Leo lentamente porque no paso por los renglones sin pensar en
los rasgos de estilo, en el léxico del autor, en las posibilidades de una
etimología, en las combinaciones sintácticas, en la puntuación, en la
adjetivación. Para muchos lectores todo eso no existe, y disfrutan el libro a
su manera, lo que me parece absolutamente legítimo. Yo dejé de ser ese tipo de
lector hace muchos años, cuando se me apareció la idea (no sé si llamarla
“vocación”) de escribir. Desde entonces la lectura me resulta placentera porque
implica todo lo que enumeré. Hace poco, por ejemplo, leí en una clase “El
camino de Santiago”, cuento de Carpentier, que inicia así: “Con dos tambores
andaba Juan a lo largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda;
al hombro el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave, recién
arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas…”. Son apenas
tres renglones, pero si trato de leerlos hasta el hueso noto que contienen
mucha información y un montón de recursos estilísticos que quizá puedo
explicar. No es lo mismo decir “Juan andaba con dos tambores a lo largo del río
Escalda” que decirlo como Carpentier, con esa poética dislocación de la
sintaxis y la elipsis de la palabra “río”, o en la necesidad de saber qué son
las “gúmenas” y las “bitas”. En eso me detengo mucho, lo que indefectiblemente
ralentiza mis lecturas. Si pudiera encontrar una semejanza con la vida, leo
como quien camina por la calle y va admirando edificios, fachadas, jardines,
balcones, no como quien la recorre en moto.
Esta forma de leer, creo, me ha influido sólo en términos de
aprecio por la forma, no tanto en lo temático. Siempre he leído información
relacionada con la escritura, historias del español, gramáticas, diccionarios,
libros de texto. Eso que me sirve en las clases también me ha ayudado a conocer
un poco mejor la herramienta de trabajo de quien escribe y edita. No escribo
como quiero, sino como puedo, pero es un hecho que siempre procuro peinar bien
mis renglones, que salgan a la calle sin dar tan mala impresión. Si bien, como
le ocurre a cualquier escritor, tal o cual lector me ha dicho que lo mío se
parece a lo escrito por tal o cual otro escritor, eso no sucede con frecuencia,
lo que es una buena noticia, pues supongo que logro evitar u ocultar bien a los
autores que más me gustan, es decir, esquivar su influencia. La verdad, no me
gusta la idea de ser una mala copia. Prefiero mil veces ser un mal original.