sábado, abril 12, 2008

Esta es palabra de Faulkner



Decir “William Faulkner” es decir “novelista”, “mayúsculo novelista”. Él fue, por confesión expresa de sus epígonos, el narrador que quizá influyó más que ningún otro en varios de los escritores latinoamericanos que se aglutinaron, o que fueron aglutinados por la crítica y la mercadotecnia editorial sesentera, en el Boom. Así fue: Rulfo, Vargas Llosa, García Márquez y muchos otros pasaron por las páginas del norteamericano y vieron que sus plumajes eran manchados por una impronta que luego se reveló en libros como Cien años de soledad o Conversación en La Catedral. Faulkner fue, entonces, el tótem nada oculto ante el cual se hincaron los nuestros, así que la literatura del Bravo para acá mucho le debe desde entonces al escritor nacido en New Albany, Mississippi, en 1897.
Cuatro o cinco veces he releído la entrevista a Faulkner en El oficio de escritor (Era, México, 1970). Varias de sus respuestas son harto debatibles, pues se ofrecen como generalizaciones inadaptables a un bicho de suyo individualista y lleno de peculiaridades y manías: el escritor. Pese a ello, no puedo no aceptar que esas respuestas me vuelven a noquear cada vez que las revisito, y tienen el raro efecto de infundirme una turbia fuerza de voluntad, momentánea al menos, en el oxidado seso. El premio Nobel 1949 se ofrece en ese diálogo ya legendario como lo que fue: un radical del oficio, un artista que avanza por encima de todo con su aplanadora de palabras. Rudo, implacable, Faulkner aconseja sin querer aconsejar que el creador debe pasar, si cree en su arte, sobre cualquier obstáculo físico o moral. Si no lo es en verdad, ya hallará pretextos para explicar por qué no lo es, así que mejor estar prevenidos contra tal superchería. He aquí algunas de sus filosas declaraciones:
“El artista no tiene importancia. Sólo lo que él crea es importante, puesto que no hay nada nuevo qué decir. Shakaspeare, Balzac y Homero han escrito sobre las mismas cosas, y si hubiesen vivido mil o dos mil años más, los editores no hubieran necesitado a nadie más desde entonces”.
“Yo soy un poeta fallido. Tal vez todo novelista quiere escribir poesía primero, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, que es el género más exigente después de la poesía. Y, al fracasar también en el cuento, y sólo entonces, se pone a escribir novelas”.
“[Para ser un buen novelista se necesita] 99% de talento… 99% de disciplina… 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno sabe que puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y suele estar demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar su obra”.
“El artista es responsable sólo ante su obra. Será completamente despiadado si es un buen artista. Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe liberarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo; la ‘Oda a una urna griega’ vale más que cualquier cantidad de buenas señoras”.
“Yo podía hacer un poco de casi cualquier cosa: manejar lanchas, pintar casas, pilotar aviones. Nunca necesitaba mucho dinero porque entonces la vida era barata en Nueva Orleáns, y todo lo que yo quería era un lugar donde dormir, un poco de comida, tabaco y whisky. Había dos o tres cosas que yo podía hacer durante dos o tres días a fin de ganar suficiente dinero para vivir el resto del mes. Yo soy, por temperamento, un vagabundo y un golfo. El dinero no me interesa tanto como para forzarme a trabajar para ganarlo. En mi opinión, es una vergüenza que haya tanto trabajo en el mundo. Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas… lo único que se puede hacer ocho horas es trabajar. Y ésa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado a sí mismo y a los demás”.
He aquí un poco del dogma faulkneriano; no es nada fácil acordar con él, pero algo tiene que obliga a pensar en lo que siempre nos ha parecido “natural” y no lo es.

viernes, abril 11, 2008

Pellizquitos al gigante



He estado recién en convivencia con Los amos de México, libro coordinado por Jorge Zepeda. Tomo como excusa la primera de sus semblanzas, la dedicada a nuestro magnate Carlos Slim. Particularmente, al segmento dedicado a las tarifas que maneja Telmex. Según se sabe, México no es en este sentido el paraíso que nos dibuja la publicidad; al revés, los precios impuestos por Telmex son los que justifican el avance de aplanadora que ha tenido la fortuna de Slim en los años recientes, una fortuna que ya se colocó en la cúspide de todas las que en el mundo hay, esto por encima de otras como las de Bill Gates y Warren Bufet, multimillonarios gringos que comparados al mexicano cada vez dan más la impresión de ser menesterosos tragafuegos de crucero.
El ejercicio que se me ocurrió no es nada complicado. A tres amigos radicados fuera del país les hice una pregunta simple: ¿cuánto pagan al mes por teléfono fijo e internet inalámbrico? En todos los casos, lo sé, hay variantes: unos ponen un número limitado de llamadas, otros no; unos tienen poco más potencia en internet, y así. Pero lo esencial, creo, queda claro: que en general, lo digo ya, las tarifas de Telmex están siempre por encima de los tres países indagados, y estoy seguro que el servicio es el mismo o muy parecido al que nosotros recibimos. En todos los casos, pedí a mis entrevistados que ellos mismos hicieran la conversión a dólares, para entender más claramente la jugada. Interrogué a radicados en un país rico (EUA), en un país de economía estable (España) y en otro de economía emproblemada (Argentina).
En EUA: “La tarifa del servicio telefónico fijo varía de una compañía a otra, pero fluctúa de 15 a 20 dólares con llamadas ilimitadas al mes. Con el internet pasa lo mismo, pero de 30 a 40 dólares al mes”. Si tomamos las cifras más altas, los dos servicios suman 60 dólares, 650.28 pesos aproximadamente.
En España: “Tenemos en casa una tarifa plana que incluye telefonía fija e internet a un costo de 29.90 euros mensuales (iva incluido). La tarifa plana consiste en que pagas una cuota mensual que te permite hacer todas las llamadas nacionales que quieras. En esa tarifa no están incluidas las llamadas de teléfono fijo a celular ni a números especiales (estos son como la lada 800 en México, sólo que acá hay varios y unos sí te los cobran)”. En resumen, 42.97 dólares, 465.70 pesos al mes.
En Argentina: “Por el teléfono fijo pagamos unos 100 pesos argentinos por mes. Al cambio de hoy, 100 pesos argentinos son US$ 31,83, digamos 32 para redondear. La tarifa del teléfono sería de 39 pesos mensuales, o sea, unos 10 dólares, y sólo se incrementaría en caso de aumentarse las llamadas por encima del número básico permitido. El servicio de internet que tenemos en casa me cuesta unos centavos más de 80 pesos argentinos por mes, suma equivalente a 25,46 dólares. Es un buen servicio de banda ancha”. 57.29 dólares, 620.90 pesos.
Este texto, como muchos otros publicados desde hace años en la prensa del país, no le hace nada al imperio Slim (de hecho, nada lo despeina). Todo es, como si dijéramos, querer dar muerte con pellizcos a una vaca. No pasará nada, no cambiará nada en las tarifas de Telmex, y su dueño seguirá creciendo y ahora hasta retando a sus competidores por medio del insoportable gordo Millet, quien exige, mediante el verbo imperativo “¡inviértale!”, que las compañías enemigas no vayan sólo a donde hay “negocio”.
Pese a la inocuidad de todo lo que se diga contra el monstruo, hay que hacer ver que hay una ganancia, por decirlo con suavidad, excesiva en todo esto, una plusvalía desmesurada que de a pesito tras pesito lesiona a un pueblo ya de por sí golpeado. Con el mal gobierno tenemos para estar en la lona; no es necesario que los particulares se sumen a la felpa.

jueves, abril 10, 2008

Nomádica 36



Un número espléndido el 36 de Nomádica, que ya circula. Tengo entendido que acaban de estrenar su web (www.nomadica.com.mx/), razón por la que los felicito. Cooperé en esta ocasión con el siguiente comentario:

Botánica del Tigre

Jaime Muñoz Vargas

Arreola y Borges, cada uno a su modo, abordaron el tema de las especies animales en dos bestiarios famosos. El del argentino es particularmente célebre y lleva como título Manual de zoología fantástica. Se trata de un libro sencillo: varias estampas breves van describiendo, con erudición y humor, las características más salientes de varios animales concebidos por la imaginación humana. Las fuentes bibliográficas de aquellas jocosas aproximaciones son, por supuesto, antiguas (Plinio, por ejemplo), pero lo más importante no es en sí mismo lo que se dice sobre cada animal fabuloso, sino el tono de la prosa, esa socarrona mueca de sonrisa que atraviesa cada dato relacionado con los animales instalados en el mundo sobrenatural. El libro de Borges fue publicado por primera vez en los cincuenta por el FCE; hoy es un clásico.
Varias décadas después, en 1997, con el auspicio de la editorial Cal y Arena, el poeta Eduardo Lizalde publicó un libro afín. Hasta en su título se ve el tributo al ciego de Buenos Aires: Manual de flora fantástica. Este trabajo tiene casi la misma extensión que el de Borges, y sus estampas no están nada lejos del formato y el tono diseñados para el de zoología. Lo leí hace algunos días, y encontré que se trata de un complemento fascinante para el libro borgesiano, tanto que se me ocurrió soñar con una edición que los presentara juntos, algo así como un Manual de zoología y flora fantásticas.
Los amantes de la flora real no se sentirían defraudados con el acercamiento de El Tigre Lizalde a la fantástica. Han sido tan bien escritas estas viñetas que uno palpa y huele y sonríe con cada espécimen descrito. Desde la presentación, el autor advierte con modestia: “No es necesario decir que, desde que se me ocurrió la idea de redactar un Manual de flora fantástica, he ido acumulando una enormidad de apuntes, libros, ensayos, citas, alusiones mitológicas, poéticas y literarias sobre la materia, que se han ido empolvando, desecando, pudriendo, amarilleando o floreciendo entre mis papeles, sin dar frutos muy suculentos ni copiosos”. Pese a tal advertencia, son suculentos, aunque en verdad no copiosos, los tanteos de Lizalde. Uno puede leerlos con absoluto placer por dos o tres razones que trato de explicar: la aseada prosa (la prosa de un poeta), el humor y una pátina de desenfado un tanto tímido que es común a muchos legos confesos pero suficientemente informados. Transmito algunos ejemplos para ver si así convenzo a los escépticos; en serio se trata de un libro muy interesante, sobre todo para aquellos que ven en las plantas la más clara muestra de que la imaginación humana es pobre frente a la de la naturaleza.
Sobre la mandrágora, léase este párrafo maravilloso: “Si del sueño delirante de la mandrágora y otras potentes socias suyas, como el peyote mexicano o el ginseng de los chinos (también antropomorfo), estimulados ellos mismos por la contención de sus caldos y esencias prodigiosas, hubieran surgido las abominaciones y los seres bizarros que pueblan este libro, otro gallo nos cantara”.
Sobre las “Carnívoras rosadas”: “Este encantador género de plantas, hijas de la Aurora, se especializa precisamente en jardines. Tal especialidad consiste, para decirlo de una vez, en su costumbre hipócrita de florecer, como quien no quiere la cosa, en los prados familiares, donde la fauna de los niños prospera con abundancia enternecedora y apetecible: sólo comen carne sonrosada. Su gusto cruel se agrava con ese censurable racismo”.
Sobre las plantas vampiro: “La capacidad digestiva de las bebedoras excede (…) toda mitología. Una planta vampiro puede, en breves y luminosos y purpúreos días, chuparse pueblos enteros ella sola, si las multitudes humanas y animales se ponen convenientemente a su alcance. Poseen estas activas mamadoras sin trauma infantil ninguno, ajenas tanto a la teta como al biberón, estómagos planetarios. Se extienden bajo sus raíces enormes cavidades, parecidas a las que albergan los mantos petrolíferos del subsuelo”.
Subrayo: a todos los que gusten de las flores, los árboles, las hierbas y la buena prosa, el Manual de flora fantástica de Eduardo El Tigre Lizalde les depara una apretada selva de agrados. Bien vale que, machete en mano, apuren esa expedición.

