miércoles, junio 25, 2008

Agua: la hora del tercer sector



La emergencia de grupos ubicables en ese ente por lo general amorfo llamado “sociedad civil” ha obedecido, en lo sustancial, a la ineptitud mostrada por el Estado frente al imperativo de resolver problemas específicos. Allí donde los gobiernos no han podido o no han querido hacer nada, o lo han hecho con resultados irrelevantes, los ciudadanos han tenido que actuar más que para resolver, para demandar una acción de gobierno organizada y eficaz. Lo común es que tales movimientos tengan un signo positivo y busquen defender un bien público frente a la depredación o frente al intento de. El vacío que deja el Estado en la atención de un problema con repercusión social es llenado entonces por la ciudadanía más o menos identificada con “la causa”, y en estos casos nada importan las filiaciones partidistas, religiosas o étnicas, pues de lo que se trata es de defender un bien público cuya pérdida afectaría por igual a todo el conjunto de la sociedad.
Las experiencias de lucha de la sociedad civil han surgido a veces con cierta apariencia de espontaneidad, aunque vale decir que todo problema que convoca a las masas suele haber incubado largamente hasta que se revela como tal, como problema colectivo. Así el agua. Durante décadas los laguneros hemos sabido que he allí nuestro principal desafío. Hemos convivido con el fantasma del arsénico y la sobreexplotación del acuífero y hasta ahora la presión social he sido casi simbólica, pese a que el mal nos puede pegar a todos. Una rama de la economía ha acaparado el uso y el abuso del agua, y frente a las evidencias de deterioro ambiental y debido a intereses suicidas, la autoridad no ha hecho más que estirar la mano para dar más agua a quienes ya de por sí la han devorado y puesto en peligro a toda una región.
El hueco que no ha querido ocupar la autoridad tendrá que ser llenado, en esta lucha de vida o muerte ya no tan a largo plazo, por la sociedad civil, por el llamado “tercer sector”: “La expresión tercer sector ha sido empleada en años recientes para definir la multiplicidad de organizaciones sociales, individuos voluntarios, fundaciones e institutos empresariales que desarrollan actividades con fines públicos. En la visión de algunos, la emergencia del llamado tercer sector representa una revolución asociativa global (…) que tiene un papel fundamental en el contexto de la desaparición del gobierno de la vida de las comunidades. Así, el tercer sector se suma en igualdad de condiciones al sector privado y al sector público como componente de la vida pública…”, dicen Evelina Dagnino, Alberto Olvera y Aldo Panfichi en La disputa por la construcción democrática en América Latina (FCE, 2006).
Parece, pues, que la hora del tercer sector ha llegado para encarar el problema del agua en La Laguna. Años, decenas de años han pasado en espera de que el gobierno tome, como dicta el lugar común, “cartas en el asunto” y vea por los intereses de la comunidad, pero nada: hasta el momento no deja de avanzar un solo día la sombra de una catástrofe de dimensiones insospechadas, y nuestros científicos alertan con tablas comparativas sobre el riesgo de deterioro ambiental y los grados de envenenamiento a los que ha sido sometida la población por el exceso de arsénico en el agua.
En lo personal he visto, con orgullo por un lado y por otro con tristeza, que son los adultos o los adultos mayores quienes se muestran más preocupados por el problema. Digo orgullo porque no dejan de ser encomiables y ejemplares los esfuerzos de las personas mayores que buscan un mejor porvenir para todos; con tristeza, porque el agua mala o inexistente golpeará a los niños y a los jóvenes de hoy, y ellos no se han sumado a la defensa de lo que nos queda. La presión (social y del agua) será otra cuando los jóvenes salgan y sumen su voz a la consigna y sus pasos a la marcha en defensa de la vida.