En
su libro Cómo ordenar una biblioteca,
Roberto Calasso afirmó como de pasada que tener muchos libros permite
reencuentros inesperados: uno busca un volumen y en el trance de encontrarlo se
topa con otro que desvía del propósito inicial, lo que de inmediato justifica
la tenencia de una biblioteca abundante y hasta caótica. Esto significa que un
bibliófilo suele abrazar, como el chileno Bolaño, el ideal de tener “todos” los
libros; no para leer todo, como creen quienes no leen, sino para sentir que a
la mano están dispuestos los autores queridos y otros muchos que podrían serlo en
el futuro, mientras el cuerpo aguante.
Sacudir
el polvo de los libreros, actividad cuya frecuencia es inevitable en La Laguna,
me lleva con regularidad a la sorpresa comentada por Calasso. Muchos libros he
leído inesperadamente sólo porque levantan la mano cuando busco otro o también
cuando sacudo. Nomás por esta razón no es tan ingrato tomar el trapo muy
ligeramente húmedo para retirar partículas: algo “nuevo” salta siempre, casi
como un amigo que ha vuelto repentinamente luego de una larga ausencia.
Eso
me pasó en esta semana de vacaciones. Sacudía y no sé por qué reparé en mis
colecciones. Nuca fui obsesivo de reunir meticulosamente libros de una misma
serie, pero a lo largo de más de cuatro décadas supe armar puñados interesantes
de volúmenes adscritos a una misma catadura serial. No me refiero aquí a los
libros publicados en la modalidad de las extintas enciclopedias u otras tantas
compactas como las obras completas de un escritor, sino a los libros que corresponden exactamente a lo que se entiende
por colección: libros que una
editorial publica gradualmente y que vende poco a poco, conforme van siendo
editados e impresos. Su rasgo más saliente radica en la apariencia externa:
mismo formato, mismo encuadernado, mismo diseño, numeración seriada y casi de
manera infalible el nombre de la colección en alguna parte visible de las tapas
o del lomo.
Pese
al horror que puedan sentir muchos lectores, conservo como 200 libros de la
colección Sepan cuántos…, de Porrúa, la más nutrida de su tipo en nuestro país.
Gracias a estos libros, considerados por muchos un espanto debido a su
tipografía, su apretada interlínea y su doble columna, fue la más constante en
la publicación de clásicos y no tan clásicos. La Sepan cuantos… obró el milagro
de facilitar que los encargos escolares de lectura fueran accesibles en todos
los sentidos, pues además de que los libros estaban en todos lados su precio
nunca fue alto. Recuerdo que muchas veces me asomaba a las páginas finales de
cualquier libro de ese conjunto, ya que allí aparecía la lista de los autores y las obras publicados
en la colección, y fantaseaba con la idea de tenerlos todos. Esto nunca
sucedió, pero sí engrosar poco a poco el número de los títulos disponibles,
hasta la fecha, en varios de mis entrepaños. Otra ventaja de esta colección era
que todos los ejemplares contenían un prólogo amplio y autorizado, suficiente para
entrar a las obras con algo de contexto.
Una
similar, aunque publicada en la Argentina y con buena distribución en México,
fue la colección Austral de la editorial Espasa-Calpe. Tengo muchos de sus
títulos, quizá algunos 150, todos ahora amarillentos, comprados la mayoría en
librerías de viejo, todos editadas en el famoso formato de bolsillo y
presentación final con “camisa” (en la foto). Esta serie repetía varios de la Sepan cuantos…
mexicana, pero añadía autores que de otro modo jamás hubieran circulado en
nuestro país.
A
mediados de los ochenta la editorial Planeta había comprado el sello Joaquín
Mortiz, que entre los sesenta y setenta publicó, gracias a la benemérita labor
de Joaquín Díez-Canedo, la Serie del Volador, colección imprescindible de la
literatura mexicana contemporánea. Su catálogo fue impresionante, sobre todo
nutrido de escritores mexicanos ya maduros, pero todavía no viejos. Todos
cupieron allí: Yáñez, Paz, Arreola, Fuentes, Castellanos, José Agustín, Dueñas,
Leñero, Garibay, Vilalta, Elizondo, Sáinz, Pacheco... A finales de los
noventa, el sello buscó revivir la serie y entre los publicados colé mi primera
novela. Como tenía, y conservo, muchos libros de esa colección, no dejé de
sentir el provinciano orgullo de haberme colado a una fiesta importante.
Otras colecciones sumo, pero las tres más importantes son las mencionadas en los tres párrafos precedentes. Puedo mencionar además la de Revistas Literarias Mexicanas Modernas o la de Breviarios, ambas del FCE, o una de biografías publicada por Salvat, obviamente en Barcelona, y otra de los tomotes clásicos y algo ilegibles de Aguilar, así como los tomitos de la colección Crisol, también de Aguilar. Ninguna de estas colecciones ha sido recorrida por completo, claro, pero me alegra saber que me acompaña y en cualquier momento, sin avisar y por cualquier motivo, puedo tomar arbitrariamente alguno de los volúmenes para darle sentido con la lectura o una simple hojeada, las dos raras costumbres del bibliófilo que se resigna a ser trabajado por el azar.


