.
Los autores que desfilan en este inmejorable lote son, la mayoría, oriundos de Coahuila; otros (como Sada) aquí radican o radicaron en algún momento de sus vidas. La serie está armada, en orden de título y autor, por Praga como un cuerpo, de Carmen Ávila; Casa de entonces, de Gloria Lozano-Castrejón; De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales, de Fernando Fabio Sánchez; La dispersión, de Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo; Dolor de ser isla, de Gilberto Prado Galán; Duende de luna y noche, de Haidy Arreola Semadeni; La invitación. Alfonso Reyes y la literatura fantástica, de Édgar Valencia; José Tercero, de José Luis Luna; Kilómetro cero, de Jorge Valdés Díaz-Vélez; Microcosmos. El hombre como compendio del ser, de Mauricio Beuchot; Poliéster, de Dana Gelinas; Registro de causantes, de Daniel Sada; Tres amores (o más), de Francisco José Amparán y Silabario de Eros, de Fernando Martínez Sánchez.
No a todos los conozco, así que esta será la primera vez que me acercaré a sus obras. A la mayoría sí, pues se trata de la batería lagunera más pesada: Ferfabio, Jiménez, Prado. Valdés Díaz-Vélez, Beuchot, Valencia, Amparán y Martínez Sánchez configuran un contingente que evidencia a la comarca, otra vez, como tierra generosamente productora de sandías, pinabetes y escritores.
Hay que resaltar, como detalle no menor, que la mayor parte de las contratapas contiene palabras de excelentes escritores: Jaime Augusto Shelley, Gerardo de la Torre, Hugo Gutiérrez y Jaime Torres, quienes asimismo tuvieron la difícil tarea de dictaminar qué libros eran publicables luego de que la UAdeC lanzó la convocatoria para armar el bonche que será presentado hoy a las ocho de la noche en el foyer del Teatro Nazas. Saúl Rosales hará los comentarios. Y ojo: en el blog de Ruta Norte estarán todas las portadas y las cuartas de forros de esta nueva serie. Nos vemos hoy en el Nazas y, de antemano, muchas felicidades a la UAdeC por este nuevo parto múltiple.

miércoles, junio 03, 2009

La caída de los signos



La caída de los signos
Prólogo a De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales
de Fernando Fabio Sánchez

Por Ignacio Corona
The Ohio State University
corona.7@osu.edu
http://people.cohums.ohio-state.edu/corona7/

Escribir sobre el crimen en ámbitos en que la burla de toda certeza e indagatoria legal parece ser la norma constituye no solo un ejercicio crítico sino, tal vez, catártico. Ello adquiere mayor importancia en sociedades en franca crisis o que experimentan accidentados procesos de transición. Sociedades que podrían caracterizarse por una galopante cultura de la ansiedad, a juzgar por la identificación de la inseguridad como la principal preocupación ciudadana en encuestas y otros instrumentos de opinión pública; o en las que apenas uno de cada diez crímenes es sometido a debido proceso judicial y el o los culpables castigados; o en las que los despojos de mujeres jóvenes se descubren en parajes desérticos como si, al igual que la arena y las piedras, formaran parte del árido ecosistema; o en que las evidencias de los inefables “ajustes de cuentas” regularmente amanecen entre la basura de calles o lotes baldíos; o en las que poderes al parecer mejor armados y adiestrados que las fuerzas de seguridad desafían a voluntad los aparatos de seguridad y las redes de protección del Estado. Por más que la escritura sobre el crimen se abstraiga de tales realidades o solo represente un fantasioso divertimento para el escritor “serio” –como algunos autores lo han señalado-, es difícil no interpretarla en relación a la experiencia colectiva en que se inscribe, tanto en el ámbito de la escritura informativa, como en el de la ficción literaria, en especial de la literatura policíaca.
Por contraparte, si nos enfocamos en los destinatarios de tal literatura, bien se podría inquirir sobre lo que éstos buscan en ella. Puede que sea el goce de una violencia permitida en que se sublime la agresividad o la confección de crímenes simbolizados; tal vez la solución analógica de casos que, con demasiada frecuencia, quedan sin resolver en la realidad; o el incremento del desasosiego personal a veces rayano en el masoquismo; o la estimulación de la violencia mimética sino es que el morbo, aunque para ello reinen supremos los medios audiovisuales; o, por el contrario, la pretensión de familiarización con relatos de crímenes en una especie de conjuro de la sensibilidad, aunque para ello existan muchas otras opciones de escapismo y cultivo del ocio. No obstante, los ejemplos más acabados de literatura policíaca, en sus diversas acepciones y estilos, sugieren una clave de otro tipo, la cual comparte con la supuesta literatura “con mayúscula”: una oferta epistemológica. Es decir, se acude también a ella aspirando crear un sentido de algunos de los aspectos más oscuros y perturbadores de la realidad psicológica y social. Aspectos que si bien parecen representar un rebase de la cultura o el germen de su destrucción, al mismo tiempo resultan inherentes a ésta pues –a menos que los etólogos nos desdigan- el crimen solo puede definirse como un fenómeno humano. Es cierto que en la práctica del género hay anchas avenidas hacia el escapismo y no escasean elementos que, sino resultan francamente reaccionarios, reafirman de forma acrítica todo tipo de prejuicios y actitudes sexistas, clasistas y racistas. Empero, hay también un buen número de obras que cuestionan en el lector anquilosados esquemas éticos, cognitivos, sociales y culturales. En tales casos, la narrativa policíaca constituye un instrumento de sondeo de la realidad social, cultural y política y, para ello, no requiere de prescindir de fórmulas establecidas o revolucionar por necesidad el género.

