sábado, abril 29, 2017

Vivir siempre mermados















Enrique Serna publicó recién en Letras Libres un texto estremecedor titulado “Explotación del consumidor”. Pese a su brevedad, puedo considerarlo ya el último clavo que pongo en el ataúd de mi relación con el consumo. No quiero decir (no estoy loco) que dejaré de comprar todo cuanto habita en la publicidad y los aparadores, pero sí que radicalizaré mi ya de por sí severa relación con muchos productos y servicios que constituyen en México una forma torrencial de ganancias para muchos delincuentes famosos por su respetabilidad.
“La explotación del consumidor es un fenómeno mundial, pero en países con altos índices de impunidad, como nuestra suave patria, está cobrando visos de pesadilla. Teléfonos de México, por ejemplo, acumula enormes botines con los cobros de servicios no solicitados por su clientela”, dice Serna, y en seguida pasa a reseñar algunos de esos casi invisibles cobros que los bancos y otras empresas encajan a los clientes y terminan siendo verdaderas alfaguaras de riqueza.
En un país como el nuestro, arrasado por la susodicha impunidad, es pan diario ser asaltado sin violencia. De a pesito en pesito, los tiburones de innumerables empresas hincan los colmillos en la clientela, y cuando algo puede ser regulado sucede que los dueños del balón —los bancos son expertos en esto— hacen el lobby que no puede hacer la ciudadanía representada por legisladores entreguistas, fácilmente comprables.
Mi deseo, pues, es no firmar más contratos, sacar la vuelta a la letra chiquita como si tuviera peste negra, y comprar sólo lo estrictamente necesario. Y más allá de los contratos, es irritante saber, por ejemplo, que unas palomitas grandes en el cine cuestan más de cincuenta pesos y en la vida real no costarían ni cinco, o que una camisa valga dos mil pesos sólo porque ostenta la estupidez de una marca, o que un coche nuevo se deprecie 30% cuando se recibe la factura, antes incluso de conducirlo por primera vez.
Aun radicalzado, sin embargo, es imposible escapar del abuso. Hace poco un joven grabó el robo del que fue víctima en una gasolinera: pidió tanque lleno y le surtieron 56 litros; luego, manual en mano, demostró que a su coche sólo le cabían 46, diez menos. Fue un caso de agandalle extremo, pero si lo hubieran esquilmado con medio litrito no lo habría notado, dejaba la ganancia extra y fin. Así nos merman con el gas, la luz, todo, en este país patasparriba.

miércoles, abril 26, 2017

Cine amateur












Urgido por la legítima necesidad de arrimar simpatizantes, Morena ha abierto sus puertas a cualquiera que lo solicite. Esto ha permitido la llegada de muchos hombres y mujeres genuinamente inconformes y esperanzados, y de otros tantos que ven en el joven partido una renovada oportunidad para hacer business. En cualquier caso Morena la tiene peliaguda: si se cierra, será acusado de sectario, de coto exclusivo para unos cuantos elegidos; si se abre, como lo ha hecho, será tildado de ligero y permisivo, con las consecuencias que ya vemos: nuevos militantes cuyo expediente no permite vislumbrar más que problemas. Morena está entrampado, pues, en una disyuntiva rumbo al 2018, y aunque ha optado por el camino de un aperturismo indiscriminado, tiene todavía tiempo para rectificar con dispositivos que permitan, al menos, una selección rigurosa de sus candidatos.
Si ya Yunes Linares había filtrado algunos audios que no sirvieron para reverenda sea la cosa, la extrema laxitud de Morena a la hora de acoger adeptos ha provocado ahora el primer gran torpedo en su contra: el video de la candidata Eva Cadena recibiendo mazos de billetes muy enfáticamente donados a López Obrador. Algunos opinólogos de la prensa nacional, como Loret, analizaron el peculiar documento, pero un experto en política y un puberto podrían llegar a la misma conclusión: el cuatrito tiene tanta facha de cuatrito que no resiste ni la visualización completa del video. Cuando, desde el principio y con el fin de que quedara buen registro fílmico de la maniobra, la persona que entrega la plata procede fajo tras fajo y reitera que todo es para López Obrador, uno termina por pensar que en el mejor de los casos la diputada de Morena es una tarada y los amateurs que produjeron el video requieren asesoría urgente de Cuarón o de González Iñárritu.
A estas alturas, por otro lado, es increíble que no se hayan afinado los reflejos políticos de Morena y de su líder ante la frecuencia de esos golpes. AMLO debió declarar, en efecto, que la mafia en el poder y blablablá, pero también espigar algunas palabras, así sea tenuemente autocríticas, sobre la necesidad de examinar a sus militantes, principalmente a quienes aspiran a alguna candidatura o son ya candidatos.
Aunque se han gastado y ya, por flagrantemente distorsivos, son poco verosímiles, los madrazos de esta índole seguirán. La fiesta apenas comienza.

