miércoles, junio 07, 2017

Las otras cuentas













“Si algo está claro es que nada está claro”, escribió recién Mempo Giardinelli en un artículo. Se refería a otro asunto, pero la frase cuadra a los resultados de nuestra reciente jornada electoral. No han bastado los miles de millones invertidos en el arbitraje para dar certeza a los numeritos finales, así que en lo electoral, como en todo lo que hace a la vida nacional, vivimos apoyados en una mesa con dos patas, siempre con la acritud de no saber bien a bien si el que ganó, ganó de veras, ni si el que perdió, perdió efectivamente o le birlaron el mandado mientras compraba la champaña.
Ya va para largo el desfondamiento de las autoridades electorales. Salvo en aquellos comicios en los que se anticipa un clarísimo ganador, en todos los demás quedan sembradas más dudas que certezas y todo se deja en manos del olvido, que todo lo cura, o de tribunales igualmente cuestionados, ámbitos que no por bien pagados están exentos de maiceo adicional. En suma, sólo basta una carrera parejera de dos cuacos para que haya problemas a la hora de determinar al ganador, como si los instrumentos de medición no costaran una millonada.
Por esta razón es hora de quitar del control, para empezar, a los institutos electorales estatales, espacios convertidos ya, tanto como los congresos locales, en plastilina de los gobernadores. Ellos les dan la configuración que se les antoja, la que más conviene a su principal interés: heredar el cargo a quien les cubra los balazos de la retirada. Por eso tanto en Coahuila como en el Estado de México se vio lo que se vio, un cúmulo de marrullerías que no deja dudas acerca del perfil plenamente delincuencial en el que se mueve, sobre todo, el priísmo proveniente de otra era geológico-electoral.
Más allá de los madruguetes que en México son obligado adobo poselectoral, hay evidencia de sobra para vislumbrar que estamos ante las puertas de una rebatinga. En Coahuila al menos, el PAN, Morena y el independiente Guerrero se han imbricado en una especie de arrejunte contranatura para tratar de demostrar lo que en efecto ocurrió: que sus tres cuentas se parecen entre ellas y no coinciden con la del PRI. Mucho harán si juntos o separados, como sea, logran un recuento y a partir de allí un veredicto que dé certidumbre a la ciudadanía; hoy más que nunca en Coahuila es necesario que gobierne el que ganó, no el que ha madrugado con sumas unilaterales.

Nota: Ayer en la tarde escribí esta croniquita luego de la marcha convocada a propósito de la elección del 4 de junio. La pego también aquí:

Llegué a la Plaza Mayor poco después de la hora señalada en la convocatoria. El calor, nuestro maldito calor de junio, pegaba con sus habituales latigazos en el agobiado pellejo de los laguneros que en buen número cubrían parte de la plancha color plomo. Destacaban las vestimentas blancas y cierto look, digamos, panista y embanderado, poco hecho a bajar de las Explorer y las Cadillac para caminar el centro histórico a esa hora y en esta terrible época del año.
Un templete improvisado, improvisado como todo lo que rodeaba esa "marcha por la dignidad de Coahuila", se confundía con la muchedumbre. Un orador lanzaba un discurso que sólo oían pocos alrededor, pues el sonido quedó corto. Media hora después el tumulto avanzó por la Matamoros hacia el oriente, con rumbo a la alameda. Por allí vi una patrulla de tránsito que, afanosa, cumplía con la labor, no sé si llamar republicana, de sacar video con un celular manipulado desde la ventanilla.
En el camino de la marcha se desgranaban consignas no muy enfáticas, pues los laguneros no somos precisamente desinhibidos para gritar en las calles como lo hacen, por ejemplo, los chilangos. Acá todavía somos rancheros. Pese a eso y pese al panismo poco acostumbrado a marchas y concentraciones populares, no dejaron de escucharse acusaciones a Moreira y a Riquelme, además de un insólito “voto por voto, casilla por casilla”.
Al final, ya en la alameda, la larga fila de inconformes se fue dispersando ante la falta de templete y de dirigencia que le diera orientación al acto. Se trató, pese a la desorganización explicable a partir de la premura, de una manifestación tan legítima como necesaria, pues si algo no ha quedado claro, más allá de quien haya resultado ganador, es el recuento preciso de los votos emitidos por miles de coahuilenses que con absoluto derecho demandan hoy algo que se supone estamos buscando desde hace décadas: claridad en los comicios, respeto al voto de la mayoría.
El país se nos está escapando de las manos y todavía no sabemos si quienes nos gobiernan son o no son quienes nosotros elegimos. El eterno retorno.