Cuente el texto policíaco con un detective como protagonista central o no, el crimen o el delito siempre aparece de forma prominente y, por ello, constituye, en realidad, su elemento definitorio. Si bien, dicho crimen no deja de asociarse con lugares físicos comunes, mayormente cerrados o marginales, o de adscribirse a ciertos ámbitos sociales que metafóricamente corresponden a los llamados sótanos de la sociedad, otro rasgo de la mejor literatura policíaca es el de hacer visible, además de la violencia física, los contextos de violencia social en que aquélla se genera. Tal hecho de hacer visible lo invisible pone en juego no solo el propio acto de la violencia, su móvil y sus medios, sino que evidencia los mecanismos identificatorios por los cuales una víctima llega a ser tal. Según lo ha visto Josefina Ludmer en su estudio de la literatura argentina, el cuerpo del delito es aquél en que coinciden las razones del Estado y las de la cultura: “solo puede constituirse el corpus delicti (cuerpo de la evidencia) cuando se le considera una unidad de ficción desde la perspectiva del estado y, a su vez, desde el interior de la cultura”.1 Razones culturales y políticas se entremezclan, entonces, en la asunción de la evidencia en el discurso literario. De ahí también, la importancia de éste con respecto a la comprensión del crimen, pues conforma un terreno idóneo para detectar cierto tipo de condiciones sociales y capturar las tensiones que operan en contextos de alta violencia social.
La colección de historias “De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo)policiales” de Fernando Fabio Sánchez emerge apelando a algunos de los contextos sociales antes mencionados. Su propuesta narrativa ofrece un escenario para la creación de significados y la reflexión del crimen en la sociedad contemporánea. En tramas urdidas en espacios no tradicionales para el género se encuentran alusiones y referencias textuales a un inventario actual de la nota roja: los feminicidios, el tráfico de órganos, el narcotráfico, los asesinatos de ancianos, los vídeos snuff, etc. Pero no por ello se trata de un libro que atosigue al lector mediante la denuncia o el peso de la factualidad de las microhistorias que pululan en los medios. Al viabilizarse la narrativa a través de una “estructura de convergencia”, las “siete historias (pseudopoliciales)” que componen el libro se encaminan hacia un dispositivo de solución narrativa que, en ciertos aspectos, recuerda los modelos empleados por Tomás Rivera en …y no se lo tragó la tierra o el propio Carlos Fuentes en La frontera de cristal, aunque ninguna de éstas aborde la temática policíaca. En dicha estructura las historias, en un primer término independientes entre sí, terminan adquiriendo una cierta organicidad por la recurrencia autorial a una subjetividad articuladora que, en ocasiones, permanece en el anonimato. No así en “De la escritura a la evidencia…”, la cual nos presenta en ese rol a un personaje excéntrico y fascinante, Orlando Lipatín, el cual suma varios arquetipos detectivescos y otros de “sabuesos” accidentales, siendo a la vez distinto de todos. En efecto, no es el típico detective entrenado en el arte de la supervivencia y el encuentro con las “fuerzas del mal”, sino que su visión de la realidad y capacidad deductiva las ha moldeado y ejercitado —como moderno Quijote— a través de la lectura. Se trata de un profesor de literatura retirado al servicio de las “fuerzas del orden”. El autor coloca a un especialista en crítica literaria y en la hermenéutica de los textos, es decir, en la interpretación de los signos, a desentrañar los casos que la policía no logra a través de sus métodos legales de investigación ni ilegales de “extracción de la verdad”. Asimismo, les hace un guiño a los lectores al otorgarle a las humanidades un nuevo papel en el ámbito de la procuración de justicia, pues Lipatín propone que los agentes se sometan a métodos alternos de agudización de su intelecto y capacidades deductivas por medio de la lectura de obras literarias y sesiones de estudio dirigidas por él. En el fondo, tal propuesta conlleva el sometimiento de la fuerza a la razón, con el agregado de humanizar en el proceso a sujetos que, muchas veces, se esfuerzan por obrar en sentido contrario. Más aún, implica interpretar la realidad a través de la ficción. La ubicación física de Lipatín en el centro del país, desde donde reflexiona sobre eventos ocurridos en lugares distantes (i.e. en la frontera norte o en la península yucateca), constituye un solapado recordatorio del centralismo político y del punto neurálgico de la procuración de justicia. Tal centralización complementa los efectos corrosivos de los desplazamientos geográficos y las migraciones sobre las identidades, a lo cual se alude en varios de los relatos.
De la escritura a la evidencia… es una obra de búsqueda en el más amplio y multivalente sentido del concepto. Por una parte, busca su acomodo entre las genealogías del policial a partir de la reconocida presencia de Edgar Allan Poe, entre otros, a lo largo del libro. En términos de expresividad, se evidencia una preferencia por la intelectualización de la materia narrativa —es, asimismo, notable su homenaje a Jorge Luis Borges—. La prosa exhibe una gran voluntad de estilo, encontrándose salpicada por ricos giros poéticos, algo nada común en la narrativa tradicional del género. Más aún, las historias abrevan de fuentes más amplias y antiguas que las de la literatura policiaca. Así, el lector se encontrará estimulado a reconocer pistas —la figura de Lilith, por ejemplo, cuya sombra atraviesa culturas e idiomas desde su más remota aparición en la cultura mesopotámica—, tramas, lugares comunes para, a fin de cuentas, aceptar el juego intelectual que el autor hace con tales elementos, como un sagaz ajedrecista que mueve sus piezas plenamente consciente del valor de cada una de ellas y su ventaja posicional. Y aunque los elementos sean reconocibles, su combinatoria y los desenlaces de cada una de las tramas están lejos de ser formulaicos, como si se aplicara una desconstrucción derridiana a las fórmulas clásicas del policial. Por añadidura, propone una cierta inversión en momentos claves de su narrativa: la escritura antecede o explica el status de lo evidente.
En términos de representación, dicha búsqueda ausculta universos relacionales y rituales crípticos que se vislumbran en los flashazos del crimen en el desborde de las fuerzas cohesivas de la cultura. Así, literatura y detección se funden entonces en una propuesta del mayor interés. La analogía es productiva, como en el mencionado caso de Lipatín.
El libro busca entonces leer tras las imágenes y los objetos, los signos de una realidad no aparente. Por sus páginas transitan personajes simbólicos (vgr. John Wayne y Elisa Valenzuela), cuya aspiración no es tanto la de representar la verosimilitud, cuanto una idea: la naturaleza del doble, la introspección, la despersonalización, la duplicidad, el interjuego de identidades, la inestabilidad psicológica, la rebelión del inconsciente, etc. No es casual que la relación entre escritura y evidencia que el título sugiere viabilice un abordaje hermenéutico en que también los objetos representan más que la mera realidad de su contexto funcional. Hay en esto, sobre todo, una búsqueda semiótica tras los signos que permitan capturar el sentido más profundo de la realidad. Las fotografías, no son la evidencia más inequívoca de ésta, sino tal vez su forma más sutil de engaño. Asimismo, los mensajes y los signos son mensajes de alguien para alguien más. Las identidades tras dichas autorías son, así, otro motivo de búsqueda. En esa búsqueda semiótica desfilan objetos que los conocedores del género reconocerán: la brújula, las cartas, los libros y poemas codificados, los cuchillos, todos ellos esconden claves y misterios, acertijos. Es decir, son signos de una realidad no aparente pero fundamental en el caos del mundo. Como los objetos en el sueño para el psicoanálisis, tales objetos asociados a los crímenes y a las pistas de los criminales en la pesadilla de la realidad cotidiana son igualmente proclives a interpretación. Los objetos en su función simbólica comunican y puede que el crimen mismo también esté estructurado como un lenguaje. Por ello, el detective, en ese sentido hermenéutico, es como el analista en busca de lo no aparente tras el mensaje cifrado. Representa la perspectiva racionalista tratando de abarcar el mundo a través de esquemas explicativos y causales, incluidos los mundos interiores y las pesadillas.

