miércoles, abril 09, 2008

El derecho a desconfiar



En un artículo moderado al menos en su tono, y que por ello paradójicamente desentona con lo que leemos hoy sobre la reforma petrolera, Alfonso Zárate apunta que “Los graves problemas de Pemex no se produjeron en los siete años de gobiernos panistas. Las administraciones priístas hicieron mucho, deliberadamente, para arruinar a Pemex y eludieron su responsabilidad de fortalecer las finanzas públicas combatiendo los graves niveles de evasión y defraudación fiscales; después de todo, allí estaban a la mano la renta petrolera y los causantes cautivos. La SHCP exprimió a Pemex más allá de toda prudencia, mientras directores y altos funcionarios de la Federación cedían autoridad e hipotecaban las empresas públicas asumiendo que el destino nunca los alcanzaría. ‘El de atrás paga’, fue la divisa” (El Universal, 9/4/08).
Poco después, añade: “En los últimos 25 años Pemex sufrió una política intencionalmente depredadora: se desmantelaron las áreas de investigación e ingeniería básica, de detalle, construcción y supervisión, y se contrataron servicios externos; se abandonó el mantenimiento, se descuidó el medio ambiente y se enfatizó la producción y exportación de crudo en detrimento de la exploración de nuevos yacimientos, la refinación y la petroquímica; se impusieron medidas para despedir o jubilar prematuramente a expertos que, en muchos casos, fueron reemplazados por yuppies ignorantes y engreídos; se multiplicó la alta burocracia y se incrementaron sus ingresos y prestaciones…”.
Más allá del uso y la interpretación que Zárate le da a su sinopsis de la catástrofe en Pemex, es de notar la coincidencia que tienen sus palabras con lo que cualquier mexicano medianamente informado presupone sobre la paraestatal: los no iniciados podrán (podremos) carecer de cifras, de cálculos y de terminología técnica, pero sabemos que en Pemex hay un desastre digno de espanto. En él han participado, por años, dos siglas partidistas: una en larga data, el PRI, y otra en breve, el PAN. Los primeros cooperaron con su talento depredatorio durante casi siete décadas; los segundos tienen apenas siete años sumando voraces “yuppies” al saqueo. Eso lo sabe cualquiera, con o sin datos sobre barriles de crudo exportados o no exportados.
Lo anómalo es que, precisamente, sean esos dos partidos los que ahora se arrogan el derecho a decidir sobre el destino del petróleo mexicano, y lo hacen con la déspota creencia de que así nomás, porque ellos lo conciertan, los demasiados escépticos van a creer en la cadena nacional de Og Mandino Calderón y aceptarán jubilosos la compra de petrobonos de cien lanas c/u cuyo rendimiento ahora sí los hará dueños del oro negro que nos escrituró el patas de chivo.
Para los negociantes (negociantes porque negocian entre ellos y porque venden hasta lo que no les pertenece) es fácil creer, parece, que la mayoría les sigue guardando crédito. Al menos que les dejen a los mexicanos el derecho a la desconfianza, pues no ha sido poca la cantidad de embustes que registra nuestra historia, más cuando se trata de privatizaciones ventajosas para logreros de todas las raleas.
¿Y si en vez de hablar de privatización (sea en áreas “estratégicas” o no) se plantea una política que acabe con la mala administración de Pemex? Nadie, por ejemplo, ha tocado al podridísimo sindicato petrolero. Nadie, por ejemplo, ha cambiado sus pésimas administraciones, sus Pemexgates, sus servicios de caja nada chica para el vampírico gasto público. Claro que no: primero destruyeron, primero saquearon, y ahora quieren venderse a sí mismos, con prestanombres fuereños, lo que queda del changarro. Hay más de cien razones para el escepticismo. Ustedes perdonarán.