miércoles, agosto 29, 2018

Final sin turbulencias















Recuerdo como si fuera ayer, disculpen el lugar común, los augurios de especialistas y no tan especialistas: se aproxima un choque de trenes, las elecciones de 2018 dejarán al país convertido en un pandemonio. En cierto momento, quizá entre 2016 y 2017, era imposible calcular el tamaño del incendio que venía en camino. Al definirse las candidaturas y con ello la difusión de las primeras encuestas, todas o casi todas permitieron apreciar que el proceso electoral no planteaba una carrera parejera, sino una disputa que comenzó, siguió y terminó muy dispareja, con López Obrador “fugado”, como se dice en el argot del ciclismo. El primero de julio la sorpresa fue que no hubo sorpresa y el lunes 2 desayunamos con la noticia de que Morena y su líder se habían adueñado políticamente del país.
Los que esperaban turbulencias ignotas, y esto incluía baño de sangre y no pocos desaguisados económicos relacionados sobre todo con el dólar, se habían equivocado con extraordinaria puntería, pero muchos especuladores de todos los bandos esperaban, en el fondo y no tan en el fondo, que se cumplieran los pronósticos. Por diferentes motivos, simpatizantes y no simpatizantes del morenismo triunfante exigían, unos, ruptura violenta con el pasado y castigo ejemplar a los desvalijadores, y otros, los enemigos, demostraciones de poder que ilustraran la catadura real del embusteramente pacífico presidente electo. Lo que ha pasado es lo que hemos visto y seguimos viendo: que pese a las legítimos deseos de castigo o presentimientos de venganza, el líder de Morena se ha acercado sin embozo a Peña Nieto, lo ha visitado casi como pariente a Palacio Nacional y ha armado parte de su equipo con colaboradores sospechosos de priísmo superficial o profundo, lejano o reciente, cuyo caso más representativo fue el de Manuel Bartlett.
Tengo para mí, aunque apenas sea en el plano del pálpito, que López Obrador y su equipo más cercano han acordado llegar a diciembre sin agitar de más las aguas, contenidos por la certeza de que en los dos caminos a elegir (entrar a saco al poder o instalar un puente de plata para el enemigo que huye), optaron por el segundo derrotero. Ciertamente en muchos late la apetencia de ver picotas por toda la república, y en ellas las cabezas de tantos y tantos bribones, pero si nos atenemos al cálculo político en su estado menos impetuoso, la dinámica de negación a la vendetta, e incluso de negación tal vez coyuntural a la mera enunciación de justicia, han permitido que el cambio de guardia en el gobierno federal avance sin sobresaltar a la población, a los mercados, a nadie, como si todo fuera parte de una táctica aterciopelada para llegar, por fin, al poder con la menor cantidad de focos rojos.
Contra lo que difundían como karma sus contrincantes, el “peligro para México” lo que menos ha hecho, hasta ahora, es poner en peligro a nuestro país.

