viernes, mayo 09, 2008

Imaginario de Julio



Ayer (escribo esto a las 5 pm del mismo jueves 8) presenté Imaginario de voces, el más reciente libro de Julio César Félix Lerma (Navolato, Sinaloa, 1975). Se trata de una coedición de la Dirección de Cultura de Torreón y la editorial Colibrí, instituciones que han conseguido elaborar en este caso una pieza bibliográfica de magníficos acabados. Imaginario de voces ganó en 2007 el concurso Financiarte, certamen convocado por la DCT cuyo premio consiste en la publicación de obras originales luego de ser sometidas al dictamen de tres jurados.
El libro de Félix Lerma ha desatado una polémica de las que hace tiempo no se veían en La Laguna literaria: el poeta sinaloense avecindado desde hace algunos años en nuestra región es acusado de proponer un libro con poemas ya publicados en otros libros, lo que contradice, a decir de algunos críticos (Carlos Velázquez y José Lupe González, entre los más salientes), la letra de la convocatoria. Puede ser, visto en crudo el asunto. Pero aclarado lo que debe ser aclarado, parece que Félix Lerma participó con varios poemas inéditos que luego, tras ganar el certamen de Financiarte, aparecieron en la versión final del libro; otra parte, conformada por varios poemas ya publicados, fue sumada al libro por sugerencia de Sandro Cohen, editor de Colibrí; tal es la escueta explicación que el miércoles dio Félix Lerma a Daniella Giacomán, reportera de La Opinión.
Dado que estamos ante una publicación que re-publica algunos textos de otro libro, hay dos caminos simples, creo, para desanudar el enredo: si en efecto el autor de Imaginario de voces concursó con un libro que contenía poemas ya publicados, eso contraviene una cláusula fundamental de la convocatoria, pero no se puede ejercer ninguna acción en contra del autor, dado que, hasta donde sé, la convocatoria no estipula nada al respecto. El caso quedaría sólo como antecedente para añadir un nuevo punto a las bases de certámenes venideros; es decir, que de alguna manera sean sancionados quienes incurran en un hecho idéntico o parecido. El segundo camino es en el que creo de buena fe, aunque en este caso es necesario confirmar lo que señala Félix Lerma: que en verdad el editor de Colibrí pidió añadir poemas, éditos o inéditos, al libro. Si se dio tal petición, no veo por ningún lado el crimen de lesa literatura que le quieren atribuir al autor de Imaginario de voces. En el peor de los casos, la reimpresión de esos poemas sería una redundancia que en el oficio, bien lo sabemos quienes nos dedicamos a esto, parece ociosa, pues la mayoría de los escritores procura publicar lo inédito, no lo que alguna vez ya tuvo la suerte de alcanzar hospedaje en las páginas de un libro.
Demostrado que Cohen pidió más poemas a Félix Lerma y en vista de que la convocatoria tampoco señala nada que impida a los editores hacer esa solicitud, la decisión de publicar lo ya publicado es muy personal y le atañe en exclusiva al autor del libro: sólo él sabe si una anterior publicación no satisfizo sus expectativas, de suerte que, si un libro ya hecho le pareció fallido en términos de edición y distribución, está en su derecho de buscar nuevo acomodo al material cuando se preste la ocasión y él lo juzgue pertinente. En lo personal nunca he hecho eso, pero confieso que ante varios desaguisados editoriales cometidos en mi contra no me han faltado ganas de re-publicar inmediatamente un libro que ya está en circulación.
Todo el que se dedica a la literatura encuentra, azarosamente al principio y, si bien le va, con un poco más de seguridad después, sus propias rutas, publica donde puede y no son pocas las ocasiones en las que lo acosa una insacudible sensación de fracaso. Entiendo que para algunos es muy grave la reiterada aparición de ciertos poemas en Imaginario de voces. Creo que el conflicto puede quedar zanjado si tenemos la certeza de que fue una petición explícita del editor. Lo demás, si hay demás, es sólo una laguna en la convocatoria.

jueves, mayo 08, 2008

Está pelón adivinar



¿Quién tiene voz en este país? Voz, reflectores, vitrinas, plataformas de difusión. No el indígena trique de anónima figura andante en medio de la selva, no el obrero de Naucalpan que cruza la capital para llegar a su torno, no la prostituta de Ciudad del Carmen que apenas es conocida en la zona de las putas, no el campesino lagunero que se sienta a mirar la vida mientras sus hijos luchan quién sabe dónde en Estados Unidos. Ellos no tienen voz. La tienen quienes de alguna manera destacan, son conocidos y amasan poder. Ese poder es el que veo en Carlos Salinas de Gortari tras el despliegue de una cobertura que ya quieran las estrellas de Hollywood.
Muchas veces se ha dicho que los hilos de Salinas siguen moviendo títeres en la política mexicana. Muchas veces, también, se ha desmentido eso que parece una exageración. ¿A poco crees de veras que Salinas está detrás de eso?, me dijo alguna vez un amigo politólogo al que aprecio y admiro. Sí, creo que Salinas está detrás de eso, le respondí. De una manera esquinada, Salinas opera, trenza, organiza, amaga y repliega a sus huestes. Ningún otro ex presidente vivo tiene y ha tenido tal tenebra en sus manos. ¿La prueba? La prueba es lo que hemos visto en estos días: si La década perdida hubiera sido un libro de Echeverría, De la Madrid, Zedillo o Fox, no hubiera pasado de ser un mero ejercicio de escritura para el desahogo, y la cobertura mediática sería la acostumbrada en tales casos: el ex presidente fulano publicó un libro y ya, asunto olvidado. Hay ejemplos, como el más reciente de Fox, quien apenas alcanzó algunas nota periodísticas de octava plana cuando quiso hacer ruido con La revolución de la esperanza (The revolution of hope), una autobiografía cuyo título fue plagiado a Erich Fromm. Los libros de ex presidentes son tradicionalmente tenidos en México como desahogos y justificaciones: dado que todo les salió mal, se valen del objeto sagrado “libro” para que la historia los absuelva, de ahí que la circulación de esas obras pase generalmente desapercibida hasta para la familia de los ex mandatarios. En una palabra, no los lee ni el editor, pues siempre hay confianza en que a ningún lector en sus cabales le interesará perder tiempo en esos mamarrachos de “no ficción” plagados de ficción.
¿Por qué entonces el libro de Salinas ha despertado tanto interés en los medios nacionales? ¿Acaso le hará la competencia a la nueva novela en puerta de García Márquez o busca desbancar a Carlos Cuauhtémoc Sánchez del top ten bibliográfico mexicano? Nada de eso. La década perdida es un libro que nadie con el seso ecuánime leerá de pe a pa, pues es un tabique de más de 500 páginas, pero su autor sigue siendo tan poderoso e influyente (actuante) en la política nuestra de cada día que aprovecha el lanzamiento de su libro para, por medio de la prensa, elaborar apretadas síntesis que servirán para desparramar su contenido. Lo mismo que dice en el mamotreto pudo haberlo declarado a la prensa, pero eso no muestra, claro, la misma autoridad sagrada de un libro que tiene grosor de Biblia, de ahí que la inversión editorial sea ineludible, lo que de todos modos es (por supuesto que sólo metafóricamente) como quitarle un pelo a su autor.
En sus declaraciones (o sea, en los resúmenes que hace de su libro) Salinas arremete con especial énfasis contra un fantasma que sigue recorriendo al país: AMLO. Va contra López Obrador porque es el último reducto del PRD más o menos opuesto a la línea económica trazada por el salinismo. Zedillo y Fox son peccata minuta, apenas una excusa para aplastar al verdadero enemigo. No es extraño ese proceder. El PRD, el partido que nació para pelear contra Salinas, ha sido el más atacado en nuestra historia reciente. Es fácil ahora, tras una larga descomposición inducida desde el poder político y empresarial, decir pestes contra la piltrafa que queda de PRD. Nomás no hay que olvidar algo: eso empezó con los muchos militantes perredistas asesinados en el sexenio atínenle de quién. ¿Está pelón adivinar?

miércoles, mayo 07, 2008

Días inciertos, poesía de la insinuación



El poeta coahuilense Marco Antonio Jiménez ha descrito en una pincelada la sustancia de Días inciertos, poemario de Adriana Luévano: “La poética de Adriana, a ratos portentosa, recuerda al oráculo de Delfos, que al decir de un filósofo no declara ni oculta, sino que da señales. Así es la metáfora de Adriana: danza, serpentea, se despeña en signos e imágenes que restituyen el sentido mágico de la palabra sin ocultamiento ni declaración”. En efecto, si algo define a Días inciertos es su poder insinuativo, la capacidad que ostenta para construir mundos a partir del susurro.
Adriana Luévano, poeta nacida en Aguascalientes y avecindada en Torreón desde hace 33 años, tiene estudios de ingeniería química y ha participado en numerosos talleres literarios. Junto con Carmen Valdés publicó el libro Filos de luz, y ha sido integrada a los colectivos de poesía Polvo ardiente y Voces del tranvía. Además, es promotora de culturas populares, donde se ha vinculado sobre todo al desarrollo de la música urbana.
En Días inciertos (Universidad Autónoma de Coahuila, 2007), los lectores asistimos a una poesía enunciada en voz baja, sin aspavientos, como autocontenida. La escritora otea, palpa, oye los ecos del exterior y con ese magma de estímulos construye formas literarias donde la palabra tiende al silencio, al guiño. Dividido en dos grandes estancias que a su vez están subdivididas en tres y dos recintos bien delimitados, Días inciertos deambula por el mundo con los sentidos atentos al ritmo de la vida: Adriana Luévano le toma el pulso al lado generalmente desapercibido de la realidad, a los objetos nimios. En ese afán advierte que nada hay más asombroso que lo inmediato, que lo cotidiano. Es la poeta, pues, vocera de lo sutil, y su canto es un canto que se corresponde con los motivos de su escritura, es decir, asordinado, como dicho quedamente, como ajeno a los estruendos del desgarramiento y la vocinglería.
La poesía de Adriana Luévano se ciñe, en suma, a los preceptos rectores del minimalismo: la sutuosidad está en el detalle, la belleza radica en despojamiento de la ornamentación: el mejor acto de comunicar se funda en el poder de las insinuaciones.

