Mostrando las entradas con la etiqueta tarjetas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta tarjetas. Mostrar todas las entradas

jueves, diciembre 04, 2008

Depredación bancaria



La crisis mundial es la mejor constancia de que vivimos en una economía globalizada. Las malas noticias son globales y repercuten aquí y en China, literalmente. Y si lo malo en economía se multiplica por el mundo como efecto dominó, que alguien nos explique por qué en dicha economía global lo positivo de ciertos productos y servicios no se refleja en México. Si en los países poderosos los bancos cobran determinadas comisiones, ¿qué no es lógico ver comisiones parecidas en nuestro país? ¿O qué? ¿Acaso nomás nos golpean las desventajas globalizadas? ¿No se supone que el mundo ya es una maquinaria cuyo engranaje está interconectado? Parece que no, que en el caso de los bancos sólo nosotros padeceremos su voracidad
Asombra por ello que los clientes de la banca no aplaudamos como es debido cualquier iniciativa por liberar al mexicano de esos tiburones cobradores de comisiones abusonas. Porque tiburones son, sin duda, como lo muestra la nota que vi en La Opinión del domingo y que hasta hoy puedo comentar. ¿Es absolutamente cierto lo que contiene el cuadro de primera plana donde vemos la comparación entre el CAT (Costo Anual Total, en este caso por tarjetas de crédito) de cuatro bancos extranjeros que operan en México y en otros países? Veamos otra vez el cuadro: los tiburones de HSBC (banco que es una fichita en materia de rapacidad): 77% México, 16% Inglaterra; Scotiabank Inverlat: 77% México, 18% Canadá; BBVA Bancomer: 80% México, 25% España; Banamex: 85% México, 9% Estados Unidos. Si el cuadro muestra información verídica, quiere decir entonces que los mexicanos estamos siendo sistemática, flagrante, brutal, arteramente esquilmados en nuestro país por bancos extranjeros, esto con la complacencia desvergonzada del gobierno que los deja hacer.
En la página 20 de la misma edición dominical, La Opinión publicó una nota donde amplía los detalles sobre una iniciativa de diputados del PRI para igualar las cuotas que cobran nuestros bancos en relación con las que cobran en el extranjero. Venga de quien venga esa iniciativa, es muy oportuna, pues se trata de evitar, sin rodeos, un robo descarado, pues resulta inentendible que países con un ingreso per cápita seis veces mayor al mexicano paguen por los servicios de la banca cantidades dos, tres, cuatro y hasta cinco veces menores a las que debe pagar el mexicano que tiene la desgracia de vincularse con esas instituciones dedicadas al hampa de buenos modales.
En tal contexto, no extraña que los bancos de nuestro país tengan tan bonita publicidad o patrocinen tantas causas nobles, como el Teletón. Si el dinero que obtienen lo consiguen así, a la mala, dañando la economía de millones de clientes, cualquiera es generoso. No tienen abuela.

Terminal
En nuestra gustada sección “Autoridades inservibles”, va: tengo un amigo que vive en una colonia popular. Es un hombre, como dicen, mayor, y trabaja como maestro desde las siete de la mañana. Suele ir a la cama, por ello, antes de las diez de la noche si es posible. Lo malo es que frente a su casa una familia que se dedica a la gordería en escala casi industrial comienza sus actividades a las cuatro de la mañana. Con lujo de desmadre, arman y desarman tenderetes de fierro, sintonizan radiodifusoras, van y vienen en plana madrugada. Mi amigo no niega el derecho de todos a tener un trabajo, pero también alega el derecho de todos a dormir para poder trabajar y sobrevivir. Ha reportado el caso a la autoridad “competente” del municipio (de Torreón), pero ya sabemos que la autoridad no tiene ninguna autoridad en estos casos. Ante dicha situación, mi amigo tiene tres alternativas: a) cambiar de trabajo y dedicarse al oficio de velador; b) tomar una ración triple de somníferos y c) comprar una casa en Montebello.