sábado, agosto 25, 2018

Breve antropología del tango



Leopoldo Lugones y Jorge Luis Borges, dos de los más grandes escritores argentinos, malquisieron el tango. El primero fue muy duro al definirlo “reptil de lupanar”; y el segundo, cada vez que hablaba sobre el tema, lo trataba casi con lástima: “el inconsolable tango-canción”, decía. Tanto Lugones como Borges, vale añadir, prefirieron a la hermana rural, la milonga. Pero más allá de sus filias y sus fobias musicales, el caso es que los dos hablaron mal del género tal vez porque les tocó vivir el esplendor del tango, la época de Gardel, y quizá se vieron abrumados por el aluvión de piezas que, en efecto, eran sólo bailadas al principio y luego bailadas y cantadas en sitios de mala muerte, además de ser mayoritariamente lloriqueantes, quejumbrosas, “inconsolables”.
No fueron muchos, sin embargo, los adherentes a la posición opositora. En la amplia y populosa zona del Río de la Plata (lo que incluye al Uruguay, por supuesto), miles de hombres y mujeres de todas las edades, de todos los estratos y de todas la profesiones, cultivaron y siguen cultivando el fervor tanguero. El género caló tan hondo que en la transición del siglo XIX al XX cundió tanto en los bulines tenebrosos donde comenzó su gesta como en los salones de pipa y guante. Se sabe incluso que uno de sus avales más importantes fue París, ciudad que le concedió al tango un pasaporte internacional que hasta la fecha mantiene actualizado, pues prácticamente no hay lugar en la Tierra donde las cadenciosas notas del bandoneón, su instrumento emblemático, sean desconocidas.
El tango, heredero del candombe, fue primero pura música. Las cuerdas de la guitarra, luego el piano y al final el bandoneón se mestizaron para acompañar a los primeros bailarines que en los barrios rioplatenses solían desempeñarse en parejas, en parejas de hombres. Sí, el tango fue en sus orígenes un baile que ejercían dos machos y parecía una especie de pelea. Luego, como es lógico, las aguas entraron a su cauce y uno de los hombres fue sustituido por una mujer. Entonces se volvió hechizo, arrebato, apasionamiento vertical.
Ya entrado el siglo XX, las letras se encimaron a la música y nació el llamado tango-canción. Un torrente infinito de versos ingresó al tango. Todos los asuntos, todos los temas, todos los recovecos de la compleja vida humana acudieron al llamado del tango y se deslizaron sobre las ardientes notas del bandoneón. Letras pícaras y hasta procaces, patrióticas, filosóficas, políticas y amorosas dieron cuenta, cada cual a su modo, de la condición humana. Predominaron, claro está, las amorosas, sobre todo aquellas que hacían referencia a la desdicha del ser humano que ve declinar hasta convertirse en Nada, sin remedio, por inmenso o modesto que haya sido, todo amor.
El fenómeno Gardel apuntaló al tango en los veinte. Tras la temprana y trágica muerte del llamado Zorzal Criollo y su inmediata mitificación, llegaron muchos más que cantaron, compusieron, tocaron, dirigieron, filmaron tangos. Imposible no citar a Enrique Cadícamo, acaso el mejor letrista del género; a Enrique Santos Discépolo, acaso el escritor más profundo del género; a Homero Manzi, acaso el más poético del género; a Pichuco Aníbal Troilo, acaso el mejor arreglista del género; al Polaco Goyeneche, acaso la más callejera voz del género; a Susana Rinaldi, acaso la primera gran diva del género; a la Gata Adriana Varela, acaso la última grande entre tantos y tantas grandes.
Entre ellos, entre un mundo de cultores excelentes, buenos, regulares y malos de tango, vive hasta hoy ese “pensamiento triste que se baila”, como lo definió, con inmejorable literatura, la inteligencia de Discépolo.