Gatopardismo plus



Lo canijo no es que todo cambie para que todo siga igual; lo canijo es que todo cambie para que todo siga peor, como en México. Esa es la lección que deja, si lo miramos con mínimo detenimiento, el proceso de cambios que hemos visto en nuestro país: van y vienen y lamentablemente nada sigue igual, sino peor, tan peor que ya vamos para 25 años de vertiginosos cambios y ninguna fórmula funciona en este país condenado a la maldición de Lampedusa en versión tragicómica.
Como lo resume Rodrigo Borja en su Diccionario de la política (FCE, 1998), “gatopardismo” deriva de la palabra “gatopardo”, título de la novela de Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa. El gatopardo narra “la decadencia de la nobleza siciliana en la época de la unificación italiana y relata el matrimonio del sobrino de un viejo príncipe con la hija de un comerciante plebeyo de la región. Frente al inevitable ascenso de la burguesía, el añoso noble decide promover este matrimonio con el propósito de introducir a su clase social en decadencia entre sus enemigos mortales, convertidos en la nueva fuerza política dominante”. Desde entonces, añade Borja, “se usa la expresión gatopardismo para señalar la actitud de ‘cambiar todo’ para que las cosas sigan iguales, tal como lo proclama reiteradamente el personaje de la novela, en el marco del pacto con el enemigo político tradicional”.
Desde el aquietamiento de las agitadas aguas revolucionarias (¿Calles, Cárdenas?) hasta el salinismo, el sistema político mexicano mostró, creo, un gatopardismo discreto: cambiaba al presidente sin necesidad de enfatizar cambios radicales de otra índole. El régimen se sentía seguro con un discurso monolítico y unidireccional, e imponía su ley a la usanza de las dictaduras: verticalmente, sin dejar posibilidades a la réplica. Eso se mantuvo así, firme, inconmovible, hasta el crack político del 88; ese año la arteriosclerosis ya no dio para más al cuerpo de la república, y eso quedó evidenciado tras el éxodo de priístas que detestaron el dedazo de De la Madrid y se largaron a otra parte. Tras la imposición de Salinas en el más grande fraude (el otro es el de 2006) que recuerde la historia de México, el discurso del cambio ha sido la constante. Cambia el discurso, cambia el modelo económico, cambia el comportamiento de los partidos, cambia la apertura mediática, cambia todo, pero se puede ver con asombro que todas esas mutaciones no se dan para que todo siga igual (ya quisiéramos), sino para que el sistema no se derrumbe y siga manteniendo el estatus de privilegios que antes sólo detentaba la “gran familia revolucionaria” y ahora comparte la “familia feliz” de corte empresarial, católica de falda hasta el huesito y si se puede algo españolizada; es decir, todo cambia para que todo siga peor.
El introductor del gatopardismo que podemos denominar “plus” (que todo cambie para que todo siga peor) fue Salinas, el mismo que ahora vuelve a las andadas con La década perdida, obra donde delata a los verdaderos hampones del país, libro que, aunque lo niegue, no deja de ser autobiográfico a fuerza de ser autoexculpatorio. Es, en una frase, el cinismo en todo su majestuoso esplendor.

Hoy en el Icocult Laguna
Hoy a las 20:00 horas el poeta y narrador Carlos Reyes dictará una conferencia sobre Walt Whitman y su poema “Canto a mí mismo”. En palabras de Reyes, “Se trata de un poema visionario cantado ‘desde y para’ el alma humana. Es probable que Whitman haya sido el inventor del verso libre, así que todo poeta contemporáneo le debe mucho a este hombre que no escribió sólo un libro, sino que cantó al alma desde la dimensión de las más altas cumbres”. Nos vemos en la conferencia.

domingo, mayo 04, 2008

Utopía de la lectura



Divido esta participación en dos brevísimos segmentos, pues creo que el llamado “fomento a la lectura” se ramifica en un par de amplias vertientes: la de la vida cotidiana, la del diario hacer en familia y en comunidad, y la más general, la del Estado y sus políticas públicas en materia de educación.
a) En lo individual y comunitario
¿Por qué leemos? ¿Para qué leemos? ¿Dónde leemos? Trataré aquí de responder a esas preguntas, dado que me parecen indispensables para comenzar cualquier reflexión sobre el fracaso, o parte del fracaso, de los programas nacionales de fomento a la lectura.
1) De niños leemos porque esa práctica se nos impone como obligación. Cuando se da, la lectura obedece a obedecimientos: un maestro encarga una cierta cuota de páginas y los alumnos tienen que acatar la orden. Se trata entonces de una imposición, muchas veces de un castigo. Lo mismo en casa: algunos padres ven que al niño se le diluye el tiempo frente al televisor y condicionan ese privilegio: “Lee un cuento y te dejo ver tanta tele”, “Lee tres páginas y recibes equis regalo”. En ningún caso la lectura suele ser encarada como placer, como goce. No se adiestra a los pequeños en el arte de disfrutar de las palabras y los condenamos a traducir el acto de lectura como flagelo o como paso forzado al premio de mejores actividades.
2) De niños leemos para obtener una nota, para ganar un premio, para triunfar en los primeros debates que nos plantea la vida en comunidad. En pocos, en muy pocos casos leemos para divertirnos con las criaturas de la reflexión y la emoción humanas. Le damos pues un fin mezquino, utilitario, externo a la lectura: no nos sirve para alegrar el día, para quitarle insipidez a nuestras horas, para agitar nuestro seso, sino para obtener algo concreto, para hacer trueques con el otro. La lectura queda reducida entonces a moneda de cambio.
3) De niños leemos sobre todo en la escuela o debido a la escuela. Los encargos del profesor son tajantes: guarden silencio y lean de tal a tal páginas. A veces hacemos lectura en voz alta, colectiva. El caso es que la lectura, un ejercicio que por lo común demanda cierto aislamiento, un entorno propicio a la concentración, es encarada en el barullo, en el caos de ruidos y molestias. ¿Es así como debemos enseñarles a leer a los pequeños? Creo que el momento más propicio para asentar el hábito de la lectura es el momento que, en casa, precede al sueño. Por lo común hay menos ruido y la soledad es un ambiente ideal para dejar las últimas reservas de energía frente a los libros. Asimismo, hay que plantear ese momento como un premio, el justo reconocimiento a un día de esfuerzos. Jamás como una reprimenda.
b) En lo estatal
Ahora sí. Luego de encuadrar esas importantes minucias del desdén cotidiano, individual, familiar, a la lectura, paso a lo general. El Estado mexicano ha hecho de todo para, según él, difundir el hábito de la lectura. Lo ha intentado por medio de la SEP y en los años más cercanos por la vía del Conaculta, pero las estrategias han dado escasos frutos. Ediciones, programas, concursos, bibliotecas, talleres, publicidad, capacitaciones, todo. El resultado es pobre, como sabemos. Algo anda muy mal allí. No creo en las soluciones inmediatas ni simplistas. Sé que el remedio tiene que ver con casi todo, empezando con la mejoría económica de quienes hoy apenas ganan lo necesario para comer, pues de nada sirve articular proyectos colectivos de bienestar cultural, educativo, artístico, si antes, como ocurre hoy, millones de mexicanos no tienen ni mínimamente satisfechas sus necesidades de trabajo, vivienda, alimento, vestido, agua, luz y etcétera.
Ante la demagogia, ante las pavorosas cifras que van y vienen, la realidad es cruda y la podemos tentar en todos lados, en cualquier conversación informal: el libro no está con nosotros, es un objeto ajeno a nuestros hábitos, de ahí que, si me lo pregunto en serio, no sé por dónde empezar para revertir la situación. Creo que un primer paso está en el entorno familiar, otro en la escuela, otro más en los medios, otro en la mejoría salarial a los padres, y así. La suma y la armonización de todos esos factores hacen que el fomento a la lectura parezca una misión imposible. Me queda claro que es una utopía, sí. ¿Y qué podemos hacer frente a los proyectos utópicos? Creo que desmenuzarlos, afrontar el gran todo en pequeñas partes, con pasos cortos y precisos. Esta mesa redonda es un ejemplo: damos un paso corto, muy corto, pero lo damos a favor del libro y la lectura. El encadenamiento de todos esos esfuerzos puede redituarnos algo bueno, aunque advierto que la realidad parece abrir todos los días la brecha entre los libros y sus potenciales usuarios. No sé exactamente cómo, pero hay que intentar el fomento a la lectura, esto pese a las estadísticas y pese a la realidad. La imaginación, en todo caso, tiene en el fomento a la lectura su más grande desafío. (Texto leído en una mesa redonda para discutir el fomento a la lectura; fue celebrada el 22 de abril de 2008 en el Teatro Isauro Martínez; participaron también Saúl Rosales, Rosario Ramos, Jaime Palacios y Mariana Ramírez).