De la escritura a la evidencia…, empero, no abriga mayores optimismos en ese sentido. No parece reafirmar que los signos, a fin de cuentas, sean tales ni que lo que simbolizan pueda ser, en última instancia, comunicable. Los relatos nos acercan, de esa manera gradual, al precipicio, que no es el de la inestabilidad de los signos, rebeldes a sujeciones impositivas de un orden, sino en un sentido mucho más dramático, puesto que el anuncio de una caída es inminente. No en vano la escena final nos presenta a un apesadumbrado Lipatín en la cúspide del más alto edificio de la ciudad, desde donde se contempla el entorno urbano —escenario de crímenes, pero también de vida y comunicación social— y se sospecha la posibilidad de una caída. En su desánimo y derrota, acepta la multiplicidad de sentidos incapturables en un orden dado y, con ello, la imposible exégesis de los símbolos personales. Ahí, en el fracaso de la investigación que cerraría seis asesinatos, se simboliza una caída más que figurativa: la de los signos. Y con ella, la de las pistas, los rastros, las evidencias y las certidumbres. No será interés del autor promover una asociación literal con la realidad extratextual pero, en el fondo, tal claudicación del sentido y de la perspectiva racionalista no resulta muy diferente de la hoja de servicios actual de muchas procuradurías de justicia a lo largo y ancho de aquellas sociedades a que hacíamos referencia al principio. Ahora bien, como lectores que hemos apenas conocido a Lipatín, esperamos que esta derrota personal no sea definitiva y nos lo volvamos a encontrar una vez más en el futuro, pues no solo sus nuevos discípulos en la corporación policíaca tienen mucho que aprenderle.

1 Josefina Ludmer, “The Corpus Delicti”, The Places of History. Regionalism Revisited in Latin America. Ed. Doris Sommer (Durham and London: Duke University Press, 1999) 12.

