Unas diez veces al menos he escrito donde he
podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es
la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer
el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente
convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es
esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.
La afirmación no supone a mi juicio ninguna
hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor
ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre
los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos
igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y
malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros
no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.
Luego entonces, saber que Trump es poseedor de
tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso,
tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme
que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la
podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores
con capacidades formidables para dañar.
Alguien podrá invocar prudencia y decir que no
podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa
Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es
su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección
a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se
dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus
frases: una máquina de insultar y de mentir.
Por esta razón vi con optimismo las
manifestaciones denominadas “No Kings”
del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas
encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una
fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo,
después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles
es aún capaz de caminar en una misma dirección.