sábado, mayo 03, 2008

Orgía de un crack



Esa noche se iba a desquitar. En secreto, pero se iba a desquitar. ¿A poco nada más su tocayo del Manchester United podía hacerlo? Ese cochino portuguesillo de nombre Cristiano Messias había usurpado también el nombre Ronaldo, como si no fuera suficiente con Rolandinho, el muchachito cara de caballo que juega para el Barça. El lusitano cobraba fama no sólo por su buen futbol, sino por lujosos escándalos sexuales. Y es que no cualquiera hace lo que hizo Cristiano Messias: celebrar una victoria con cinco prostitutas de las más caras en una mansión inglesa. Para hacer más ruido, el muchachito invitó a dos compañeros del Manchester, a Nani y a Anderson, lo que no dejaría duda sobre su poder.
Ronaldo, como buen futbolista brasileño, se sabía superior a cualquier europeo comemierda. Ese joven Cristiano Messias era bueno, sí, pero le faltaban muchos años para alcanzar la nombradía de su tocayo sudamericano. Además, no tendría nunca el equipo que se necesita para salir campeón en un mundial, así que estaba condenado a cierta fama pasajera y nada más: nunca un campeonato de goleo en el máximo torneo del planeta, nunca la copa FIFA en sus manos. Pero estaba en la cúspide de su fama, anotaba buenos goles en Inglaterra y adrede hacía correr la noticia de que podía pagarse saturnales con las mejores rameras de la Gran Bretaña. Las notas lo decían: “… los cracks les pagaron menos y las hicieron sentir pésimo: ‘Me hicieron sentir barata. Estuve con 200 clientes y nunca había sido tratada con tan poco respeto. No les importaban nuestros sentimientos, ni siquiera hablaban. Sólo movían nuestros cuerpos en la posición correcta’, afirmó la chica de la agencia de escorts McKenzie en Leeds, a poca distancia de Manchester, donde festejaban los jugadores del United su primera victoria”. Hubo de todo entre los tres jugadores y las cinco chicas. Ronaldo el brasileño lo sintió como una ofensa personal, y algún día se iba a desquitar.
Ese día llegó, por fin, la madrugada del lunes 28 de abril de 2008. Ronaldo convalece de una lesión en la rodilla. Pasa unos días en Río de Janeiro, toma el coche más austero que consigue, se coloca los lentes semioscuros y una gorra de pelotero para no llamar la atención. Entra al primer hotelucho que topa en su camino. En la recepción le cobra un hombre aburrido y desvelado que no alberga ni puta idea de que el cliente es nada menos que la actual estrella del Milán, uno de los más grandes ídolos del futbol brasileño (ya se podría decir) de todos los tiempos.
Ronaldo entra a la habitación y de inmediato llama a los teléfonos que poco antes había encontrado en el periódico y luego anotó en un papelito. La chica, del otro lado de la línea, toma nota y dice que no está lejos, que en quince minutos aparecerá en la habitación. El jugador enciende el televisor; una película muy fuerte le sugiere algunas ideas de lo que hará dentro de un rato: un hombre les da para sus adentros a tres hembras golosas. Pasa un rato y tocan a la puerta. La chica no es muy bella, pero tiene sus curvas. Ronaldo pregunta el nombre: “Andrea”, dice ella con voz un tanto ronca. El joven atleta le explica entonces que desea tener acción con otras dos preciosidades, para que sean tres contra uno. De inmediato, ella hace un par de llamadas y localiza al personal requerido por el cliente. Las otras llegan más pronto de lo imaginado, y apenas entran a la habitación cuando comienzan un escarceo de besos y manoseos que pone al futbolista como burro en cierta época del año. Hasta ese momento no había caído toda la ropa de los comensales, así que cuando el crack ve el armamento genital de Andrea no tiene más remedio que recular, que insultarlas (¿o insultarlos?). Saca entonces lo que trae en el bolsillo, como 600 dólares, y sale como centro delantero, eludiendo rivales, de la habitación. Lo que ocurrirá después será muy confuso. Se hablará de drogas y chantajes. Falso, pero escandaloso. Y todo por tratar de superar a Cristiano Messias, ese palurdo del Manchester.

viernes, mayo 02, 2008

Paz con sacarina



La burrada no es nueva y la han padecido muchos grandes escritores como Borges y García Márquez, entre los más recientes. Se podría afirmar incluso que la fama es proporcional al éxito de ese tipo de atribuciones sonrojantes: entre más célebre es un escritor, más cursilerías le enjaretan y más fácilmente cobran popularidad entre la gente que padece gustos literarios de tarjeta Hallmark. Ahora lo sufrió Paz, según leo en la nota publicada ayer aquí, en La Opinión. Firmada por Jesús Alejo, Laura Cortés y José González, la información evidencia que no es sólo “un error humano” (¿existen los errores no humanos?), como dijo un funcionario del Conaculta, sino una auténtica tontería que merece la Presea Fox-Sahagún al mérito en el área de los dislates literarios. De hecho, y apurándonos un poco, este disparate es peor que los de Vicente y Marta, a quienes nunca se les podría pedir siquiera una referencia extraída del Libro Vaquero. Es peor, reitero, porque lo perpetró el Conaculta, la instancia encargada de nuestra cultura. ¡De nuestra cultura!, y conste que aborrezco usar signos de admiración.
En la nota, los reporteros de Milenio buscaron a lectores y estudiosos muy autorizados, especialistas y hasta amigos de Paz. Les preguntaron si la cita textual que aparece en el cartel (con logos del actual “gobierno” federal y del Conaculta) era o no de Paz: “No olvides nunca / que el primero beso / no se da con la boca, / sino con los ojos”. José de la Colina respondió que era “muy cursi” y “no tiene ritmo”; en efecto, esas palabras andan peligrosamente cerca de Los Panchos en cuanto a glucosa, y, en cuanto a forma, es cierto, agrego, que más parece un fragmento prosístico (y prosaico) que poético. Jorge F. Hernández coincidió con De la Colina en el mismo sentido, y Adolfo Castañón, lector muy cercano al premio Nobel mexicano, señaló que no suena a Paz, aunque pudiera ser que se trate de un fragmento extraído de sus primeros poemas.
Héctor Tajonar, quien durante muchos años sostuvo entrevistas para la televisión con el autor de “Piedra de sol”, fue el más radical en rechazar las palabras del afiche conmemorativo atribuidas a Paz: “Si fuera un jugador, apostaría 100 a uno a que no es de él, porque ni siquiera es un poema: se parece más a un consejo que (sic) de una tía a su sobrina”. Y añade: “Ni siquiera se acerca a su poesía temprana de Bajo tu clara sombra (poemas escritos entre 1935 y 1944) que está llena de erotismo y metáforas. Es esta obra nunca aparece algo tan explícito”.
Tajonar apunta que no es de Paz, en definitiva, pero si lo fuera se trata de una mala selección, pues no es representativa del estilo ni del tono que tiene en general la obra paceana. Por supuesto que no, observo yo. Tal vez sea de Paz, y si lo es, se trata obviamente de esas líneas fallidas que todo autor, incluido el de genio, comete en un momento de escritura distraída. Eso no significa, por supuesto, que la esporádica parte débil de un autor como Paz sea la que sirva para ilustrar un cartel celebratorio, pues lo que se busca es exaltar la figura del artista, no difamarla con una parte verrugosa de su obra, eso en caso de que sea de veras su autor.
A mi juicio el incidente es muy penoso, pues usan unos “versos” de póster con pareja de enamorados alejándose en crepúsculo playero (los venden en la alameda) para homenajear a uno de los más grandes escritores mexicanos. Paz se hubiera infartado de espanto ante tamaña atribución literaria.
Después de todo, el “error humano” ha servido para enseñarnos dos verdades: que las instancias culturales del país están en manos de unos hunos y que la cursilería goza de cabal salud. Si es así, mejor hubieran inventado que Paz escribió “Bésame mucho” o “Rayito de luna”.

jueves, mayo 01, 2008

Día del trabajo

A estas alturas del atraco neoliberal, casi en la serie de penaltis del destripamiento a la nación, el hombre que usurpa el poder ejecutivo del país quiere dar lecciones sobre lo que es y lo que no es el populismo en relación al combate a la pobreza. Como escriben sabiamente los mocosos en el chat: jajaja. Qué agravio a la verdad, qué insulto a los pobres, qué puñalada al corazón de las palabras contiene el discursillo del lunes en el que Calderón puso a caminar el programa Vivir Mejor, la propuesta del actual gobierno federal, siempre en cuestionables funciones, para abatir la marginación y lograr que todos en este país vivan, vivamos, en efecto, mejor. Por lo que se ve, Carlos Salinas de Gortari no ha muerto, subsiste en las políticas antimiseria de (Zedillo, Fox) Calderón, programas que ya van para veinte años sirviendo de diques al estallido social y que ni maquillándolos con plastas de Max Factor logran dejar de ser lo que son: una película de embellecimiento a la horripilantez de la numerosísima pobreza nacional.Hay que decir, en descargo de Calderón y su versión reciclada del populismo pronasolero, que para él y para el grupúsculo en el poder no hay de otra sopa y juegan según las reglas de su malévolo librito: o tiran mendrugos disfrazados de programas para combatir la pobreza extrema, o de plano dejan que se pudra de indefensión la enorme capa de la sociedad que ha sido sistemáticamente marginada por la voracidad de unos cuantos. El detallazo del choro, lo que hizo simpático el discurso de Calderón, fue de forma, no de fondo: frente a la cúpula política del país sostuvo que Vivir Mejor atacará las causas de la pobreza, no los efectos, y como argumento estrella se lanzó a la yugular de los antiguos programas de asistencia social, tildados con frescura de populistas, de paternalistas. Calderón, entonces, quiso mostrarse revolucionario al menos en lo verbal, de a mentiritas por supuesto, ya que es materialmente imposible acabar con los estragos de la miseria si antes no es desarticulado, o ya de perdida moderado, el curvo esquema impuesto por la oligarquía (¿se le puede llamar de otra manera al puñado de patanes que gobierna con espots?) que como gusano sigue devorando la manzana de la riqueza nacional. Si han pasado gobiernos y gobiernos que lejos de modificar en algo la inercia depredadora la han acentuado, es lógico, obligatorio, indispensable, que Calderón mantenga el tinglado de los programas sociales, que son asimismo como los alfileres con los cuales se mantiene la paz mínima indispensable para seguir sangrando al país. Llámele como le llame, haiga dicho como haiga dicho, el populismo perfumado del michoacano es populismo aunque él lo quiera denominar como se le antoje. Es populismo y opera como tal, con toda la carga de atole digital, de clientelismo al corto plazo y de ineficacia al largo.