Siglo XXI. Escritores coahuilenses II























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Luego de las portadas, siguen a continuación, en el mismo orden, los textos que figuran en las contratapas de la serie Siglo XXI. Escritores coahuilenses (II) publicada por la Universidad Autónoma de Coahuila en 2009:

Praga como un cuerpo
Carmen Ávila

El lector de estas páginas será gratificado con más de una agradable sorpresa. Con gran agilidad y soltura de estilo, cualidades de la narradora y cuentista que ya conocíamos en Carmen Ávila, esta escritora nos ofrece aquí un cautivador bordado de ideas e imágenes alrededor del cuerpo. Desde recuerdos de viajes, donde las ciudades se destacan como organismos vivos, hasta las etéreas ideas filosóficas de Paul Valéry, quien concibió la original y extraña noción poética de que tenemos más de un cuerpo, pasando por cuentos, leyendas y consejas humorísticas sobre la nariz: todo esto y más aguarda al lector en las páginas de este breve y ameno libro. En la época actual, cuando el cuerpo humano se ve cada vez más como simple objeto, Carmen Ávila nos recuerda su inmensa trascendencia inmaterial y psicológica. (Francisco González Crussí)

Casa de entonces
Gloria Lozano-Castrejón

En el libro Casa de entonces, se distingue claramente un primer plano de escritura en donde el resultado es sumamente ventajoso para el lector pues hay una escritura fluida, transparente; de alguna manera reproduce la andadura del habla coloquial, tocando a veces el extremo conversacional y, de otra, el confesional.
Pero en seguida, aparece otro plano de escritura que refiere el hallazgo de la memoria que se construye a través del habla del narrador.
Escribir desde ese territorio interior significa cifrar el misterio de la intimidad con la muerte, con el pasado que antes fue vida pero que hoy es ausencia. Esta trampa de la escritura, sin embargo es la que proporciona la certeza de que la muerte no es sino la traducción de la vida a una lengua que nos es extraña porque no es de nuestro dominio.
Desde esta perspectiva, la escritura adquiere la forma de una mirada diagonal en torno al punto de partida donde todo inicia: la intimidad. El acierto de Casa de entonces consiste en no traducir episodios de la historia íntima del narrador, sino en dar otra versión de los hechos desde la trampa de lo íntimo. (Jaime Torres Mendoza)

De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales
Fernando Fabio Sánchez

En estas historias de Fernando Fabio Sánchez nadie está seguro de nada. Asistimos a un mundo de sombras que se desplazan en la sombra, como fugaces alucinaciones; a un universo apócrifo donde la gente puede ser otra gente en la misma realidad o la misma gente en una realidad distinta; a un cónclave de pesadilla en que comparecen personajes inquietantes. Las apariencias mienten —aunque el lector no debe confiarse, pues no siempre es así— y en los laberintos que acogen a los personajes las salidas no parecen conducir sino a otros laberintos.
En sentido opuesto al juego de las cajas chinas, en De la escritura a la evidencia: siete historias (pseudo) policiales algunos elementos de los cinco primeros relatos aparecen como referencias en el séptimo, que a su vez es contenido por el sexto: “Tres textos”. Este relato —no sólo el más extenso sino también el más elaborado del volumen— comienza con un doble ejercicio: el tratamiento psicoanalítico de un estadounidense perdido en una región de sí mismo y la búsqueda de una hija desaparecida y posiblemente asesinada. Antes de arribar a conclusiones el relato se trunca y nos coloca frente a “La carta soñada” —texto séptimo—, donde cambia el personaje protagónico y la investigación se desplaza hacia el esclarecimiento de media docena de asesinatos.
Autor de tramas complejas, Fernando Fabio Sánchez proyecta una vibrante energía verbal, en correspondencia plena con las vicisitudes de su narrativa. (Gerardo de la Torre)
Enlazar al prólogo escrito por Ignacio Corona (Ohio State University)

La dispersión
Marco Antonio Jiménez Gómez del Campo

Los seres humanos, con la bendición y el terrible castigo de vivir regidos por la conciencia, hemos enfrentado el hecho ineludible de la muerte, por todos los medios imaginables. La magia, la ciencia, la filosofía, las artes todas, se han ocupado del tema a lo largo de los siglos, buscando hallar una respuesta que satisfaga nuestra curiosidad y mitigue la ansiedad que nos asedia. Existe, también, tal vez porque así obviamos su existencia, la poca o nula mención a la parte más significativa del tránsito entre el ser y el dejar de ser: la agonía, que se procura dejar en el campo de la medicina.
De esta suerte, confundimos el hecho de morir, con el memento mori, salvándonos en las anticipaciones, de pensar en el dolor físico, asociado con la agonía, ya sea breve o prolongada. Nacer y morir, instantes cruciales de la existencia. “Sólo la Muerte puede hablar de la muerte”, clama el poeta Hugo Von Hofmannsthal, por conducto de su personaje, Claudio, en la obra teatral El loco y la muerte. Por su parte, André Malraux, murmura: “Sólo mi muerte cuenta”.
Marco Antonio Jiménez, se aventura en la tradición del Ars moriendi, apoyándose en secciones marcadas por los cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, que van antecedidas de citas de Ken Wilber y Rob Nairn. “Para que te descifren las sonoridades/ de la muerte/ el desierto retira sus lámparas,/ apareces presa de palabras/ de oscuros escribientes:/ es la tierra iniciando en tu cuerpo/ las disoluciones,/ los ceremoniales de la última escritura”. Es una poesía con rumores de otras latitudes, de otras culturas, que a primera vista nos resulta remota y, sin embargo, cuyos elementos son de una proximidad llena de frescas resonancias. ¿Nos atreveremos a entrar? (Jaime Augusto Shelley)