sábado, abril 22, 2017

Los cachorros, medio siglo




















Tres veces he leído Los cachorros, novela corta publicada en 1967, hace cincuenta años. Mario Vargas Llosa la escribió, supongo, casi como un divertimento, como un experimento articulado entre dos de sus novelas mayores, La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969). Poco antes, en 1963, se había estrenado como novelista con La ciudad y los perros, su primera obra maestra. Así entonces, antes de llegar a los 35 años ya había escrito y publicado tres de los libros más importantes del boom, y en esa suerte de trinidad deslumbrante fue incrustada Los cachorros.
No puede pensarse que este libro se ubica a la altura de las muchas grandes novelas creadas por el peruano, pero sin duda se trata de un relato estimable. La primera lectura que le hice se dio en una de sus primeras ediciones; en mi época más vargasllosista, cuando comencé mi admiración (que era ya la de miles) a la obra ficcional del peruano, supe de Los cachorros, busqué el libro, y, aunque parezca increíble, no lo hallé en Torreón. Fue entonces cuando se lo pedí a Saúl Rosales, quien me lo prestó y a quien lamentablemente se lo devolví. Tras recorrer esas páginas, allá por 1987 u 88, quedé deslumbrado.
La historia es sencilla: un casi adolescente de clase media, Cuéllar, estudia en un colegio marista de Lima, donde, además de obtener buenas notas, es integrante del equipo de futbol de su salón. Luego de un entrenamiento, los jovencitos corren a las duchas y es allí donde a Cuéllar, desnudo, lo ataca el perro gran danés de la escuela, que escapó de su jaula. El animal lo emascula, lo castra de un mordisco. Cuéllar no sufre mayores daños, se reintegra al colegio, pero ahora debe vivir su vida de hombre en un entorno que no ignora la pérdida, que sabe que no tiene “pichula”, palabrota peruana que sirve o servía para designar al pene. Lo que sigue, para el lector, es ver la evolución del personaje, de “Pichulita” Cuéllar, como lo apodan, hasta llegar a un desenlace casi inevitable en el contexto social donde se despliega la trama.
Pero más allá de la anécdota, lo que me asombró, y me sigue asombrando, es la composición formal de la novela, su narración en primera y en tercera personas del plural ensambladas simultáneamente. Esta es una técnica que sólo puede usarse una vez, la que habilitó MVLl en Los cachorros, novela ya cincuentona pero, sin duda, fresca todavía.

miércoles, abril 19, 2017

Capturas sin épica













“Épico” es un adjetivo que los jóvenes usan actualmente con perseverancia y vacuidad.  En sus tres primeras acepciones el lexicón de la RAE le da estos significados: “Perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica”; “Dicho de un poeta: Cultivador de la poesía épica” y “Propio y característico de la poesía épica, apto o conveniente para ella. Estilo, talento, personaje épico”. En la cuarta acepción, eso sí, plantea que se trata de un adjetivo ponderativo que significa “Grandioso o fuera de lo común. Un esfuerzo épico. Una comilona épica”. Hoy, ya lo insinué, tiende a ser usado coloquialmente para calificar algo “Grandioso o fuera de lo común”, aunque lo adjetivado de esa forma sea cualquier hecho bobo. El rollo es decir que ahora todo es “épico” casi con el sentido de que estuvo “chido”.
La épica, en cualquiera de los sentidos arriba mencionados, incluso en el tontolón del habla juvenil, no se dio en la reciente captura del ex gobernador de Veracruz. Las imágenes que todos pudimos ver no muestran un despliegue de fuerzas especiales ni escondites secretos donde se ocultaba la presa. El estilo antiguo de las capturas con producción televisiva ya está desacreditado, así que en estos tiempos será difícil ver, oh viejas glorias de la pantalla chica, operativos como el montado para echar el guante a la Quina o, mucho más cerca, para rescatar a Romano o prender infinitamente al Chapo. Esta vez se impuso la mesura: en un lujoso hotel de Guatemala, sin sobresaltos y pasando por el lobby como quien camina por la plaza, Duarte de Ochoa avanza esposado junto a dos jóvenes policías, sube a una camioneta, posa sonriente para los memes, y fin.
Parece pues que estamos ante un nuevo paradigma de captura: el de Yarrington sin imágenes y el de Duarte sin alharaca, como si el énfasis del ruido en los operativos fuera un elemento que de antemano quedara desestimado porque asimismo de antemano se sabe que despertará la suspicacia del respetable público. Quizá tienen razón quienes bajaron el voltaje del morbo: ya nadie se traga las acciones justiciaras de estilo Rambo y ahora, principalmente en el caso de Duarte, lo importante no es la captura en sí, sino el uso político que se le va a dar, como ya lo dejó ver, hace varias semanas y con pruebas irrefutables que no probaron nada, Yunes, el nuevo peligro para Veracruz.

