sábado, noviembre 12, 2016

Hilton












Tarde y mal me enteré de la visita de Paris Hilton. Supe que la novedad agitó varias calles del centro y que un tumulto se agolpó en el negocio que inauguraba sus funciones con la presencia de esta socialité (así les dicen) internacional. Según mi información, un o una “socialité” es aquel personaje que logra amasar enorme fama sin contar con otro atributo que no sea el de existir, de ahí pues que todos los que existimos y no sentimos tener ningún talento especial podemos convertirnos, si la suerte nos sonríe, en especímenes de esta peculiar fauna. El asunto es que la chica visitó nuestro rancho y eso provocó un desenfrenado apetito de verla. Miré con lejanía y sorna interior esa noticia, pero no imaginé lo que a continuación paso a narrar. Fui citado en el restaurante más caro de Torreón para un negocio personal relacionado con mi trabajo. La verdad no me gustan tales sitios, pues muchas veces no sé qué pedir y me intimidan con su bluf. Pero fui. Estaba ya conversando con quien me invitó cuando llegó un grupo como de diez personas y se sentó en una mesa larga y reservada. No fue difícil notar que entre ellos venía la señorita Hilton. Ella quedó casi al lado mío, como a tres metros de mi mesa. Aunque el fondo musical de lugar no era alto, apenas pude detectar lo que conversaban. Lo hacían en inglés, claro. En una oportunidad, Paris se levantó al baño y detrás de ella fue un mastodonte rubio, dos metros de puro músculo. Era su guarura, pensé. Volvieron a la mesa y así pasó otro rato. Noté que los meseros hacían discretas y lejanas fotos. Mi interlocutor y yo quedamos anulados, pues vista en corto la tipa era más linda de lo que parecía en la tele y además tenía el imán de la fama mundial. También, como pude, sin que se notara, tomé una o dos fotos sin flash. Ambas salieron mal, pero ni modo. Luego ocurrió algo inaudito: el guarura fue al baño, y poco después de él, ella hizo lo mismo. Ahora iba sola, así que aproveché para pararme y, de alguna manera, perseguirla. La alcancé a un paso de que entrara, le toqué el hombro y con mi precario inglés de dos semestres en la Academia Burlington, le pregunté que si le había gustado nuestra ciudad. Ya con la puerta del baño semiabierta, apenas mirándome, casi de espalda, Paris levantó su trompita, frunció el ceño, meneó un poco la cabeza y dijo no.