jueves, enero 17, 2008

Ser totalmente Mouriño



Ya era hora de que termináramos con la naquez azteca. Ya era hora. Por el bien de la patria, por el bien de nuestra paz social y de nuestro convivir armónico, gracias a dios y a la virgen de la Macarena (la virgen más santa y más buena) tenemos ya instalado a un hombre de clase en, tal vez, la secretaría más importante en la actual coyuntura del país. Gobernación siempre ha sido una de las carteras con más peso, y en la circunstancia que vivimos era impensable que permaneciera allí el cantante nada fino de la Sonora Santanera y eximio representante del paleolítico tardío en la polaca contemporánea de México. De ahí, pues, el gusto que sentimos los verdaderos hijos de la (madre) patria con la llegada de Juan Camilo el niño Mouriño a la instancia encargada de velar por la tranquilidad política del masiosare territorio que un esclavo en cada hijo nos dio.
Estemos de fiesta. No todos los países pueden presumir un ministro del interior tan, cómo decirlo, tan acá, tan chic, tan de buenas maneras y con una fulgurante trayectoria política. A sus gentiles 36 añitos Mouriño es secretario de Gobernación, y no cabe duda que la frescura de su trato aterciopelará (lindo verbo para recibirlo como merece) las ásperas maneras que exhibe tanto pinche pelatunas a la hora de hacer política en nuestro país. Con el joven Juan Camilo está garantizada, entonces, la más calificada finura en el trato a los conflictos nacionales, toda vez que desde su nacimiento el nuevo ungido de Gobernación ha tenido roce de altura y no conoce siquiera lo que es echarse un pedúnculo cerebeloso, tirar un gargajo, ir a un plantón, organizar una marcha y otras bajezas de similar plebeyaje.
Todo lo que se diga en elogio de nuestro neocortesiano conquistador es poco. Habrá, claro que habrá otomíes que golpearán sus atabales para hacerle guerra al nuevo marqués de Bucareli e hijo predilecto de la céltica ciudad de Vigo. Esos pintarrajeados idólatras que abominan de la verdadera fe, ignorantes de todo cuanto se debe saber sobre política con pedigrí quedarán fritos cuando vean en acción a este cirujano de la realidad, a este virtuoso del arte que empotró a Maquiavelo en los pedestales de la fama.
Por fin, entonces, tenemos a alguien que no se dejará arrastrar, como otros cavernícolas que lo precedieron en el cargo, hacia las tormentas de la política salvaje, que no incurrirá en la declaración soez y que usará métodos importados de la culta Europa para poner en orden el avispero nacional, ese avispero que desde ya ha comenzado a sacar trapitos del brazo derecho presidencial: que nació en España, que es un virrey (más precisamente debería ser birrey, o sea, dos veces rey: jefe de la oficina de la presidencia y ahora secre de Gob), que su familia se ha enriquecido escandalosamente, que su padre tiene muchos negocios ensombrecidos por sospechas de agandalle, que esto y lo otro. Pamplinas, embustes de ardidos que desde su patrioterismo naco no alcanzan a columbrar el valor y la profundidad de miras del joven Juan Camilo, este amante de la marca Ermenegildo Zegna que es capaz de vestir cerca de treinta mil pesos (entre el traje, los zapatos y la corbata) sin que se vea trepador. De ahí nuestra alegría, pues no cualquier país tiene a un ministro tan joven y tan chulo, de tan buen vestir y de tan sabio comer. Basta de pobrezas. Para ser torero, decía Belmonte, primero hay que parecerlo, y el niño Mouriño sí parece secretario de Gobernación, un político fino y de pilón europeo. Con eso es suficiente. Que se mueran los feos.

miércoles, enero 16, 2008

Carta de un polecía



Llegó a mis oficinas secretas ubicadas en algún Oxxo de Torreón una carta redactada a macanazos por un policía. Me parece reveladora. La transcribo sin alterar su peculiar sintaxis; retoco, eso sí, su lamentavle y pegajoza hortografía:
Apreciable conciudadano: Los acontecimientos difundidos hace poco, dados a conocer la semana pasada, en los que en un video se ve a nuestros jefes en una fiesta donde bailó una bailarina desnuda, es decir, ni siquiera en paños menores, es un poco difícil de digerir dentro de la misma corporación, pese a que por nuestra actividad no nos asustamos tan fácilmente de nada, mucho menos de una bailarina que baila desnuda, no deja de ser una pena y una mancha para todo el cuerpo de policía, pues sabido es que cuando la cabeza anda mal, el cuerpo suele andar en iguales proporciones. Por ello, como le vengo diciendo, nuestros superiores han dado un ejemplo digno de la molestia ciudadana, pues no es fácil aceptar que una bailarina baile desnuda ante la alegría de nuestros superiores, quienes en lugar de haberse dado a respetar, gozan y disfrutan y se deleitan con la bailarina que baila desnuda ante sus ojos. Eso, para el ciudadano de la ciudad, es molesto, dado que causa irritación, al grado de molestarnos también a nosotros, oficiales de rango menor pero no por ello insensibles ante el sensible error de nuestros superiores de rango más alto.
Junto con la molestia de los ciudadanos que ahora están molestos por el baile de la bailarina frente a nuestros superiores (con justa razón están molestos los ciudadanos, es decir, los torreonenses en este caso), pero al interior de la corporación también hay inquietud, habida cuenta de que el respeto se gana, y cuando no se gana, se pierde. No voy a negar que no todo mundo estamos molestos, porque hay compañeros que hasta festejan lo de la bailarina y más admiración sienten por nuestros superiores agarrados con las manos en las masas dentro del video difundido, pero la mayoría de quienes formamos parte de esta dependencia sin duda sentimos que es un duro golpe a la imagen del ayuntamiento encabezado por quien usted sabe, pero más duro lo resentimos los oficiales que patrullamos la ciudad.
Le doy un ejemplo. Como usted sabe, una de las faltas a la moral más frecuentes es sorprender a las parejas en un coche en flagrante ejecución de actos ilícitos en plena noche en parques y en vía pública. Aunque algunos piensan que esto es una tontería, pues nadie en verdad ve lo que ocurre dentro de un coche con novios en su interior, hemos sorprendido últimamente a muchas parejas, como ocurre frecuentemente, y ellos sorprendidos nos critican y nos dicen que con qué autoridad moral los lampareamos si nuestros jefes son tan de cascos ligeros. No sabemos qué hacer al respecto, pero esto se lo comento porque no deja de ser una realidad que mancha la imagen de nuestra policía, ya que deseamos ser la mejor de México.

viernes, enero 11, 2008

Mamarracho sin castigo (un guion)



La huelga de guionistas en Hollywood ha provocado que una horda de aspirantes a sucederlos envíen sus propuestas a la llamada Meca del cine. Yo mandé uno, y ya estoy entre los finalistas. De ganar, mi guión puede ser rodado en 2008. El film llevaría como título Mamarracho sin castigo, y sería algo así como el Titánic, pero haciendo agua en la estepa lagunera. Entrego aquí un adelanto. Ojo: fue necesario meter, aunque sea en dosis pequeña, el ingrediente amoroso, pues ninguna cinta de Hollywood puede prescindir de él.
FADE IN
1. EXT. — CALLE — DÍA
Amanece y se ve a un grupo de trabajadores conversar, ver planos, echarse unas gorditas y café. Todos sonríen. Más lejos, al fondo, se ve maquinaria pesada, retroexcavadoras, aplanadoras. En segundo plano, un tránsito panzón desvía el tráfico.
2. EXT. — JARDÍN — TARDE
En un bello jardín y al lado de una fuente, tres hombres conversan animadamente, sonríen, chocan sus vasos con whisky. En la mesa lucen papeles, planos semienrollados.
José Vega (VO)
(Después de una carcajada) Ya, está hecho el trato. Es un buen negocio. La durabilidad del distribuidor no será la óptima, pero al menos aguantará cinco, diez años. En ese lapso, asunto olvidado (otra carcajada).
Emilio Morales y Morales
Nomás ten cuidado, Pelón, asegúrate de que en realidad dure de perdida cinco años. Si no puede haber líos. Es mucha lana la que está en juego y esa construcción es fundamental para Torreón. Aguas, Pelón.
José Vega
No te preocupes, Emilio. Los cinco años los aguanta porque los aguanta. Es material chafa el que le vamos a meter, y la constructora también está en el enjuague, como bien sabes. Ninguno de nosotros saldrá perjudicado, no te apures. Cuando esa cosa comience a dar problemas, nosotros ya estaremos fuera del escenario, incluso fuera del país, si queremos. No te preocupes, Emilio…
3. EXT. — CALLE — DÍA
Equipo pesado en movimiento, acercamientos a trabajadores, esfuerzo y sudor. Poco a poco se ve que levantan un gran pilar. Polvo, mucho polvo en el ambiente. Al fondo, un tránsito panzón no deja de desviar el tráfico.
4. INT. — HABITACIÓN — NOCHE
En un lujoso cuarto de hotel, José Vega charla con Chantall, su amante. Ambos están sobre la cama, tapados hasta el pecho con la sábana. En sus manos destacan dos copas de champaña.
José Vega
Mi amor, tú sabes que eres mi vida. Pronto, cuando terminemos de construir el distribuidor y pasen unos cuantos meses, nos largaremos de este cochino lugar y le daremos la vuelta al mundo. Tendrás todo lo que has soñado, no lo dudes. Este es el proyecto de mi vida, Chantall, y te lo dedico a ti, porque eres la mujer más hermosa que ha nacido en el universo. Tú lo mereces, amor, lo mereces, y no me importa que en cinco años se caiga esa basura que estamos construyendo, si con ello te hago feliz a ti, Chantall amada.
Chantall
¿De veras, Pepe? Ande no, qué chido. Eres a toda madre, papito. Véngache pa’ca (se dan un beso frenético y tienen una escena que saca jugo al poderío sexual de la actriz).
5. EXT. — CALLE — DÍA
Aplanadoras, polvo, camiones de carga y decenas de trabajadores levantan escombros. Toneladas y toneladas de piedra son subidos con palas mecánicas a cajas de trocas materialistas. Sudor, esfuerzo. Mientras, en segundo plano, un tránsito panzón desvía el tráfico.
6. EXT. — MAR — DÍA
En una lancha lujosa, José Vega y Chantall, abrazados, ven la inmensidad y la hermosura del mar hawaiano. José recibe una llamada en su celular.
Voz telefónica
Pepe, amigo, ya lo están tumbando. Date una vuelta a Torreón, no seas ojete. Te vas a divertir viendo cómo se hacen garras estos pendejos y nadie te puede hacer nada…

