miércoles, septiembre 07, 2016

Maistros















Una vieja moto avanza a todo lo que ya puede dar: ochenta kilómetros por hora. Sobre ella van, ateridos, Benja, quien conduce, y detrás Neto cargando una cubeta y un largo nivel de albañilería. Saben que deben llegar un poco antes de las ocho: el patrón que los contrató les ha pedido que, como saldrá de su casa, lleguen a tiempo para dejarles la llave del patio donde los albañiles echarán un firme de cuatro por cuatro metros. Al lado de la moto zumban coches y camiones, todos más veloces. Está cerrado un puente que colapsó y el tráfico se carga por una sola vía. Benja y Neto no saben que en treinta segundos más van a morir, cuando una camioneta los empuje, los haga perder el equilibrio y provoque que caigan y rueden sobre el asfalto. Todavía van dando tumbos cuando un camión repartidor de refrescos los aplasta y termina por zarandearlos durante veinte metros más. De Benja y Neto quedan dos guiñapos, mueren instantáneamente. En otro lado está Lorena, esposa de Benja. Prepara dos huevos revueltos que pondrá en un pan, el desayuno de sus dos pequeños. Tendrá que dividirlo, pues no hay más. Lorena confía en que Benja traiga hoy un poco de dinero. Las cosas no han andado bien, su esposo no ha conseguido trabajo en la semana, pero ya, hoy echará un firme y le pagarán. Lo mismo piensa Imelda, la pareja de Neto. Sabe que hoy habrá un poco de dinero para comprar, por fin, algunas de las medicinas que necesita su mamá. Llega una patrulla y se coloca en diagonal para cerrar el carril donde han quedado los accidentados. Apenas salió el sol, es temprano y cientos de vehículos buscan su paso en el embudo. El agente hace señas a los conductores, los desvía mientras el otro agente y dos o tres curiosos van a ver los cuerpos. Están muertos, claro. Mientras el agente llama a la ambulancia, de algún lado alguien saca un par de trapos para cubrir los cadáveres. Poco a poco comienzan a llegar más curiosos, otros trabajadores y algún conductor que frena más adelante y camina para echar un ojo. Suena un celular. El agente va y esculca en uno de los muertos. Saca un teléfono gordo, corriente, aterrado. Contesta. Del otro lado escucha una pregunta airada: “¿Maistro, van a venir o qué?”.