Artículo de Iruegas



El último párrafo de este artículo es fundamental; lo tomo de La Jornada de hoy. Esto catapulta una pregunta clave: ¿es honrado que un ladrón haga negocios con lo que no es suyo?

Sepan cuantos…

Gustavo Iruegas

Como tantos otros problemas nacionales, el del petróleo pasa actualmente por una fase en que la querella es primeramente nacional, pero tiene en el anverso su parte internacional. Se trata ahora del descarado intento de la oligarquía desnacionalizada y asociada a grandes empresas extranjeras de anular el carácter patrimonial que para la nación mexicana tiene su petróleo. Esa oligarquía, en otras épocas denominada “burguesía nacional”, sin dejar de ser abusiva y explotadora, era solidaria con el gobierno en la defensa del petróleo. Fue con la implantación del modelo económico neoliberal que se perdió el carácter nacional de la burguesía mexicana.
La decisión de don Miguel de la Madrid de abrir unilateralmente el mercado nacional al comercio internacional se explicaba como una medida que obligaría a los industriales mexicanos a elevar la calidad de sus productos, incapaces de competir en el mercado mundial. La apertura comercial inundó de productos extranjeros el mercado nacional, hasta el punto de importar copias baratas de las ya de por sí mal pagadas artesanías mexicanas. Los industriales no aceptaron el reto de competir con sus pares extranjeros y simplemente se convirtieron en comerciantes de bienes de consumo importados. Los más poderosos se asociaron a las grandes firmas internacionales. Entre tanto, el gobierno neoliberal liquidaba, malbaratándolo, el patrimonio nacional. Hasta la propia secretaría de Estado encargada de protegerlo fue eliminada. También los servicios se incorporaron a la vendimia y no se tardó en enajenar Teléfonos de México. Se censuró la fugaz nacionalización de la banca y se entregó a particulares mexicanos que pronto la transfirieron al extranjero. Así fue como la burguesía mexicana perdió su carácter nacional y se convirtió en la oligarquía extranjerizante que ahora padecemos.
La gran operación de aplicar el modelo neoliberal significó desmantelar el patrimonio nacional y desmontar la industria, enajenar la banca y otros importantes servicios. Igualmente la producción agropecuaria nacional fue sometida a las grandes corporaciones internacionales. Los pequeños negocios nacionales fueron orillados a la compra de franquicias extranjeras para mantenerse, por ejemplo, en el negocio de expendio de alimentos.
La desmexicanización de la economía nacional ha sido una tarea que empeñosamente han desarrollado los gobiernos neoliberales, tanto los de facto como los democráticamente electos. El destino que la oligarquía apátrida pretende para los mexicanos es convertirlos a todos, en su propia tierra, en empleados de las grandes corporaciones extranjeras.
Todo lo anterior es bien conocido en México, pero se recuerda ahora para beneficio de los extranjeros que con gula anticipan el banquete que les ofrecen quienes intentan privar al pueblo de su preciado recurso petrolero.
El Presidente Legítimo ha dicho que, además del despojo que significaría permitir que se entregue la riqueza nacional al extranjero, el perjuicio más grave está en que con ello se cancelarían las expectativas del desarrollo nacional. Dijo también que si los espurios lograran enajenar el patrimonio energético de la nación, revertir esa situación podría acarrear violencia. Contrariamente a lo que torcidamente quisieron interpretar algunos comunicadores, no se trataba de una amenaza de violencia popular que, como se ha dicho en innumerables ocasiones, ha sido erradicada del método de lucha de la resistencia mexicana; era, sí, una advertencia a los propios resistentes de las dificultades que significará rescatar de los extranjeros el patrimonio nacional.
Últimamente los personeros del gobierno de facto han dicho que no pretenden modificar la Constitución, que con hacer algunas modificaciones a leyes secundarias bastaría para legalizar los contratos de riesgo que pretenden y que equivalen a ceder las riquezas del subsuelo. Ahora se habla de dar autonomía de gestión a Pemex y con ello poner el patrimonio nacional en manos de un gerente, neoliberal por supuesto. Han usado un sinnúmero de argumentos para asegurar que no se quieren robar lo que se quieren robar. La falsedad de esos argumentos ha sido evidenciada con toda oportunidad por los defensores del patrimonio nacional. El carácter profundamente corrupto de los funcionarios del gobierno de facto fue exhibido públicamente y sin dejar posibilidades de encubrimiento. Cosas como las compras multimillonarias de gas peruano a una empresa intermediaria española, los contratos por adjudicación directa a un mexicano de dudosa estirpe y legalmente incapacitado para celebrarlos, y la malintencionada y costosa propaganda del gobierno fraudulento sobre las ventajas de entregar el petróleo mexicano al extranjero, demuestran la perversidad del proyecto derechista.
A todo eso se enfrenta la resistencia popular organizada en la determinación de no permitir la enajenación del patrimonio ni la consiguiente cancelación del desarrollo nacional.
Sin embargo, algo ha faltado decir, cuya omisión podría mal interpretarse por parte de los compradores extranjeros como alguna suerte de aceptación del despojo. Para evitar ese error hay que alertar a esos aviesos compradores de los verdaderos riesgos del contrato que les ofrecen los espurios mediante este atento aviso: sepan cuantos intentan apoderarse del patrimonio de los mexicanos que la operación que pretenden tiene como vicio de origen el que el presunto vendedor no tiene facultades para vender tanto porque la Constitución lo prohíbe –y no habría ley secundaria que pueda superar esa prohibición– cuanto porque el vendedor es un usurpador que ocupa ilegalmente la silla presidencial. Todo lo que obtengan en esas condiciones será propiedad robada y eventualmente lo van a perder. Los mexicanos dignos y conscientes se encargarán de eso. No se diga después que no se les informó.

El derecho a desconfiar



En un artículo moderado al menos en su tono, y que por ello paradójicamente desentona con lo que leemos hoy sobre la reforma petrolera, Alfonso Zárate apunta que “Los graves problemas de Pemex no se produjeron en los siete años de gobiernos panistas. Las administraciones priístas hicieron mucho, deliberadamente, para arruinar a Pemex y eludieron su responsabilidad de fortalecer las finanzas públicas combatiendo los graves niveles de evasión y defraudación fiscales; después de todo, allí estaban a la mano la renta petrolera y los causantes cautivos. La SHCP exprimió a Pemex más allá de toda prudencia, mientras directores y altos funcionarios de la Federación cedían autoridad e hipotecaban las empresas públicas asumiendo que el destino nunca los alcanzaría. ‘El de atrás paga’, fue la divisa” (El Universal, 9/4/08).
Poco después, añade: “En los últimos 25 años Pemex sufrió una política intencionalmente depredadora: se desmantelaron las áreas de investigación e ingeniería básica, de detalle, construcción y supervisión, y se contrataron servicios externos; se abandonó el mantenimiento, se descuidó el medio ambiente y se enfatizó la producción y exportación de crudo en detrimento de la exploración de nuevos yacimientos, la refinación y la petroquímica; se impusieron medidas para despedir o jubilar prematuramente a expertos que, en muchos casos, fueron reemplazados por yuppies ignorantes y engreídos; se multiplicó la alta burocracia y se incrementaron sus ingresos y prestaciones…”.
Más allá del uso y la interpretación que Zárate le da a su sinopsis de la catástrofe en Pemex, es de notar la coincidencia que tienen sus palabras con lo que cualquier mexicano medianamente informado presupone sobre la paraestatal: los no iniciados podrán (podremos) carecer de cifras, de cálculos y de terminología técnica, pero sabemos que en Pemex hay un desastre digno de espanto. En él han participado, por años, dos siglas partidistas: una en larga data, el PRI, y otra en breve, el PAN. Los primeros cooperaron con su talento depredatorio durante casi siete décadas; los segundos tienen apenas siete años sumando voraces “yuppies” al saqueo. Eso lo sabe cualquiera, con o sin datos sobre barriles de crudo exportados o no exportados.
Lo anómalo es que, precisamente, sean esos dos partidos los que ahora se arrogan el derecho a decidir sobre el destino del petróleo mexicano, y lo hacen con la déspota creencia de que así nomás, porque ellos lo conciertan, los demasiados escépticos van a creer en la cadena nacional de Og Mandino Calderón y aceptarán jubilosos la compra de petrobonos de cien lanas c/u cuyo rendimiento ahora sí los hará dueños del oro negro que nos escrituró el patas de chivo.
Para los negociantes (negociantes porque negocian entre ellos y porque venden hasta lo que no les pertenece) es fácil creer, parece, que la mayoría les sigue guardando crédito. Al menos que les dejen a los mexicanos el derecho a la desconfianza, pues no ha sido poca la cantidad de embustes que registra nuestra historia, más cuando se trata de privatizaciones ventajosas para logreros de todas las raleas.
¿Y si en vez de hablar de privatización (sea en áreas “estratégicas” o no) se plantea una política que acabe con la mala administración de Pemex? Nadie, por ejemplo, ha tocado al podridísimo sindicato petrolero. Nadie, por ejemplo, ha cambiado sus pésimas administraciones, sus Pemexgates, sus servicios de caja nada chica para el vampírico gasto público. Claro que no: primero destruyeron, primero saquearon, y ahora quieren venderse a sí mismos, con prestanombres fuereños, lo que queda del changarro. Hay más de cien razones para el escepticismo. Ustedes perdonarán.