miércoles, agosto 22, 2018

Terquedad del náhuatl














Llegué tarde al aprendizaje del náhuatl y acaso al aprendizaje de todo, pero eso no es obstáculo para disfrutar algunas de sus voces y considerarlas grato santo y seña de mexicanidad. Me gusta pues verlas aparecer en casi cualquier diálogo mexicano y concluir secretamente que en el comercio de esas palabras está buena parte de nuestra manera de comunicar. El caso de esta lengua y su arraigo en un país, México, nos permite ver al paso que la lengua vencedora no borra completamente la lengua del vencido: pese a que el español se impuso, el náhuatl dejó una enorme cantidad de palabras que hasta la fecha convive con nosotros y nos identifica.
Como bien lo sabemos, el español que traían Colón y sus hombres muy pronto comenzó a poblarse de americanismos. Se dice que la primera palabra del llamado “nuevo mundo” inmiscuida con el castellano —esto en el Diario de Colón— fue “canoa”, pues el almirante vio desplazarse a los aborígenes en almadías, hermosa palabra árabe, que renglones después designa con la palabra que oye a los nativos: canoa (hecha “del pie de un árbol, como un barco luengo y todo de un pedazo. Remaban con una sola pala como de fornero”, es decir, pala de hornero, de panadero). Como este sustantivo del taíno, otros han sobrevivido: “huracán”, “maíz”, “macana”, “caníbal”, “tiburón”, “hamaca”, todas palabras que pasaron a ser útiles en el castellano global.
Los pueblos originarios enriquecieron con algunas de sus palabras al español, y el náhuatl no fue la excepción. Repito por ello con frecuencia que el nahuatlismo más popular en el mundo es “chocolate”, dado que el producto al que designa es de uso mundial. Lo mismo, siento, pasa con “tomate”, y un poco menos con “chicle”, “aguacate” y “cacahuate”. Pienso que gracias a una caricatura, la del correcaminos, el nahuatlismo “coyote” alcanzó una presencia parecida. Similares a estos nahuatlismos, hay quechuismos famosos en todo el mundo como “pampa” y “cancha”, o guaranismos también populares: “tucán” y “maraca”. En este último caso, creo que la palabra guaraní más famosa en el mundo es yaguareté, que occidentalizada ha llegado a ser una marca de carro: “jaguar”. Para hacer este breve paseo me he ayudado de Historia de las palabras (Sudamericana, Buenos Aires, 2011), delicioso libro de Daniel Balmaceda.
Un libro menos difícil de encontrar es el Diccionario del náhuatl en el español de México (UNAM, México, 2008), coordinado por el maestro Carlos Montemayor. Fue dividido en varias secciones, todas sumamente atractivas: “Sección de nahuatlismos”, “Sección de herbolaria”, “Sección de toponimias” y “Sección de dichos y refranes”. En la última, por ejemplo, aparecen frases como “Caerle a alguien el chahuistle”, tan común entre nosotros cuando llega una visita inesperada o sucede alguna calamidad. Con frases como esta nos entendemos bien en México.

sábado, agosto 18, 2018

Un soneto total




















He dicho en muchas ocasiones sin exagerar que cuando puedo memorizo los poemas que me gustan. Es una forma de tenerlos siempre a la mano y de pensarlos/decirlos incluso en los pasadizos del entresueño. No son, por supuesto, muchos, pues mi memoria carece de fuerte adhesividad, pero los que más me llegan han quedado guardados al menos parcialmente en mi disco duro. Quise alguna vez retener, por ejemplo, “La suave Patria”, pero no lo logré; lo que gané, eso sí, es que a la menor provocación me lleguen estrofas completas y las declare entre dientes, casi en silencio y siempre asombrado por la inmensidad de esas palabras inalcanzables para cualquier otro hacedor que no fuera el inalcanzable Ramón López Velarde.
Los poemas que resguardo más fácilmente son los sonetos; esto es comprensible por la brevedad de las piezas y porque a final de cuentas las estrofas y las rimas se vinculan con la mnemotecnia. Entre los sonetos que más me gustan hay unos gemelos, es decir, son dos sonetos mellizos acuñados por Borges. Su título es enigmático, por numérico: “1964”, y esto hubiera bastado para que me agradaran, pues el 64 es el año en el que nací. Borges los compuso y los publicó al mismo tiempo, como si fueran un solo poema, y ambos se refieren a la frustración amorosa. Me sé los dos, pero el que más me gusta es el segundo: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa.  / Hay tantas otras cosas en el mundo;  / un instante cualquiera es más profundo  / y diverso que el mar. La vida es corta  / y aunque las horas son tan largas, una  / oscura maravilla nos acecha,  / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha  / que nos libra del sol y de la luna  / y del amor. La dicha que me diste  / y me quitaste debe ser borrada;  / lo que era todo tiene que ser nada.  / Sólo me queda el goce de estar triste,  / esa vana costumbre que me inclina  / al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”.
Más allá de la perfección formal, de los encabalgamientos y la belleza de las rimas, hay aquí una resignación ante la pérdida y no pocas ideas que hacen vislumbrar la pequeñez de nuestras penalidades frente a la eternidad. Todo es triste, exacto y hermoso desde la primera y tajante afirmación: “Ya no seré feliz”, lo que “tal vez” no importe, un “tal vez” que apenas disimula la certeza. Poco después viene este portento de imagen: “una / oscura maravilla nos acecha, / la muerte, ese otro mar, esa otra flecha…”. La muerte como un mar en el que nos liberamos de todo, de lo bueno y de lo malo, “y del amor” cuyo terrible envés es el “desamor”, también demolido al llegar el acabamiento. Luego, esta lápida: “lo que era todo tiene que ser nada”, y al final la resignación ante el advenimiento de la tristeza sólo engañada por la vana esperanza de rondar “cierta esquina”.
Visto así, a las carreras, parece un poema sencillo. Puedo asegurar que no, que tal perfección sólo ha sido deparada a unos pocos, poquísimos poetas.

