jueves, junio 19, 2008

Cimientos de la música



Entrevisto a Armando Martínez (Cuty para sus muchos cuates) y omito mis preguntas, pues quedan subsumidas en las amables respuestas.
1. Después de estar entregado a la educación musical una buena parte de mi vida y de que salta a la vista la imperiosa necesidad de una escuela de música formal (preferentemente una licenciatura), me di a la tarea, hace tres años, de emprender este proyecto como una aportación a mi ciudad y a la región lagunera con la finalidad de capacitar, sobre todo, a aquellos jóvenes que ven en la música una posible y muy digna profesión. Un claro ejemplo de esto son mis dos hijos (Armando y Francisco, quienes actualmente estudian, respectivamente, en Saltillo y el DF; Armando estudia canto operístico; Francisco, guitarra clásica y composición), que no pudieron estudiar en su ciudad natal pues esto simplemente no era posible en aquel entonces.
2. Con los alumnos hemos desarrollado sus conocimientos y capacidades musicales suficientes para presentar un examen de admisión para licenciatura. Quisiera aclararte que en toda escuela superior y conservatorio del país es requisito indispensable comprobar que se ha estudiado formalmente música por tres años. Te comento que los alumnos que se gradúan han formado desde hace un año un grupo de jazz llamado “Le blue band” y que orgullosamente es el primero hecho en La Laguna, es decir, que son alumnos que se han formado académicamente y por su esfuerzo han llegado hasta este nivel. Te aclaro que por supuesto ha habido y hay otros grupos de jazz, pero estos han sido formados regularmente con músicos que interpretan otros géneros musicales y que no necesariamente tienen formación académica y jazzística.
3. Tres de los seis graduados actualmente se encuentran presentando examen de admisión en la ciudad de México; con los otros tres hemos sostenido pláticas para darle continuidad a sus estudios a través de cursos con maestros venidos sobre todo del DF, como el curso de “Introducción a la improvisación” que tuvimos el honor de llevar con el maestro Eugenio Toussaint y con quien tenemos proyectado impartir la segunda parte. También te comento que algunos alumnos que no necesariamente han terminado la carrera técnica con nosotros han sido aceptados y se encuentran estudiando en otras ciudades del país.
4. Las principales dificultades son y siguen siendo: a) económica, pues hasta la fecha no contamos con un presupuesto fijo para nuestra escuela, y esto trae como consecuencia el punto b) cultural, pues nuestras autoridades federales y sobre todo estatales y municipales no alcanzan a ver que la música es como cualquier profesión y además podría ser fuente de trabajo, así como también motivo de crecimiento regional y del país (no olvidemos las palabras de Octavio Paz: en México en el único renglón en el que somos del primer mundo es en el arte).
5. La educación musical en La Laguna aún deja mucho que desear; sin embargo, pienso que estamos dando el ejemplo de que es más bien cuestión de educación y voluntad y la muestra es que en el Centro de Educación Musical A.C. se graduará la primera generación de la Carrera Técnica en Música en toda la historia de nuestra región.
Según su director, el Centro tiene como objetivo proporcionar a los estudiantes formación académica y la capacitación musical que les permita desenvolverse en el aspecto académico, laboral o creativo para aspirar a una licenciatura en música, docencia en primaria o secundaria y creación de grupos musicales. Hoy a las 19:30 horas se celebrará el recital de graduación en el Teatro Alvarado. La entrada es libre. Por anticipado, una felicitación a Cuty Martínez y a sus egresados.

miércoles, junio 18, 2008

Visión de los mendigos



Mi amigo pasa un mes en un poderoso país capitalista del remoto Oriente. Trae una valija llena de visiones, de recuerdos, de anécdotas. Mi amigo es un gran amigo, y es un alegre, lo digo sin ironía, defensor del capitalismo justo, si lo hay. De hecho, se declara ajeno a las ideologías; la buena fe, la información y el deseo de mejores niveles de vida para todos que norman su criterio fueron expuestos a un país desarrollado y las impresiones que recogió lo convencieron de que tenía razón: hay un capitalismo no salvaje, o al menos no tan salvaje, un capitalismo que genera riqueza repartida de una manera menos desigual. Su conversación no cesa de elogiar lo que vio; claro, es una obra humana y tiene sus defectos o sus asegunes, pero en general es aprobatoria la calificación que le pone en los rubros básicos del bienestar social. Me informa que su entusiasmo decayó al pisar suelo mexicano. Cuando al fin estuvo de nuevo en nuestros cruceros, vio con otros ojos a la enorme población que se mantiene de milagro con la mendicidad. “En una mano extendida está todo el presente de un padre que anda con su hijo en los cruceros. Hasta que volví a México reparé en que no vi un solo mendigo en las calles de aquel país”.
En México, ya lo sabemos, no es necesario ser pordiosero para vivir en condiciones de extrema pobreza; viven así millones de trabajadores que, con salarios tamaño piojo, padecen junto a sus hijos todo lo que conlleva el macabro círculo de la pobreza: hambre, mala atención médica, pésima vivienda, falta de oportunidades educativas y culturales, lamentables servicios públicos, exposición virginal al manipuleo electorero y mediático, violencia de clase y violencia intrafamiliar, vulnerabilidad ante la seducción de la delincuencia. Las pulgas de lo detestable se le cargan, lo sabemos, a los perros más flacos.
No es necesario ser pordiosero para andar con una mano adelante y otra atrás, pero serlo garantiza, si no la total inutilidad del pordiosero que tal vez finge serlo, sí la enorme capacidad que tiene este país para producir mendigos en cantidades que ya quisiera la Nike para producir tenis. Los hallamos por doquiera que uno va, sin remedio. Si uno hace la prueba de salir a la calle con veinte, treinta pesos de “feria” en el bolsillo, en menos de medio día ya nos deshicimos del dinero si damos un peso por piocha. A veces no es necesario salir, pues a casa llega cualquier cantidad de pedigüeños con las historias más creíbles e increíbles diseñadas para generar recursos de supervivencia.
Ante esa abundancia de la pobreza extrema, me declaro incompetente para decidir tajantemente si doy o no limosna. Tan indeciso estoy sobre el tema que a veces doy y a veces no, siempre con conflicto interno cuando elijo cualquiera de los dos caminos. Si doy, pienso de inmediato que es inútil, que no remediaré nada, que etcétera. Si no doy, me parte el alma saber que dispongo de unos pesos sueltos en el bolsillo y la señora con su hijo desnutrido e insolado se va sin obtener nada de mí. Con frecuencia me asombro, por ello, ante las personas que seguras, firmes, de una sola pieza, dicen “no, yo nunca doy nada”. Los argumentos son variados: desde el que dice que no trabaja para los demás, hasta el que presupone montones de dinero de los actorales pordioseros, pasando por los que (muy sociológicos) plantean que la limosna no ayuda a paliar en nada los problemas estructurales.
Se trata, claro, de una decisión siempre polémica. En muchos sentidos, todos los argumentos, los que están a favor y en contra, tienen mucho de razón y de sinrazón. Lo que no deja de apantallarme es la seguridad de algunos que nunca dan nada porque presuponen fingimiento del menesteroso. El fingimiento, debo decir, también es un trabajo. Un trabajo extraño, cierto. Lo usan por igual mendigos y políticos, por ejemplo. Hay algo anormal en el hecho de que, por simular, a los políticos sí les paguen y a los mendigos no. El tema es complejo, de ahí que las decisiones implacables me impresionen.
N. del E. Es mía la foto que encabeza este post. La tomé en Buenos Aires. Me llamó la atención que la madre y su hijo fueran rubios de tez blanca. En México, ya lo sabemos, la mendicidad es desgracia casi exclusiva de morenos.

domingo, junio 15, 2008

Aforismos de Praxedis Guerrero: magonismo en cápsulas



“No hay ensayo más breve que un aforismo”, ha escrito Gabriel Zaid. Para definir al aforismo, pues, el ensayista mexicano ha fabricado uno. Con las reservas del caso, podemos aceptar que, en efecto, el aforismo es la forma más condensada de la opinión personal sobre alguna materia. Como a otras formas breves, le falta la densidad explícita de la elaboración discursiva, el juego de las explicaciones que terminan por decir a las claras de qué trata tal o cual asunto. La forma breve frena, detiene la expresión y obliga a la complicidad del lector, quien debe necesariamente hacer la tarea siguiente: redondear el sentido, terminar la pieza, co-crearla. Poco más adelante veremos por qué reflexiono sobre esto.
Al hojear el ladrillo Regeneración, 1900-1918, reitero que el valor de las luchas sociales se agiganta cuando ha quedado un testimonio escrito sobre sus avatares. No sé qué tan justo haya sido la historia de México con el periodismo de los magonistas, y no sé siquiera si alguna historia del periodismo mexicano le ha dado el lugar (los clásicos de la oratoria dirían señero) que merece. Un cúmulo bárbaro de información y opiniones campean en esta que es apenas una compilación de los textos que el periódico de los magonistas publicó durante casi veinte años de accidentada vida. Asombra que, en medio del fragor, entre huidas y zozobras, a salto de mata, como dice la gente, los militantes del Partido Liberal se hayan dado tiempo para redactar, con un resplandor estilístico y una compacta fortaleza ideológica, infinidad de párrafos que a la postre serviría para incitar a la rebelión. Más allá de los resultados (como en el caso de Viesca), la propuesta del magonismo vale ahora como símbolo de congruencia y tesón. Las páginas de su periódico testimonian, como pocos, que algo profundamente firme movía el interior de aquellos hombres. Si muchas veces parece suficiente dedicar la inteligencia y la palabra a las causas de la emancipación, los hombres que hicieron Regeneración estaban un paso más allá de eso que les hubiera parecido cómodo: junto a la escritura, por debajo de la escritura incluso, estaba la lucha directa, la organización del partido, el esfuerzo hormiga de perseguir un ideal y sacrificarlo todo en su procura.
He rehojeado el tomote de Regeneración, número 88 de Lecturas Mexicanas que en 1987 reimprimieron la SEP y la editorial Era. No tiene página de desperdicio, desde el prólogo de Armando Bartra. Abrirlo en cualquier sitio es encontrar el filo de la expresión literariamente bien lograda en conjunción con el brío ideológico. Hoy en la mañana, al conversar con Saúl Rosales, dijo algo que alienta mi entusiasmo de escritor frente a una obra de naturaleza política: “No sé por qué no hay tesis de literatura sobre esos textos periodísticos”. Es verdad: la fuerza huracanada de las ideas vuela con viril empaque en la prosa de quienes hicieron de Regeneración el periódico más radicalmente propositivo en los albores del siglo XX mexicano. Ignoro qué tanto crédito recibirá el magonismo en las fiestas del centenario, pero los levantamientos de Viesca, Las Vacas y Palomas sirven para hacer notar que nuestros historiadores de la revolución deben también echar un ojo a la enérgica fuerza motriz que tuvieron las ideas del Partido Liberal y que fueron expresadas con fidelidad en Regeneración.
Uno de los colaboradores más incisivos fue, sin duda, Praxedis Gilberto Guerrero. En sus textos, el poder de sus ideas convivía con un encanto literario difícil de igualar por sus coetáneos. Era, creo, un escritor metido a político por la fuerza de la realidad, no un político metido a escritor. En una de sus colaboraciones, acaso conciente de que el pensamiento de los liberales debía quedar mejor estampado en la memoria de quienes leyeren, encapsuló en aforismos varias de las ideas que en otros textos suyos aparecen desarrolladas con mayor amplitud, la amplitud que le permitía el espacio periodístico. Ese texto lleva como título “Puntos rojos”. Si alguna vez fue usada en México la hipercondensación ideológica de muro o de pancarta, el aforismo, esta fue una de ellas, tal vez la más lograda. Escribió el anarquista Guerrero estos aformismos que encierran buena parte de su axiología:
-Proletario, ¿qué es tu vida que la amas tanto, que la cuidas del viento revolucionario y la metes gustoso al molino de la explotación.
-La pasividad y la mansedumbre no implican bondad, como la rebeldía no implica salvajismo.
-La justicia no se compra ni se pide de limosna; si no existe, se hace.
-Hay muchos impacientes por la hora de la libertad; pero ¿cuántos trabajan para acercarla?
-Derechos escritos, nada más escritos, son burlas al pueblo, momificadas en las constituciones.
No era, por lo que se ve, un pensamiento sistematizado, programático, sino la reducción a su mínimo tamaño del viento interior que movía la acción magonista. Esas ideas tenían valor, y empujaron a muchos hombres a seguirlas. Tal vez ahora sus ensayos en miniatura nos suenen excesivos, desproporcionados, tan excesivos y desproporcionados, casualmente, como los lastres sociales que seguimos arrastrando. Saquemos conclusiones y digamos si tuvo razón Prexedis Guerrero y si la tuvieron, de paso, todos los que convivieron con él en el mismo credo político que en Viesca tuvo uno de sus más representativos escenarios.