miércoles, abril 30, 2008

Populismo perfumado



A estas alturas del atraco neoliberal, casi en la serie de penaltis del destripamiento a la nación, el hombre que usurpa el poder ejecutivo del país quiere dar lecciones sobre lo que es y lo que no es el populismo en relación al combate a la pobreza. Como escriben sabiamente los mocosos en el chat: jajaja. Qué agravio a la verdad, qué insulto a los pobres, qué puñalada al corazón de las palabras contiene el discursillo del lunes en el que Calderón puso a caminar el programa Vivir Mejor, la propuesta del actual gobierno federal, siempre en cuestionables funciones, para abatir la marginación y lograr que todos en este país vivan, vivamos, en efecto, mejor. Por lo que se ve, Carlos Salinas de Gortari no ha muerto, subsiste en las políticas antimiseria de (Zedillo, Fox) Calderón, programas que ya van para veinte años sirviendo de diques al estallido social y que ni maquillándolos con plastas de Max Factor logran dejar de ser lo que son: una película de embellecimiento a la horripilantez de la numerosísima pobreza nacional.
Hay que decir, en descargo de Calderón y su versión reciclada del populismo pronasolero, que para él y para el grupúsculo en el poder no hay de otra sopa y juegan según las reglas de su malévolo librito: o tiran mendrugos disfrazados de programas para combatir la pobreza extrema, o de plano dejan que se pudra de indefensión la enorme capa de la sociedad que ha sido sistemáticamente marginada por la voracidad de unos cuantos. El detallazo del choro, lo que hizo simpático el discurso de Calderón, fue de forma, no de fondo: frente a la cúpula política del país sostuvo que Vivir Mejor atacará las causas de la pobreza, no los efectos, y como argumento estrella se lanzó a la yugular de los antiguos programas de asistencia social, tildados con frescura de populistas, de paternalistas. Calderón, entonces, quiso mostrarse revolucionario al menos en lo verbal, de a mentiritas por supuesto, ya que es materialmente imposible acabar con los estragos de la miseria si antes no es desarticulado, o ya de perdida moderado, el curvo esquema impuesto por la oligarquía (¿se le puede llamar de otra manera al puñado de patanes que gobierna con espots?) que como gusano sigue devorando la manzana de la riqueza nacional. Si han pasado gobiernos y gobiernos que lejos de modificar en algo la inercia depredadora la han acentuado, es lógico, obligatorio, indispensable, que Calderón mantenga el tinglado de los programas sociales, que son asimismo como los alfileres con los cuales se mantiene la paz mínima indispensable para seguir sangrando al país. Llámele como le llame, haiga dicho como haiga dicho, el populismo perfumado del michoacano es populismo aunque él lo quiera denominar como se le antoje. Es populismo y opera como tal, con toda la carga de atole digital, de clientelismo al corto plazo y de ineficacia al largo.
Para los actuales dadores de migajas no hay entonces remedio: tienen que tensar la cuerda de su falacia hasta donde sea posible: ahora Calderón dice que su programa no es asistencialista y con eso llega al último grado del cinismo, a la negación en la que quedó arrinconado luego de que Salinas, Zedillo y Fox ya le dieron vueltas a lo mismo sin más resultados que los meramente paliativos. Todavía, empero, estamos en la primera fase del control: con morralla para la base de la pirámide social es posible crear un borde que impida la inundación de descontento; cuando eso no alcance, y esto lo han insinuado sobre todo en tiempos electorales, vendrá la segunda fase del control, las campañas de miedo y los sobresaltos violentos que intimiden a la gente. La última de las etapas es la que también, de alguna forma, ha coexistido con nosotros en el calderonato: el ambiente de militarización que termine por establecer quién manda aquí, chingada madre.
“Vivir Mejor”. Suena lindo. Igual sonaban “Pacto de solidaridad” y “Bienestar para tu familia” y ya ven: aquello no sirvió ni para echarnos un taco de sal.

domingo, abril 27, 2008

Sobre Ojos...



Leí el siguiente "itinerario" el miércoles pasado en el foyer del Teatro Nazas. Gracias a More Barret, directora del Nazas, y a Bertha Flores, directora de Difusión Cultural de la UAdeC Torreón, por organizar tan bien la presentación de mi libro. Más de 200 personas de público no las tengo a diario, de ahí que yo siga sin salir del asombro. Gracias también a Daniel Lomas y a Gerardo Segura por sus textos de presentación. La foto que encabeza este post es la que aparece en la solapa del libro. Ojos en la sombra está a la venta en la Librería del Fondo de Cultura Económica, al lado del Teatro Isauro Martínez, y en la Librería Universitaria de la UAdeC, Comonfort y bulevar Revolución, todo en Torreón.

Itinerario de Ojos en la sombra

Jaime Muñoz Vargas

Los cuentos apiñados en Ojos en la sombra son producto de la fiebre cuentística que me acosó en el primer lustro del nuevo milenio. Antes de pasar a explicaciones debo recordar que mis primeros engendros de palabras fueron cuentos. Comencé a trabajar con este género, si la memoria no me da la espalda, en 1984, hace casi 25 años. Los primeros que escribí se quedaron atorados por allí, en el pasado de mi prehistoria literaria. Si bien me enseñaron algunas destrezas, los tengo ya completamente marginados, jamás los releo, y hago hasta lo que no para evitar que la gente los conozca. Hace poco un ex alumno me cayó, muy sonriente él, como si localizarlo hubiera sido un logro, con el primero de mis libros, con aquellos diez cuentos que constituyeron mis primeros trastabillantes pasos en el oficio de narrar. Me pidió una dedicatoria; se la di con una condición: de que no propalara ese libro, de que por favor lo leyera y lo escondiera. Ese título fue publicado en 1989.
Pasaron muchos años, como quince, y mientras practicaba otros géneros periodísticos y literarios me hacía el desentendido con el cuento. Le saqué la vuelta. Escribía reseñas, crónicas, artículos, entrevistas, editoriales, ensayitos, ingresé a la novela y no me fue tan peor, tejí de vez en vez esa poesía muy prosística que es la única que me sale, me hice medio pendejo con una columnita y otra más, eso hasta el año 2001. Mientras yo volteaba para otro rumbo, el cuento me miraba, retador, con cara de asesino a sueldo: estaba esperándome de nuevo, listo para volverme a sacudir con sus mandarriazos. Yo le tenía mucho miedo, pues el primer intento había sido, si no un fracaso (pues no se le puede pedir mucho a un joven de 22 años), sí una especie de coscorrón: el cuento me había demostrado que era un género fascinante, hermoso, pero endiabladamente difícil de manejar, tanto que durante quince años me distraje en otros géneros y a él sólo le dediqué modestos ratos, dos o tres o cuatro o cinco intentos temerosos, nada que pudiera llamarse dedicación tenaz, oficio de cuentista.
Entre 1987 y 2001 escribí tres novelas, dos de ellas publicadas. Gozaron buena recepción, cierto, pero yo tenía una deuda secreta con el cuento. Era mi mayor reto: escribir cuentos bien armados, profesionales, maduros, trabados con mano firme, con mano de Cortázar o de Ribeyro, por citar sólo a dos figuras totémicas. Escritos, para decirlo sin rodeos, según la preceptiva saulrosalescarrilleana, la primera que sobre el cuento conocí en mis tiempos de mayor aprendizaje. Con la llegada del 2001 mi familia se agrandó: en un par de años llegaron dos de mis tres hijas. Hubo necesidad de trabajar más en chambas alimenticias, de enajenar mi tiempo aquí y allá para que el barco de la supervivencia no zozobrara. Ya no podía darme el lujo de la concentración prolongada que exige la novela, pero quería seguir narrando obsesivamente. Entre todas las ocupaciones que me abrumaban, me quedó muy poco tiempo, nomás retazos, para escribir. Ere urgente aprovecharlo, usar hasta el último mendrugo del día para avanzar de a una, de a dos, de a tres cuartillas sí era posible. Había llegado entonces la hora del cuento, el momento más importante, más desafiante, hasta ese punto, de mi vida literaria. No tuve escape: o escribía cuentos, o adiós a la literatura. Y empecé, no sé cómo, allá por el 2001. En dos años escribí como enfermo, escribí poseído por una fuerza que ya me abandonó o que al menos no he vuelto a sentir en los años recientes. Recuerdo que durante meses acuñé un cuento por semana o casi por semana, de manera que a la vuelta de cuatro años el producto de aquella fiebre tenía mucho de inexplicable para mí: siete libros de cuento, como 700 u 800 cuartillas llenas de historias, muchas de las cuales, cerca de veinte, aun permanecen inéditas y forman otros libros.
Los cuentos de Ojos en la sombra fueron compuestos junto con los de Las manos del tahúr. Entre los dos suman veinte historias. Son, en realidad, un solo libro, pero para hacerlo manejable desde el punto de vista editorial, tuve que separar a los siameses. Así, en 2005 Las manos del tahúr ganó el premio nacional de Sonora y fue publicado allá; luego, en 2007, los que restaban de esa tanda los reuní en el manojo que hoy conforma Ojos en la sombra, que ofrecí a la Universidad Autónoma de Coahuila, institución que generosamente los aceptó para una de sus colecciones. En extensión, en temáticas, en atmósferas, en casi todo este libro se parece al de Sonora. He dicho ya, cuando me lo preguntan, que de todo lo que he escrito esto es lo que menos me sonroja. Creo que los cuentos de ambos libros esconden alguna malicia, muestran a una persona que ha trabajado lealmente con este género latoso, problemático, traicionero que es el cuento. Creo que los seguiré haciendo de aquí a los sesenta años, fecha en la que deseo terminar mi carrera literaria y mi carrera vital, pero el vuelo que agarré en el lustro que va de 2001 a 2005 ya no volveré a tenerlo, pues no me siento con la fuerza de esos años para liarme a puñetazos con el cuento, género que siempre exige tener la guardia arriba y hacer bending (movimiento oscilatorio de boxeador), si uno desea evitar la derrota por nocaut.
Ojos en la sombra es un libro que aprecio, que no me apena. Lo puedo firmar sin sentir que defraudo a los lectores. Ojalá que ellos, al leerlo, sientan algo similar; si eso ocurre, habrá valido de algo el esfuerzo depositado en sus voluntariosas páginas.