Coahuila editorial



Aunque suele ser planteado de manera harto general en los planes de gobierno, el simple hecho de que sea explícito el deseo de publicar libros da pauta para imaginar no la creación de un proyecto nuevo, sino la continuación y el mejoramiento de lo que ya se ha hecho y pueda ser cimiento de los emprendimientos sobre el rubro en el sexenio que corre.
Para empezar, hay que distinguir entre la edición literaria propiamente dicha y la no literaria. En la primera, que se relaciona estrechamente con la instancia cultural del gobierno estatal, los libros, las revistas y las publicaciones virtuales abrazan aquellas obras de creación que evidencian un claro propósito artístico; cabrían aquí, sin embargo, los textos de carácter crítico que tienen por empeño reflexionar sobre alguna de las artes, sobre el lenguaje, sobre historia de autores o generaciones y en suma los que examinen algún fleco, cualquiera que sea, del fenómeno literario. La segunda, la que llamo, a falta de otro rótulo, no literaria, tiene que ver con obras de carácter administrativo (códigos, reglamentos, planes, informes) y con trabajos científicos. Me ocupo aquí sólo del primer tipo de edición.
Ya hay, apreciable o no, un trabajo editorial continuo al menos en los dos sexenios anteriores, y no sería lógico, a mi parecer, olvidar la experiencia de aquellos periodos. Más bien yo plantearía, como insinué líneas arriba, retomar las mejores ideas de pasadas administraciones y añadir lo que deba ser cambiado. La experiencia anterior, por ejemplo, insistía sobremanera en el número de títulos y de autores publicados, y ponía menor énfasis en el punto de la distribución. He aquí, creo, un elemento central del proyecto de ediciones que, según sé, se contempla en el presente, y nada mejor que en verdad cristalice: publicar tal vez a menos autores, pero garantizar que quienes gocen este privilegio tengan una resonancia que vaya más allá de las fronteras estatales.
Para lograrlo, la coedición es una espléndida idea, y tiene, como todo, ventajas y desventajas. Las ventaja ostensible tienen que ver, sobre todo, con la difusión de la obra, esto si se pretende coeditar con sellos de renombre y ya perfectamente, como se dice en el argot de la mercadotecnia, posicionados. Nada más estimulante para un autor local que advertir la circulación de su obra por todo el territorio nacional, que recibir críticas de lectores lejanos, que presentar su trabajo ante públicos que lo desafíen de otra manera. Sin embargo, eso cuesta un tiempo y un dinero que por lo regular inhibe a las instancias oficiales de provincia con intereses de edición.
Digo tiempo en función de los ritmos generalmente largos que suele tomarse una editorial para dictaminar la calidad de un trabajo; y digo dinero porque, autorizada la publicación, los montos por edición, impresión y distribución no son los más bajos. Sin embargo, este proyecto deriva en estupenda oportunidad para que los autores de un estado como Coahuila se midan en espacios editoriales que posibiliten un acceso seguro a los lectores y, por ello, tengan un mayor grado de exigencia.
Coahuila tiene autores de sobra para buscar la coedición estado-sello comercial, pero también hay que ser realistas: poco (o nada, más bien) se animaría una editorial privada a publicar poesía, ensayo, cuento o dramaturgia de un autor local, así que también hay que buscar los caminos habituales de la coedición entre dos instancias oficiales (gobierno del estado-universidad, por ejemplo) y, en el caso extremo, la edición con recursos exclusivos de la pura administración estatal, que pese a su limitada distribución es un marco ideal, sobre todo, para difundir el trabajo de autores jóvenes.
Los caminos son muchos, y amplias las combinaciones que es posible imaginar. El caso es dar insistente salida al trabajo literario que en Coahuila es hoy, acaso más que nunca, numeroso y en algunos casos (Saúl Rosales, Jesús de León, Jesús Cedillo, Gerardo Segura, Alfredo García, Gilberto Prado, Vicente Alfonso, Gerardo García, Miguel Ángel Morales, Pablo Arredondo, Fernando Fabio Sánchez, Édgar Valencia, Paco Amparán, Julián Herbert, Alejandro Pérez Cervantes, Jesús Almonte, Luis Jorge Boone, Carlos Velázquez, Carlos Reyes, Marco Jiménez, entre otros) ya bastante maduro. Nada tendría de baldío compartirlo con los demás estados del país.

miércoles, enero 09, 2008

Las cartas sobre la téibol



Es verdaderamente indignante lo que acaba de ocurrir en el caso del video que circuló con alto rating gracias al combustible del morbo y al periódico de Carlos Salinas de Gortari. En él, como bien sabemos quienes lo hemos visto nada más unas doscientas veces, es posible apreciar a dos autoridades policíacas de Torreón, entre ellas al mero jefe, y a otros sonrientes comensales en un animado guateque al aire libre. Sin previo aviso, a la fiesta acude una chica que de inmediato se despoja de cuanto trapo la cubre e incluso echa a tierra las prendas más elementales, aquellas que sirven para ocultar las pudendas partes del humano continente. Queda, para decirlo en el mejor y más original castellano posible, como dios la trajo al inframundo, aunque de mayor edad. Voluptuosa, sicalíptica y curviforme, la chica del atuendo color carne se mueve cual anguila frente a las dos autoridades susomentadas, y llega un momento en el que, trepada a una mesa barata de cervecería, untada con aceitito que resalta ciertos brillos de foca en su piel, baila y deleita a la ya de por sí jubilosa concurrencia al ritmo de “La camisa negra”, tema que debemos a la vigorosa inspiración del colombiano Juanes. El escenario es una especie de tendajón, de palapa, color naranja con franja azul en la cenefa (dos colores bellamente representativos de la actual administración municipal), y el piso parece de cemento, de puro “firme”.
Durante el candente paseíllo de la chamaca, joven como de 23 o 25 años, de pelo corto y rojizo, no fea aunque sin mucho patrimonio en la región nálguica y de zona pectoral que pronto reclamará el socorro de un bisturí, vemos que los convidados no son de piedra: sonríen, aplauden, gritan. Hay incluso, al lado de nuestro director de policía, una dama que se nota seria, acaso no muy agradada por la sorpresiva aparición. Por allí, las tomas del video-teléfono, entrecortadas todas, enfocan latas de cerveza, botellas de whisky y otros pistachos, incluso parece verse un rústico crucifijo de madera colgado en la pared del fondo. El caso es que la chica hace su trabajo con incuestionable profesionalismo, agita a las masas (las suyas de ella) mientras nuestras autoridades no dejan de mostrar sonrisas envidiables.
Indigna, como digo, que esto esté pasando en Torreón, que se estén celebrando tales fiestas y no seamos invitados. ¿Qué les pasa? Llegan incluso al cinismo de no convidar al alcalde, lo cual me parece una grosería digna de la más severa reprobación. ¿Qué no es él, precisamente, quien los ha puesto en el puesto? ¿No merece ir, al menos, a echarse un taco de ojo en una de esas pachangazas tan bien orgianizadas por nuestros encargados de seguridad? Injusticia pura.
Se ha hablado de líneas de investigación en este caso que ha estremecido a la opinión pública, sobre todo a aquella parte de la sociedad que frecuenta los innumerables espacios laguneros donde la calentura está directamente asociada con la pérdida de liquidez (léase dinero, no confundir con equis líquidos). Comparto la inquietud de esos ciudadanos alarmados por la ocultación de datos fundamentales para llegar al merititito meollo del asunto. Varias preguntas vuelan con alas propias, y sólo su respuesta inmediata dejará satisfecha a la parte de la comunidad que exige el finiquito de los enigmas. Estas son las preguntas que deja como herencia la anterior y muy sonada historia de la vida real:
¿Cuál es el teléfono en el que es posible contratar a la chica del video?
¿Cuánto cobra por su desempeño?
¿Tiene algunos paquetes que puedan ser atractivos para la clientela?
¿Hay posibilidades de desarrollar “privados” o el baile es necesariamente colectivo y evidente para los demás?
¿Acepta tarjetas de crédito o todo es al chaschás?
Además de “La camisa negra”, ¿sabe moverse al ritmo de otras sabrosas melodías?
Son, como podemos apreciar, muchas preguntas sin respuesta. La ciudadanía exige transparencia, y es prudente que las autoridades atiendan esa demanda popular. Si no van a convidar, al menos que suelten la información, que pongan todas las cartas sobre la téibol.

domingo, enero 06, 2008

Blanco crítico



Piglia asegura que detrás de toda biblioteca se esconde una biografía. Algo así, no tengo Crítica y ficción a la mano (me lo consiguió Vicente Alfonso en la capirucha, dedicado por el autor de Plata quemada) y supongo que estoy adulterando la brillante afirmación. Pero el espíritu es ése: nuestras lecturas informan quiénes somos, de dónde venimos y, fatalmente, hacia dónde vamos. Así, cuando echo un vistazo a mi pasado de lector mozalbete, veo un caos. El dibujo retrospectivo me lleva al desorden, a la elección arbitraria, sin programa ninguno, de lecturas. ¿Qué podía hacer el yo que fui, de quince años, sin una sola guía en el mundo de los libros? Lógico: errar como perro callejero de aquí hacia allá, olisqueando y mordiendo el libro que pareciera más apetecible, y ya sabemos que eso es tan riesgoso como jugar con las pistolas sin haber pasado ni por las resorteras.
Eso cambió hacia 1982, cuando gracias (lo he dicho hasta el cansancio, pues no es magro el favor recibido) a mis clases con Saúl Rosales. Por primera vez tenía una clase formal y un maestro ídem para no elegir libros a mansalva. En una lejana cátedra de periodismo recibí la orden de leer Función de medianoche, obra reciente, en aquel amanecer de los ochenta, escrita por José Joaquín Blanco (DF, 1951). Eran crónicas, las que Blanco había publicado en el primer unomásuno, el unomásuno de los tiempos épicos. Se trataba de textos escritos con inquietante malicia, maquinazos que no por serlo dejaban de ostentar una prosa periodística filosamente literaria, la que yo jamás hubiera imaginado hasta aquel momento de mi ya luenga pubertad literaria.
¿Y qué pasó? Sencillo: que gracias a las crónicas de Blanco (“Mercado sobre ruedas”, “Panorama bajo el puente”, “Plaza Satélite”, “Desayuno con Carlos Hank”, “Ojos que da pánico soñar”…, cito los títulos de memoria) decidí que yo también podía ser periodista, aunque nunca fuera a conseguirlo plenamente, pues soy de esos cabrones que se han quedado a medio camino en casi todo, salvo en fracasar, que eso sí lo he logrado al cien por ciento. Despachadas tales crónicas, como impulsado por la herencia de un tío remoto me lancé a las calles de Torreón para escribir “a lo Blanco”; trabé relatos sobre varios puntos de la ciudad (he perdido, por suerte, muchos ejemplares de aquellas publicaciones que de seguro ahora me sonrojarían) como el hoy occiso cine Variedades, el mercado Juárez o la lucha libre de Gómez Palacio. Todavía en este momento, lo sé por cierto cosquilleo en el alma, me dan ganas de hacer crónica a la menor provocación de la realidad, y eso se debe al gravitar de Función de medianoche.
Leo y respeto, pues, a José Joaquín Blanco desde 1982. Pasé, entre otros libros, por su novela Las púberes canéforas, por Crónica de la poesía mexicana, por Un chavo bien helado (más “crónicas de vida cotidiana”). Leí con sumo gusto su erudito ensayo sobre novela mexicana contemporánea en el ejemplar de Nexos donde Noticias del imperio ganó una encuesta en 2007. Hace algunas semanas hallé Veinte aventuras de la literatura mexicana (Conaculta, 2006) y de nuevo doy con el JJB culto, frescote, trucha como él solo para escribir. Dice bien su advertencia: son ensayos y artículos en lo genérico, todos aparecidos alguna vez en publicaciones periódicas.
Veinte aventuras… es un libro atractivo por la enormidad de referencias que contiene, sí, pero más porque su erudición llega al lector sin el armatoste academicista que en no pocas ocasiones estorba la mejor inteligencia de los textos. Uno fluye entonces por los párrafos e ingresa a Lizardi. Alamán, Payno, Nervo, Guzmán, Valle-Arizpe, Pellicer, Novo, Garibay, López Páez, Poniatowska y a varios escritores más con genuino gusto, agradado por una prosa tan bien peinada que es una alegría ponerle el ojo encima.
Blanco ha logrado en este libro, otra vez, una feliz conciliación de lo periodístico y lo literario. En todo momento se siente que conversa con el lector, que no se cree el cuento de que los estudios literarios (eso también se lo he notado a don Antonio Alatorre) deben ser escritos con sequedad de yeso, y en más de un momento recurre a expresiones que agradan al oído popular (como cuando se refiere al gusto de Novo por las artes, sin albur, culinarias: “¿La estufa de gas, los hornos y los refrigeradores tienen razones que no comprende la filosofía de los seriesotes?”).
A muchos les podrá parecer poco que alguien confiese admiración por la obra de un coetáneo. Ni modo. Le tengo ley a José Joaquín Blanco y, como ya forman parte de mi modesta biografía, recomiendo sus libros.