Dolor de ser isla
Gilberto Prado Galán

Se dice, una y otra vez, que en México no se lee poesía. Aunque si se camina por los pasillos de las librerías, siempre encontrará un sección (grande o pequeña, según el establecimiento), dedicada a ella. Los libros de poesía se venden. Alguien los lee. Y es de creerse que, en realidad, lo que sucede es más sencillo de lo que parece: La gente lee poesía pero no gusta hablar de ello. Un cierto pudor, un deseo de mantener esa actividad en secreto, a solas, sin mención pública para que nadie vaya a creer que se es sensible, o peor aún, débil. O bien, el libro de poemas que nos gusta no parece tener la misma respetabilidad o importancia que uno de Historia o Matemáticas y no se ostenta el hecho de adquirirlo. Todavía más: si un libro nos impacta emocionalmente, si nos conmueve, incluso hasta llegar a las lágrimas, será difícil compartir dicha experiencia con alguien.
Con Dolor de ser isla, esto puede acontecer. La pérdida del ser querido cala profundamente en la conciencia del poeta y eso se refleja angustiosamente en sus poemas, aunque de modo contenido. Y la presencia de la muerte (a veces propia, a veces ajena) permea las páginas del libro, de manera obsesiva. Su hálito va tocando cada fibra sensible del lector, de modo entrecruzado con su opuesto, el amor, el recuerdo del amor, su aroma inagotable, en una ronda ciega —otro elemento perturbador es la ceguera—, en “Umbría”, poema corto, nos dice: “En la noche tu luz no me responde/ no traza ningún nombre en las paredes,/ no camina su historia, no me llama,/ no abre ninguna puerta, no ilumina/ los gritos que anochecen las ventanas (…)”. Poemas perturbadores que se deslizan por las páginas y nos confrontan con el dolor. Su dolor, nuestro dolor. ¿Dónde se establece una frontera? (Jaime Augusto Shelley)

Duende de luna y noche
Haidy Arreola Semadeni

Este libro suena, fluye libremente por el cauce de la página. Su autora se encuentra plena de intuiciones rítmicas, sin duda su oído se encuentra afinado con la mejor poesía; o debería decir, con la mejor música.
Pareciera estar hecho de un tirón, porque en realidad se lee así, como un solo poema por la imantación de sus acentos. Pero en realidad sabemos que es una ilusión y detrás de cada poema hay un trabajo arduo, una labor que luce por su transparencia. Pocas veces, y esto sucede con alguna de la poesía contemporánea, recordamos que la poesía está hecha de versos, que tiene un espíritu dentro que se agita y sacude la página. En la lectura de los poemas de Haydi Arreola Semanedi algo late. No sólo es el corazón en trance erótico, en tono nostálgico; hay algo en su interior que se mueve en el diapasón de la poesía. (Édgar Valencia)

La invitación. Alfonso Reyes y la literatura fantástica
Édgar Valencia

Resulta reconfortante y agradecible en los tiempos que vivimos, el hecho de que un investigador literario se lance a escudriñar los escombros de nuestra cultura del siglo pasado y regrese con una pequeña joya entre las manos, algo que había sido dejado allí, en aquel laberinto de palabras. Se ha estudiado muy poco la importancia decisiva que resultó la reunión de un grupo de jóvenes intelectuales interesados en la transformación del ámbito cultural de nuestro país en el periodo final del porfirismo y su cauda de “positivistas”. Destacará pasados los años, de aquel grupo, denominado del Ateneo, dado su excepcional caso personal, un joven llamado Alfonso Reyes. Su padre, caería acribillado en su intento de toma del Palacio Nacional, durante la Decena Trágica. Esto convierte al intelectual y hombre de letras más destacado de la época, en una especie de ícono.
El escritor, dada su situación conflictiva en México, decide residir en Europa donde eventualmente ingresa al servicio diplomático y sirve al país de manera ejemplar en varios países. Es en este peregrinaje que Reyes empieza a publicar obras de ficción y, en particular, de literatura fantástica. Édgar Valencia se ocupa de dos textos que considera paradigmáticos, publicados en 1922, en el volumen El Plano Oblicuo. Y para hacerlo, cree conveniente acercarnos al marco referencial del cuento fantástico, lo que se dio en llamar género, o subgénero literario, como el autor apunta.
Recorremos así un camino muy bien trazado del desarrollo de esa corriente que Reyes debió conocer a profundidad, dada su inagotable curiosidad intelectual , cuyo meollo más visible aparece en la Francia del siglo XlX, con autores como Villiers de L’isle Adam, Gérard de Nerval y ya en los principios del XX, Guillaume Apollinaire en su vertiente, poco conocida, de cuentista.
Los dos cuentos seleccionados “La cena” y “De cómo Chamisso dialogó con un aparador holandés” por el autor para su estudio, provocan en el lector avispado el deseo de volver a la lectura de otras obras de ese fino escritor que fue Alfonso Reyes, tan respetado por Borges y muchos otros y que, al parecer, las premuras de nuestra sociedad actual, tan dada a las novedades editoriales meramente comerciales, omiten. (Jaime Augusto Shelley)