miércoles, agosto 15, 2018

Con 100 pesos para comer











Hay dos caminos para comer muy mal: por exceso de recursos o por falta de. En el primer caso, cuando la plata sobra es posible que se incurra en desórdenes alimenticios vinculados sobre todo con la superabundancia de productos a merced de las mandíbulas. Es de alguna manera, a escala macro, lo que pasa en la obsesa sociedad norteamericana, precisamente obesa porque come mucho y mal, sin control. La segunda forma de comer mal es la cara B del fenómeno: muchas personas, familias enteras se alimentan mal, muy mal, porque no tienen recursos para procurarse comida adecuada, comen lo más barato y de baja calidad, y esto casi equivale a decir que comen lo que sea.
En México es más común, claro, la segunda vertiente: comer mal por falta de recursos. Si el salario mínimo mexicano para 2018 es de 88.36 pesos diarios, lo lógico es pensar que lo básico, comer, será cubierto precariamente. Dado que una familia de cuatro miembros no puede vivir con esa cantidad, es de suponer que se requiere mayor ingreso. Supongamos pues que el padre se dobletea de chamba (agarra “liebres”) o la mujer y los hijos salen también de casa en busca de dinero. Supongamos entonces que a diario pueden ingresar entre 150 y 200 pesos. Son casi dos salarios mínimos o poco más, así que en términos ideales eso debería alcanzar para cubrir la canasta básica.
Pero sigamos suponiendo. Si el pasaje del camión, en Torreón, cuesta 11 pesos por viaje, a los hipotéticos 200 pesos hay que restar 22, o 44 si son dos los usuarios. Quedan 182/156. Al ingreso hay que restar los servicios mensuales: gas, agua, electricidad, lo que, prorrateado durante el mes en cálculos muy conservadores, dejaría el ingreso diario en 100 pesos. Eso es lo que queda para comer, y al margen se colocan el vestido (resuelto con trapos de segunda), la salud (con servicio público si lo hay), el esparcimiento (con tele), la cultura (con nada).
Con 100 pesos al día es pues milagroso que coman cuatro. La carne de res molida, digamos, cuesta a 100 pesos el kilo, de manera que queda excluida en la dieta diaria. A lo mucho, se puede comprar cada tanto un cuarto de molida de baja calidad a 30 pesos, y debe ser preparada con muchas papas para que rinda. En la cantidad de dinero disponible cabe también un kilo de frijol (en promedio 20 pesos), un kilo de arroz (en promedio 20 pesos), un kilo o kilo y medio de tortillas (15 pesos el kilo), una Coca Cola de dos litros (25 pesos), un cuarto de chile serrano para la salsa (2.50 pesos). A esto hay que sumar otros insumos de compra más espaciada, como el aceite (25 pesos el litro más económico), los cubitos de consomé (12 pesos seis cubos), la sal (10 pesos un kilo).
Como podrá notarse, los 100 pesos disponibles para comer apenas ajustan para malcomer tres veces al día. En este caso debemos prescindir de carnes, lácteos, cereales, frutas y otras delicias suntuarias. Remarco aquí que los productos alcanzables con el presupuesto mencionado tienen que ser necesariamente los de más bajo precio y, por ello, de menor calidad. A diario, mucho frijol, mucho arroz, mucha tortilla, mucho chile, mucha Coca Cola y mucho aceite barato son las bases de una dieta que desafía al salario mínimo. Con 100 pesos es asombrosamente posible —a costa de una monotonía atroz y daños irreversibles a la salud— seguir en pie para conseguir los 100 pesos del día siguiente.