El rarísimo Dolina



No sé qué estatus tenga en la Argentina el trabajo literario de Alejandro Dolina (Baigorrita, Partido de General Viamonte, provincia de Buenos Aires, 1945). Quiero suponer que, en algo, la fama de este autor se asemeja, toda proporción, a la de nuestro recordado Negro Fontanarrosa. En efecto, puede ser un personaje querido, leído por miles, pero visto con cierta jeta desdeñosa por los núcleos “serios” de la intelectualidad pampera. Creo que no supongo tan mal en este caso, pues así como a Roberto Fontanarrosa muchos no lo aceptan como escritor (aunque lo sea, y de los mejores) porque se dedicó también a la historieta, es seguro que Dolina difícilmente será aceptado como estupendo creador literario simplemente por el éxito de su programa radiofónico “La venganza será terrible”.
Pero es lo de menos. Lo que cuenta es la obra en sí, más allá o más acá de cualquier otra consideración aledaña, como ocurre con los premios, que muchas veces sólo esmaltan falacias o talentos infinitamente mirmidónicos. Y la obra en sí de Dolina, para quienes no lo conocen en México (léase todos los mexicanos, salvo seis o siete), es valiosa o al menos, para mí, más que atendible. Tanto en Crónicas de Ángel Gris como en El libro del fantasma, Dolina hace gala (y esto es cierto, no un lugar común) de un humor y una imaginación que ya quisieran muchos escritores no contaminados por las artes menores de la radiofonía o por la mala suerte del éxito comercial.
Deudor inocultable de Borges (¿quién no lo es de alguna forma?, me pregunto), Dolina casi le calca algunos tics formales y temáticos; por ejemplo, el vaivén entre la mitología del barrio y la mitología erudita, la búsqueda de frases aparentemente serias pero siempre irónicas, el placer en afirmar como ciertas las referencias históricas más descabelladas y la costumbre de extraviarse deliberadamente entre el cuento, el ensayo y la poesía. Dolina tiene, por supuesto, el enfoque inusitado que Borges le daba siempre a cualquiera de sus aventuras literarias, y enseña garra, encanto, imaginación y humor a pasto, todo adornado con una prosa que nunca batalla para golpear en el adjetivo ideal, ése que debe ser ése y ningún otro más.
Los libros anteriores de Dolina se parecen a Bar del infierno (2004, Planeta), que es una colección heterogénea de “momentos”, de textos breves y del más colorido pelaje. Son y no son, a la vez, cuentos, ensayos, artículos, apuntes, notas; son, en suma, como alebrijes (que no centauros) de palabras. Pasa entonces que de pieza a pieza nos hallamos frente a criaturas endemoniadas, con rostro malicioso y sangre ligera. Para los amantes de la literatura fantástica es un archipiélago de tentaciones, un deleite que nos aleja del mundo cercano y a la vez nos acerca, paradojas del genio artístico, al meollo de la sinrazón humana más contemporánea.
Si el humor de Dolina hace pausas en la radio, en el libro fluye finamente y alienta permanentes expectativas. Es disfrutable en todo, principalmente en las estampas dedicadas, como experto aparente, un rasgo borgesiano más, a la milenaria cultura china. Sinólogo de barrio bravo porteño, Dolina pasea a sus lectores por un pasado que de tan remoto en el tiempo y el espacio termina por ser, da lo mismo, cierto o falso a los ojos de un lector occidental más bien preocupado por las rutinas de la urbe sin otro mito que el de la felicidad a precio de esclavitud y débitos bancarios.
Lo descubrí, porque el azar a veces es dadivoso, en 2002. Desde entonces lo he leído con frecuencia e interés, y quiero sospechar que otros en México lo encontrarán digno de búsqueda y lectura. Tímidamente, esta es la primera vez que digo algo sobre él en público. Pero Dolina puede presentarse solo. Basta leerlo para saber de golpe que es un autor raro y valioso. Puedo decir rarísimo y valiosísimo, pero no quiero sonar hiperbólico en mi elogio. No hay necesidad de exagerar en un caso tan evidente de buena calidad.

viernes, enero 04, 2008

Norteños frente al cinematógrafo



De pocos, creo, es conocida la faceta de Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-México, 1959) y Martín Luis Guzmán (Chihuahua, 1987-México, 1976) como críticos de cine. Yo tenía vagas, muy vagas referencias sobre ella hasta que hace poco me topé con Fósforo, crónicas cinematográficas, librito ya no muy reciente, del 2000, publicado en coedición por el Conaculta e Imcine. No estoy cerca del cine, y de hecho me inmiscuyo poco en él, pero cuando se puede, antes que ver cine, me place leer lo que han escrito expertos como Jorge Ayala Blanco, mi favorito pese (o quizá por ello) al calcinante amargor de sus afirmaciones siempre expresadas con una prosa tan barroca y elástica y vital que vale por sí misma.
En Fósforo, crónicas cinematográficas (otro de los cinco libros con brevedades que despacho fuera del claustro lagunero) los dos famosos escritores norteños inauguran, o casi inauguran, la crítica de cine en lengua española. Como lo señala Héctor Perea en su prólogo, algún europeo comenzó a opinar sobre filmes antes que Reyes y Guzmán, pero son el regiomontano y el chihuahuense los que sin duda pican piedra en esa mina por primera vez entre los latinoamericanos. Lo hacen en Madrid, cuando ambos se hallaban exiliados debido al bochinche revolucionario de nuestro país, es decir, allá por 1915. Sus comentarios aparecen en el semanario España, fundado por iniciativa de Ortega y Gasset. La invitación a escribir sobre ese arte todavía embrionario la reciben de Federico de Onís, quien escribió allí algunas reseñas de cine hasta que salió de Madrid y cedió su espacio a Reyes y a Guzmán.
Los dos mexicanos rebautizaron el espacio de crítica cinematográfica; le quitaron “El Espectador” (como lo había denominado De Onís) y lo recabecearon, con un nombre más preciso, “Frente a la pantalla”. Asimismo, crearon un seudónimo con el que firmarían los dos: Fósforo. Así, el 28 de octubre de 1915 comenzaron a aparecer los comentarios que, suponemos alternadamente, escribían Reyes y Guzmán para los lectores madrileños, y lo asombroso hoy, me parece, no sólo es la apertura que mostraron a esa fresca manifestación de la creatividad llamada todavía “cinematógrafo”, tan golpeada por quienes la consideraban espectáculo corruptor y/o infantil, sino la numerosa cuota de juicios atinados no nada más sobre los argumentos de las cintas, sino sobre la técnica y, en sí, sobre los detalles finos de la naciente “industria”.
“Más nos interesa lo que promete que lo que ya lleva realizado”, dicen Reyes y Guzmán para atajar a los que, con mirada retrógrada, veían en el cinematógrafo un cáncer de aquellos tiempos. Visionarios, los dos mexicanos, y sobre todo Reyes, considerado hoy por algunos como el rancio viejito encapsulado en la Grecia antigua, examinan cintas de la época y lo hacen mejor que muchos críticos de la actualidad. El asunto no tenía referentes, así que todo lo que dijeran parecía riesgoso; no se arrugaron ante la empresa y dieron con un montón de pareceres que aún hoy siguen sirviendo para aproximarnos al examen de películas. Es de veras un ejemplo de acercamiento crítico, sobre todo si consideramos que cada paso estaba siendo dado sobre terreno movedizo, sobre la frágil estructura de un arte que apenas amagaba con ser eso, arte. Reyes y Guzmán, ni siquiera treintañeros, explican con ejemplos la importancia de las tramas literarias, el valor de la fotografía, la trascendencia de las actuaciones, el peso del montaje (aunque todavía no le llamaran de esa forma) e incluso vislumbran el futuro poder de Hollywood. En nota al pie, Reyes apunta años después que en las colaboraciones de Fósforo él no le dio el peso debido al director (quien “hace buenos actores de gente muchas veces mediocre”), aunque eso supo apreciarlo más delante.
El 4 de noviembre de 1915, al comentar el film Las luces de Londres, Fósforo señala: “Tres principios son necesarios para producir una buena cinta: 1º) buen fotógrafo; 2º) buenos actores, y 3º) buena literatura. Es esencial el primero, indispensable el segundo y excelente el último. Porque sin literatura, o con muy poca literatura, puede darse una buena cinta; pero, en cambio, si la literatura es mala, todo se ha perdido. El espectador lucha entonces entre el atractivo de la buena fotografía o de los buenos actores y la repulsión que el asunto le inspira”. Creámoslo o no, eso fue publicado hace casi cien años y tiene tanta validez que parece dicho ayer. Para los devotos del cine, entonces, Fósforo Reyes-Guzmán imparte una gran lección. Lo recomiendo con cinco estrellitas.