miércoles, abril 09, 2008

Mitos del mesías tropical



Si uno aproxima la mirada a la cobertura periodística que se ha hecho sobre la figura de López Obrador encontrará, según veo, algunos mitos muy interesantes para las futuras tesis universitarias sobre la historia del México contemporáneo, esas tesis que describirán dentro de diez o quince o más años lo ocurrido con nuestro país a partir del 2000. Los estudiosos podrán notar que la figura central, obsesiva, recurrente, enfermizamente socorrida del periodismo nacional es el Peje, aunque claro está que para vapulearlo, para ridiculizarlo, para “matarlo”, para contenerlo, para marginarlo.
Desde 2001 o 2002, el de Tabasco es la pera-loca favorita de nuestro periodismo. Es tan grande el odio acumulado contra él que da la impresión de que en verdad sí es un peligro para México, esto bajo el entendido de que “México” es el sistema político y económico de casta divina que nos ha gobernado durante siempre. En más de una ocasión, AMLO y el PRD y todo lo que arrastra han olido a error, a exceso, a disparate, pero lo que suena extraño es que sus yerros, por nimios que sean, son magnificados hasta convertirlos en aberraciones de lesa patria y lo que sus enemigos hacen jamás es medido con análoga vara. El caso más reciente es la entrevista maravillosa y bien apoyada en videos que Loret de Mola le hizo la semana pasada: si así entrevistaran a Mouriño o a Beltrones, nuestros políticos estarían cagados de horror ante las cámaras. Pero no es así: por alguna extraña razón, sólo el Peje es acuciosamente atropellado en la tele. Sólo él, él y sólo él, es un peligro para México. Los otros son santos y Elba Esther es virgencita y riega las flores.
Van algunos mitos que evidencian excesos y contradicciones de nuestro periodismo; como todo significa, no es posible dejar la suspicacia al lado. ¿A quién le interesa que la campaña de los antiLópez (que no antílopes) siga vigente? Como lo escribí alguna vez, ¿no es prudente sospechar de un coro tan bien armonizado? ¿Es absurdo descreer de ciertas perfectas unanimidades?
AMLO está liquidado. Todos los días, un columnista u otro escriben algo que ronda esta idea: “Con tal acción, AMLO por fin está en la lona; él se lo buscó; tenía un gran capital político y lo echó por la borda”. Lo gracioso es que el difunto sigue tan asombrosamente vivo que todos los días hay que estarlo liquidando.
AMLO se contradijo. “Lo que afirma el Peje es una terrible contradicción; hace equis tiempo declaró lo contrario, como lo pueden atestiguar estos videos”; si cada ser humano fuera grabado y exhibido en público, todos seríamos “contradictorios”, mucho más Mouriño, a quien por cierto le preguntaron en la tele que si era mexicano, dijo que sí y todo resuelto, no hay problema, creemos en su honorable y nunca contradictoria palabra.
AMLO perdió punch. “Todas las encuestas señalan que el Peje ya perdió punch, credibilidad y seguidores, pues en enero de 2006 tenía equis porcentaje de simpatizantes y hoy tiene mucho menos”. Dos preguntas: ¿quién que haya participado en las elecciones de 2006 no ha perdido simpatizantes y quién sigue siendo capaz de llenar el zócalo y provocar la risa generalizada del periodismo mexicano? En otras palabras, ¿qué se entiende por punch? ¿El que tiene Calderón? ¿El que exhibe Joaquín Gamboa?
AMLO hundió a la izquierda. Los alarmados hablan del asesinato de la izquierda por mano del Peje, y exigen pureza ideológica, consecuencia entre las ideas y los actos. Cuando la izquierda ostentaba esa pureza (llena de imperfecciones, si se quiere, pero había muchos casos de congruencia), los que hoy exigen la pureza se dedicaron a descalificarla; en otros términos, si existe, hay que acabar con ella porque existe; si no existe, hay que demandar que exista y denunciar a los impostores. Ese es el jueguito.

sábado, abril 05, 2008

Tarahumaras en Nomádica















Va esta colaboración ya publicada en Nomádica:

Tarahumaras, quince años atrás

Jaime Muñoz Vargas

El paso del tiempo sigue de travieso con mi asombro. Otra vez, hurgo en papeles viejos, en cajas olvidadas, y encuentro. Encuentro mi pasado, momentos retenidos en cuartillas de viejo cuño, en fotos, en revistas y periódicos archivados no sé por qué extraño vicio de papirófago contraído en mi adolescencia. Ahora, de una cajita arrumbada sale una serie fotográfica que armó Renata Chapa, mi esposa. Son siete imágenes tomadas en agosto del 92. No recuerdo para qué hizo esas fotos ni por qué las acompaña un texto de mi cosecha. El caso es que ahí están los tarahumaras atrapados por el objetivo de una ya extinta Minolta réflex, y ahí está asimismo aquel puñado de palabras mecanuscrito en mi hermosa Olimpia de peculiares tipos (la “a” no es tipográfica, “a”, como en casi todas las máquinas mecánicas de su tiempo —la Remington, por ejemplo—, sino “a” de ojo grande y "colita"). Sé, eso sí, que ni ese texto ni esas fotos, salvo una, fueron nunca publicados.
Creo que el ejercicio de rescatar ahora aquellos productos no es ocioso. Me bullen varias preguntas: ¿quiénes son aquellos tarahumaras sin nombre? ¿Dónde andarán ahora? ¿Cómo son en este momento los niños que aparecen en las imágenes? ¿Siguen caminando, como en las fotos, las calles de Chihuahua o ya emigraron a otra parte, a otra parte que puede ser La Laguna? ¿Cuánto tiempo se ha sumado para ellos en tres lustros sin privilegios de ninguna índole?
Le doy pues a Nomádica este testimonio doble: algunas imágenes y el texto que exhibe mi prosa de hace quince años:
Paradójica, misteriosamente, como separados por un delgado pero indestructible cristal, los tarahumaras habitan las calles de Chihuahua sin mezclarse en definitiva con los tiempos modernos. Una indiferencia sin tregua hay en los ojos de estos indígenas que por hambre, sólo por hambre, se derraman por la ciudad capital con el único objeto de resolver, aunque sea a medias, la elemental necesidad del alimento. Con todo y su incierto bilingüismo, los tarahumaras emigran de la sierra portentosa casi empeñados en desdeñar al chabochi, al hombre blanco que a su vez, al verlos omnipresentes, ubicuos y depauperados, los ignora por lo regular o cuando mucho les alcanza algunas monedas de morralla o un taco de segunda mesa.
Hay un tácito acuerdo para ejercer la indiferencia: te ignoro porque me ignoras, me ignoras porque te ignoro. Sólo la pobreza extrema obliga a los tarahumaras a intentar un intercambio de palabras con el opulento chabochi, un intercambio verbal que se reduce a solicitar córima, ese acto del drama que en buen romance viene a significar una ingrata petición de auxilio que en realidad, cuando prospera la insignificante limosna, simboliza, metaforiza en mínima escala una devolución de lo que el hombre blanco, nosotros los chabochis, les hemos robado secularmente ya. Habitantes silenciosos de incómodos albergues —hay 33 en Chihuahua capital— los tarahumaras sólo recibieron de parte del gobierno un terreno ayuno de mayores lujos; los indígenas, con el ingenio básico para la supervivencia, construyen techumbres y hacen pasadera la pequeña edad de los tehueques y de las towisas. En el día vagan los laberintos de la urbe, tocan mezquinas puertas, cruzan apresuradas carreteras, pueblan otro tiempo, más calmoso y sufriente, más resignado y desprovisto de suntuosas apetencias. Los tarahumaras, comunidad indígena en disgregación, viven revueltos entre el vértigo citadino, y aún no se confunden. Aunque lo niegue, el chabochi ha recibido su influjo; lo más notorio está en el habla cotidiana; la “ch” en la fonética es herencia del dialecto autóctono.
Las manecillas avanzan, los tarahumaras se debaten entre el orgullo y la miseria; a veces parece que esperan la hora de sus muertes, la hora en que por fuerza se metan en la sangre del chabochi, la hora triste en que el encendido paliacate caiga de la frente que todavía está ahí, estoico y ancestral, secretamente orondo.

Un mundo aterrador



Los culpables están en todos lados, son muchísimos y quizá nosotros mismos contribuimos a diario en la reproducción de formas de vida hostiles, violentas, indiferentes, absolutamente inhumanas. Antes lo habitual era que leyéramos esas historias, que supiéramos de ellas gracias a un film (basado en “hechos reales”) o por un programa de televisión sensacionalista. La ubicuidad del mal extremo, digamos, era asunto más o menos remoto, ajeno a nuestras vidas cotidianas, tan distante que nos sentíamos seguros y hasta morbosamente contentos de saber que la desgracia sólo les acontecía a Los Otros, unos Otros que nada tenían que ver con nuestro entorno o con nuestras graníticas certezas.
Hoy, la situación es distinta. Cada vez con más frecuencia, en rinconcitos de la hermosa república mexicana como La Laguna nos enteramos de que El Mal se hace evidente en la ordinariez de las existencias que no habitan lejos de nosotros. Es, pues, un asunto ya próximo, tan estrechamente ligado a nuestros pasos que más vale estar preparados para convivir con él: tarde o temprano nos hará algo, tarde o temprano nos hundirá su garra de la espantosa manera que acostumbra. Cuento un caso.
Dialogo con mi mejor condiscípulo de la carrera, un cuate al que aprecio y respeto por su incapacidad total para el doblez, un tipo inepto para la traición y siempre listo para lo contrario: para la franqueza y la solidaridad. Nos ponemos al corriente de novedades. Le describo mis recientes andanzas por la vida, y él hace lo mismo. Sin pensarlo, comienza a hablarme sobre una amiga de su hermana, a quien asesinaron salvajemente hace unos días. Me da detalles del pavoroso hecho. La hermana de mi amigo y la chica (de cerca de cuarenta años) fueron durante un tiempo compañeras de trabajo. Al tomar rumbos laborales distintos, la chica acostumbraba visitar a la amiga de mi hermano, pues en ella encontraba confianza para contar dificultades. Había tenido y tenía una vida familiar muy emproblemada, pero era una mujer noble, trabajadora, de ésas que no se doblegan pese a nada, como ocurre con tantas mujeres de nuestra lastimada patria. En varias ocasiones, la hermana de mi amigo no estaba en casa y la chica se quedaba a conversar, entonces, con la madre de mi amigo, en quien halló a otra generosa confidente.
Un día, la chica les compartió la emocionada noticia de que estaba por encontrar un nuevo empleo. Era urgente conseguirlo, pues tenía dos hijas y la situación económica apremiaba. Por fin, luego de anhelarlo con tremenda fuerza, la chica obtuvo un puesto de bajo rango en una tienda muy importante de la ciudad, y eso la alegró y le dio confianza. Pasadas algunas semanas, luego de que demostró capacidad y constancia, la chica comenzó a rehacer su ánimo como trabajadora. Todo iba bien, o al menos mejor que antes, y eso lo supieron la hermana de mi amigo y su madre.
Una noche, a las nueve, tras salir de su turno y tomar el camión de regreso a casa, la chica bajó en la esquina de siempre. Debía avanzar luego algunas cuadras y atravesar un inevitable lote baldío. La oscuridad era apretada, la chica caminó unos metros por el terreno cuando abruptamente uno, dos o tres sujetos intentaron robarle el bolso; ella, quizá en defensa de lo poco que guardaba en su monedero, resistió el ataque y pronto fue sometida. El o los sujetos procedieron a ultrajarla y, para elevar a grados infinitos El Mal que los movía, decidieron matarla de una manera atroz: le arrojaron un bloque de concreto a la cabeza.
Ahí quedó esa vida, y no pasará nada. Lo que más me asombra es no haber sabido del caso gracias a una película, a las noticias policíacas (que por lo general eludo) o a la tele. No: me la contó uno de mis mejores amigos, triste porque su hermana y su madre han llorado aquella muerte. Así de cerca, ya, nos ronda El Mal quintaesenciado. ¿Dónde están, quiénes son (lo pregunto sin sentimentalismo) los culpables de este horrible mundo?