sábado, agosto 11, 2018

Reyes humano















“Para ti es fácil”, me dicen con frecuencia quienes no escriben. Piensan erróneamente que escribir es, para uno, como enchilar gordas. Se equivocan. Salvo para algunos pocos privilegiados, escribir es una actividad que comporta tercas dificultades, serios dolores de parto. Nada más inquietante que una cuartilla (hoy monitor) en blanco, razón por la que no es nada infrecuente que los proyectos serios de escritura, los que aspiran al privilegio de la publicación, se demoren y a veces terminen por salir como jalados por un tirabuzón torpe y obstinado.
Me pasa pues que, como a la mayoría e indefectiblemente, escribir siempre es una actividad no ajena al disgusto. Quiero suponer que eso se debe, entre otros motivos, a que no es frecuente el casamiento de las expectativas con los resultados: uno tiene una idea más o menos redonda en la cabeza y a la hora de materializarla en el disco duro tal idea se torna esquiva, tan escurridiza que nos arrincona poco a poco en la frustración del cazador burlado por la liebre. He aprendido, sin embargo, a lidiar y a convivir con ese sentimiento: el de las expectativas altas y los resultados insatisfactorios. El consuelo, al final, es que uno hace lo que puede, no lo que quiere.
Por eso mi asombro al hallar, en un libro que leo por estos días y quiero reseñar dentro de poco, una confesión de Alfonso Reyes asentada en la intimidad de su diario. El polígrafo regiomontano se refiere en ella a los dolores de cabeza que en cierta oportunidad le provocó un texto. Hasta antes de leerla yo pensaba que el autor de Visión de Anáhuac jamás había sufrido para desahogar palabras, párrafos, cuartillas como quien arroja tortillas al comal. Con una producción bibliográfica como la que nos legó, es decir, descomunal, Reyes me dio siempre la impresión de que era un engranaje perfectamente aceitado para no sufrir a la hora de fraguar textos.
Pero no. Aunque quizá menos que el común de los escritores, Reyes también sufrió, como podemos notarlo en estas palabras: “Llevo como 10 días encerrado en casa, consagrado a la monografía sintética ‘Las letras patrias’ concebido por el secretario de Educación Jaime Torres Bodet, que hay que hacer a toda prisa: México y la cultura. Me ha costado mucho esfuerzo concebirlo, y lo he atacado tres veces, guardando los dos estados anteriores de lo que ya llevaba hecho sobre el siglo XVI, pues ha de caber todo en 100 páginas a máquina. Ni como ni duermo. ¡Terrible! Abandoné todo lo demás” (en Una amistad literaria. Correspondencia 1942-1955, FCE-Colección Tezontle, México, 2018, 431 pp.)
Casi da gusto que el indetenible Reyes también haya sufrido alguna vez durante el acto de escribir. Lo digo por la admiración que le guardo, pues lo consideraba una especie de semidiós. El párrafo citado me dejó ver que a veces fue humano, tan humano como cualquiera de nosotros.