jueves, enero 03, 2008

Viaje con Brasca



El género literario que acostumbramos, ignoro por qué, para viajar y leer es la novela. Hay, incluso, novelones que llaman “de aeropuerto”, libros gordos, escritos con estilo muy bajo en calorías, impresos en papel económico y forros con relieves dorados y algún cintillo que escandalosamente señala “chorrocientos mil ejemplares vendidos”. Como muchos, yo también cargaba con mamotretos (aunque no tan chafas) y los iba consumiendo en los ratos muertos que deja todo itinerario de viaje. Un buen día, como Lupita D’Alessio en plan méndigo, dije “hoy voy a cambiar” y ahora que lejos estoy del suelo donde he nacido y una leve nostalgia invade mi pensamiento he decidido cargar con puros libros de brevedades. Cargué cinco, tantos como colaboraciones de Ruta Norte tengo que escribir por semana, aunque ésta es atípica, de cuatro entregas, dado el descanso de año nuevo.
El resultado es, si no me engaño, óptimo: son libros con pedacería de textos, lo que permite leerlos cómodamente, en cualquier parte y en cualquier mendrugo de tiempo. A diferencia de las novelas, las obras con breverías permiten que el viajero se desentienda del separador, que olvide sin ninguna preocupación el “continuará” habitual en toda lectura de largo recorrido. Propongo a los viajeros que lo intenten, que tomen un libro con “ficciones súbitas” (como también le llaman al microrrelato) y vaya despachándolas mientras pasan las horas y/o los kilómetros.
El primero que leí, como bocado delicioso y muy digesto, es Todo tiempo futuro fue peor, de Raúl Brasca (Marcos Paz, provincia de Buenos Aires, 1948). Él es, aunque quizá exagero, lo cual no me produce ninguna culpa, el más famoso microrrelatista vivo de la Argentina. Sé que allí andan, por ejemplo, Luisa Valenzuela y Ana María Shua para hacerle sombra con sus enormes microficciones, pero Brasca se ha colocado poco a poco como un excepcional, infatigable y consumado hacedor, teórico y promotor de cuentos brevísimos, como se puede advertir en Todo tiempo futuro fue peor publicado por Mondadori.
Obra sin divisiones temáticas, las 104 piezas que la componen son una sorpresa a cada salto de página. Hay, como en todo libro de valía, textos o momentos excepcionales y otros no tanto, pero aquí aseguro que los primeros destacan por su singularidad. Es como si el microrrelator se hubiera propuesto publicar sólo piezas de estupenda hechura, esto a sabiendas de que un libro de naturaleza miscelánea, como éste, no se puede permitir caídas o puntos flácidos. Entre otros atributos, luce el cuidado de la prosa, la afilada cuchilla del humor y el buen hábito de construir cuentos con principio, medio y fin así sea sobre la cabeza de un alfiler, como se podrá apreciar en los tres que cito:
“Todo tiempo futuro fue peor”
Anoche se sobrepuso a las balas que lo acribillaron y huyó de la policía entre la multitud.
Se escondió en la copa de un árbol, se le rompió la rama y terminó ensartado en una verja de hierro. Se desprendió del hierro, se durmió en un basural y lo aprisionó una pala mecánica. La pala lo liberó, cayó sobre una cinta transportadora y lo aplastaron toneladas de basura. La cinta lo enfrentó a un horno, él no quiso entrar y empezó a retroceder. Dejó la cinta y pasó a la pala, dejó la pala y fue al basural, dejó el basural y se ensartó en la verja, dejó la verja y se escondió en el árbol, dejó el árbol y buscó a la policía.
Anoche puso el pecho a las balas que lo acribillaron y se derrumbó como cualquiera cuando lo llenan de plomo: completamente muerto.
“Unión excelsa”
Ante la evidencia de su gravidez, una admiradora de Ben Jonson confesó su unión con el Espíritu Santo. Aseguró que si hijo sería mitad ángel y mitad humano. En efecto, dio a luz un ángel que carecía de alas y que, en lo demás, no difería de un niño común y corriente.
“Negación”
Cuando ella se le negaba, él se mostraba comprensivo; cuando ella provocaba a otros hombres, él fingía divertirse; cuando lo engañaba con descaro, miraba hacia otro lado. Finalmente, ella se cansó y le pidió el divorcio.

lunes, diciembre 31, 2007

Contornos de la crónica



Terminé tres y encarrilé un par más. Me refiero a los libritos que con recursos propios quise publicar en 2007. Financiados y editados por su servilleta, esos cuadernillos han circulado poco en Torreón, pero tuve ya la suerte de hacerlos caminar, con buena recepción, en Estados Unidos y en la Argentina. Son, en orden de tiraje, Polvo somos (de mi cosecha), Cometas en el cielo (de Juan Pablo Neyret) y Las intrusas (de David Lagmanovich). Tengo, como dije, dos más ya casi listos en el telar: un ensayo sobre cine escrito por Miguel Báez y varios artículos de Saúl Rosales. Espero, si la crisis económica que viene no me obstaculiza, tenerlos listos en febrero o a más tardar en marzo. Ojalá.
El segundo ejemplar, que contiene cinco crónicas de Neyret, lleva un hermoso prólogo de Lagmanovich. Lo calco aquí con gusto, pues explica de maravilla ese género cada vez más olvidado en nuestros periódicos: “Los manuales de periodismo clasifican la crónica como una especie de género mixto. Según esos textos, o bien la crónica ‘contiene elementos literarios’ o bien está ubicada en un espacio intermedio, entre el periodismo y la literatura.
En cambio, los manuales de literatura no se ocupan en especial de la crónica, un género que los bibliotecarios suelen clasificar entre los 'escritos misceláneos' de un autor. Es de suponer que esto ocurre porque el vehículo principal de la crónica, aquello que la transmite del autor al lector, reside en las columnas periodísticas. Por otra parte, cuando esas crónicas pasan al libro, como muchas veces ocurre —aunque sea después de la muerte del autor— se suele olvidar el origen de tales textos. Es decir, se deja de lado la modulación periodística inicial y, tácitamente, se autoriza la existencia de la crónica como género literario. Es como un procedimiento de legitimación.
Otra curiosidad es la de que, en la enseñanza del periodismo, se suele establecer una distinción entre ‘crónicas informativas’, ‘crónicas de opinión’ y ‘crónicas interpretativas’. También se habla, con escasa exactitud, sobre lo objetivo y lo subjetivo en la elaboración de la crónica. Y todo esto, francamente, da la impresión de querer realizar esa operación imposible que desde antiguo ha sido definida como partir un pelo en cuatro.
Si estuviéramos hablando de una crónica totalmente 'informativa', en los términos de la clasificación anterior, entonces no nos referiríamos a una crónica: lo que tendríamos en mente sería una noticia. Posiblemente, una noticia detallada y sobre todo bien escrita, pues un texto noticioso puede escribirse bien, o en forma mediocre (como la mayor parte de los que se publican hoy) o mal. Pero en todos los casos ese texto respondería con mayor o menor eficacia a lo que de él se espera: informar sobre un acontecimiento o una serie de ellos, centrando la atención del lector en el qué de lo ocurrido.
Los otros dos supuestos tipos de crónica son uno solo, pues el límite entre ‘opinión’ e ‘interpretación’, si existe, es tan tenue como para volverse incognoscible. ¿O acaso la opinión y la interpretación son valores absolutos? ¿Es posible opinar sin que la opinión dada implique una interpretación de la realidad, o interpretar el sentido de un suceso sin que esa interpretación refleje la opinión de quien la formula? Las crónicas de que estamos hablando, que son las crónicas auténticas, están centradas en el cómo de lo acontecido, según lo ordena la preceptiva periodística, y a veces hasta dan por supuesto y conocido el acontecimiento del cual arrancan, sin entrar en excesivos detalles. Pero, en todo caso, el ‘como lo veo yo’ y el ‘como yo lo interpreto’ son una y la misma cosa. En la manera de mirar está ya implicada la forma en que transmitiré mi visión a los demás.Defiendo, pues, la autonomía de la crónica. Y defiendo también su existencia en tanto género literario. Que se transmita desde las columnas de un periódico, desde la sección de artículos de una revista, en la voz de un locutor, mediante las páginas de un libro o a través de la informática, no es lo esencial. Lo que cuenta es, precisamente, aquello que debe imponerse en cualquier producto literario. Es decir, por un lado la interacción entre la conciencia de un ser humano que logra una expresión capaz de atraer la atención del lector; por el otro, las permanentes incitaciones de la realidad. Como el buen ensayo, con el cual tiene tantos puntos de contacto, tenemos aquí los elementos de un diálogo: lo que la mente humana recoge del permanente contacto con su circunstancia temporal y su radicación espacial.
Vivo testimonio del diálogo de un hombre con su tiempo, eso es la crónica. Tal ha sido desde siempre, inclusive desde antes de la afirmación definitiva del periodismo moderno. Casi siempre los ejemplos de esta actividad han pasado de la publicación periódica al libro, es decir, al instrumento que los pone al alcance de vastos conjuntos de lectores y los preserva de caer en los agujeros negros del tiempo. Así ocurrió, en nuestra lengua, con las imperecederas crónicas de José Martí, quizá el más alto ejemplo de este género que tenemos los hispanoamericanos; así, hace algunas décadas, con las crónicas de Germán Arciniegas; así, hoy mismo, con las de Tomás Eloy Martínez. Y de la misma manera ocurrirá con las crónicas que ha escrito y escribe Juan Pablo Neyret, escritor argentino, que son las que se recogen en este volumen.
Neyret, originario de la ciudad de Mar del Plata, sobre la costa atlántica argentina, ejerció por varios años el periodismo en su ciudad natal, tanto en la prensa diaria como en la de frecuencia semanal. Cursó además la carrera de Letras, y luego se trasladó a Estados Unidos a fin de realizar estudios doctorales. A lo largo de esta trayectoria personal, ha mantenido una gran coherencia en ciertos puntos fundamentales: entre ellos, el amor a la literatura, el conocimiento profundo de la teoría literaria contemporánea, la actitud crítica, la preocupación social y, sin lugar a dudas, la capacidad para buscar un nivel propio de expresión. El estilo resultante es directo y claro, 'literario' en sentido estricto; es decir, orientado no sólo por las ideas sino también por el valor estético con que ellas se exponen. Un estilo en que se destacan los rasgos personales del escritor —sin eludir la frecuente referencia autobiográfica— y también una erudición de buena ley, nutrida tanto en la lectura como en el contacto con el cine, la música y otras actividades de significación cultural.
Los textos aquí reunidos constituyen una buena presentación de este autor y sus temas fundamentales. También se los puede estudiar en tanto ejemplos de cómo se escriben algunas de las mejores crónicas de nuestra lengua. Son textos cuyo origen podría quizá remontarse a los de Martí, creador y máximo representante de la crónica hispanoamericana. Pero si la silueta del gran cubano aparece por detrás de Neyret, como una marca tutelar ineludible, a su lado pueden vislumbrarse otras presencias —la de Osvaldo Soriano, la de Tomás Eloy Martínez— que han proseguido abriendo camino en este campo. Todos ellos practican un género literario vital y vivaz, actual sin olvidar el pasado, contemporáneo pero abierto a los requerimientos del futuro.
A Jaime Muñoz Vargas debemos la iniciativa de reunir algunas de estas crónicas y entregarlas a los lectores. Su actitud merece nuestro reconocimiento, pues ellas nos dan un primer retrato de Juan Pablo Neyret. Es un retrato hablado, y ya era hora de tenerlo. En este manojo de páginas, al deleite de la buena prosa se suman los frutos de la imaginación y la erudición".

