sábado, marzo 30, 2013

"El chanate del destino"
















"Miren la foto que acabo de tomar. La titulo, en homenaje lagunero a don Abel Quezada, 'El chanate del destino'". Estas fueron las palabras tuiteras con las que acompañé la foto que encabeza este post. No está recortada; adrede, desde la toma, le di la composición de "El fílder del destino", y creo que quedó linda. Lo malo es que me estoy acostumbrando a tomar fotos con la mediocre camarita del teléfono celular, y jamás obtengo una resolución meritoria. Pero bueno: algo es algo, como en este caso.
No hace mucho escribí un comentario sobre el famoso cuadro de Abel Quezada. Aquí está, para complementar lo anterior.

lunes, marzo 18, 2013

Desde otro ángulo













Si al abuelo le gusta Molotov, tal vez no es el abuelo el que anda mal, sino Molotov. Cuestión de enfoques.

jueves, marzo 14, 2013

Prosas leprosas o el oficio de buscar




















Los caminos de la literatura son inescrutables. Sí, lo son siempre y para todo lo vinculado al quehacer de la escritura. Lo que dijo, pues, Cioran, sobre el misterioso destino de los libros, es aplicable al destino de muchos hombres. Dijo el filósofo rumano que nada podemos asegurar sobre un libro, lo que torna muy riesgoso cualquier adivinación sobre su porvenir. Lo mismo exactamente se puede decir sobre el hombre. Enrique Ramos Salas (Torreón, Coahuila, 1952), ingeniero con doctorado en estadística, vivió varias décadas estrechamente vinculado como profesor e investigador al mundo de los números, y ahora, casi sorpresivamente, irrumpe como sujeto estrechamente vinculado al mundo de las letras.
Dije “casi sorpresivamente”. Uso el adverbio “casi” para aclarar esto: que la sorpresa no fue tan sorpresiva al menos para él ni para quienes lo han tratado de cerca, pues durante todos esos largos años palpitó, debajo de los análisis multivariables, los valores discordantes y todo eso, lo que constituye su trabajo profesional, el deseo de armar y desarmar con palabras su emoción más personal, sus experiencias, sus filias y sus fobias arraigadas en el hueso. Un día no muy lejano a este día, Ramos Salas quemó las naves de su actividad alimenticia y construyó otras con palabras, embarcaciones que son libros como el que aquí hoy presentamos.
Prosas leprosas y una que otra letanía profana fue publicado en Sonora hacia finales de 2012. Lo primero que desconcierta al lector es que ninguna de sus 45 piezas sean prosa, sino, si nos atenemos al menos a su complexión física, poesía. Desde allí hay un quiebre, una ruptura del sentido que habitualmente le atribuimos al género armado con renglones que van de orilla a orilla en una página, es decir, prosa. Aquí no, aquí las prosas tienen la textura de la poesía y en ella una figura es recurrente: la ennumeración que en ocasiones roza una variante de esa misma figura: la ennumeración caótica. El manual de retórica se refiere a ella como el engarzamiento de términos o partes que no necesariamente se vinculan semánticamente. Esto que suena horrible puede ser traducido a mejor romance: Enrique Ramos apela en muchos de sus “prosemas” (el anfibio de prosa y poesía) al enlistamiento en letanía de versos que al acumularse van armando su figura interior, van esculpiendo, digamos, su espíritu, el del autor.
