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miércoles, mayo 14, 2025

Adiós a la noche









En uno de sus varios consejos al joven novelista, Leonardo Padura comparte la necesidad de tener buena condición física. Es una recomendación que puede parecer extraña, incluso fuera de lugar y ciertamente incomprensible para quienes no escriben. ¿Buena condición física para escribir?, se preguntarán, y de inmediato aparecerá en sus cabezas la imagen de un escritor en el acto de escribir, es decir, sentadote frente a una computadora. La conclusión entonces será inmediata: es una actividad sedentaria, lo que menos necesita es buena condición física.

No es por nada, pero cuando la escuché de Padura creo que no me sorprendió. Acepté sin chistar que el cubano tenía razón: un escritor necesita fortaleza corporal para desempeñar su chamba. Obviamente no se refirió a la escritura esporádica, sino a la que implica esfuerzos intensos y continuos, como el de urdir una novela o un ensayo ambiciosos. En estos casos, la postura del cuerpo y el desgaste mental tienen un raro efecto de fatiga, una sensación de merma similar a la que deja haber corrido, pero sin sudor.

En una de sus muchísimas páginas, Enrique Serna comenta que “Entre los 25 y los 30 años uno puede ser un lector apasionado y un escritor exigente consigo mismo, sin renunciar a emborracharse dos o tres veces por semana; después la vida nos obliga a elegir entre la caída en picada o la disciplina. Para bien o para mal, yo elegí la mesura epicúrea, pero siempre sentiré nostalgia por el dulce vértigo de esos años eufóricos en los que me creía invulnerable”. En efecto, hay una etapa de la vida literaria en la que se puede, como en la vida no literaria, combinar el trabajo con los excesos. Lamentablemente, es efímera, pues pronto el cuerpo avisa que las desveladas y la fortaleza del siguiente día son incompatibles, y es allí cuando uno, como anota Serna, debe elegir.

Entre los treinta o treinta y cinco vi el parteaguas. Nunca me sentí notablemente apto para las juergas del mundillo literario, pero participé de ellas con frecuencia y gusto. Pero pasó que recibí los avisos: el cuerpo ya no se recuperaba igual, y poco a poco evolucioné hacia la negación de cualquier desvelada, incluidas las que se pueden tener en casa. A esto añadí una cuota diaria de ejercicio al menos ligero y buena alimentación. Esto no garantiza escribir más ni mejor, pero al menos permite que uno opte por sentarse y no por terminar noqueado, horizontal, sobre la cama. En algo ayuda la buena condición al ejercicio de escribir.

miércoles, julio 01, 2020

Tres cuentos "laguneros"












Usé comillas en el encabezado para insinuar que aquí debemos percibir algo raro en el gentilicio “laguneros”. En efecto, hay una rareza: que deseo referirme en estos párrafos a tres relatos ubicados en nuestro contexto pero escritos por tres escritores foráneos. Es decir, son laguneros no por el origen o la radicación de los autores, sino por el ambiente en el que las historias fueron ubicadas. Los cuentos son “Floreal”, de Alfonso Reyes; “Gómez Palacio”, de Roberto Bolaño, y “La vanagloria”, de Enrique Serna. Procedo a sobrevolarlos.

En “Floreal”, que conozco desde hace al menos 25 años, encontramos una estampa narrativa que juega con la memoria personal y la fantasía. Fue escrito en Madrid hacia 1915, cuando aún estaba fresco el ramalazo de la Decena Trágica y Reyes se sintió impelido a salir del país primero a Francia y de allí a España. Mientras se las veía negras para sobrevivir, el regiomontano tomó la pluma y recordó una escena que seguramente vio de cerca en alguno de sus trayectos desde Monterrey a la Ciudad de México. El texto es breve, de apenas una página y media, y en él evoca a una mujer con la que se cartea. Describe la zona del Torreón viejo, las vías y la estación del tren, los comercios y el hotel que comenzaron la expansión de la ciudad, desde la famosa Casa del Cerro hacia el oriente, todo polvoso y con mucha población gringa y china, cuando Torreón todavía era un lugar de paso. Puede ser ésta una de las primeras reconstrucciones literarias de la atmósfera lagunera.

