miércoles, diciembre 14, 2016

Capo


















Seis, siete años después comprobé que mi especulación no había fallado. Finalmente uno ya es más o menos viejo y puede medir bien a los hombres, saber qué jiribilla traen en la pichada. Yo entraba dos o tres veces a la cantina sólo para sacudirme el calor con dos cervezas o a veces un poco más, no mucho. Me gustaba ese ambiente, rumiar solo en la barra, de vez en cuando saludar por encimita a los conocidos que, como yo, caían seguido en esos trotes de lobos solitarios. Las meseras conocían muy bien el procedimiento: servir trago y platicar sólo con aquellos tipos que se enganchan en la conversación. Yo no iba a eso. Yo iba a tomarme dos cervezas y a pensar en lo que fuera, a escapar de la rutina. Las mujeres —de ropa entallada ad hoc aunque no necesariamente esbeltas— eran serviciales, sabían apurar el consumo lo justo necesario y se ganaban con todo derecho sus propinas. A veces, cuando la cantina no reunía muchos bebedores, las meseras se sentaban aburridas en una sola esquina y platicaban entre ellas. Fue en una de esas ocasiones en la que vi la entrada del adolescente. Cierto que en esos lugares desfilaba un ejército de des y subempleados, pero el chico era distinto. Si entraba un pordiosero, por ejemplo, pasaba por las mesas con la mano estirada y a lo mucho pescaba unas desdeñosas monedas. Si era un vendedor de gorras o de cinturones, cerraba uno negocio muy de vez en cuando. El joven, a lo mucho doce o trece años, entraba a la cantina con una cajita de chicles mentolados que cabía casi en la palma de su mano, y llegó a mi mesa para hacer el ofrecimiento. Cuando decliné pude ver en su mirada algo peculiar, una chispa de seguridad, casi de altanería, no de resentimiento ni de timidez. Tenía una cicatriz que le dividía la ceja derecha. Era raro, un adolescente pobre pero seguro de sí mismo. Lo seguí con la mirada y vi que con soltura dejó un beso en la mejilla de cada mesera. Ellas charlaban, sentadas. El chico se integró y en su lenguaje no verbal noté un dominio de la escena que no tenían ni los adultos. Las mujeres le hacían charla y él afirmaba, negaba con leves movimientos de cabeza o con monosílabos. Pensé: “Algún día este mocoso será un capo”. No erré. Hace siete años lo vi por primera vez y ahora nos topamos en la entrada de la cantina. Llegó en una Cheyenne roja, polarizada.