viernes, abril 04, 2008

Colaboración para Acequias 43



Colaboré en el número 43 de Acequias con el artículo que aquí calco:

Testimonios en el caos:
el blog como archivo al aire libre


Jaime Muñoz Vargas

Supe de los blogs en 2003 o 2004, y no me entusiasmaron mucho al principio. Me parecieron de entrada espacios dedicados al desahogo o al tiroteo inofensivo entre cuates, una especie de mesa cantinera en la que todos hablan a los gritos y nadie escucha. Para entonces yo había diseñado ya, con el “rudimentario” programa Front Page, una horrible página web de Geocities en la que me había propuesto publicar algunas muestras de mi escritura y fotografías. De inmediato advertí que no servía, que muy pocos o nadie iban a visitarla y que su aspecto simplón no colaboraba lo suficiente para atraer miradas. Llegué incluso a usar palabras escépticas y desafiantes en su presentación:

Este es un espacio modesto. Lo he diseñado apresuradamente, con las uñas y con las herramientas que ofrece el cuasicavernícola programa Front Page. Su primer propósito es negarse a ser, como ocurre con frecuencia en la red, una bonita pantalla de televisión. No hay en este sitio, entonces, una sola imagen sorprendente ni un solo efecto audiovisual. Lo único que me movió a construirlo es el deseo de compartir palabras y, de paso, dibujos y fotografías. Desde hace veinte años mi pasión/profesión es la literatura. Hasta antes de la llegada de internet creía que ella, la literatura, sólo podía comunicarse por medio del papel, así que desde mis iniciales tanteos con las letras me dediqué a juntar y a publicar libros y periódicos compartidos luego por medio de clases, conferencias y reseñas. Ahora me inauguro en este espacio, en este nuevo y descomunal soporte, como le llaman los expertos de la www.
Publicaré aquí algunas muestras de mi producción como escritor, como periodista cultural y como editor. Habrá cancha además, como ya dije, para los horrendos monos y las tal vez no tan deplorables fotos de mi producción.
No distraigo más a los escasos y esporádicos visitantes de este sitio. Me daré por satisfecho si encuentran un párrafo de su consideración. Ojalá. De veras me daría mucho gusto que así fuera. Si no, “¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío...?”, como bien preguntó el Manco al inicio de su Libro.

Unos meses después de haberla puesto en órbita, desistí de ese emprendimiento y “tumbé” la página. Casi simultáneamente supe que habían inventado el blog y que varias compañías abrían gratis la puerta a los usuarios de internet para crear estas bitácoras interactivas de facilísima elaboración.
Pese a que crear un blog era desde aquel momento sumamente sencillo, no me animé a tener uno propio por lo que ya dije: ¿de veras tendría tiempo alguna vez para llevar un diario de mis emociones, de mis opiniones, de mis estados de ánimo? ¿De veras quería mostrar al público la intimidad de mis reflexiones? ¿Habría en el mundo alguien interesado en leer eso? ¿Valía la pena exhibir lo que uno piensa a cada rato sin mayor convicción? Las respuestas a todas esas preguntas tendían a ser negativas, de ahí que pospuse indefinidamente la apertura de un blog, mi blog.
Pasó un tiempo no muy largo, de meses quizá, y noté un hecho interesante: por trabajo alimenticio escribo cinco veces a la semana una columna para La Opinión Milenio. Tengo allí total libertad temática, aunque destaco, por interés personal, lo literario, lo político y lo mediático (televisión y prensa escrita, sobre todo). Uso de vez en vez el espacio para opinar sobre los minúsculos haceres que enfrenta cualquier ciudadano, como ir al banco, como conducir un coche, como beber un trago, temas que me dan para breves crónicas de vida cotidiana con algún fleco “antropológico” que expreso en primera persona, eso para evitar en lo posible las generalizaciones. Pues bien, aunque la columna circula en el ámbito lagunero gracias al soporte de papel, y aunque también es “subida” diariamente a la web del diario, con relativa frecuencia, por curiosidad de algún lector, me veía obligado a prometer el envío vía mail de tal o cual texto de la columna. Para quitarme de encima tal engorro y agilizar el trámite de compartir los textos solicitados, decidí crear un blog.
No es, en este caso, un aparador de lo que pienso, sino un depósito, una especie de archivo que contiene básicamente los recortes de cada una de las entregas con las que nutro mi columna y que para efectos prácticos tengo allí por si alguien que no los ha leído en el diario (en papel) y, pasado un tiempo, me muestra interés en leerlos. Poco o nada uso el blog, por ello, para escribir directamente, para soltar párrafos a quemarropa. Lo que trepo allí, entonces, tiene al menos un día de haber sido publicado en el periódico, y sé que en ese espacio estará a disposición de cualquier lector del mundo, aunque sobre esto nunca abrigo demasiadas esperanzas pues siempre me ha parecido presuntuoso (o ingenuo) desear que a uno lo lean miles de personas. Es un defecto de apocamiento, no de modestia, que nunca he podido superar.
Como es un depósito de mi columna (columna que es al mismo tiempo un depósito de mis intereses permanentes y coyunturales), no he maniobrado para hacer que el blog aparezca en otros blogs ni le he sumado ligas a otras páginas. Esto podrá sonar extraño, quizá egoísta y poco dado a la interacción que hoy se da en el internet. Lo que ocurre es que el cruce de páginas me produce la sensación de caos, de laberinto inextricable, y apenas me he dado margen para subir a las carreras la columna y ya, luego salir huyendo de allí hasta no tener un nuevo texto para sumar.
Por otro lado, luego de crear el blog, cuya dirección es rutanortelaguna.blogspot.com, pensé que era suficiente con el texto. Algunos meses después noté que una imagen de aderezo a cada opinión, si bien no es indispensable, ayuda a vestir mejor cada post, de manera que me impuse la tarea adicional de buscar fotos (o tomarlas yo mismo, si el tema lo permitía) y añadirlas a la par de los textos. Con esta práctica, si uno mira bien, se completa el trabajo editorial en un sentido harto primario, pero ya periodístico.
Recapitulo: ante la infinita emergencia de páginas, de blogs, de recursos que la red ha dispuesto a todo el que use una computadora con internet, no creo que los aportes personales valgan la gran cosa. Siento, más bien, que el blog o la web personal pueden servir al escritor y al periodista como almacén de sus trabajos, como archivo al aire libre absolutamente disponible para aquel que, en la selva informativa de estos tiempos, apetezca leer o releer lo que uno ha colgado en esas páginas casi resignadas al monólogo. Creer que el blog puede lograr algo más que eso es, insisto, presuntuoso o ingenuo. Me conformo con saber que, en lugar de un amontonadero de recortes de papel con textos ya publicados e inaccesibles, allí está ese cajón virtual que acomoda y fecha cada entrega, un archivo al aire libre útil para lo que se ofrezca y cuando se ofrezca.