sábado, diciembre 29, 2007

Cayo, atleta del alma



Hasta ahora he tenido la fortuna de apersonarme poco, muy poco, en cortejos fúnebres. Para todos son, creo, indeseables, pues nadie goza con el dolor que irradia la presencia de la muerte, más cuando el desaparecido se contaba entre nuestras querencias. Cuando voy a uno, como ayer, no sé qué decir, me siento impotente ante el dolor y mejor doy un abrazo callado, lo más respetuoso posible, lo más sincero y solidario que se pueda. Luego viene la ceremonia de inhumación, acaso el momento más triste de todo ese trance. Ahí también procuro mantenerme en paz, no descuadrarme, pues en mí ánimo gravita con mucha facilidad el peso de la aflicción. Soy, como dicen, de lágrima fácil, y como en tierra de machos eso no es muy bien percibido, me hago duro y trago saliva, aguanto.
Ayer tuve que hacer un esfuerzo que está más allá de mis capacidades cuando en Jardines del Tiempo estaba a punto de consumarse la inhumación de Alejandro Lomas Ramírez, Cayo, hermano de mi ex alumno y amigo Daniel Lomas. Lo digo honestamente: un nudo enorme en la garganta casi me asfixió cuando Daniel, muy bien plantado, muy sereno, de una sola pieza, describió la personalidad de su hermano recién muerto. Carajo, yo sabía bien que Daniel es un gran escritor, que cuando él lo decida será uno de los mejores poetas y narradores de La Laguna, eso por la sencilla razón de que ya lo es aunque tenga publicada, por ahora, poca obra. Yo sabía, como ha quedado demostrado en algunas presentaciones de libros celebradas hace poco en el Icocult, que Daniel tiene a su breve edad un manejo espléndido de la palabra, una capacidad metafórica original, precisa, torrencial, y una imaginación tan rica que una sola línea suya es capaz de estremecer más que todas las cuartillas de un escritor convencional. Yo sabía todo eso, pero lo que vi ayer de Lomas me pasmó: conmovido pero sereno, recorrió en unas cuantas poderosas frases la maravilla de reto que debió encarar su hermano menor. Nacido con una enfermedad muy severa que afectó su crecimiento, su habla y su capacidad auditiva, Cayo tuvo desde bebé una pobre expectativa de vida; los médicos le pronosticaron al nacer sólo dos años de existencia. Pero el niño, con la ayuda de sus padres y de sus hermanos, pero sobre todo con la ayuda de una fuerza interior que no cabía en su cuerpo, desbarató los malos augurios y no vivió dos, ni tres, ni cuatro años, lo cual ya hubiera sido espléndido. No, vivió veinte, y todos los recorrió indeclinablemente optimista, sonriente, juguetón. Por eso Daniel, mago de las palabras, resumió la vida de Cayo en frases deslumbrantes (lo cito de memoria): si consideramos que le aseguraban dos años de vida y vivió veinte, Cayo entonces vivió cien, y pese a la adversidad él logró brincar obstáculos como un “atleta del alma”, como un hombre distinto, de madera especial.
A Cayo lo vi un par de veces. No me cabe duda, como también lo enfatizó Daniel, que era imposible tratar con él y permanecer inconmovibles a su alegría, a su deseo de conversar cálidamente a señas. Por eso he querido recordarlo aquí, para abrazar a Daniel, a quien tanto quiero y respeto y admiro, y también a sus padres y hermanos, familiares que lejos de cerrarle el paso al optimismo se lo abrieron cuando vieron en Cayo la posibilidad de demostrar durante el día tras día que los retos de esta naturaleza son los que de verdad unen y templan a las familias sensibles.
No caigo en una digresión: el 25 de diciembre acompañé a Renata al área de pediatría del IMSS. Lejos de amilanarse con el artero golpe dominical que recibió en estas páginas, preparó los mejores bolos que he visto en mi vida, unas megabolsas con dulces y regalos nada austeros: los llevamos a varios niños que, como el gran Cayo, luchan con sus padres para abrirse paso en medio de la enfermedad. ¿Y qué pasa? Que uno comprueba con estos chicos que lo único necesario para ellos es el afecto, la cercanía, y lo demás corre por su heroica cuenta.
A Daniel Lomas y a su familia, felicidades por Alejandro. Tenerlo (porque sigue y seguirá con ellos) es lo mejor que les ha podido ocurrir.

viernes, diciembre 28, 2007

La venganza de los cherrys



Hace algunas semanas leí la entrevista que Público Milenio le hizo durante la FIL a José Ramón Fernández; es un tipo que poco a poco fue cayendo de mi gracia, pero creo que no se equivoca cuando habla de los dos o tres mocositos fresas que ahora se han convertido en “líderes de opinión”. Mencionó los casos de André Marín, el imberbe nuevo mandón del área deportiva en TV Azteca, y de Carlos Loret de Mola, galán informativo de Televisa. Joserra afirmó que, si los escucha decir que hay un sismo y ve que se mueven las paredes y las lámparas, de todos modos no les cree. Así de escéptico es el periodista poblano con los niños cherrys que de repente irrumpieron en la escena televisiva para dar lecciones, para “orientar” con pelo engominado (Marín) o pelo en pecho (Loret).
El ataque de los cherrys no se manifiesta, sin embargo, en sólo dos sujetos. Me parece que es generalizado, que ahora están en todo, que hoy ocupan cualquier nicho (como lagunero, esta palabra siempre me remite a la locura), incluso aquellos espacios que hace diez años ni siquiera hubieran soñado ocupar. Hoy son líderes de opinión (los mencionados), cineastas (González Iñárritu), actores y productores (Diego Luna y Gael García), empresarios (Azcárraga Jean), ideólogos de alta jerarquía (César Nava y Juan Camilo Mouriño), gurús de la conducta juvenil (Adal Ramones), pensadores (Nicolás Alvarado), alcaldes en La Laguna (obvio), senadores (obvio), diputados (obvio) y un largo y bochornoso etcétera. Esa horda es, desde hace pocos años, la casta instalada en los espacios de poder donde ponen en práctica lo que les enseñaron desde niños: a triunfar, a tener éxito.
Son tan movidos estos chicos que ahora, como dije, pasa lo inimaginable: que con cero calle, que con puras experiencias en yates y en Polanco algunos supercherrys trabajan hoy en lo que antes sólo se le daba a un señor o señora con licenciatura, más o menos de edad, con amplia trayectoria de servicio y discurso lógico. Me refiero a los espacios con sentido altruista. Doy un caso que padecí recientemente. Encontrábame en un foro público donde el primer orador fue el responsable nacional del programa un kilo de ayuda. Mientras sus homólogos en el presidium lucían traje o ropa más o menos formal, el chamaco como de treinta años llevaba apenas una camisa de marca, fajadito, con el pelo envaselinado y abundante, la viva imagen de un fresota chilango de San Ángel. Parecía todo, menos un tipo preocupado por el hambre en el país, pero había que darle el beneficio de la duda. Él mismo, con un discurso que mezcló noñez y humor fallido en partes iguales, se encargó de disipar toda duda: con esa visión del mundo, con esa retórica aprendida apenas ayer, con muchas supuestas puntadas (peores que las de Zedillo) y una capacidad nula para persuadir, de todos modos era el responsable de un programa asistencialista relacionado con el alimento para los desnutridos de este famélico país. Contó anécdotas que no venían al caso y hacía pausas efectistas como en espera de sonoros aplausos avaladores de su intervención; incluso hacía lo insólito: reír, carcajear a medio gas con sus chispazos de gracia, como si fuera Gila o Lucho Navarro en sus épocas de gloria. Yo no lo podía creer; el muchachito estaba para cotorrear en el antro con sus pares, no para dar lecciones de nada a nadie. Pero así estamos ahora. Sólo faltaría saber quién le dio ese puesto y cuánto le pagan por socorrer a los menesterosos. Ahí está la clave para entender la venganza de los cherrys.

Banda in crescendo



En algunas entregas no tan lejanas traté un tema que considero importante para medir, en general, la condición del arte en La Laguna: el desarrollo de su música. En principio y todavía gracias a la Camerata, una especie de oleada benefactora ha permitido que, sin que se note mucho pero sí consistentemente, la música (y todo lo que ella implica) haya tenido aquí, tal vez más que ninguna otra actividad artística, un avance digno de observación, como un boom que ojalá se sostenga y llegue a cuajar en lo deseable: hacer de nuestra comarca un espacio donde el fenómeno musical abarque todo: escuelas, foros, ejecutantes, compositores, agrupaciones, revistas y promotores. La labor no es fácil, pues siempre hay inercias que van en contra de los propósitos civilizatorios. Pese a ello, la evidencia del boom que he querido resaltar permite soñar con un futuro en el que converja lo que enumeré tres líneas arriba y eso dé como resultado un asentamiento de lo que todavía hoy parece pasajero.
Uno de esos esfuerzos musicales en plan de asentamiento lo representa sin duda la Banda Juvenil Salvador Jalife. Dirigida por el maestro Joel de Santiago, esta agrupación nació gracias a la iniciativa de Salvador Jalife Cervantes, quien después de haber comprado instrumentos contrató a un profesor e inició trabajo de enseñanza con niños que vivían cerca de su oficina. Ellos tenían ensayos diarios de forma gratuita, eso en la década de los noventa.
Para pertenecer a la banda juvenil los requisitos son rigurosos: tener de 10 a 14 años, afición a la música y ganas de trabajar en grupo; asimismo, llenar una ficha de inscripción, asistir a un curso de dos semanas y presentar un examen de aptitudes musicales; sólo los que aprueben serán aceptados y sus estudios no tendrán ningún costo, además de que se les proporciona un instrumento, un espacio, accesorios y una beca de transporte. Según el maestro De Santiago Arenas, los muchachos ensayan diariamente dos horas por la tarde, y aprenden teoría de la música, solfeo, técnica de instrumento y repertorio.
El propósito que se plantea su director con esta agrupación es consolidarla durante siete años como una de las mejores bandas juveniles del norte, esto a pesar de que han cambiado elementos —ex miembros han aprendido el oficio y viven de ello—, y que sea a su vez la agrupación musical de jóvenes más representativa de la cultura musical lagunera.
En cuanto a las limitaciones del conjunto, Joel de Santiago señala que una de ellas es que varios de sus integrantes no aspiran todavía a ser profesionales, lo cual gravita en la calidad del trabajo que puede dar un ejecutante, pues la mentalidad del amateur o aficionado siempre es más relajada que la de alguien comprometido a fondo con su disciplina.
Pese a ello, De Santiago insiste en lo dicho; quiere que la Salvador Jalife sea la mejor banda juvenil del país, que siga ofreciendo un servicio social a la comunidad mediante sus presentaciones y que participe en festivales importantes tanto nacionales como internacionales y, con ello, evidenciar con logros evidentes nuestra cultura norteña del esfuerzo y la capacidad de no doblegarse.
Le pregunto al director, en esta entrevista oblicua, ¿qué le añade una banda juvenil a la música en La Laguna?: “Primero, identidad; segundo, la oportunidad de estudiar música sin caer en el riesgo de ser timado como frecuentemente ocurre con las seudoescuelas y academias, infestadas de mercenarios de la música, sin ética, sin vocación ni profesionalismo”.
Muchos presentaciones ha tenido ya la Banda Juvenil encabezada por Joel de Santiago, y muchas más tendrá en los años venideros. Ella ensaya en el Tec de Monterrey Campus Laguna, y es de esperar que, si sigue por ese camino, el futuro previsto por quien la dirige cuaje en una agrupación que nos enorgullezca como de hecho ya lo hace desde ahora. Se trata, no vacilo al decirlo, de una estupenda labor la de esta banda in crescendo.