sábado, abril 26, 2008

T-shirt del cardenal



Como lo comuniqué en su momento, fui a la Feria Internacional del Libro 2007 y al final mis hijas, mi mujer y yo nos dimos una escapadita turística por Guadalajara. Desayunamos unas delicias mantecosas en la fonda “Las hermanas Coraje” y después, en plan de chacharear, caminamos hasta dar con un parquecito coyoacanoide, un lugar donde se reúne buena parte de la fauna tapatía para vender cualquier cantidad de baratijas artesanales. Un tipo como yo (amante improvisado, ordinario, con la ropa y la apariencia más convencionales que uno pueda imaginar), se veía, supongo, desconcertante entre los seres que pululaban en aquel sitio: darketos, emos, metaleros, punketos, jipitecas. Mis hijas, mi esposa y yo recorrimos los tenderetes para ver qué comprábamos. Pocos objetos eran de nuestro gusto, pues todos los locales ofrecían productos de estilo ad hoc al pedo según esto underground: llaveros de monitos como de brujería, playeras con motivos satánicos, prendas de piel con incrustaciones cromadas, cadenas y correas para el rollo bondage, coloridas boinas de jamaiquino, botas con tacón kissesco, morrales folklorosos, accesorios jotolones leather, velas y esencias para alcanzar relajaciones bien acá, etcétera. En una de las tienditas me detuve a ver playeras impresas en el pecho con frases e iconos pretenciosamente insolentes, de esas que ostentan ingenio literario de mozalbete que se cree méndigo. Me retuvo la atención una de tela negra, sin texto, sólo aderezada con el rostro de Juan Sandoval Íñiguez. Las dudas me asaltaron: como después de todo la estaba viendo en territorio cristero, pensé que podía tratarse de un homenaje. Pero no, era difícil que en una tienda de esa índole alguien fuera a celebrar la figura de ese sujeto mochilón, el más importante vestigio del medievo en México. Más bien, pensé, el potencial usuario de esa prenda iba a ser algún joven cábula que, al portarla, se ganaría varios deseados insultos de sus amigos, burlas que lo colocarían como falaz estandarte de un religioso polémico a causa de su censura a todo lo que se aparte aunque sea dos milímetros del dogma ultramontano. La imagen de esa playera sobrevivió en mi memoria porque en el fondo no dejé de pensar que se trataba de una hermosa contradicción: entre T-shirts obscenas, demoníacas, albureras, el rostro de Sandoval Íñiguez parecía fuera de sitio, decolocado, ajeno al contexto como un ornitorrinco entre perros chihuahueños. En definitiva, ése no parecía el lugar de un cardenal.
Pasados algunos meses, estremeció a México la noticia de que Emilio González Márquez, hoy conocido como el “góber piadoso”, donaría una buena billetiza del erario jalisciense a la edificación de un santuario en loor de los mártires cristeros. Lejos de amilanarse ante las críticas que lo ubicaron como torcido favorecedor de la iglesia en la que cree y de uno de los religiosos más macizos del país, el ejecutivo estatal toreó el bochinche mediático con la elegancia de un clown de rodeo, es decir, a grotescas maromas. El colmo del cinismo y/o la impreparación política del ensotanado de clóset que hoy ocupa la gubernatura de Jalisco se dio cuando hace algunas horas, nomás porque se le hincharon sus reverendos tejocotes, mandó a chingar a su madre a quienes lo critican por su falta de escrúpulos en el manejo de los dineros públicos, declaración que merecería el Premio Polo-Polo a la desfachatez verbal, pero que ha sido usada para solaz y esparcimiento de la prensa sin oídos castos.
El amasiato Estado-Iglesia en Jalisco es una realidad endemoniada y evidencia cuán sucio es el proceder de algunos políticos empanizados que con una mano se golpean el pecho y con la otra amasan marranadas de todo linaje. Después de todo, concluí ayer, la playerita con el rostro de Sandoval Íñiguez no estaba tan fuera de sitio. Convivía sin desentonar con otras estampadas a lo maldito, con calaveras y chamucos y barbajanadas.

Lustro de Nit



Tuve noticias del grupo Nit prácticamente desde su nacimiento. Al promediar el 2003, Ivonne Gómez Ledesma, una joven, entusiasta y lagunera promotora de poesía me hizo llegar, no recuerdo exactamente cómo, tres ejemplares de un tríptico austero, sencillo, modesto si se quiere, pero visiblemente decidido a darle voz no tanto a los poetas, sino a la poesía en este páramo ajeno por lo común a la literatura y particularmente a la hechura/lectura de versos. Desde el primer contacto con Nit y su publicación en soporte de papel, me asombró que todavía pudiera darse el fenómeno de la solidaridad, primero, y, segundo, que tal fenómeno fuera propiciado en este caso por la poesía. De inmediato le hice saber a Ivonne que contaba con mi apoyo en lo que humildemente yo pudiera hacer para que Nit siguiera en marcha.
Por suerte, los años han pasado, cinco para ser exacto, y Nit mantiene su energía inicial. Sé que algunos de sus miembros han abandonado la nave, pero sé también que otros la han abordado en los años próximos, de suerte que siempre ha llevado pasajeros. Ignoro cuáles son sus mecanismos de afiliación, cuáles son sus directrices de trabajo (si las hay), de dónde obtienen los recursos para subsistir. Ignoro mucho de Nit, y me da la impresión de que este proyecto es una suma de voluntades solidarias que no necesita una estructura tiesa y bien parcelada para mantenerse en pie.
Noto que cuatro son los mecanismos habilitados por Nit para salir al mundo: el tríptico en soporte de papel, el correo electrónico, la página web (www.nitonline.tk) y las presentaciones directas frente al público. En todos los casos, nunca he visto que cobren absolutamente nada para ofrecer lo que ofrecen, como si con esto quisieran expresar que la poesía no tiene código de barras ni es posible mercadearla como quien comercializa cajas de refresco. Nit es, por eso y por lo que ignoro, un proyecto grupal que merece todo el apoyo de los laguneros, pues es el único enclave dedicado con estrategias novedosas a la defensa de la poesía moderna entre los laguneros.
En sus anteriores aniversarios, los “nits” han convidado a personalidades que “vistieron”, como se dice, la celebración. Así, han traído a José Vicente Anaya, Coral Bracho, José Manuel Aguilera y Alejandro Otaola. Para el aniversario quinto, el grupo contará con la participación de Armando Vaga-Gil. Será una lectura de “poesía sonorizada”, como ellos la denominan. El “palomazo” poético-mágico-musical se dará en el Canal de la Perla (entrada por la Cepeda) a las 20:00 horas, y la entrada es libre.
La ficha de Armando Vega-Gil es rica: estudió antropología social y formó parte a mediados de los ochenta del grupo Botellita de Jerez, una referencia fundamental para el rock hecho en México. Colaboró en la Revista La mosca en la pared con una columna que posteriormente fue editada en forma de libro bajo el título de Diario íntimo de un guacarróquer. Colabora escribiendo en Eme-Equis y Dónde ir; además participa en el proyecto musical El Palomazo informativo al lado de Martín Durán y Fernando Rivera Calderón. Ha publicado libros de poesía, cuento y sátira, y tiene en su haber alrededor de 14 títulos. En 2006 fue ganador del Premio de Cuento San Luis Potosí, con el libro Cuenta regresiva. En cine ha participado como realizador y guionista de cortometrajes y videoclips. Como director ha trabajado con Roberto Sosa, Monocordio, Francisco Barrios “el Mastuerzo”, Regina Orozco, Arturo Ríos y Yucatán a Go-Go. Fue guionista y colaborador del programa El Güiri-Güiri durante siete años, y ganador del premio a mejor guión escrito para cortometraje en el festival internacional Expresión en Corto, 2003, en Guanajuato. Ocasionalmente imparte talleres de guión para corto.
Allí estaré yo también, con el micrófono y mi apoyo. Nos vemos.

