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miércoles, noviembre 16, 2022

Hijas legítimas

 










Hay palabras que esconden muy mal a otras palabras, es decir, que dejan ver con claridad de dónde derivan. Es el caso, baste este pobre ejemplo, de “cuaderno”, que a las claras deja ver que se refiere a “cuatro”, a “cuadro”, por sus lados (no así de “senado”, que logra ocultar muy bien su origen en “senex”, “senil”, “viejo”). Y así varias de uso común en las que, creo, no reparamos mucho para advertir que son como hijas legítimas, evidentes, de una palabra matriz. Traigo diez ejemplos de palabras que son hijas evidentes de otras.

Caminar. Este verbo tiene que ver con una acción que desarrollamos por el “camino”, de donde se origina.

Carretera. Parecida a la anterior, tiene que ver con “carreta”, con “carro”.

Circo. Es palabra de origen latino, y deriva de “círculo”, que era la forma que tenía el circo romano como edificación. Es la misma idea presente en “ring”, “anillo”, que pese a que hoy tiene forma cuadrada en el box y la lucha libre, se le sigue llamando “ring”.

Mareo. Es la sensación de navegar en el mar. A los mapas antiguos les llamaban “cartas (de ahí ‘cartografía’) de marear”, o sea, mapas para andar en el mar. Una palabra similar es “náusea”, que es el sentimiento de asco producido por navegar en una “nao”, en una embarcación. De allí también se forma “náufrago”, de “nao”, “nave”, y “frangere”, “romper”. “Frangere” también genera “frágil” y “fragmento”.

Pelear. Agarrarse de los “pelos”, eso es “pelear”.

Persianas. Objeto derivado de la palabra “Persia”, pues allá se supuso su origen.

Portada. La “portada” es la “puerta”, en este caso de un libro.

Secretario. En la palabra “secretario” está “secreto”, por la relación de confidencialidad que debe mediar entre un secretario y su jefe.

Tenedor. Vemos aquí el verbo “tener”, “detener”. A los contadores de antes les llamaban “tenedores de libros”.

Ventana. Tiene un obvio aire de “viento”. La ventana es por donde pasa el viento.

miércoles, mayo 05, 2021

Palabras para regarla

 

















En el habla cotidiana e incluso en la escritura hay una permanente filtración de errores provocados sobre todo por la falta de esmero. Son varios y de muy variada índole. Para no demorar su ejemplo, cito sólo quince casos útiles para regarla.

El adjetivo “álgido”, que significa frío, suele ser usado para enunciar lo contrario: “Estaba en el momento más álgido del combate”, un lugar común, por otro lado. Si bien la RAE admite su uso como “periodo crítico o culminante”, por su etimología (cercana a “gélido”) da una idea incongruente. Lo propio sería, tal vez, el “momento más tórrido del combate”.

Pingüe (abundante, copioso) es una palabra asombrosa. También es adjetivo, y algo tiene que obliga a pensar en pequeñez. La frase hecha es “obtuvo pingües ganancias”, donde significa “abundantes”, no “escasas”.

Una vez escribí “ilación” (“si seguimos la ilación de este argumento…”) y me indicaron que faltaba la “h” de “hilo”. No es así. Viene del latín “illatio” y significa “Acción o efecto de inferir una cosa de otra”.

Con tenaz frecuencia es mal usado el verbo “infligir” (“causar daño” o “aplicar un castigo”) y se permuta por “infringir” (“quebrantar leyes, órdenes”).

“Haber qué pasa” se usa erróneamente como verbo y no como locución adverbial (“a ver”): “Vamos a ver [a mirar] qué pasa”. Pese a ser monstruosa, esta pifia es de uso común en las redes sociales.

“Cónyuge” (que etimológica y trágicamente significa “compartir el mismo yugo”, cum, con+iugum, yugo) suele ser pronunciada “cónyugue”, con “u” intermedia. Hay que evitarlo y pronunciar la “g” como “j”.

Es despiadadamente usual que la interjección “ay” (“¡Ay, me pegué!) sea escrita con “h” inicial, como si derivara del verbo haber: “Hay manzanas”. Un horror.

Al adverbio “sobremanera” (“en extremo, muchísimo”), usado frecuentemente en la escritura que desea parecer culta, suele anteponerse la preposición “de”: “Me interesa de sobremanera”. Hay que quitarla: “Me interesa sobremanera”.

La locución adverbial “sobre todo” es escrita sin espacio intermedio: “sobretodo”, correcta cuando nos referimos a la prenda que lleva ese nombre: “Se puso el sobretodo y salió a la calle”. Cuando cumple funciones de adverbio es necesario separar: “Dijo sobre todo que no compraría un sobretodo”.

Dado que en el mundo académico mexicano hay facultades de Filosofía y Letras, algunos creen que son una sola carrera: “Quiero estudiar Filosofía y Letras”. Lo recomendable en todo caso es estudiar Filosofía o Letras, pues son dos carreras distintas.

“Adolecer” no es sinónimo de “carecer”: “Esa escuela adolece de buenos maestros”. Mal. El significado más puntual de “adolecer” es “tener o padecer algún defecto”: “Ese médico adolece de negligencia”.

Alguna vez me dijeron que el Che Guevara era “reaccionario”, “porque reaccionó contra el imperialismo”. En el lenguaje de la política, la palabra “reaccionario” designa algo diametralmente opuesto al Che: “que tiende a oponerse a cualquier innovación”, casi como sinónimo de “conservador”.

Incluso a maestros he oído conjugar mal el verbo “forzar”: “Esto nos forza a cambiar”. Así parece italiano. Lo correcto es conjugarlo como se conjuga el verbo “colgar”: “cuelga” [note la “u”], no “colga”. “Esto nos fuerza [note la “u”] a cambiar”. Al verbo “soldar” le pasa lo mismo: no es “solda”, sino “suelda”: “Si el hueso no suelda, volveremos a operar”.

Al verbo “echar” con frecuencia se le adhiere “h” inicial. Tremendo yerro, pues nada tiene que ver con el verbo “hacer”: “Me voy a echar un café”. Las frases con este verbo suelen ser toscas: “Estaba echado en el piso”, “Se echó un pedo” y otras de peor envergadura.

“Control” y “carácter” son dos palabras a las que solemos cambiar la sílaba tónica. No es infrecuente oír, por influencia del inglés, “cóntrol”, y “caracter” quizá porque en plural el acento se le recorre una sílaba, “caracteres”. En todo caso, siempre debemos decir “control” (“Control-alt-suprimir”) y “carácter” (“A mi teclado se le estropeó el carácter ‘a’”).