sábado, junio 14, 2008

Exmo. Sr. D.



Convertido en un estadista exprés, Felipe Calderón ha hecho su agosto mediático en España. Las televisoras mexicanas, con todo el peso de su influencia, le han dado una cobertura de oro y han seguido un guión celebratorio sin tapujos. Por otra parte, Ciro Gómez Leyva se lamenta de que en la madre patria lo reciban con el bombo de Manolo y en México sólo coseche desprecios y protestas. Será, quizá, porque una buena parte de los mexicanos seguimos en la idea de que es un presidente espurio, y lo que se funda en un fraude no merece reconocimiento. El gobierno y el monarca españoles lo aplauden por una razón práctica: hay jugosos proyectos de inversión en marcha y otros pueden prosperar si dentro de tres años, como anhelan, el coterráneo delfín Mouriño se hace de la candidatura por la presidencia azteca. En ese escenario, ¿cómo tratar mal al Exmo. Sr. D. Felipe Calderón? Al contrario, dicen Juan Carlos de Borbón, Rodríguez Zapatero, Rajoy y compañía: bienvenido sea.

Feliz cumpleaños, Guevara



Pese a los infundios y pese a las verdades dichas a medias o fuera de contexto, el rosarino merece un abrazote de cumpleaños: tiene 80 de vida y tan fresco, tan como si nada. Aunque cada vez es más difícil extender su ejemplo de tesón y su sincera rebeldía contra lo injusto, el tipo sigue allí, como referente de cualquier lucha que repita la de David contra Goliat. Más allá de la foto de Korda —como lo han señalado algunos alegres jilguerillos del imperialismo que no ha dejado de ser imperialismo ni ha dejado de ser yanqui, la foto ahora sirve lo mismo para decorar mantas de protesta que playeras de metrosexual—, el hombre está vivo y permanece joven. Hoy es octogenario, y eso que murió a los 39.
¿Qué regalo hacerle? No aceptaría ninguno, pues hasta sus enemigos reconocen que fue duro en melindres y no se dejaba apapachar así nomás. Era, se sabe, reacio para la vanidad; “algo que al sobrio revolucionario argentino siempre repugnó”, dijo el mejor escritor peruano, quien lo malquiere. Así fue Guevara, un tipo que hacía o trataba de hacer caso a su ideal del hombre nuevo. Ceñido a la utopía, al pie de su propio sueño, murió para vivir, como dijo el poeta, en la eternidad de los que, con excesos, con errores, humano al fin, no transigen en la voluntad de servir, de dar mucho y recibir nada o muy poco, que lo suyo no era eso de acomodarse a las oportunidades mullidas, sino buscar, como Quijote con fusil, los escenarios propicias para desfacer entuertos.
Cortázar, y ese es el regalo que el rosarino tal vez sí aceptaría en su ochenta aniversario justito, escribió lo mejor que sobre él ha podido escribirse. Es un cuento. Lo tituló “Reunión”, y narra el desembarco de los barbudos que en el Granma viajan desde Tuxpan y llegan a la isla donde, con las uñas, harán una revolución; allí, Che es el protagonista. Le regalo, me regalo, este cuento sin dueño. Lo publicó Cortázar en 66:

Reunión
Julio Cortázar

Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida.
Ernesto Che Guevara, en La sierra y el llano, La Habana, 1961.

Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordamos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar con si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luis, la segunda noche, una bilis verde que le sacó a las ganas de reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso una expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que nos esperaba en tierra —pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba tanto—, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales de los mangles yo como un idiota con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla...); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en su Palacio.
Ya nadie se acuerda cuánto duró, el tiempo lo medíamos por los claros entre los pastizales, los tramos donde podían ametrallarnos en picada, el alarido que escuché a mi izquierda, lejos, y creo fue de Roque (a él le puedo dar su nombre, a su pobre esqueleto entre las lianas y los sapos), porque de los planes ya no quedaban más que la meta final, llegar a la Sierra y reunirnos con Luis si también él conseguía llegar; el resto se había hecho trizas con el norte, el desembarco improvisado, los pantanos. Pero seamos justos: algo se cumplía sincronizadamente, el ataque de los aviones enemigos. Había sido previsto y provocado; no falló. Y por eso, aunque todavía me doliera en la cara el aullido de Roque, mi maligna manera de entender el mundo me ayudaba a reírme por lo bajo (y me ahogaba todavía más, y Roberto me llevaba el Springfield para que yo pudiese inhalar adrenalina con la nariz casi al borde del agua tragando más barro que otra cosa), porque si los aviones estaban ahí entonces no podía ser que hubiéramos equivocado la playa, o lo sumo nos habíamos desviado algunas millas, pero la carretera estaría detrás de los pastizales, y después el llano abierto y en el norte las primeras colinas. Tenía su gracia que el enemigo nos estuviera certificando desde el aire la bondad del desembarco.
Duró vaya a saber cuánto, y después fue de noche y éramos seis debajo de unos flacos árboles, por primera vez en terreno casi seco, mascando tabaco húmedo y unas pobres galletas. De Luis, de Pablo, de Lucas, ninguna noticia; desperdigados, probablemente muertos, en todo caso tan perdidos y mojados como nosotros. Pero me gustaba sentir cómo con el fin de esa jornada de batracio se me empezaban a ordenar las ideas, y cómo la muerte, más probable que nunca, no sería ya un balazo al azar en plena ciénaga, sino una operación dialéctica en seco, perfectamente orquestada por las partes en juego. El ejército debía controlar la carretera, cercando los pantanos ala espera de que apareciéramos de a dos o de a tres, liquidados por el barro y las alimañas y el hambre. Ahora todo se veía clarísimo, tenía otra vez los puntos cardinales en el bolsillo me hacía reír sentirme tan vivo y tan despierto al borde del epílogo. Nada podía resultarme más gracioso que hacer rabiar a Roberto recitándole al oído unos versos del Viejo Paricho que le parecían abominables. “Si por lo menos nos pudiéramos sacar el barro”, se quejaba el Teniente. “O fumar de verdad” (alguien, más a la izquierda, ya no sé quién, alguien que se perdió al alba). Organización de la agonía: centinelas, dormir por turnos, mascar tabaco, chupar galletas infladas como esponjas. Nadie mencionaba a Luis, el temor de que lo hubieran matado era el único enemigo real, porque su confirmación nos anularía mucho más que el acoso, la falta de armas o las llagas en los pies. Sé que dormi, un rato mientras Roberto velaba, pero antes estuve pensando que todo lo que habíamos hecho en esos días era demasiado insensato para admitirse así de golpe la posibilidad de que hubieran matado a Luis. De alguna manera la insensatez tendría que continuar hasta el final, que quizá fuera la victoria, y en ese juego absurdo donde se había llegado hasta el escándalo de prevenir al enemigo que desembarcaríamos, no entraba la posibilidad de perder a Luis.
Creo que también pensé que si triunfábamos, que si conseguíamos reunimos otra vez con Luis, sólo entonces empezaría el juego en serio, el rescate de tanto romanticismo necesario y desenfrenado y peligroso. Antes de dormirme tuve como una visión: Luis junto a un árbol, rodeado por todos nosotros, se llevaba lentamente la mano a la cara y se la quitaba como si fuese una máscara. Con la cara en la mano se acercaba a su hermano Pablo, a mí, al Teniente, a Roque, pidiéndonos con un gesto que la aceptáramos, que nos la pusiéramos. Pero todos se iban negando uno a uno, y yo también me negué, sonriendo hasta las lágrimas, y entonces Luis volvió a ponerse la cara y le vi un cansancio infinito mientras se encogía de hombros y sacaba un cigarro del bolsillo de la guayabera. Profesionalmente hablando, una alucinación de la duerme vela y la fiebre, fácilmente interpretable. Pero si realmente habían matado a Luis durante el desembarco, ¿quién subiría ahora a la Sierra con su cara? Todos trataríamos de subir pero nadie con la cara de Luis, nadie que pudiera o quisiera asumir la cara de Luis. “Los diadocos”, pensé ya entredormido. “Pero todo se fue al diablo con los diadocos, es sabido”.
Aunque esto que cuento pasó hace rato, quedan pedazos y momentos tan recortados en la memoria que sólo se pueden decir en presente, como estar tirado otra vez boca arriba en el pastizal, junto al árbol que nos protege del cielo abierto. Es la tercera noche, pero al amanecer de ese día franquearnos la carretera a pesar de los jeep y la metralla. Ahora hay que esperar otro amanecer porque nos han matado al baqueano y seguimos perdidos, habrá que dar con algún paisano que nos lleve a donde se pueda comprar algo de comer, y cuando digo comprar casi me da risa y me ahogo de nuevo, pero en eso como en lo demás a nadie se le ocurriría desobedecer a Luis, y la comida hay que pagarla y explicarle antes a la gente quiénes somos y por qué andamos en lo que andamos. La cara de Roberto en la choza abandonada de la loma, dejando cinco pesos debajo de un plato a cambio de la poca cosa que encontramos y que sabía a cielo, acomida en el Ritz si es que ahí se come bien. Tengo tanta fiebre que se me va pasando el asma, no hay mal que por bien no venga, pero pienso de nuevo en la cara de Roberto dejando los cinco pesos en la choza vacía, y me da un tal ataque de risa que vuelvo a ahogarme y me maldigo. Habría que dormir, Tinti monta la guardia, los muchachos descansan unos contra otros yo me he ido un poco más lejos porque tengo la impresión de que los fastidio con la tos y los silbidos del pecho, y además hago una cosa que no debería hacer, y es que dos o tres veces en la noche fabrico una pantalla de hojas y meto la cara por debajo y enciendo despacito el cigarro para reconciliarme un poco con la vida.
En el fondo lo único bueno del día ha sido no tener noticias de Luis, el resto es un desastre, de los ochenta nos han matado por lo menos a cincuenta o sesenta; Javier cayó entre los primeros, el Peruano perdió un ojo y agonizó tres horas sin que yo pudiera hacer nada, ni siquiera rematarlo cuando los otros no miraban. Todo el día temimos que algún enlace (hubo tres con un riesgo increíble, en las mismas narices del ejército) nos trajera la noticia de la muerte de Luis. Al final es mejor no saber nada, imaginarlo vivo, poder esperar todavía. Fríamente peso las posibilidades y concluyo que lo han matado, todos sabemos cómo es, de qué manera el gran condenado es capaz de salir al descubierto con una pistola en la mano, y el que venga atrás que arree. No, pero López lo habrá cuidado, no hay como él para engañarlo a veces, casi como a un chico, convencerlo de que tiene que hacer lo contrario de lo que le da la gana en ese momento. Pero y si López...
Inútil quemarse la sangre, no hay elementos para la menor hipótesis, y además es rara esta calma, este bienestar boca arriba como si todo estuviera bien así, como si todo se estuviera cumpliendo (casi pensé: “consumando”, hubiera sido idiota) de conformidad con los planes. Será la fiebre o el cansancio, será que nos van a liquidar a todos como a sapos antes de que salga el sol. Pero ahora vale la pena aprovechar de este respiro absurdo, dejarse ir mirando el dibujo que hacen las ramas de árbol contra el cielo más claro, con algunas estrellas, siguiendo con ojos entornados ese dibujo casual de las ramas y las hojas, esos ritmos que se encuentran, se cabalgan y se separan, y a veces cambian suavemente cuando una bocanada de aire hirviendo pasa por encima de las copas, viniendo de las ciénagas. Pienso en mi hijo pero está lejos, a miles de kilómetros, en un país donde todavía se duerme en la cama, y su imagen me parece irreal, se me adelgaza y pierde entre las hojas del árbol, y en cambio me hace tanto bien recordar un tema de Mozart que me ha acompañado desde siempre, el movimiento inicial del cuarteto La caza, la evocación del alalí en la mansa voz de los violines, esa transposición de una ceremonia salvaje a un claro goce pensativo. Lo pienso, lo repito, lo canturreo en la memoria, y siento al mismo tiempo cómo la melodía y el dibujo de la copa del árbol contra el cielo se van acercando, traban amistad, se tantean una y otra vez hasta que el dibujo se ordena de pronto en la presencia visible de la melodía, un ritmo que sale de una rama baja, casi a la altura de mi cabeza, remonta hasta cierta altura y se abre como un abanico de tallos, mientras el segundo violín es esa rama más delgada que se yuxtapone para confundir sus hojas en un punto situado a la derecha, hacia el final de la frase, y dejarla terminar para que el ojo descienda por el tronco y pueda, si quiere, repetir la melodía. Y todo eso es también nuestra rebelión, es lo que estamos haciendo aunque Mozart y el árbol no puedan saberlo, también nosotras a nuestra manera hemos querido trasponer una torpe guerra a un orden que le dé sentido, la justifique y en último término la lleve a tina victoria que sea como la restitución de una melodía después de tantos años de roncos cuernos de caza, que sea ese allegro final que sucede al adagio como un encuentro con la luz. Lo que se divertiría Luis si supiera que en este momento lo estoy comparando con Mozart, viéndolo ordenar poco a poco esta insensatez, alzarla hasta su razón primordial que aniquila con su evidencia y su desmesura todas las prudentes razones temporales. Pero qué amarga, qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres, por encima del barro y la metralla y el desaliento urdir ese canto que creíamos imposible, el canto que trabará amistad con la copa de los árboles, con la tierra devuelta a sus hijos. Sí, es la fiebre. Y cómo se reiría Luis aunque también a él le guste Mozart, me consta.
Y así al final me quedaré dormido, pero antes alcanzaré a preguntarme si algún día sabremos pasar del movimiento donde todavía suena el halalí del cazador, a la conquistada plenitud del adagio y de ahí al allegro final que me canturreo con un hilo de voz, si seremos capaces de alcanzar la reconciliación con todo lo que haya quedado vivo frente a nosotros. Tendríamos que ser como Luis, no ya seguirlo sino ser como él, dejar atrás inapelablemente el odio y la venganza, mirar al enemigo como lo mira Luis, con una implacable magnanimidad que tantas veces ha suscitado en mi memoria (pero esto, ¿cómo decírselo a nadie?) una imagen de pantocrátor, un juez que empieza por ser el acusado y el testigo y que no juzga, que simplemente separa las tierras de las aguas para que al fin, alguna vez, nazca una patria de hombres en un amanecer tembloroso, a orillas de un tiempo más limpio.
Pero otra que adagio, si con la primera luz se nos vinieron encima por todas partes, y hubo que renunciar a seguir hacia el noreste y meterse en una zona mal conocida, gastando las últimas municiones mientras el Teniente con un compañero se hacía fuerte en una loma y desde ahí les paraba un rato las patas, dándonos tiempo a Roberto y a mí para llevarnos a Tinti herido en un muslo y buscar otra altura más protegida donde resistir hasta la noche. De noche ellos no atacaban nunca, aunque tuvieran bengalas y equipos eléctricos, les entraba como un pavor de sentirse menos protegidos por el número y el derroche de armas; pero para la noche faltaba casi todo el día, y éramos apenas cinco contra esos muchachos tan valientes que nos hostigaban para quedar bien con el babuino, sin contar los aviones que a cada rato picaban en los claros del monte y estropeaban cantidad de palmas con sus ráfagas.
A la media hora el Teniente cesó el fuego y pudo reunirse con nosotros, que apenas adelantábamos camino. Como nadie pensaba en abandonar a Tinti, porque conocíamos de sobra el destino de los prisioneros, pensamos que ahí, en esa ladera y en esos matorrales íbamos a quemar los últimos cartuchos. Fue divertido descubrir que los regulares atacaban en cambio una loma bastante más al este, engañados por un error de la aviación, y ahí nomás nos largamos cerro arriba por un sendero infernal, hasta llegar en dos horas a una loma casi pelada donde un compañero tuvo el ojo de descubrir una cueva tapada por las hierbas, y nos plantamos resollando después de calcular una posible retirada directamente hacia el norte, de peñasco en peñasco, peligrosa, pero hacia el norte, hacia la Sierra donde a lo mejor ya habría llegado Luis.
Mientras yo curaba a Tinti desmayado, el Teniente me dijo que poco antes del ataque de los regulares al amanecer había oído un fuego de armas automáticas y de pistolas hacia el poniente. Podía ser Pablo con sus muchachos, o a lo mejor el mismo Luis. Teníamos la razonable convicción de que los sobrevivientes estábamos divididos en tres grupos, y quizá el de Pablo no anduviera tan lejos. El Teniente me preguntó si no valdría la pena intentar un enlace al caer la noche.