José Tercero
José Luis Luna

José Tercero, guión cinematográfico de José Luis Luna, es un ejercicio ágil que nos instala desde las primeras líneas en un ambiente donde la incertidumbre y la certeza se confirman mutuamente, donde el destino de los personajes, atraído por un potente imán hacia el centro de la historia que se cuenta, multiplica las posibilidades de un desenlace teñido de acrimonia.
Un encuentro fortuito es el inicio de una historia que abre la lente para mostrarnos cómo ni el tiempo ni el espacio son estáticos, y a la vez, develar una bella metáfora acerca de la condición humana: José Eliseo y Fermín se confrontan sólo por un instante y así, un círculo que inicio su perímetro muchas décadas atrás , se completa con un giro en apariencia inesperado pero en el fondo crucial, sustancial. También, como líneas en fuga que parecieran no tener origen, José Eliseo y Fermín vienen a encontrarse en otro tiempo como ánimas en busca del descanso eterno, pero no de sus almas, sino de las de sus antepasados. Teniendo como paisaje de fondo la ciudad y escalando a cada minuto la tensión de la historia, los personajes involucrados intentan escapar de lo imposible: la certeza de que todo va en caída y de que nadie saldrá ileso en el trance.
Una historia sencilla que concentra su fuerza en la fluidez de la trama y que se apoya en un lenguaje coloquial y directo, que hace de la anécdota que se cuenta el objeto único a observar, se convierte de pronto en una mirada tan abierta como para que el paisaje luminoso y hostil produzcan armonías y en un testimonio tan personal como para que reconozcamos de inmediato la fuerza creativa de su autor.
Este guión, que en el verano de 2008 se filmó con la colaboración de artistas independientes en la ciudad de Monclova, es el principio de una carrera que seguramente será fructífera y plena en la vida de José Luis Luna. (Luis Javier Alvarado)

Kilómetro cero
Jorge Valdés Díaz-Vélez

Kilómetro cero, reunión de cuatro libros de Jorge Valdés Díaz-Vélez, parte de la obra ganadora que recibió en España el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana 2007, Los Alebrijes y culmina con el poemario Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1998, La puerta giratoria. En ella transcurre un periplo poético que nos habla de la constante ascensión del trabajo de Jorge, miembro distinguido de ese gremio de diplomáticos escritores que han hecho del viaje una forma de vida, y que se hermanan sin poner reparos con los artistas de los países en los que van pasando momentos fundamentales de sus vidas.
El arraigo y el desarraigo son el constante vaivén de esas vidas capaces de parar sus tiendas en cualquier valle o cualquier desierto, y de celebrar los paisajes físicos y humanos que se extienden ante sus ojos. Argentina, Cuba, Costa Rica, España, Estados Unidos; ciudad de México, Torreón, Saltillo... son muchos los lugares en los que Jorge ha vivido, cumplido puntualmente sus tareas (“a mi trabajo acudo, con mi dinero pago” decía Machado), y realizado su labor creativa en la que le va la vida de por medio. Su Ítaca, es sin duda, Coahuila. Por “bosques y espesuras” lleva sobre los hombros la región de desiertos, oasis y espejismos que atesora los momentos iniciales de su amor por la poesía.
El viaje y el amor son los temas esenciales de una poesía que encontró su forma de decir las cosas y de acercarse a la vida y sus contrastes con ojos deslumbrados, pero también con sosiego y con esa sabiduría que es mayor cuando se ha poetizado. “En donde diga brisa, ciudad que me abandona”, dice este viajero desde la terraza de su madurez poética y, como Leopardi, bajo las vagas estrellas de la Osa Mayor contempladas desde la terraza de la casa paterna. (Hugo Gutiérrez Vega)

Microcosmos. El hombre como compendio del ser
Mauricio Beuchot

Si usted es el tipo de persona que rehúye instintivamente cualquier aproximación a la filosofía bajo el pretexto de que es muy difícil de entender, aquí se verá atrapado en el maravilloso sendero que el autor va abriendo ante nuestros ojos, conforme la lectura avanza por terrenos a los que nunca nos hubiéramos atrevido a penetrar. Gracias a un lenguaje sencillo y haciendo buen uso de su enorme bagaje de erudición, este camino que nos brinda el autor resulta de gran enriquecimiento para el lector, sea lego o no. La propuesta es directa: el mundo en el que estamos inmersos tiende a fisicalizarse, a punto tal, que la espiritualidad tiende a desaparecer de casi todas nuestras actividades diarias y especialmente en el ejercicio de nuestra ética y la percepción ontológica.
Abra el libro y siga las huellas: un impresionante recorrido le espera. La historia del pensamiento occidental, desde sus inicios hasta nuestros días, con referencias y citas claras y abundantes que enmarcan este especulum (espejo).
Sócrates, recuerda Platón, diferenciaba la doxa (opinión), del pensamiento metódico y sistematizado, con el que podremos llegar a la verdad. La primera sólo crea o aumenta la confusión en el diálogo, al carecer de fundamentaciones sólidas. Y si lo miramos bien, la mayor parte de nuestra comunicación con o desde el mundo que nos circunda, íntimo, social o profesional, se mueve en planos mutables, poco confiables.
El ser humano, nos dice nuestro autor, es concebido, desde el pensamiento más antiguo, como un microcosmos. “En él participan todos los modos del ser: el mineral, el vegetal, el animal y el espiritual”. Y a partir de allí, el panorama se va abriendo por diversas disciplinas: desde el lenguaje, la lógica, la ciencia, hasta la historia y la filosofía metafísica, la ética y la justicia, para concluir en la religión y la mística. Lea el mapa, llegará a su destino. (Jaime Augusto Shelley)

