sábado, noviembre 19, 2016

Alianza














Bajé del camión y lo primero que se me ocurrió fue husmear por la ciudad, comenzar a conocerla pese a sus 38 grados. Así que esto es La Laguna, pensé. Tanto que me la platicó mi padre, oriundo de acá. El viejo todavía alcanzó a ser fanático del Santos, pero no me contagió, pues yo torcí hacia Chivas desde que estaba en la primaria. Mi padre festejó como loco el primer campeonato, allá por el 96, y un año después se nos adelantó. Desde entonces, para homenajearlo en secreto, quise echar una vuelta a su ciudad, a Torreón, pero jamás se dio la oportunidad hasta este día. En la empresa me comisionaron y no me hice del rogar, tomé el bus y nueve horas después llegué a la cochambrosa terminal. “Los primero es lo primero, mijo. Vaya al Torreón viejo, camine por la Casa del Cerro y échese una cerveza en el mercado Alianza. Allí empezó mi ciudad”. Eso hice. Sólo traía una mochilita de hombro y antes de buscar hotel se me ocurrió tomar un taxi hacia el “Torreón viejo”, como le decía mi padre. Cuando llegué a la zona comencé a culearme. Era un sitio espantoso, caótico, parecía un mercado de la India. Bajé de todos modos y erré sin rumbo. Me asombró la cantidad de perros cajeros, tantos como personas. También me asombró la cantidad de catarrines, todos tirados o sentados en la calle con su frasco de alcohol médico mezclado con cualquier refresco. Vi de lejos la famosa Casa del Cerro y me prometí visitarla con más calma. Luego me interné en un laberinto de callecitas con fruterías, carnicerías, queserías y todo lo que termine en ías. Hallé, por cierto, varías cervecerías semiocultas y por supuesto sórdidas. Vi una que además contaba con billares. Entré. Estaba sola, pero apenas me senté, comenzaron a poblarse las otras mesas. Supongo, por las fachas, que eran albañiles, jornaleros, raza de combate a ras de suelo. Sentí que algunos me miraban de vez en vez. El solo hecho de usar lentes era allí una diferencia sustancial. Pensé en beber sólo una Indio y salir, pero me gustó que estuviera harto fría y me tomé la segunda. Algo más me gustó: la música norteña de la rocola, triste y justísima para el lugar. Cinco horas después salí de allí, mareado y vagamente orgulloso porque le cumplí a mi padre: empecé a conocer Torreón por su comienzo. Luego pedí un taxi hacia cualquier hotel.