sábado, abril 15, 2017

Feudos estatales












Agustín Basave añadió una “u” y con eso amonedó una palabra-alebrije que le viene muy bien al México actual: “feuderalismo”, que en síntesis se refiere a un país, el nuestro, dividido en feudos que en muy poco se diferencian de los medievales. En ellos manda un Señor (uso la mayúscula para que consuene con el estilo oscurantista) que extrae toda la riqueza posible sin más límite que el que demarque su ambición. Este régimen ha echado por los suelos al federalismo que supone el interés armónico de tres estratos de gobierno: el federal, el estatal y el municipal. Sin que se salven en su voracidad, el primero y el tercero parecen poca cosa junto a las trapacerías que hoy más que nunca cometen los gobernadores.
Insisto: sin que el gobierno federal y los municipales puedan ser eximidos de culpa, los estatales han venido demostrando que atraviesan por su época dorada. Tengo para mí que el fenómeno despuntó desde el zedillato, cuando la figura presidencial, omnipotente todavía hasta Salinas, comenzó a perder peso, a diluirse en sujetos ora grises, ora ignorantes, ora obsesivamente crueles, ora zafios. Mientras un presidente los mantuvo en cintura, los gobernadores podían hacer de las suyas con buen margen de maniobra y hasta enriquecerse para toda la vida y la de muchas de sus generaciones sin que se notara, nomás lo estrictamente necesario. Hay casos como el emblemático de Flores Tapia en los que el propasamiento devino jalón de orejas y hasta caída para frenar el exceso. Aunque suene indeseable, el teatro era controlado desde el centro, y los gobernadores sabían a qué atenerse.
Ahora parece que eso ya no existe, que pasamos de un desequilibrio a otro igualmente nocivo o quizá peor, pues la corrupción extrema, al pulverizarse, termina por habituarnos al escándalo diario de cada estado. Los gobernadores de esta hora no tienen llenadera y en apariencia no hay modo de fiscalizarlos. Más allá de simulacros excepcionales como el de Padrés, los gobernadores sangran las arcas públicas, se vinculan con la delincuencia, controlan a la prensa con plata o plomo, crean cuerpos parapoliciacos que siembran el terror, y al final, cuando terminan sus rapaces mandatos, tratan de cuidar la retirada con algún delfín o de plano se fugan como lo que son, prófugos de la justicia desde que ejercían en sus casas de gobierno.