—Si vos me preguntás eso es porque te estás ofreciendo para ir —le dije. Habíamos acostado a Tinti en una cama de hierbas secas, en la parte más fresca de la cueva, y fumábamos descansando. Los otros dos compañeros montaban guardia afuera.
—Te figuras —dijo el Teniente, mirándome divertido—. A mí estos paseos me encantan, chico.
Así seguimos un rato, cambiando bromas con Tinti que empezaba a delirar, y cuando el Teniente estaba por irse entró Roberto con un serrano y un cuarto de chivito asado. No lo podíamos creer, comimos como quien se come a un fantasma, hasta Tinti mordisqueó un pedazo que se le fue a las dos horas junto con la vida. El serrano nos traía la noticia de la muerte de Luis; no dejamos de comer por eso, pero era mucha sal para tan poca carne, él no lo había visto aunque su hijo mayor, que también se nos había pegado con una vieja escopeta de caza, formaba parte del grupo que había ayudado a Luis y a cinco compañeros a vadear un río bajo la metralla, y estaba seguro de que Luis había sido herido casi al salir del agua y antes de que pudiera ganar las primeras matas. Los serranos habían trepado al monte que conocían congo nadie, y con ellos dos hombres del grupo de Luis, que llegarían por la noche con las armas sobrantes y un poco de parque.
El Teniente encendió otro cigarro y salió a organizar el campamento y a conocer mejor a los nuevos; yo me quedé al lado de Tinti que se derrumbaba lentamente, casi sin dolor. Es decir que Luis había muerto, que el chivito estaba para chuparse los dedos, que esa noche seríamos nueve o diez hombres y que tendríamos municiones para seguir peleando. Vaya novedades. Era como tina especie de locura fría que por un lado reforzaba al presente con hombres y alimentos, pero todo eso para borrar de un manotazo el futuro, la razón de esa insensatez que acababa de culminar con una noticia y un gusto a chivito asado. En la oscuridad de la cueva, haciendo durar largo mi cigarro, sentí que en ese momento no podía permitirme el lujo de aceptar la muerte de Luis, que solamente podía manejarla como un dato más dentro del plan de campaña, porque si también Pablo había muerto el jefe era yo por voluntad de Luis, y eso lo sabían el Teniente y todos los compañeros, y no se podía hacer otra cosa que tomar el mando y llegar a la Sierra y seguir adelante como si no hubiera pasado nada. Creo que cerré los ojos, y el recuerdo de mi visión fue otra vez la visión misma, y por un segundo me pareció que Luis se separaba de su cara y me la tendía, y yo defendí mi cara con las dos manos diciendo: “No, no, por favor no, Luis”, y cuando abrí los ojos el Teniente estaba de vuelta mirando a Tinti que respiraba resollando, y le oí decir que acababan de agregársenos dos muchachos del monte, una buena noticia tras otra, parque y boniatos fritos, un botiquín, los regulares perdidos en las colinas del este, un manantial estupendo a cincuenta metros. Pero no me miraba en los ojos, mascaba el cigarro y parecía esperar que yo dijera algo, que fuera yo el primero en volver a mencionar a Luis.
Después hay como un hueco confuso, la sangre se fue de Tinti y él de nosotros, los serranos se ofrecieron para enterrarlo, yo me quedé en la cueva descansando aunque olía a vómito y a sudor frío, y curiosamente me dio por pensar en mi mejor amigo de otros tiempos, de antes de esa cesura en mi vida que me había arrancado a mi país para lanzarme a miles de kilómetros, a Luis, al desembarco en la isla, a esa cueva. Calculando la diferencia de hora imaginé que en ese momento, miércoles, estaría llegando a su consultorio, colgando el sombrero en la percha, echando una ojeada al correo. No era una alucinación, me bastaba pensar en esos años en que habíamos vivido tan cerca uno de otro en la ciudad, compartiendo la política, las mujeres y los libros, encontrándonos diariamente en el hospital; cada uno de sus gestos me era tan familiar, y esos gestos no eran solamente los suyos sino que abarcan todo mi mundo de entonces, a mí mismo, a mi mujer, a mi padre, abarcaban mi periódico con sus editoriales inflados, mi café a mediodía con los médicos de guardia, mis lecturas y mis películas y mis ideales. Me pregunté qué estaría pensando mi amigo de todo esto, de Luis o de mí, y fue como si viera dibujarse la respuesta en su cara (pero entonces era la fiebre, habría que tomar quinina), una cara pagada de sí misma, empastada por la buena vida y las buenas ediciones y la eficacia del bisturí acreditado. Ni siquiera hacía falta que abriera la boca para decirme yo pienso que tu revolución no es más que... No era en absoluto necesario, tenía que ser así, esas gentes no podían aceptar una mutación que ponía en descubierto las verdaderas razones de su misericordia fácil y a horario, de su caridad reglamentada y a escote, de su bonhomía entre iguales, de su antirracismo ele salón pero cómo la nena se va a casar con ese mulato, che, de su catolicismo con dividendo anual y efemérides en las plazas embanderadas, de su literatura de tapioca, de su folklorismo en ejemplares numerados y mate con virola de plata, de sus reuniones de cancilleres genuflexos, de su estúpida agonía inevitable a corto o largo plazo (quinina, quinina, y de nuevo el asma). Pobre amigo, me daba lástima imaginarlo defendiendo como un idiota precisamente los falsos valores que iban a acabar con él o en el mejor de los casos con sus hijos; defendiendo el derecho feudal a la propiedad y a la riqueza ilimitadas, él que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes, defendiendo una supuesta libertad individual cuando la policía cerraba las universidades y censuraba las publicaciones, y defendiendo por miedo, por el horror al cambio, por el escepticismo y la desconfianza que eran los únicos dioses vivos en su pobre país perdido. Y en eso estaba cuando entró el Teniente a la carrera y me gritó que Luis vivía, que acababan de cerrar un enlace con el norte, que Luis estaba más vivo que la madre de la chingada, que había llegado a lo alto de la Sierra con cincuenta guajiros y todas las armas que les habían sacado a un batallón de regulares copado en una hondonada, y nos abrazamos como idiotas y dijimos esas cosas que después, por largo rato, dan rabia y vergüenza y perfume, porque eso y comer chivito asado y echar para adelante era lo único que tenía sentido, lo único que contaba y crecía mientras no nos animábamos a mirarnos en los ojos y encendíamos cigarros con el mismo tizón, con los ojos clavados atentamente en el tizón y secándonos las lágrimas que el humo nos arrancaba de acuerdo con sus conocidas propiedades lacrimógenas.
Ya no hay mucho que contar, al amanecer uno de nuestros serranos llevó al Teniente y a Roberto hasta donde estaban Pablo y tres compañeros, y el Teniente subió a Pablo en brazos porque tenía los pies destrozados por las ciénagas. Ya éramos veinte, me acuerdo de Pablo abrazándome con su manera rápida y expeditiva, y diciéndome sin sacarse el cigarrillo de la boca: “Si Luis está vivo, todavía podemos vencer”, y yo vendándole los pies que era una belleza, y los muchachos tomándole el pelo porque parecía que estrenaba zapatos blancos y diciéndole que su hermano lo iba a regañar por ese lujo intempestivo. “Que me regañe”, bromeaba Pablo fumando como un loco, “para regañar a alguien hay que estar vivo, compañero, y ya oíste que está vivo, vivito, está más vivo que un caimán, y vamos arriba ya mismo, mira que me has puesto vendas, vaya lujo...” Pero no podía durar, con el sol vino el plomo de arriba y abajo, ahí me tocó un balazo en la oreja que si acierta dos centímetros más cerca, vos, hijo, que a lo mejor hacés todo esto, te quedás sin saber en las que anduvo tu viejo. Con la sangre y el dolor y el susto las cosas se me pusieron estereoscópicas, cada imagen seca y en relieve, con unos colores que debían ser mis ganas de vivir y además no me pasaba nada, un pañuelo bien atado ya seguir subiendo; pero atrás se quedaron dos serranos, y el segundo de Pablo con la cara hecha un embudo por una bala cuarenta y cinco. En esos momentos hay tonterías que se fijan para siempre; me acuerdo de un gordo, creo que también del grupo de Pablo, que en lo peor de la pelea quería refugiarse detrás de una caña, se ponía de perfil, se arrodillaba detrás de la caña, y sobre todo me acuerdo de ése que se puso a gritar que había que rendirse, y de la voz que le contestó entre dos ráfagas de Thompson, la voz del Teniente, un bramido por encima de los tiros, un: “¡Aquí no se rinde nadie, carajo!”, hasta que el más chico de los serranos, tan callado y tímido hasta entonces me avisó que había una senda a cien metros de ahí, torciendo hacia arriba y a la izquierda, y yo se lo grité al Teniente y me puse a hacer punta con los serranos siguiéndome y tirando como demonios, en pleno bautismo de fuego y saboreándolo que era un gusto verlos, y al final nos fuimos juntando al pie de la selva donde nacía el sendero y el serranito trepó y nosotros atrás, yo con un asma que no me dejaba andar y el pescuezo con más sangre que un chancho degollado, pero seguro de que también ese día íbamos a escapar y no sé porqué, pero era evidente como un teorema que esa misma noche nos reuniríamos con Luis.
Uno nunca se explica cómo deja atrás a sus perseguidores, poco a poco ralea el fuego, hay las consabidas maldiciones y “cobardes, se rajan en vez de pelear”, entonces de golpe es el silencio, los árboles que vuelven a aparecer como cosas vivas y amigas, los accidentes del terreno, los heridos que hay que cuidar, la cantimplora de agua con un poco de ron que corre de boca en boca, los suspiros, alguna queja, el descanso y el cigarro, seguir adelante, trepar siempre aunque se me salgan los pulmones por las orejas, y Pablo diciéndome oye, me los hiciste del cuarenta y dos y yo calzo del cuarenta y tres, compadre, y la risa, lo alto de la loma, el ranchito donde un paisano tenía un poco de yuca con mojo y agua muy fresca, y Roberto, tesonero y concienzudo sacando sus cuatro pesos para pagar el gasto y todo el mundo, empezando por el paisano, riéndose hasta herniarse, y el mediodía invitando a esa siesta que había que rechazar como si dejáramos irse a una muchacha preciosa mirándole las piernas hasta lo último.
Al caer la noche el sendero se empinó y se puso más que difícil, pero nos relamíamos pensando en la posición que había elegido Luis para esperamos, por ahí no iba a subir ni un gramo. “Vamos a estar como en la iglesia”, decía Pablo a mi lado, “hasta tenemos el armonio”, y me miraba zumbón mientras yo jadeaba una especie de pasacaglia que solamente a él le hacía gracia. No me acuerdo muy bien de esas horas, anochecía cuando llegarnos al último centinela y pasarnos uno tras otro, dándonos a conocer y respondiendo por los serranos, hasta salir por fin al claro entre los árboles donde estaba Luis apoyado en un tronco, naturalmente con su gorra de interminable visera y el cigarro en la boca. Me costó el alma quedarme atrás, dejarlo a Pablo que corriera y se abrazara con su hermano, y entonces esperé que el Teniente y los otros fueran también y lo abrazaran, y después puse en el suelo el botiquín y el Springfield y con las manos en los bolsillos me acerqué y me quedé mirándolo, sabiendo lo que iba a decirme, la broma de siempre:
—Mira que usar esos anteojos —dijo Luis.
—Y vos esos espejuelos —le contesté, y nos doblamos de risa, y su quijada contra mi cara me hizo doler el balazo como el demonio, pero era un dolor que yo hubiera querido prolongar más allá de la vida.
—Así que llegaste, che —dijo Luis.
Naturalmente, decía “che” muy mal.
—¿Qué tú crees? —le contesté igualmente mal. Y volvimos a doblamos como idiotas, y medio mundo se reía sin saber por qué. Trajeron agua y las noticias, hicimos la rueda mirando a Luis, y sólo entonces nos dimos cuenta de cómo había enflaquecido y cómo le brillaban los ojos detrás de los jodidos espejuelos.
Más abajo volvían a pelear, pero el campamento estaba momentáneamente a cubierto. Se pudo curar a los heridos, bañarse en el manantial, dormir, sobre todo dormir, hasta Pablo que tanto quería hablar con su hermano. Pero como el asma es mi amante y me ha enseñado a aprovechar la noche, me quedé con Luis apoyado en el tronco de un árbol, fumando y mirando los dibujos de las hojas contra el cielo, y nos contamos de a ratos lo que nos había pasado desde el desembarco, pero sobre todo hablamos del futuro, de lo que iba a empezar cuando llegara el día en que tuviéramos que pasar del fusil al despacho con teléfonos, de la sierra a la ciudad, y yo me acordé de los cuernos de caza y estuve a punto de decirle a Luis lo que había pensado aquella noche, nada más que para hacerlo reír. Al final no le dije nada, pero sentía que estábamos entrando en el adagio del cuarteto, en una precaria plenitud de pocas horas que sin embargo era una certidumbre, un signo que no olvidaríamos. Cuántos cuernos de caza esperaban todavía, cuántos de nosotros dejaríamos los huesos como Roque, como Tinti, como el Peruano. Pero bastaba mirar la copa del árbol para sentir que la voluntad ordenaba otra vez su caos, le imponía el dibujo del adagio que alguna vez ingresaría en el allegro final, accedería a una realidad digna de ese nombre. Y mientras Luis me iba poniendo al tanto de las noticias internacionales y de lo que pasaba en la capital y en las provincias, yo veía cómo las hojas y las ramas se plegaban poco a poco a mi deseo, eran mi melodía, la melodía de Luis que seguía hablando ajeno a mi fantaseo, y después vi inscribirse una estrella en el centro del dibujo, y era una estrella pequeña y muy azul, y aunque no sé nada de astronomía y no hubiera podido decir si era una estrella o un planeta, en cambio me sentí seguro de que no era Marte ni Mercurio, brillaba demasiado en el centro del adagio, demasiado en el centro de las palabras de Luis como para que alguien pudiera confundirla con Marte o con Mercurio.