Nueva época de Acequias



Con gusto recibí el miércoles un ejemplar, el número 43, de la revista Acequias de la UIA Laguna. Fue una sorpresa sumamente grata para mí, pues como he dejado escrito en varias oportunidades, tengo con esa publicación y con esa universidad un vínculo que está más allá de los vaivenes laborales. Me atan a la UIA muchas experiencias y un buen número de amigos, tanto trabajadores como ex alumnos. Pese a que dejé de trabajar allí hacia febrero de 2006, sigo atento a la amistad de quienes fueron mis compañeros en esa institución y sigo publicando, cuando esto ha sido posible, en sus espacios editoriales, particularmente en la revista virtual el Mensajero del Archivo Histórico Juan Agustín de Espinoza y en Acequias. No es, por ello, pobre mi cercanía a la Ibero, así que siempre he celebrado sus logros como uno más, cercano o lejano, de los que integran esa comunidad académica.
Tal es la razón por la que, insisto, recibo con satisfacción la noticia de que Acequias ha ingresado a una nueva época. Durante 42 números, esta que es, sin duda, la mejor revista universitaria de La Laguna, manejó un diseño clásico desde su primera salida; elegante, sobria, bien diseñada por Cristina Solórzano y Mariana Ramírez, Acequias propuso sus materiales con infalible tesón cada trimestre en los diez años recientes. Al entrar a su onceavo año, su actuales coordinadores, Édgar Salinas Uribe (director editorial de la UIA y actual colaborador de La Opinión) y Julio César Félix (poeta, maestro y asistente editorial de esa misma universidad) ofrecen un trabajo que continúa los buenos oficios de la publicación y añade el ingrediente de un rediseño que rompe con la sobriedad inicial y entra al manejo de un aspecto más acorde con los nuevos estilos editoriales en el mundo de las revistas. Su formato sigue siendo tamaño carta, aunque redujeron el número de páginas; cambiaron el papel por uno de mejor calidad y sumaron dos elementos que hoy parecen imprescindibles en estos productos: la fotografía y el color.
El diseño, el excelente diseño de la nueva Acequias, es de Hugo Kerckhoffs, y sólo por afanes descriptivos diré que tiene un aire ecléctico de Letras Libres, Revista Milenio, La Tempestad, Día Siete y Revuelta. Se trata entonces de una publicación moderna, diagramada con buen gusto, de rostro muy agraciado. Esto que en sí mismo es apreciable, vale más, el doble si queremos, porque se trata de una revista no venal, como bien queda expuesto desde su carátula, donde luce con claridad la frase “ejemplar gratuito”. Entre otras, esta es una razón por la que Acequias merece reconocimiento: sin descuidar sus contenidos, agrega calidad a su soporte y circula a nulo costo para bien de sus cada vez más numerosos lectores.
El celebrable número 43 ofrece un menú a tono con la tradición de la revista. Un polémico ensayo del teólogo Benjamín Forcano titulado “Laicidad y familia”. Luego, una entrevista (“El europeo más sinaloense”) de Julio César Félix a Élmer Mendoza, acaso el mejor retratista literario de la ambiente violento en el norte de México. En seguida, un apartado monotemático que, como lo observa Salinas Uribe, es una novedad en Acequias; en este caso, cuatro textos sobre las relaciones establecidas en este momento entre la literatura y el internet, con textos de Pablo Paniagua, Daniel Herrera y Antonio Álvarez Mesta. Cierran otras colaboraciones, como la de Magda Madero sobre Memoria de mis putas tristes; un fragmento del libro Posthumano, de Mauricio Bares; un ensayo de Eve Gil, narradora y ensayista sonorense, sobre la censura, y bastante, bastante más.
No puedo, en resumen, dejar para mañana la felicitación que ya, hoy, merecen la UIA Laguna, Quintín Balderrama (su rector) y los encargados y colaboradores de Acequias. Da gusto saber que no hemos perdido este oasis. Que vengan muchos números más.

jueves, abril 03, 2008

Candidato de Arlt



Si no fuera por la distancia evidente que hay con el modelo, me atrevería a subtitular esta columna como “Aguafuertes laguneras”, casi como las Aguafuertes porteñas (1933) que inmortalizó, pese a la velocidad de su prosa, el genio de Roberto Arlt. Vivió apenas unos años, 42 exactos, y esa breve existencia dejó una marca indestructible en la literatura de su patria y más lejos, como lo trato de mostrar en este recuerdo a su figura. Era un tipo con un humor descarnado, con una especie de metafísica callejera que dotaba a sus textos de un aire inmediato y a la vez eterno, lo que bien podemos apreciar en este texto hallado en mis recurrentes visitas a sus aguafuertes (“Discurso que tendría éxito”); nótese, por favor, la actualidad del brutal juego que propone, y callo:
“Señores: Aspiro a ser diputado, porque aspiro a robar en grande y a ‘acomodarme’ mejor. Mi finalidad no es salvar al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones de compinches sinvergüenzas; no, señores, no es ese mi elemental propósito, sino que, íntima y ardorosamente, deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se vacían las arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que comprender es la más intensa y efectiva que guarda el corazón de todo hombre que se presenta a candidato a diputado.
Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que creo no tienen mis rivales. Ante todo, se necesita ser un cínico perfecto, y yo lo soy, no lo duden, señores. En segundo término, se necesita ser un traidor, y yo también lo soy, señores. Saber venderse oportunamente, no desvergonzadamente, sino ‘evolutivamente’. Me permito el lujo de inventar el término que será un sustitutivo de traición, sobre todo necesario en estos tiempos en que vender el país al mejor postor es un trabajo arduo e ímprobo, porque tengo entendido, caballeros, que nuestra posición, es decir, la posición del país no encuentra postor ni por un plato de lentejas en el actual momento histórico y trascendental. Y créanme, señores, yo seré un ladrón, pero antes de vender el país por un plato de lentejas, créanlo..., prefiero ser honrado. Abarquen la magnitud de mi sacrificio y se darán cuenta de que soy un perfecto candidato a diputado.
Cierto es que quiero robar, pero ¿quién no quiere robar? Díganme ustedes quién es el desfachatado que en estos momentos de confusión no quiere robar. Si ese hombre honrado existe, yo me dejo crucificar. Mis camaradas también quieren robar, es cierto, pero no saben robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien vendida. Ustedes saben que las arcas del Estado están enjutas, es decir, que no tienen un mal cobre para satisfacer la deuda externa; pues bien, yo remataré al país en cien mensualidades, de Ushuaia hasta el Chaco boliviano, y no sólo traficaré el Estado, sino que me acomodaré con comerciantes, con falsificadores de alimentos, con concesionarios; adquiriré armas inofensivas para el Estado, lo cual es un medio más eficaz de evitar la guerra que teniendo armas de ofensiva efectiva, le regatearé el pienso al caballo del comisario y el bodrio al habitante de la cárcel, y carteles, impuestos a las moscas y a los perros, ladrillos y adoquines... ¡Lo que no robaré yo, señores! ¿Qué es lo que no robaré?, díganme ustedes. Y si ustedes son capaces de enumerarme una sola materia en la cual yo no sea capaz de robar, renuncio ‘ipso facto’ a mi candidatura...
Piénsenlo aunque sea un minuto, señores ciudadanos. Piénsenlo. Yo he robado. Soy un gran ladrón. Y si ustedes no creen en mi palabra, vayan al Departamento de Policía y consulten mi prontuario. Verán qué performance tengo. He sido detenido en averiguación de antecedentes como treinta veces; por portación de armas —que no llevaba— otras tantas, luego me regeneré y desempeñé la tarea de grupí, rematador falluto, corredor, pequero, extorsionista, encubridor, agente de investigaciones, ayudante de pequero porque me exoneraron de investigaciones; fui luego agente judicial, presidente de comité parroquial, convencional, he vendido quinielas, he sido, a veces, padre de pobres y madre de huérfanas, tuve comercio y quebré, fui acusado de incendio intencional de otro bolichito que tuve... Señores, si no me creen, vayan al Departamento... verán ustedes que yo soy el único entre todos esos hipócritas que quieren salvar al país, el absolutamente único que puede rematar la última pulgada de tierra argentina... Incluso, me propongo vender el Congreso e instalar un conventillo o casa de departamento en el Palacio de Justicia, porque si yo ando en libertad es que no hay justicia, señores...
Con este discurso, la matan o lo eligen presidente de la República”.

miércoles, abril 02, 2008

Linchar al pentapichichi



Tras su regreso de España, cargado con todos los honores que un futbolista profesional puede almacenar en el zurrón, Hugo Sánchez (“el niño de oro”, “el niño del trapecio”, como lo motejó el inmortal Ángel Fernández) llegó a nuestro país con dos mamonerías que lo hicieron casi insoportable frente a la fanaticada: el acento españolizado y una grandilocuencia que en México sólo podían superar José Luis Cuevas y Luis Miguel (este último, dueño absoluto de la Gran Mamila Universal). Pese a ello, Hugo no dejaba de ser la máxima figura que ha dado el balompié azteca, el único que verdaderamente hizo pomada el mito de que nuestros jugadores no pueden arrasar en el extranjero, el único que no entonó la “Canción Mixteca” en chillona nostalgia de tortillas y frijoles con un chingatamadral de chile.
Hugo volvió a México atestado de méritos y de plata, y todavía aquí jugó un buen rato hasta retirarse, curiosamente, en un choque celebrado en el Corona entre el Santos contra los Toros del Celaya donde también jugase (así lo diría Hugo) Emilio Butragueño. Luego vino su etapa de entrenador y no sin algunas dificultades hizo bicampeones a los Pumas. Cuando la cosa decayó en la UNAM, durante un rato fue el detractor más hostil que tuvo Ricardo Lavolpe como timonel nacional. El pentapichichi hizo declaraciones furibundas, pesadas, siempre espesas de mala leche y de soberbia, como si él fuese la mamá de Tarzan (Tarzan sin tilde, no aguda sino grave, como decimos acá en Gómez).
Y pasó lo que tanto anhelaba: convertirse en seleccionador nacional. A coro, las televisoras saludaron ese contrato y lo apoyaron con elogios destemplados: Hugo Sánchez era el futuro niño héroe de la patria, el entrenador que requería la selección para inyectarle seguridad, sed de victoria, autoestima de metrosexual. Prometió que ganaríamos todos los torneos, fabuló incluso con la vacilada de que podíamos obtener el campeonato del mundo simplemente si lo deseábamos con la misma fe con la que apetecemos una caguama y un taco de nopales. El espíritu triunfador de Hugo no podía exigirse menos: las palabras debían prometer lo máximo, eso para no empezar su ciclo autoderrotándose con expectativas pobres o facilonas. El colmo fue que no entendiéramos su juego, el juego de todo profesional de la motivación: “¡Sé líder, sueña que ganarás, y si lo piensas todos los días y te programas neurolingüísticamente, lo más probable es que mañana serás un triunfador!”. En el discurso elemental de Hugo y del futbol, era lo mínimo que el nuevo entrenador podía decir, no andarse con medias tintas en materia de ilusiones.
Llegó la primera prueba, la Copa de Oro, donde otra vez nos despachó el poderos trabuco de los Estados Unidos. De inmediato, la Copa América celebrada en tierras de otro Hugo (Chávez en este caso), y allí tuvo a los aficionados en un puño, con la selección jugando bien, con Neri Castillo en grande y con un solo tropiezo en el choque definitivo que impidió pasar a la final; pese a ello, fue bueno el saldo de la copa celebrada en Venezuela. Meses después vino el fatídico preolímpico; un empate contra Canadá, una derrota ante la poderosa escuadra de Guatemala y un triunfo 5-1 frente al desnutrido futbol de Haití terminaron por liquidar la carrera de Hugo como DT de la selección. ¿Qué veo en esos tres torneos? Esto: una Copa de Oro de trámite, todavía con Hugo en proceso de adaptación; una Copa América muy buena y un preolímpico en el que Hugo poco o nada podía hacer para anotarle veinte goles gratis al desmadejado Haití. En pocas palabras, si hacemos un balance, Hugo es poco culpable del “desastre”.
Pero los que ayer lo exaltaron, ahora lo linchan. Hasta López Dóriga se sumó al grotesco ataque. Es el sacrificio ritual de temporada: hay que matar a Hugo para que reviva la esperanza de seguir sacando millones con el negocio de la selección. Hugo es mamón, pero no merece tanta mezquina rabia.