miércoles, abril 12, 2017

Del juego colectivo















Desde hace pocos y orgullosos años, casi diez, gozo la amistad de Alejandro Dolina. Es una amistad distante, pues el Negro, como le dicen, vive en Buenos Aires, donde es un tipo apabullantemente famoso por varias razones: un programa radiofónico nacional ya mítico, entrevistas a pasto en radio y en televisión, alguna aparición en teatro y, no puede faltar en esta lista, varios libros que han corrido con merecida buena suerte. Decía que es una amistad distante en el aspecto geográfico, pero no por ello en el afectivo. Respeto, admiro y quiero a Dolina, y creo no equivocarme si digo que él me estima bien, que soy quizá su amigo mexicano más próximo.
Opinador lúcido y lúdico de todo, para observar sabe colocarse sin falta en un mirador que no por diferente es excéntrico. Siempre que lo escucho, siempre que lo leo, tengo la incómoda impresión de que lo comentado por él estaba allí, a la mano de quien fuera, incluido yo, pero que a nadie se le ocurrió reflexionarlo de esa forma. Es como si el Negro pensara siempre por un camino lateral al que recorre la mayoría, pero no necesariamente remoto. Por eso, cuando aquí y allá me topo con alguna de sus ideas, digo inevitablemente “caray, eso debí pensarlo yo, es tan evidente y lógico”.
Este sentimiento lo experimenté cuando leí, hace ya más de diez años, un relato suyo algo conocido. Lleva por título “Instrucciones para elegir en un picado de futbol” (“picado” es en Argentina lo que para nosotros es “pica”, “cascarita”). Es un texto brevísimo y conmovedor, pues en una baldosa nos gambetea para encaminarnos hacia la reflexión de asuntos trascendentes: la amistad, el trabajo colectivo, el destino, la solidaridad, el triunfo, la derrota. Lo recordé y lo cito porque siento que es harto jodido lo que está pasando ahora: los vientos de la educación exitista que soplan en el mundo nos han convencido de que no hay nada más allá, o más acá, de la victoria, que ganar es lo único que existe, que quien pierde no merece ningún respeto. Bien mirado, no está mal desear el triunfo, pero tampoco está mal saber perder, aprender a asimilar las derrotas como parte inherente, querámoslo o no, de la vida.
Las derrotas suelen ser frecuentes cuando trabajamos solos y quizá lo son más cuando tratamos de conseguir el triunfo en un equipo donde es necesario armonizar estados de ánimo y talentos. Lo comento de nuevo por el caso Messi. ¿Nos hemos puesto a pensar en lo que pasaría si él hubiera sido tenista o boxeador? ¿Habría alguien que pudiera ganarle? Pero no, es futbolista, trabaja en conjunto con otros, y jamás podremos medir qué tanto exactamente le pertenece en las derrotas y en los triunfos.
Por esta razón me regresó a la mente el relato de Dolina. Recordé con claridad que el futbol no es una actividad que practicamos solos, y que en la victoria y en el fracaso debe haber ganancias o pérdidas compartidas, y encima de ellas, si se puede, respeto indefectible por el compañero. Este es el texto del Negro. Díganme si no es verdad lo que contiene:

Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se disponen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quienes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternativamente a sus futuros compañeros. 
Se supone que los más diestros son elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances. 
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo. A lo largo de los años, muchos futbolistas advertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada.
Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector observó que las decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces.
El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán. Un equipo de hombres que se respetan y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.

sábado, abril 08, 2017

Piedra, papel o tableta














En 2015 no desaproveché la oportunidad para hacerme una foto con Roger Chartier (Lyon, Francia, 1945), famoso especialista en la historia del libro y la lectura. Lo vi en el recibidor del hotel donde pernocté durante la FIL Guadalajara de aquel año. Cordial, con una sonrisa quizá demasiado grande para su cara, Chartier accedió a posar. Antes y después de ese instante me lo había topado en fotos, artículos y entrevistas que bordean sus temas eje, temas en los que es tenido, harto justificadamente, como autoridad.
Una de esas entrevistas me cayó ayer. La publicó Clarín, diario Argentino de cuyo pasado no quiero acordarme. En la intro se hace una pregunta que me inquietó: “¿Es la apropiación de un texto la misma si este se lee como una entidad textual materializada en un objeto impreso o si está propuesto en una forma digital que multiplica los enlaces y permite la descontextualización de los fragmentos?” Aunque no específicamente a ella, responde el mismo Chartier: “La lectura frente a la pantalla es generalmente una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas temáticas el fragmento textual del cual quiere apoderarse sin que necesariamente sea percibida la totalidad textual de la que proviene ese fragmento”.
El cambio de la materialidad del libro de piedra o de papel —por citar los dos extremos de su historia— al libro digital no supone, creo, un shock en la noción de pertenencia o posesión, pues a final de cuentas una persona requiere objetivar el libro, su libro, de una u otra manera. Lo que sí se alteró de manera sustancial fue la recepción sobre todo por la mezcla de dos factores destacados por Chartier: en un mundo donde gravita la idea de almacenamiento total de la información y su consecuencia ideal, el acceso de todos a todo, los lectores tienden a obtener datos recortados, fragmentos.
Pongamos este ejemplo: no es necesario recorrer la biografía completa de Mozart si de antemano sabemos que siempre es posible encontrar cientos de relatos sobre él, así que googleamos el dato apetecido y lo recortamos para apropiarnos del resultado: un fragmento. No viene al caso, pero quizá sirva de algo decir que vivo, como muchos otros, entre dos aguas, entre el papel y la digitalidad, y ambas me asombran. ¿Qué pasará en el futuro? ¿Desaparecerá el papel? No sé, y creo que ni el amable monsieur Chartier podría anticiparlo.