domingo, diciembre 23, 2007

Posada en el Cereso



A los pocos días de residir en la cárcel, la mayoría de los presos sabe que hay básicamente dos caminos para salir adelante en ese duro aislamiento: el primero, rumiar el sinsabor y dejar que el tiempo se diluya en la nada, y el segundo, ocuparse en alguna actividad, mantener la mente ocupada lo más posible para alejar la corrosión de la desdicha y del resentimiento. Quienes logran vincularse a las actividades artesanales, deportivas, educativas o religiosas saben que han dado un paso importante hacia su libertad, y aunque sigan retenidos, el contacto con alguna ocupación sana les descarga en algo, así sea poco, las penalidades que conlleva todo encierro obligado.
Es ésta última la impresión que el jueves 20 me dieron los presos del Cereso Torreón que se han puesto en contacto con las actividades académicas del Centro Interactivo Multimedia Imago. Ese día tuvieron su entrega de reconocimientos, una muestra de sus productos y un baile donado por el grupo Chicos de Barrio. Fue, para los maestros de Imago, una significativa oportunidad de ver los resultados de un esfuerzo colectivo que coordina Renata Chapa. Así, en los hechos, todos pudimos constatar que la mitología del recluso irredento es eso, mitología, pues con una actitud noble y dedicada muchos internos complementan sus vidas con diversos conocimientos y destrezas.
He trabajado en el taller de narrativa del Cereso y he visto ya algunos resultados positivos. Con más impulso y mejores resultados todavía, otros profesores merecen un explícito reconocimiento; el ingeniero Javier Villaseñor, con una generosidad sin linderos, ha prodigado su saber en mecánica automotriz y ya hasta planteó el armado de un taller dentro del penal; Ricardo Leyva, otro generoso de marca, ha proyectado y analizado películas en su exitoso taller de cine; Jenny Walss Aurioles y Ramiro Saldaña, maestros de física y matemáticas, han impartido con tesón su conocimiento en esas disciplinas; Mayeth Mijares, Tensy Murguía y Gaby Ramos, con Alejandra Galindo como guía, orquestaron el primer Diplomado en Ventas, Mercadotecnia, Contaduría Pública y Finanzas. Y así, varios maestros más han trabajado en Imago para extender sus saberes a quienes no han tenido las mismas oportunidades que nosotros. También puedo mencionar, con agradecimiento, a Joel de Santiago (música), a Edgar Salinas y Abraham Peña (periodismo), a Yolanda Alonso (fotografía), a Jesús Aviña Oteo (teatro), a Ana Olga Rodríguez y Nora Valadez (coordinación de donaciones), entre otros.
El jueves 13, además de los reconocimientos y el baile, se dio un hecho seguramente inédito en los penales de México: por primera vez un centro de readaptación del país contará con una revista. El boceto del número cero fue donado por Armando Monsiváis y Héctor Esparza, de la revista Nomádica. En este momento la publicación se encuentra en su fase de edición digital, y ya es posible anticipar que en el arranque del 2008 comience a circular el primer ejemplar de Albedrío, “Palabras desde adentro”, nombre y eslogan de la publicación. Vale decir que en el trabajo de andamiaje periodístico trabajaron, coordinados por Renata Chapa, varios alumnos del Tec de Monterrey inscritos en las materias del Taller de análisis y expresión verbal y Responsabilidad social y ciudadanía.
La ceremonia del Cereso terminó con una muestra de bondad que sólo pueden exhibir los verdaderamente solidarios: en este caso, el baile que el grupo Chicos de Barrio regaló al Cereso gracias a la iniciativa de Renata. Los músicos de profundo arraigo lagunero no cobraron un cinco y, encabezados por Dimas, su líder, Yiyo Nájera, su tecladista, y Susana Ortiz, vocalista del grupo, tocaron un montón de canciones dentro del penal y obsequiaron horas de contento a la gente que tanto los admira y los aprecia. Momentos antes asistieron como invitados especiales de Imago a la entrega de reconocimientos para convivir con los más de cincuenta estudiantes de los diferentes talleres.
Fue por todo una jornada alentadora la del jueves en el Imago del Cereso Torreón. Queda la sensación de que, pese a las dificultades, pese a las presiones y pese a todo lo que pesa siempre para derrotarnos o para obligarnos a ser indiferentes, dar un poco al prójimo de carne y hueso es tal vez mejor que amar en abstracto a la humanidad entera. Al menos es un aterrizaje concreto de algo que muchos sienten en su fuero íntimo: el deseo de dar algo bueno, lo que sea, a sus semejantes en desgracia.

sábado, diciembre 22, 2007

Seres mitológicos en el fut mexicano



Las vacaciones le dejan margen a mi ocio y no hallo en qué banalidades entretener a la imaginación. Como suelo no participar de los festejos navideños (salvo en la compra de tres regalos ineludibles), distraigo los ratos muertos en lecturas rezagadas o en escritura de calistenia, de poca exigencia y suficiente diversión. Es un proceso extraño: las ideas aparecen y escribo sin detenerme mucho a ver qué tanto sirve lo que va apareciendo en el monitor. Así me ocurrió el martes de esta semana: no sé de dónde apareció la idea de un librito con estampas biográficas futboleras. Llevo cinco, y el título tentativo general de las veinte que deseo escribir es el mismo que encabeza esta entrega. Me referiré por ahora a jugadores extranjeros para luego, si el rollo funciona, hacer una tanda con mexicanos. Ofrezco dos a ver si van gustando al menos a los aficionados de cuarenta años para arriba, público al que busco en este caso:
Ítalo Estupiñán
Lo que más destacaba de su físico era la cabeza: usaba un african look que se movía en las áreas enemigas como martillo a punto de golpear. Parecía un Jackson Five con pantaloncillo blanco y casaca de fuego. Lo recuerdo de complexión delgada, muy fibroso, ágil, de movimientos felinoides. Por esa virtud, precisamente, y por el color de su pellejo, no pasó mucho tiempo para que lo bautizaran “La pantera salvaje”. Era un cazador implacable, de esos que no dan pelota por perdida y que llegan a sus citas siempre a tiempo para anidar balones en la red. Llegó a nuestro país, proveniente de su natal Ecuador, en 1974, y quedó campeón en su primera temporada. De hecho, el anotó el tanto con el que Toluca le ganó 1-0 a los Panzas verdes de León en una final reñidísima, de cerrojos. De todo lo que me viene a la mente cuando escucho su sonoro e inmortal nombre, hay una jugada penosa: Estupiñán va por una pelota dividida y frente a él está Miguel Marín, arquero de la máquina cruzazulina. Ambos llegan parejos al esférico, Marín mete las manos e Ítalo acomete con un fiero patadón. Al final no hubo gol, y el portero de Cruz Azul quedó fracturado. Desde entonces, Ángel Fernández, quien había motejado a Marín como el Supermán, rebautizó al ecuatoriano; le puso un apodo sublime: “El hombre de la kriptonita”. Además del Toluca, Estupiñán vistió las casacas del América, del Puebla y de un equipo pronto desaparecido y de inquietante nombre: Atletas Campesinos; su logotipo era un tractor: y así jugaban.
Jerónimo Barbadillo
Peruano, Jerónimo Barbadillo, alias El Patrulla, era en realidad, más que un jugador de futbol, lo que su sobrenombre quería expresar: se desempeñaba por la banda con gran velocidad, como patrulla al acecho del gol. Llegó a los Tigres de la Universidad de Nuevo León en 1977, jugó con ellos cinco años y anotó sesenta goles. Pero más allá de esos números, El Patrulla hizo cientos de diabluras como extremo volador. Tantas que su nombre se convirtió en sinónimo de héroe para la fanaticada de los felinos universitarios, público que ha tenido muchas estrellas, pero siempre con tan mala suerte que no brillan al calzar el jersey auriazul. Eso no pasó con Barbadillo, quien desde su arribo a los Tigres se convirtió en el ídolo que el graderío necesita para confiar, para soñar. Aunque tenía gol (su promedio fue, en México, de poco más de diez tantos por campaña), su característica más sobresaliente era la capacidad casi franciscana para servir, en su caso, centros a la olla, siempre con ventajas para el rematador. Su habilidad era temible, pues a su pericia para controlar el balón y gambetear, sumaba una rapidez muy bien controlada, pues sabía administrar su marcha hasta la línea de fondo, nunca se ahogaba y hacía centros letales. Por si fuera poco, El Patrulla tuvo compañeros que le dieron al equipo neoleonés un sello recordado hasta el momento. Sus principales secuaces en el campo fueron Tomás Boy, Sergio Orduña, Alfredo El Alacrán Jiménez y un eficaz y talentoso grandulón uruguayo de imborrable memoria: Walter Daniel Mantegaza. Barbadillo terminó, con éxito, su carrera en Italia; allá jugó para el Avellino y el Udinese, donde se retiró. Vale decir que durante varios años el número 7 de El Patrulla fue retirado del equipo tigre.

viernes, diciembre 21, 2007

El Luder de Ribeyro



Comencé a valorar en serio y rendidamente la obra narrativa del peruano Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) gracias al asedio crítico que mi compota Gerardo García Muñoz le hiciera en Julio Ramón Ribeyro: cinco claves de su cuentística (UIA Laguna, 2003). Ahí, el ensayista lagunero se detiene en los numerosos y fascinantes cuentos de un autor que en la materia sólo tiene, a mi parecer, dos equivalentes en el siglo XX latinoamericano: Julio Cortázar y Abelardo Castillo. Fuera de ellos tres, los cuentistas de nuestro continente espiritual y lingüístico son o malos o esporádicos, es decir, que no acuñaron piezas ceñidas al rigor del género o, si las hicieron, son pocas y opacadas siempre por otras obras, como es el caso de Carpentier y Vargas Llosa, que acuñaron apenas un libro de cuentos en contraste con sus poderosos corpus novelísticos.

Pero Ribeyro fue más que un cuentista monstruo; escribió también algunas novelas notables (como Crónica de San Gabriel), un megadiario que es una joya de la confesionalidad (La tentación del fracaso) y algunas otras obras más. Una de ellas, la última que conseguí de este peruano maravilloso, es Dichos de Luder. La edición que tengo es inconseguible en México, y la obtuve en generosa fotocopia decomisada a mi amigo Édgar Valencia. Para los amantes del aforismo y de la frase lapidaria es un auténtico banquete. En realidad, no sé a qué género responde, si es aforístico, microrrelatístico, anecdótico, memorialistico o qué. En todo caso, es una pequeña criatura polimorfa, un libro heteróclito, para decirlo con una palabra lujosa.

No quiero atarear más a mi lector en estas explicaciones; creo que sirven, pero es más valioso convidar unos fragmentos. Se supone (y esta mentira es sólo un ardid narrativo) que Luder fue un amigo de Ribeyro y otros tantos en París. Misántropo, este personaje “ficciorreal” vivía como topo (misán-topo) en un departamento y sólo condescendía a recibir de vez en cuando a ciertos visitantes, entre los que se contaba Julio Ramón, quien dice haber anotado, poco a poco, los espléndidos Dichos de Luder, las sentencias de ese hombre culto y oscuramente luminoso, un escritor oral de la mejor cepa. Van unos ejemplos de lo que Ribeyro declara haber pepenado, aunque todo sea un jocoso embuste agazapado en el apellido “Luder” lúdico:

“—Me he enterado que tu nombre unido a ciertos sufijos quiere decir en alemán borrico, ocioso, mequetrefe…
—No me extraña —dice Luder—. Siempre he creído en el carácter profético de los nombres”.

“—Una cualidad que te envidiamos es haber logrado siempre evitar las discusiones —le dicen a Luder.
—No veo por qué. Entrar en una discusión es admitir por anticipado que tu contrincante puede tener la razón”.

“—Nunca he sido insultado, ni perseguido, ni agredido, ni encarcelado, no desterrado —dice Luder—. Debo en consecuencia ser un miserable”.

“—Es curioso —dice Luder—. En el fondo de los ojos de las personas extremadamente bellas hay siempre un remanente de imbecilidad”.

“Le hacen notar a Luder que nunca ha manifestado celos ni envidia por el triunfo de sus colegas.
—Es verdad. Eso les puede dar una idea de la magnitud de mi soberbia”.