viernes, junio 13, 2008

Carta sobre la talacha nuestra de cada día


o
Me llegó una carta de esas que enorgullecen y, al mismo tiempo, sonrojan gratamente. Muerdo el rebozo y, con autorización del autor, la reproduzco:

De talacha literaria y palíndromos
Luis Felipe Rodríguez

En su columna Ruta Norte del domingo 25 de mayo publicada en La Opinión Milenio, el escritor Jaime Muñoz, comentaba los avatares a que se vio sometido en una semana de arduo trabajo —talacha J. M. dixit— por cumplir con las actividades que su oficio literario le demanda. Como un Monsiváis lagunero, su don de la ubicuidad es asombroso —se sospecha que tiene varios clones—. Su incansable labor no se circunscribe al oficio literario (escribe cuentos, novelas, reseñas, crónicas), es editor, catedrático, mantiene una columna periodística, un blog, presenta libros, da conferencias, es su propio agente literario. No hay revista lagunera de calidad que se resista a tenerlo como huésped distinguido (Acequias, Estepa del Nazas, Fragua, Nomádica), colabora en otras publicaciones fuera de la región, ha sido multipremiado y es auque a él no le guste ser “ajonjolí de todos los moles”, lo es de hecho. Ni modo, se lo ha ganado a pulso. Jaime Muñoz se ha convertido junto con Saúl Rosales, en una referencia obligada de la buena literatura lagunera con calidad nacional e internacional.
Jaime Muñoz reflexionaba en su artículo “Por amor a la talacha”, como a pesar de estos monumentales esfuerzos en pro de la cultura lagunera, no existe aún una compensación monetaria decorosa, que permita a los creadores sobrevivir con dignidad en beneficio de la cultura regional. Si bien existen becas, premios, apoyos mínimos de las instituciones culturales regionales, la magnitud del actual “boom cultural” que vive La Laguna, no ha tenido su correspondiente avance en materia de compensación monetaria y reconocimiento a los creadores. Sobra decir que el auge cultural que vivimos ha sido posible en buena medida por la perseverancia de gentes como Jaime Muñoz y Saúl Rosales entre otros.
Ya Carlos Castañón señalaba en Luna de enfrente del viernes 30 de mayo, en su artículo “La industria cultural en Torreón”, la relativa bonanza de la cultura lagunera, en especial de los museos, y reflexionaba sobre las posibilidades de que la cultura, sin perder su objetivo básico, puede llegar a constituirse en la región como una fuente de ingresos que le permita su propia retroalimentación y crecimiento, como sucede en otras regiones y países. También José Lupe González en su periódico cultural Kiosco, hacia referencia a la necesidad de que se revalorice el trabajo literario, sobre todo en los medios impresos y electrónicos con mayores recursos financieros.
Detrás de cada poema, crónica, reseña, cuento, articulo, ensayo y reportaje, hay un buen número de horas de reflexión, de lecturas previas, de redacción, de corrección, etc., que sumadas —siguiendo la lógica del viejo Marx—, serían horas de trabajo abstracto, que se van a materializar en una obra cultural concreta. Por lo cual todo escrito esta impregnado de valor que difícilmente es apreciado como tal, y que los creadores hacen bien en ponerlo en el tapete de las discusiones, Existe de alguna forma una extracción de plus valor que escapa de las manos del creador. A veces se queda en manos de la comunidad a veces no, a veces queda en manos de la industria cultural que señalaba Castañón. Sirvan pues estas líneas como una contribución mínima a la discusión que esta pendiente, sobre este proceso incipiente de revaloración y redimensionamiento del trabajo intelectual lagunero.
Y como reconocimiento a la labor incansable de Jaime Muñoz, van estos palíndromos a su salud:

Gol, blog
La ruta norte, metro natural
Desamar temía Jaime, trama sed
O su polisemia, Jaime si lo puso
Ama el arte, la letra le ama
Ateo poeta


Luis Felipe Rodríguez:
luferod@hotmail.com
Economista, nacido en Torreón (1956). Ha colaborado en los principales diarios locales, y en revistas y periódicos universitarios con artículos, reseñas y ensayos sobre temas culturales y de interés general.

N. del E. La imagen que encabeza el post es un dibujo digital, en Paint, de mi hija Ivana, de seis años. Con una hermosa falla ortográfica, lo tituló "Cuvos". No le pide nada a Mondrian.

Este mentado calorón



Agobiado por el calor, con el rostro herido de sudoración, un buen amigo suelta un latigazo de palabras sin mayor preámbulo: “Esto es el ácido úrico del demonio”. Después de reír, ambos procedemos a comentar que, sea lo que sea, el calor de estos brutales días está más allá de lo humano. “Mi vida —dice— es andar de tienda en tienda buscando refrescos y airecito acondicionado. Los fines de semana los paso casi íntegramente en lugares públicos cerrados y con refrigeración, sitios donde uno puede engañar al sol por un momento”.
Todos o casi todos los que vivimos aquí tenemos plática sobre el calor. Cuando hablamos sobre él no falta que lo hagamos casi con orgullo, como sabiendo que en nosotros hay algo de heroicidad al soportarlo. Celebramos incluso, y esto ya es un lugar común, que los enemigos del Santos se achicharren con nuestro clima y salgan hechos mierda a jugar los segundos tiempos. En el cofre del coche, dicen otros, se puede guisar un huevo con total seguridad.
¿De dónde viene este mentado calorón? ¿Por qué parece que está más allá de lo diabólico? Vi en la más reciente emisión de Cambios, el programa sabatino de Multimedios, que un grupo de especialistas dialogaban con Luis Rivera y Wálter Juárez sobre las afecciones provocadas por el sol y por las altas temperaturas. Uno de los invitados enfatizó lo que ya sabemos: en pocas décadas nuestra región, como muchas otras, ha experimentado un alza de varios grados en su temperatura promedio. A estas alturas ya no me alarma tanto lo que hemos hecho, sino lo que podríamos hacer. ¿Imaginamos la suma de tres o cuatro grados más al clima tórrido que ya padecemos? ¿Qué gasto de energía se requiere para paliar esos calores? No soy técnico, pero cuando siento el flagelo de la lumbre sobre mis espaldas de lagartija supuestamente acostumbrada a esta horrible meteorología, reparo en todo lo que no hemos hecho y seguimos sin hacer para precavernos del feo futuro que se lima los colmillos en espera de nuestras vidas. Pongo el caso de nuestra indiferencia comunitaria al problema del agua; sí, uno que otro activista lanza consignas, se organiza, lucha, propone, critica, pero la comunidad en su conjunto suele ser indiferente a esos problemas en apariencia inexistentes. Abrimos la llave y todavía sale agua, es cierto, y mientras eso siga ocurriendo no parecen importantes los clamores de los científicos que alertan sobre el negro porvenir del agua lagunera.
Sobre esto, a varios medios y a varios periodistas nos escribió ayer el atento ciudadano Héctor Astorga Zavala. Alguna vez, con respeto, lo motejé “el radar” Astorga, eso porque está pendientísimo del desarrollo político y social del país. Pues bien, sobre el agua, que tiene una relación directa con el calor, dice: “Nuestra madre naturaleza dotó desde hace miles de años a nuestra Región Lagunera, de una riqueza por demás abundante llamada 'agua' y que nos la dotó de buena calidad para uso humano, uso público, uso agropecuario y uso industrial. En los últimos 68 años ésta riqueza ha venido siendo sobrexplotada y en éstos momentos apunta a que en pocos años más tengamos que enfrentar una verdadera catástrofe social y económica porque habremos agotado dicha riqueza y lo que entonces obtengamos del subsuelo será totalmente insuficiente y de calidad no apta para el consumo humano. La sobrexplotación de nuestro acuífero se ha detectado desde hace muchos años. La Comisión Nacional de Zonas Áridas estableció en su momento que de 1940 a 1980 el nivel del acuífero había descendido 56 metros. ¿Y que la Comisión Nacional del Agua (Conagua) en 2003 dio a conocer que dicho nivel descendía 3.8 metros cada año. En consecuencia, de 1940 a 2008 hemos perdido más de 150 metros de profundidad de nuestro lago subterráneo”. El saqueo del agua, la deforestación, el abuso del coche. Todo se relaciona con todo. De ahí también este calor.

jueves, junio 12, 2008

Salud por Viesca 1908



El martes tuve el gusto, un gusto que fue más bien un honor, de compartir mesa redonda (“Viesca y la vigencia del magonismo actual”) con Saúl Rosales y Sergio Antonio Corona. Con esta actividad arrancó formalmente la recordación de la toma de Viesca ocurrida del 24 al 25 de junio de 1908, acontecimiento que, impulsado por el Partido Liberal que encabezaba Ricardo Flores Magón, preludió lo que después se desparramaría por todo el país con el descontento de 1910. La mesa a la que me refiero se celebró en el auditorio de la UAL, duró un par de horas, y en ella Saúl Rosales expuso una amplia descripción de las circunstancias, los personajes, las fechas, los lugares y las repercusiones que tuvo la gesta revolucionaria viesquense. Apoyado en algunas obras que han reflexionado sobre el magonismo como dinamo de la lucha contra la tiranía, el escritor leyó y repensó algunos pasajes relacionados con el sentido que le dieron los magonistas a su aspiración política.
Por su parte, el doctor Corona Páez reflexionó sobre el peso de la prensa proporfirista como sofocadora y/o tergiversadora de la incursión liberal en Viesca. Con ejemplos de periódicos publicados en la época y muy poco conocidos en el México actual, el historiador apoyó su comentario en torno al torvo repudio que la prensa dócil al poder le dedicó a la lucha del Partido Liberal: “Los periódicos mexicanos de junio-julio de 1908 lanzaron de inmediato sobre los revolucionarios magonistas de Las Vacas (Acuña) y Viesca, el epíteto de ‘ladrones’, proclamando a los cuatro vientos que no se trataba de revolucionarios. Y esto aunque algunos de estos revolucionarios, ya presos, declararon serlo. Y en cuanto al periódico El Diario que dijo que efectivamente se trataba de revolucionarios, reconociendo con ello de manera implícita que en México existían agravios sociales por saldar, los otros diarios lo tildaron de ‘traidor’”.
Mi participación, que espero reproducir completa más adelante en estas páginas, sólo hizo hincapié en el valor del trabajo periodístico que legaron los magonistas, un periodismo enderezado siempre con muy beligerante honestidad y asombroso cuidado de la forma, como se puede comprobar en el tremendo corpus de Regeneración, 1900-1918, compilado y prologado por Armando Bartra y del cual me serví para citar unos aforismos anarquistas de Praxedis G. Guerrero. La mesa fue moderada por Salvador Hernández Vélez, subsecretario de Desarrollo Regional en La Laguna e integrante de la Fundación Colosio Filial Torreón A.C., quien hizo énfasis en la necesidad de recordar la toma de Viesca y anunció las actividades que en los días venideros serán ofrecidas en su conmemoración. Las enumero.
El viernes 13 a las 17:00 horas, en la Universidad Tecnológica de Torreón, la exhibición de la película Cascabel, dirigida por Raúl Araiza; esta función de cine-debate será presentada por Esteban Osorio Domínguez. El martes 17 a las 19:00 horas, otra vez en el auditorio de la UAL, la mesa redonda “El magonismo norteño”, en la que participarán el periodista Mario Gálvez Narro, el doctor José de la Luz Ornelas y el historiador Ilhuicamina Rico Maciel; modera Norma González. El viernes 20, en el mismo foro y a la misma hora, la mesa “Situación prerrevolucionaria en Viesca y La Laguna”, con el historiador Roberto Martínez, el escritor de origen viesquense Emilio de los Ríos y Jesús Arreola Pérez; moderará Javier Villarreal. En el ágora de Viesca, el lunes 23 a las 10:00 horas, la mesa “El movimiento popular magonista en Viesca”, con los historiadores y periodistas Manuel Terán Lira, Gregorio Martínez y Felipe de Jesús González. Allí también cerrará los festejos, esto a las 17:00 horas, el director teatral Gerardo Moscoso con la conferencia “El germen magonista en la Comarca Lagunera”. Como se ve, Viesca 1908 no pasará inadvertida, al menos aquí, en 2008.