sábado, septiembre 27, 2008

De trácalas y domicilios



Bien intuyo que no es un problema menor y que, en el actual estado de podredumbre social, los ciudadanos debemos cuidar detalles en apariencia insignificantes, como el uso mañoso de nuestras direcciones. Ayer, y a propósito de lo que escribí (ya está en este blog), el señor Miguel Ramírez Jáuregui, de Torreón, me compartió pormenores de un problema con su banco y otro sobre el mal uso que alguna vez cierto abogado tracalero hizo de su dirección. Seguramente hay muchos casos parecidos, así que debemos levantar la guardia y aclarar, como lo hizo el señor Ramírez Jáuregui. Esta es su carta (la publico con su autorización; omito algunos datos):
“A propósito de su artículo de hoy [ayer], tengo algunos comentarios. Soy tarjetahabiente del banco Fulano desde la fecha en que se implantó en México este servicio. Pertenezco a los que en la jerga bancaria se llama ‘totaleros’. Es rarísima la ocasión en que no liquido puntualmente todo mi saldo. La última vez sucedió hace cerca de 10 años. Dejé de pagar 1000 pesos del saldo total, aunque la cantidad que aboné fue muchísimo mayor al saldo mínimo a pagar asignada por el banco. Pensé que lo que se me podría cobrar por intereses no rebasaría los 100 pesos, el 10% mensual de lo que había quedado pendiente. Pero no, cuando llegó mi estado de cuenta vi que los intereses ascendían a algo más de 400 pesos. Este informe se me entregó aproximadamente en el mes de julio de ese año. Al preguntar telefónicamente cuál era la causa de este cobro, la persona que me atendió me fue haciendo cuentas desde el mes de enero de ese año. Le señalé que en este mes había pagado la totalidad del saldo. Lo aceptó, pero dijo que los intereses ahora se me cargaban porque el banco me había dado crédito durante ese mes. Y así siguió con febrero, marzo, etc., meses en los que también liquidé todo mi saldo. Sólo el agiotista más rapaz puede igualar a los bancos.
Otro asunto que quiero mencionarle es el relativo a la correspondencia que llega a nuestro domicilio pero dirigida a otra persona. Tengo una casa que ya no habito ni rento desde hace poco más de 5 años. Parte de la mañana estoy en ella para aprovechar lo céntrico de su ubicación. Está en la Av. Zutana, del lado oriente, muy cerca de la Colón. En el año 2004 me fue depositado un citatorio de un juzgado de materia penal de Torreón, dirigido al Lic. Fulano, que era el defensor de oficio de una persona a la que se acusaba de un delito equiparable a violación. Lo primero que pensé es que se debía de tratar de un domicilio del lado poniente, lo que resultó falso, pues la numeración de esa cuadra se corta antes del número 100, y la de mi domicilio es mayor.
Después de un mes, me dejaron un nuevo citatorio, lógicamente a nombre del mismo Lic. Fulano, lo que me obligó a presentarme en el juzgado con la documentación necesaria para probar que esa casa era mía, y que no conocía ni al licenciado ni al fulano al que se acusaba. Después de la cuarta o quinta visita, pues se daba la mala suerte de que cuando iba el empleado del juzgado no estaba yo en la casa, se convencieron de que había algún error y yo no tenía vela en el entierro. Hará cerca de 3 años, cuando nuevamente fueron a buscar en mi domicilio al Lic. Fulano; afortunadamente estaba presente su servidor e informé que esa persona no vivía ahí y que desconocía la razón por la que lo buscaban en mi casa, como anteriormente lo habían hecho. Ahora la causa por la que buscaban a este licenciado era porque había firmado como aval en un préstamo que otra persona había obtenido de un banco para la construcción de una casa. La persona que llevaba el citatorio me comentó que la razón por la que el Lic. Fulano diera mi domicilio como suyo era únicamente retrasar los juicios. Le menciono lo anterior porque posteriormente me enteré que el tal licenciado es regidor en el cabildo de Torreón. ¡Imagínese la total falta de ética y de honradez de este representante popular!”.