Otro cuento que trabaja explícitamente con el espacio lagunero es “Gómez Palacio”, del chileno Roberto Bolaño. Sobre este texto, en 2005 escribí y publiqué un comentario que de momento no sé dónde conservo. El cuento fue publicado por Bolaño en 2001, pero sitúa sus acciones hacia mediados de los setenta, época en la que aún vivía en nuestro país. En aquel momento la Casa de la Cultura gomezpalatina recién había sido estrenada y tenía muchos talleres en acción, entre ellos el de literatura que durante varios años coordinó el poeta zacatecano José de Jesús Sampedro. Menciono esto porque la anécdota del cuento pasa por aquí: un joven escritor recibe la invitación de hacer un viaje de trabajo en el norte. Se trata de una oportunidad no muy favorecedora, así que la asume por necesidad y con resignación. Luego de pasar por San Luis Potosí, Monterrey, Saltillo y Durango, el instructor literario debe hacer su última parada en Gómez (así le decimos acá a Gómez Palacio). De entrada, al protagonista le suena horrible el nombre de la ciudad. Es atendido por una directora gordezuela y de ojos saltones, poeta y parlanchina. El protagonista narra su desolación en el desierto, la certeza de estar viviendo un conato de pesadilla en una ciudad condenada a la mediocridad. “Gómez Palacio” fue incluido por Bolaño en el libro Putas asesinas, de Anagrama.

“La vanagloria”, de Enrique Serna, es otro cuento con telón de fondo lagunero. Fue publicado hacia 2013 en La ternura caníbal, del sello Páginas de Espuma. Narrado también en primera persona, cuenta un momento en la vida de Juan Pablo, joven profesor de secundaria y poeta. Tras recibir un espaldarazo de Octavio Paz, se esponja como pavorreal; sin embargo, pronto, tras perder la carta enviada por el premio Nobel, se le viene encima un alud de críticas perpetradas por el salvaje mundillo literario de Torreón. Espléndidamente narrada, como todo en Serna, vemos en la historia que Juan Pablo entra en una espiral de paranoia megalomaniaca que al final encuentra algo parecido al equilibrio hasta deshacer los nubarrones trágicos.

Si armara una antología de cuentos laguneros de no laguneros, sin duda metería estas tres historias. Échenles un ojo cuando puedan.