N. del E. En la foto aparezco junto a Sergio Antonio Corona Páez, Saúl Rosales Carrillo y Salvador Hernández Vélez.

miércoles, junio 11, 2008

A evadir



Uno puede ser leído y, quizá sin mala fe, interpretado a medias. Ayer, por ejemplo, fue publicada en La Opinión una generosa carta que me atribuye reflexiones que no hice; no importa debatir, pues se trata sólo de futbol, pero si eso ocurre con los textos más ocasionales, con los pareceres más o menos simplones que uno va dejando diseminados en el papel debido a la velocidad de la columna, ¿qué pasa cuando uno opina sobre lo verdaderamente importante, sobre lo que afecta de manera directa las condiciones de vida comunitarias? En estos casos no es posible permitir lecturas chuecas; y es lo que quiero hacer hoy: dejar muy claro que el contraste entre las noticias y la recaudación de Hacienda nos lleva a una encrucijada. Explico.
El sábado conversé con un contador de innegable solvencia. Vimos varios puntos del laberíntico sistema tributario actual. El profesional me explicó a vuelta de rueda, dado que soy un profano, la intragable maraña de pasos que uno debe dar para no atorarse con el diezmo laico. Es una barbaridad, la cosa más horrible que podamos encarar los ciudadanos ya de por sí ajusticiados por el apuro de la supervivencia en el reino salvaje que es la coexistencia laboral en México. De todo lo mucho y claro que me dijo el contador, me quedo con una frase que merece letras de oro en pared de mármol como homenaje a la dracúlea ferocidad de Carstens y compañía: “El país está muy mal, y Hacienda viene con todo en este gobierno”.
No acostumbro las onomatopeyas, porque me parecen algo estúpidas, pero ¡gulp! Y digo gulp, sin más, porque ante la obviedad de que el país está en los suelos a la secretaría de Hacienda sólo se le ocurre apretar el cerco persecutorio en pos de los contribuyentes sangrables, eso con medidas que han convertido a las declaraciones fiscales en verdaderas tesis de doctorado en paciencia y abnegación burocráticas.
Y bueno, uno pagaría lo que fuera o se sometería al vía crucis de la tramitología cuasiesotérica de Hacienda si a la postre todo eso se viera reflejado en la realidad. Lejos de ver mejores carreteras, mejores escuelas, mejores servicios médicos, mejores todo, lo que advertimos a diario es lamentable hasta el tuétano. En cualquier contexto, sea regional o nacional, parece que la divisa es la misma: el servicio público es sólo un eufemismo que sirve para denominar al espacio donde la Divina Transa se encumbra hasta pellizcarle los cachetes al enriquecimiento impune. Décadas han pasado, cambios y más cambios dizque se han dado para promover la austeridad y evitar la corrupción, y el caso es que seguimos como espectadores indefensos, boquiabiertos como tarados, del espectáculo que presenta con cinismo a gobernantes que no se hacen ricos, sino riquísimos tras su paso por algún puesto donde las uñas hacen agostos durante tres o seis años.
Un caso nomás, para que nos demos un quemón y sepamos a qué chulada de pelaos van a parar los impuestos de la ciudadanía; sobre el panista Luis Armando Reynoso Femat, gobernador de Aguascalientes, El Universal acaba de publicar: “Es catalogado el gobernador más caro del país al ganar 237 mil 900 pesos mensuales, arriba de los 150 mil 530 pesos que recibe el presidente Felipe Calderón. Se afirma que supera los ingresos de los presidentes de Argentina y Brasil, así como el de los gobernadores de Washington, California y Nueva York”. O sea que, en términos menos suavecitos, el góber gravoso gana al mes una cifra que en muy poco se parece a los 1,485 pesos mensuales que deja el salario mínimo en Aguascalientes, es decir, 49.50 pesos diarios. Pero un zopilote no hace verano: hace falta imaginar ahora que hay decenas, cientos de depredadores parecidos al Reynoso Femat, lo cual nos arroja una conclusión anarquista: ante esos gobiernos y esas leyes, viva la evasión fiscal.

domingo, junio 08, 2008

Un encueradero periodístico



Al escribir esto, ayer sábado, lo hice con la conciencia clara de que serviría para reflexionar un poco en la celebración del día de la libertad de prensa. Nada mejor que hacerlo, pensé, con una reseña a vuelatecla de La otra guerra secreta. Los archivos prohibidos de la prensa y el poder (Debate, México, 2007), investigación de Jacinto Rodríguez Murguía que de golpe deja ver que en lo sustancial se trata de un encueradero acucioso a periodistas amamantados por el régimen en los tiempos no lejanos de la cerrazón despótica.
En el prólogo, Miguel Ángel Granados Chapa afirma que el trabajo Rodríguez Murguía examina “la parda relación convenenciera” que mantenían funcionarios y periodistas, “la cuatachería cínica con que emprendían negocios conjuntos algunos de ellos, el solapamiento de la corrupción y de la ineficacia, de la crueldad represiva, que permitía fingir que México vivía el mejor de los mundos posibles”.
Esa “parda relación”, el drenaje profundo del poder y los medios durante las décadas de los sesenta-setenta, es exactamente la que examina el autor a partir, sobre todo, de la cuantiosa documentación generada por los también numerosos agentes que la Secretaría de Gobernación tenía diseminados en el país para oler hasta el sudor de los comunicadores, más de aquellos que pudieran ser potencialmente propensos a informar más de la cuenta.
Rebanado en siete amplios segmentos (es un libro de 491 páginas), La otra guerra secreta espulga con lupa decenas de expedientes que testimonian la peculiar relación prensa-gobierno. El resultado es un balconeo tremebundo, el desnudamiento generalizado de empresarios y comunicadores que quedan exhibidos para la posteridad como paradigmas de corrupción y modelos de oportunismo: “I. Los laberintos del poder. De Gustavo Díaz Ordaz a Luis Echeverría Álvarez”; “II. Prensa: sombra y silencio”; “III. Revistas: el miedo a la memoria”; “IV. Televisión: los actos de fe I”; “V. Radio: los actos de fe II”; “VI. De nóminas, partidas especiales, premios y demás festejos para los periodistas (y otras estrategias)” y “VII. De libros y censuras”. Cada capítulo alberga a su vez “paréntesis” que son como subcapítulos en los que Jacinto Rodríguez abunda en pelos y señales útiles para mejor apreciar la maraña de intereses que ha distinguido al periodismo mexicano frente al ogro filantrópico.
En sus palabras introductorias, el investigador explica que el Estado mexicano de los sesenta-setenta se ufanaba de no ser, como otros países latinoamericanos, dictatorial. Era un gobierno “civil”, en efecto, pero el tiempo se encargó de develar que por debajo de la realidad operaban manos negras que cooptaban, secuestraban, torturaban, mataban a los opositores del régimen, todo sin que quedaran huellas en los medios de comunicación. Paradójicamente, señala el autor, lo que callaron los medios quedó muy bien resguardado en los archivos que el poder apiló y ahora están expuestos a la compulsa de cualquiera.
Rodríguez Murguía enumera las lecciones que a su parecer dejan ahora los expedientes del Archivo General de la Nación: que frente al poder y sus acciones, la mayoría de los periodistas optó por la conveniencia; que frente al miedo que imponía el poder a través de sus mecanismos de control, la mayor parte de los medios optó por la conveniencia; que frente al horizonte de perder la influencia que daba tener un periódico, una revista, una concesión de radio o televisión, la mayor parte de los medios optó por la conveniencia; que en muchos casos no fue necesaria la cooptación, el control de papel ni publicidad, ya que muchos asumieron las decisiones del poder como suyas.
Trazados esos cuatro caminos, La otra guerra secreta desmenuza historias, casos, situaciones, coyunturas que en su momento fueron reportes de espionaje y ahora, puestos a la luz, se convierten en documentos valiosísimos para trazar con mejores herramientas el mapa de aquellos años signados por una silenciosa persecución de lo que a ciertos políticos les resultaba inquietante o peligroso.
Por lo serio de la indagación, el libro de Rodríguez Murguía se erige, hasta donde puedo saber, como un referente fundamental del tema que aborda; lo es asimismo por el tono sabrosamente anecdótico que con un poco de morbo podemos hallar en su lectura. Por ejemplo, las partidas discrecionales y sin comprobación que se asignaban para labores de espionaje han quedado bien documentadas, como se puede ver en un “acuerdo” de Echeverría con Díaz Ordaz: “También suele ocurrir que la propaganda que en interés del país se realiza tanto en el territorio nacional, como más allá de las fronteras varias, es en condiciones tales (sic) que no es posible obtener comprobaciones de los gastos efectuados, y muchas veces, es necesario expresamente no pedir comprobación de algunas erogaciones… Se exime a la Secretaría de Gobernación de la presentación de comprobaciones”. Más adelante, y tal es otro ejemplo de los infinitos gastos que no requerían “comprobaciones”, una referencia a la compra de ediciones molestas: “… el 1º de julio de 1969 se anotó en gastos la adquisición de ocho mil ejemplares de la revista Por Qué?, lo que representó 14 mil pesos. Ese mismo día, pagaron siete mil pesos por cuatro mil ejemplares de La Garrapata…”.
Insisto: casos y personajes (políticos, empresarios de la comunicación y periodistas) desfilan por las páginas de La otra guerra secreta, libro clave para comprender mejor, y valorar más, la libertades de expresión que hoy todavía tensan los tratos entre el gobierno y los medios.

Favor
Uno de mis alumnos del Cereso de Torreón requiere con urgencia la atención de un oculista. Si algún oftalmólogo quiere ayudarnos, favor de comunicarse conmigo al correo electrónico.

sábado, junio 07, 2008

Falso de toda falsedad



Varios medios de comunicación han alertado a sus lectores en línea sobre la proliferación de correos electrónicos masivos con noticias apócrifas. Las hacen llegar con títulos sensacionalistas, como de noticia dada un 28 de diciembre. Los emisores imitan portales de Internet plenamente establecidos, como el de El Universal, diario que ha sufrido, y denunciado ya, la calca de su diseño de web para uso de los piratas de la información que redactan con las pezuñas, copian el aspecto de los sites y buscan ingresar a las bandejas de entrada para sustraer números de cuenta y hacer con ellas cibertransas.
Hay que estar atentos, pues, a la llegada de informes sensacionalistas. No hay que abrir esas cartas, dado que la curiosidad nos puede llevar a la pérdida de números confidenciales y, a la postre, de dinero. Por supuesto que, para leer un periódico en la web, nada hay más recomendable que visitar directamente su página. Evitemos morder el anzuelo de correos electrónicos que anuncian la caída de un avión en Guadalajara, o el cierre total de Televisa, o el secuestro sufrido por Calderón, o la colusión de TvAzteca con el narco, o la muerte de Verónica Castro. Todas ellas, vale decir, fueron noticias que hace poco aterrizaron en miles de bandejas de entrada, razón por la cual varios medios han puesto sobre aviso a sus visitantes.
Sin embargo, puede ser que algunos cibernautas ya se hayan habituado a las noticias de pelaje amarillo, a la información sobre lo insólito. A ellos, sobre todo, hay que cuidarlos, porque difícilmente van a resistir la tentación de no abrir una carta que anuncia hechos alejados de lo común y lo corriente. Para saciar un poco su apetito y evitar en lo que se pueda que caigan en las garras de predadores digitales, he preparado algunas notas sensacionalistas que disparo a flashazos estroboscópicos:
“Eugenio Derbez dijo un chiste”. El cómico Eugenio Derbez tuvo la afortunada suerte de decir por fin un chiste que hace reír. Como es sabido, todos sus personajes y todas sus voces son básicamente lo mismo, tan monótonos en su humor fallido que ayer, cuando dijo un chiste que sí hizo reír, la prensa de espectáculos encendió de inmediato sus grabadoras. “Fue increíble; pensé que nunca iba a decir uno”, declaró un testigo.
“Santiago Creel compra pañales”. Fuentes extraoficiales dieron a conocer que Santiago Creel, senador por el PAN, fue visto ayer en la noche cuando salía del supermercado con un carrito lleno de pañales. Al ser cuestionado hoy, el político afirmó que la compra de los pañales “es simplemente la donación para una guardería y que todo sospechosismo es infundado”.
“Sabrina confesó que de niña quiso ser monja”. Sabrina, la voluptuosa actriz de origen argentino, dijo en rueda de prensa que de niña lo que más deseó fue vestir hábitos de monja. Cuando estaba a punto de tomar esa importante decisión le regalaron dos balones de basquetbol y entonces tuvo una idea que le cambió el destino.
“Carlos Fuentes dialoga contra Carlos Cuauhtémoc Sánchez”. En el paraninfo de la Sorbona los escritores mexicanos Carlos Fuentes y Carlos Cuauhtémoc Sánchez dialogaron sobre la importancia del pensamiento cartesiano en el mundo contemporáneo. “Descartes marcó un hito que partió en dos al pensamiento occidental”, declaró el autor de Terra Nostra. “Sin duda, sin duda”, lo apoyó Sánchez. “La búsqueda del conocimiento fue otra tras la publicación del Discurso del método”, añadió Fuentes. “Sin duda, sin duda”, reiteró el autor de Un grito desesperado.
“Fabiruchis perdona a su agresor”. Fabián Lavalle, mejor conocido en el mundo del espectáculo como Fabiruchis, dio a conocer que ha perdonado a su agresor. “Lo que ocurrió es que traíamos un rollo bien acá, sadomasoquista, pero se nos pasó un poco la fuerza de los puñetazos”, dijo.