Poliéster
Dana Gelinas

Al abrir este libro se encontrará el lector(a) con un sinfín de sorpresivas imágenes
estampadas de manera sucesiva. Textos que emergen de un plano de luz y claridad aun a mitad de la oscuridad exterior. Lo que ilumina estas palabras esparcidas como semillas en la página, es la sensación que acomete al lector de estar allí, testigo presencial de un acontecer durante la gestación y fluir de la experiencia poética.
Brotan entonces, desde el fondo de la percepción, sin deseo de dejar sedimentar, los sucesos vívidos, palpables, el aquí y el ahora, en el poema.
Casi con carácter de testimonio, afloran tribulaciones e instrumentos del orden cotidiano, sólo que envueltos en el verbo, y de este modo, una mirada que, transformada en palabras, nos remite a otra visión: “En el principio fue la escalera./
A Dios no le importaba subir;/ arriba nadie lo esperaba./ Sin la escalera se habría tropezado./De seguro creó la escalera para acceder al jardín de sus criaturas”. (“Downstairs”).
En el transitar continuo, agotador, de la ciudad y el trasiego de sus mercancías, vuelve a aparecer la mirada que inquiere por un más acá, rozando la línea de la “normalidad” asumida con dejos de sorna enternecida. “En un mediodía blanco/ una novia de vitrina se pasea entre quinceañeras amarillas. (…) Una matrona, enrojecida y ancha,/ vigila los pasos de las novias muertas/ que cuidan la tienda/ y venden un vestido/ sin pensar en nada”. (“La calle de las novias”).
El ojo, el gesto, la sonrisa, son sin duda femeninos. Nos acercan a esa interioridad que en la poesía pocas veces nos es dable estrechar, retener en las manos.
Y sucede lo que siempre sucede. Que el otro mundo se estrella en el rostro fragante y armónico de los días en sí, para sí. Aquello de afuera ahora dentro, encarnando el dolor y el sufrimiento. La Montaña en Chiapas es una herida que no cicatriza: “—No hay guerra / Estamos abiertos al diálogo./ Se oye un llanto de niños tras la maleza/ —Es la selva. Está llena de animales”. (“Sólo Dios, Chiapas”). “Será difícil vivir/ sin la paz de la inocencia”. (“Cara o cruz”).
Lector: la suerte está echada. (Jaime Augusto Shelley)

Registro de causantes
Daniel Sada

Daniel Sada se mueve bien en las distancias cortas: sus cuentos se extienden, en su oportuna brevedad, sobre paisajes desérticos y anécdotas que, a pesar de su sencillez, o quizá precisamente a causa de ella, devienen historias más complejas que rayan en lo excéntrico y rezuman, a menudo, una imaginación desbocada en su originalidad. En los agrestes parajes del norte mexicano recorridos por la pluma del escritor, lo cotidiano se convierte en una oportunidad para explorar los extremos humanos: desde el sexo, la corrupción y el abandono, hasta los deportes, la religión y el dinero, con un sentido del humor a veces anárquico, a veces hilarante y otras tantas simplemente trágico. El resultado es una visión desolada del campo y de sus pobladores, del todo ajena a la tendencia cosmopolita de nuestro tiempo, que nada tiene que ver con el costumbrismo. O con el realismo.
Los dieciséis cuentos que componen Registro de causantes tienen una vertiente común, a más del constante desamparo que desprenden el paisaje de la provincia y sus personajes: el empleo de una narrativa indócil, las más de las veces tan incómoda como eficaz. Domina en los textos un ritmo vertiginoso, revelador de mentiras y verdades que sólo pueden descubrirse cuando se lee entre líneas. Así, a la obsesión por los temas que cada historia esboza se suma otra, igualmente subversiva: la obsesión por un lenguaje depurado, punzante, que obliga al lector a sumergirse en un singular universo de rarezas. (Gerardo de la Torre)

Tres amores (o más)
Francisco José Amparán

Tres amores (o más) reúne el mismo número de historias: tres novelas cortas que comparten la desasosegada y melancólica visión del mundo del coahuilense Francisco José Amparán, cuya narrativa llana y directa, totalmente despojada de adornos, deja entrever su largo entrenamiento como periodista. Francisco José Amparán se desplaza por la ficción con la seguridad de quien se ha dedicado a contar los hechos de la vida real y sabe distinguir entre lo relevante y lo que debe guardarse en la memoria, de forma que en estas páginas permanece únicamente aquello que debe ser dicho: lo indispensable para el desarrollo de una trama sin puertas falsas, sin estorbos.
En “Pavana a cuatro voces” son revelados los misterios alrededor de un aparente pacto de muerte: una psiquiatra, un sacerdote y dos suicidas ofrecen un mosaico polifónico que detalla el acontecimiento detonador y lo saca de la nota roja para convertirlo en una evocación de la culpa y la búsqueda del perdón. “Crónica para Helen” es casi una novela doble: mientras un narrador en segunda persona cuenta la historia de una niña y su vocación de escritora, ella, a su vez, narra el devenir de sus personajes, quienes no son más que el espejo donde Helen deposita, paulatinamente, su experiencia de vida. Finalmente, en “Cómo gané la guerra” un hermético anciano da cuenta de su más temible batalla; no la que hizo que México ingresara a la Segunda Guerra Mundial, sino otra que ocupó el mismo tiempo: la de un amor obtenido a pulso. (Gerardo de la Torre)