martes, abril 01, 2008

Reseña sobre el Monterrosaurio



Nadia Contreras me acaba de regalar un generoso comentario. Le agradezco y va, lo comparto:

Libro para leerse en todas posiciones.
Breve comentario al libro más reciente de Jaime Muñoz Vargas

Nadia Contreras

Hace algunos días terminé de leer el nuevo libro de Jaime Muñoz, titulado Monterrosauiro, homenaje a Augusto Monterroso y por supuesto a su cuento “El dinosaurio”. Publicado por Arteletra, editorial que él mismo coordina, su presentación es estupenda y me recuerda aquellas ediciones de El ala del tigre y El tucán de Virginia.
Monterrosaurio, lo leí de golpe. No me detuve y aunque quise escribir mis impresiones inmediatamente, las tareas académicas me obligaron a hacer una pausa indefinida. Ahora lo retomo, con el riesgo de caer en la pura palabrería. Le concedo el crédito a Poe. El hecho de levantarse por un vaso con agua o responder al teléfono, corta con golpe certero la emoción. A contracorriente de las grandes novelas, propuso la brevedad del relato.
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, es sólo la ecuación inicial de este Monterrosaurio. El juego y su ingeniería consisten en el humor y la metáfora, que da como resultado la greguería. Así, cada greguería o cada nueva construcción “Cuando _________, __ ______________todavía estaba allí”, nos da la posibilidad de nuevas historias. Veamos algunos ejemplos:

La cruda
Cuando vomitó, la borrachera todavía estaba allí.

La quinceañera
Cuando miró, el raboverde todavía estaba allí.

El santo
Cuando lucho, el Cavernario todavía estaba allí.

El WC
Cuando jaló, el monolito todavía estaba allí.

La insolación
Cuando parpadeó, el zopilote todavía estaba allí.

Borges
Cuando falleció, el otro Borges todavía estaba allí.

Juanga
Cuando triunfó, el Noa-Noa todavía estaba allí.

Jackson
Cuando emblanqueció, el cucurumbé todavía estaba allí.

Las citas que acompañan a una buena parte de estas greguerías, son de igual manera memorables. De “El santo”, Muñoz escribe: «(…) El cavernario era muy feo, y su mote de batalla apenas lograba describir aquella temible horripilantez. Sólo el Santo, nuestro inmortal ‘enmascarado de plata’, podía enfrentarlo sin que se le frunciera el uyuyuy». Sobre “La insolación”, apunta: «(El zopilote) avechucho de rapiña mexicano. Feo y prieto y siempre muerto de hambre el cabrón». Por último a la de Jackson, inmortaliza: «Se refiere al cantante afroamericano Michael Jackson, hoy más blanco que una dona Bimbo y de nariz más afilada que la de Sharon Stone. Cucurumbé, a la canción ‘Negrito cucurumbé’, obra de Francisco Gabilondo Soler, Cri-Cri, compositor infantil mexicano, entre otras de ‘Los tres cochinitos’, ‘El chorrito’ y ‘La patita’».
Para terminar, debo decir que Monterrosaurio es un libro que nos permite —además de la posibilidad de sus múltiples lecturas—, reír y disfrutar, pese a esta vida perneada por la brutalidad y el desencanto. Difiero aquí de José Vasconcelos, cuando escribe que existen libros para leer sentados o de pie. Los primeros, comenta, pueden ser amenos, instructivos, bellos, ilustres; los segundos, nos empujan los talones y nos obligan a esforzarnos para subir. Monterrosaurio, es un libro que permite las posiciones posibles: sentados, de pie, acostados o compartidos en el amor o la poesía.

domingo, marzo 30, 2008

Tres alegres compadres



Qué obscena falta de tacto tienen nuestros políticos. Están con frecuencia en donde no hacen falta y dejan de asistir a lo que puede darles imagen de hombres sensibles a la historia de sus comunidades. José Ángel Pérez, Ricardo Rebollo y Carlos Aguilera, alcaldes de Torreón, Gómez Palacio y Lerdo, enseñaron la calidad de sus plumajes el viernes 28 al desairar el primer homenaje póstumo para el periodista Alonso Gómez Uranga, organizado (obvio, dada la falta de malicia histórica de José Ángel) en Gómez Palacio, aunque no por el deseo de Ricardo Rebollo, sino por iniciativa de la UNID.
El gobernador Humberto Moreira tuvo la amabilidad de avisar en persona, frente a frente, al rector José Serrano, orquestador del homenaje, y disculparse previamente por su ausencia; por su parte, Ismael Hernández Deras, gobernador de Durango y único orador programado para la ceremonia, faltó con justificación, porque, se supone, tenía en ese momento una reunión con ministros de la Suprema Corte.
Pero que haya faltado el trío dinámico de enemigos de la historia no tiene nombre. José Ángel, Ricardo y Carlos, productos de un yuppismo extremo y oportunista, funcionarios desprovistos de sensibilidad política y cultural, es una verdadera perla y un termómetro de lo que harían en caso de que sobreviniera la desgracia a cualquier comunicador de La Laguna. Decía Sartre que los hombres juzgan a la humanidad en cada uno de sus actos, y Pérez, Rebollo y Aguilera juzgaron con su ausencia a todo el periodismo regional. Sin darse cuenta, ofendieron a don Alonso y a todos los que se apersonaron para rendirle tributo, pues no tomaron en cuenta el simbolismo de una trayectoria de más de sesenta años en el quehacer periodístico. ¿Qué se podría esperar de ellos, pues, si a un periodista con mucho menor carrera le pasa algo en estos tiempos convulsos? Nada, seguramente, ni siquiera unas palabras de aliento. Por otro lado, ¿de qué sirven los asesores que, como el espejo del cuento, les murmuran “qué bonito, todo está bien”, si no hubo uno solo que subrayara a su patrón el disparate de desdeñar el homenaje a don Alonso? ¿Arreglaba José Ángel el caso Mouriño y la inseguridad de Chihuahua? ¿Negociaba Rebollo el cese al fuego del conflicto israelí-palestino o pensaba cómo responder a los “10 Cuándos”? ¿Se regodeaba Carlos Aguilera anunciando a Maribel Guardia para el próximo festival cultural de Lerdo, como jugando vencidas con su colega de Gómez Palacio, quien dijo que Paquita la del Barrio es “cultura”? En fin: no había presupuestos de por medio, no había relumbrón, no estarían los gobernadores, y así, entonces, ¿para qué asistir? El viernes, los tres aprendices de administración pública le dieron la espalda a un personaje importante de la historia regional y a todo un gremio, y sospecho que ni se han percatado del error.
Ojalá emprendan el sacrificio de leer cuando menos estas líneas. José Ángel Pérez (ausente), Ricardo Rebollo (anfitrión ausente) y Carlos Aguilera (ausente): Alonso Gómez Uranga fue un decano de la radio, la televisión y la prensa en la región lagunera. Fue locutor de nuestras primeras radiodifusoras, esto desde 1945. Entre otros muchos personajes, don Alonso entrevistó a Maria Félix, Luis Echeverría, José López Portillo, Luis Spota (fue un escritor-periodista mexicano, señores alcaldes). Fue amante del Quijote de la Mancha (una obra literaria), lector asiduo de Mario Vargas Llosa (no tiene las curvas de Maribel ni canta como la Del Barrio, pero escribe excelente) y de Carlos Fuentes. Fue gerente de radiodifusoras, fundador de noticieros televisivos de opinión y noticiosos, compositor y corresponsal de diferentes diarios nacionales y estatales. Tres veces premio estatal de periodismo y ganador de El Águila de Oro, su voz (de acento clásico, viril, perfectamente timbrado) se convirtió durante años en sinónimo de noticia en La Laguna. Seis décadas de periodismo en radio, televisión y prensa impresa fueron homenajeadas el viernes en Gómez Palacio y nuestros alcaldes, con su desaire, emitieron una “opinión” contundente, más que sobre don Alonso, sobre el periodismo lagunero al que seguramente minusvaloran y quizá hasta desprecian.
Fui condiscípulo en la universidad y soy amigo de Sandra Gómez Vizcarra, hija de don Alonso. Desde aquí, felicidades a su madre, a sus hermanos y a ella por el merecido homenaje a la memoria de don Alonso, hombre cuyo ejemplo de trabajo seguirá vivo en las trincheras de la información regional.

sábado, marzo 29, 2008

Ética y poesía



Una nota muy interesante sobre Juan Gelman, quien hace cinco meses estuvo con nosotros en Torreón. En la foto, el poeta argentino con Renata Chapa, mi esposa.

