miércoles, agosto 23, 2017

Leer para atrás












“Yo leo cosas viejas. Yo ya releo. Otras veces, leo. Pero más releo. (…) en general leo para atrás”, dijo Juan Sasturain en una entrevista reciente. Como él, muchos gustamos del nado en albercas ya conocidas, pues eso es, de alguna forma, releer: echar un clavado en piscinas cuya agua hemos braceado con anterioridad. ¿Y por qué es así? ¿Qué no son infinitos los libros publicados después de que ya leímos? ¿Vamos a dejarlos a un lado?
Creo que releer no necesariamente margina el acto de leer. Yo releo, o leo para atrás, como dice Sasturain, pero también leo tanto como puedo. En ambos casos se trata de un placer similar, no exactamente el mismo. Al releer reconozco, revivo una experiencia. Con frecuencia me llevo la sorpresa de que lo releído vuelve a gustarme, y también con frecuencia, gracias al olvido, siento que estoy leyendo por primera vez lo releído. Ocurre que los vagos recuerdos que quedan de un libro visitado hace treinta años, digamos, no dejaban entrever su calidad, una calidad que resucita con la relectura. También sucede lo contrario: que el recuerdo sedimentado hace de tal o cual libro un gran libro, y los años, la experiencia, en suma las pérdidas y las ganancias de la vida, provocan una reacción negativa en el presente y modifican el pasado. Releer también destruye.
Y hay algo más. Uno relee por la misma razón por la que escucha la música que lo sedujo en su juventud. Al hacerlo no sólo entramos en contacto con la canción o la página que en el pasado nos atraparon, sino con la época en la que eso sucedió. Si no es un libro clásico —esos libros que leemos con “previo fervor”— puede ser que el reencuentro con el pasado sea más hondo, ya que en las páginas hay marcas, gestos, pequeñas circunstancias que nos remiten a un pasado compartido. Un ejemplo podría verse en la literatura de Revueltas. Si ya de por sí fue de difícil acceso en su momento, lo es más ahora, dado que su mirada (la del escritor durangueño) no se corresponde con la de cientos de autores actuales. Me refiero a lo más evidente, que los personajes de Revueltas tienen actividad política, y por ello una actitud peculiar ante la vida. Hoy es difícil, por no decir imposible, que un joven autor construya personajes revueltianos. Sus atmósferas y sus tramas no podrían “politizarse”. Estamos en otro momento, la percepción cambió mucho, y eso lo nota un lector viejo, un lector que relee.

sábado, agosto 19, 2017

Puñaladas de muerte














La pregunta no era infrecuente: ¿cuál es el mejor diccionario, profe? Dije “era” porque en estos días ya no lo es, a casi nadie le preocupan en serio los diccionarios. Mi respuesta era la misma y la sostengo hasta la fecha: el mejor diccionario es muchos diccionarios. En efecto, desde muy joven noté que un diccionario era insuficiente para atrapar, como en una sola redada (esta palabra significa lanzar la red), todos los peces verbales, de suerte que al Diccionario Usual de Larousse de la carrera añadí el Pequeño…, el Porrúa en el que hallé muchos mexicanismos bien definidos, el de la RAE en seis tomos y varios más especializados (en sociología, política, filosofía…) del FCE y otros como el de español-latín, español-náhuatl, modismos, lunfardo y demás curiosidades. Mis dos joyas en esta materia son el Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, y el de la Academia Española en su tercera edición, el libro más viejo que tengo (1791).
Esta breve enumeración puede dar una idea aproximada de todo el papel que puede convocar una cierta obsesión por los diccionarios. Todos, a su modo, sirven para el propósito de aproximarnos a un significado general o preciso, antiguo o actual. Pues bien, las enciclopedias, muchos manuales y otros libros llamados “de referencia”, como los diccionarios, han pasado, o están pasando, a mejor vida. Internet, dada su capacidad para actualizar de inmediato cualquier información, ha fulminado al papel, lo ha convertido en una cháchara de la cual se puede prescindir con cierta facilidad si uno tiene, digamos, un teléfono celular.
Por ello Ignacio Bosque, lingüista y académico de la RAE, ha señalado que  “se han conseguido muchos logros en los diccionarios digitales: contamos hoy con un gran número de recursos en línea, entre ellos diccionarios multilingües (…) de ayuda a la traducción y la redacción. Se construyen nuevos multidiccionarios que añaden otras muchas posibilidades, como conjugaciones, citas, refranes, ideas afines…”, e incluso habla del orden alfabético —tal vez el recurso más caro en el diccionario impreso— como “una servidumbre del papel”, dado que ahora las búsquedas se pueden hacer como sabemos: escribiendo lo que necesitamos precisamente en un “buscador”.
No echaré mis diccionarios al tambo. Me gustan y los aprecio, pero es un hecho que cada vez que los miro percibo en sus espaldas muchas tristes puñaladas de muerte.

