domingo, septiembre 04, 2016

El cuento y el éxtasis












Mi paisano y admirado amigo Vicente Alfonso me hizo la siguiente entrevista sobre Ojos en la sombra (Conaculta, 2015). A poco más de un año de la publicación del libro en la colección El Guardagujas, estas fueron mis respuestas.

—¿Nace Ojos en la sombra como un proyecto o es una compilación de relatos que surgen de forma independiente?
—La escritura de los diez cuentos que componen Ojos en la sombra se dio en mi periodo más productivo como cuentista: de 2000 a 2004. En ese lustro armé seis libros de cuento, dos de ellos todavía inéditos. Luego, en 2005, tuve la suerte de recoger algún fruto, pues en una semana de octubre recibí la noticia de que gané tres premios nacionales, el de San Luis Potosí entre ellos. O sea, el esfuerzo no estuvo tan mal encaminado pese a que es un género casi marginal, ajeno al glamour de las editoriales poderosas. Recuerdo que al escribir los cuentos pensaba en proyectos más o menos compactos: Leyenda Morgan sería un libro de cuentos policiales; Arte de miniaturía (inédito) y Monterrosaurio, de microrrelatos; hay otro inédito con cuentos dizque sexosos; donde tuve problema fue con una tanda de veinte relatos con tema intelectualoide. Era un libro gordo e inmanejable, así que decidí partirlo en los dos que ahora son Las manos del tahúr (publicado por Ficticia) y Ojos en la sombra (publicado por el Conaculta en su colección El Guardagujas). Puede decirse pues que estos dos libros en realidad llegaron en un parto de gemelos.

El tema de  los cuentos iniciales de Ojos en la sombra es la rivalidad entre creadores. Pienso en Bioy Casares y Borges, en Mozart y Salieri ¿Puede la envidia ser un motor artístico?
—Buena parte de esos cuentos tiene personajes que se dedican a lo que me he dedicado: escritores, maestros, académicos, editores, periodistas. Son sujetos que me quedan cerca, que conozco y puedo describir con cierta facilidad. Pero eso no es lo importante, sino sus pasiones y la forma en la que las exteriorizan. Si vamos entonces al fondo temático de estos cuentos notamos que en todos hay un sedimento de envidia, frustración, recelo, miedo, incertidumbre, es decir, asuntos que le atañen a cualquier ser humano, sea o no artista. En lo personal, creo que la envidia puede detonar algo bueno cuando hay talento en quien envidia; sin talento, la envidia es una pasión brutal, autodestructiva. Por eso, hay que envidiar a quienes de alguna manera podamos imitar, no a quienes poseen algo que nosotros jamás tendremos. Yo no puedo envidiar a un matemático, a un chef, a un músico o a un alpinista, pues carezco de las facultades mínimas indispensables para intentar siquiera una imitación mediocre de sus disciplinas. En tal caso prefiero la admiración en lugar de la envidia.

Uno de tus personajes afirma que “en estos tiempos la investigación literaria está más devaluada que la monarquía absoluta”. ¿Compartes esta opinión? ¿Por qué?
Suelo no compartir muchas opiniones de mis personajes, pero en este caso creo que no estoy tan en desacuerdo. El personaje dice “monarquía absoluta” para referirse a algo viejo, caduco. Él cree que, aunque ame la investigación literaria, para el mundo ya no importa, es una actividad sólo provista de significado para un espacio muy chico, el de la academia, y aun ahí es usada como arma para la supervivencia laboral, el ascenso curricular y otras pequeñas mezquindades, no para producir verdaderos estudios. Digamos que puedo o no estar de acuerdo con este personaje, pero sí me es simpática su actitud de pesadumbre ante el poco valor que se le da al trabajo académico.

¿Cuál es tu procedimiento para escribir un cuento?
—De manera muy general puedo decir que veo venir desde lejos una frase, un personaje, una situación, una atmósfera y a partir de allí sospecho que puede brotar un cuento. No fuerzo nada, no me obligo burocráticamente a escribir, sino que dejo que la idea se vaya imponiendo en mi interior y termine por hacerme manita de puerco hasta llevarme al teclado. Durante un tiempo muy irregular pienso la trama, diseño peripecias, armo un esquema en greña. Luego, cuando llega la hora de escribir, surgen siempre nuevos obstáculos y nuevas soluciones. Lo fundamental para mí es construir todo para que el final dé una idea de congruencia y de contundencia. Quizá me gusta escribir cuentos porque en este género lo más importante es el final. Siempre he dicho que no me gusta escribir, sino terminar de escribir, pero para terminar de escribir primero hay que escribir, así que cuando llego al final de un cuento siempre gozo una sensación de placer casi venérea. El final de un cuento es, entonces, un éxtasis, lo mejor que he podido experimentar como escritor.