Así sea tarde para lo que usualmente pasa en las carreras literarias, noto en el conjunto de poemas un impulso por expresar con emoción y sinceridad. La voz presente en cada pieza es confesional, casi ceñidamente autobiográfica. En este sentido poco importa, entonces, la demora con la que llegaron los pálpitos del autor a su condición de textos, pues cada uno está atravesado por una experiencia de vida que jamás podría tener un hombre de menor edad. Ramos Salas escribe entonces algo tarde si nos atenemos a lo que habitualmente ocurre, como ya señalé, en otras vidas literarias, pero eso es un factor que opera a favor de la calidad de los prosemas, dado q          ue nos colocan frente a espejo en el que vemos nuestra existencia cuando han llegado ya las grandes preguntas, aquellas preguntas que todos solemos hacernos cuando descubirmos y comenzamos a padecer nuestra finitud.
Antes de explorar un poco el meollo temático del libro, quiero hacer notar que hay momentos que podrían mejorar en términos de ritmo. Sé que hay tendencias literarias que repelan de cualquier canon, de cualquier preceptiva, de cualquier atadura, pero en poesía, aunque de momento le queramos decir prosa, es fundamental que el flujo de los versos se dé como si corriera el agua, con prioridad por el énfasis en el logro de una música determinada. ¿Qué pasa en algunas piezas de Prosas leprosas? Que van muy bien, que nos envuelven, pero allí, sutilmente escondidas, hay algunas arrugas en la tela, leves caídas del ritmo que a veces pudieran ser remediadas con un cuidadoso hipérbaton o con una especie de encabalgamiento. Por fortuna, son pecas, escasas y sólo notorias para quien está metido más o menos de lleno en el comercio de la poesía.
El fondo, este sí, pinta al ser humano que es en este momento Enrique Ramos Salas, un ser humano que hunde su mirada en sí mismo y bucea en su ser con ánimo de descubrir su universo subcutáneo. Descubrí con gusto que las certezas terribles y los asombros pasmosos son acompañados por una mirada generosa y libre. Quiero decir que el ánimo del autor oscila entre la catástrofe y la dicha, entre la alegría y la desazón, y en suma, todo apunta al mismísimo centro del asombro y la necesidad de expresarlo. No hay, por ello, un tema eje, algo que destaque notoriamente como emoción señera.
Sin embargo, si me obligaran a subrayar líneas temáticas destacadas puedo decir, sin temor a errar, que Prosas leprosas es una especie de libro contable en el que, trepados en el lomo del tiempo, vemos la suma de errores, caídas, fracasos, derrotas y demás que nos hace un hombre y, a la par, su deseo de agradecer los dones y los logros que también quedaron asentados en el decurso de la vida. El libro contiene varios poemas en los que el autor marca una especie de punto final o hace un corte que sirve no sólo para recontar el pasado, sino para abrir cancha al presente y al futuro. En el trayecto, pasa revista a todo lo que sus ojos miran, pero más hacia adentro que hacia afuera, como quien entiende que luego de mirar la vida y sus trajines, invierte la mirada y reconstruye a partir de ese momento una nueva vida, la interior con todas sus fealdades y realizaciones, con todo a secas.
En resumen, Prosas leprosas es, como dice uno de sus poemas, una lucha entre su autor y su sombra, acaso el mayor desafío que todo escritor tiene cuando asume la aventura de contarse a sí mismo. Por ello me gusta mucho, como varios poemas de este libro, éste, que puede ser fácilmente citado por breve, contundente y, sobre todo, franco:

