sábado, febrero 24, 2018

Bisutería de la fama




















Comercial de Banamex. Llega un tipo a un vestidor de hombres (hay lockers al lado) y otro se asombra: “¿Y eso?”. La pregunta se refiere a la gorra que porta el recién llegado: está rotulada con los logos de Telcel y CitiBanamex. El tipo responde: “Me la regaló mi amigo Checo Pérez”. Al decir ese nombre, el otro se asombra todavía más. Luego aparece el auténtico Checo Pérez para decir que ha olvidado firmar la gorra; el tipo del vestidor, ya de por sí asombrado, mira con arrobo al gran Checo. El anuncio continúa con una breve narración sobre las bondades de no sé qué producto, y al final Checo Pérez aparece de nuevo a cuadro, esta vez solo, y dice que si compras no sé qué, te ganarás más boletos “o una experiencia conmigo”. Luego de verlo sentí lástima de sólo imaginar a dos tipos reales emocionados ante la posibilidad de tener una experiencia con Checo Pérez. Eso, creo, suena lógico en un quinceañero o una quinceañera que desean conocer (“tener una experiencia”) con Selena Gómez o Justin Bieber, no en un par de verijones que se derriten ante la fama. ¿El mundo ya es así? ¿Es común que dos tipos de 35 o 40 años se ilusionen con la posibilidad de conocer a “un famoso”? Si es así, qué pena.
Esta descripción permite ver hasta dónde se ha alimentado la superstición de la fama. Y peor todavía: de la fama ganada a punta de frivolidades. Creo que fue Cioran en su Breviario de podredumbre quien afirmó que la fama es una vulgaridad. Pero no importa si fue el rumano quien dijo eso: lo cierto es que, en efecto, la fama, cualquier fama, es una vulgaridad. Hoy llegamos al colmo: si antes la fama era conquistada por héroes o villanos que arriesgaban el pellejo para conquistarla, pasamos a la fama puramente mediática de los cantantes o los deportistas, seres que en ciertos casos pueden forrarse de millones en función de una fama vinculada sobre todo a los aparatos de mercadotecnia que, prestos, la traducen en ganancias. Estas famas modernas parecían la Última Tule a la que podía llegar la popularidad, pero ocurrió un fenómeno que rizó el rizo: la fama puede conseguirse con solo existir, y allí están los casos de los y las, sobre todo las, socialités que en canales de paga y redes sociales atolondran, sin hacer nada, los sentidos de millones de personas. Hay casos de chicas que con fotos voluptuosas en Instagram llegan a públicos que jamás pudo soñar cualquier otro cabezahueca de la historia.
En fin. El mundo, como nunca, inclinado ante La Nada.