viernes, junio 06, 2008

Juego y barbarie



Los excesos de los medios de comunicación rayan con frecuencia en lo ridículo. La tele, sobre todo, gusta de exacerbar los ánimos y luego lamentarse de que haya tragedias en los estadios, como si no fuera ella la principal agitadora de las pasiones colectivas en torno al deporte profesional. Lo vemos en los anuncios y en los programas previos a los encuentros donde la rivalidad de los contrincantes y/o la trascendencia de triunfo hacen más rentable la atención del público. Cuántos comerciales hay, por ejemplo, donde las estrellas del futbol aparecen como gladiadores que a cañonazos derrumban lo que a su paso encuentran. El juego de la publicidad y el deporte consiste en mezclar al Eros (el encanto de la fuerza) y al Thanatos (la violencia contra el enemigo) en dosis igualmente altas, de suerte que la gente llegue al estadio, o se ancle frente al aparato de tv, con la idea de que asiste al circo romano donde sin remedio rodarán cabezas. Lo vimos recién entre nosotros, con la final del torneo mexicano: un pobre espectáculo en la cancha, futbol de ínfima categoría sobre todo de Cruz Azul, y un barullo enorme en las calles motivado más por la mercadotecnia que por el futbol en sí. Pero no se crea que somos excepción. Más bien somos parte de la regla.
Quien lo dude, que vea lo que ya se avizora en la Eurocopa. Los excesos llegan al colmo, tanto que ayer cundió un escándalo en torno al partido que sostendrán dos enemigos irreconciliables: Polonia contra Alemania, participantes en el Grupo B. El tabloide polaco Super Express hizo circular en su portada un fotomontaje donde aparece Leo Beenhakker, actual técnico del seleccionado polaco, quien sostiene en sus manos dos testas, la de su homólogo alemán, Joachim Loew, y la del capitán del equipo teutón, Michael Ballack. Debajo de este espantoso juego icónico, una leyenda que no por socorrida deja de ser infame: “Leo, entréganos sus cabezas”.
La portada, que más bien parece una noticia típica mexicana de estos meses y no la información de un diario deportivo, provocó reacciones de incomodidad en los entrenadores. Beenhakker tuvo que salir a disculparse por los comunicadores que perpetraron esa “cosa horrible”; “Espero hablar en nombre de muchos polacos, pero por lo menos en nombre del equipo polaco pido disculpas a los alemanes por lo que apareció publicado el miércoles en cierto diario. Fue algo horrible y queremos tomar distancia de eso”, dijo el holandés. Por su parte, Loew señaló que tiene una gran opinión de su colega y obviamente lo excusó de toda responsabilidad en la comisión de la portada con los decapitados.
Aunque el fotomontaje en el caso citado es un recurso infantiloide, los medios usan otros no muy distintos y sobrexcitan la ingenua pasión de los aficionados hasta llevarlos al límite de la barbarie. Esa barbarie es pasiva mientras se guarda en el pecho o tras las cuatro paredes de una habitación, pero puede derivar en conflictos cuando se materializa en la confrontación física de los fanáticos. Por eso, las autoridades que rodean la organización de la Eurocopa le han dado rango de “máxima dificultad” a la custodia de los aficionados que se apersonarán en el estadio para comprobar si en efecto se da la decapitación tan esperada por unos y tan repudiada por otros.
Ante la ausencia de asideros, ante el desamparo ideológico de la colectividad, ante la tenaz falsía de los políticos y de los mercachifles que supuestamente transmiten el mensaje de la divinidad, los medios han creado un sucedáneo: la pasión por los atletas, una pasión que es alimentada todos los días con rivalidad artificiosa y heroica, tan hueca y mendaz como las maravillas del detergente que elimina manchas en un segundo. No estoy en desacuerdo con platicar y escribir sobre deportes. Lo malo está en creer que el deporte comercial de ahora es asunto de vida o muerte. Eso es, sin más, aberrante.

jueves, junio 05, 2008

Los niños cuentan



Algunos recordarán que en 2003 hice un tímido experimento con literatura infantil; el resultado no deja de alegrarme cada vez que lo rememoro, pues tuvo como actores a mi hija mayor y a quien esto borronea. Reciclo los detalles. De cuatro o casi cinco años, mi hija escribió un par de relatos. Desde la perspectiva de un adulto, no eran nada, sólo un puñado de palabras, pero vistas con los ojos de un niño, sentí, apuntaban hacia una dirección específica: a la creación de microrrelatos para niños escritos por niños. Ignoro por qué, pero hasta ese momento reparé en una obviedad: la literatura para niños es mayoritariamente escrita por adultos, de ahí que sea, en general, tramposa en esencia. Bueno, me pregunté, ¿y sí mi hija escribe lo que se le antoje, qué pasa? Mucho, pues nacen cuentos que, como querían los surrealistas, rayan en lo maravilloso porque su escritura es automática y, lo más importante, porque no hay mediación del raciocinio ya cuadriculado del adulto. Procedí entonces a trabajar.
Le pedí a mi hija que dictara, y varias tardes las pasamos a ratitos frente a la computadora. He dicho alguna vez que yo no quería que me demostrara su velocidad en el teclado de escribir (lo cual era imposible), sino su soltura al momento de crear historias, de dictar lo que se le pegara la gana. Así fluyeron varias historias más que le dieron forma al librito. No sé si con ironía, algunos quisieron atribuirme un propósito embustero: que yo deseaba demostrar la genialidad de mi pequeña. Falso, tan falso que dejé escrito en el epílogo del libro que cualquier niño, absolutamente cualquiera, puede crear gratas ficciones si sus padres le dedican algunos breves lapsos a la captura del dictado. La creación automática de los surrealistas, insisto, rinde servicios excelentes en el caso de los niños.
Vi ayer, con gusto, que varias instituciones de cultura noresteñas han lanzado una convocatoria que deseo difundir, pues me parece que su propuesta debe ser conocida y compartida por todos los padres que se puedan sumar a este llamado. Noto que en sus líneas generales entronca con lo que alguna vez exploré en el librito de mi hija: que los niños les escriban a los niños, pues nada hay más directo y franco que la comunicación entre ellos. La convocatoria explica. “El Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noreste, con el fin de promover el gusto por la lectura y la literatura, y para estimular el trabajo creativo, convoca a los niños, nacidos o residentes, de los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León y Tamaulipas, a participar en el II Concurso de literatura infantil. De los niños para los niños 2008”.
Resumo las bases: Podrán participar todos los niños de 6 a 13 años de edad nacidos, o con al menos tres años de residencia, en los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León y Tamaulipas, escribiendo un cuento con tema libre, con una extensión de 2 a 4 cuartillas (hojas tamaño carta escritas en computadora o máquina de escribir). Los concursantes deberán enviar tres copias impresas de su cuento a alguna de las direcciones de cultura de los estados del Fondo Regional en Chihuahua, en Coahuila, en Durango, en Nuevo León y en Tamaulipas. El menor debe contar con el respaldo por escrito de uno de sus padres o, a falta de ellos, de un tutor mayor de edad. La fecha límite para la recepción de los trabajos es el 31 de julio de 2008, y el fallo será dado a conocer el 20 de octubre de 2008. Se seleccionarán como ganadores del premio 25 cuentos del material que se reciba a concurso. Los niños cuyos cuentos resulten seleccionados recibirán un premio en efectivo de mil pesos, un diploma de reconocimiento y la publicación de su cuento en una antología de la cual recibirán veinte ejemplares. Ver las bases completas aquí abajo. (Nota: el dibujo que encabeza este post lo hizo Ivana, mi hija menor; ella tiene seis años y, como todos los niños y niñas de esa edad, sus dibujos son sensacionales. Es precisamente lo que he querido decir en este apunte: que la creación automática de los niños da como resultado obras perfectas; en el dibujo queda claro, y he intentado comprobar que en la escritura sucede algo similar. El payaso, cuya técnica es tinta de marcador barato sobre servilleta de papel, es una pequeña muestra de que todos los niños son artistas; luego, de adultos, algo los/nos jode y se acabó el Picasso que todos llevaban/llevábamos dentro).

Bases del concurso de literatura infantil

Concurso de literatura infantil
De los niños para los niños 2008

El Fondo Regional para la Cultura y las Artes del Noreste, con el fin de promover el gusto por la lectura y la literatura, y para estimular el trabajo creativo, convoca a los niños, nacidos o residentes, de los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León y Tamaulipas, a participar en el II Concurso de literatura infantil. De los niños para los niños 2008.

