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miércoles, mayo 05, 2021

Palabras para regarla

 

















En el habla cotidiana e incluso en la escritura hay una permanente filtración de errores provocados sobre todo por la falta de esmero. Son varios y de muy variada índole. Para no demorar su ejemplo, cito sólo quince casos útiles para regarla.

El adjetivo “álgido”, que significa frío, suele ser usado para enunciar lo contrario: “Estaba en el momento más álgido del combate”, un lugar común, por otro lado. Si bien la RAE admite su uso como “periodo crítico o culminante”, por su etimología (cercana a “gélido”) da una idea incongruente. Lo propio sería, tal vez, el “momento más tórrido del combate”.

Pingüe (abundante, copioso) es una palabra asombrosa. También es adjetivo, y algo tiene que obliga a pensar en pequeñez. La frase hecha es “obtuvo pingües ganancias”, donde significa “abundantes”, no “escasas”.

Una vez escribí “ilación” (“si seguimos la ilación de este argumento…”) y me indicaron que faltaba la “h” de “hilo”. No es así. Viene del latín “illatio” y significa “Acción o efecto de inferir una cosa de otra”.

Con tenaz frecuencia es mal usado el verbo “infligir” (“causar daño” o “aplicar un castigo”) y se permuta por “infringir” (“quebrantar leyes, órdenes”).

“Haber qué pasa” se usa erróneamente como verbo y no como locución adverbial (“a ver”): “Vamos a ver [a mirar] qué pasa”. Pese a ser monstruosa, esta pifia es de uso común en las redes sociales.

“Cónyuge” (que etimológica y trágicamente significa “compartir el mismo yugo”, cum, con+iugum, yugo) suele ser pronunciada “cónyugue”, con “u” intermedia. Hay que evitarlo y pronunciar la “g” como “j”.

Es despiadadamente usual que la interjección “ay” (“¡Ay, me pegué!) sea escrita con “h” inicial, como si derivara del verbo haber: “Hay manzanas”. Un horror.

Al adverbio “sobremanera” (“en extremo, muchísimo”), usado frecuentemente en la escritura que desea parecer culta, suele anteponerse la preposición “de”: “Me interesa de sobremanera”. Hay que quitarla: “Me interesa sobremanera”.

La locución adverbial “sobre todo” es escrita sin espacio intermedio: “sobretodo”, correcta cuando nos referimos a la prenda que lleva ese nombre: “Se puso el sobretodo y salió a la calle”. Cuando cumple funciones de adverbio es necesario separar: “Dijo sobre todo que no compraría un sobretodo”.

Dado que en el mundo académico mexicano hay facultades de Filosofía y Letras, algunos creen que son una sola carrera: “Quiero estudiar Filosofía y Letras”. Lo recomendable en todo caso es estudiar Filosofía o Letras, pues son dos carreras distintas.

“Adolecer” no es sinónimo de “carecer”: “Esa escuela adolece de buenos maestros”. Mal. El significado más puntual de “adolecer” es “tener o padecer algún defecto”: “Ese médico adolece de negligencia”.

Alguna vez me dijeron que el Che Guevara era “reaccionario”, “porque reaccionó contra el imperialismo”. En el lenguaje de la política, la palabra “reaccionario” designa algo diametralmente opuesto al Che: “que tiende a oponerse a cualquier innovación”, casi como sinónimo de “conservador”.

Incluso a maestros he oído conjugar mal el verbo “forzar”: “Esto nos forza a cambiar”. Así parece italiano. Lo correcto es conjugarlo como se conjuga el verbo “colgar”: “cuelga” [note la “u”], no “colga”. “Esto nos fuerza [note la “u”] a cambiar”. Al verbo “soldar” le pasa lo mismo: no es “solda”, sino “suelda”: “Si el hueso no suelda, volveremos a operar”.

Al verbo “echar” con frecuencia se le adhiere “h” inicial. Tremendo yerro, pues nada tiene que ver con el verbo “hacer”: “Me voy a echar un café”. Las frases con este verbo suelen ser toscas: “Estaba echado en el piso”, “Se echó un pedo” y otras de peor envergadura.

