miércoles, abril 01, 2026

El peor de todos








 

Unas diez veces al menos he escrito donde he podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.

La afirmación no supone a mi juicio ninguna hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.

Luego entonces, saber que Trump es poseedor de tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso, tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores con capacidades formidables para dañar.

Alguien podrá invocar prudencia y decir que no podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus frases: una máquina de insultar y de mentir.

Por esta razón vi con optimismo las manifestaciones denominadas “No Kings” del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo, después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles es aún capaz de caminar en una misma dirección.