El
golpe de Estado más reciente perpetrado en la Argentina está hoy a tres días de
cumplir su quincuagésimo aniversario, medio siglo desde que la Junta Militar tomó el “control operacional” del país y echó abajo el gobierno democrático
encabezado por la errática y debilitada Isabel Perón (La
Rioja, Argentina, 1931), quien asombrosamente aún vive. El interés del tema
no es sólo histórico, como objeto de conocimiento por el conocimiento en sí, lo
cual es, de cualquier modo, valioso y digno de atención.
Desgraciadamente, poner la mirada en el golpe y la dictadura que generó
desborda el interés académico o especializado, pues se vincula con la realidad
que hoy nos atañe a todos. El auge de la nueva derecha en el mundo mueve a
pensar que la vocación genocida convive todavía con nosotros, es un animal no
extinto, de ahí la pertinencia de recordar cómo se las gastaron ciertos
regímenes no sólo en la Argentina, sino en muchos otros lugares del planeta castigados
por gobiernos a los que no les tembló el brazo para eliminar opositores.
El
caso argentino es particularmente interesante por las características de su
pasado y el accionar de su gobierno en el presente. Desde el regreso a la
democracia en aquel país, de hecho, no ha habido, como en el actual, otro gobierno
con mayores inclinaciones negacionistas, tanto así que desde el presidente para
abajo sus funcionarios han llegado al extremo de suponer que los militares de
los setenta y su pata civil de apoyo libraron una guerra que salvó a la patria
del terrorismo. Lejos de considerarlos genocidas, Milei y sobre todo Victoria
Villarruel, la vicepresidenta hoy coyunturalmente enemiga del presidente, han
buscado desmantelar todo lo que remita a las instituciones dedicadas a la
búsqueda de verdad y justicia, los dos ejes de la lucha contra la desmemoria y la impunidad.
La
dictadura argentina operó en un momento histórico espeso de turbulencias. Por
un lado, la Guerra Fría como manifestación de la polaridad mundial; su
expresión hemisférica fue el empeño de los Estados Unidos por mantener
tutelados a los países de América Latina, zona donde cundieron dictaduras supeditadas a Washington. En la otra orilla, la URSS y sus
satélites, y entre ellos los países motivados para luchar contra la
descolonización o el imperialismo. Bajo el ejemplo de Cuba, muchos jóvenes
adhirieron a la insurrección por caminos distintos, donde el más radical fue el
del foquismo guevarista. La Argentina llegó a 1976 arrastrando una cadena de
desastres políticos cuyo origen se puede datar en 1955 con el golpe en la
segunda presidencia de Perón.
Luego
del bombardeo a la Plaza de Mayo, en la Argentina se sucedieron trastabillantes
gobiernos militares de facto y otros
civiles que terminaron mal, como los de Frondizi e Illia. Del 66 al 73, de
Onganía a Lanusse, cuatro militares ejercieron el poder en un clima de
creciente insurrección. Muchos grupos guerrilleros de filiación peronista (como
Montoneros, cuya aparición se dio en mayo de 1970) y socialista (como el
PRT-ERP) comenzaron a operar contra la dictadura. En un marco de profundo
deterioro, la unión de un frente amplio en 1973 posibilitó unas elecciones que ganó
el peronista Héctor Cámpora, quien volvió a convocar a elecciones, las que ganó
Perón, quien había vuelto de casi veinte años de exilio para ejercer su tercer mandato.
Militares
y civiles de la oligarquía local olieron sangre y comenzaron a presionar a
Isabel Perón para iniciar en Tucumán operaciones “antisubversivas” encomendadas al
Ejército. Poco después dieron el golpe del 24 de marzo, y se hizo la noche a
plenitud. Diseñaron un plan sistemático de extermino que, para serlo, debía
quedar al margen de la ley. Se crearon en todo el país centros de detención,
tortura y desaparición, cuyo edificio emblemático fue la ESMA. El horror se
convirtió así en política pública.
Por
testimonios de sobrevivientes se sabe cuál era el método desarrollado con precisión
quirúrgica para viabilizar el genocidio: después de ubicar a un sospechoso, lo
“chupaban” a culatazos para treparlo a vehículos Ford Falcon sin número de
matrícula, luego lo llevaban a un centro donde al margen de cualquier legalidad
lo torturaban para exprimirle información. En esa situación los habeas corpus no servían de nada. El calvario para los supliciados
duraba hasta que a criterio de sus captores el "subversivo" era útil como fuente de datos (nombres, direcciones, teléfonos...).
Cuando se agotaban las posibilidades de sacarle más, el destino habitual era
matarlo y desaparecerlo sin dejar rastro.
La
desaparición, acaso el peor delito que en el mundo hay, podía servirse de
incineración de cadáveres o fosas comunes, pero los militares argentinos dieron
un paso más hacia el terreno de lo abominable: perfeccionaron los llamados
vuelos de la muerte. Sin que los condenados tuvieran al menos el derecho de
saber que los conducían a su fin, les comunicaban que habían sido elegidos para
ser parte de un “traslado”, es decir, que en teoría serían llevados a otro
espacio para proseguir su reclusión. Con el pretexto de que era una vacuna, un
médico les inyectaba una dosis de pentotal sódico para sedarlos y así los
trepaban a un camión que de inmediato se dirigía al aeropuerto, donde los
subían a un pequeño avión militar (el famoso Skyvan) y ya arriba les inyectaban
otra dosis de la droga. Volaban hacia el Atlántico y en la boca oriental del
Río de la Plata los arrojaban vivos al mar. Tal era el procedimiento del
eufemístico “traslado”, una de las mayores proezas de la perversidad
latinoamericana que no podemos olvidar porque ganas no faltarán hoy de
reeditarla.
Sobre este tema, y a propósito del susodicho golpe, hablaré el jueves 26 de marzo a las 7 pm en la cafebrería La Tinta (Morelos 559 poniente), de Torreón. Trabajaré sustancialmente sobre dos libros (El vuelo, de Horacio Verbitsky, y Anatomía de una mentira: quiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón) y dos documentales (Scilingo, del canal Encuentro, y Traslados, de Nicolás Gil Lavedra). La entrada es libre.
Nota. En mayo de 2024 tomé la foto que encabeza este post; el lugar es la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Se trata del avión Skyvan mencionado en el texto. No fue el único usado para desaparecer. En 2023 fue recuperado en Fort Lauderdale, Florida, por el gobierno argentino que lo recuperó para que formará parte del Museo Sitio de Memoria ESMA. El avión es allí un recordatorio metálico de los vuelos de la muerte.