“—Estoy preocupado —dice Luder—. He leído que nuestro nuevo Presidente no fuma, ni bebe, ni juega, ni enamora.
—¿Y qué?
—Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud”.

“—Es extraño —dice Luder, deteniéndose para observar al pequeño hijo de una mendiga callejera—. Miren bien sus ojos: ellos contienen todo el sufrimiento que lo espera, pero también la certidumbre de su venganza”.

“—Soy como un jugador de tercera división —se queja Luder—. Mis mejores goles los metí en una chancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada”.

domingo, diciembre 16, 2007

Último del centenario



La presentación de Panorama desde el cerro de las Noas: siete ensayos de aproximación a la historia torreonense, ocurrirá mañana a las ocho de la noche en el foyer del Teatro Isauro Martínez. En la mesa de los comentarios estaremos Silvia Castro, Carlos Castañón y yo. En su breve pórtico, éste que es el último producto bibliográfico publicado en el marco de los festejos por el centenario de la ciudad, afirma:
“Torreón ha cumplido cien años en este 2007 y entre todos sus notables avances materiales cada vez son más evidentes y numerosos, también, sus progresos en los dominios del arte y del conocimiento. Los estudios históricos, que en sí mismos testimonian no sólo sus objetos particulares de exploración, sino también el estatus en el que se encuentra la escritura de la historia en determinada comunidad, han visto recién un florecimiento motivado en gran medida por el cada vez más sólido trabajo archivístico que nos rodea, una labor de acopio y catalogación que es el sustento de cualquier asedio al pasado.
Los siete ensayos reunidos en este libro son, precisamente, fruto de adentramientos en fuentes primarias, y sirven para testimoniar que, contra lo que se piensa, la investigación histórica es inagotable. Asimismo, permiten ver que nada ayuda más al esclarecimiento de lo que fuimos que el buceo en las aguas profundas del documento original, de ahí la importancia de nuestros acervos.
Aunque son trabajos nacidos en el seno de la Comisión de Historia formada en el marco de las celebraciones por el centenario, cada estudio se maneja con total independencia temática y metodológica. Es de resaltar que en ningún caso los autores partieron de apoyos institucionales especializados, de ahí que el resultado de estas investigaciones tenga el mérito de lo vocacional, del esfuerzo que se emprende por el más genuino deseo de obtener conocimiento.
Que estas páginas deparen al lector novedosas luces para iluminar el pasado de nuestra querida, de nuestra entrañable ciudad”.
Los trabajos que contiene el libro son, en orden, “Una perspectiva hidráulica de la historia regional. Economía y revolución en el agua de La Laguna”, de Carlos Castañón Cuadros; “Torreón bajo el fuego revolucionario”, de Silvia Castro Zavala; “Producción de algodón en la Comarca Lagunera a fines de la era virreinal y primera mitad del siglo XIX”, de Sergio Antonio Corona Páez; “Los hombres pasan, pero sus obras perduran: don Andrés Eppen Ashenborn”, de Rosa María Lack; “Torreón: economía política y sociedad (1917-1934), de Roberto Martínez García; “Los orígenes inmobiliarios de Torreón, 1886-1936”, de Javier Ramos Salas e “Intolerancia religiosa en Torreón”, de Ilhuicamina Rico Maciel.
Mi participación en la hechura de este libro tuvo sólo que ver con la labor de edición. Mentiría si dijera que fue fácil. Al contrario, dado el perfil académico de los siete trabajos que lo componen, puedo asegurar que fue un trabajo complicado. Los numerosos y complejos cuadros, las bibliografías y los anexos de las aportaciones debían ceñirse a un mínimo de unidad, y gran parte del esfuerzo por lograrla se consumió durante meses.
Como todo libro de su tipo y pese a su aparente modestia, esta obra es más que una puerta de salida una de acceso: las preguntas que despierta son cuantiosas, y en realidad creo que se trata de uno de los mejores esfuerzos colectivos por hacer historia profesional en La Laguna. Me queda la certeza, luego de trabajar con los siete historiadores, de que cada uno seguirá indagando en lo suyo, lo cual nos asegura futuros logros de similar condición, libros en los que, como en éste, el pasado todavía muy borroso de Torreón sea iluminado con estudios metodológicamente concientes de su valor científico, más que político o ideológico.
Mañana, pues, a las ocho de la noche nos vemos en el TIM. Sé que la Comisión del Centenario tiene preparada una grata sorpresa para los asistentes. No hay que faltar.

sábado, diciembre 15, 2007

Bulevar de los sueños rotos

En Torreón nadie pisará la cárcel por obra pública mal hecha. Nadie. Nunca. Si dejamos caer una manzana al suelo, puede ser que alguna vez, en varios millones de intentos, la fruta no caiga y ponga en entredicho la ley de la gravedad; la ley de la impunidad por obra pública mal hecha, en cambio, nunca falla: por años, la labor de pavimentación, recarpeteo, introducción de drenaje, reparación de colectores, bacheo y todo lo que se le parezca ha quedado mal en muchas áreas de la ciudad y nadie ha sido castigado por ello. En este sentido, la obra cumbre de la impunidad, todos lo sabemos, es el DVR. Sus autores andan libres, felices y gozando las mieles del saqueo mientras a muchos ciudadanos nos amenazan con embargos porque adeudamos a recaudación 500 pinchurrientos pesos.
Un caso modelo de la infinita sangría que padecen las arcas públicas por concepto de agujeramiento asfáltico es el bulevar Constitución. Por décadas, esta vía nacida con intensos dolores de parto, casi abortada en su momento por la rapiña de terrenos y bautizada desde su inauguración como “El Chorrito” (porque se hace grandote y se hace chiquito, como dice la prestigiada canción de Cri-Cri), ha padecido recurrentes, casi diarios ajustes y excavaciones con maquinaria pesada. Tanto es así que los ciudadanos ya ni siquiera sabemos para qué andan otra vez allí los escarabajos amarillos: simplemente mentamos una madre, damos un rodeo, buscamos una salida pronta y listo, al demonio con esas obras que seguramente acabarán para volver a comenzar en el momento menos pensado. Así ha sido y así será, por los siglos.
Eso para los ciudadanos que sólo tenemos la desgracia de transitar por allí. Nosotros podemos pasar de largo, y la molestia dura hasta que encontramos una ruta de escape provisional a los embotellamientos. Pero, ¿y los residentes en el bulevar? ¿Y todos los comerciantes que allí tienen sus negocios? Pobres. Los compadezco. Muchos han vivido en ese bulevar durante veinte, veinticinco años y lo que podrían contarnos: trenio que pasa, trienio que perpetra una obra, y este cuatrienio no iba a ser la excepción. Si las maldiciones egipcias de verdad existen, ésta es una de ellas. Los ciudadanos saben de qué hablo. Ya nomás empiezan a bufar las máquinas afuera de sus casas o del negocios, y malo, nuestras autoridades van a beneficiarlos otra vez. El resultado es el mismo: unos meses, tal vez unos años de paz, pero no pasa mucho tiempo para que vuelvan las oscuras golondrinas con retroexcavadora a posarse sobre el bulevar de los sueños rotos.
Las obras, de todos modos, no solucionan mucho, al menos nada que parezca realmente definitivo. Si llueve, de todos modos vuelve a inundarse; a la menor provocación regresan también los baches y a veces los hoyos al infierno tan temido, y en materia de fetideces nadie ignora que el cruce del Constitución y Salvador Creel, baste un ejemplo con inolvidable buqué de añejamiento, siempre nos hará gozar un exquisito aroma a cajeta no precisamente de Celaya.
Los ciudadanos sin rostro sabemos que la obra pública es una fuente inagotable de transas, una mina de oro basada en el uso sistemático del chapopote y la grava. Un conocedor me dijo alguna vez, con pleno conocimiento del tema, que hacer obra buena y duradera le conviene a los habitantes del municipio, pero no a quienes ocupan carteras importantes en las áreas de la administración encargadas de ver por el drenaje, la conducción del agua y la pavimentación, por eso el empeño en reemprender ad nauseam (en el caso del drenaje literalmente ad nauseam) estos peculiares beneficios a la comunidad.
El bulevar Constitución es la joya de esta dinámica. Lo han estado perforando desde hace algunas semanas, y las obras han avanzado por tramos. Terminada esa labor, ya veremos que no pasarán muchos años para que volvamos a padecer la misma tropelía. El chiste es dejar las calles como obleas, siempre listas para descomponerse y demandar el trabajo urgente de funcionarios y particulares que planean, diseñan y operan en la oscuridad. El negocio no está en arreglar, sino en dejar siempre abierta la posibilidad de que el simulacro continúe.

viernes, diciembre 14, 2007

Trivia TV



Entre las incontables frases hechas usadas con imprecisión nunca ha dejado de alertarme ésta: “vale la pena”. Como buena frase cliché, solemos usarla con desmesurada frecuencia y muchas veces fuera de su sentido recto. “Vale la pena”, en sentido estricto, la consecución de un objetivo cuando demanda un esfuerzo, precisamente, penoso. Por ejemplo: ser invitado a un hotelazo de Mazatlán, pero para llegar a él es necesario hacer un pesado viaje por carretera; en este caso, quien nos invita nos dice (correctamente) “vale la pena el (terrible) viaje en coche; el hotel es espléndido”. Y así, siempre que un objetivo presuntamente bueno o agradable esté al final de un trance pesado o penoso, decimos “vale la pena”.
Su uso disparatado es frecuente. Alguien nos dice: “El perfume es finísimo y está regalado, tiene un cincuenta por ciento de descuento; traes mucha plata, vale la pena que lo compres”; si está al cincuenta por ciento y el posible cliente tiene mucha plata, ¿dónde está la pena de comprarlo? O ésta: “Es una novela que te atrapa desde el primer momento, muy bien narrada, con personajes entrañables, nada voluminosa y con final tremendo, y como eres un excelente lector, vale la pena que la leas”; si la novela tiene tantos atributos y el interlocutor devora libros, ¿en dónde estaría la pena de leerla? O esta otra: “Ella es una chava compartida, inteligente, rica y hermosa; además, me dijo que le gustas mucho y como a ti también te gusta un friego, vale la pena que te avientes”; si la situación es ésa, ¿en dónde está la pena de acercarse a tan delicioso bizcochuelo? O el último, más burdo: “Te sacaste la troca de la rifa; es una Hummer 2008 equipada, negra, sin un solo kilómetro recorrido; caray, como te encantan los coches y sólo tienes un LeBarón nejo y ya destartalado, vale la pena que recojas tu nuevo vehículo. Recuerda que la agencia está a dos cuadras de tu casa”. Si todo es tan hermoso, ¿cuál pena habrá en el trace de recoger el premio? Y así.
La disquisición, nada importante en el fondo pues se trata de una frase hecha y no vale la pena detenerse más en ella, me sirve para introducir al tema que aquí viene. Encontrábame viendo de reojo las noticias mañaneras en Televisa y al momento de los comerciales me retuvo uno con arranque enigmático: el rostro de María Rubio en su papel de Catalina Creel, la villanaza que protagonizó Cuna de bobos; luego, sobreimpuesta con tipografía, una pregunta: ¿por qué Catalina Creel usaba un parche? Después, la voz de un locutor avisa que ya salió a la venta el juego Trivia TV, pasatiempo con más de tres mil preguntas para chicos y grandes, todas sobre programas como El Chavo, Siempre en Domingo, La carabina de Ambrosio, Los ricos también lloran, En familia y un chorro de etcéteras. Es, entonces, una especie de Maratón, pero no con preguntas sobre lo que denominamos “cultura general”, sino específicamente relacionadas con la pantalla casera, y más específicamente todavía, con acertijos sobre programas que alguna vez fueron difundidos desde la cueva de los Tigres.
No lo puedo asegurar, pero creo que ese juego es un producto más de Televisa, empresa dueña de los derechos sobre su programación. Si no es así, es lo de menos. Lo demás es el eslogan del divertimento, una joya de la franqueza y mercadotécnico tiro por la culata; dice el locutor: “Con Trivia TV, ¡todas esas horas frente al televisor valdrán la pena!”. Qué chulada. Por fin un comercial que dice la verdad de una manera cruda, frontal, sin rodeos ni hipocresías. Concientes de que las horas depositadas frente a tantos programas no habrán servido para maldita la cosa, los publicistas de Trivia TV dieron con la frase correcta: ya sirve para algo desperdiciar la vida frente a la programación de Televisa (la “fábrica de sueños” que, a decir de su actual jefe, no tiene ninguna obligación de educar, ¡pues para eso está la SEP!). Tan lastimera experiencia, ver enfermizamente la tele, ahora sí valdrá la pena. El objetivo, ganar en Trivia TV, no vale por supuesto tal pena, pero quien redactó el eslogan conoce el español y dio con la verdad: todas esas horas frente al televisor irán a una alcantarilla más decente cuando uno derrote a sus rivales en este juego de mesa. Esa es la plusvalía que al fin puede redituarnos la teleadicción. Súper. Exijo ahora mismo mi Trivia TV.