Silabario de Eros
Fernando Martínez Sánchez

Vamos de la mano del poeta a recorrer dos paisajes, dos campos que se entrelazan, bifurcan y vuelven a entrelazarse, incesantes. El cuerpo de la mujer amada y la ciudad son los temas de este libro con una extraña cronología que es posible asumir en el viaje, sin sentir extrañeza, gracias al paso, también gradual, de las formas tradicionales de verso medido en su primera sección, al verso libre, libérrimo, en las partes media y final. Un viaje por las formas, en el más estricto sentido.
La forma del cuerpo de una (¿o unas?) mujer(es) y el de la ciudad, conforme se suceden los tiempos, internos y externos que van marcando la modificación de la mirada, el proceso de revisión del acontecer existencial. “La ciudad es ahora/ un lugar a merced de todas las ausencias;/ las sirenas perdieron sus escamas/ y el hechizo del canto;/ expiró la rima bajo las ruedas del metro/ y los verbos se ahogaron en la lluvia inclemente.” (“La crueldad del crepúsculo”).
Se avanza por un territorio a veces soleado y, en otras, sombrío, nostálgico, aunque siempre cargado de la intensa emoción que nos prodiga en sus versos el autor. (Jaime Augusto Shelley)

Cuatro caminos



Pienso en voz alta. El proselitismo no me interesa, y menos en este país atestado de escépticos e indiferentes. Sólo pienso en voz alta (o en letra impresa), más para ponerme en claro el escenario que para llevar agua a molinos ajenos a mi competencia. Por todas partes se ha desparramado, espontánea o artificialmente, no sé, la idea de anular el voto. Es una etapa más desarrollada, digamos, del abstencionismo que ha sido por tradición el medio de protesta electoral ante el pobre empaque de los candidatos. Soy de los que, con reservas si se quiere, no estoy de acuerdo ni con la abstención ni con la anulación del voto, pues creo que en ambos casos el único que gana es el mismo que ha hundido a México. Esto no significa, por supuesto, que votar por una opción diferente garantice que saldremos, ahora sí, del barranco, pero al menos abre la posibilidad, remota si se quiere, de un gobierno más honrado y con una visión más nacionalista. Estas son las cuatro direcciones que puede tomar el voto. Sólo una, creo, nos garantiza la apertura de una microscópica expectativa hacia el optimismo. Las otras tres sólo son sinónimo de continuismo, es decir, de paso consistente hacia el desastre.
1) El voto duro. Hay, legítimamente, electores que con o sin propaganda, que con o sin escándalos, que con o sin acusaciones y demás ya tienen, y siempre han tenido, decidido su voto por alguna opción política. Cada partido tiene su cuota de votantes duros, ciudadanos a los que no les importa la coyuntura ni el nombre de los candidatos, pues votan casi mecánicamente, movidos por una convicción granítica. Ante ellos, no hay argumento opositor que valga, pues votarán como votan siempre, por su partido y por sus gallos. En orden descendente, la mayor cantidad de votos duros la tienen el PRI, el PAN y el PRD.
2) El abstencionista. Por ignorancia, por decepción, por miedo, por flojera o por todo eso junto, muchos ciudadanos no asisten a las urnas. A ellos no los mueve ni los conmueve nada. Ven pasar las elecciones como quien ve pasar el viento: sin inmutarse. Vale apuntar que una parte significativa de esta enorme masa no vota a conciencia, es decir, declina participar porque ninguna de las opciones es de su gusto. Desde hace años, el abstencionista es mayoría, tanto que si hubiera un Partido Abstencionista, estaría en Los Pinos. Su no voto es, se sabe, un voto a favor de quienes lo han desalentado, de ahí que al sistema no le venga tan mal el auge de los que se quedan en casa.
3) Los anulantes. Es una especie nueva. Convencidos de que todo está mal, de que todos los políticos “son iguales”, de que no tiene caso apoyar a nadie, pero también concientes de que deben mostrar un modo de protesta, han decidido anular la boleta, cruzarla toda. Es, claro, una legítima manifestación de inconformidad, pero en términos reales resulta inoperante por desarticulada, invisible y efímera. Las mafias del sistema se frotan las manos y se relamen los bigotes por el eventual éxito de esta iniciativa.
4) El voto “volado”. Lo llamo así porque es como un volado, un águila o sello. En el panorama político mexicano no hay muchos signos alentadores: todos los actores parecen desgastados, manchados, desahuciados. Elegir es, casi casi, jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor, y no por nada han cobrado tanta fuerza la abstención y la anulación. Creo, sin embargo, que la ruleta rusa puede contener una bala de salva. Yo sé cuál puede ser (nótese que el “puede” enfatiza lo hipotético del argumento), pero sólo lo pienso y no lo digo. Es la opción que, por sus errores y por la hostilidad que históricamente ha padecido, no ha podido nunca colocarse en un plano de decisión realmente importante, salvo en un caso. Esa opción no garantiza nada, pero creo que merece al menos un voto de confianza por no haber sucumbido ante los hachazos del poder. Nomás por eso conjeturo que no ha de ser la peor opción, y votaré por ella.