En Yécora recobré el hilo,
vencí mis fantasmas,
salí adelante,
esta vez no me ganaron,
pero ahí están derrotados,
humillados,
rechinando, retorcidos,
pero agazapados,
como estuve yo tantas veces antes, abatido,
pero no más por ahora,
aunque nunca es bueno cantar victoria
contra tu propio enemigo.

Recomiendo el libro de Enrique Ramos Salas por esto: porque en el combate ha vencido sus fantasmas y, sin embargo, cierto de que el hombre nunca está seguro ni en sí mismo, se abstiene de levantar el brazo.

Prosas leprosas y una que otra letanía profana, Enrique Ramos Salas, Editorial de Mil Agros, Hermosillo, otoño, 2012, 91 pp. Ilustraciones de Beatrix Prieto. Texto leído en la presentación de este libro celebrada el 14 de marzo de 2013 en el auditorio del Museo Arocena, Torreón. Participamos el autor, Rosario Ramos y yo.

jueves, marzo 07, 2013

Tele con púas



















Qué padre es ahora la tv, qué colores, qué efectos visuales, qué sonido. Por eso no la veo. Ahí me quedaría atorado, en ese alambre de púas.

miércoles, marzo 06, 2013

Historias de vida por María Rosa Fiscal


















Conozco a María Rosa Fiscal desde hace cerca de diez años y presumo su amistad. La presumo porque ella es una mujer extraordinaria, tan lúcida como generosa. Fue, creo, la primera crítica que hizo manifiesto mi trabajo literario en Durango, y eso jamás dejaré de agradecerlo. Antes de conocerla sabía yo de su valiosa obra gracias a dos libros, uno de ensayos y otro de carácter compilatorio.
Para los que no lo saben, María Rosa nació en Durango y estudió letras en la UNAM, además de una maestría en la misma disciplina. Durante casi veinte años formó parte del personal académico de la Universidad Nacional, y además impartió cursos de literatura y español en el Centro de Enseñanza para Extranjeros en el DF y en San Antonio, Texas. Ha publicado, entre otros, La imagen de la mujer en la narrativa de Rosario Castellanos (UNAM, 1981), Durango, una literatura del desarraigo (Conaculta, 1991) y Perfiles al viento (IMAC-Juan Pablos, 2000). Además, son incontables los artículos y reseñas que ha publicado en periódicos y revistas del país, entre los que se cuenta la revista Proceso. En 2009 tuve la suerte de presentar en Gómez Palacio El aroma de la nostalgia, sabores de Durango II, libro que, como lo dije en aquel momento, despliega otra de las inquietudes de María Rosa: “Un poco al sesgo de su producción ensayística, María Rosa Fiscal nos ha regalado en los años recientes con dos libros que a mi ver son dechados de buena prosa memorística: se trata de obras que contienen recetas de platillos familiares a los que su autora ha añadido el aderezo de su recordación y su apetito de excelente lectora, es decir, todo aquello que surge en su mente al enunciar ‘caldo de pescado’ o ‘galletas de miel para la navidad’”.
Incansable, María Rosa nos convida ahora Historias de vida, 21 mujeres de Durango. Voy a decir de entrada algo que puede parecer desconcertante, pero al explicarlo verán que no lo es tanto. El subtítulo dice “21 mujeres de Durango”, pero el dato es incorrecto. Las conté y no son 21, sino 22. La razón de mi peculiar aritmética es simple: si nos atenemos a la evidencia, a las 21 mujeres indagadas en estas biografías hay que sumar la vida de María Rosa Fiscal, quien en el sobrevuelo a las vidas y las obras de mujeres destacadas en la capital duranguense ha dejado buena parte de su personalidad, tanto que podemos considerar la presencia, entre líneas, de una biografía número 22. En efecto, aunque nuestra querida biógrafa aspire a borrarse, a afantasmarse, allí está, viva y presente en cada esbozo de vida. Vemos a María Rosa, pues, preguntando, anotando, leyendo, escribiendo, entrevistando, organizando, lo que nos pinta su hermosa vocación de escritora, de duranguense, de mujer íntegra y, no titubeo al enunciarlo, ejemplar.
Ahora bien, no caigamos tampoco en la inexactitud de creer que María Rosa quita reflectores a sus biografiadas. Eso jamás, pues si algo caracteriza a nuestra autora (es otro de sus rasgos más salientes) es la modestia. Con pulcritud, sin aspavientos, cálidamente, la autora cuela su mirada en 21 vidas de mujeres y nos presenta un cuadro amplio del mundo femenino real en la ciudad de Durango.
Cada biografía es breve sólo en apariencia, pues detrás de cada aproximación se siente la complejidad de una vida. Noto que no se trata en ningún caso de un acercamiento como de ficha enciclopédica, como de hoja de vida breve, ese texto biográfico muy parecido al que nos ofrecen las solapas de los libros. La maestra Fiscal ha procedido con hondura hasta dar con el o los rasgos definitivos de cada mujer abordada y, lo que es acaso más importante, hasta hallar su vinculación precisa con la sociedad que le tocó vivir a cada una. Por allí, en el prólogo, lo señala: no se trata de hacer un planteo biográfico como si las mujeres aquí perfiladas hubieran vivido en el éter, al margen del entorno. Al contrario, para que la biografía adquiera densidad, cada mujer aquí retratada es puesta en el escenario familiar, académico, laboral y cultural que le cupo en suerte, de manera que el lector no sólo atestigüe logros, sino que vea el contexto en el que se dieron.
El engarzamiento de Historias de vida contiene entonces 21 existencias que dan cuenta, como dije hace dos párrafos, de la lucha de las mujeres duranguenses por dar frutos más allá de los roles que tradicional y malamente se le han asignado a la mujer, es decir, los roles de ama de casa y algunos otros pocos relacionados con la cocina, la costura y demás. María Rosa ha clavado su inteligencia y su mirada siempre atenta en mujeres destacadas en el arte, la academia, el derecho, la ciencia, la política y en algunas profesiones y algunos oficios que por costumbre, por torcida costumbre, han sido coto casi exclusivo de varones, como el pilotaje de aviones o la conducción de taxis.
En México no hemos sido muy dados nunca a la escritura —y por tanto tampoco a la publicación— de libros con el trazado de vidas, como memorias, biografías, diarios personales y correspondencia. Creo ver la razón, algunas veces, en el doblez común de nuestra manera de ser, y, otras, en nuestro desdén al que triunfa. Al recorrer la vida de 21 mujeres duranguenses, María Rosa Fiscal nos muestra que hay vidas que merecen ser contadas no sólo como reconocimiento, sino como ejemplo a seguir en sociedades como las nuestras, llenas de mezquindades y obstáculos para quien sea, sobre todo para tantas y tantas mujeres.