miércoles, agosto 08, 2018

Más allá de Rusia
























El futbol es ya una fuente importante de literatura. De no ficción principalmente —reportajes, ensayos, biografías…—, pero también de ficción, es decir, de textos que apoyan su valor en el plano de lo estético, de lo imaginativo. En este caso último se encuentra Once cuentos rusos (Ficticia, México, 2018, 164 pp.), libro colectivo que, como su título advierte, convoca una alineación de once jugadores sobre la cancha de papel, equipo armado por el narrador y DT Marcial Fernández.
No es el primer libro futbolístico de Ficticia. De hecho, este sello tiene una “Biblioteca del Futbolista” que sin duda es el emprendimiento mexicano más serio en la materia. Entre otros, han publicado aquí el entrenador argentino Ángel Cappa y al ex portero mexicano Félix Fernández Christlieb, y la colección ha sabido deambular entre los géneros del ensayo, la crónica, la memoria y el cuento.
El más reciente título de la mencionada biblioteca es otra buena muestra de lo viable que es el pretexto del futbol para narrar historias. Esto lo digo como adicto al futbol, pues supongo que los cuentos de este libro son más disfrutables en la medida en que el lector es igualmente pica del asunto. No significa, sin embargo, que quien se sienta ajeno a tal gusto vaya a encontrar indignos los relatos contenidos en el racimo. La explicación de esta certeza, lo he dicho siempre, es simple: los cuentos son atractivos porque, como en otras ficciones futboleras, en los Once cuentos rusos este deporte es un detonador, el marco en el que se despliegan historias espesas de humor y vida humana.
Como es un libro múltiple resulta difícil establecer sus coordenadas temáticas en el palmo de este espacio. Baste decir que Naief Yehya narra la insolencia de perderse un partido de la selección por culpa de un perro; que Gustavo Marcovich cuenta un desdoblamiento del personaje protagónico que sustituye a un conserje-fanático futbolero; que Luis Aguilar introduce el tema de la homosexualidad en un sudoroso vestidor; que Federico Fernández Christlieb describe las peripecias de un equipo perfectamente entrenado para perder; que Pedro Serrano reconstruye la vida de la adolescencia y el futbol al aire libre; que Gabriel Martínez Bucio ingresa a la mitología del barrio y sus milagros; que Juan Manuel Orbea arma un mecano en cinco voces; que Eduardo Ruiz Sosa deambula por Brasil y los rescoldos del inolvidable Garrincha; que Jesús Ramón Ibarra nos aproxima a la peculiar existencia de un jugador “decolorado por las lesiones y la falta de estrella”, y que Marcial Fernández urde el más experimental de los relatos, un juego donde acopia mensajes parecidos a los del chat, cartas y otros trucos. Yo colaboré con un cuento, “Mancha sobre mi padre”, sobre un jugador caído en desgracia.
En suma, sé que este libro les hará pasar un buen momento más allá del mundial Rusia 2018. Ya di sus generales. Me dará gusto que lo busquen.

sábado, agosto 04, 2018

Entre las teclas (disponible)




















Como Tolvanera de palabras, libro publicado en este 2018, Entre las teclas, periferia del oficio literario también está a merced en la librería El Astillero (Morelos entre Leona Vicario e Ildefonso Fuentes, Torreón). Su tiraje fue pequeño, casi de autoconsumo, así que muy probablemente se agotará de un soplido. Para que se vislumbre su contenido, dejo aquí parte del prologuito:
“Escribí muy deliberadamente poco más o poco menos de la mitad de este libro, y tiempo antes la otra había salido sin proponérmelo, movida por el viento del azar. Un día noté que cierta serie de piezas publicadas en mi columna tenía como tema de fondo un asunto que denominé vida literaria, y eso me dio la idea de escribir, ahora sí con toda intención, otros tantos apuntes que deambularan por el mismo rumbo hasta reunir el puñado de cuartillas necesario para componer un libro, éste. No son, ya se podrá ver, solemnes, pero tampoco se tiran de panza a la piscina del relajo. Tampoco arman un libro de regañones consejos ni nada que se le parezca. Desean a lo sumo, así las pienso, compartir una mirada personal, la mía, sobre algunos gestos cercanos al trabajo literario en tanto forma de pasar la vida cercado y habitado por las palabras.
Imaginé al lector modelo de estas páginas y no se me ocurrió otro mejor que el ubicado todavía en la juventud. Un joven escritor es la persona que aquí busco. Quizá a ese lector puedan servir mis ideas no tanto como brújula, sino como simple y tal vez emborronado croquis para orientarse en algunas zonas de la ciudad literaria. Al escribir me recordé joven y creí que en aquel lejano tiempo me hubiera gustado saber algo de lo que comento ahora que ya estoy bien entradito en años, casi pisando los de Aquiles a la tercera edad. Por ejemplo, entender la importancia de los títulos, vislumbrar qué tanto es necesario escribir al día para no autodesterrarse del oficio, de dónde agarrar temas, considerar si existe la inspiración o el texto sólo sale a punta de abnegada talacha. En fin, todo eso, o algo de eso que, como ya dije, constituye parte de la vida literaria y sus inmediaciones.
Lo he subtitulado periferia precisamente porque no indaga en el hueso de la actividad literaria, es decir, no es lo que los antiguos llamaban preceptiva, un manual para inmiscuirse en los géneros, por otro lado habitualmente inútiles o casi inútiles (me refiero a las preceptivas). Alguien dirá que mis apuntes son meras generalizaciones, y estaré de acuerdo, pues en materia de creatividad todo tiene sus asegunes y es imposible suministrar recetas. Quien las desee a la hora de escribir, que cambie la computadora por la estufa.
Como en muchos casos o como en casi todos los casos relacionados con lo que escribo, he dudado y sigo dudando sobre la puntería de mis afirmaciones. La seguridad al decir algo, si la hay, es siempre una falacia, la fachada que uno se inventa para no parecer lo que es: un pobre diablo vacilante.
No añado más, sólo mi propósito de no aburrir y haber escrito bien lo que he pensado y hoy comparto (con las mismas moderadas —por no decir nulas— esperanzas de siempre) en este racimo de papel”.

