martes, febrero 14, 2012

Las afueras: el desierto desde dentro



Creo que algunos relatos no tienen personajes y acusan una suerte de deshumanización en el sentido orteguiano del término. Dicho de otra forma, no tienen personajes ortodoxos, de esos que caminan, aman, matan, bailan, triunfan, lloran y estornudan. Sus personajes —o su personaje— son menos humanos, más abstractos e inasibles. Creo que tal es el caso de Las afueras, novela de Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977). En efecto, este relato del joven escritor norteño tiene como eje, como sujeto permanentemente visible, al desierto o, dicho más correctamente, a la estepa del centro norte mexicano, una zona que sin vacilar puede ser considerada como “mágica” pese al rulfiano desgaste de este adjetivo.
El autor, según las fichas biográficas más actualizadas, ha publicado siete libros: Legión, Galería de armas rotas, Material de ciegos, Traducción a lengua extraña, Novela, Primavera un segundo, Los animales invisibles y La noche caníbal, libro de cuentos que próximamente será traducido al inglés. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y ha ganado siete premios nacionales entre los que destacan los de poesía Elías Nandino y Ramón López Velarde, de cuento Inés Arredondo y de ensayo Carlos Echánove.
En un puñado de páginas Luis Jorge Boone ha logrado asir el espíritu de estas tierras, el calor y el sol y la desmesura de la desolación que estos huraños ámbitos infunden en el ánimo del ser humano. Por eso creo que el paisaje y su gravitación, más que nada, constituyen el centro de Las afueras. Y sospecho que no podía ser de otra manera: animarse a narrar estos espacios (Cuatro Ciénegas, Sabinas, Múzquiz, Monclova, Frontera, Agujita, Nadadores, Lamadrid, San Buenaventura, Nueva Rosita y sus estaciones anexas) forzosamente derivaría en un relato cuyo espíritu iba a ser dominado, tiranizado, sometido por la pesada mano de los elementos. Así como Cien años de soledad es exceso de verde o El Siglo de las Luces es plenitud de azul, Las afueras es invasión de amarillo, de ocre y de sepia, los colores que representan nuestros calores, valga el juego verbal.
No sé si exagero, pero creo que esta novela de Boone sólo pudo escribirla un narrador hecho a estos andurriales y, al mismo tiempo, con experiencia en el exterior, como la que él ha tenido sobre todo en la capital del país. Lo comento por la eficacia, eficacia de lugareño, con la que logra captar el agobio de la atmósfera en el reseco pensamiento de los personajes de carne y hueso, por un lado, y, por el otro, por la sutil captación de la resignada hosquedad que sólo puede ser advertida merced al contraste, a la comparación con la alteridad. Deterministamente, taxativamente, las almas que deambulan en estos capítulos viven aplastadas por el ambiente, son tan áridas como el suelo por el que caminan. Esto, insisto, sólo es visible a quienes introyectaron por nacencia la vida de estos páramos y al mismo tiempo han tenido la suerte de comparar esa experiencia con otros mundos, con otras formas de manejarse en la existencia. Boone narra Las afueras, en suma, desde dentro y desde fuera, como juez y parte de lo que acumulan estas páginas.
El peso del ambiente es visible párrafo tras párrafo en Las afueras. Pareciera como si Boone se hubiera propuesto hacer una radiografía de la estepa, una radiografía y, luego, una lectura inusitada de la placa. Tan agudo es que, por ejemplo, desemboca en asertos cuya precisión nos pasma. Por ejemplo, en esta contradicción al concepto de desierto o estepa: “Es mentira eso que dicen de que el desierto es monótono. El paisaje con sus cerros, la carretera con sus zigzagueos que de pronto le salen a uno al paso, la vegetación que, fíjese bien, nunca es la misma, lo van a mantener distraído todo el trayecto”. Y en medio de esa nada, como aparición fantasmagórica en Las afueras, las pozas de “agua milenaria”, esos charcos con vida prehistórica que fascinan a la ciencia y hechizan al arte, pozas que son postales de belleza segura (como lo demuestra la portada del libro), intrigantes paisajes para los que no hay, como dice el autor, “forma de acostumbrarse”.
Un logro adicional, aunque no sé si el más importante, está en el estilo. Poeta al fin, Boone imprime un sello al flujo del relato, flujo de una sonoridad como de cello: lenta, apagada, cadenciosa. Es la música que traspira este espacio aplastado por el peso de la luz solar. Poeta al fin, enfatizo, Boone urde páginas enteras con poesía disfrazada de prosa, como ocurre en la grata parrafada letánica de las páginas 122-124, cuando James, acaso el protagonista humano más evidente de Las afueras, recuerda a flashazos sus visiones de la belleza femenina y los párrafos comienzan con un gerundio que transforma en presente cada acción: “Dando una moneda a un hombre sin piernas. Centro se Sabinas. / Conduciendo una motocicleta. Entrada a Altos Hornos…”. Así pues, con un cello de fondo avanzan todas las peripecias contadas, bifurcadas y vueltas a bifurcar, de Las afueras. En tal ritmo calmoso se mueven las diversas y fragmentarias historias que se cruzan en esta novela configurada con un montaje cinematográfico algo tarantinesco, sin tiempo lineal, pero confluyente. Los varios relatos entran y salen de la escena, se mezclan, dejan su huella pasajera en la arena y se fugan pero nunca escapan del todo, como no lo pudo hacer, ni muerto, el profesor Woodrow.
Aleccionar no es su propósito, es verdad, pero puede verse en Las afueras, dicho sea de paso, un flanco social, crítico, útil al activismo ambientalista que tanto ha demandado un alto a cualquier forma de descuido que ponga en peligro zonas endémicas, únicas en el mundo, como la de Cuatro Ciénegas y sus alrededores.
Las afueras es en suma una novela desafiante, por compleja, por paradójicamente barroca pese a ubicarse en la aparente nada de la estepa, su protagonista. Luis Jorge Boone ha homenajeado con ella estas tierras, el inaudito paisaje que nos cupo en suerte y ya tiene notables relatores, como él.

Las afueras, Luis Jorge Boone, Era-UNAM, 2011, 245 pp. Texto leído en la presentación de Las afueras organizada por la Secretaría de Cultura de Coahuila, la Dirección Municipal de Cultura de Torreón y el Museo Regional de La Laguna, sede de esta actividad. Participé en esta presentación junto a Carlos Velázquez y el autor.