jueves, diciembre 13, 2007

Último libro del centenario



Va un boletín de prensa:

Panorama desde el cerro de las Noas: siete ensayos de aproximación a la historia torreonense, último libro publicado en el año del centenario de nuestra ciudad, será presentado este lunes 17 de diciembre de 2007 en el foyer del Teatro Isauro Martínez a las 8 de la noche. Los presentadores serán Carlos Castañón Cuadros, Silvia Castro Zavala y Jaime Muñoz Vargas.
En la breve presentación a Panorama desde el cerro de las Noas se explica el libro reúne “trabajos nacidos en el seno de la Comisión de Historia formada en el marco de las celebraciones por el centenario”; de corte académico, cada estudio “se maneja con total independencia temática y metodológica. Es de resaltar que en ningún caso los autores partieron de apoyos institucionales especializados, de ahí que el resultado de estas investigaciones tenga el mérito de lo vocacional, del esfuerzo que se emprende por el más genuino deseo de obtener conocimiento”.
Los trabajos que contiene el libro son “Una perspectiva hidráulica de la historia regional. Economía y revolución en el agua de La Laguna”, de Carlos Castañón Cuadros; “Torreón bajo el fuego revolucionario”, de Silvia Castro Zavala; “Producción de algodón en la Comarca Lagunera a fines de la era virreinal y primera mitad del siglo XIX”, de Sergio Antonio Corona Páez; “Los hombres pasan, pero sus obras perduran: don Andrés Eppen Ashenborn”, de Rosa María Lack; “Torreón: economía política y sociedad (1917-1934), de Roberto Martínez García; “Los orígenes inmobiliarios de Torreón, 1886-1936”, de Javier Ramos Salas e “Intolerancia religiosa en Torreón”, de Ilhuicamina Rico Maciel.
Panorama desde el cerro de las Noas es el producto final de la Comisión del Centenario A.C. La entrada a la presentación es libre.

El papito incómodo



Hallo de casualidad a un viejo compa de la prepa. Ya entonces le gustaba la filosofía y, como era previsible, lo encontré derrotado, digno pero a todas luces ajeno al bienestar y la tranquilidad. Sin untar alcoholito, suelta una andanada de (es posible que lo sean) verdades:
¿Tú papá te dijo alguna vez “tenga, mijo, aviéntese estos gramos de cocaína”? ¿No, verdad? Pues fulano [aquí dijo el nombre de un connotado político de derecha] se mete varias grapas al día y mira dónde está. ¿Tu papá te dijo alguna vez “robe, mijo, robe todo lo que pueda”? ¿No, verdad? Pues fulano [aquí dijo el nombre de un político-empresario] ha robado y robado y míralo, sale sonriente en sociales de los periódicos, la gente lo respeta y nadie lo llama ladrón. ¿Tu papá te dijo alguna vez “no se prepare, mijo, deje de estudiar”? ¿No, verdad? Pues fulano [aquí dijo el nombre de un famoso y triunfante comunicador local] sólo leyó el título de un libro que le encargaron en la carrera y míralo, no le da vergüenza andar por el mundo así, adinerado y sin haber leído un solo libro en su puta vida.
Los padres honrados no le sirven mucho a sus hijos; les dan un buen ejemplo, sí, pero los condenan a vivir en la miseria mientras otros cabrones sin escrúpulos agandallan dinero hasta con carretilla. Mi papá tenía la ilusión nada secreta de vivir aunque fuera un día del año 2000, pero se quedó en la raya. De haber robado en su juventud hubiera podido pagar un médico en Houston para que le alargaran un poco la vida y cumplir su sueño de llegar al nuevo milenio. ¿Pero qué pasó? Que por su honradez estaba expuesto a un servicio médico inservible, y se chingó.
Ayer me pasé un rojo. Iba con uno de mis hijos, el mayor, y notó que cometí esa infracción. Entonces me cuestionó: ¿papito, te pasaste un rojo? Le contesté: sí, me pasé un rojo; y mira: me voy a pasar otro. Y me lo pasé. ¿Y eso está bien, papito? ¿Qué no hay leyes, papito? ¿La ley está mal, papito? Sí, hay leyes, le contesté, y no están mal ni están bien, todo depende. Y entonces lo enredé: una cosa es la ley y otra es lo legal. Si me paso un alto cuando no viene nadie, no está mal. Por eso me pasé dos altos en el Rambler, porque no venía nadie. En ese caso estoy actuando bien, resumí.
¿Crees que no me duele decirle eso a mi hijo? ¿Crees que no me molesta relativizarle la ley y exponerlo a los caprichos de nuestra asquerosa justicia? Sí, me duele, pero qué puedo hacer. Lo único que quiero es que no sea como yo, que siempre he respetado la ley, que no me meto coca, que no le robo a nadie, que leo libros y periódicos, y que pese a eso estoy lleno de mezquinos problemas económicos, que recibo llamadas amenazantes de los pillos banqueros, que no tengo casa propia, que apenas salgo apuradamente con mis gastos, que no recibo el respeto ni los reflectores de nadie. No no no, yo no quiero eso para mis hijos. Yo quiero que al menos tengan dudas sobre nuestra ley, sobre lo ético, para que en el futuro no terminen poniendo un sellito en una descascarada mesa gris del Correo en el palacio federal. No. Quiero que si algún día a mi hijo le dicen “mire, inge, o mire, licenciado, firme el contrato y le toca lo que hay en este sobre”, él dude y tal vez elija bien. Nadie lo va a ver, nadie lo va a saber, y si lo ven y lo saben en su comunidad, de todos modos saludarán a mi hijo con respeto, porque tendrá dinero.
Así es en México, y en Torreón ni qué decir. El respeto se gana con dinero. No hay de otra. Aquí la gente no tiene cultura, es pura raza chismosa, chirinolera. ¿O crees que todos esos burros te admirarán si no convives con ellos al tú por tú en sus clubes? ¿Crees que sus esposas no miran primero el coche de la amiga antes de saludarse? ¿Crees que no eligen una escuela en función de las colegiaturas? ¿Cómo crees que se manejan esas gentes? ¿Por mera simpatía? No, hermano, me disculpas. Es la plata lo único que importa, y para llegar a ella no hay ley ni ética que les importe.
Mi amigo de la prepa tiene razón. Ya me volé el primer rojo: quiero progresar.

miércoles, diciembre 12, 2007

Diez años sin nieve



Hoy hace diez años amanecimos con nieve en La Laguna. Parece que fue ayer, como dice un compositor yucateco que canta horriblemente. A nuestra parda y aburrida geografía urbana la adornó, por fin y luego de varias décadas, el manto blanco que en la publicidad es símbolo navideño y que aquí, entre nosotros, sólo podemos imitar, siempre con tufo naive, siempre fallidamente, por medio de bolijas de nieve seca o cierta esponja artificial añadida a los nacimientos. Pero el 12 de diciembre de 1997 los laguneros vimos el despertar del día con inolvidables ojos. Aunque mugrosotas, las calles de nuestra región tenían algo de postales nórdicas. Una preciosidad que todos o casi todos celebramos con fotos familiares al aire libre, con monos de nieve, con (por fin) verdadero aroma a navidad primermundista.
Cómo ha cambiado el país en estos diez años. Zedillo estaba a la mitad de su sexenio y el zapatismo del sub Marcos todavía manifestaba sus ardores a plenitud. Se puede decir que la sangre de Colosio se mantenía fresca, que Lomas Taurinas había sido borrada del mapa para aniquilar toda pista. Por esas fechas deambulaban como personajes de moda Francisca Zetina, alias La Paca, y Pablo Chapa Bezanilla; se hablaba mucho de El Encanto, de Muñoz Rocha, del hermano incómodo. La masacre de Acteal estaba cerca.
Zedillo terminó a los barquinazos, aunque sin tantos sobresaltos como su siniestro antecesor. Fox venía en camino. En 2000 arrasó y se dio la transición pactada, el acuerdo empresarial pasado de contrabando como cambio de estafeta política. Nada varió, como hemos visto: las políticas económicas eran las mismas, o más feroces incluso, que las de Salinas, y el saldo de pobreza en el país siguió creciendo. Las fortunas, mientras tanto, de los Slim, de los Azcárraga, de los Servitje, de los Zambrano y anexas no fueron tocadas ni en un pelo. Al contrario, los grandes y los medianos ricos del país han visto crecer sus haciendas mientras la franja de la miseria se ha ensanchado. El país es un gran pastel; las migajas siempre han sido para los jodidos, como el Tigre Azcárraga nos denominó con empresarial sinceridad.
A Fox se le hizo bolas todo, pero la presidencia es la presidencia y como sea, al mayor costo, impuso la continuidad del régimen adecuado al interés empresarial. El país regresó a la época de las cavernas. Hoy estamos en ellas, sin mucha fe en el futuro y viendo el espectáculo degradante de la política y sus actores. Increíblemente, porque la presidencia es la presidencia, Calderón está allí, como bebesaurio con pecado original concebido, y gracias al poder de su investidura ha vuelto a controlar su PAN con una imposición que no le pide nada al vetusto PRI.
En educación, en salud, en seguridad pública, en cultura, en turismo, en justicia, en vivienda, en casi todo andamos mal. Lo que hay, como el servicio telefónico o las carreteras de cuota, es cobrado al doble o al triple de lo que cuesta en cualquier otro país. No hay mucho lado para dónde hacerse. Han pasado diez años desde la nevada y al menos a quien esto escribe le parece una década perdida. Pero eso sí: los críticos más feroces de quienes desean un cambio ahora se ensañan contra la Gordillo y la culpan del desastre educativo. Quién los entiende. Por qué no dijeron eso cuando maniobró descaradamente por Calderón. Ahora ya no sirve.