miércoles, agosto 16, 2017

Como las ratas













Alguna vez platicaba con un experto en ratas (sin metáfora) y me explicó que esos bichos tienen una capacidad de adaptación digna de cualquier asombro. Tal competencia la muestran en todo momento, por eso son ubicuas y prácticamente indestructibles. Por ejemplo, si no tienen buena comida a la mano, pueden recurrir a papel, a madera y hasta a polímeros, no sé; si una rendija es muy estrecha, son capaces de achiclarse (o sea, convertirse en chicle) para ingresar como si fueran una plasta de pintura en movimiento; si hay que trepar, tienen virtudes escalatorias casi circenses. En suma, son uno de los animales más capacitados por la naturaleza para encarar cualquier desafío y aguantar cualquier adversidad.
Más allá de que a ciertos políticos se les asocie con ellas (en México casi a todos), es evidente que en el PRI se encuentran los ejemplares de mayor capacidad y por ello han llegado a noventa años sin sucumbir pese a que sus resultados son, por decir lo menos, desastrosos. ¿A qué se debe esto? Como en el caso de las ratas, a su poder de adaptación, a que ante ningún reto se quedan a la expectativa, pasivas y en espera del desastre. Nada de eso. El PRI es un partido que se achicla, que como plastilina ha ido reconfigurando su organismo frente a las necesidades que le plantea la realidad por él deteriorada.
Cuando topó, en 2000, contra un muro opositor que parecía indestructible, se adaptó (comió plástico) a “la transición” con Fox y Calderón, y volvió gracias a ellos en 2012, lo que significó una catástrofe de magnitud todavía incuantificable. Ahora, luego del previsible papelón de EPN y su pandilla, es un partido impresentable, con un tercio de la simpatía electoral (su núcleo duro y los despistados que nunca faltan) que sólo necesita dos o tres mutaciones para garantizarse seis años más de poder. Una de ellas ya la “instrumentaron” (este asqueroso verbo me recuerda a las épocas de Miguel de la Madrid) con el cambio de sus estatutos para que un “simpatizante”, casi no se nota quién, pueda ser presidente. Luego vendrán las alianzas con el Partido Verde, los Chuchos y otras rémoras que elevarán aunque sea un piquito el tercio ganador, y tutti contenti.
El caso es adaptarse, como las ratas en estricto sentido, para no sucumbir y seguir haciendo de las suyas como las ratas en este caso con metáfora.

sábado, agosto 12, 2017

Tribus en Whatsapp




















Siempre sentí atinada la expresión “tribus urbanas” para designar a los grupos configurados azarosamente en las ciudades. En efecto, dentro del espacio colectivo, más si es grande como el del DF, se articulan submuchedumbres identificadas en principio por sus rasgos exteriores: la ropa, el corte de pelo, algún maquillaje o accesorio y demás, y en el interior por sus gustos culturales, sobre todo la música. Así, muchos periodistas y no pocos académicos ubicaron “tribus urbanas”, todas marcadamente distintas, como los punks, los emos, los metaleros, los rastafaris, los darks, los otakus, los skaters y varias más.
Con la llegada de las redes sociales han sido construidos los guetos digitales correspondientes, aunque también, dada la naturaleza de esos espacios, es muy fácil que, por ejemplo en Facebook, uno conviva al mismo tiempo con un darketo que con una grupie de Paquita la del Barrio. En Whatsapp es posible cerrar más las tribus, aunque aún allí es visible la individualidad. Por más tribales que seamos, pues, no deja de aflorar la personalidad de cada participante, de manera que hasta el grupo de “Whats” más ordinario tiene sus fichitas. A continuación, algunos miembros distinguidos de cualquier tribu whatsappera (pueden ser hombres o mujeres):
El Pablocoelho. Sin piedad manda mensajes de autoayuda, estampas que buscan levantar el ánimo del grupo, socorrernos en caso de depresión. Al octavo mensajito del día te motivó tanto que sientes ganas de matarlo.
El Chistín-Chistón. No cesa de enviar memes, gifs, relatos cómicos, videos de tropezones y bromas racistas, clasistas, sexistas y todo lo que termine en “istas” siempre y cuando sea jocoso. Es un Polo Polo de clóset o un Jojojorge Falcón incomprendido.
El Madreteresa. Siempre comparte buenas causas sociales y nos impulsa a cambiar el mundo, a no permanecer indiferentes ante el desastre. Le respondemos con emojis solidarios pero no hacemos nada.
El Volcán. Siempre está en ebullición, manda imágenes sexosas, chicas o chicos (según sea el caso) para alegrar la pupila. Todos se quejan de este calenturiento serial, pero nadie quiere que abandone el grupo.
El Espectador. Además de ser un periódico de Colombia, en Whatsapp es el que nomás pone manitas con el pulgar levantado. Está en el grupo sólo para sentir que es incluido en algo.
El Progreso de México. Es el que a veces es mencionado, pero de hecho no existe. No mete ni las manitas.

