Hace algunos meses leí el
apodo por primera vez: el Pirata de Culiacán. Lo usaba con orgullo un joven de
16 o 17 años, moreno, chaparro y rechoncho. Como muchos, quedé atónito ante la
información adicional. Ese muchacho sin atributos visibles era una celebridad
gracias a las redes sociales, una especie de socialité en el inmenso reino de la chabacanería mexicana. Había
estado en Torreón como atractivo principal en un concierto, o algo así, que
terminó con violencia y un muerto. Recuerdo que el pasmo me llevó a ver algunos
videos del Pirata, y lo que encontré es inverosímil: el pobre chico aparecía
grabado en situaciones grotescas, todas relacionadas con el lamentable contexto de los excesos que rodean el mundillo de lo narco y su vulgaridad torrencial.
Así pues, en dos
minutos supe que el Pirata se embriagaba de golpe con botellas de whisky que
bebía a pico sólo para complacer a su cada vez más extensa red de seguidores.
En todos los casos ensayaba algo que de manera muy laxa podemos denominar
discurso, lenguaje articulado. Declaraba sandeces, palabrotas, fanfarronadas,
todo en un nivel bufo, apto para ser disfrutado por quienes hallan humor en la
bestialidad.
Dos o tres veces más
supe del famoso joven, siempre por algún rebote en el vecindario de las redes
sociales. Eso hasta estos días vacacionales, cuando, como todos en el país, supe
que el Pirata había sido acribillado a balazos en Jalisco. Leí notas que fueran
más allá del video viralizado y me enteré de algo más: era lavacoches, no tenía
padres, y el azar lo puso en el camino de la celebridad. Poco a poco, ese
absoluto don Nadie pasó a convertirse en un “millennial” de la cultura narca,
en el hazmerreír que toda barbarie necesita para afirmar/evidenciar sus
símbolos.
Tras eso pensé en lo
obvio: el Pirata fue una especie de punta en la pirámide de una cultura harto
extendida, la cultura del público que celebra y encumbra la banalidad. En el
caso del Pirata, esa banalidad estaba, o está, estrechamente vinculada con el peligroso
ámbito de la narcoviolencia. Confirmé que el fenómeno del Pirata, a todas luces
anómalo, sólo se puede explicar en el contexto de una sociedad en estado de
putrefacción, una sociedad que simula jugar el juego inocuo de la risa a partir
de bufonerías, pero que en el fondo, sobre todo en sus segmentos más jóvenes,
ha asumido la fama estúpida como valor. Al Pirata, pues, lo mataron sus fieles
seguidores.