Juan Gelman: poeta y periodista. Una vida con ética y compromiso

Hèctor Corti

Juan Gelman, con casi 76 años priorizando la ética y el compromiso militante con la vida y la humanidad, es uno de los mejores ejemplos de lo que alguna vez dijo: “Creo que es imposible que el ser humano deje de ser utópico, que deje de sentir la necesidad de pelear contra la injusticia y de defender la dignidad”.Desde su nacimiento, un 30 de mayo de 1930 en el barrio porteño de Villa Crespo —cuando decidió acompañar a su madre porque “corresponde a un caballero estar con una mujer querida en una zona difícil como el parto” — hasta estos días, con su residencia permanente en la ciudad de México, pasaron por la vida de Gelman muchas hojas de muchos almanaques conteniendo poesías, artículos periodísticos, militancia, exilio, búsqueda, encuentros.
La cultura y el arte, así como las cuestiones sociales, fueron parte de la cotidianeidad en aquel hogar de inmigrantes ucranianos formados por José Gelman, un socialrevolucionario que sufrió la persecución y el destierro, y Paulina Burichson, una estudiante de medicina de origen judío, hija de un rabino.
También tuvo un temprano contacto con la palabra —“esa cosa que está rodeada de silencio” — de distintas formas: en el ejemplo que su padre le daba a partir de su gran afición a la lectura y la búsqueda del conocimiento; en el relato de cientos de historias que le hacía su madre; en las poesías en ruso que le leía su hermano mayor Boris.
La palabra es la base de los dos caminos elegidos por Gelman para transitar en su vida, el de la poesía y el periodismo, “que nunca llegan a interferirse”, y que tienen dos lenguajes distintos, “íntimamente enraizados con diferentes misterios de la vida”.
El camino de la poesía se presentó en su vida, quizá influenciado por aquel “amor no correspondido” en su niñez, inspirador de los primeros versos que fluyeron en un poeta que no sabe bien por qué se escribe, pero sí que “es imposible no hacerlo”.
El periodismo, en cambio, fue la profesión que eligió para tener la posibilidad de estar cerca de la palabra. “Aunque la razón era equivocada, el oficio me pareció espléndido. Me permitió entrar en contacto con personas y realidades que alimentan mi escritura. El periodismo también es literatura. Pero algunos periodistas no se dan cuenta”.
El colegio y el barrio conformaron dos espacios importantes durante la adolescencia de Gelman. En el Nacional Buenos Aires “me rozaba con gente de otra clase”. Y el barrio representó “el escalafón completo: billar, mujeres, organillo, fútbol, milonga y esas cosas”.
Dentro de “esas cosas” también estaba la poesía. Y la decisión tomada un buen día de ser poeta, dejando de lado sus estudios de Química. Entonces, junto a otros muchachos como Héctor Negro, Hugo Di Taranto o Julio Silvani, comenzó a compartir un sueño que se convirtió en realidad. Ellos fueron algunos de los integrantes del grupo literario “El pan duro”, cuyo objetivo era la edición de libros. Y el primero fue, justamente, el de Gelman.
Era 1956 cuando “Violín y otras cuestiones”, prologado nada menos que por Raúl González Tuñón, vio la luz y marcó el inicio de una producción intelectual tan prolífera como apreciada, que trascendió las fronteras y le prodigó reconocimientos en el ámbito nacional e internacional.
Aquellos días también fueron de tránsito por el otro camino, el del periodismo. Una profesión que nunca abandonó, ejerció con pasión y que a lo largo del tiempo demostró su gran capacidad profesional. Esas condiciones le permitieron ocupar espacios destacados en las redacciones de varias revistas, diarios y agencias de noticias.
El compromiso político y la militancia fueron otros aspectos que estuvieron presentes desde muy joven en la vida de Gelman. Fue así que con apenas 15 años ingresó al Partido Comunista, y años más tardes, apenas comenzada la década del ’70 se sumó a la izquierda peronista. Roma, Madrid, Managua, París, Nueva York y México fueron algunas de las ciudades del mundo por donde transitó durante su exilio, cuando la noche de la criminal dictadura militar cayó con toda su crueldad sobre la Argentina.
El secuestro y desaparición de su hijo, Marcelo Ariel, y de su nuera, María Claudia García Iruretagoyena, embarazada de siete meses, fue el golpe más duro que esa dictadura le asestó a Gelman y su familia. Ahí nació una nueva lucha —junto a los organismos de derechos humanos, familiares y amigos— en la búsqueda de su hijo, de su nuera y el de su nieta, luego de recibir la confirmación de que había nacido en cautiverio.
Los restos de Marcelo Ariel fueron encontrados en enero de 1990 y se velaron en la sede de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires. De María Claudia García Iruretagoyena, se presume que está enterrada en alguna dependencia militar de Uruguay, junto a otros desaparecidos.
En tanto que su nieta, que había sido entregada por los militares uruguayos a un comisario de ése país, fue encontrada en 2000. Por voluntad de ella se le hicieron los estudios genéticos y se confirmó que era la hija de Marcelo y Claudia. Así, recuperó su verdadera identidad. En 2004, concluyó con sus trámites para lograr llevar el apellido de sus padres, hoy con sus 29 años es: María Macarena Gelman García Iruretagoyena.
“Creo que es imposible que el ser humano deje de ser utópico, que deje de sentir la necesidad de pelear contra la injusticia y de defender la dignidad”. Claro que sí, Juan Gelman, claro que sí.

Palestra latinoamericana



El texto que reproduzco es muy bueno. Yo ignoraba que ya estaba en circulación otro libelo de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. El primero salió con la portada que encabeza este recorte. Al segundo se refiere la respuesta de Boron:

La derecha contraataca

Atilio A. Boron

El aquelarre que tiene lugar en Rosario congrega a las figuras estelares del pensamiento y la praxis de la derecha. Su objetivo: relanzar, a escala continental, una fuerza conservadora que ponga coto a los avances de la izquierda en América latina y que instaló en fechas recientes gobiernos como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador u otros —como los de Argentina, Brasil, Chile, República Dominicana y Uruguay—, donde la voluntad transformadora del electorado fue malversada por gobernantes que en un súbito ataque de racionalidad abandonaron sus arcaicas consignas “populistas” y “estatistas” y se reconciliaron con el libre mercado, la inversión extranjera y el liderazgo norteamericano manteniendo o profundizando las políticas del Consenso de Washington instaladas por sus predecesores.
Entre las luminarias del intelecto sobresalen los nombres de los tres autores de El regreso del idiota (publicado al año pasado en la Argentina), nueva contribución del trío que, hace once años, perpetrara el célebre Manual del perfecto idiota latinoamericano: un catálogo de trivialidades, mentiras y falacias sobre las causas del subdesarrollo en nuestros países y que, según el incisivo análisis de estos autores, obedece a la enfermiza afición de los latinoamericanos al estatismo y al caudillismo.
Sus autores, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa plasmaron un engendro, prologado por Mario Vargas Llosa, que demuestra irrefutablemente que la derecha es incapaz de producir ideas y que su discurso no logra trascender el plano de las ocurrencias, el grado más elemental y primario de la intelección. En línea con su antecesor, el nuevo libro es un destilado de prejuicios, estereotipos y lugares comunes urdidos por mentes exhaustas y estériles. Sería una empresa condenada al fracaso tratar de hallar en sus páginas un sofisticado argumento teórico en defensa del neoliberalismo al estilo de los que plasmaran Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises o un Karl Popper. Lo que hay, en cambio, es un amontonamiento de ocurrencias sólo aptas para alimentar los espíritus más retrógrados y recalcitrantes y un profundo desprecio hacia lo que en el ámbito científico se conoce como la “evidencia”, es decir, el respaldo que los datos de la experiencia le confieren a un argumento teórico.
La tesis central del libro reproduce la vulgata neoliberal según la cual el camino al desarrollo pasa por el libre comercio y las políticas de libre cambio. A lo largo de sus páginas el desprecio por los más elementales datos de la historia económica de los capitalismos industrializados es alucinante. ¿Por qué? Una hipótesis, la más benévola, diría que esto se debe a la ofuscación que se desprende de su adhesión a las supersticiones del neoliberalismo. Aquélla los induce a desconocer que los países desarrollados llegaron a esa condición siguiendo políticas que nada, absolutamente nada, tuvieron que ver con el libre comercio. Gran Bretaña fue ultraproteccionista y su Estado fuertemente intervencionista hasta que su indisputada primacía en el mercado mundial, al promediar el siglo XIX, la hizo comenzar a predicar el librecambio para las demás naciones, consciente de que sería ella la única llamada a beneficiarse con la naciente división internacional del trabajo. No fue muy diferente la historia del desarrollo económico de los Estados Unidos. Uno de los “padres fundadores” de la nación norteamericana, su primer secretario del Tesoro y redactor de los influyentes Papeles del Federalista fue Alexander Hamilton. Este no sólo consolidó las deudas internas y externas originadas por la Guerra de la Independencia sino que, desoyendo con dos siglos de anticipación las imbecilidades de los idiotas pluscuamperfectos que hoy predican el evangelio neoliberal, promovió la creación de un banco central y con subsidios y aranceles proteccionistas impulsó el desarrollo industrial de su país. Subsidios y aranceles proteccionistas cuya vigencia se extiende hasta el día de hoy, tanto en los Estados Unidos como en Europa, mal que les pese a los autores del panfleto y a quienes aconsejan a nuestros pueblos abandonar esas políticas.
Pero, ¿puede el fanatismo llegar tan lejos como para desconocer lo que un simple aficionado a la historia económica sabe de memoria? No, y por eso hay una segunda hipótesis mucho menos benévola para con el trío que por estos días nos visita. Estos autores, así como los demás que se reúnen en Rosario en un vano intento de eclipsar con las potentes luces de sus mentes el octogésimo aniversario del nacimiento del Che, son parte del enorme ejército de intelectuales orgánicos del imperio cuya estratégica misión es construir e inculcar en nuestras sociedades una versión falsa de la historia y la realidad actual. En otras palabras, fabricar el clima ideológico requerido para favorecer la emergencia de fuerzas políticas conservadoras aptas para capturar el apoyo de una ciudadanía meticulosamente desinformada por los medios de comunicación que controla el gran capital y preservar la hegemonía de los intereses del imperialismo y sus clases aliadas en la periferia. Agotada, por ahora, la vía del golpe militar, la derecha se lanzó hace décadas y con bastante éxito a la conquista de las conciencias. Sus intelectuales no son tan ignorantes como parecen sino que hacen su trabajo: engañar al común tergiversando la información, diseminando verdades a medias que ocultan sus mentiras y amordazando con guante blanco (mientras no sea necesario un recurso más contundente) el pensamiento crítico. Al cabo de esta noble labor reciben espléndidas recompensas en dinero, influencia, prestigio y todo el reconocimiento “oficial” que les otorga el aparato mass-mediático del capital y que convierte sus voces en la fuente de toda sabiduría y sensatez. Llegan a Rosario para coordinar sus esfuerzos y potenciar su gravitación ideológica y política en el seno de nuestras sociedades.

