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sábado, agosto 07, 2021

Tres alegres laguneros

 







Vi los seis juegos de la selección mexicana en las olimpiadas, todos en horario de menudero. El de ayer, por ejemplo, comenzó a las cuatro de la madrugada y terminó exactamente a las seis con la victoria por 3 a 1 de México contra Japón. Escribo esto, pues, en modo zombie, más lejos de la cordura que en días de sueño normal. Para despertar no fue necesario programar el ruido del teléfono dizque inteligente, pues poco antes de su aviso se desató en La Laguna una tormenta de extraordinario ritmo en términos de volumen y duración. En el desierto donde vivo no estamos acostumbrados a tanta agua, así que me levanté para revisar posibles estragos. No había goteras ni nada semejante, de manera que me apoltroné frente al televisor con la esperanza de que nuestro equipo se agenciara la de bronce.

De inmediato noté que México jugaba muy distinto al primer choque contra los mismos nipones. Como compartieron grupo, en el segundo partido los aztecas se toparon con los anfitriones y fueron exhibidos sobre todo durante el primer tiempo. Ese día los nuestros perdieron 2-1, pero como habían arrasado a Francia (4-1), a Sudáfrica (3-0) y a Corea del Sur (6-3), llegaron a la semifinal contra Brasil, en la que cayeron por la fatídica —para México— vía de los penales. Perder contra los sudamericanos esfumó la esperanza de medalla de oro/plata para nuestro país, y abrió la puerta a la posibilidad de obtener bronce contra, otra vez, los japoneses. Por suerte, los orientales recién habían jugado dos agotadores partidos hasta los tiempos extras, de modo que, predijo el periodismo, llegarían cansados al segundo encuentro contra los descendientes de Cuauhtémoc, mexicanos por fortuna.

Los especialistas no se equivocaron: el equipo japonés fue otro en el nuevo desafío. Conservaba la técnica y el ánimo que lo caracteriza, pero las piernas de sus samuráis acusaban una merma notable en velocidad. Takefusa Kubo, su mejor hombre, un atacante con la complexión física del actor y cantante Joselito, ya no fue decisivo. Todavía no habían pasado ni quince minutos de partido cuando los mexicanos, con penal cobrado por Córdova, ya iban 1-0. El 2-0 no tardó en llegar, esta vez mediante un certero cabezazo de Vásquez. Así se fueron al segundo tiempo, y ahora Alexis Vega, con otro remate de testa, puso los cartones 3 a 0. Faltaba media hora para terminar el juego y México tenía casi asegurada la medalla en disputa, pero todavía los japoneses hicieron algunos intentos que sólo redituaron un tanto. Entre las limitaciones físicas de los nipones y el buen desempeño de los mexicanos, cayó otra medallita para nuestro país, nada mal.

Me dio gusto en general el trabajo de los dirigidos por Jaime Lozano. Sólo en el primer partido contra Japón tuvieron un bache censurable, así que es una presea alcanzada a punta de esfuerzo y buen futbol. Ahora bien, el gusto general aumenta si lo particularizo: tres de los once jugadores mexicanos que terminaron el partido ayer son laguneros: uno de Torreón, uno de Gómez Palacio y uno de San Pedro de las Colonias, es decir, respectivamente, Jorge Sánchez, Uriel Antuna y Eduardo Aguirre, todos con pasado santista, además.

Luego del papelón de los mexicanos en la Copa Oro, es cierto que la selección grande podría asimilar refacciones de la que asistió a Tokio. Si así será, ojalá que puedan figurar allí los tres alegres laguneros de cuyos pescuezos penden hoy tres flamantes medallas.


miércoles, agosto 04, 2021

Admirables atletas

 











A mediados de 1976 recién había cumplido una docena de años y hervía en mi interior una gran pasión por el deporte en sus dos vertientes: como practicante y como espectador. En el primer caso, es obvio que entre las limitaciones materiales, la falta de orientación y la pobreza de facultades innatas mi desempeño no iba a dar para mucho más que no fuera el deporte amateur donde, pese a las mencionadas precariedades, algo destaqué en futbol y quizá en natación. A la pelota jugaba en la calle y en la escuela, y practiqué intuitivamente nado en las albercas Alejandra y Konabay, ambas de mi natal Gómez Palacio. Nunca pasé de ser un deportista del montón, ubicable en rendimiento apenas una rayita arriba de la mediocridad, y siempre, hasta hoy, he sospechado que con un poco más de disciplina y asesoría mis resultados hubieran sido menos grises.

En el caso de mi desempeño como espectador he sido desde muy joven un terco admirador de la excelencia deportiva, y aunque no trabajo en la prensa del ramo creo no ser incompetente para hablar, aunque sea grosso modo, de disciplinas atléticas diversas. Los primeros olímpicos que vi completos, y con devoción, fueron los de Montreal 76, juegos en los que se encumbró la figura hermosísima de Nadia Comaneci. Fue tal el mazazo dado por la rumana que muchos nos enamoramos de ella y comenzamos a entender las pruebas y ciertas reglas de la gimnasia (en otros olímpicos me enamoré de su compatriota Ecaterina Szabo, también medallista).

Por aquellos años reverdeció en México el fervor por las competencias de marcha, pues Daniel Bautista —heredero de las glorias del sargento Pedraza— ganó oro en Montreal, y en Los Ángeles, ya hacia el 84, Raúl González y Ernesto Canto le dieron a nuestro país sendas veneras de oro en 20 y 50 kilómetros. No es mucho lo que podemos enumerar en materia de medallas (Carlos Girón y Jesús Mena en clavados, Soraya Jiménez en halterofilia, la selección de futbol en Londres 2012…), y por esto siempre es grato recordar aquellas hazañas.

Sin embargo, no sólo son dignos de admiración y memoria quienes se han colgado preseas de cualquiera de los tres metales. Cierto que podemos sentir frustración al ver que nuestros competidores se quedan a veces muy lejos de las medallas, pero no debemos ser injustos. Hay competidores que no las ganaron, como Alejandro Cárdenas y Ana Gabriela Guevara, y alcanzaron una calidad atlética indiscutible. Es el caso también, ahora, de Alexa Moreno, Rommel Pacheco y muchos deportistas mexicanos más que en lugar de críticas deberían recibir aplausos.

Sólo reflejan una brutal miserabilidad quienes no toman en cuenta la calidad de los deportistas que llegan a las olimpiadas. Ya sea por genética (en velocidad) o por presupuesto (los países desarrollados) muchos atletas de otras naciones nos sacan ventaja, e igualmente deben, como cualquier otro deportista del mundo, renunciar a la normalidad para entregar su vida a una práctica concreta en la que sus rivales harán lo mismo: dedicarse por completo a una disciplina con la ventaja de gozar mejor infraestructura y más apoyos.

En suma, fustigar frente a la pantalla, afirmar que tal o cual atleta debió hacer esto o aquello, es muy fácil. Lo complicado es ejecutarlo in situ frente a monstruos que corren, brincan, lanzan y en general se desenvuelven en sus disciplinas como lo que son: los mejores del planeta.

Ya hubiera querido yo asistir a unas olimpiadas. No como atleta, sino de perdida como espectador, así que prefiero reconocer a nuestros deportistas en vez de lamentar, en ocasiones con necia burla, que no traigan medallas.