jueves, enero 24, 2008

La casita de la vuelta



No tengo allí mucho qué ver. Es un albergue para personas de escasos recursos y con problemas graves de desintegración familiar. He ido sólo por encargo matrimonial en labor de tameme, para llevar mobiliario escolar que poco a poco ha configurado un digna aula de estudios en medio de la casi nada. Si bien impresionan esos sitios porque son refugio de niños y ancianos con todas las desventajas en su contra, se respira allí, al menos, el olor de la esperanza. Gracias a su coordinadora y a muchos que, solidarios, aportan algo para que aquel espacio no sucumba y siga siendo refugio de desvalidos, el sitio parece un paraíso. Lo es en cierta medida si lo comparamos con su entorno, que no es precisamente Disneylandia, pues se trata de las colonias cercanas al mercado Alianza. Del lugar me impresiona una casucha que está al doblar la calle para volver al centro de la ciudad. Es la pobreza hecha hogar. Alguna vez pasé por allí cuando pardeaba la tarde y vi a unos niños chamagosos sentados en un viejo sillón sin patas. He vuelto a pasar varias veces y lo mismo: parece que siempre hay niños y adultos sentados en ese infecto sillón, esperando no sé qué, viendo pasar la vida en medio de los piojos y del hambre.
No es necesario ser antropólogo para advertir que se trata de una familia instalada de lleno en la miseria extrema. El lugar en el que subhabitan es insalubre, pavoroso. Y los niños, principalmente los niños, me provocan en ese leve vistazo que les tiro una sensación de drama que me deprime apenas lo veo, eso con una depresión impotente, vergonzosa. ¿Qué comen los niños de la casa miserable que está a la vuelta del albergue? ¿Cómo son educados? ¿Qué es el futuro para ellos? ¿Qué significa, por ejemplo, el afecto de sus padres, si lo hay, en sus macilentas vidas? ¿Pensarán alguna vez que hay algo más allá de lo que tienen a la mano (nada)? No sé. Me da la impresión de que en esos niveles de pobreza hasta las preguntas son un lujo que no se pueden dar.
El caso es que ayer leí un cable de Reuters sobre mortalidad de niños y la puta cifra asciende a 9.7 millones al año. Leo que las principales regiones afectadas son África, el sur de Asia y Medio Oriente. Es desastroso, porque muchos de esos niños caen como moscas antes de cumplir el año y por enfermedades perfectamente curables. Todo se les junta: desnutrición, falta de atención médica, carencia de educación, y mueren, mueren porque su fácil destino es irse rápido, así nomás, como llegaron, por puertas invisibles.
Cito: “‘Aún es inaceptable que casi 10 millones de niños mueran cada año por causas ampliamente prevenibles’, dijo la directora ejecutiva de Unicef, Ann Veneman, quien señaló también que muchos menores también pierden a sus madres en el parto. ‘Hay mucho trabajo por hacer, pero ha habido progresos, y se puede seguir teniéndoles’, dijo Veneman a Reuters en entrevista. Advirtió que a pesar de los avances recientes, África, el sur de Asia y Medio Oriente no están en el camino de cumplir el objetivo de la ONU de reducir en dos tercios la mortalidad infantil entre 1990 y 2015, a menos de 5 millones de decesos por año”.
Leo eso e, insisto, parece que estamos lejos de aquellas periferias, como si esto nos eximiera de hacer algo. Pero no. ¿Cuántas casas como la descrita hay en Torreón, en Coahuila, en México? Demasiadas, tantas que han hecho y hacen macabro el discurso de la oficialidad. Cada vez estamos peor, y le gante les sigue creyendo a los siniestros agoreros del optimismo.