BASES
1. Podrán participar todos los niños de 6 a 13 años de edad nacidos, o con al menos tres años de residencia, en los estados de Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León y Tamaulipas, escribiendo un cuento con tema libre, con una extensión de 2 a 4 cuartillas (hojas tamaño carta escritas en computadora o máquina de escribir).
2. Los concursantes deberán enviar tres copias impresas de su cuento a alguna de las direcciones de cultura de los estados del Fondo Regional:
En Chihuahua: Instituto Chihuahuense de la Cultura. Av. Universidad esq. División del Norte s/n, Col. Altavista, CP. 31170, Chihuahua, Chihuahua.
En Coahuila: Instituto Coahuilense de Cultura: Hidalgo esq. Juárez s/n, Centro, CP. 25000, Saltillo, Coahuila.
En Durango: Instituto de Cultura del Estado de Durango. Av. 16 de Septiembre 130, Col. Silvestre Dorador, CP. 34070, Durango, Durango.
En Nuevo León: Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. Washington 648 oriente, Centro, CP 64000, Monterrey, Nuevo León.
En Tamaulipas: Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes. Francisco I. Madero no. 237, Centro, CP. 87000, Victoria, Tamaulipas.
3. Los trabajos deberán ir acompañados de un documento de identidad del menor (copia del acta de nacimiento para certificar la edad del concursante, su lugar de nacimiento y su nombre completo), y los datos donde puede ser localizado: domicilio (calle, número, colonia, municipio, estado, código postal), teléfono y correo electrónico. El menor debe contar con el respaldo por escrito de uno de sus padres o, a falta de ellos, de un tutor mayor de edad.
4. La fecha límite para la recepción de los trabajos es el 31 de julio de 2008, y el fallo será dado a conocer el 20 de octubre de 2008.
5. Los resultados del concurso serán dados a conocer en rueda de prensa, en las páginas web de las dependencias participantes, y en la prensa local de cada estado.
6. Un jurado calificador compuesto por especialistas en literatura infantil designará los trabajos ganadores y su fallo será inapelable.
7. Se seleccionarán 25 cuentos del material que se reciba a concurso, como ganadores del premio.
8. Los niños cuyos cuentos resulten seleccionados recibirán un premio en efectivo de $1,000.00 (Mil pesos 00/100 MN), un diploma de reconocimiento, y la publicación de su cuento en una antología, de la cual recibirán 20 ejemplares.
9. Los trabajos que no resulten ganadores no serán devueltos a sus concursantes.
10. Cualquier situación no prevista en las bases de esta convocatoria será resuelta por la Comisión de Planeación del Fondo Regional del Noreste.
11. La participación en este concurso implica la aceptación de todas sus bases.

Monterrey, Nuevo León, 15 de mayo de 2008.

miércoles, junio 04, 2008

Pesina, cuentista hecho



Así fuera breve, le debía una opinión al grato momento que me obsequió Que los muertos vivan en paz, libro de cuentos escrito por Julio G. Pesina y publicado con el número 264 del Fondo Editorial Tierra Adentro (México, 2003). Un cintillo promocional y el pie de imprenta advierten que esta obra ganó el premio nacional de Cuento Joven Julio Torri 2003 convocado por el Instituto Coahuilense de Cultura y el Conaculta, pero más allá de las azarosas veleidades inherentes a todo certamen, el libro de Pesina vale con o sin galardones porque ilustra, creo, la fortaleza de este género por lo común asumido con cierto facilismo, como si fuera poca cosa pensar que cada pieza, si aspira a ser lo que su género le impone, debe crear algo distinto a partir de un puñado más o menos fijo de reglitas. Es un poco como el soneto, pero en narrativa: los puntos clave de su preceptiva son fijos, pero el resultado debe sorprender a partir de la habilidad que cada cuentista tiene para combinar los ingredientes de un relato.
Julio Pesina es tamaulipeco. Hizo estudios en Ciencias de la Educación y por ello su vida tiene una estrecha relación con el trabajo docente en el Colegio de Bachilleres de Tamaulipas, en el telebachillerato y en el centro de Educación Superior a Distancia. Al costado de la chamba alimenticia, este joven narrador del norte ha edificado ficciones que, arracimadas en Que los muertos vivan en paz, hacen pensar en que las nociones básicas del género pueden ser esgrimidas sin que decaiga la calidad de las historias. Eso advierto en los cuentos de Pesina: apego a las líneas fundamentales de la cuentística y destreza para resolver cada situación con sorpresa, con garra, con originalidad de buen ficcionista.
Junto, pues, al afán experimental de muchos cuentistas que viven obsesionados con la idea de que el cuento es cualquier ficción que salga del ronco pecho siempre y cuando sea más o menos breve, siempre y cuando se pueda leer de un solo tirón, avanzan los cuentistas que, como Pesina, primero acatan una normativa mínima del género y luego trajinan en formas un tanto más sueltas o, si se quiere, menos rígidas.
En Que los muertos vivan en paz Pesina engarza trece historias que tienen poco en común. Uno de los rasgos más visibles en las narraciones de este libro es una especie de humor atenuado o contrapesado con la adversidad que deben encarar los personajes. Pese a su corta edad, el narrador tamaulipeco sabe penetrar con hondura en el alma de sus criaturas y, sin perder nunca el encanto de la buena prosa, los/nos lleva a desenlaces tan inesperados como convincentes. Se siente en cada ficción una especie de dominio casi natural del género, como si el cuento fuera cosa fácil en sus manos. Cuatro cuentos, a mi juicio, destacan con creces la buena madera de este escritor norteño: “Los muertos no sangran”, “Sabor amargo”, “Las malas mujeres” y “Que los muertos vivan en paz”.
La calidad literaria del Pesina cuentista se vio confirmada hace poco; transcribo un reciente boletín que ahorra explicaciones: “El Conaculta, a través del Centro Cultural Tijuana, y el Programa Cultural Tierra Adentro, informa que Julio Pesina, originario de Ciudad Victoria, es el ganador del Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras/Border of Words 2007-2008 por la obra Culpable de nada.
En esta ocasión los integrantes del jurado integrado por Daniel Sada, Mario Bellatín y Francisco Rebolledo, decidieron otorgar este premio por unanimidad a la obra Culpable de nada, presentada bajo el seudónimo Mill K. Rhas, ‘por mantener de principio a fin la unidad dramática, con un lenguaje vigoroso que crea una visión original de una realidad en constante transformación’”. No está de más tener presente a este buen narrador; una voz fresca y prometedora, otro talentoso del meritito norte.

El Gómez que yo leí



“No hago alusión a más detalles de su expediente porque es tan abultado como lo es el de los hombres inquietos y productivos”, dice Saúl Rosales Carrillo en su presentación al libro El Gómez que yo viví. Se refiere el escritor torreonense al currículum del doctor Héctor Chapa Saldaña, un currículum “tan abultado como lo es el de los hombres inquietos y productivos”. Con dos adjetivos el máximo maestro de la literatura lagunera se ha encargado de definir al autor del libro que hoy nos ocupa; los acomoda en orden lógico: el doctor Chapa ha sido, es y será un hombre inquieto, y esa tendencia a no ceder ante la tentación de la pasividad lo ha llevado a ser un hombre profundamente fructífero, con tantos logros científicos que es, sin duda, un ejemplo para muchos que hoy quieran abrazar en La Laguna las disciplinas del conocimiento riguroso.
El 30 de mayo de 2007, hace exactamente un año, dije en esta columna que el doctor Chapa merecía un reconocimiento. Hoy veo con gusto que, sea cual sea la institución que lo auspicia, un ensayo de su autoría ha sido publicado para ofrecer un homenaje por partida doble: a Gómez como tema y al doctor Chapa como autor. Por fin, pues, tenemos a la mano esta grata memoria sobre Gómez Palacio. Tuve la suerte de leerla por primera vez, en una versión digital que todavía conservo, hace como cinco o seis años. De inmediato creí que debía ser publicada, y hasta donde pude orienté al doctor para que buscara a las autoridades culturales del ayuntamiento con el fin de intentar la puesta en circulación de ese trabajo.
No abundan, lamentablemente, los textos de esta índole escritos por gomezpalatinos de nacimiento o adopción. Por eso deploré que el doctor Chapa tuviera que esperar tanto, más de un lustro, para ver listo, en libro, El Gómez que yo viví. Pero ya, por fin, aquí está, y quienes lo lean comprenderán mejor mi sincera preocupación al ver que pasaba y pasaba el tiempo sin que uno de nuestros mejores ciudadanos recibiera al menos una pizca de la mucha admiración que merece.
En El Gómez que yo viví encontramos pintado con sencillez y amenidad el fresco de la ciudad que ya se fue, pero que sentó los cimientos de lo que es actualmente. En el umbral del libro el autor traza las coordenadas geográficas y los rasgos climáticos de Gómez Palacio en el contexto nacional; esta introducción es sobre todo importante para quienes lo lean de lejos, para aquellos que no hayan tenido contacto con las ciudades del Nazas y el Aguanaval. Luego de eso entramos al tema específico del libro: el autor camina en su memoria por la ciudad, recorre con pasos tranquilos cada punto de la realidad que le cupo en suerte y nos describe lo que vieron sus ojos, que es lo que ve aun su sosegada remembranza: las cantinas, el tranvía, la estación del ferrocarril, los mercados, La Jabonera, la entrañable 18 de Marzo, los teatros y los cines. Recuerda también el trato que los gomezpalatinos de aquellos entonces le daban a ciertas actividades sociales, como ocurre en el caso del gusto deportivo. Asombra, por ejemplo, que en pocas décadas haya cambiado radicalmente la afición del beisbol, que muy pronto dio paso a la del soccer: “El futbol era practicado por unos cuantos y como novedad”, dice el doctor Chapa.
Un no muy amplio pero necesario apartado iconográfico sirve para complementar lo enunciado con palabras. El caso es que, gracias a este valioso documento bibliográfico, los gomezpalatinos de hoy tenemos acceso al pasado vivo de la ciudad y nos hacemos una idea de lo que era el Gómez Palacio que junto a Torreón y Lerdo constituye la zona que le da vigor a la noción que hoy tenemos de La Laguna metropolitana.
Felicito a quienes por fin decidieron publicar El Gómez que yo viví, y felicito de corazón a mi querido amigo Héctor Chapa Saldaña. No vacilo al remarcar lo que ya publiqué hace un año: él es un gomezpalatino de excepción, un ciudadano que, como hace algunos renglones dije que dijo Saúl Rosales, es por su inquietud un hombre de numerosa producción intelectual. Bienvenida sea entre nosotros su memoria, este fragmento del Gómez Palacio que ahora todos podemos compartir.
Nota: Algo resumido en este espacio, leí el comentario anterior en la presentación de El Gómez que yo viví (ICED, Durango, 2008), acto celebrado ayer sábado en las instalaciones de la Casa de la Cultura de Gómez Palacio. No puedo dejar de agradecer la cortesía de Manuel Ramírez, de Jorge Torres Castillo y de otros estimables gomezpalatinos que con visible entusiasmo le dieron vida a la presentación. Al final, varios coincidimos en solicitar que el actual ayuntamiento de Gómez Palacio, a nombre de la ciudadanía, otorgue una presea al doctor Chapa. Llegué incluso a pedir la palabra por segunda vez para dejar bien enfatizado que hombres como Héctor Chapa Saldaña son los que honran a la comunidad, pues de manera silenciosa han armado un currículum que línea por línea testimonia la valía de su quehacer. No faltó, por supuesto, el aguafiestas de siempre: un sujeto de apellido Burciaga se me acercó al final para cuchichearme que el doctor Chapa no era el único ni el más destacado gomezpalatino en su rama. Con estilacho secretero de mafiosillo provinciano me comentó que “insulté” (¡!) a no sé quién, y con más susurros quiso advertirme que en algún pasquín local iba a encontrar réplicas (o algo así) a mis palabras. Les pregunté a Jesús Jáuregui y Monsi que quién era ese tipo cuya capacidad para irritar bate marcas olímpicas. Entre risas me comentaron que no le hiciera caso, que así era él. Pues bien, no le hago, entonces, caso; así es él: un correveidile que de todos modos no deja de irritar.