miércoles, agosto 09, 2017

Noventa años de David Lagmanovich




















Hace noventa años, el 9 de agosto de 1927, nació en Huinca Renancó, al sur de la provincia de Córdoba, Argentina, mi amigo y maestro David Lagmanovich. Debido a que desde su niñez fue a radicar a San Miguel de Tucumán, él se consideraba de allí, tucumano. Se doctoró en Lingüística por la Universidad de Georgetown, en Washington, y ejerció como maestro en universidades de Estados Unidos, Brasil, Alemania y, por supuesto, Argentina. Publicó una abultada cantidad de artículos y más de treinta libros divididos en ensayo, poesía y microrrelato, género del que es uno de los decanos en teorizarlo e historizarlo. Culto, amable, generoso. David es, para mí, un dechado de académico que lejos de enclaustrarse mira al mundo con deseo de mejorarlo. Para eso publicó tanto: para divulgar la literatura y la música que a él lo conmovían. Entre muchos de sus amigos menciono sólo a dos muy famosos: Cortázar y Sábato, y en más de una ocasión tuvo el privilegio de acompañar a Borges cuando Borges hacía tours como conferencista en EU. Para mí, por todo, fue un lujo conversar con él tres veces en persona y mantener una correspondencia electrónica que duró poco más de diez años y dejó un saldo de, calculo, cerca de 500 cartas. David murió el 26 de octubre de 2010. Como muchos de sus amigos latinoamericanos, norteamericanos y europeos, siempre lo tengo presente y aún me sigue orientando cuando lo releo en libro o en carta. Aunque yo esté lejos, me considero parte de la Asociación Literaria David Lagmanovich organizada en Tucumán por mis amigos Ana María Mopty, Mónica Cazón, Liliana Massara, Rogelio Ramos Signes y Julio Estefan, entre otros.
La foto que acompaña este post se la tomé a David en la plaza principal de Tucumán hacia mediados de 2007.

Un aviario en La Laguna

 


































Cuando comencé mi trayectoria de padre de familia busqué en La Laguna lugares adecuados para pasear a mis pequeñas. Como tantos, básicamente hallé lo mismo: la alameda y sus jueguitos, el bosque y su tobogán, los cines, la plaza principal de Lerdo, nuestros museos, no mucho. La asignatura del zoológico o algo parecido no podía contarse entre las posibilidades locales, así que alguna vez la encontré fuera: en León, Guanajuato, y en El Paso, Texas. Inconcebible, pues, era la idea de tener algo parecido en la región.
El domingo pasado, sin embargo, me llevé una grata sorpresa en el Aviario Lira. Ubicado casi a la vera de la carretera a Mieleras, en Torreón, tuve la oportunidad harto rara de ver especies de animales inhallables de otro modo en La Laguna. Su especialidad, obviamente, son las aves, pero ha incluido algunos lémures y asombrosos monos tití cuya reproducción ya fue posible en ese espacio.
Durante mi recorrido, que duró al menos dos horas, leí con atención las cédulas informativas relacionadas con cada especie y sentí el misterioso vértigo de ver aves cuyo colorido y canto pasman a quien jamás las ha visto así de cerca. En todo momento pensé en dos hechos: el primero, las dificultades que entraña mantener en pie semejante emprendimiento, dado lo difícil y costoso que resulta y lo profundamente comprometido que debe estar quien lo sustenta; y segundo, lo maravilloso que debe resultar ver algo así con ojos de niño.
Nunca en mi infancia vi un tucán o una kakatúa. En el circo, ciertamente, pude apreciar la triste belleza de animales raros y condenados a un trotamundismo aherrojado, pero además de que siempre me pareció cruel, no permitía una observación próxima. El Aviario Lira es una iniciativa familiar encabezada por Yolanda Lira, su directora, quien ha conseguido algunos apoyos oficiales para levantar tan desafiante proyecto, aunque es necesario decir que son ella y su familia quienes le han dado solidez.
Sé que hay recorridos guiados para escuelas, y me da gusto pensar que decenas de niños laguneros pueden acceder a esta experiencia. Lo que desearía en todo caso es que el siguiente gobierno estatal, quede quien quede, ponga los ojos en el Aviario Lira, le asigne un apoyo fijo y permita que los laguneros y quienes nos visitan tengamos este espacio permanentemente y en excelentes condiciones, como lo merece la asombrosa fauna ya reunida por la familia Lira.