viernes, septiembre 26, 2008

MHR y Banamex



Hace poco más de un mes recibí una extraña carta de Banamex. Soy su cliente cautivo, pues tengo allí dos tarjetas de crédito y una de débito. Estoy acostumbrado por ello a recibir estados de cuenta, pero hace un mes, como digo, recibí una carta que me turbó: se trataba de un estado de cuenta con los datos de mi domicilio, pero con el nombre de una persona que no conozco ni vive en mi casa. Sólo un dato no coincide, el del código postal. La calle donde vivo no registra, que yo sepa, el rasgo de orientación norte-sur u oriente-poniente, así que es muy difícil que haya repetición de números para cada casa de cada calle en la colonia. Pudo tratarse de un error, claro, pero treinta días después la carta volvió a llegar. La propietaria, de quien sólo cito las iniciales por si no ha obrado de mala fe, es MHR, e ignoro por qué demonios ha dado la dirección de mi casa para contratar un servicio de Banamex.
No me gusta recibir esas cartas ni aunque estén dirigidas a mí (aunque eso es inevitable), así que la llegada de un estado de cuenta ajeno y con mi dirección es irritante, me inquieta y me hace pensar en inescrutables transas o en enredos futuros. Tengo la cabeza muy ocupada, ahíta ya de líos y de palabras, para además sumarle correspondencia bancaria que no me incumbe. ¿Qué necesidad tengo de recibir esa mierda en mi casa? ¿Hice algo malo como para merecer que un banco me envíe esas desconcertantes señales? Pensé que sólo era un error, y sin remedio procedí a enmendarlo.
Aproveché el pago mensual de una de mis tarjetas para salir de la duda. Fui a una sucursal y allí me pasaron a la ventanilla de “servicio al cliente” (sí, las comillas son irónicas). El joven encorbatado me atendió, primero, con algo de indiferencia. Le expliqué el asunto, le mostré mi tarjeta y le dije que en su sistema podía verificar que vivo en la dirección también impresa en el estado de cuenta perteneciente a la enigmática MHR. Me dijo que no podía hacer nada, pues si le enviaban una carta a MHR, me iba a llegar a mí de todos modos. Le insistí en mi deseo de evitar que esa correspondencia apareciera con mi dirección y/o que llegara a mi domicilio. Enfatizó que nada podía hacer. Cercado por la impotencia, procedí a enojarme y a modificar un poco el tono de mi voz. “¿Qué no toman los datos de sus clientes? ¿Entregan tarjetas o abren cuentas así nomás al que se atraviese?”, pregunté. Entre dientes, casi susurrante, su respuesta fue epifánica: “Claro que tomamos los datos, pero nuestro acuerdo se basa más que nada en la confianza”. Y troné: “¿En la confianza? ¿Dijo en la confianza? Por favor, en este país la confianza desapareció hace muchos años, y más en el trato con los bancos. No me venga con ésa, amigo?”. El joven de la ventanilla se recuperó: “Nomás no se enoje, por favor”. Y me fui a fondo: “¿Cómo quiere que no me enoje? ¿Desea que los felicite? En el paranoico país que ahora tenemos, ¿se imagina que ocurra algo con esa persona y la autoridad termine por ir a tocar la puerta de mi casa? No, señor, haga algo, lo que sea, para eliminar mi dirección de ese papel. Esa persona no puede probar que vive allí; yo sí. Punto”. El joven tomó aire, me pidió un momento, se perdió tras una puerta, supongo que consultó algo, y volvió. Luego comenzó a teclear. Le pedí que me dijera qué trámite hacía. Me dijo que bloquearía, o algo así, la cuenta de la persona para que, en todo caso, ella reclamara tal bloqueo. Quedé un poco más tranquilo, pero de pasadita reiteré: “¿Y qué puedo hacer para que esa persona, de quien por cierto no sé nada, no use más mi domicilio para sus asuntos bancarios?”. El empleado de banco no dudó: “Tiene que hacer una denuncia”. Y volví a la incredulidad: “¿Yo tengo que hacer una denuncia por la falta de cuidado que los bancos tienen al abrir (ellos dicen “aperturar”, pues no saben que hace unos mil años nuestros antepasados inventaron el verbo “abrir”) una cuenta o pedir una tarjeta? No lo puedo creer…”. Y así terminó el brete. Moraleja: más vale estar al tiro con los bancos. Con sus apetitos y sus comisiones no se juega.