jueves, diciembre 24, 2009

Giros de Enrique Serna



Fui con toda conciencia al pabellón de Cal y Arena de la FIL 2009. Buscaba novedades de Rubem Fonseca, José Joaquín Blanco y Enrique Serna. Del último compré Giros negros, compilación de sus colaboraciones publicadas en la columna homónima de la revista Letras Libres. Como ya había leído muchas de las que ahora están arracimadas en libro, sabía perfectamente lo que me deparaba una lectura lineal y rápida gracias al asueto decembrino: la columna de Serna, como todo lo que escribe, es siempre un placer. Lo es por su inteligencia, por su estilo, por su erudición, por el malicioso desenfado de sus enfoques, por toda la experiencia callejera y libresca que irradia cada uno de sus párrafos.
Parece que exagero, pero desafío al más escéptico de los lectores que no conozca a Serna para que lo lea y luego afirme que lo aburrió o le pareció pesado. Sé que ocurrirá lo contrario, que este escritor chilango nacido en 1959 es, por la reciedumbre de su prosa, uno de los mejores, acaso el mejor, de su generación, un verdadero tigre para estos mambos. Su obra novelística no deja mentir, pues poco a poco se ha colocado entre los más destacados narradores mexicanos desde su arranque en Uno soñaba que era rey hasta Fruta verde. En Torreón tuve la fortuna de presentar Ángeles del abismo, historia que es, junto a El seductor de la patria, su trabajo de mayor calado.
Su vigorosa narrativa no empaña el valor que tiene en este caso el ofrecimiento que nos hace en Giros negros. Antes bien, el periodismo que ha ejercido como reseñador, articulista, cronista y columnista cultural es macizo complemento de una obra que pasma por su pareja calidad. Serna es, para acabar pronto, uno de esos escritores que difícilmente nos entrega una página sin músculo. Aunado a su intuición, aunado a su voraz pasión de lector, su esmerado vagabundismo lo ha llevado a convertirse en experto de todo aquello que tenga sabor a calle y luz neón. Por eso las páginas de Giros negros hacen un agudo recuento de las características y la evolución que en el deefe han tenido los giros negros, es decir, aquellos sitios en los que el alcohol y el sexo son los principales ingredientes de la noche.
En total sumas 57 piezas divididas en ocho secciones: “Vida disipada”, “Apología del pecado”, “Ejercicios espirituales”, “Radiografía del lenguaje”, “En defensa propia”, “Transgresores de oficio”, “Delitos contra la salud mental” y “Podredumbre”. Algunos segmentos insinúan desde su título lo que campea en todo el libro: la fina ironía o, más frecuentemente, el talante corrosivo de un observador nada contento con las miserias que saltan a su paso como andarín del mundo, de los libros y de los medios de comunicación. Serna es un observador perruno, un escritor de acero y con vista de Rayos X. La sensiblería, por ello, no se le da, y todo lo que afirma es apoyado en argumentos que no por subjetivos dejan de parecer, gracias a la cabrona contundencia de su prosa, verdades inobjetables.
En Serna el sentido del humor no está reñido con la inteligencia. De hecho, su confesa acritud lo haría tal vez intragable si no fuera porque todo lo que escudriña es ferozmente pasado por el tamiz del humor. Siempre hay en él un guiño, una sonrisa malévola de ilustrado francés que por más que escriba en serio no permite que sus ideas queden enganchadas en el almidonamiento. Ahora bien, el humor no llega nunca a desbordarse ni rayar en el chistoreterismo fraseológico y hueco que tal vez divierta, pero no propone ni sustenta nada. Serna mantiene esa exquisita tensión que algunos periodistas/escritores han llegado a dominar y que consiste en sonreír criticando, o criticar sonriendo, a la manera (con sus diferencias) de Sheridan, JJ Blanco, De la Borbolla, Villoro o Fadanelli, por citar sólo a cinco contemporáneos (o casi contemporáneos) de Serna que igualmente saben reír sin renunciar un solo renglón a la malicia crítica.
¿Qué temas aborda Serna en Giros negros? Responder a eso es difícil en una reseñita, pues su unidad está en el estilo y el enfoque, no en la temática. Se puede decir, sin embargo, que en todo caso hay en Serna un antropólogo-lingüista-sociólogo-comunicólogo-historiador-noctámbulo autodidacto, pues aborrece las poses de la flemosa academia. En su columna da la impresión de que entró en todo y de todo salió con una opinión original y bien escrita, la mayor parte de las veces apuntalada en referencias tomadas de libros muy bien digeridos. ¿Un ejemplo? Abundan, como en el texto “Diálogo en el vacío”: “Hace poco, en una reunión de amigos cuarentones, nuestros hijos adolescentes formaron un corrillo aparte. Todos ellos son gente sociable y amiguera, pero en vez de charlar entre sí, la mitad del tiempo hablaban por celular o mandaban recados escritos a otros amigos distantes, que a su vez ignoraban a sus interlocutores cercanos. Las palomillas de nuestra época son reuniones de autistas que están en otra parte mientras un espacio físico con sus cuates”.
Serna confirma en Giros negros el poder de su palabra y el filo de su observación. Es un tipo pensante y divertido, uno de esos sujetos que desgraciadamente ni abundan en nuestros paraísos de la solemnidad.
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Libros laguneros
No estaría mal que nos diéramos una vuelta a las librerías del Teatro Martínez (Matamoros y Galeana), a la Punto y aparte (Morelos y Colón) o a la Terrazza de Cuatro Caminos. Hay allí libros de laguneros, entre ellos algunos míos, que tal vez puedan servir como regalos navideños. Como decía Agustín Lara: “Piedad, piedad por los que sufren”.