miércoles, abril 05, 2017

Heberto presente




















Dos días después de que naciera mi primera hija, acaso el acontecimiento más determinante de mi vida, yo estaba todavía en estado de shock, como sumido en una felicidad desconcertante. Algo que se había repetido millones de veces en la historia de la humanidad, ser padre, ahora me ocurría precisamente a mí. Recuerdo que a ese parto asistí sólo ensombrecido por un vago temor, pues la ignorancia del hecho por venir hizo que atravesara el momento previo como si fuera un trámite de ventanilla. Cuando, todavía dentro del quirófano, vi a mi hija, todo cambió. Fue como si con ella naciera yo también, o al menos renaciera. La felicidad fue tanta que sentí tocar sus orillas, trascenderlas incluso. Esa alegría se transformó en una especie de hipersensibilidad que a su vez se tradujo en conmoción por todo lo que me rodeaba. De natural tristón, pesimista de clóset, pasé a ver sólo luz por culpa de mi hija. No es que ella hubiera cambiado mis filias y mis fobias, sino que todo lo hizo más claro. Secretamente, ella afinó lo que yo era, me hizo captar mejor el espesor de las ideas que me habitaban.
Así, pasmado por aquel ramalazo de dicha, me agarró la noticia sobre la muerte del ingeniero Heberto Castillo Martínez (Ixhuatán de Madero, Veracruz, 23 de agosto de 1928) ocurrida el 5 de abril de 1997 en el Distrito Federal. Por la hipersensibilidad que ya mencioné, aunque sé que de todos modos lo hubiera resentido, lloré (literalmente) su deceso. Recuerdo que por esos días cometí el error de mencionar esa muerte en una clase de la universidad. No lo hubiera hecho, pues fue inevitable que se me trabara la garganta y me escurriera el llanto frente a unos alumnos que de seguro no entendieron bien a bien la razón de tanta pena por el fallecimiento de un señor que no había sido ni pariente ni amigo cercano de quien allí nomás les daba una clase de literatura.
En efecto, yo no era pariente del ingeniero y ni siquiera amigo, pero, así fuera de lejos, se trató de un ejemplo de mexicano como yo deseaba (y todavía deseo) ser. La historia que está detrás de esta admiración no es tan larga. Empieza más o menos en 1982, cuando comencé a estudiar mi carrera, la de comunicación. Para entonces, aunque sin guía, ya era buen lector de libros y periódicos, y fue al comienzo de los años universitarios cuando me aficioné con toda convicción a la revista Proceso. Durante aquellos años la compraba semana tras semana, sin falta, y en casa la leía con lupa. Por supuesto mi mundo informativo y el de todos era de papel, pues al internet le faltaban cerca de veinte años para cundir por todo el mundo. En las páginas de Proceso conocí al ingeniero, pero no tenía más antecedentes sobre la persona que estaba detrás de aquella firma.
A la altura de 1984 u 85, en alguna conversación con Saúl Rosales, quien ya había sido mi profesor en la universidad, supe que no sólo conocía a Heberto, sino que había tenido mucho trato con él. De hecho, Saúl era fundador del Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) que todavía encabezaba Heberto, y dada la reciente radicación de Saúl en La Laguna, estaba en la etapa de configuración del partido en nuestra región. Sin problemas me sumé al Mexicano de los Trabajadores y comenzamos un trabajo político hormiga, pequeñito aunque, para mí, emocionante y enaltecedor.
Así supe más sobre Heberto, sobre su figura de científico y militante de izquierda, sobre su cárcel en Lecumberri y sus incansables trajines como organizador político. Había algo extremadamente valioso en su condición: capaz de hacerse millonario con su profesión de ingeniero, en la cual destacó como pocos en su tiempo, había optado por la lucha política sin tregua. Honestidad, congruencia, respeto a un ideal, inteligencia al servicio de una causa, todo se apiñó armónicamente en su persona, y eso me lo presentó desde muy joven como un sujeto a seguir.
Llegó luego el ajetreo preelectoral por la sucesión de 1988. Los partidos de izquierda, cuya militancia más numerosa estaba en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), formaron el Partido Mexicano Socialista (PMS), al que adhirió el PMT, donde yo militaba. El candidato a la presidencia que salió de esa conjunción fue Heberto, quien comenzó su campaña, como siempre, a contracorriente. Fue en ese proceso cuando lo conocí, pues vino a La Laguna para promover el voto a favor de nuestra agrupación política y su candidatura. Yo había asumido, casi porque no había de otra, labores de comunicación en el partido, y entonces dispuse mi cámara Pentax K1000 para seguir la gira del ingeniero por nuestra región.
Me lo presentaron cuando llegó, y me pareció más alto y más blanco de lo que yo imaginaba. Era muy cordial, de sonrisa bonachona, nariz chata y pelo ya completamente cano, todo echado hacia atrás en largas hebras, como lo trazó Rogelio Naranjo en el dibujo que ilustra este post. Recorrimos lugares de La Laguna como Torreón, Gómez Palacio, algunos ejidos, y le tomé tantas fotos como pude (supongo que las conservo). En todo lugar Heberto se movía con tranquila naturalidad, y muy paciente escuchaba a las personas. En Dinamita, ejido de Gómez, invitaron a toda la comitiva a comer asado rojo y arroz, y allí lo tuve frente a mí, entre otros varios comensales, pero yo no dije una palabra por temor a regarla.
Algunos meses después ya sabemos qué pasó. Salinas fue destapado por dedazo y del PRI se dio la escisión de, entre otros, Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes articularon un frente cuyo impulso cobró fuerza de inmediato. Heberto había sido amigo cercano de Lázaro Cárdenas, con quien recorrió muchos lugares del país, y conocía a su hijo desde hacía años. Luego de varias reuniones, el PMS hizo pública la declinación de Heberto a la candidatura por la presidencia y el apoyo de esa organización a la de Cuauhtémoc, lo que devino, como también ya lo sabemos, triunfo escamoteado, es decir, el primer fraude de nuestra era neoliberal.
Nunca más volví a ver al ingeniero Castillo. Seguí leyéndolo en Proceso y atento a su trabajo político en el recién conformado PRD y en la Cámara de Senadores. Así llegó el 5 de abril de 1997 que hoy, veinte años después, recuerdo nuevamente conmovido.
Heberto Castillo Martínez es, creo, el político mexicano al que más admiro del siglo XX mexicano. A dos décadas de su muerte física, larga vida a su memoria.