Bob Esponja sí existe



La nota no es una nota, sino un cuento de hadas con final feliz (con cajita feliz, mejor dicho). El caso de Luke Pittard confirma, o al menos me lo confirma a mí, que Bob Esponja no es una creación de Stephen Hillenburg y una de las series de dibujos animados más populares de Nickelodeon. Eso es falso: Bob Esponja sí existe, o, como suele ocurrir, la realidad ha copiado a la fantasía más descabellada para demostrarnos que el hombre no tiene límites en materia de ocurrencias.
Cualquier persona culta sabe en la actualidad que Bob Esponja, mejor conocido en el bajo mundo (o sea, en el fondo del mar) como “pantalones cuadrados”, es en efecto una esponja amarilla de ojos grandes, dientes de abresodas y vestimenta algo ridícula, como de boy scout fuera de servicio. La personalidad de Bob es infinitamente cándida, disparatadamente ingenua, hiperbólicamente optimista, tanto que andar con él a veces llega a ser más embarazoso que tomarse un café en público con Fabiruchis. Bob trabaja, nadie lo ignora, en “El crustáceo cascarudo”, el restaurante de hamburguesas más concurrido en Fondo de Bikini, la localidad donde radica el amarillo personaje. Allí, el admirado Bob prepara las deliciosas “cangrebúrgers”, unas hamburguesas inventadas por Don Cangrejo, a la sazón dueño de la receta secreta cangreburguera y de “El crustáceo cascarudo”. Como se podrá advertir, el nivel de maliciosa simplonería que maneja la serie es brutal, pero inocuo sólo en apariencia: hay una cantidad abrumadora de ironías sobre/contra la cultura gringa, ironías tan delicadas que en muchos casos superan el explícito registro guasón de Los Simpsons.
Sin dejar demasiadas marcas que lo ubiquen como demoledor, Bob Esponja es un chivo en la cristalería de la cultura pop norteamericana, a cual más, en muchos casos, idiota. En la serie, el principal rasgo tonto de esa cultura que imprime como ninguna otra el sello del amor a la vacuidad, es el de un Bob enamorado de sus hamburguesas como quien se enamora de obras artísticas. Y no sólo la estulticia tiene allí su retrato; también la voracidad económica, como en Don Cangrejo y sus desmesurados anhelos de enriquecimiento; o la envidia, como en Plankton y sus ansias por robar la fórmula de las cangrebúrguers; o el grado cero de la estolidez, como en Patricio y sus ideas infaliblemente fallidas.
Pues bien, respetable público, a veces uno llega a creer que las caricaturas de la televisión no tienen referente claro en la realidad, como señalé hace dos párrafos. Resulta que no, que en Gales sí existe un tipo decidido a seguir los pasos de Bob Esponja. Esta es, brevemente, su historia, un caso de la vida real que conmovió a la población adicta a las hamburguesas (nota de la agencia EFE). “Luke Pittard, británico, ganó 1,3 millones de libras (1,6 millones de euros, 2,6 millones de dólares) en la Lotería Nacional del Reino Unido, pero ha vuelto a trabajar a un McDonald porque echaba de menos a sus colegas.
Pittard, de 25 años, trabajaba de camarero con su novia Emma Cox, de 29, en un restaurante de la famosa cadena de hamburgueserías en Cardiff (Gales) en julio de 2006, cuando la fortuna llamó a su puerta con el citado premio.
La pareja de nuevos millonarios colgó entonces sus uniformes de McDonald y se retiró a disfrutar de la vida con su hija Chloe, de 3 años.
Luke y Emma compraron una casa por 230.000 libras (292.100 euros, 460.000 dólares), celebraron una boda por todo lo alto y se pagaron unas vacaciones de lujo en las Islas Canarias (España).
Sin embargo, la novedad de sentirse millonario se ha esfumado veintiún meses después y Luke ha decidido volver al McDonald porque añora a sus compañeros, informó hoy la cadena pública BBC.
Emma apoya sin reservas a su esposo: ‘Le entiendo perfectamente. Ambos disfrutamos trabajando en McDonald y aún tenemos buenos amigos ahí’, comentó la esposa.
Además, la jefa del millonario, Katherine Jones, está encantada con su regreso: ‘Me alegra —dijo— que haya tenido tiempo de disfrutar el premio, pero me encanta tenerle aquí. Es como si nunca se hubiera ido’.
Emma también ha accedido a que el matrimonio aplace su luna de miel hasta que finalice la temporada del equipo de fútbol en el que su marido juega de portero en sus ratos libres.
‘Debo ser —concluyó Luke Pittard— el hombre más afortunado del mundo. No sólo gané una fortuna, sino que mi esposa entiende la importancia del fútbol y ahora he recuperado mi antiguo trabajo’”.
Insisto: Bob Esponja sí existe. Su verdadero nombre es Luke Pittard.

viernes, marzo 28, 2008

¿Dónde está Durango?



Firmado por José Manuel Martínez y publicado el 26 de marzo pasado, CNNExpansión dio a conocer un estudio de Banamex sobre crecimiento económico en México. La nota me la envió Heriberto Ramos Hernández, a quien siempre le agradezco su colaboración en este espacio. Los números inquietan sobre todo en el caso de Durango, entidad que en 2007 apenas tuvo un ridículo crecimiento del 0.8%, porcentaje que coloca al estado alacranero en el último peldaño de esa lista. Hay que decir, de entrada, que el promedio nacional fue de 3.2%, lo que hace aún más alarmante el diminuto crecimiento que acusa el estado que hoy gobierna Ismael Hernández Deras.
Una vez más, como es tradicional sobre todo en los reinos de la demagogia institucionalizada, los discursos no embonan con la realidad. Es bien conocido el rezago padecido por Durango, su histórico alejamiento del progreso y su atávica vocación caciquil. Dos ciudades que no son ni mínimamente importantes en el ranking nacional, Gómez Palacio y Durango, son las únicas avanzadas del estado, así que ya podemos darnos una idea sobre la depauperada ruralidad de los demás municipios. Eso coincide, entonces, con los indicadores sobre desarrollo dados a conocer por CNNExpansión: Durango no fue capaz de estar encima de entidades que siempre y lastimosamente han padecido la mayor pobreza del país, como Oaxaca, situada en 2007 en el lugar 31 (es obvio que de 32) con 1.1%.
Algo grave está pasando en las instancias encargadas del fomento económico en Durango, pues no es explicable que un estado con tantos recursos crezca casi siete puntos porcentuales menos que otros como Quintana Roo (8.4%) y Baja California Sur (7.2%), los dos mejor ubicados en la tabla que registra datos de 2007. “Destaca el crecimiento de las entidades con gran vocación turística de playa. Tanto Quintana Roo como Baja California Sur dan muestras de gran dinamismo sustentado en la prestación de servicios turísticos, principalmente para el turismo de alto ingreso”, dice el estudio citado por el reportero de CNNExpansión. Y agrega que “Entre los estados que crecieron por arriba de la media nacional destacan Querétaro [con] 5.1% y Aguascalientes (5.2%) gracias a la diversificación de sus economías, lo que redujo el impacto de una desaceleración del sector manufacturero”.
Sea por las razones que sean, lo cierto es que resulta muy poco honroso ocupar el peldaño 32 en listas que dan cuenta del avance económico por entidad. ¿Qué no se supone que en el norte nos caracterizamos por avanzar más aprisa que en el sur? ¿Qué nuestros gobiernos (como el de Durango) no blasonan de progreso en todos los rubros? Parece que no hay tal, y por ello, como bien me lo comenta Heriberto en su oportuna carta, “en los círculos financieros nacionales a Durango se le llama socarronamente ‘El Chiapas del Norte’; su PIB per capita es de aproximadamente 5,000 dólares, y pueblos enteros ya son fantasmas sin hombres, pues estos se han ido a EUA”. El PIB per capita promedio nacional es de 8,455 dólares, añade, “o sea que Durango está atrasado y para acabarla de amolar crece muy poco”.
Uno se puede formar una idea clara del desastre si observamos que, en dólares, el PIB per capita en 2007 de los diez estados más ricos es el siguiente: DF, 20,049; Nuevo León, 15,170; Campeche, 13,570; Quintana Roo, 12,308; Chihuahua, 12,308; Coahuila, 11,963; Aguascalientes, 10,816; Baja California Sur, 10,735; Sonora, 10,534; Baja California, 10,129.
En Durango no hay ni un milímetro cuadrado más para la demagogia. La política ficción, allí, vale menos que un cuento de vaqueros filmado en locaciones, precisamente, durangueñas.

jueves, marzo 27, 2008

Trincheras de ideas



“Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, escribió José Martí en ese vademécum de la dignidad política titulado “Nuestra América”. La sentencia viene a cuento por lo dicho ayer en este mismo espacio: la ventajosa guerra mediática emprendida por el gobierno usurpador va de la mano con los arreglos siempre oscuritos que hoy hacen PRI y PAN para que pase una reforma energética descubridora de tesoros en las profundidades del Golfo de México que a su vez hará infinitamente rico a un golfo que anda en México y nació en España.
Dado, pues, que se libra una batalla por el “posicionamiento” (esta palabreja es cara para los mercachifles de la política) de un concepto en la conciencia de la población, no es para desatenderse la necesidad de crear cercos de ideas que de alguna manera contrapesen la gravitación bestial de Televisa y TV Azteca en el imaginario de la gente. Como lo comenté ayer, las dos grandes televisoras, el duopolio goebbelesiano que repite mil veces cualquier mentira para mutarla a verdad, no cesa durante los presentes días en su empeño de inocular a la población el virus del mercachifle vendedor de todo lo que huela a petróleo.
El debate por la principal riqueza del país no puede quedar sólo en las pezuñas de quienes alientan el hallazgo de tesorazos marinos. Los mexicanos mínimamente despiertos deben entender que su claridad es indispensable a la hora de conversar con los amigos, de atender la sobremesa, de mandar un mail o platicar con el bolero. ¿No les parece sospechoso que de buenas a primeras los programas más idiotas del país (y conste que en dicho terreno la disputa está muy competida) enarbolen el lábaro del futuro enriquecimiento patrio para convencernos de bucear en busca de tesoros? ¿No es por lo menos extraño, extrañito, extrañititito que esas mismas empresas hayan sido sistemáticamente acusadas de perpetrar un vacío informativo, de ridiculizar o zaherir con furia a los opositores del actual régimen sin sello de legitimidad original? Pues sí; ante un ciudadano de a pie, ante un joven que no entiende mucho de esto ni le interesa tenemos al menos la responsabilidad de hacer evidente que hay algo raro en la incorporación de discursos sobre tesoros petroleros en programas y horarios atípicos. ¿O alguna vez había sucedido que mientras son ventaneados los pleitos de Bobby Larios con Niurka apareciera de pronto el “periodista” de espectáculos con un choro (leído en telepromter) que nos convida a gozar de la abundancia futura a cambio de dóciles aceptaciones en el presente? Nunca.
El negocio debe ser grande, entonces, para que los Grandes Gandallas del país le inviertan tanta fe a la propaganda y hayan diseñado una estrategia de filtración supuestamente invisible, subliminal, inducida vía programas televisivos de chismes patychapoyescos y juanjoseorigelescos.
La defensa física y pacífica convocada el martes en el zócalo de la capital es bienvenida, siempre y cuando, creo, la población tenga claro que eso es todavía más simbólico que el convencimiento colectivo, personal, de que algo puerco traen entre manos los Calderones, los Mouriños, los Gamboas y los Beltrones, ases de una baraja que obviamente tiene más cartas, tantas como futuros comensales desean asistir al repartimiento del pastel llamado Pemex.
“Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, repito con Martí. Hay que estar muy al tiro, como dicen en mi rancho.