Nota. Son mías las fotos que acompañan este post. 

sábado, agosto 05, 2017

Lagunero de pe a pa















Imposible imaginarme de otro lugar que no sea La Laguna. Acá nací, en Gómez Palacio, hacia el 64, y para estos meses pero de 1977, hace justo cuatro décadas, cambié de radicación. Mi familia —padre, madre y siete hermanos, uno recién nacido— pasamos de la calle Madero gomezpalatina, por el rumbo de la fábrica El Venado, a la colonia Nogales aledaña al seminario de Torreón. La mudanza no significó un cambio de escuela para mí, pues con todo y la distancia duplicada o triplicada seguí yendo a la secundaria federal Ricardo Flores Magón de Ciudad Lerdo. Para llegar todos los días hasta allá me levantaba a las cinco, me arreglaba y a las seis tomaba el primer bus que me dejaba en el mercado Juárez. Ya allí tomaba otro que salía de Torreón, atravesaba todo el bulevar Miguel Alemán de Gomez Palacio, entraba a Lerdo y me depositaba a las puertas de la escuela exactamente a las siete luego de un trayecto de una hora, siempre a oscuras. No parece heroico, pero en retrospectiva lo veo más o menos así porque eso hice a los trece años, sin saber que poco después, cuando la realidad se tornó muy peligrosa, no iba a ser lógico que un adolescente emprendiera solo semejantes travesías.
Un vago recuerdo proyecta en mi mente la película de mi padre en un Dart-K blanco e impecablemente limpio. Vamos con él algunos de mis hermanos y yo. Atravesamos el lecho del río Nazas por la zona del vado, en la Falcón, y tomamos la dirección del otrora Canal 4. Así llegamos a la orilla de la orilla, al Torreón más lejano. La colonia Nogales fue bautizada con ese nombre porque seguramente hubo allí árboles nueceros. Todavía, entre las casas en construcción de aquel nuevo fraccionamiento, vi un nogal a punto de morir. Mi padre frenó frente a una casa en obra negra y nos ordenó que bajáramos: “Ésta es”, dijo. Recuerdo que la recorrimos y que miré alrededor. El lugar lucía desolado, y en la esquina de la cuadra comenzaba La Nada. Pronto nos cambiaríamos al último confín de La Laguna.
Cuando eso pasó, no transcurrió mucho tiempo para que el supuesto fin de La Laguna que yo imaginaba se fuera poblando sin cesar de casas y colonias. Pasados cuarenta años, esa orilla es en este momento casi el centro, pues hoy la orilla anda más allá del TSM. Ahora bien, ¿soy de Gómez? ¿Soy de Torreón? ¿Soy de Durango? ¿Soy de Coahuila? No me meto en problemas. Desde hace mucho me siento ciudadano conurbado, lagunero químicamente puro.

miércoles, agosto 02, 2017

Jornadas a tope














En la vida de hoy es difícil que quepa algo más dentro de una jornada estándar de trabajo. Hagamos lo que hagamos, el mundo contemporáneo deja hoy la impresión de ser absorbente, tiránico a veces. Esa impresión tengo, al menos, cuando me invitan a algo más, lo que sea: ¿y a qué hora lo atiendo?, me pregunto. No quiero imaginar siquiera la agenda de alguien importante o famoso: supongo que ha de ser el infierno.
Ya retirado de su vida profesional formal, mi amigo David Lagmaovich siguió haciendo adobes. Trabajaba mucho, infatigablemente, y en una carta de enero de 2008 me dio sin querer una clave de su método: “… soy partidario de no dedicar jornadas íntegras a nada, sino ir intercalando actividades (compatibles entre sí, claro). Al no tener un empleo, puedo usar mi tiempo dándole a las tareas la forma que prefiero; en otros casos esto no es posible, sino que hay que aprovechar el tiempo que queda libre. De modo que trato de escribir algo, pero también reviso algo que escribí últimamente, leo alguna cosa ‘profesional’, alterno todo eso con un poco de lectura para esparcimiento, y así. La música está siempre presente, pero por lo general no le dedico un tiempo exclusivo (curiosamente), sino que escucho música en la computadora, que es donde más estoy: discos compactos y buenas estaciones de radio por internet. Y así voy pasando los días. (…)  En todo este panorama, sólo lamento que no he podido todavía articular un buen plan para escuchar música, es decir, escucharla activamente, no como fondo; pero lo que pasa es que esta disciplina es una amante demasiado exigente, que no se conforma con ratos aislados sino que pretende un monopolio total, o casi total”.
Un secreto de la felicidad en el trabajo puede estar, entonces, en el pespunteo de una actividad a otra, en saber combinar lo obligatorio con lo placentero en cuotas razonablemente armónicas, y eso hago.
Frente al semestre académico que ha arrancado en estos días, veo un panorama que apiña como muégano una cantidad enorme de actividades. Vislumbrada como bulto, esa imagen casi me atemoriza, pues da la impresión de ser un muro inatravesable. Pero no, de agosto a diciembre hay cinco meses para distribuir todos los afanes, y esto incluye la atención de los afectos y el encuentro con alguno que otro divertimento. Al final no quedará tiempo sin aprovechar, pues el presente de casi todos se vive hoy así: a tope.