Historias de vida, 21 mujeres de Durango, María Rosa Fiscal, ICED, Durango, 2012, 121 pp. Texto leído en la presentación de este libro celebrada en el Teatro Isauro Martínez, Torreón, el 6 de marzo de 2013. Participamos la autora, Oralia Esparza y yo.

martes, marzo 05, 2013

Verdad de dios












El camino de la salvación espiritual está en la pobreza. Para todo lo demás existe MasterCard.

lunes, marzo 04, 2013

Zapatos rotos













Llego a casa luego de esperar media hora a mis hijas afuera de su escuela. Hace calor y el hambre ya pega, lo que deriva, como siempre, en una sensación de estrés que todo lo acelera y ennegrece, empezando por  el humor. Al cerrar la puerta del coche veo que casi tengo encima a un tipo viejo y desarrapado, andrajoso, un indigente. El fulano me aborda, noto cierto susto en mis hijas, que se protegen detrás de mí. El tipo habla fuerte, explica que en el campo hay desempleo y hambre y no sé qué tanto más. Sin pausa, levanta un poco el pie y me muestra su zapato roto, como un tiburón con la inmensa boca abierta. Me pregunta si tengo unos zapatos viejos que le regale. Yo me siento muy cansado, apurado por llegar y ver qué con la comida del mediodía. Para acabar pronto con la interrupción, sin decir nada todavía, me rasco en el bolsillo y localizo una moneda de cinco pesos. La saco y se la doy. Apenas alcanzo a soltar unas cansadas palabras.
—Tenga, para una Coca.
El tipo me mira como con distancia, un poco ofuscado, y responde.
—No, no agarro dinero. Lo que necesito es que me ayuden con unos zapatos usados.
Me quedo con la moneda en el brazo extendido mientras el andrajoso se va. Siento gusto por haber vivido ese maravilloso desdén.

domingo, marzo 03, 2013

Cantor onírico














Y cantaré tangos y la gente me aplaudirá y ganaré mucha plata y viajaré por todo el mundo y al final despertaré en mi cama de Torreón.

sábado, marzo 02, 2013

Cápsula espacial
















Lo que se ve de vez en cuando. Frente a mí, seguro en su marcha, un coche compacto carga un tinaco para agua que luce desproporcionado sobre el vehículo. Recuerdo que en aquel momento, sin detenerme, capturé la escena e imaginé de inmediato que aquello era algo así como una cápsula espacial, un arma secreta fabricada en la zona industrial de Gómez Palacio.

viernes, marzo 01, 2013

Anunciar en el desierto
















Al lado de una carretera rural de La Laguna vi este heroico anuncio. Me estremeció su soledad, su indefensión, su color chillante en medio de la nada. Al verlo así bajé del coche y le tomé la foto. Miré alrededor y vi un cuartito de adobe como a cien metros, y más allá, al fondo, la estepa lagunera y los cerros pelones, como siempre. No es por nada, pero me sentí Abundio Martínez pasando por Comala, como en la puerta del Purgatorio. Me hubiera dado gusto tener necesidad de cemento o de cal, para ver quién se aparecía a venderme esos productos. Nada ocurrió. Bajé, tomé la foto, volví al coche y el anuncio quedó allí, solo y estoico.