miércoles, agosto 01, 2018

Esas malditas llamadas
















Publiqué ayer en mis redes este post: “Por una política de autodefensa suelo no contestar llamadas telefónicas cuyo número no tenga registrado. Si alguien nos necesita con urgencia, pienso, para contactarnos antes de hablar tiene los caminos del Whatsapp, chat de FB, SMS, mail, MD de Twitter y demás. Hoy, contra mi costumbre, contesté una llamada proveniente de un número desconocido, el 5587416132. Se trataba de una extorsión con amenaza de secuestro. La voz de angustia inicial fue tan sorpresiva que sí me asusté, y mucho, pero por suerte pude maniobrar, corté rápido y comprobé que no pasaba nada mediante una llamada a otro teléfono”.
Es la primera vez que me pasa esto y se debió a un descuido, pues contesté a un número no almacenado en la memoria de mi teléfono. La técnica del delito es bien conocida: de repente recibí la llamada, contesté y por el auricular salió una voz angustiada en este caso de mujer. Como horrorizada, soltó siete u ocho palabras que por desagradables no reproduzco textualmente. Se trataba de un supuesto secuestro. Luego, sin cortar la llamada, se puso al teléfono un sujeto que con voz firme aseguraba tener a la víctima y poder lastimarla. Creo que maniobré bien para suspender el diálogo y marcar, obvio, a otro número para asegurarme de que nada había pasado.
La lógica de esas llamadas es marcar para ver quién pica el anzuelo. Si le llaman a una persona sin hijos y la primera frase que oye es “¡Papá, ayúdame!”, la extorsión se derrumba desde allí. Pero si da la casualidad de que el tal papá es en efecto papá de una joven, el oído tiende a asociar la voz querida con la voz embusteramente aterrorizada que sale del auricular y luego seguir la conversación con el delincuente que sin demora comienza a proferir amenazas y órdenes.
Yo oí la voz angustiada y de inmediato hice la monstruosa asociación. Tres segundos después desperté del aturdimiento para pensar que no, que esa no era la voz querida. Tras colgar y certificar que todo estaba bien, saqué algunas conclusiones que supongo cualquiera saca tras un sacudimiento de esta ruin naturaleza. El primero, y básico, es no contestar jamás llamadas de números desconocidos, menos si proceden de otras zonas y no tenemos mucho qué ver con lugares lejanos. El segundo, saber que si alguna vez contestamos esas llamadas (por error, prisa o lo que sea) conservar la calma y reflexionar de inmediato en el tono de la voz supuestamente querida. El tercero, en caso de duda buscar pronto a la persona teóricamente amenazada. El cuarto, denunciar de inmediato, al menos en la redes sociales, el número. Y el quinto: instruir a la familia sobre la manera de actuar en estos y otros casos.
Lo más importante, siempre, es mantener la calma y poner los cinco sentidos en el asunto. Nunca es fácil, pero ya estando en eso hay que intentarlo.