sábado, julio 29, 2017

Infierno de la salud













Muchos creen que sujetos como Javier Duarte son lo peor entre lo peor, la crema y la nata de la malignidad, pero se equivocan.  Duarte es a lo mucho un delincuente grotesco, frontal, burdo en el más evidente de los sentidos. Sus fechorías comenzaron a cobrar notoriedad inmediatamente después de asumir como gobernador de Veracruz, y hoy ha sido convertido en chivo expiatorio funcional a las innumerables simulaciones del sistema que lo prohijó.
Los verdaderos malos de la peli no son como Duarte. Son, esto me queda claro, como Emilio Gamboa, Carlos Romero, Gerardo Ruiz Esparza o Miguel Ángel Yunes, actual gobernador de Veracruz. Estos son tan hábiles que no sólo no reciben castigo, sino que siguen brincoteando de cargo en cargo. Yunes, como sabemos, estuvo en el Issste durante el gobierno de Calderón, y ya instalado allí convirtió en botín ese instituto que hoy padece, como todas las instituciones públicas dedicadas a la salud en México, un abandono que amenaza por dejar en la indefensión o en la semindefensión a miles de pacientes.
Por razones familiares tuve esta semana que apersonarme varias horas en el benemérito edificio de la Donato Guerra y Allende, en Torreón. Fue inaugurado en noviembre de 1964, según consta en la placa que cita el nombre de Adolfo López Mateos, a quien sólo le quedaba un mes de vida como presidente para luego ceder la silla al facho Díaz Ordaz.
El edificio, no debo decirlo, es desde hace mucho insuficiente para el hormiguero de personas que por cualquier razón y a diario lo deambulan. Lejos de recibir una atención de calidad, lo que vi fue un vía crucis múltiple. A simple vista se nota la mayoritaria presencia de señoras, como si las mujeres fueran las únicas preocupadas por su salud. Todas improvisan conversaciones trágicas mientras esperan: que les recetan pero que no hay medicinas, que las consultas sin esporádicas y brevísimas, que deben hacer campamentos de un día cuando les toca hacer algún trámite, que sus enfermedades siguen avanzando…
De veras puedo entender a médicos, a enfermeras y demás trabajadores: su lucha hacen para que la atención no truene y se venga a pique. Lo que me parece lamentable es saber que hace treinta o cuarenta años tuvimos uno de los mejores servicios públicos de salud y lo hemos ido perdiendo hasta llegar a esto: el infierno tan temido de buscar socorro en instituciones cada vez más enfermas.