Ochenta de mi jefe
























En “Llegar a viejo”, una de las muchas canciones que han envejecido bien del gran Joan Manuel, hay un verso que siempre me deslumbra por sencillo y verdadero: “Si no se llegase huérfano a ese trago”. El trago al que se refiere es, por supuesto, la vejez, etapa de la vida complicadísima para la mayoría. No estoy en ella aún, o al menos eso creo, pero ya le piso los talones y quizá por ello entiendo mejor el verso de Serrat: si a la vejez no se le sumara la orfandad, sería definitivamente más llevadera.
No he llegado entonces a la vejez, pero como ando cerca puedo saborear la alegría que significa contar todavía con mis dos padres. Durante muchos años, quizá cuarenta o más, ese hecho formidable me pareció normal, parte de la (de mi) vida cotidiana. Tener padres, esa cosa tan simple… Luego, ya en los años recientes, he entendido que no es así, y que uno es un cabezadura: tener a mis viejos ha sido y es, como tener a mis tres hijas, el mayor privilegio que podré gozar en mi paso por el tiempo.
Rogelio Muñoz Macías, mi padre, nació el 5 de abril de 1937 en San Felipe, Durango, y fue hijo de Zeferino, de oficio carpintero, y Antonia, ama de casa, ambos hidrocálidos. Muy pequeño sufrió la desventaja de quedar huérfano de padre, lo que sólo le permitió estudiar, con excelentes notas, la primaria. Enfrentado a la adversidad de colaborar con su familia, comenzó a trabajar desde la adolescencia, allá por el cuarenta y tantos, y hoy es día que sigue activo. Durante toda mi infancia vi cientos de veces a mi padre rumbo a su trabajo en la Pasteurizadora Nazas de Gómez Palacio. Su llegada diaria a casa es un tatuaje en mi memoria: cruzaba nuestro zagancito de la calle Madero con seis litros de leche envasada aún en botellas de vidrio. Cada tres días añadía una barra inmensa de queso, así que por falta de insumos lácteos no sufrió aquella familia de siete hijos.
Al jubilarse de tal trabajo, mi padre se reinventó, puso un negocio y allí sigue, fiel a su fervor laboral. Heredé de él, creo, ciertos hábitos: el pelo corto, la camisa fajada, el zapato lustrado, la música mexicana, el afecto por la cerveza y la conversación; y en lo físico, las entradas desde la juventud y los brazos peludos. Creo, sin embargo, que lo que más nos une es el amor por el beisbol. Es un hombre responsable, callado, cordial, de palabra. Felicidades a mi jefe por sus ochenta, y gracias públicas por todo.

