sábado, julio 22, 2017

Término medio












Esta es una declaración de Hernán Ronsino, narrador y ensayista de Buenos Aires: “A lo largo de un mes estuve en una residencia de escritores, en el norte de Francia. Fue una experiencia increíble. Éramos tres escritores en el medio del campo. Viviendo en condiciones fabulosas. Sólo teníamos que preocuparnos por escribir. Prácticamente, eran las condiciones ideales de escritura para un ideal romántico, claramente: el campo, el aislamiento, el silencio. Pero no pude escribir nada. Sólo me traje la escena final de la novela que estoy trabajando ahora. La escena final la percibí con mucha fuerza. Recién pude ponerme a trabajar intensamente en la novela cuando volví. Es decir, algo de las condiciones de producción que necesito incorporan la figura de lo doméstico, del caos doméstico, con sus distracciones, sus interrupciones, con la biblioteca propia. La escritura sucede ahí en ese mundo íntimo y genuino.
Desde que tengo inquietudes literarias he visto que casi todos los escritores son estrujados por la tensión comodidad-incomodidad en relación con sus ritmos creativos. Cuando padecen alguna sequía se quejan de los oficios extraliterarios y de allí se agarran para exculparse: “No he escrito nada porque estoy dando muchas clases”, “Hace mucho que no publico porque nació mi segundo hijo y tengo más trabajo”, “Me pagan muy poco y por eso soy multichambas”. La “figura de lo doméstico”, como dice Roncino, con sus fuertes implicaciones laborales abruma al escritor y lo paraliza al grado de, a veces, erosionarlo y convertirlo en una máquina fabricante de pretextos.
Otro tanto sucede con el confort. Cuando llega, si es que llega y si es que antes se le ha esperado con ansia, supone un excedente del (supuesto) más preciado bien en la vida del escritor: el tiempo. Sin los oficios periféricos para conseguir el pan, el escritor puede pensar en paz, convocar a sus fantasmas y convertirse en arquitecto de su propio destino literario. Pasa sin embargo, a veces, que la comodidad absoluta seda y que los problemas terminan por hacer algo de falta para dotar de densidad humana el paso de los días. No ocurre con todos, claro, pero sí con aquellos escritores débiles y no muy aptos para la disciplina oficinesca, que en el confort pierden el vuelo y pasan sin más a entregarse discepoleanamente sin luchar, a dejar que los días se escurran en el letargo de la pura contemplación.
Tras la muerte de Carmen Balsells, Vargas Llosa o no sé quién recordó que en algún momento la agente literaria preguntó al peruano en qué trabajaba, a lo que el autor de La tía Julia… respondió con una sarta de actividades vinculada al difícil arte de sobrevivir. La “superagente” CB, como la llamaron, le dijo que abandonara esos trabajos, que ella le pasaría un subsidio mensual y que se dedicara sólo a escribir. Ignoro si eso se dio así, tal cual, pero no que el Nobel alguna vez organizó su vida casi exclusivamente para teclear y no morder los siempre atractivos anzuelos del ocio o “la bohemia”, como todavía denominan algunos a la adicción por la francachela.
En ningún caso, concluyo, es sencillo arrear palabras. Si se cuenta con todo el tiempo gracias al dinero (una beca, un mecenazgo, una herencia, un papi interminable), no falta que el oleaje de la tranquilidad lo arrastre todo, adormezca el cerebro y haga al fin pomada las alertas del creador. En el otro flanco, el escritor acosado por mil oficios y acreedores no halla cancha para hacer lo suyo en paz, y, cuando al fin se abre un resquicio, no falta que su zozobra de damnificado obstruya el fluido de párrafos o versos. Lo ideal, si es que puede haber algo “ideal” en esto, es una mezcla equilibrada de holgura y apremio materiales, que el escritor se mueva en una franja de cierta incomodidad que lo apegue a la vida real, pero que al mismo tiempo le permita pagar su renta y su mandado a tiempo para que en los días venideros haga lo que debe hacer, escribir, sin el acoso del hambre o del casero, respectivamente.