miércoles, abril 23, 2008

Otra opinión sobre el Monterrosaurio



Otro comentario sobre el Monterrosaurio, librito que salió a rodar en febrero de este año; mi agradecimiento para Angélica López Gándara, quien publicó esta reseña el sábado pasado en la revista Siglo Nuevo:

El dinosaurio ya no estaba allí

Angélica López Gándara

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Es la expresión a la que han llamado el cuento más breve de la literatura. Son las siete palabras del guatemalteco Augusto Monterroso. La primera imagen que obtuve del cuento “El dinosaurio” fue la de un cavernícola adormilado al lado de un dinosaurio. Me vino esa idea a pesar de saber que los dinosaurios y el hombre no vivieron en la misma época. También pensé que Monterroso expresaba cómo los sueños se pueden hacer realidad: Alguien había soñado al dinosaurio y cuando despertó todavía (fuera del sueño) estaba allí. Por supuesto estas interpretaciones son muy simplistas comparadas con las vastas elucubraciones que existen sobre “El dinosaurio”. Y a pesar de haber leído varios ensayos sobre “El dinosaurio”, nunca he logrado asimilar que esa miniatura sea un portento literario. Por más que trato de buscar algo que me quite el escepticismo, no lo logro. Siento frustración porque no percibo lo mismo que Vargas Llosa o Muñoz Vargas. Más bien me parece una broma de Monterroso. Me intriga saber porqué a escritores sobresalientes sí les parece la gran cosa. ¿Acaso me faltan neuronas o sensibilidad? Tal vez, pero no veo que cumpla con ser una historia redonda que se acerque a lo que estableció Edgar Alan Poe al describir las características del cuento. ¿Por qué le llaman cuento si igualmente se le podría llamar crónica, ensayo o poema? Hasta ha sido calificado como novela por Noe Jitrik (citado por Muñoz Vargas en Monterrosaurio). Es cierto, hay un narrador y dos personajes, pero ¿dónde se desarrolla la historia? ¿Dónde está el nudo y el desenlace? ¿Tiene un final feliz o triste o incierto? Deja demasiados cabos sueltos para llamarse cuento. Sin duda “El dinosaurio” es una línea interactiva e intrigante y quizá por eso ha provocado que se escriban páginas y páginas sobre ella.
Y precisamente un libro lagunero se ha unido al estudio de “El dinosaurio”; se trata de Monterrosaurio, ensayo escrito por Jaime Muñoz Vargas que forma parte de la colección 101 años y que consta de nueve libros; publicaciones recientes recopiladas por los hermanos Javier y Gilberto Prado Galán bajo el sello editorial Arteletra. El ensayo de Jaime hace un recorrido por varios autores que han celebrado las cualidades de la narración que ha hecho famoso a Monterroso. Pero no es la reafirmación de la genialidad de Monterroso (que sin duda la tenía) lo que hace que el texto de Muñoz Vargas sea valioso, sino la experimentación que hace al desaparecer al personaje y al dinosaurio escribiendo historias desprendidas de la estructura de su cuento. Y entonces cuando despertamos, el dinosaurio ya no está allí. Jaime Muñoz juega y establece una causa y un efecto a pesar de todo. Contrario al original, lo que surge es una idea concreta donde no existen dudas sino certezas. Por ejemplo: El fumador: “Cuando renunció, el enfisema todavía estaba allí”. La impopularidad: “Cuando publicó, el anonimato todavía estaba allí”. La calvicie: “Cuando brilló, el supertónico todavía estaba allí”. El inculpado: “Cuando negó, el Tehuacán todavía estaba allí”. Diana: “Cuando murió, el paparazzi todavía estaba allí”. El simio: “Cuando evolucionó, el simio todavía estaba allí”. La sexoservidora: “Cuando amaneció, el cinturita todavía estaba allí”. Pavarotti: “Cuando cantó, la Paulina Rubio todavía estaba allí”. Jackson: “Cuando emblanqueció, el cucurumbé todavía estaba allí”. Éstas son algunas monterrosaurias (así les llama Muñoz Vargas), ideas en las que destaca el buen sentido del humor y donde, como el original, el título es a la vez cabeza y cuerpo de la historia. En este experimento literario el autor nos invita a crear el propio cuento más breve de la literatura, el que tituló El self service: “Cuando ________, el ________ todavía estaba allí”. Sin duda el ensayo del lagunero Jaime Muñoz Vargas es muy ingenioso. (lopgan@yahoo.com)

Mis Ojos en la sombra



Ojos en la sombra es el título del libro que hoy presentaré en el foyer del Teatro Nazas. Allí reuní diez cuentos que da alguna manera son hermanos de los diez contenidos en Las manos del tahúr, libro publicado hacia 2005 por el Instituto Sonorense de Cultura. Por la extensión, por el tono, por las temáticas y por otros rasgos, los veinte cuentos de ambos títulos guardan afinidades que algún día me obligarán a juntarlos en un solo libro. Ojos en la sombra fue publicado en 2007 por la UAdeC en la Colección Siglo XXI Escritores coahuilenses. Me harán el favor de presentarlo Gerardo Segura y Daniel Lomas, y aprovecho este espacio para convidar a mis tres lectores de Ruta Norte. A mis enemigos no los invito, pues temo que no cabrían en el Nazas.
Al final de Ojos en la sombra dejé plantado un colofón. No sé todavía si fue un error, pero tales palabras testimonian lo que pensaba del cuento entre el 2000 y el 2005, periodo en el que urdí las historias de ese libro. Es, lo sé, una idea rígida, pero la sigo pensando necesaria en estos tiempos de indiferencia a las reglitas básicas de un género nacido, como el soneto, con lineamientos que lo hacen ser lo que es, de ahí que no acatarlos da como resultado otra cosa, no un cuento aunque le llamemos cuento. Traigo esas palabras finales y enfatizo la invitación a mis amigos; nos vemos hoy a las ocho en el Nazas. En este momento ya preparo los canapés. No falten.
“Sospecho que cunde en estos días cierto ruido en torno al perfil del cuento clásico. Las nuevas rutas de este género (eternamente abierto a la legítima experimentación, al refrescamiento de la forma y hasta a la temeridad del anticuento) han estimulado sin embargo la desordenada idea de que un cuento es cualquier historia más o menos breve, provista de una solitaria anécdota y surtida con pocos personajes. En efecto, tales rasgos son caros al cuento clásico pero también son —subrayo que para mí— insuficientes cuando pretendo abrazarlo a plenitud. Creo con Piglia y con muchos otros narradores/críticos que en todo cuento fluyen dos historias: una evidente y otra filtrada en los intersticios del asunto eje; creo también con el autor de Plata quemada que todo cuento camina hacia adelante pero tiene dos rostros o, si se prefiere, posee ojos en la nuca, lo que le permite avanzar sin dejar de ver un solo momento hacia atrás; creo en la imbatible maquinaria del principio, el medio y el fin incluso en los microrrelatos; creo que cada pieza brilla más si incorpora algún relente de cuidadosa ambigüedad; creo en el fabuloso poderío del recconto; creo que con sutileza deben sembrarse varios pormenores cargados de “proyección ulterior”, como recomendó otro argentino algo famoso; creo por último que en las líneas finales deberá apoyarse el brazo de palanca que empuje hacia la superficie lo maliciosamente enunciado en el corpus de un relato; lo demás —si hay ‘demás’— es encanto, intuición, lo que se trae o no se trae, el tempo, lo que no se puede explicar, el misterioso ‘no sé qué’. En esas cinco o seis ideas esquemáticas se alberga, a mi juicio, la modesta pero eficaz noción de esta estructura vigilada que en 269 páginas desmenuzó, mejor que muchos, Enrique Anderson Imbert (Teoría y práctica del cuento, Ariel, Barcelona, 1992) y que mi amigo David Lagmanovich —¡también argentino!— me enseñó a mirar con microscopio en su Estructuras del cuento hispanoamericano (Universidad Veracruzana, Xalapa, 1989).
No sé si esa sencilla preceptiva fue acatada, así sea parcialmente, en el caso de las diez piezas que configuran este libro. Al menos lo intenté, pues no deseo trazar historias deshuesadas, ‘prosa poética’, ocurrencias pasadas de contrabando como cuentos. Todo sea por reiterar(me) —sin moraleja, sin terquedad, sin afán didáctico— el carácter vertical, punzante y aerodinámico de este género hoy minusvalorado por el marketing editorial pero digno de todos los aprecios: el cuento, el cuento clásico (Comarca Lagunera, marzo y 2003)”.