miércoles, julio 26, 2017

Abandono del centro












Hace algunos días no pude contener la urgencia de comentar esto en una de mis redes: “En estos días he tenido tiempo para caminar con más calma la ciudad, Torreón, su centro histórico y algunas otras zonas, y la verdad es lamentable el abandono en el que se encuentra. Luce más que sucia, pestilente y chamagosa, con huellas de desaseo por todos lados, como si jamás pasarán escobas sobre sus calles y banquetas. De todos es bien sabido que en el último año de gobierno disminuye la obra pública y opera el tácito ‘Año de Hidalgo’ (chingue a su madre el que deje algo), más cuando viene un gobierno de otro partido, pero una cosa es no invertir tanto y otra es abandonar, desamparar. La ciudad no tiene trabajadores que le den una limpiada ni gobernantes que terminen dignamente su administración. Ya no alcanza ni para eso mientras la dejan sin un clavo con el fin de que Zermeño se las vea negras”.
Creo que no exageré. El centro histórico de Torreón, por no decir todo Torreón, se ve demacrado, en el olvido. No hallo la razón de fondo, pero aventuro esta hipótesis: desde que construyeron la nueva presidencia se desplazó el interés de las autoridades. Poco antes de 2012 había algo de  limpieza desde la Zaragoza o la Valdez Carrillo hasta la Colón. Con el nuevo edificio de la alcaldía, el interés fue focalizado de la Leona Vicario a la misma Colón, así que quedó en el abandono todo el entorno de la plaza de armas. Basta caminar por ese rumbo para constatar que la mugre está adherida al suelo, que debido a la basura, el polvo y todas las combinaciones posibles de grasa es imposible invitar a los visitantes sin sentir algo de vergüenza por el horrible espectáculo del descuido.
Como muchos, he tenido la suerte de viajar a otras ciudades importantes y ver que al menos el rumbo de sus centros luce limpio, digno. En algunas he visto que muy temprano, casi en las madrugadas, hay cuadrillas que con equipos (camiones, mangueras, escobas…) limpian regularmente aquellos lugares donde, se supone, paseará el turismo. ¿No tiene Torreón para una escuadra de limpieza que rescate del olvido el centro histórico? ¿Por qué sólo interesa la Plaza Mayor y sus inmediaciones más cercanas? ¿Es posible llevar a un visitante al Museo Arocena sin sentir que en los alrededores todo está muy sucio?
El resultado de la elección pasada fue brutal en contra de la administración saliente. Eso es irreversible, pero todavía puede, si hubiera algo de vergüenza, asear el centro, al menos eso.

sábado, julio 22, 2017

Término medio












Esta es una declaración de Hernán Ronsino, narrador y ensayista de Buenos Aires: “A lo largo de un mes estuve en una residencia de escritores, en el norte de Francia. Fue una experiencia increíble. Éramos tres escritores en el medio del campo. Viviendo en condiciones fabulosas. Sólo teníamos que preocuparnos por escribir. Prácticamente, eran las condiciones ideales de escritura para un ideal romántico, claramente: el campo, el aislamiento, el silencio. Pero no pude escribir nada. Sólo me traje la escena final de la novela que estoy trabajando ahora. La escena final la percibí con mucha fuerza. Recién pude ponerme a trabajar intensamente en la novela cuando volví. Es decir, algo de las condiciones de producción que necesito incorporan la figura de lo doméstico, del caos doméstico, con sus distracciones, sus interrupciones, con la biblioteca propia. La escritura sucede ahí en ese mundo íntimo y genuino.
Desde que tengo inquietudes literarias he visto que casi todos los escritores son estrujados por la tensión comodidad-incomodidad en relación con sus ritmos creativos. Cuando padecen alguna sequía se quejan de los oficios extraliterarios y de allí se agarran para exculparse: “No he escrito nada porque estoy dando muchas clases”, “Hace mucho que no publico porque nació mi segundo hijo y tengo más trabajo”, “Me pagan muy poco y por eso soy multichambas”. La “figura de lo doméstico”, como dice Roncino, con sus fuertes implicaciones laborales abruma al escritor y lo paraliza al grado de, a veces, erosionarlo y convertirlo en una máquina fabricante de pretextos.
Otro tanto sucede con el confort. Cuando llega, si es que llega y si es que antes se le ha esperado con ansia, supone un excedente del (supuesto) más preciado bien en la vida del escritor: el tiempo. Sin los oficios periféricos para conseguir el pan, el escritor puede pensar en paz, convocar a sus fantasmas y convertirse en arquitecto de su propio destino literario. Pasa sin embargo, a veces, que la comodidad absoluta seda y que los problemas terminan por hacer algo de falta para dotar de densidad humana el paso de los días. No ocurre con todos, claro, pero sí con aquellos escritores débiles y no muy aptos para la disciplina oficinesca, que en el confort pierden el vuelo y pasan sin más a entregarse discepoleanamente sin luchar, a dejar que los días se escurran en el letargo de la pura contemplación.
Tras la muerte de Carmen Balsells, Vargas Llosa o no sé quién recordó que en algún momento la agente literaria preguntó al peruano en qué trabajaba, a lo que el autor de La tía Julia… respondió con una sarta de actividades vinculada al difícil arte de sobrevivir. La “superagente” CB, como la llamaron, le dijo que abandonara esos trabajos, que ella le pasaría un subsidio mensual y que se dedicara sólo a escribir. Ignoro si eso se dio así, tal cual, pero no que el Nobel alguna vez organizó su vida casi exclusivamente para teclear y no morder los siempre atractivos anzuelos del ocio o “la bohemia”, como todavía denominan algunos a la adicción por la francachela.
En ningún caso, concluyo, es sencillo arrear palabras. Si se cuenta con todo el tiempo gracias al dinero (una beca, un mecenazgo, una herencia, un papi interminable), no falta que el oleaje de la tranquilidad lo arrastre todo, adormezca el cerebro y haga al fin pomada las alertas del creador. En el otro flanco, el escritor acosado por mil oficios y acreedores no halla cancha para hacer lo suyo en paz, y, cuando al fin se abre un resquicio, no falta que su zozobra de damnificado obstruya el fluido de párrafos o versos. Lo ideal, si es que puede haber algo “ideal” en esto, es una mezcla equilibrada de holgura y apremio materiales, que el escritor se mueva en una franja de cierta incomodidad que lo apegue a la vida real, pero que al mismo tiempo le permita pagar su renta y su mandado a tiempo para que en los días venideros haga lo que debe hacer, escribir, sin el acoso del hambre o del casero, respectivamente.

