domingo, enero 01, 2012

Paseo feliz por las palabras



De muchas formas podemos acercarnos al conocimiento de nuestra lengua. El caso es tener curiosidad, gusto por saber qué hay detrás de esos especímenes, las palabras, inventados para poblar el mundo con ideas. Tras comenzar el estudio de las palabras —tan formal o informal como queramos— notaremos que la forma esencial de la comunicación, ésta que aquí uso y permite al hombre compartir su experiencia mediante estructuras de sonidos o imágenes, es casi mágica. No por nada los antiguos creían en las posibilidades sobrenaturales de la palabra, del Verbo, que es casi como decir que todo, que absolutamente todo lo que el hombre ha creado, lo visible y lo invisible, está hecho de palabras.
Tengo para mí que el estudio de la lengua puede ser árido y complejo, pero también divertido y sencillo hasta donde pueden ser divertidas y sencillas las materias que demandan cierta competencia intelectual y un mínimo de interés. En los años recientes, el español Álex Grijelmo nos ha mostrado que los asedios a nuestra lengua no riñen con la amenidad. Al contrario, si un aporte ha hecho el periodista burgalés es un meticuloso desenfado para arrostrar sus defensas apasionadas del idioma español. Esto no significa falta de rigor o de información, sino deseo de “descomplicar”, para decirlo con una palabra suya, lo que habitualmente hallamos en tratados inaccesibles al gran público.
En la tesitura grijelmeana anda Historia de las palabras, de Daniel Balmaceda (Buenos Aires, 1962). No es la historia “de las” palabras, hay que aclarar, pero sí de algunas palabras, de muchas palabras que gracias a Balmaceda nos revelan auténticas sorpresas. Periodista, Balmaceda ha sido editor de las revistas Noticias, El Gráfico, Newsweek, Aire Libre y La Primera. Es miembro titular y vitalicio de la Sociedad Argentina de Historiadores. Es autor, entre otros, de Espadas y Corazones, Romances turbulentos de la historia argentina e Historias insólitas de la historia argentina, Historias de corceles y de acero y Biografía no autorizada de 1910.
Son aproximadamente setenta entradas, lo que no equivale a computar setenta palabras, ya que el autor despliega en cada tranco un abanico de acercamientos que por razones históricas, temáticas o lingüísticas son afines a la palabra “detonante”, de suerte que este libro importa la pasmosa virtud de parecer más largo de lo que es. Tiene poco más de 200 páginas, pero, como digo, cumple a su modo las funciones de un grueso diccionario etimológico o es, al menos, un preámbulo inmejorable para acceder al amplísimo reino de la etimología.
En la introducción, el autor observa que uno de los objetivos de su libro “es generar el deseo de detenernos frente a una palabra e intentar conocer su origen, su historia”. Los apuntes fueron originalmente publicados en Idiomanía, revista acaso parecida a la mexicana Algarabía, por la feliz conjugación de inteligencia y goce que atraviesa sus páginas. Allí aparecieron estas zambullidas de Balmaceda a dos de sus pasiones: la historia y la palabra, que al unirse dan como resultado algo muy parecido al estudio etimológico, pues, como él afirma, “Muchas de las historias que se esconden detrás de una palabra merecen ser rescatadas”. Este rescate es, luego, un divertido paseo por el pasado de ciertas palabras que alguna vez entraron a la muchedumbre de nuestro léxico, se aclimataron, las usamos a diario y, como todas, pueden ser individualizadas, “biografiables”.
He dicho que este libro (lo compré en mi reciente viaje a Mendoza) produce la sensación de una amplitud que no tiene. Eso de debe al desdoblamiento que el autor hace en muchas de sus páginas: aprovecha una palabra para discurrir por varias más. Por ejemplo, en el artículo “El que espera, no desespera”, trata sobre el prefijo “des” y traza una lista de palabras que lo contienen, las evidentes (como des-ayuno, o des-cifrar) y las no tanto (como des-cripción —que es eliminar lo críptico a algo, aclararlo—, des-arrollo —que es extender, hacer crecer el rollo de papel que en la antigüedad leía el maestro a sus discípulos—, des-quite —que es recuperar algo que nos han quitado—, etcétera. Vemos en este caso que a partir de un prefijo se ramifica un puñado de palabras que nos revela su ser, su encantadora peculiaridad.
Son especialmente interesantes los acercamientos de Balmaceda (quien escribe siempre con buen humor, sin poses doctorales, amable) a palabras cuyo origen no es remoto y se relaciona con creaciones físicas (jacuzzi, tupperware, Rayos X, saxofón) o mentales (boicot, linchar). El trayecto es en suma divertido y estimulante, pues a nadie, creo, dejará de parecerle atractivo conocer la historia de la familia Jacuzzi, o del exitoso empresario Tupper, o de Röngten (quien al ver que los rayos por él descubiertos no dejaban de ser una incógnita, decidió llamarlos “X”), o del desafortunado e ingenioso y musical Antoine Joseph Sax, o de Mr. Boycott y Mr. Lynch, cuyos apellidos pasaron a formar parte del vocabulario mundial.
Esta Historia de las palabras (Sudamericana, Buenos Aires, 2011, 205 pp.) es, por todo, un gran libro. Daniel Balmaceda ha logrado hacer grato, grato y muy interesante, el recorrido en el que fue nuestro sonriente guía.