“Control” y “carácter” son dos palabras a las que solemos cambiar la sílaba tónica. No es infrecuente oír, por influencia del inglés, “cóntrol”, y “caracter” quizá porque en plural el acento se le recorre una sílaba, “caracteres”. En todo caso, siempre debemos decir “control” (“Control-alt-suprimir”) y “carácter” (“A mi teclado se le estropeó el carácter ‘a’”).


sábado, septiembre 13, 2008

De escritura y desprecio



Ignoro si hago mal, pero considero a los lectores como corresponsales. No es raro que sus cartas me acerquen algo nuevo, textos, opiniones, anécdotas, comentarios que en muchos casos no resisto la tentación de compartir. Hace poco, mi ex compañero de trabajo en la UIA, el maestro y experto en finanzas Heriberto Ramos, me mandó un artículo muy interesante; lo escribió Rafael Pampillón: “… las empresas francesas valoran cada vez más en la selección de personal la expresión escrita debido a que las empresas y las nuevas generaciones circulan por carriles opuestos en ese mundo. Con Internet y los SMS, son muchos los jóvenes que se han acostumbrado a un modo de expresión sumario y aproximativo, sin rigor ortográfico. (…) Pero el mundo del trabajo exige saber expresar con precisión lo que se quiere comunicar, por lo que las empresas se muestran cada vez más atentas y exigentes en el dominio de la lengua, escrita y oral. Esto ha llevado en Francia a que algunas escuelas de ingenieros vuelvan a practicar el dictado, para responder a lo que piden las empresas: que los estudiantes mejoren la calidad de su expresión escrita. El dominio de la ortografía y de la sintaxis no es una exigencia puramente escolar, sino la base de la eficacia profesional. Las empresas hacen hincapié en que incluso para tareas de tipo técnico, no basta dominar las herramientas científicas, Windows o internet. Hay que saber dialogar con los clientes, redactar informes y precisar contratos. De ahí que las empresas atiendan y valoren cada vez más la capacidad de expresión tanto en la selección de los candidatos a un empleo como en la formación del personal. La respuesta a una oferta de empleo es tanto más convincente cuanto mejor esté redactada, con claridad y palabras precisas. Hay empresas en las que en las sesiones de reclutamiento los candidatos deben superar un examen escrito, para verificar sus capacidades lógicas y de redacción”.
Hasta allí las palabras de Pampillón compartidas por Ramos. Con impotente alarma he dicho, a mi modo, algo parecido en varias oportunidades. En síntesis, mis afirmaciones entroncan con la posición de los especialistas, a quienes sigo: los cambios son parte inherente de la capacidad humana para comunicarse, y el español de hoy, baste ese ejemplo, no es el mismo del Cid. Las lenguas sufren metamorfosis, nacen, se desarrollan y mueren a velocidades muy variables. Al español le ha costado poco más de un milenio ser lo que es: una lengua madura, rica, elástica, capaz de comunicar lo concreto y lo abstracto con eficacia y belleza. De las glosas emilianenses, que son consideradas español en estado larvario, a Borges; Reyes, Carpentier y García Márquez hay una hermosa historia escrita (o “escrita”) lo mismo por Cervantes que por un misionero de Cuba, un amanuense de Nueva España, un soldado del Río de La Plata, un abogado de Bogotá, un taxista de Montevideo, una enfermera de Lima y un arriero de La Laguna. Toda esa heroica historia se está yendo al caño, sobre todo, con la dictadura del chat y de la “redacción” hiperabreviada. Los cambios no son negativos, pero si son vertiginosos e irracionales, como los que evidencia la escritura chatera, terminarán en poco tiempo por impedir que la razón se exprese, pues ella no tiene otro vehículo que no sea la palabra, la palabra hecha pedazos por el desapego que en la actualidad nos merece nuestra lengua.
Pepe de la Torre, otro de mis lectores/interlocutores, celebró ayer que a la era de Marcelo el del DF le llamé “ebrardato”. Me da gusto que alguien escriba todavía para aplaudir una palabra burlonamente fina. Luego De la Torre me compartió una joya, aunque para apreciarla sea menester ponerla en contexto. Un albañil, con luminosa ignorancia y sin extraviar la potencia de nuestro caló, dejó este recado al contratista: “La mácina no gala ta godida”. Precioso, un diamante como tantos otros que podemos leer o acuñar en el español culto o el populachero, que los dos valen igual, siempre y cuando los queramos.