miércoles, julio 19, 2017

Voz propia














¿Cuándo se adquiere una voz propia en literatura? Para empezar, es necesario decir si es cierto eso de la “voz propia”. Creo que sí, pero se da en muy pocos casos y no está determinada sólo por el estilo, sino por otras marcas tal vez más visibles, como el vocabulario y los temas recurrentes del autor. En todo caso, la mezcla de muchos rasgos hace reconocible una escritura. Así, es posible identificar el párrafo siguiente aunque carezcamos de su firma: “Nunca había sentido que fuera más lenta y violenta la vida como caminar entre un amontonadero de gente; igual que si fuéramos un hervidero de gusanos apelotonados bajo el sol, retorciéndonos entre la cerrazón del polvo que nos encerraba a todos en la misma vereda y nos llevaba como acorralados. Los ojos seguían la polvareda; daban en el polvo como si tropezaran contra algo que no se podía traspasar. Y el cielo siempre gris, como una mancha gris y pesada que nos aplastaba a todos desde arriba. Sólo a veces, cuando cruzábamos algún río, el polvo era más alto y más claro. Zambullíamos la cabeza acalenturada y renegrida en el agua verde, y por un momento de todos nosotros salía un humo azul, parecido al vapor que sale de la boca con el frío. Pero poquito después desaparecíamos otra vez entreverados en el polvo, cobijándonos unos a otros del sol de aquel calor del sol repartido entre todos”.
Más allá de la cadencia sintáctica, vemos ciertas palabras (“amontonadero”, “hervidero”, “apelotonados”, “acorralados”, “polvareda”, “acalenturada”, “renegrida”, “poquito”…) y de inmediato notamos una impronta muy fuerte. Luego seguimos la pista de lo contado, del asunto, e imaginamos un ámbito de precariedad, de aridez, de “puro sufridero” (como dice mi madre). Esa información —contenida apenas en un modesto párrafo— es tan poderosa que identifica en seguida al autor, un autor cuyo apellido ya sirvió para acuñar un adjetivo que es epítome de su estilo.
Como el anterior, son pocos los casos de estilo o voz propia identificables a simple vista. La mayor parte de los escritores debe conformarse con pasar la vida en el intento de lograr aunque sea una pálida aproximación a ese propósito. Al principio, cuando despuntan las primeras cuartillas, es frecuente que el escritor intente calcar el estilo de sus maestros. Yo confieso, por ejemplo, que leer a Cortázar y a Carpentier en mi postadolescencia fue un deslumbramiento que trajo como inevitable rédito un deseo de imitación con resultados cercanos a la catástrofe. Sin embargo, a fuerza de no ser tan severo con el joven que hace mucho fui, vale decir que a casi todos les pasa algo similar y que lo importante no es quedarse allí, detenido en la obstinación de ser lo que no se es. Poco a poco, nuevas lecturas y la certeza de la propia individualidad dan como resultado que uno encuentre la pequeña brecha de su estilo, su vocabulario y sus temas, “su voz” en suma.
La búsqueda puede durar toda la vida, y para nadie es fácil. La clave está en que el mismo escritor haga muy consciente ese propósito. Debe saber que de joven tuvo el legítimo derecho de recibir influencias, pues nadie nace sabiendo, pero que poco a poco, y esa es tal vez su principal misión como artista, debe intentar que no sólo su estilo, sino su universo todo madure hasta delinear los perfiles de su espíritu. El escritor que camina sin este deseo íntimo puede llegar por accidente a su voz, pero no es lo común. Lo común es que en secreto, con ensayo y error, escribiendo mucho, el escritor pueda crear mundos que se le parezcan y sean distinguibles para cualquier lector, y eso ocurre cuando entramos en trato con sujetos tan distantes y distintos como García Márquez y Bukowski: los reconocemos de inmediato, no podemos confundirlos.