Foto: mi papá y yo en la inauguración de un torneo de beis y futbol. San Felipe, Durango, circa 1970.

sábado, abril 01, 2017

Palabras y sustento














Uno de los problemas más agudos que tiene el escritor, como casi cualquier ser humano, es conseguir los recursos necesarios para vivir, acaso para sobrevivir. Si damos por sentado que escribir poesía, cuento, novela, ensayo y dramaturgia no son precisamente una garantía de éxito económico, quien se dedique a urdir párrafos debe pensar qué puede hacer para seguir comiendo sin renunciar a la literatura, para seguir en la grata compañía de las palabras escritas y leídas. Hablo de los ingresos sostenidos, recurrentes, incluso quincenales o semanales, no de los premios u otras venturas esporádicas. El asunto es peliagudo, y más en la periferia, allí donde la cultura no es bocado de consumo habitual entre la población.
Cuando comencé a escribir, en el “clima de época” (como le llama Eduardo Jozami) de mi primera formación, todavía estaba de moda escribir desde una posición, digámoslo con una palabra convertida hoy en burla, progre. El escritor no ambicionaba una vida material ostentosa y para él era preferible pasar algunos sacrificios antes que entregarse a la mundanal explotación. Aceptaba empleos fijos o “semifijos” en la burocracia cultural, en la docencia, en el periodismo, en el mundo editorial o en el azar, todo para pagar, con el dinero estrictamente necesario, el alimento y el alquiler de la buhardilla. Generalizo, por supuesto, pero creo recordar que ninguno de los escritores que traté en aquella época tenía como prioridad hacerse rico o siquiera vivir con cierta holgura. Sospecho que era hasta motivo de vergüenza aspirar a (o ser) pequeñoburgués, de ahí que en ese tiempo, el de los “escritores comprometidos”, conocí casos de sacrificio que rayaban en la ascesis.
Prosigo en la inevitable generalización, pero sé que, pese a esto, algo queda en claro para saber qué puede hacer un escritor para sobrevivir. No ha sido infrecuente que en talleres literarios me haya tocado trabajar con estudiantes de carreras nada literarias. Con alguna preocupación me han confesado que les gusta la literatura y que tal vez debían dedicarse a ella desde la mismísima universidad, pero que no habían tenido otra opción que estudiar ingeniería, derecho o cualquier otra carrera vinculada al mundo práctico. Invariablemente les respondo que no es necesario estudiar letras para dedicarse a ellas. Con leer mucho y bien es suficiente para tratar de escribir, aunque tampoco esto garantice que los resultados vayan a ser notables. Grandes escritores han existido que se ganan la vida en oficios nada literarios, pero es un hecho que ninguno ha podido prescindir de, al menos, una formación autodidacta, es decir, ninguno se ha olvidado de leer. Allí está la clave: leer, leer rigurosamente, con todos los sentidos puestos en lo que se lee, es fundamental para aprender a escribir, no tanto asistir a cursos o talleres u obtener títulos.
Es algo raro, sin embargo, que un escritor se gane la vida, digamos, con la medicina o la plomería. Por una especie de inevitabilidad —y si bien no se ganan la vida directamente con lo que escriben—, la mayoría de los escritores trabaja en las cercanías de lo literario: dan clases, hacen periodismo, editan, corrigen, traducen, conferencian, investigan, hacen guiones, dictaminan, promueven la cultura… Es raro pues que un escritor no se coloque cerca de su oficio, pero insisto que no hay reglas. La única regla es, en todo caso, cuando hay verdadera vocación, mantenerse vivo para seguir, no importa cómo, escribiendo.