domingo, abril 20, 2008

Dime con quién difamas



Dime con quién difamas y te diré quién eres. Así es. La derecha yunquísima ha mejorado su tecnología de punta insultativa con el espot que emplea a los héroes con los que al alimón se inspira y se avergüenza. Creo que es una innovación a la propaganda goebbelesiana: recurrir a los iconos del santoral político propio para zaherir al enemigo, eso a sabiendas de que tales imágenes no son nada rentables ante la gente. Es como si un americanista quisiera insultar a un seguidor de las Chivas diciéndole que tiene cara de Monito Rodríguez o cuerpo de Carlos Reinoso. Algo por el estilo, tan raro que es difícil de explicar. Una auténtica maravilla del autogol ideológico.
Apenas el jueves recordé la estratagema propagandista del PAN para recuperar terreno ante su evidente pérdida de simpatizantes en 2006, aquella campaña de estiércol que demostró la asfixia blanquiazul, cuando ya el viernes estaba en circulación el descerebrado espot que compara a los coaligados en el FAP con Hitler, Mussolini, (aquí les faltó Franco, pero Aznar se hubiera molestado) Pinochet y Huerta. En síntesis, se compara al FAP con cuatro gorilas totémicos venerados regularmente en lo oscurito por todo buen derechoso bien nacido.
Supongo que es incómodo para muchos políticos mexicanos con esvástica que su prócer del Tercer Reich sea usado para difamar al enemigo; quizá no hay de otra: ante la inviabilidad de sus agandalles reformistas y ante la movilización popular (que ellos no pueden impulsar, pues su poder de convocatoria es nulo) no han tenido más remedio que mostrar el músculo mediático otra vez gracias a papá Televisa y a mamá TV Azteca. Y otra vez han inventado el caballo de Trojan (de Trojan porque es más guango que un preservativo) de una asociación civil cocinada ex profeso y por un rato para “firmar” el espot autodenigratorio.
Lo podemos ver cuando queramos en You Tube, si es que lo retiran de la tele cualquier día de estos. Ya lo conocemos: Hitler, Mussolini, Pinochet y Huerta son usados para coscorronear al movimiento que ha salido a las calles con el fin de evitar el secreto negociazo con los hidrocarburos. Hace una semana hubiera sido impensable. ¿Cómo, nos preguntaríamos, cuatro dictadores de la peor ralea para asimilarlos a la figura, sobre todo, de AMLO? Es un disparate. Un disparate por lo errático de la comparación y por la muy diferente estatura histórica de los personajes muertos con el todavía vivo. Si hasta parece el trabajo escolar de un comunicólogo a mitad de la carrera queriendo hacer méritos frente a un profe cabeza rapada.
Un comentarista de You Tube, por cierto, da en el clavo y enseña sin querer lo que deseo explicar (hago copy/paste textual): “stricto sensu nunca menciona el narrador a AMLO sino a ‘PRD, PT y Convergencia’. sin embargo, la alusión es obvia con su imagen y la estructura del formato. ahora, ya quisiera AMLO encontrarse en la categoría de un Hitler, por ejemplo. pero no, es sólo un simple perdedor que no le queda otra en el panorama político que dar patadas de ahogado…”.
Tiene razón el que escribió eso. Desde el punto de vista de la gravitación histórica, nadie en México estará nunca a la altura de Hitler. Al mismo tiempo, el redactor de ese apunte insinúa con el ambiguo término “categoría” su admiración al Führer: ¿se referirá con “categoría” a nivel, estatus (“está en otra categoría”), o a “calidad” (“es de gran categoría”)? Sea lo que sea, queda claro que el espot es un disparate para cualquiera, incluso para quienes admiran al líder del Partido Nacionalsocialista Alemán, que son bastantes afiliados, por cierto, a las huestes del nazismo a la mexicana, algo así como el nazismo-diazordazismo-pensamiento Luis Pazos, “ideología” que afloró recién en muchos intelectuales que exigieron, mediante sesudos artículos, un pronto tlatelolcazo a los levantiscos.
Estaremos de acuerdo que en México hay poca participación política. Eso ha provocado que unos cuantos mastines se erijan dueños del país y hagan lo que se les antoja con la Constitución y con la cosa pública. Decimos que hay partidocracia, que ya no les creemos a los políticos, que padecemos el cáncer del escepticismo. ¿Y qué hacemos? Nada. Y cuando alguien hace algo, cuando se manifiesta, cuando se organiza, de inmediato pensamos que es un iluso, un romántico, un ocioso, un izquierdista, un comunista, un queseyó; ahora el gobierno de las manos sucias de fraude ha improvisado algo más, inédito en la historia de la comunicación réproba: usar a sus penates para injuriar al enemigo. Ya no hay principios, señores, ya no hay. O como decía Groucho Marx en aquella celebérrima boutade que ahora ilustra bien el proceder de la derecha chichimeca: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Todo sea por no perder lo importante: el poder y el platal.

sábado, abril 19, 2008

Una década sin Paz



¿Se fue volando o la edad me hace percibir ahora que el tiempo corre como atleta en la pista de cien metros planos? Una década entera ha pasado desde aquel domingo 19 de abril en el que murió Paz. Nunca tuve una buena relación con él y hasta la fecha lo siento un poco lejos, distante de mis gustos más habituales de lector. Lo conocí, como tantos, en la prepa o a principios de la carrera; algún maestro ambicioso, crédulo e ingenuo para más señas, nos dio a leer unos fragmentos de El laberinto… y todos quedamos igual, inconmovibles ante esa prosa llena de giros extraños, de rara sintaxis e ideas de difícil digestión. Éramos jóvenes sin inquietudes literarias, malos lectores, aunque no tanto como los de hoy, incapaces de entender hasta el Chanoc.

Poco tiempo después, gracias a Gilberto Prado (fan de Paz que también era y sigue siendo poeta y ensayista) la figura del escritor nacido en 1914 comenzó a crecer y a ser más clara para mí. En la serie Lecturas Mexicanas compré Libertad bajo palabra, y en la muchas veces editada versión austera del FCE me hice de El laberinto de la soledad. Así fueron llegando, poco a poco, un tanto al margen de mis prioridades bibliográficas, otros libros de Paz: El arco y la lira, Conjunciones y disyunciones, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y varios títulos más en los que Paz había vertido su pensamiento y su emoción.

Puedo decir que, pese a mi distancia, pese a que desde siempre lo que más me interesó fue la narrativa, el hombre ése que salía en televisión, que tenía una revista, que organizaba encuentros internacionales, que polemizaba casi todos los días contra quien se pusiera enfrente y que publicaba un par de libros al año se me impuso y me dejó muy buenas impresiones. Puse al margen, no sin incomodidad, lo que tanto se sabía sobre el ya viejo autor de El ogro filantrópico: su pasado de izquierda, su control de una estructura intelectual en la que fungía como mandamás incuestionable, su cercanía al poder, su odio a todo lo que padeciera la lepra del “estalinismo”, su enfermiza búsqueda del Nobel. A todo eso se impuso, en corto y con algunas reservas, la obra literaria de Paz, una obra sin duda espesa de valores, de momentos que son verdaderos relámpagos de eternidad.

De su poesía, que siempre leí a brincos, muy fragmentariamente, me quedo con todo lo guardado en Libertad bajo palabra. Será porque fueron los primeros poemas que le conocí, será porque corresponden a su etapa más fresca y menos intelectualizada; de allí, “Elegía interrumpida” y “Piedra de sol” son dos piezas que cualquiera puede calificar como perfectas. El paso del tiempo me acercó a sus ensayos literarios, y de ellos recibí los fogonazos de lucidez que tumban a cualquier lector. La sagaz mirada de Paz escarba en libros, en escritores, en ideas, y da con la almendra en cada caso, descubre, revela, saca a la superficie lo esencial de todo aparato hecho de palabras, y algo más: lo expresa con una prosa que en ningún párrafo renuncia a la poesía, es decir, a darse a entender con imágenes cuya cantidad y precisión aseguran el encantamiento del lector.

A finales de los ochenta, Enrique Krauze publicó “La comedia mexicana de Carlos Fuentes” en la revista Vuelta, ensayo incluido poco tiempo después en Textos heréticos (1992). Esa golpiza fue interpretada como la declaración de guerra de Paz en contra del único escritor mexicano que le hacía sombra rumbo al Nobel: Fuentes. Tal vez el affaire no haya sido tan turbio, pero el caso fue que en 1990 Paz resultó premiado en Suecia y nunca más pudo reencontrarse con su ex amigo Carlos Fuentes. Lo que sí dejó ver, en esos tiempos de pugna entre los “vueltos” de Paz y los “nexistas” de Aguilar Camín, las dos “mafias” intelectuales más poderosas de México, es que el peso de Paz no era sólo literario, sino político, quizá principalmente político. Eso concluyó con su muerte, y ahora sólo queda su obra literaria, lo mejor que podemos encontrar de él. En suma: el derechizadote mandón de la cultura no importaba; importaba, importa, el poeta y el crítico de arte. Eso basta.