sábado, julio 15, 2017

Socavón patrio




















Según un diccionario etimológico en línea la palabra “socavón” está formada con el prefijo so-, procedente del latín sub- (por debajo, debajo, prefijo que es muy visible en las locuciones adverbiales “so pretexto”, “so pena”, “so color”) y el verbo cavar, que procede del latín cavare (cavar, excavar, ahuecar, hacer hueco), verbo vinculado al adjetivo cavus (hueco, excavado, vacío). Contiene además el sufijo aumentativo –on sobre el verbo socavar (excavar debajo de los fundamentos de algo para dejarlo apoyado en hueco, sin base y sin apoyo real, y en sentido figurado debilitar a alguien, minar su moral).
Real y metafóricamente, pues, México es un socavón. Por eso fue tan atinado el cartón de Helioflores publicado ayer: el mapa de la república es un agujero sobre la carretera, un abismo con la silueta de la patria. Ese formidable agujero ha sido cavado sin descanso por presidentes, secretarios, gobernadores, directores, senadores, diputados, delegados y demás fauna nociva en contubernio con empresarios que tienen menos de patriotas mexicanos que Donald Trump.
Sin ironía es posible afirmar esto: sería fabuloso que los altísimos sueldos de la mencionada fauna fueran suficientes para aplacar su voracidad. El problema es que no, que secretarios federales como Gerardo Ruiz Esparza no tienen llenadero y ahora llegan a los cargos para disfrutar dos dichas: la de gozar el apapacho de la nómina y la de hacer negocios con la obra pública. Porque negocios son, y jugosos, los que se hacen para, en teoría, dotar a la población de servicios de calidad que a la vuelta de pocos años, y ahora de pocos meses, terminan por evidenciar fallas, material de segunda, deficiente planificación, opacidad en las inversiones y rigor en los castigos merecidos cuando tal o cual obra enseña el cobre.
A propósito del Paso Exprés de Morelos y la exhibidota que dejó en el Paraíso del Pretexto y la Justificación que es nuestro gobierno, como lagunero no puedo dejar de recordar el Distribuidor Vial Revolución, obra millonaria que terminó dinamitada porque sus encargados la ejecutaron como si fuera una maqueta para egresar de tercero de primaria. Nadie fue castigado, a ningún coahuilense le condonaron impuestos y todo terminó en dato para la memorabilia de nuestras recurrentes calamidades.
Pasará lo mismo con el agujero de Morelos. Fue un socavón que se abrió sobre el socavón que ya es México.

viernes, julio 14, 2017

Feria con pan de pulque
















Ocurrió en la edición 2014 o 2015 de la Feria Internacional del Libro de Arteaga, no recuerdo con precisión. Fui invitado a decir unas palabras sobre Saúl Rosales, quien recibió un reconocimiento a su trayectoria como escritor y maestro. Otra vez me pasó lo que en muchos otros viajes: que acepto las invitaciones de Saltillo y de Durango y como a estas dos ciudades llego en tres horas desde Torreón, todo lo apiño en un solo día, ya que siempre tengo trabajo rezagado en la oficina. Así ocurrió en aquella oportunidad. Salí de La Laguna, en bus, a las 11 de la mañana y llegué a Saltillo como a la una. De la terminal tomé un taxi directo a la sede de la Feria, pues el reconocimiento a Saúl estaba programado para la media tarde. Pensé en hacer tiempo entre los libros ofrecidos por las editoriales o tal vez asistir a una presentación. El estado invitado fue Puebla y por allí escuché, casi de casualidad, a un grupo de escritores poblanos entre los que se encontraban Jaime Mesa y Omar Nieto, a quienes para entonces yo no trataba, pero sí conocía por foto. Ponderaron con nutridos elogios el paquete de pan de pulque que les habían regalado los organizadores. Escuché eso y en secreto les di la razón: lo mejor que puede haber en Saltillo es el pan de pulque de la casa Mena. Poco después se dio el reconocimiento a Saúl; hablé, habló, hubo bastante concurrencia y al final salí con apuro de la Feria, no sin antes recibir la caja de regalo. Ya en la terminal y a punto de tomar el Ómnibus, reparé en mi hambre. Desde el módico desayuno de café y plátano, no había probado nada en todo el día. Me resigné a viajar así, con las tripas despobladas. El bus iba casi solo y asombrosamente no olía mal. Entonces recordé la caja. La bajé del portaequipaje, la abrí y se hizo la luz: era mi pan de pulque. No me gusta comer en los camiones, pero la tentación fue enorme. Abrí una bolsa de empanadas de nuez. Devoré cuatro con delectación. Abrí otra y despaché dos. Tuve que parar. Si el viaje hubiera sido más largo, no llega una sola pieza de pan Mena a mi cueva lagunera.