sábado, abril 04, 2026

Volúmenes de colección

 






En su libro Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en el futuro, mientras el cuerpo aguante.

Sacudir el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna, me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.

Eso me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis colecciones. Nuca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende por colección: libros que una editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa: mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas o del lomo.

Pese al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país. Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicados en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles, hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para entrar a las obras con algo de contexto.

Una similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México, fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en librerías de viejo, todos editadas en el famoso formato de bolsillo y presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos… mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en nuestro país.

A mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas, Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.

Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.

miércoles, abril 01, 2026

El peor de todos








 

Unas diez veces al menos he escrito donde he podido una frase que me impuse como consigna para estos turbulentos años. No es la mera expresión de un enojo o el efectista desahogo de quien se quiere hacer el interesante, sino el sincero parecer de alguien, yo mismo, profundamente convencido de la verdad encerrada en un puñado de palabras. La consigna es esta: Donald Trump es el peor ser humano que habita hoy sobre la tierra.

La afirmación no supone a mi juicio ninguna hipérbole. Creo honestamente que el actual presidente norteamericano es el peor ser humano que habita hoy sobre la cáscara del globo. No se me oculta que entre los 8 mil millones de personas que en el mundo hay no faltarán sujetos igualmente inmorales, soberbios, mentirosos, déspotas, ruines, degenerados y malévolos que el señor naranja, pero sin un atributo que éste tiene y los otros no: el poder de la, todavía, principal potencia armada.

Luego entonces, saber que Trump es poseedor de tantos atributos negativos y al mismo tiempo de un poder de decisión inmenso, tan grande que puede invadir países e iniciar guerras, no hace sino confirmarme que es el peor ser humano, una especie de campeón indiscutible de la podredumbre y la peligrosidad, y conste que en muchos rubros tiene competidores con capacidades formidables para dañar.

Alguien podrá invocar prudencia y decir que no podemos saber exactamente qué es o cómo es el inquilino principal de la Casa Blanca. Creo que no es necesario ser muy brillante para entender que Trump es su gestualidad y su discurso, formas expresivas en las que le escurre la abyección a borbotones. Son elocuentes la mirada, el ceño, la sonrisa, la rabia que se dibujan en su cara de acuerdo a los temas que farfulla, pero más lo son sus frases: una máquina de insultar y de mentir.

Por esta razón vi con optimismo las manifestaciones denominadas “No Kings” del 28 de marzo en muchas ciudades grandes y pequeñas de EUA, una de ellas encabezada admirablemente por Robert De Niro. Saber que se va creando una fuerza mayoritaria de repudio es un signo quizá no tan pequeño de que el mundo, después de todo, todavía conserva algo de sensatez y en las horas más difíciles es aún capaz de caminar en una misma dirección.