domingo, octubre 18, 2009

Contorno de la anécdota



A lo largo de dos décadas y poco más me he dedicado a explorar todas las formas posibles de la narrativa. Sé que las más famosas son el cuento y la novela, pero también sé que hay otras. Unas son muy visibles, como el cine o el teatro, que independientemente de sus recursos y sus lenguajes, narran, cuentan historias. De hecho, si nos fijamos bien, casi todo narra, hasta el poema, pero para efectos de definición genérica pensamos que lo narrativo es lo que cuenta algo sobre personajes ficticios que desarrollan una historia o asunto en un determinado plano cronológico. El chiste es también, por ello, narrativo. Ahora bien, ¿en qué sitio se ubican las anécdotas?, ¿qué son? No voy a ser yo el que teorice sobre ellas, si es que requieren una teoría, pero puedo decir, así como de pasadita, que son pedazos de vida real que por algún motivo (una palabra, una frase, un gesto, una situación) mueven a risa o, al menos, a sonrisa.
Tal vez esta primera tentativa que me hago para definirla no es suficientemente clara. No importa. Como en otros géneros o subgéneros, es más importante entrar a ellos que divagar sobre ellos. Así entonces, desde que cobré conciencia de esto anoto las que puedo, sobre todo las que aparecen en mi entorno familiar. Debo decir que lo hago sin disciplina, cada vez que me acuerdo que debo tomar nota de lo que luego podría ser una anécdota. Ofrezco, aquí, algunas que he escrito recientemente; las tres se refieren a Ivana, la más pequeña de mis hijas, quien por sí sola es una fuente de buenas anécdotas para mí, su papá cuervo. Se supone que algún día servirán para un librito de los que a veces hago sin más deseo que el de entretener la mano de editar y tener regalos fáciles a la mano.

Ingenio de mi pequeña
Ivana es una niña muy alegre y sociable. Tiene la virtud del ritmo, y a los cuatro años ya da muestras de su enorme capacidad para inventar pasos o imitarlos a partir de los que ve, sobre todo, en televisión. Sinceramente, y no porque sea mi hija, jamás he visto a una niña de su edad manejando esa sensibilidad motriz, con tanta soltura e ingenio. Lo que en adultos se ve normal, en niños mueve, claro, a risa. Ivana es, pues, como dije, una niña alegre, una niña que baila y canta, que imita voces y caras, que bromea y es burlona, que contragolpea con chispa todo tipo de ataque en su contra. En una ocasión, por juego, le dije que yo era determinado personaje guapo de un programa de televisión de los que suele ver, y que ella era otro, uno feo. Cuando le pregunté cuál es el nombre del personaje que le impuse, me respondió con toda clama, seria: “Se llama Papá es un tonto”.

Calavera adentro
La más pequeña de mis hijas hojea con atención uno de los tomos de la Enciclopedia Snoopy. La información de ese libro es variada, llena de colores y de formas. Vuelve una página más y se detiene en una imagen: la silueta de un cuerpo contiene al esqueleto blanco perfectamente definido en todo su sistema. La niña levanta la cabeza y pregunta con toda su inocencia a cuestas lo que jamás me había planteado así: “Mamá, ¿yo tengo adentro una calavera?”. Su mamá, segura y sin mostrar la sorpresa que la toma por sorpresa: le responde: “Sí, todos tenemos una”. Luego de eso la pequeña se toca la mandíbula, un codo, la rodilla, y concluye: “Sí, aquí está mi calavera adentro”.

La vaca que asusta
Paso a la escuela de mis hijas para recogerlas. Es mediodía. De regreso a casa, platicamos, hacemos bromas. Ivana, siempre atenta al juego, me interrumpe:
—Papá, papá, un juego —dice.
—Bueno, ¿cuál? —pregunto.
—Toc-toc —dice—. Ahora tienes que preguntar “¿quién es?”, papá. Va de nuevo: toc-toc.
—¿Quién es? —sigo el juego.
—La vaca que asusta… —dice—, ahora tienes que decir “¿y quién es la vaca que asusta?”, papá.
—¿Y quién es la vaca que asusta? —pregunto.
—Muuuuuuu —responde.
Luego de eso, repetimos todo, y al final, un poco desconcertado, le comento que no entendí el juego. Le pregunto que si lo ha jugado con sus compañeras, que si se lo enseñó la maestra, y me responde:
—No, lo acabo de inventar.
Tras eso, río a carcajadas y repetimos el juego. Luego la niña me sorprende con una llave doble nelson.
—Te estás riendo porque mi juego no tiene sentido.

Elecciones hoy
Esto ya no es una anécdota, sino el recordatorio de que hoy debemos ir a votar por el partido o el candidato queramos. Esta vez tengo la suerte de saber que votaré confiado, sin titubeos, por el pediatra de mis hijas, un hombre sensible e instruido, con juicios bien apuntalados en el estudio de la realidad. Adelante, doctor Velasco, y gracias por el ejemplo de participación política que a muchos nos ha dado.

Aviso de viaje
Si todo sale como espero, estaré de viaje del 19 al 31 de octubre. He acordado en La Opinión que trataré de seguir con la columna, pero no sé si pueda cumplir, dada la agitación que presupone ese periplo. Lo intentaré.