viernes, abril 18, 2008

Fragua de La Fragua



Karla Lobato, reportera de La Opinión, me preguntó ayer por el valor de colecciones bibliográficas como La Fragua; le dije aproximadamente esto: que una colección como La Fragua abre la posibilidad, sobre todo, para autores sin una trayectoria totalmente consolidada. Además, gracias a espacios como éste le podemos tomar el pulso a las tendencias (los temas, los géneros, los ambientes, los estilos) actuales de la literatura coahuilense. Por supuesto, esa respuesta se queda chica frente a la importancia que pueden tener los proyectos editoriales en provincia, ámbito en el que por lo general los escritores no tienen, como sí los del DF, las mismas posibilidades de publicar ni la misma resonancia para hacerse de lectores.
Soy, por ello, de los que saluda con optimismo, provenga de donde provenga, cualquier esfuerzo encaminado a publicar la obra de nuestros escritores y académicos. Sé que la calidad es heterogénea, que de un estado a otro varía mucho el aspecto de los libros y no se diga sus temáticas. En los años recientes he notado, sin embargo, que poco a poco las muchas provincias mexicanas mejoran sus propuestas editoriales, que, por ejemplo, los libros de Baja California suelen ser muy buenos, tanto como los de Sonora, Veracruz, Chihuahua, Zacatecas, Jalisco y otras tantas entidades abocadas, mediante sus instancias culturales, a la hechura de publicaciones. El panorama pinta claro y hay abundante producción, aunque todavía no es muy afortunada la distribución en ningún caso, de ahí que todo escritor mínimamente ambicioso intente alguna vez aventurarse a proponer libros a las editoriales situadas en la capital del país, sean oficiales (FETA, FCE, UNAM, UAM…) o privadas (Océano, Mondadori, Planeta…).
Descrito aquí de manera harto general, en ese contexto se instala el proyecto de La Fragua, colección de libros en formato de bolsillo (“cuarto de carta”) que viene recogiendo, desde hace poco más de cinco años, una parte significativa de la escritura coahuilense contemporánea. Tuve la suerte de haber puesto los ojos en toda la primera época de la serie; reseñé incluso, cuando pude, algunos títulos. A vista de pájaro destaco que el primer lote dio cabida prioritaria a los jóvenes, como lo testimonia el desfile de autores que, nacido en los setenta, tuvo en esa colección la oportunidad imborrable de ver impreso su primer libro: Luis Jorge Boone, Antonio Sonora, Carlos Reyes, Carlos Velázquez, Daniel Herrera, Jerónimo Valdés, Raúl Olvera, José Cruz Almonte... Puros jóvenes, todos menores de treinta al momento de verse incorporados a La Fragua.
La llegada de la segunda época prosiguió el trabajo en idéntico tenor; Nadia Contreras, Carmen Ávila, Julio César Félix, Marina Herrera, Gerardo de Jesús Monroy, Marco A. Márquez y otros han aprovechado el espacio. Junto a ellos, un poco en función de puntales, hallamos obras de escritores con trayectoria ya destacada: Gilberto Prado, Jesús de León, Gerardo Carrera. El caso es que la idea inicial de Julián Herbert ha combinado a jóvenes con no tan jóvenes para configurar un catálogo estimable de autores y publicaciones.
Hoy presentaré una tanda nueva, seis títulos, de la colección organizada desde Saltillo. Vendrán varios de los autores y Miguel Gaona, actual coordinador de literatura del Icocult. En la presentación estará Rodrigo Castillo, quien comentará los de poesía; yo haré lo propio con los de prosa. Castillo es actualmente jefe de redacción y editor de la revista Tierra Adentro del Conaculta. Dirige el proyecto poético-electrónico Las Afinidades Electivas/Las Elecciones Afectivas-México.
La noche promete ser interesante, pues pocas veces tenemos la oportunidad de despachar a tantos autores de un solo impulso. Es hoy a las ocho de la noche en Juárez y Colón. Hay que ir a sondear cómo andan estas islas de nuestro archipiélago literario.

jueves, abril 17, 2008

Diálogo con Yohan



Charlé hace poco con Yohan Uribe (en la foto), reportero de El Siglo de Torreón, sobre el premio que recibió el 9 de abril uno de mis alumnos del taller de narrativa del Cereso. Parte de lo dicho fue publicado el domingo pasado. Este es el diálogo completo que entablamos; aunque breve, señala lo que pienso en general sobre ese tema:

¿Como se llama el interno que ganó el concurso de literatura?
Su nombre es Eliseo Antonio Carrillo, es lagunero y tiene poco más de sesenta años de edad. El cuento con el que ganó lleva como título “Fuga a la nada”.

¿Cuánto hace que trabajas con él?
Desde hace cerca de dos años. Ha sido, sin duda, mi alumno más constante en el taller de narrativa que tengo en el Cereso.

¿Cómo ingreso al taller de literatura?
Como todos los demás internos; se enteró de que Renata abriría un espacio educativo (Imago) y que yo manejaría el taller de narrativa para los interesados en la literatura, y así comenzamos a trabajar como se acostumbra en mis talleres. Ellos llevan sus relatos, los escucho y leo y poco a poco, entre todos los asistentes, vamos viendo detalles de estructura y de estilo. Los aciertos y los errores de un participante sirven para ilustrar a la totalidad del grupo sobre las peculiaridades que vayamos encontrando en cada texto.

¿Qué cambios de actitud viste a medida que lo influenciaba la literatura?
Eliseo Carrillo siempre ha mostrado una actitud muy receptiva. Es un hombre serio, responsable, atento, educado. Tiene verdadero interés por aprender, y eso lo advertí desde el principio. Ya escribía un poco antes de que yo lo conociera. Me acercó sus primeras historias, las vi con atención y gradualmente le indiqué algunos detalles. Poco a poco ha adquirido más destreza para percibir los puntos finos del cuento como género literario. Está todavía en proceso de aprendizaje y creo que su avance ha sido notable de unos meses a la fecha.

¿Cómo son las historias que cuenta el señor? ¿Historias grises, melancólicas, fantásticas, más que nada estilo?
Como autor que inicia, todavía no podemos definir ni un estilo ni una temática precisos. Cada cuento suyo es un experimento, un tanteo hacia lo desconocido. Conozco de él como siete u ocho relatos; hay de todo en ese menú: uno fantástico, uno de aventuras, uno policial, uno indigenista. Sobre su estilo puedo decir lo mismo: está en proceso de definición. Lo fundamental es que no deja de buscar, de intentar, de escribir. La práctica y el tiempo fijarán sus temas y su estilo, como ocurre en casi todos los casos de escritores que no desisten de su empeño creativo.

¿Tú, como escritor, cómo te sentiste cuando un alumno tuyo del Cereso ganó un premio de esta naturaleza?
Me dio mucho gusto por Eliseo y por todos los que en el Cereso, como él, se sobreponen al desamparo y la dureza de la vida en el penal y se muestran abiertos al aprendizaje. Él es, de alguna forma, uno de los alumnos que más me enorgullecen en mi ya larga travesía por las aulas. Es la constancia de que no hay lugar en donde no pueda florecer el arte; todo es cuestión de ofrecerles la oportunidad a quienes nunca la han tenido. Ese es, precisamente, el espíritu que anima al proyecto de Imago que encabeza Renata Chapa, mi esposa.

Hablando de orejas



La gente todavía sonríe cuando alguien recicla el lugar común “el burro hablando de orejas”. Ese y muchos otros tópicos similares ya no me traen chiste, aunque es innegable que, bien mirado, es decir, mirado como no suele ser mirado, el tal lugar común condensa de manera jocosa lo que el usuario desea expresar: que no pueden dar lecciones sobre equis tema quienes cojean de dicho equis tema; cantado de otra manera, los perezosos no pueden aleccionarnos sobre la perniciosidad de la holgazanería, los depresivos no pueden instruirnos sobre el daño del pesimismo ni los tragones sobre el pecado de la gula.
Así entonces, Felipe Calderón no tiene derecho a discursear sobre el peligro de los divisionistas, sabida, bien conocida la estrategia electoral que lo llevó, fraude mediante, al sofá que actualmente usurpa. No tiene derecho, pero ayer se lució en Acapulco frente a Zeferino Torreblanca, gobernador “perredista” de Guerrero. Por una nota desparramada ayer en la tarde se supo que el blandengue (en este caso me refiero a Torreblanca) puso el balón en la olla para que llegara a rematarlo su visitante michoacano: “Los momentos por los que atraviesa el país, sin duda, no son momentos fáciles, pero (sic) por el contrario, pueden servir de ocasión y reto para la superación o de pretexto para la desmoralización, la división, el encono o el enfrentamiento”, señaló el ejecutivo estatal.
Ante esas palabras, Calderón vio de pechito la coyuntura para improvisar el Sermón de La Quebrada: “Sé que trabajando juntos, sé que construyendo y no destruyendo, sé que uniendo y no dividiendo, sé que poniendo la política al servicio de los ciudadanos y de la generación de bienes públicos, como ha manifestado el señor gobernador, sé que juntos conduciremos a México al futuro que queremos para los nuestros”.
O sea que Calderón ya olvidó, en menos de dos años, el histórico proceso electoral que partió en dos o en tres a México y a los mexicanos, la hazaña divisoria que hizo de un país más o menos unido, más o menos conciliador, más o menos apechugante, una nación de perrunos enconos, partida por una falla no tectónica (como la de San Andrés) sino política, una fractura que, se dijo desde aquellos meses, iba a ser muy difícil de superar, puesto que el descaro de la violencia verbal e icónica no tuvo límites durante las malhadadas elecciones de 2006.
Y aunque nunca fue precisamente un matrimonio, puede uno preguntar, como lo hace el juez en los casos de divorcio inevitable, quién empezó con las agresiones, es decir, quién inició la reyerta en casa, quién lanzó los primeros escupitajos. Creo que, si somos sinceros y revisamos paso a paso el desarrollo de aquella abominable campaña emprendida para basurear al enemigo, recordaremos a las claras que fue el PAN y sus colegas, muchos empresarios muy poderosos del país, los que machacaron aquello de que alguien era un peligro para México y todo lo demás, eso que lejos de parecer un discurso político “propositivo” fue una expresión palmaria de la abyección a la que se redujo el blanquiazul gracias a la pitecantrópica asesoría de un tal Antonio Solá, su ideador.
No se me oculta que el PRD y sus aliados respondieron en los mismos términos, que lanzaron una ráfaga sostenida de espots referidos a las “manos sucias” de Calderón. Es decir, la política se redujo a cero y los partidos que siguen ahora en pugna le cedieron el lugar al salvajismo. Luego vino el 2 de julio y todo lo que ya sabemos hasta el día de hoy, fecha en la que al ocurrente Calderón se le pone (así dicen las señoras) explicar que la unión, y no la división, hace la fuerza y blablablá. ¿Cómo se puede afirmar eso si él llegó a donde está gracias al arte de dividir, de enfrentar, de construir cuadriláteros para la lucha superlibre y, por supuesto, de defraudar? Por piedad: que no hable de orejas.