¿Te sientes más cómodo como cuentista o como novelista?
—Como cuentista, creo, pero eso no quiere decir que la novela me resulte ingrata. Allí se cocina distinto: el placer está en destapar la cazuela a medio camino y comprobar con el olfato que avanza vaporosamente bien la elaboración del caldo.

¿Cuáles son tus cuentistas de cabecera?
—Tengo muchos: Rulfo, Arreola, Valadés, Monterroso, Revueltas, José Agustín, José Joaquín Blanco, Samperio, De la Borbolla, Serna, Parra, Lara Zavala, Fadanelli, Marcial Fernández, Ribeyro, Lugones, Borges, Pérez Zelaschi, Walsh, Piglia, Abelardo Castillo, Sorrentino, Luisa Valenzuela, Giardinelli, David Lagmanovich, Fabián Vique, Giselle Aronson, Toño Cruz, Orlando Van Bredam, el chileno Diego Muñoz, los futboleros Fontanarrosa, Sasturain y Sacheri. De otras lenguas he disfrutado a Poe, Chejov, Conan Doyle, Nabokov, Schwob, Papini y Faulkner. Entre los laguneros aprecio a Saúl Rosales, Daniel Herrera, Daniel Lomas, Miguel Báez, Fernando Fabio Sánchez, Carlos Reyes, Carlos Velázquez, Angélica López y a ti; y del norte en general, a Herbert, Boone, Trujillo Muñoz, Crosthwite, José Salvador Ruiz y Julio Pesina.

¿Sientes que vivir lejos de la capital ha determinado tu carrera como escritor?
—Creo que sí. Por el lado de la creación, esto me ha obligado a pensar en mi entorno, La Laguna, tratando de no incurrir en rancheridades. Por el lado de las oportunidades y pese a las comunicaciones de hoy, uno aprende acá a rascarse con uñas menos afiladas, pues hay escasas oportunidades, escasos contactos. Este desafío en el desierto no es tan malo, pues todos los días pone a prueba la vocación.

La literatura de países sudamericanos, en especial la argentina, ha influido en tu obra: en una época sin internet ¿cómo se dio para ti el descubrimiento de los autores argentinos?
—Como en muchos casos, comenzó con Cortázar y poco después con Borges. Pero antes, por el gusto del tango y la milonga y mi admiración juvenil —no desaparecida— al Che y al poema Martín Fierro. Luego sumé otros gustos de la cultura argentina y ahora mi conocimiento de ese país corre al parejo que el del mexicano. Me interesan su literatura, su música, su política, su geografía y su futbol tanto como los de México.

¿Piensas que para estas generaciones es más fácil acceder a los títulos con poca circulación? 
—Internet ha facilitado el acceso a todo, incluido el que conduce a la literatura. Pongo un ejemplo: en mi juventud alguien nos puso un caset con la voz de Borges diciendo sus poemas. La reunión terminó y todos los amigos, en broma, imitábamos esa voz cada vez que lo citábamos. Creo que todos hubiéramos querido tener el caset, escucharlo más, pero por cuestiones prácticas no se pudo. De Borges hoy están en YouTube sus poemas, sus conferencias, sus entrevistas. Cualquiera tiene a la mano lo que se le antoje. En los tiempos de mi formación todo era más lento, pero no lo sabíamos pues no podíamos adivinar lo que habría poco después. Los jóvenes que nacieron con internet no se asombran porque les falta la experiencia anterior, la preinternética. Ahora es normal lo que en mi juventud hubiera sido apabullante, casi monstruoso.

Eres un tuitero asiduo: ¿puede un tuit ser literatura?
—Tengo fama de tuitero asiduo pero no creo serlo para justificar ese prestigio mal habido. Tal vez mi gusto por tuitear viene en declive, no sé, el caso es que ahora tuiteo de vez en cuando y sólo en las noches, cuando ya cansado de la jornada me derrumbo en la cama y —parafraseo el tango “Malevaje”— en vez de leer me pongo a tuitear. Sí, un tuit puede ser literatura como lo es un aforismo, un epigrama, un cuento brevísimo y otros géneros micro. Si algo está bien escrito y conmueve, estimula, agrada estéticamente, es o puede ser literatura.